El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for the ‘Teosofia’ Category

ORIGEN DE LA PALABRA “DIOS”

Posted by cosmoxenus en 17 enero 2010

Extraido del Libro

“LOS ORÍGENES DEL RITUAL EN LA IGLESIA Y EN LA MASONERÍA”

Autora: Helena Petrova Blavatsky

Comencemos con el origen de la palabra Dios, God en inglés.

¿Cuál es la significación verdadera y primitiva de este término? Sus significados etimológicos son tan numerosos como variados. Según uno de ellos, la palabra se deriva de un término persa antiquísimo y muy místico: Goda el cual quiere decir “El mismo”, o algo emanante por sí mismo del Principio absoluto. La raíz de esa palabra es Godan de donde se derivan Wotan, Woden y Odín; de forma que la radical oriental no ha sido casi alterada por las razas germánicas que formaron con ella la voz Gotz, de la cual derivaron el adjetivo Gut, “Good” (bueno en inglés) y el término Goda o ídolo. Las palabras Zeus y Theos de la antigua Grecia dieron origen a la palabra latina Deus. Goda, la emanación, no es ni puede ser idéntica a aquello de lo que emana y, por consiguiente, es tan sólo su manifestación periódica y finita. Cuando el antiguo Arato dijo que “Todos los caminos y mercados frecuentados por los hombres están llenos de Zeus; llenos de El están los mares y también los puertos”, no limitaba la Idea de Dios a un mero reflejo temporal suyo sobre nuestro plano terrestre, como lo es Zeus o su antecedente Dyao, sino que daba a la palabra la extensión de un Principio universal y omnipresente. Antes de que Dyao, el deslumbrante dios (el cielo) hubiera atraído la atención del hombre, existía ya el védico Tat –”aquello”– (that en inglés), el cual no tiene ni para el filósofo ni para el iniciado nombre alguno definido, porque es la noche absoluta, oculta bajo toda la radiante luz manifestada. Pero no se pudo evitar que el Sol, primera manifestación en el mundo de Maya e hijo de Dyao, fuese llamado por los ignorantes “El Padre” como lo fue también el mítico Júpiter, última y significativa reflexión de Zeus–Surya.

De manera que el sol llegó rápidamente a ser sinónimo de Dyao y fue confundido con él.

Para unos, era el Hijo; para otros, “el Padre”, que mora en el radiante cielo. Sin embargo, Dyao–Pitar, el Padre en el Hijo y el Hijo en el Padre, tiene origen finito, puesto que le fue concedida la Tierra como esposa. Durante la gran decadencia de la filosofía metafísica fue cuando comenzó a representarse a Dyâvâ–prithivî, “el Cielo y la Tierra”, en forma de padres universales y cósmicos, no sólo de los hombres, sino también de los dioses. El poético y abstracto concepto original de la causa Ideal acabó por corromperse. Dyao, el Cielo, llegó a ser rápidamente Dyao el Paraíso, la morada del “Padre” y, finalmente, el mismo Padre. En seguida el Sol fue transformado en símbolo del Padre y recibió el título de Dína Kara “el que crea el día”, y de Bhâskara “el que crea la luz”, siendo desde ese momento el Padre de su Hijo y viceversa.

A partir de entonces se estableció el reino del ritualismo y del culto antropomórfico que terminó por envilecer al mundo entero, extendiendo su supremacía hasta nuestra época llamada civilizada.

Una vez se ha visto que éste es el origen común, sólo nos resta establecer el contraste entre los dos dioses –el dios de los gentiles y el de los judíos– y deducir intuitivamente, basándonos en su propia revelación y juzgándoles de acuerdo con su definición, cuál de los dioses se encuentra más cerca del ideal más sublime.

Citemos al coronel Ingersoll el cual ha establecido un paralelismo entre Jehová y Brahma. Jehová, oculto tras las nubes y tinieblas del Sinaí, dice a los judíos:

“No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te prosternarás delante de sus imágenes, ni las

honrarás, porque yo soy Jehová, tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos, hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que me aborrecen, a fin de que me teman”.

