El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for the ‘Religión’ Category

CONFESIONES DE FE DE GRANDES CIENTÍFICOS

Posted by cosmoxenus en 15 febrero 2010

Johannes Kepler 1571-1630, fue uno de los mayores astrónomos:

“Dios es grande, grande es su poder, infinita su sabiduría. Alábenle, cielos y tierra, sol luna y estrellas con su propio lenguaje. ¡Mi Señor y mi Creador! La magnificencia de tus obras quisiera yo anunciarla a los hombres en la medida en que mi limitada inteligencia puede comprenderla “

Copérnico (1473- 1543), fundador de la mundovisión moderna:

“¿Quién que vive en íntimo contacto con el orden más consumado y la sabiduría divina, no se sentirá estimulado a las aspiraciones más sublimes? ¿Quién no adorará al Arquitecto de todas estas cosas?

Newton (1643- 1727) fundador de la física teórica clásica:

“Lo que sabemos es una gota, lo que ignoramos un inmenso océano. La admirable disposición y armonía del universo, no ha podido sino salir del plan de un Ser omnisciente y omnipotente”

Linneo (1707- 1778) fundador de la botánica sistemática:

“He visto pasar de cerca al Dios eterno, infinito, omnisciente y omnipotente y me he postrado de hinojos en adoración”

Volta (1745- 1827), descubrió las nociones básicas de la electricidad:

“Yo confieso la fe santa, apostólica, católica y romana. Doy gracias a Dios que me ha concedido esta fe, en la que tengo el firme propósito de vivir y de morir”

Ampere (1775- 1836), descubrió la ley fundamental de la corriente eléctrica:

“!Cuan grande es Dios, y nuestra ciencia una nonada!”

Cauchy (1789- 1857) insigne matemático:

“Soy cristiano, o sea, creo en la divinidad de Cristo, como todos los grandes astrónomos, todos los grandes matemáticos del pasado”

Gauss (1777- 1855), uno de los más grandes matemáticos y científicos alemanes:

“Cuando suene nuestra última hora, será grande e inefable nuestro gozo al ver a quien en todo nuestro quehacer solo hemos podido vislumbrar”

Liebig (1803- 1873), célebre químico:

“La grandeza e infinita sabiduría del Creador la reconocerá realmente sólo el que se esfuerce por extraer sus ideas del gran libro que llamamos la naturaleza”

Robert Mayer (1814- 1878), científico naturalista (Ley de la Conservación de la Energía)

“Acabo mi vida con una convicción que brota de lo más hondo de mi corazón: la verdadera ciencia y la verdadera filosofía no pueden ser otra cosa que una propedéutica de la religión cristiana”.

Secchi (1803- 1895), célebre astrónomo:

“De contemplar el cielo a Dios hay un trecho corto”

Edison (1847- 1931) , el inventor más fecundo, 1200 patentes:

…Mi máximo respeto y mi máxima admiración a todos los ingenieros, especialmente al mayor de todos ellos: Dios”

Schleich (1859- 1922), célebre cirujano:

“Me hice creyente a mi manera por el microscopio y la observación de la naturaleza, y quiero, en cuanto está a mi alcance, contribuir a la plena concordia entre la ciencia y la religión”

Marconi (1874- 1937), inventor de la telegrafía sin hilos, Premio Nobel 1909:

“Lo declaro con orgullo: soy creyente. Creo en el poder de la oración, y creo, no solo como católico, sino también como científico”

Millikan (1868- 1953), gran físico americano, Premio Nobel 1923:

“Puedo de mi parte aseverar con toda decisión que la negación de la fe carece de toda base científica. A mi juicio jamás se encontrará una verdadera contradicción entre la fe y la ciencia”

Eddingtong (1882- 1946) Célebre astrónomo inglés:

“Ninguno de los inventores del ateísmo fue naturalista. Todos ellos fueron filósofos muy mediocres”

Albert Einstein (1879- 1955), fundador de la física contemporánea ( teoría de la relatividad y premio Nobel 1921):

“Todo aquel que está seriamente comprometido con el cultivo de la ciencia, llega a convencerse de que en todas las leyes del universo está manifiesto un espíritu infinitamente superior al hombre, y ante el cual, nosotros con nuestros poderes debemos sentirnos humildes”

Plank (1858- 1947), fundador de la física cuántica, premio Nobel 1918:

“Nada pues nos lo impide, y el impulso de nuestro conocimiento lo exige…relacionar mutuamente el orden del universo y el Dios de la religión. Dios está para el creyente en el principio de sus discursos, para el físico, en el término de los mismos"

Schrödinger (1887- 1961), creador de la mecánica ondulatoria, premio Nobel 1933:

“ La obra maestra más fina es la hecha por Dios, según los principios de la mecánica cuántica…”

Hathaway, padre del Cerebro electrónico.

“ La moderna física me enseña que la naturaleza no es capaz de ordenarse a si misma. El universo supone una enorme masa de orden. Por eso requiere una “Causa Primera” grande, que no está sometida a la segunda ley de la transformación de la energía y que por lo mismo, es Sobrenatural”

Wernher Von Braun (1912- 1977), constructor alemán- americano de los cohetes espaciales:

“ Por encima de todo está la gloria de Dios, que creó el gran universo, que el hombre y la ciencia van escudriñando e investigando día tras día en profunda adoración”

Charles Townes (Compartió el premio Nobel de física 1964 por descubrir los principios del láser):

“ Como religioso, siento la presencia e intervención de un ser Creador que va más allá de mi mismo, pero que siempre está cercano…la inteligencia tuvo algo que ver con la creación de las leyes del universo”

Allan Sandage (1926-) Astrónomo profesional, calculó la velocidad con la que se expande el universo y la edad del mismo por la observación de estrellas distantes:

“ Era casi un ateo prácticamente en la niñez. La ciencia fue la que me llevó a la conclusión de que el mundo es mucho más complejo de lo que podemos explicar. El misterio de la existencia solo puedo explicármelo mediante lo Sobrenatural”

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Jesus y los Evangelios

Posted by cosmoxenus en 14 enero 2010

Adjunto links de dos interesantes charlas en la radio sobre Jesús y los evangelios.

http://www.lucesenlaoscuridad.es/grabaciones.php?elemento=1732
http://www.lucesenlaoscuridad.es/grabaciones.php?elemento=1756

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Claudio Naranjo: Una educación del corazón

Posted by cosmoxenus en 10 enero 2010

Padre-madre-hijo; mente-sentimiento-instinto; inteligencia-amor-vitalidad; Dios Padre-Espíritu Santo-Jesucristo. La Trinidad Santa del Cristianismo, en cualquiera de sus corolarios, refleja las potencialidades humanas, todas necesarias para devolver al hombre la esperanza y restablecer el equilibrio planetario.