Compárense estas palabras con las que pone un hindú en boca de Brahma: “Yo soy el mismo para todos los seres. Quienes sirven honradamente a los otros dioses, me adoran involuntariamente. Yo soy el que participa en toda adoración; yo, la recompensa de todos los adoradores”. Compárense ambos párrafos, El primero es un lugar oscuro en que se insinúan cosas que nacen del fango: el otro, grande como el firmamento, cuya bóveda está sembrada de soles.

El primero es el dios que atormentaba la imaginación de Calvino, cuando añadía a su doctrina de la predestinación la del infierno tapizado de cráneos de niños no bautizados. Las creencias y los dogmas de nuestras iglesias son tan blasfemas por las ideas que implican como las de los paganos que se hallan sumergidos en las tinieblas…Ya pueden disfrazar y enjalbegar cuanto quieran al Dios de Abraham y de Isaac, que nunca serán capaces de refutar las palabras de Marción, quien niega que el Dios del odio pueda ser el mismo Dios que el “Padre de Jesús”. Sea como sea, herejía o no, el “Padre que está en los cielos” ha seguido siendo, a partir de esa época, una criatura híbrida, una mezcolanza del Jave  (Júpiter) de los paganos con el “Dios celoso” de Moisés, Dios que, exotéricamente, es el sol, cuya morada se encuentra en los cielos y, esotéricamente, es el cielo.

¿No da El nacimiento a la luz “que brilla en las tinieblas”, al día, al brillante Dyao, al Hijo, y no es El, acaso, el Altísimo Deus coelun? ¿Y no es Terra, la Tierra, la Virgen eternamente inmaculada que, engendrando sin descanso, fecundada por el ardiente abrazo de su “Señor”– los vivificantes rayos solares – se convierte en madre de todo cuanto vive y respira en el vasto seno de la esfera terrestre? Esto explica el carácter sagrado que tiene en el ritual lo que ella produce: o sea, el pan y el vino. De ahí también la antigua messis, el gran sacrificio ofrendado a la diosa (Ceres Eleusina, es decir, la tierra) de las cosechas (de la mies): messis para los iniciados, missa para los profanos1 que ha llegado a ser hoy en día la misa o liturgia cristiana. La antigua ofrenda de los frutos de la Tierra hecha al Sol, al Deus Altissimus, el símbolo del G.A.D.U. de los francmasones contemporáneos, llegó a ser la base más importante del ritual entre las ceremonias de la nueva religión. Las parejas místicas2 Osiris e Isis (el sol y la tierra) de los egipcios, Bel y la cruciforme Astarté de los babilonios; Odín o Thor y Freya, de los escandinavos; Belén y la Virgo Paritura de los celtas; Apolo y la Magna Mater de los griegos, las cuales tenían idéntica significación, pasaron como representación corporal a los cristianos y fueron transformadas por ellos en el Señor–Dios o el Espíritu Santo que desciende sobre la Virgen María.El Deus Sol o Solus, o sea el Padre, llegó a confundirse con el Hijo: el “Padre” que brilla deslumbrador en la hora del Mediodía, se transformaba al amanecer en “Hijo”, en cuyo momento se decía el que “había nacido”. Esta idea recibía su gran apoteosis anualmente el día 25 de diciembre, durante el solsticio de Invierno, cuando, según se decía, el sol –acabado de nacer– era igual para los dioses solares de todas las naciones. Natalis solis invicte. Y el “precursor” del Sol resucitado, crece y se fortalece hasta el equinoccio de primavera, que es cuando el Dios–Sol comienza su curso anual bajo el reinado de Ram o del Carnero (Aries), la primera semana lunar del mes.

En toda la Grecia pagana se conmemoraba el día primero de marzo, cuyas neomenia se consagraban a Diana. Por idéntica razón, las naciones paganas celebran su fiesta de Pascua el primer domingo siguiente a la luna llena del equinoccio de primavera. El cristianismo, no sólo ha copiado las fiestas del paganismo, sino también las vestimentas canónicas, cosa que es imposible negar. Eusebio confiesa en su Vida de Constantino, diciendo quizás la única verdad proferida en su vida, que “con el fin de hacer que el cristianismo fuera más atrayente para los gentiles, los sacerdotes (del Cristo) adoptaron las vestimentas externas y los ornamentos utilizados en el culto pagano, y podría haber añadido que habían hecho lo mismo con sus rituales y sus dogmas.

1 De pro, “delante” y fanum, “el templo”; es decir, los que no están iniciados, los que se encuentran ante el templo sin atreverse a entrar.2 La Tierra y la Luna su pariente, son similares. Por eso todas las diosas lunares eran también símbolos representativos de la Tierra. (Véase “Simbolismo” de La Doctrina Secreta).

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LA ÚLTIMA CONFERENCIA DE JIDDU KRISHNAMURTI

Posted by cosmoxenus en 15 enero 2010

(Madrás, India ‑1986)

“¡Supongo que tenemos que hablar!”

“Participarán ustedes amablemente, si quieren, (no que vayan a pensar en esto), sino que participen, que  par‑ti‑ci‑pen”.

Esto dijo Jiddu Krishnamurti,para comenzar su última charla pública, unos dos meses antes de su muerte, mientras la brisa lo despeinaba.  

Los cantos de los innumerables pájaros de Madrás acompañaban sus palabras:

“¿A dónde vamos?” …  “¿Se preguntarán ustedes a dónde vamos, más allá de lo que los pobres libros nos puedan decir (y por más sagrados que sean)?”

Se preguntó si es que hay algo más en la vida que no sea “hacer dinero e impresionar a los demás”.

Se preguntó si es posible vivir en este mundo,tal cual es,sin volverse cínico.

Se preguntó si hay diferencia entre el cerebro y la mente.

Dijo que el cerebro no puede comunicarse con la mente, pero ésta sí con el cerebro.

Krishnamurti comparó el cerebro con la computadora, que no sólo es resultado de un programa, sino que puede crear programas semejantes.

“¿Y qué son ustedes,  señores?”  ‑dijo‑

Declaró que estamos todos encajonados en esa maquinaria cerebral que crea los programas de ser ruso, americano, católico, protestante, musulmán, judío, etc.

Declaró que la invención no es la creación.

Tuve uno de mis encuentros con David Bohm en 1987 para comentar esto, en Ojai, California y vimos juntos que el proceso genético que genera la forma del organismo (y el cerebro) está dentro de la  creación simultánea (holokinesis).

Luego el cerebro va conociendo, programando, inventando, conociendo más, memorizando y en base a este movimiento mnemónico opera y predice.

Este "movimiento Mnemónico" está dentro de la creación, esa "holokinesis" que definió David Bohm y que es el campo unificado de información que abarca todo el Universo.

Originalmente la meditación era el silencio del cerebro con el que se establecía contacto con la holokinesis (la creación).

Actualmente sólo existen "técnicas de meditación" que son sólo programas creados por el cerebro.  Esas técnicas son sólo invenciones de la memoria y del conocimiento con el alegado objetivo de tratar de liberarnos del pensamiento.

Se preguntó Krishnamurti: “ Hay una percepción sin medida, sin comparación, sin recompensa y sin castigo?”

“Hay una meditación que no tiene nada que ver con el esfuerzo ni con la voluntad”. "Esta meditación no es autoengaño programado ni autohipnosis”.  “Es el absoluto silencio”.  “Sin querer alcanzar nada”.

“Si yo describiera esa meditación, mi descripción no sería esa meditación”.  “Abarca  un espacio infinito”.  

“Señores, ¿está vuestro cerebro alguna vez tranquilo y en silencio?”

“¡Pero no tranquilo a base de drogas, de alcohol o de creencias!”

“Ese silencio puede hacer contacto con la creaciónen en este mismo instante, ya mismo, con la vida que está emergiendo ahora mismo con la creación.”

“El deseo de ese silencio es otro invento de ese mecanismo que es el cerebro.”

Se interrumpió Krishnamurti: “¡Esto es demasiado serio para que ustedes jueguen con esto!”

“¿Cual es la creación de la que surge el pájaro, ese pájaro que el cerebro no puede inventar?”