Así lo entiende el precursor de la psicología transpersonal, el psiquiatra Claudio Naranjo, quien cree que la crisis que vive el mundo, más allá de económica, es una crisis de la civilización tal y como la conocemos, y que se resolverá cuando lo patriarcal-masculino deje espacio no sólo a la sabiduría de la sensibilidad y de las emociones, sino también a la del instinto, que considera criminalizado. A su juicio el camino es un cambio masivo de conciencia que requeriría un nuevo modelo educativo, encaminado a dignificar el pensamiento contemplativo –no solo el técnico-, el amor del corazón y la nobleza de los instintos animales.Conocedor y estudioso de George Gurdjieff desde antes de cumplir 20 años, Claudio Naranjo destaca la importancia de conocer los condicionantes de la propia personalidad para poder trascenderlos y que el contacto con Dios no responda a una pasión más, sino que sea el acceso profundo al verdadero sabor de lo divino.Para Claudio Naranjo, las religiones han venido al mundo, como los distintos colores, para formar el blanco y todas están llamadas a converger en la Comunión de los Santos. Por eso critica los dogmatismos limitantes y separadores que se dan con frecuencia en la gente considerada religiosa en el sentido tradicional. Todo en su discurso, salpicado de referencias a maestros de un inmenso abanico de filosofías, es amor por el conocimiento del ser humano. Vibrante y contagioso.
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Fundación Ananta: ¿Qué podemos esperar de esta crisis económica?
Claudio Naranjo: Es una crisis mucho más amplia: la crisis financiera, que va de la mano de la crisis de un sistema económico, es también la crisis de la justicia, junto con la ecológica. Yo creo que es incluso la crisis de la civilización como la conocemos; se quiebra un sistema muy antiguo de vida, y creo que no sea esto sólo resultado del capitalismo, sino que, más profundamente, de hábitos y actitudes consubstanciales a nuestra civilización, que ya se nos hacen obsoletos.

FA: ¿Qué es lo que está en jaque entonces?
CN: Mi punto de vista es que es la crisis de la civilización es la crisis de la sociedad patriarcal, es decir: del dominio de lo masculino por sobre las otras dos partes del ser humano, que son madre e hijo. Cada uno tenemos tres cerebros, de los que últimamente habla todo el mundo, que tienen que ver con el intelecto, con la emoción o el amor, y con el instinto—la animalidad, la libertad, la sabiduría animal, la autorregulación organísmica.
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FA: ¿Cómo encaja esa trinidad en términos de civilización?
CN: En la historia de la Humanidad pareciera que hubo ante todo una fase anárquica, como en el orden animal, en que cada individuo se mandaba a sí mismo, (orden político que se pudo sustentar incluso como ideal aún en tiempo del antiguo pueblo judío—cuando se decía que el único rey era Dios. Cada individuo en tal orden se remite a una inspiración divina, o "al Tao" dirían los chinos. Luego se llegó en la evolución humana a una fase "matrística", como se la ha llamado, cuando nos hicimos sedentarios y surgió la voz de la comunidad como una fuerza política; y por último nace lo que llamamos la "civilización", pues la vida del neolítico—es decir la vida de los poblados agrícolas arcaicos—se sitúa todavía en lo que se llama la prehistoria. Con el dominio de lo masculino empieza la civilización y durante mucho tiempo se ha exaltado la civilización como la forma más funcional y más feliz de la vida social. Comienzan con ella el alfabeto, el calendario, empiezan los grandes templos… y no se dudaba que ello había significado un gran progreso,

FA: ¿Cuáles son los inconvenientes en ese proceso?
CN: Se está haciendo cada vez más evidente con el pasar de los años, que ésa fue justamente la época en que empezaron las guerras, y en la que, antes de que se estableciera la esclavitud generalizada, el pater familias se estableció como dueño de la mujer y de los hijos. Con esta toma de posesión, a través de la cual el hombre puede mandar a la guerra a los hijos y tratar a la mujer como esclava, comenzó la esclavitud y se inició la historia de la injusticia social. El mando central siempre empieza como un intento de servir y organizar, pero se corrompe; y llevamos muchos milenios de corrupción.
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FA: Parece que la corrupción afecta a todos los órdenes…
CN: Lo que pasa hoy en día no es sólo que la corrupción se ha refinado, sino que la Tierra ya no da para ese tipo de orden explotador, conquistador y derrochador; ya no hay tierras nuevas que conquistar, no hay un más allá donde echar la basura. El orden agresivo y guerrero, perfeccionado con la tecnología, se encuentra en un espacio cerrado y se hace letal. La crisis es el resultado de un mal antiguo que se complica ahora con la sobre población, con el agotamiento de los recursos, y con el paso del tiempo, y ello nos obliga a revisar algo muy antiguo que podemos comprender como un orden injusto desde la partida, pero uno que fue necesario seis mil años atrás, cuando tuvimos que sobrevivir a la desertificación de una amplia zona de la tierra que iba desde el Sahara hasta las estepas rusas, en la que nació la agricultura. Cuando los pueblos en ella tuvieron que migrar se hicieron bárbaros, en cierto modo, porque tuvieron que sobrevivir con un poco de rapiña, insensibilizándose frente al hambre, dejando a los hijos atrás. Es seguramente entonces que en respuesta a esta emergencia histórica, el hombre tomó el poder sobre la mujer, y la razón sobre la sensibilidad.

FA: Ahora es distinto y empieza a valorarse lo femenino…
CN: En el sentido simbólico, pudiéramos decir, pues no se trata tanto de un debate entre hombres y mujeres, ni de una simple igualdad de oportunidades, sino del predominio de la razón pura sobre el amor, y sobre la animalidad, que siempre fue aplastada por la actitud patriarcal de dominio de la naturaleza—no sólo externa sino interna. Yo pienso en la sociedad sana como en una extensión de lo que sería la salud individual, y eso lo entiendo como la unión de nuestros tres cerebros, que están siempre en conflicto, desvinculados, desintegrados. Parte de la desesperanza de hoy está asociada a la sensación de que no hay salida, de que no hay nada que se pueda hacer y eso está un poco alimentado por la prensa, por el sistema, que nos hace sentir impotentes. Hoy se desconfía de toda ideología, que no está de moda ni siquiera en filosofía, pues el post modernismo se rebela contra toda gran idea, y contra la posibilidad de un peligro ideológico, ya que hemos comprendido que las ideas son una fuente de poder.
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FA: ¿Hay salida?
CN: Yo creo que hay la salida de un cambio masivo de la conciencia, pero para eso sería necesario un cambio radical en el modelo educativo. La educación es la única forma de prevenir el deterioro de la mente de los niños. Desescolarizarlos, como decía Ivan Illich, es decir no programarlos sistemáticamente para la sociedad patriarcal, tal vez sería estar ya un poco ahí, pero no me parece suficiente.