“La creación es lo más sagrado de la vida y está en absoluto silencio.   Si usted hizo un desastre de su propia vida, cámbiela hoy y no mañana”.

“Si su vida no está bien en orden no es posible entrar al mundo de la creación”.

Y esas fueron las últimas palabras que Krishnamurti pronunció en público.

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¿SER PERFECTO O SER FELIZ?

Posted by cosmoxenus en 11 enero 2010

“El fin de la vida humana es la perfección; no en el sentido de ser capaces de gestionar o gobernar todas las cosas (lo cual constituiría simplemente una gran interferencia en los experimentos de los demás), ni de tener que saber todos los hechos y leyes de la Naturaleza (porque lo que llamamos hechos no son más que formas pasajeras, y lo que llamamos leyes son sólo sus cualidades generales o propiedades), sino en el sentido de no dejarse llevar por las circunstancias, y de actuar siempre partiendo de nuestro verdadero centro. Este descubrimiento del centro de nuestro ser, y la acción desde ese centro, significan que, bajo cualquier circunstancia, nuestras voluntad, amor y pensamiento no desfallecerán nunca, sino que fluirán sin esfuerzo, como el discurso de un orador experto o la melodía de un pianista excelente, no dejando lugar para cualquier excentricidad.”

                                   Ernest Wood  Natural Theosophy –Sophia No.234 Sept 2008

Sergio Sinay  Periodista y terapeuta gestáltico

Querer “lo mejor” nos impide a menudo disfrutar de “lo bueno”. Alcanzar la perfección es imposible y ser perfeccionista resulta frustrante. Si entendemos que la vida no es una meta, sino un aprendizaje, y que cada desvío es una oportunidad para crecer, podremos, por fin, relajarnos y disfrutar del trayecto.

En un relato del escritor estadounidense Ray Bradbury, titulado La fruta en el fondo del tazón, un hombre comete un crimen durante la noche y, en su afa´n de no ser descubierto, empieza a borrar sus huellas de todos y cada uno de los objetos que tocó (o que cree haber tocado) en los momentos previos al asesinato. Dedicado a dejar la escena del crimen en perfectas condiciones, se obsesiona hasta tal punto con su tarea que realiza de manera puntillosa y detallista, que pierde por completo la noción del tiempo. Así, la noche transcurre sin que él lo advierta, sumido como está en la eliminación de las posibles pruebas incriminatorias. Y así lo encuentra la policía, a la mañana siguiente, cuando llega al escenario del crimen.

Esta narración del autor de Crónicas marcianas y Fahrenheit 451 podría leerse como una metáfora sobre las consecuencias del perfeccionismo. Cuando entramos en su laberinto, no hay salida. Quizá, para entenderlo mejor, tendremos que establecer una diferencia entre perfección y perfeccionismo.

Algo es perfecto cuando consigue el desarrollo máximo de sus potencialidades, cuando sus cualidades y atributos se desenvuelven en plenitud. Es decir, hay un momento en que la perfección se advierte, queda consumada. Hay un fin para la perfección y este asoma cuando queda consagrada. La perfección es la mejor versión posible de algo. El perfeccionismo, en cambio, es la búsqueda interminable de la perfección.

La persona perfeccionista va detrás de una zanahoria que nunca podrá alcanzar. Nunca llega, siempre considera que falta algo, está convencida de que todavía se puede conseguir  más, que la tarea o el vínculo es mejorable. Y va por más. Lo curioso es que, aunque vaya, muchas veces no se mueve.

Esta es una característica del perfeccionista, del que exige y se exige siempre más, del que nunca está conforme y sospecha siempre que queda algo por mejorar. Pone tanto énfasis, invierte tanta energía en ello, que con frecuencia se paraliza. La persona perfeccionista se exige a sí misma, ya quienes la rodean, tal grado de perfección que, como resulta imposible de plasmar, termina por no empezar nunca sus acciones. Solo lo hará si se dan las condiciones perfectas, cuando los resultados estén garantizados o si se tienen a mano las herramientas o los recursos óptimos. Es decir, lo más probable es que no lo haga jamás. El perfeccionista se vuelve así improductivo.