FA: ¿Cómo sería ese nuevo modelo educativo?
CN: Se necesita una verdadera educación; una educación para el desarrollo humano, que aun no se ha creado. Yo pienso en un modelo desde luego holístico, en el que no solo se eduque el pensamiento técnico hacia el dominio del mundo externo, sino también el pensamiento contemplativo, que implica el conocimiento de sí, tanto en el sentido psicológico como en el sentido más profundo. Pero no solo se debe atender al pensamiento, sino que también a una educación de la capacidad amorosa (una "educación del corazón") y una liberación del animal interior, que ha sido implícitamente criminalizado. Tendríamos que recuperar lo que tienen los pueblos indígenas: esa percepción de la nobleza de los animales que nace desde la empatía, es decir desde la identificación con la nobleza del organismo humano, en el que, como dice el esoterismo occidental, están enterrados todos los dioses. Y desde luego será importante cultivar la creatividad; ya que somos seres potencialmente creativos. Uno de los máximos investigadores de creatividad en el mundo en este momento, el norteamericano Alfonso Montuori, ha dicho algo muy interesante: no es que Dios sea el creador del mundo; sino que Dios es la creatividad misma. .
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FA: ¿Se ha acabado la época de los maestros?
CN: Depende de lo que se quiera decir con esa frase. Si uno quiere aprender a pintar, uno puede recibir gran ayuda de un pintor; si uno quiere aprender música, comprenderá que es difícil hacerlo de forma autodidacta; aprender piano sin ir a clase es difícil, y teatro, más aún. Y ello no es menos cierto en el mundo del Espíritu. Además de que se aprende de los que saben, y que los que saben, saben guiar a los aprendices, existe un fenómeno de inspiración, y de contagio, incluso, desde el maestro, que es un gran don. Lo que está pendiente es trascender el modelo occidental de maestro, de manera que la enseñanza se libere del autoritarismo. El autoritarismo es más difícil de diferenciar de la verdadera autoridad de lo que pudiera parecer a través de las palabras, ya que hay mucho fraude. Así como hay muchos autoritarios que pretenden no serlo, hay muchos pseudo maestros, y además hay maestros verdaderos que pueden utilizar justificadamente formas autoritarias entre gente autoritaria. Como decía Mahoma, "hay que hablarle a cada uno en su lenguaje". Yo tengo un maestro tibetano, y veo que los tibetanos usan el trono, la corona y todos los símbolos de poder que nos preciamos de haber dejado atrás con las viejas monarquías, pero ello tiene un poder evocador que le hace sentir a uno que tiene que hacerse pequeñito ante ellos para aprender, y eso sirve para contrarrestar nuestra arrogancia. Aunque sea cierto que somos todos iguales, es también cierto que a lo que más se parece un verdadero maestro es a un padre o a una madre para un niño pre-verbal. El bebé debe sentir que los padres están en un mundo inmenso; ese sentimiento produce no sólo que uno venere sino que el discípulo/hijo absorbe a través del propio respeto que se genera.

FA: ¿Cuál es el sentido de incorporar la dimensión espiritual en psicoterapia?
CN: Pienso que somos interiormente padre, madre e hijo. Tenemos un cerebro intelectual que es como el padre, en que neurofisiológicamente tiene una posición jerárquica o de mando en nuestro sistema, como el cochero tradicional que lleva las riendas del coche; tenemos también un cerebro amoroso que hemos heredado de los mamíferos, y tenemos un cerebro instintivo, que nos viene de los reptiles, y que es como nuestro niño interior. Podemos comprender el Espíritu como el vértice de una pirámide de base triangular, constituida por nuestro cerebro trino, y ese vértice no es tanto una cuarta entidad, sino algo así como un espacio vacío en el cual nuestras restantes tres componentes se pueden integrar: la síntesis misma de todo, y por ello no se puede designar con palabras. A lo que más se parece ese vacío de síntesis es a la conciencia vacía, neutra, desapegada que se desarrolla con prácticas espirituales como la meditación. El no identificarse con nada es lo que puede permitirnos adquirir esa mirada que se atribuye a Apolo, cuyas flechas certeras matan a los monstruos: una mirada que mira desde lejos, desde la distancia del desapego, y por ello tiene el poder de la verdad. Podemos decir que la psicoterapia es una manera de entrar en los problemas para resolverlos, en tanto que la espiritualidad es una vía de resolución de problemas que toma distancia de ellos, trascendiendo ambas partes del conflicto y remontándose a otro nivel. Ese doble movimiento entre lo dionisíaco y lo apolíneo, es muy potente. La terapia va más rápida cuando se da el elemento contemplativo y la meditación va más allá cuando se reconocen los problemas y las verdades.
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FA: ¿Las religiones también ayudan?
CN: Me estoy volviendo enemigo de las religiones. A medida que pasa el tiempo me gusta menos el contacto con la gente religiosa, o por lo menos me siento menos en casa con ellos, por más que acepte su manera de pensar y sus prácticas. Cuando tuve ocasión de participar en el último Parlamento de las religiones, mi tema fue el de "La contaminación patriarcal de las religiones en Occidente". Aunque ha sido grande mi veneración hacia la tradición judía –y se me ha reconocido como rabino-, y por mucho que haya bebido de las fuentes del sufismo –como discípulo de Idries Shah y de Suleimán Dede, además de Óscar Ichazo, a quien se pudiera considerar un sufi-, veo en las corrientes tradicionales mucho fanatismo, mucha guerra de escuelas, mucho dogmatismo, y poco el encontrarse en ese punto donde debían llegar todos los caminos. En los tiempos de la Nueva Era en California, durante los años sesenta, yo veía cómo sentían los religiosos la amenaza de la nueva conciencia, que hacía que los jóvenes se les estuviesen alejando. Y uno podía ver que esos jóvenes de la contracultura compartían en cierta medida una experiencia crística al sentirse movidos a eso de "Deja padre y madre y sigueme"; era gente que seguía al Espíritu, y una vez escuché a un maestro zen decir: "Buda era un hippy: lo dejó todo para buscar". Luego a esa gente se le empezó a criticar por irresponsable y es claro que hay un choque, pues uno que sigue su espíritu de búsqueda no encuentra lo que busca en las iglesias tradicionales, en que todo lo que se ofrece está unido a sistemas simbólicos añejos y complicados por un espíritu moralista. Ha degenerado la virtud en moral, y la virtud es algo muy diferente, que tiene que ver con el cultivo de un estado interior, con la presencia del Espíritu, y no con normas, que son parches a los que se recurre cuando falta el sentido profundo.

FA: ¿Cuándo comenzó su inquietud espiritual?
CN: Antes de cumplir veinte años, mi vida fue tocada profundamente por dos personas que no se conocían entre sí, Tótila Albert y Gurdjieff, y trasmitían el mismo mensaje: la idea de la unión de los tres "centros" o personas interiores en el hombre completo—como la salida a los problemas humanos, que entendían como resultado de la desintegración. Luego fui a California en busca de un guía más específicamente terapéutico, y conocí a Fritz Perls. Pudiera decir que era un maestro que ejercía de terapeuta; tenía la presencia de un maestro zen y una gran intuición, y lo que yo avancé con él se lo debo a la entrega que me inspiraba la confianza en su maestría. Hoy muchas personas piensan que yo soy el que más representa su herencia en el mundo, y pienso que se deba sobre todo a la profundidad de mi entrega, más que a la duración de mi aprendizaje con él.
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FA: También conoció el sufismo y el budismo de la mano de grandes maestros…
CN: A continuación viví mi época sufi; y me significó mucho la persona de Idries Shah, pero sobre todo me resultó un puente hacia Óscar Ichazo, un boliviano de quien yo había oído hablar como un sufi, aunque en su primer discurso ante un grupo que organicé yo mismo y se reunió durante algunos meses en Arica, al norte de Chile, explicó: "no digan que yo soy sufi: más exactamente soy un representante de la tradición profética occidental", en referencia a la unión de las tres religiones en la escuela madre de Gurdjieff, que muchos andábamos buscando. Luego entré en el budismo; había tenido contacto con Suzuki Roshi, y empecé a meditar según sus instrucciones, y luego tuve contacto con la tradición Theravada a través de una serie de maestros que incluyeron a Dhiravamsa, como Rina Sirkar, originaria de Buthan,Taungpulu Sayadaw, de Birmania y también Goenka… pero lo más profundo que he vivido y aprendido ha sido con los tibetanos; Mi maestro principal ha sido Tarthang Turku, pero he recibido enseñanzas de muchos, y muchas iniciaciones de Su Santidad el Karmapa (el anterior al actual Karmaza), a quien se consideraba la cabeza de la jerarquía mística del Tíbet, (así como el Dalai Lama ha sido el jefe político).

FA: ¿Ha pasado temporadas en el Tíbet?
CN: Nunca he estado allí; he tenido la suerte de que el maestro que encontré, o que me encontró, se vino a vivir a Berkeley. Soy la única persona que tiene contacto con él, se mantiene aislado del mundo, rodeado sólo de aquellos que trabajan para él, que ha dedicado al rescate de los libros sagrados tibetanos, que imprime y los distribuye en el mundo budista oriental para que los lamas en el exilio puedan continuar su formación. También se ha ocupado durante muchos años de la construcción de un templo enorme, bellísimo, en el norte de California, (y dudo que haya una construcción tan impresionante en el mundo). Aparte de los que lo están construyendo, pocas personas han entrado allí, y creo que será algún día el centro de peregrinación del budismo que siga a Bodhgaya, en la India. Es un hombre dedicado a grandes obras, pero a menos que sus discípulos sean muy invisibles, pareciera que haya puesto en mí su único huevo.
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FA: ¿Todos los caminos espirituales llevan al mismo lugar?
CN: Todos los que llegan al fin del camino llegan a una conciencia única, una "Comunión de los Santos"; según el camino recorrido, se expresa la realización con un distinto trasfondo de experiencia. hablamos del Cristianismo como la religión del amor, y el Budismo nos parece más bien la del desapego aunque el Buda viva la compasión como Cristo, y ambas religiones sean a la vez vías de renuncia y de compasión. El Taoismo nos impresiona como la religión de la espontaneidad, y el Confucionismo, la de la ley, de modo semejante a como en el Judaismo se hace hincapié en los ritos precisos y en las relaciones humanas. Cada religión tiene su especialidad como si hubieran venido al mundo como los distintos colores para formar el blanco.

FA: ¿Para qué sirve conocer el propio eneatipo?
CN: Gurdjieff decía que el ser humano es una máquina, y hoy en día podemos decir que aunque la palabra "psicología" signifique el estudio del alma, más bien se ocupa de nuestra naturaleza condicionada. No nos damos cuenta de hasta qué punto estamos condicionados; es decir, hasta qué punto nuestro funcionamiento está ceñido a ciertos hábitos del pensar y del sentir, y hasta del querer.Los eneatipos constituyen síndromes de la personalidad que se corresponden bastante bien con los de la experiencia clínica en los trastornos de personalidad, pero aparte de incluir niveles convencionalmente sanos—es decir "normales"—se corresponden con los "pecados" de la antigüedad. Lo que tradición patrística cristiana llama los pecados capitales -la ira, la envidia, la pereza…-, es un conjunto de estados interiores que podemos describir como enemigos de la esencia. Según los padres de la iglesia, llegar a pacificarlos, (es decir, alcanzar una paz profunda más allá de esas pasiones) nos permite llegar al verdadero amor de Dios; (y no quiero decir una pasión religiosa, sino el verdadero sabor de lo divino).Aunque siempre ha sido evidente que existen tipos humanos, y los reconoce la experiencia clínica, el eneagrama constituye un mapa muy abarcador. Yo que tuve el hobby del estudio de personalidad durante muchos años, y estudié el tema en diversas universidades con especialistas de diversas escuelas, y encontré en el eneagrama algo que englobaba todas las observaciones que había encontrado en el mundo académico y más.
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FA: Estudiar tanto la propia personalidad ¿no puede resultar un camino egoico?

CN: Es muy difícil despojarnos de nuestro ego, pero me parece que para llegar a ello nos conviene llegar a reconocerlo primero. Naturalmente todo lo que sirve como vía de liberación puede contaminarse y volverse un "camino egoico", pero sólo existen los rubíes falsos porque existen los verdaderos.

FA: Volviendo a la crisis, para cerrar, ¿Obama puede ser un punto de inflexión?
CN: Como prólogo diré que yo me sentía muy entusiasmado cuando ganó Michelle Bachelet en Chile, mi país de origen, no sólo par ser mujer y por sus antecedentes, sino porque llegué a conocerla y me gustó mucho; pero no veo que haya podido cambiar las cosas. Creo que vivimos en una era en que la política es tal que, cuando alguien llega al poder, se descubre una inesperada situación de impotencia. Un presidente se ve sujeto a tantas presiones políticas y comerciales que no siento un gran optimismo. Me parece que hay un juego electoral que se parece demasiado al fútbol, que agrupa patriotismos y partidismos y contribuye a hacernos sentir que vivimos en un mundo democrático. Pero si alguien insistiese firmemente en realizar lo que anunció durante su periodo electoral, sin duda lo matarían. Otros prefieren sobrevivir, y terminan enterrando sus ideales.
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FA: ¿Entonces no hay salida?
CN: El problema somos nosotros; nadie se considera a sí mismo como el verdadero problema, aunque colectivamente es bastante claro que el problema de la sociedad es el resultado de una conciencia que compartimos las personas. Me parece que la única salida es a través de una nueva educación, que debería ser una prioridad política para aquellos que detentan el poder. Aunque no puedan cambiar la economía o el armamentismo, estaría dentro de lo posible la instauración de una educación para la evolución personal y social. Cambiando la educación, la próxima generación sería algo más sana, sabia y benévola que la nuestra.

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HACERSE NIÑO

Posted by cosmoxenus en 3 enero 2010

 

John Loudon

La idea de asemejarse a un niño cuando se es ya adulto constituye una paradoja que muchos ensayistas han intentado resolver: ¿Cómo se puede llevar a término esta tarea sutil?, se pregunta John Laoudon. Pero su ensayo es mucho más que un intento de responder a dicha pregunta: presenta el contexto filosófico, espiritual y religioso de esta búsqueda, subrayando el hecho de que el proceso del desarrollo nos ocupa hasta el final de nuestras vidas. En cierto sentido”, comenta, “hacerse niño –alcanzar niveles, destrezas, orientaciones y todo aquello a lo que estamos llamados- es una tarea cuya consumación tal vez requiera toda la vida.”

Este pasaje se publicó originalmente en un número especial de la revista Parábola (Vol. IV, núm.3) dedicado al niño. Loudon es escritor y redactor y reside en el norte de California.

Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños

no entraréis en el Reino de los Cielos.

Mateo 18:14

Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño

Y razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño.

1 Corintios 13:11

Las tradiciones religiosas, y en especial la cristiana, parece trasmitir una serie de mensajes contradictorios acerca de la infancia como un estado ideal. Por una parte, los evangelios afirman que si no cambiamos la orientación de nuestra vida (metanoia) y nos hacemos como niños, no entraremos en el Reino de los Cielos. En el más místico de los evangelios, Jesús dice, por boca de San Juan: “Quien no nazca de lo alto no podrá ver el Reino de Dios” (Juan 3:3). Por otra parte, Jesús rechaza repetidamente la rutinaria pasividad de la religiosidad pueril y Pablo nos exhorta a renunciar, como hizo él, a las cosas de la infancia. De manera más significativa, todos los evangelios son, historias cuyo punto álgido se concreta en la pasión, muerte y resurrección de Jesús, y en todos ellos se declara que sólo perdiendo la vida la encontraremos. ¿En qué consiste este estado ideal que se aparece a la infancia y que, sin embargo, advierte únicamente con la madurez, la muerte y el nacimiento a una nueva vida?