Se forja en la infancia

La persona perfeccionista va enredándose en sus ilusiones de optimización, es alguien  capaz de detallar perfectamente planes que no se cumplirán o, por el contrario, se convertirá en la crítica más severa de las acciones o las propuestas de otros, a las que nunca considerará aceptables, siempre habrá fallos, peros, imperfecciones….

Demasiado frecuentemente, el adulto perfeccionista fue un niño poco motivado, que recibió pocos halagos en su infancia. Si revisamos su historia, acaso encontremos a alguien a quien siempre se le exigió algo más. Cuando lograba nueve se le pedía diez.  Y si, finalmente conseguía el excelente, no recibía mayores aclamaciones ni recompensas porque, después de todo, no había hecho sino lo que se le pedía. Y que lo hubiera logrado no lo hacía merecedor de un elogio especial, puesto que había hecho algo que era posible.

Así se suele forjar una persona perfeccionista. A partir de una exigencia constante y desmedida desde su niñez. También puede ser el producto de una baja valoración. Puede ser alguien que ha aprendido desde pequeño a ser aprobado o recompensado por lo que hacía, y por cómo lo hacía, antes que por el simple hecho de existir. Alguien que ha crecido pensando, porque lo ha experimentado en primera persona, que vales por lo que produces y no por lo que eres estará siempre sometido a la presión de lograr lo mejor, pero nunca quedará convencido de haberlo conseguido.

Olvidar el destino para disfrutar de la travesía

La exigencia tiene su foco de atención puesto sobre el resultado y desestima la importancia del proceso por el cual es posible llegar a aquel. El resultado es lo único que importa y debe obtenerse sea como sea, sin dilaciones ni excusas.

Es como si una persona pretendiera llegar a su destino sin haber viajado y sin importar cuáles son los caminos y los medios de transporte necesarios para  llegar. Un perfeccionista relegará las circunstancias, las posibilidades…, no importan. Cuando la exigencia alcanza su máxima intensidad, se cierran todas las posibilidades de aprendizaje. Porque es durante el proceso –el camino que para el perfeccionista no tiene importancia- cuando se viven las experiencias que pueden convertirse en enseñanzas de vida.

Cuando ponemos el acento en los procesos, en los caminos que se recorren, vamos instrumentándonos, nos hacemos creativos, sopesamos alternativas. Y, sobre todo, aprendemos la importancia que tiene el tiempo, el ingrediente esencial de todos los procesos de construcción y de transformación.

Podríamos decir que el perfeccionismo es una derivación deformada de la exigencia, su manifestación más extrema. Tanto uno como la otra pueden provocar parálisis, incapacidad de actuar y tanto uno como la otra empiezan en la propia persona y se extiende hacia los demás.

La incertidumbre forma parte de la vida

Otro de los orígenes del perfeccionismo es la falta de seguridad en uno mismo. Cuando alguien no se siente en paz con sus propios recursos, cuando se siente juzgado o valorado por lo que hace, por lo que produce, y no por lo que es, cree que en cada una de sus acciones le va la vida, el afecto o la estima de quienes le rodean. Cada cosa que haga, diga o produzca será, en su creencia, decisiva. Y esto es lo que le impulsa a buscar la perfección.

Cuando alguien se siente inseguro, se vuelve temeroso. Se percibe a sí mismo frágil, poco valiosos, vulnerable. Teme a todo, hay un riesgo acechando en cada paso del camino cotidiano de la vida. El mundo entero es impredecible, riesgoso, incierto, imperfecto. ¿Qué hacer ante esto? No hay respuesta satisfactoria, puesto que la incertidumbre, lo imponderable, lo no controlable son parte esencial e indivisible de la vida.

Considerar los obstáculos como posibilidades

Como dijera Víktor  Frankl, médico, psiquiatra, filósofo y autor, entre otros, de El Hombre en busca de sentido, los seres humanos somos, en esencia, seres condicionados. Nos limitan circunstancias físicas, históricas, económicas, biológicas, geográficas y demás. Nos limita la presencia de los demás, sus decisiones, las consecuencias que sus acciones tienen en nuestra vida. Es decir, siempre habrá algo que no depende de nosotros, que esté fuera de nuestro control y que alterará (para bien o para mal) el curso de nuestra vida y las consecuencias de nuestras acciones.