Es obvio que nos hallamos ante dos puntos de vista diferentes respecto a la infancia. Se trata de una paradoja similar, en mi opinión, a los aparentes conflictos que tanto abundan en las tradiciones vivas y que estimulan nuestra comprensión invitándonos a investigar más profundamente.

Una posible vía de resolución –que la mayoría de exégetas y teólogos tienden a seguir- consiste en estudiar concienzudamente los pasajes de apariencia contradictorias (examinando su lenguaje, contexto, función, fecha, etcétera) hasta dar con una interpretación sintética. No cabe duda de que ya se han llevado a cabo varios estudios de este tipo. Pero yo me resisto a eliminar el aguijón de la paradoja demasiado expeditamente. Existe aquí un desafío que merece la pena aceptar; un desafío auténtico y, de algún modo, central a lo que el Nuevo Testamento quiere expresar.

Sugiero, por tanto, un camino quizá más provechoso o, por lo menos, innovador, para tratar de acceder a la verdad contenida en el núcleo mismo de la paradoja: investigar el aparente ideal de la infancia a la luz de ciertas formas tradicionales y contemporáneas de entender las etapas de la vida. ¿Cómo se relaciona la exigencia de convertirse en niño con las fases tradicionales del crecimiento y con la floreciente investigación acerca de las distintas dimensiones y períodos discernibles del desarrollo humano? ¿Es el mandato bíblico anómalo, o una máxima en clave que refleja los primeros debates cristianos? ¿O contiene acaso una intuición más o menos accesible sobre el crecimiento y potencial humanos, sobre las leyes que rigen nuestro devenir y nuestra perfección?

Las distinciones más universales de las etapas de la vida que se observan en las religiones y sociedades tradicionales son, seguramente, las que se concretan en los ritos de paso. Según la explícita afirmación de cierta mujer apache:

Subdividimos la vida de una mujer en varias partes: niñez, juventud, madurez y vejez. Las canciones sirven para hacerla transitar de una a otra. Las primeras canciones describen el hogar sagrado y la ceremonia. Más tarde vienen las canciones que tratan de las flores y de las cosas que crecen. Éstas representan la juventud; y a medida que las canciones describen las diferentes estaciones, la joven va creciendo hasta llegar a la vejez.

Hay ritos para el embarazo, el nacimiento, la infancia, el ingreso en la edad adulta, el noviazgo, el matrimonio, la iniciación al sacerdocio y la muerte como tránsito final. Lo que resulta particularmente significativo acerca de las faces identificadas en estos ritos es su relación con la noción de crecimiento, de desarrollo; son acumulativas y cada transición añade una nueva dimensión o nivel a la vida del individuo. De este modo, por ejemplo, las iniciaciones a la madurez implican, por lo común, la adquisición de un conocimiento especial, un desengaño simultáneo respecto a las creencias pueriles y una nueva responsabilidad. Algunas tradiciones diferencian las distintas etapas de la vida asociándolas a ideales religiosos específicos, cada uno con sus atracciones, riesgos y obligaciones. En el hinduismo, por ejemplo, el camino hacia el conocimiento se subdivide en cuatro etapas (ashramas): la del estudiante, la del cabeza de familia (familia, profesión), la del morador del bosque (ermitaño, asceta) y la del peregrino (santo, sannyasin). Si bien en cada etapa se alcanza una perfección relativa, la doctrina enseña que el desarrollo pleno, la consecución absoluta de moksha (liberación plena de todo lo finito) sólo llega cuando el ciclo se ha completado. Y, por lo general, en las divisiones tradicionales de la existencia humana por etapas, se asevera con firmeza que la infancia es una fase a superar si lo que se persigue es el conocimiento pleno, la vida, el ser. Aun así –y con esta observación empiezo ya a esbozar en parte lo que será mi solución al dilema aquí tratado- hay aspectos de la última etapa (naturalidad, una cierta dependencia, contemplación, etcétera) que, de algún modo, recuerdan al mundo de la infancia.

La psicología del desarrollo humano es, en gran medida, una ciencia independiente originada en el siglo XX y cuyas conclusiones se basan en datos empíricos. El psicólogo suizo Jean Piaget fue pionero de esta disciplina, a la que contribuyó con una serie de estudios basados en sus minuciosas observaciones del desarrollo intelectual y moral del niño, y con ingeniosos test para determinar las fases de crecimiento. Piaget identificó cuatro etapas básicas den el desarrollo del niño hasta la edad de doce años, cada una de ellas supone una expansión de los mundos infantiles iníciales (basados en respuestas egocéntricas de tipo sensación-acción) a un mundo más amplio, expansión facilitada por el lenguaje, la socialización y el pensamiento. Erik Erikson se basó en el trabajo de Piaget (y en el de Freud) para identificar ocho etapas en la totalidad de la vida humana, cuatro desde la infancia hasta la adolescencia y, después, adolescencia, primera edad adulta, mediana edad y madurez. En cada una de ellas nos encontramos nuevas esperanzas, nuevas posibilidades y nuevas responsabilidades, y el éxito o fracaso básicos resultante de cada desafío afecta a la plenitud de nuestro desarrollo a lo largo de la vida.

De esta manera, por ejemplo, en la etapa del lactante (aproximadamente el primer año de vida) se establece una sensación fundamental de confianza o de desconfianza que persistirá hasta la muerte. Por lo tanto, la “tarea” de esta etapa evolutiva consiste en arraigar en el niño la sensación profunda de bienestar, de ser aceptado, de pertenecer, de que el universo es su hogar. Otras subsiguientes son la “consecución” de autonomía, iniciativa, diligencia, identidad, intimidad, capacidad de crear (de productividad, en un sentido amplio) y plenitud (un sentido de satisfacción ante una vida cuyas partes forman un todo armónico). El fracaso en cada una de estas “realizaciones” psicosociales produce un declive análogo de la potencialidad humana. Así, por ejemplo, si una persona de mediana edad no consuma la “autorrealización” requerida por la dinámica del desarrollo, esta persona tiende a un “estancamiento” caracterizado por una regresión hacia satisfacciones infantiles y una interrupción del desarrollo de la personalidad y de las relaciones personales.

Huelga decir que el trabajo de Piaget y Erikson es a menudo técnico y bastante complejo y ha sido incorporado a un amplio programa de investigación práctica y teórica aún en curso. Lo más significativo para nuestro propósito es saber que las etapas del desarrollo humano se pueden delimitar científicamente con bastante precisión y que dichas etapas no constituyen simplemente una secuencia automática por la que se va pasando por el mero hecho de hacerse mayor. Más bien existe una dinámica de desarrollo –energía interna y condiciones exteriores- que nos impulsa de una etapa a otra etapa y cada una de ellas comporta el cumplimiento de una serie de tareas básicas y el descubrimiento e integración de ciertas dimensiones de nuestra humanidad, requisitos necesarios, todos ellos, para el logro de la plenitud personal. En cierto sentido, pues, puede decirse que el yo es un proyecto que dura toda la vida, siempre y cuando recordemos que se trata de un proyecto que precisa de tanta pasividad como actividad (por usar los términos de Teilhard), de abandono y sujeción, de yin y de yang.