¿Es esto un problema? Para el perfeccionista lo será, porque establece una brecha entre lo que son sus propósitos y sus resultados. Sentirá que su búsqueda de la perfección está siempre interceptada por motivos que llamará de mil maneras distintas: “mala suerte”, “pésima calidad de los materiales o condiciones”, “la incompetencia de los demás”…No importa, el perfeccionista no admite ningún tipo de alternativa, es alguien incapaz de reconocer que el obstáculo puede ser un regalo, ya que es una posibilidad de aprendizaje.  

Para quienes no han sido atrapados por el fantasma del perfeccionismo –o que han podido trascenderlo en su camino de crecimiento personal para desarrollar la capacidad de aceptación-, el condicionamiento será entendido como parte misma de la vida y será experimentado como una oportunidad de desarrollar la propia creatividad, como la ocasión de explotar nuevas alternativas. Y si no alcanzan el ideal, sabrán reconocer y celebrar lo obtenido.

Estas personas no se apuntan a correr una maratón para ganar, sino para dar lo mejor de sí (incluso quien ocupe el último lugar, seguramente, habrá dado lo mejor de sí) y esto le da sentido a su esfuerzo y plenitud a sus corazones.

El perfeccionista, en cambio, cuando no gana pierde. Si no es el mejor se siente el peor. Si no llega al final del viaje, olvida las experiencias vividas en el tramo recorrido. Bajo el imperio del perfeccionismo se instala la ansiedad y desaparecen la satisfacción y el gozo.

La ansiedad, por su parte, es un tipo de sentimiento que nos impulsa de malas maneras a anticiparnos al futuro, a no tolerar el devenir de los acontecimientos.  La ansiedad es la presión por conocer y controlar los corolarios de aquello que todavía no ha terminado o ni siquiera ha ocurrido. Es, en el perfeccionista, la obsesión por ver el resultado pluscuamperfecto de aquello que espera o que se ha propuesto. Y ante tamaña expectativa, todo resultado estará siempre por debajo de lo que se esperaba y, en consecuencia, el perfeccionista reiniciará el ciclo de la eterna insatisfacción en el que vive instalado.

La aceptación: el primer paso hacia la plenitud

La puerta de salida de esta trampa que se tiende a sí mismo el perfeccionista pasa por el aprendizaje  de la aceptación. Tenemos que dejar bien claro, no obstante, que aceptar no tiene nada que ver con tolerarr ni con resignarse.

La persona que tolera se queda con un resabio de insatisfacción, mantiene un cierto rechazo hacia aquel o aquello a quien tolera y, en cierta forma, manifiesta estar un paso por encima del destinatario de su consentimiento. Hay un tufillo de soberbia en la tolerancia.

Por su parte, la persona que acaba por resignarse se sentirá, también, insatisfecha. El resultado que ha obtenido no es el que quería, las cosas no son como las esperaba, no existe forma de cambiarlo ni de obtener mejores resultados, solamente resta bajar los brazos y vivir resignadamente con lo que hay, que no es lo óptimo ni lo esperado.

A diferencia de estas dos instancias, en la aceptación se toma por bueno lo dado, como dice el diccionario de nuestra bella lengua. La aceptación es recibimiento, en ella han desaparecido las condiciones, no se acepta a cambio de algo, se acepta a lo que es o a quien es tal como es, después de haber pasado por la experiencia de mirarlo sin prejuicios.

La aceptación es una actitud ante la vida que enriquece nuestras experiencias porque nos permite atravesarlas con la mente y el corazón abiertos, dejando espacio a todo lo nuevo, a lo diferente. Amplía nuestros horizontes mentales porque nos enseña a soltar nuestras ideas antiguas, nuestros propósitos preconcebidos y, así, encontrarnos con otras posibilidades y desarrollarlas.