Dado que lo que nos interés es la infancia en tanto que ideal religioso, merece la pena atender a otro aspecto de la psicología del desarrollo, esto es, el análisis de las fases de la evolución moral y religiosa. A finales de los años cincuenta, Robert Havighurst y Robert Peck describieron cinco tipos de personalidad a través de los cueles la gente podía evolucionar: el amoral durante el período de lactancia; el oportunista durante la primera infancia; el conformista (que sigue una norma externa), el irracional-escrupuloso (que sigue normas internas propias) durante los últimos años de la infancia y el racional-altruista (que toma decisiones objetivas) durante la adolescencia (aunque la capacidad del adolescente de encarnar este tipo se concreta en contadas ocasiones). Según estos autores los adolecentes y los adultos podrían encontrarse en cualquiera de estas etapas, aunque muchos permanecen en la segunda. Durante las dos últimas décadas, Lawrence Kohlberg ha diseñado test para discernir seis etapas de actitudes morales relacionadas secuencialmente. En realidad Kohlberg habla de tres niveles de desarrollo moral, cada una de las cuales se subdivide en dos etapas. Estos tres niveles son (siguiendo las distinciones sugeridas por John Dewey): el preconvencional, el convencional y postconvencional. La mayoría de los niños pequeños (hasta los diez u once años) se encuentran en el primer nivel, donde se procura seguir las reglas establecidas por figuras de autoridad; en l primera etapa de este nivel( entre los seis y los siete años), las reglas se obedecen para eludir el castigo; en la segunda etapa (ocho y nueve años), el proceder correcto se identifica con la satisfacción de necesidades personales, como la aceptación, la recompensa etcétera. Los niños más mayores pueden acceder al segundo nivel; en éste, la tercer etapa –orientada hacia el niño bueno/la niña agradable-, uno se comporta de forma tal que pueda obtener la aprobación del grupo; en la cuarta etapa –orientada hacia la ley y el orden-, comportarse correctamente significa obedecer la ley, respetar la autoridad y mantener el orden social. El tercer nivel supone la autonomía y la existencia de principios, y puede alcanzarse sólo cuando uno tiene la capacidad de tomar decisiones razonadas (es decir, con el despertar del pensamiento abstracto en la adolescencia); la quinta etapa se orienta hacia el contrato social, con principios de conducta estimados en función de su contribución al bien máximo (que podría ser contrario a las convenciones predominantes relativas a la ley y el orden) y la sexta etapa exige juicios morales basados en principios morales universales(y universalizables), etapa ésta que, según Kohlberg, se alcanza raras veces. Es importante advertir que el progreso en la evolución moral depende del desarrollo psicológico e intelectual.

Desde el punto de vista religioso, Lewis Sherrill (en The Struggle of the Soul, 1951) estableció paralelismos entre el desarrollo religioso y las etapas descritas por Erikson relativas al desarrollo psicosocial. De acuerdo a Sherrill, existen coyunturas vitales críticas en las que produce un conflicto entre la regresión hacia un tipo de fe y de compromiso más primitivo y simple, por un lado, y el desafío de pasar a una fase más madura y evolucionada, por otro. Estos momentos decisivos son fundamentalmente cuatro y tienen lugar al pasar del período de lactancia a la niñez, y al ingresar en la madurez, en la mediana edad y en la vejez.

Más recientemente, James Fowler ha desarrollado una serie de test y análisis, basados en el trabajo de Kolhberg, a fin de distinguir seis etapas en el desarrollo de la fe: 1) fe infantil/indiferencia –basada en los sentimientos y en la magia 2)fe mítica/literal –dependiente de las aplicaciones religiosas ofrecidas por figuras de autoridad 3) fe sintética/convencional –cuando se comparten los significados y valores vigentes en el hogar, la escuela, la iglesia o los compañeros 4) fe individual/reflexiva –cuando uno mismo, por sí solo, define el o los significados de la vida 5) fe polar/dialéctica –que consiste en una reapropiación de la propia tradición personal y 6) fe completamente integrada -que es una actitud a la vez personal y universal-. Para Fowler, como para otros teóricos del desarrollo, es posible que una persona se detenga en cualquier etapa, o que regrese a alguna de las anteriores. Por consiguiente, alcanzar una fe madura no es tanto una cuestión de encontrar algo apropiado en lo que creer, como lo que John Dunne denomina una “aventura espiritual”, una odisea de descubrimiento cuyo trayecto discurre por escalas distintas a las que nos ofrece la fe convencional. El desarrollo –psicológico, moral, religioso, e incluso fisiológico- supone compromisos continuos, avances decisivos hacia nuevos niveles y, en este sentido, “las conversiones”, las metanoias propias de cada etapa, no son más frágiles realizaciones.

Es hora de volver a nuestra pregunta inicial. ¿En qué sentido se nos exhorta a hacernos como niños y, sin embargo, a renunciar a las cosas de la infancia? Teniendo en cuenta nuestra breve reseña de las ideas tradicionales y modernas acerca del desarrollo humano, se diría que la infancia misma implica varias etapas y que éstas forman la base para etapas subsiguientes que se suceden hasta la muerte. La infancia es un período de la vida en el que se deben cumplir ciertos fines básicos al objeto de facilitar la plenitud del desarrollo humano. Parece evidente, además, que los conflictos del crecimiento durante este período continúan a lo largo de la vida; en cierto sentido, pues, hacerse niño –alcanzar niveles, destrezas, orientaciones y todo aquello a lo que estamos llamados –es una tarea cuya consumación tal vez requiera toda la vida. Sin embargo, creo que hay una manera más enriquecedora de comprender la paradoja que nos concierne. Como sugiere el comentario de la mujer apache citado anteriormente, las diferentes etapas a las que acabamos de aludir pueden reducirse a las cuatro más comunes, es decir, infancia, adolescencia, etapa adulta y madurez. En este esquema, tal como ocurre en los análisis más elaborados, cada fase presenta dos caras, una de promesa y otra de peligro, una de esperanza y otra de desesperación. La infancia, tanto desde una perspectiva general como desde una perspectiva psicológica, se percibe como un ideal; en esencia, lo que nos resulta atractivo es el potencial puro y, por lo tanto, incorrupto, del niño. Exento de responsabilidades molestas y de exigencias comprometedoras, el niño da la impresión de vivir en y desde la plenitud, la simplicidad, la espontaneidad y la integridad, atributos a los que aspira el adulto y que, sin embargo, por grande que sea su esfuerzo, no parece poder alcanzar (o recuperar). El niño tiene el don de simplemente ser, como una flor o un animal, sin necesidad de hacer nada, transformándose en cualquier cosa a fin de ser plenamente lo que es. Este tipo de idealización de la infancia ha prevalecido sobre todo en Occidente, especialmente a partir del Renacimiento y el Romanticismo. El niño representa la inocencia, el asombro, la capacidad receptiva, la frescura, la espontaneidad, la falta de ambiciones y de objetivos mezquinos. En ocasiones se diría que el niño tiene la singular aptitud de vivir conforme al ideal hindú consistente en “actuar sin perseguir los frutos de la acción”, de seguir el camino del wu-wei (no-acción), de vivir el Tao.