Aprender a aceptar es aprender algo fundamental: ni el mundo, ni las circunstancias, ni las personas están hechas a imagen y semejanza de nuestros deseos, de nuestras urgencias o de nuestras pretensiones. Aceptar nos enseña a reconocer que somos seres humanos y no dioses; que se nos ofrecen, a cada paso que damos, nuevas posibilidades y escenarios variados y distintos.

La aceptación, además, nos ayuda a percibir las imperfecciones, lo inacabado, como una posibilidad permanente de aprendizaje y, en consecuencia, de crecimiento. Y lo más importante, aceptar y aceptarnos nos de la oportunidad, por fin, de ser felices en un mundo imperfecto. Este mundo en el que vivimos y en el que nos amamos, nos vinculamos y creamos imperfectamente, es decir, tal como somos. Parafraseando a Víktor Frankl; “La felicidad no es una posada en el camino, sino una forma de caminar por la vida”.       

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Las enseñanzas de J. Krishnamurti

Posted by cosmoxenus en 14 diciembre 2009

Entrevista a Isaac Jaulí, doctor en Psicología, psicoterapeuta y miembro de la Sociedad Teosófica Española para conocer un poco más acerca de las enseñanzas de J. Krishnamurti.

La pueden encontrar aqui:

http://www.lucesenlaoscuridad.es/descargas/13_12_09_ent_krishnamurti.mp3

De paso, los invito a visitar esta página que está muy interesante:

http://www.lucesenlaoscuridad.es/index.php

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LOS ATRIBUTOS DE LA GRAN ALMA

Posted by cosmoxenus en 22 agosto 2009

Los atributos de la Gran Alma se pueden formular de una manera muy simple. Son inevitables y aunque a veces en el camino nos alejemos un tiempo de ellos la vida se encarga de hacerlos emerger en los momentos cruciales. Son tres:

1. Asentimiento y servicio a la vida

Como seres humanos gozamos de conciencia, somos una extraña clase de mamíferos con capacidad de desdoblamiento, de ser nuestros propios testigos, de observarnos. Podemos dibujar nuestros pensamientos, proyectarnos en un tiempo futuro o revisarnos en un tiempo pasado, incluso podemos tratar de cambiarnos. Somos mamíferos autorreferenciales.

Eso nos ha permitido creer que nuestro yo es el centro del universo, hasta el punto de que se ha popularizado la idea omnipotente de que cada persona crea la realidad con sus pensamientos. Se dice con grandes eslóganes en el mundo del conocimiento postmoderno: la realidad no existe, cada persona construye su realidad de una manera subjetiva. Y esto es cierto, pero sólo en parte. Es obvio que lo que  pensamos y nuestra actitud ante la vida determina nuestras vivencias, y, por tanto, nuestro bienestar o malestar. Es verdad que cada uno puede construir con sus pensamientos un cielo o un infierno, y se sabe que quien piensa en soluciones las atrae con más facilidad que quién piensa en problemas. Sin embargo, no somos los únicos dueños de nuestra vida. A lo sumo cuidamos la vida que se nos ha dado y tratamos de gobernarla y conducirla por los cauces para los que estamos dotados. Podemos elegir cómo reaccionar ante los hechos de la vida, pero es ilusorio creer que la moldeamos según nuestros pequeños deseos personales. Nuestra vida no nos pertenece, pertenece al flujo continuado de la existencia. Ni la hemos creado ni la podemos destruir. Se creó y se terminará según una ley que así lo quiere. Nadie elige vivir y tampoco morir.

Por lo tanto, no somos los dueños sino los servidores de la vida. Todo sufrimiento es un grito que niega este hecho. Por el contrario, cualquier desarrollo se inclina ante lo que es y permite que actúe en su misterio. En la Gran Alma no existe negación, sólo el Sí, y esto expresa un amor natural a todo lo existente.

2. Silencio

El silencio acalla todas las voces y formas del vivir, y al mismo tiempo las abarca, llenándolas de dulzura y del brillo de la existencia.