No obstante, las apariencias engañan y, hasta cierto punto, en nuestras idealización de la infancia proyectamos nuestras esperanzas y nuestros temores de adulto. Porque la infancia, de acuerdo con Piaget y a otros autores, es un período de desarrollo intenso y vital –un período en el que no sólo se es, sino que se deviene y se actúa- y, en la medida en que sus cometidos permanecen inconclusos, la vida del niño se vuelve más más problemática. El niño habita el mundo de lo inmediato (donde lo real e importante es lo que se prueba, se toca, se ve, etcétera), depende de los valores y los significados de otras personas, es egocéntrico por constitución, y vive en mundos de fantasía y magia escasamente relacionados con lo que ocurre en la realidad. Por ello, la religiosidad infantil -como observó Gordon Allport- es muy dependiente y se asienta en creencias mágicas y en una fantasía descontrolada. Si el individuo no supera esta etapa de su desarrollo religioso y sigue todavía en ella cuando adulto (cosa que ocurre a menudo), otros aspectos de su desarrollo se ven afectados y sufren un retraso. Además, esta persistencia de la religiosidad infantil en la edad adulta es uno de los factores que contribuyen a desprestigiar la religión, el mito, la contemplación, etcétera.

En la última fase de la infancia, el niño incorpora los valores y significados convencionales de la sociedad. Y si bien es necesario para la autoestima, la sensación básica de orientación y el orden social, lo cierto es que el desarrollo de muchos de nosotros puede quedar detenido en esta fase y nuestras vidas serán entonces “heterónomas” (según la terminología de Paul Tillich), puesto que será algo ajeno a nosotros lo que determine nuestras prioridades y nuestros juicios acerca de lo que tiene sentido o valor.

El ingreso en la adolescencia resulta al mismo tiempo liberador e desalentador. Con esta etapa llegan las dudas, las distinciones, el cuestionamiento, las complicaciones, las ansiedades (en relación al sexo y a las muerte), la responsabilidad del aprendizaje y el trabajo, las rebeliones y reconciliaciones, el sufrimiento; y todo ello nos inicia en el camino hacia la autonomía y la autodeterminación. Se trata de un período fundamental de cara a la elección de valores y significados personales y al descubrimiento de la propia identidad. Pero los peligros abundan y las poderosas corrientes que empiezan a fluir y refluir amenazan con arrastrarnos. En muchas áreas de nuestra vida tendemos a seguir siendo adolescentes; nuestro cuestionamiento puede degenerar en un tipo de nihilismo funcional, nuestros desafíos a la autoridad en rebeliones sin causa y nuestro auto-descubrimiento en un viaje egocéntrico. Resulta fácil rendirse ante el trabajo del desarrollo, eludir nuestras “noches oscuras” o quedar presos en ellas y, una y otra vez –cuando las crisis se presentan- buscar refugio en el hedonismo, en el egocentrismo o en la regresión a la infancia.

Pero si nos entregamos al proceso de crecimiento, si emprendemos la búsqueda de la plenitud y aceptamos el desafío del conocimiento como exploración (más que anhelar la certidumbre), nos ubicamos en una vía que no conduce a una infancia nostálgicamente idealizada, sino que se dirige hacia delante, hacia una plenitud y una integración auténticas. Si no acometemos está búsqueda seguiremos siendo niños; sin comprometernos realmente con el crecimiento, como hijos pródigos que nunca vuelven a casa. Y de este modo se presentan los desafíos de la edad adulta, por los cuales los impulsos y necesidades juveniles se satisfagan en el logro de la intimidad, la identidad personal y la creatividad. Esto no significa que simplemente crecemos y nos convertimos en personas que aman, que tienen convicciones, que se valoran por lo que son, que contribuyen al depósito universal de significado, belleza, valor o vida; se trata más bien de que, a medida que nos enfrentamos a las “tareas” de la edad adulta, nos “hacemos” a nosotros mismos. Cuanto más nos apartamos de las exigencias, los sacrificios y los esfuerzos, menos somos nosotros mismos y más nos reducimos, convirtiéndonos en “hombres huecos”, en símbolos vacíos. Como dijo Tillich: vivir es cosa de atreverse.

Sin embargo, es también posible ensimismarse en las labores cotidianas y reducir la vida al mero cumplimiento de una serie de obligaciones convencionales, es decir, soportar la lucha sin transformarse a sí mismo. Podríamos pensar que lo que realmente cuenta son los frutos tangibles de nuestras acciones, y valorar así nuestra vida en función de resultados externos (mientras que, en última instancia, lo que verdaderamente importa es en qué clase de persona uno se convierte en el curso de todas las actividades). Esta actitud constituye, a fin de cuentas, un tipo de regresión a los principios de dolor y de placer y a la conducta convencional de la infancia. Se diría que, en la fase intermedia de la vida, uno necesita de alguna manera mantener los ideales potenciales de la infancia y los impulsos de la adolescencia.

La madurez consiste, pues, en consumar una síntesis; no se trata únicamente de una etapa cronológica de la vida. Como síntesis, representa una especie de segunda infancia –una plenitud, una cierta perfección y culminación, una alegría de ser-, pero una infancia “consumada”, en la cual los ideales iníciales, e incluso los sueños, han sido integrados en el acto real de vivir. Uno se siente lleno de asombro sin ser ingenuo, reverente sin ser cándido, humilde sin ser sumiso. La madurez implica una concentración, una integridad, una sabiduría y una compasión que llegan sólo si se recorre el camino completo, el via crusis de las crisis (Erikson) en el itinerario de la vida. Entonces, uno se encuentra con la objetividad y el conocimiento real, uno se maravilla ante los auténticos misterios y confía en la auténtica bondad del ser.

Las grandes tradiciones espirituales y filosóficas conocen perfectamente esta última etapa de plenitud, es la de los ancianos de la tribu: el staretz ruso que culmina una larga vida de desarrollo interior cuando se convierte en guía espiritual; el verdadero maestro y el gúru; el pensador genuino que conoce su campo de estudio no sólo por sus datos sino también en su esencia; el creyente maduro que ha vivido el consuelo y resistido las noches oscuras hasta desembocar en una fe atemperada; el crítico que se muestra sensible a la literatura y reacciona con instruido deleite, con “ imaginación educada” (Northrop Frye); el buscador que encontró su camino con corazón y aprendió a concentrar su voluntad. Y resulta que las virtudes del niño en que uno aspira a convertirse son –creo que ésta es la respuesta de Jesús a nuestra pregunta- las de las bienaventuranzas del sermón de la montaña: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo 5:3).

Cuando se estudian los escritos de los místicos y de los guías espirituales, y las vidas de quienes alcanzaron la auténtica madurez, se constata la presencia de un objetivo común: la plenitud, que abarca la totalidad del potencial humano y que es, al mismo tiempo, natural, sabia , alegre e incluso lúdica. Uno puede pensar en Gandhi, en Merton, en Einstein, en Juan XXIII, o en alguien más próximo a nosotros por capacidad y circunstancias, como Dag Hammarskjold, en cuyo libro autobiográfico, Markings, se pone de manifiesto una admirable sensibilidad ante los rigores y satisfacciones del pleno desarrollo humano. Dag Hammarskjold sabía que “El viaje más largo/ es el viaje hacia el interior”, y describió un aspecto de la etapa final del viaje del siguiente modo:

Hay un punto a partir del cual todo se vuelve sencillo y ya no es cuestión de elegir, porque todo lo que invertiste se perderá si miras hacia atrás. Madurez; entre otras cosas, la serena felicidad del niño que juega y da por descontado que está de acuerdo con sus compañero de juego.