En la Gran Alma no hay distinciones y el lenguaje calla, ya que todo decir o todo pensar usa las palabras, el sonido y las imágenes. El misterio de la Gran Alma emerge donde el silencio se consolida. Como enseña el Buda, en el pequeño intersticio entre dos pensamientos hallamos el Ser, advertimos nuestra verdadera naturaleza. En el vacío, en el silencio, el Gran Alma florece. Es algo parecido a un cielo limpio y despejado que constantemente es llenado por pesadas nubes, que simbolizan las innumerables formas que la vida crea. Las nubes pasan pero el cielo permanece impoluto, inalterado.

Hacer distinciones y comparaciones, abrir y reconocer diferencias en el universo, es la puerta de entrada al conocimiento funcional, necesario para el ordenamiento práctico del vivir. Lo malo es cuando este conocimiento gana preponderancia y trata de ocupar todo el espacio mental. Entonces se convierte en carcelero, aprisionando el recuerdo de quiénes somos en esencia, de nuestra verdadera naturaleza.

¿Acaso el “conócete a ti mismo” del oráculo de Delfos se refiere a conocer nuestros rasgos de personalidad, nuestro repertorio de conceptos, discurso y conductas, o más bien se refiere a aquello que es inasible en la forma e inalterado, al Ser desnudo, despojado de contornos? ¿El oráculo apunta a las formas, a la esencia o a ambas?

3. Alegría

Sostener una mirada más amorosa y abierta a lo que es, aceptarlo y apreciarlo, nos permite conectarnos con un estado natural de contento. Se trata de la simple alegría porque sí, sin motivo. La felicidad porque sí.

Hay dos tipo de alegría, la alegría por algo y la alegría por nada. La primera tiene que ver con el ganar, con lo que conseguimos y logramos. Es maravillosa y nos expande. La segunda en cambio, es la cosecha después de haber perdido, después de haber sufrido los tormentos del desprendimiento de lo que fue importante y la vida nos quitó. Viene después de la aceptación del vacío y la conformidad que nos quedan al final de una pérdida. Es libre, risueña, espontánea, silenciosa o alborozada, y sobre todo contemplativa. No nos expande sólo a nosotros, sino a los demás y a todo aquello que encuentra a su paso. Realza la belleza de los otros y de la vida.

San Agustín lo expresó de forma certera: “La felicidad consiste en el proceso de tomar con alegría lo que la vida nos da (esta es la felicidad por algo, la de ganar, que nos expande) y soltar con la misma alegría lo que la vida nos quita (esta es a felicidad por nada y expande a la vida y a los demás; es una felicidad espiritual)”.

Por lo tanto la felicidad es el resultado de una ecuación que combina dos variables. La primera consiste en empeñarse, a arriesgarse y apostar por la vida con todas nuestras fuerzas siguiendo la dirección de lo que nos mueve, de lo que nos importa. Esta es la alegría de expandirse a través de los logros y las realizaciones. La otra variable tiene que ver con nuestra capacidad para sintonizar y navegar con los propósitos de la vida, aunque no encajen con nuestros deseos personales. Entonces le abrimos la puerta al invitado de honor que es la vida tal como actúa y se manifiesta y es. Esta es la alegría de volver a ser desnudos como niños, con independencia de cómo nos va y de cómo son las cosas. Pues en el trasfondo de todo yace una sonrisa inalterable, también en el trasfondo de cada uno, en el puro centro de nuestro pecho.

En definitiva, por un lado somos mamíferos y apegados, necesitamos el amor y los vínculos. En este sentido estamos unidos en el Alma Gregaria. Por otro lado pertenecemos a la Gran Alma, que nos abarca y nos trasciende. En ella la alegría es natural, por nada; en ella todo está iluminado. Incluso las penumbras resplandecen. En la Gran Alma, el mamífero que somos encuentra refugio para su sufrimiento. En ella la vida canta imperturbable sus alabanzas, incluso en medio del dolor, o a través del dolor. Somos mamíferos y somos iluminados, y ambas cosas al mismo tiempo. Somos el cuerpo de la vida sometidos a sus vaivenes emocionales pero también somos la luz que fecunda a este cuerpo. Somos el descenso vertiginoso, que a veces nos aterra, hacia el valle del morir, pero al mismo tiempo somos la nada luminosa que con la muerte reencontramos y que tal vez no hemos llegado a olvidar por completo.

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