Y la consecución de la madurez no debería tomarse como fin de trayecto. Se trata más bien de un nuevo principio, en cierto sentido el principio, que se origina en el momento en que inicamos la búsqueda y nos decidimos a vivirla. Como lo expresa John Dunne en The Reasons of the Heart: “Emprender la aventura espiritual es…`volver a nacer´, `ser engendrado por el Espíritu´”. Y en el mismo libro:

El individuo surge a una vida…en el que la profunda soledad…que normalmente ni el amor, ni el trabajo, ni la vida comunitaria pueden paliar, se vuelve tan intensa que empieza a socavar las relaciones humanas normales haciéndolas parecer insatisfactorias; cuando ya no parece posible hallar satisfacción ni plenitud en el amor, el trabajo o en la vida comunitaria. Cuando esto ocurre, la vida espiritual…puede comenzar.

“Las personas mayores deberían ser exploradoras”, nos dice T.S. Elliot, y todas las etapas de la vida son también jornadas decisivas en el camino a la vocación definitiva; un viaje a lo desconocido análogo al aventurado ingreso del recién nacido en la vida.

Titulo original: RECLAIMING THE INNER CHILD, 1990 Jeremiah Abrams, de la primera edición española 1993 Editorial Kairós, S.A. RECUPERAR EL NIÑO INTERIOR, Biblioteca de la Nueva Conciencia. Pág. 307-320

 

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Lucifer – Luciferismo y Baphomet

Posted by cosmoxenus en 22 agosto 2009

Artículo completo en http://4thwiseman.wordpress.com/2008/08/20/lucifer-luciferismo-y-baphomet/

By Frater Kaplan – Escuela Iluminati Aristotelica, Orden Perfectibilista

L U C I F E R

Lucifer es un personaje triste, que carece de historia propia, ni tan siquiera podemos encontrar ya mención alguna a su nombre en la actual Biblia católica..¡Ha sido borrado!, tan solo nos queda el Eco apagado del Mito que una vez existió, pero no como nos lo contaron.

La palabra Lucifer es de raíz latina y significa El Portador de la Luz. Realmente nació por primera vez al mundo conocido, debido a su empleo por parte de San Jerónimo, con motivo de la Traducción de la Biblia al latín, nos referimos a la famosa Vulgata.

San Jerónimo al traducir la palabra hebraica Helel, que literalmente significa “Resplandeciente”, encontrada en un texto de Isaías, junto con diversas connotaciones, fue cuando dio nacimiento a dicho término.

En la Mitología greco romana, fue asociado a Heósforo, un dios menor e hijo de la diosa Aurora. Y..entre la Aurora, el Portador de la Luz, el Resplandeciente, junto a ideas antiguas de Lucífero o Venus, San Jerónimo parió un lindo niño en la figura de Lucifer, inexistente antes de dicho evento.

Es muy curiosa la lectura del texto de Isaías, en donde se hace referencia a este Helel (Lucifer por sincretismo), ya que el Profeta lo recoge de una sátira entre Yahvé y el Rey de Babilonia derrotado:

¿Cómo has caído del Cielo, astro rutilante, Hijo de la Aurora, y has sido arrojado a la Tierra, Tú que vencías a las Naciones?…..Tú dijiste en tu corazón..El Cielo escalaré, por encima de las estrellas de El, elevaré mi trono y me sentaré en la montaña del encuentro, en los confines de Safón; escalaré las alturas de las nubes, me igualaré a Elyón (El Altísimo)..Por el contrario, al Sol has sido precipitado, al hondón de la fosa.

(Isaías, 14, 12 11)

Así, de esta forma queda asociado Lucifer como Hijo de la Aurora, dando lugar a un Mito inexistente anteriormente.El del Ángel Rebelde Lucifer. Pero, de esta forma los Padres de la Iglesia Trinitaria, creyeron encontrar el Principio del Mal Personificado..He inventaron la asociación:

Lucifer = Satanás

Y, es que la Iglesia Trinitaria y en general sus sectas, no dejan de ser una continuación adaptada del propio judaísmo, y tenemos que recordar que este pueblo, el judío, originalmente aceptaba de pleno la existencia de otros dioses (El Antiguo Testamento, así lo atestigua), aunque eso si, sometidos todos a la voluntad de un Jefe, de nombre Yahvé, nombre por cierto que en otras zonas se denominaba Baal (Señor), con lo que incluso no debemos de extrañarnos, cuando encontramos en las Sagradas Escrituras, términos como Baal Yahvé.

Además existía otro Dios al que llamaban EL (Especialmente una parte del pueblo judío y los cananeos), mas tarde EL se sincretizó con Yahvé, a pesar de no ser lo mismo

Abraham y Melquisedec, adoraban al mismo Dios bajo el nombre de EL Elyón, totalmente distinto al Dios Yahvé, aunque como anteriormente he dicho, algunos Padres de la Iglesia (los inventores del catolicismo por el siglo tres de nuestra era) terminan por asociar como a la misma persona Yahvé y El Elyón.

Con dicha asociación, aquellos Padres, arrastraron un gran problema, por cierto aún mayor que la diferencia en sí, ya que EL Elyón para los cananeos, era el padre de Sahar, cuya traducción correcta es precisamente.

¡Aurora!

O dicho de otra forma, emparentado en la terminología de Isaías, como Lucifer, al que llama:

Helel ben Sahar.

Según el propio Yahvé, es decir: Lucero, Hijo de la Aurora De esta forma según la propia mitología cananea, Lucifer es un descendiente directo e hijo de El-Elyón, que los Patriarcas dicen ser el mismo Yahvé, o dicho de otra forma.

Lucifer es Hijo de Dios, por pura lógica. (¿)

Si leemos el Deuteronomio, nos podemos encontrar con un curioso comentario:

< Cuando Elyón repartió las naciones, cuando distribuyó a los hijos de Adán, fijó las fronteras de los pueblos según el número de los Sene´EL (Los Hijos del Dios EL), mas la porción de Yahvé que fue de su pueblo>

De lo que se desprende que Lucifer era dueño de una parte de la tierra y que Yahvé tan solo era Dios de un Pueblo.A no ser, que siendo el Elyón el propio Yahvé como quiere hacernos creer la Iglesia, Este dio a sus Hijos la Tierra, salvo Canaan e Israel que se la queda personalmente.

Este embrollo, tan solo significa, que todos estos personajes, incluido Lucifer, no eran ni mas ni menos, que reyezuelos de taifas, de aquella época y sus luchas mas o menos intestinas por el poder, pues da la casualidad de que Baal termina también por ser otro personaje, igualmente Hijo de Yahvé, que por cierto, en una ocasión le arrebata a este Yahvé el Trono, motivo precisamente, de que este Dios vengativo (Yahvé), utilice a Abraham para invadir el territorio cananeo, para de esta forma obtener de nuevo el culto a su persona, declarándose por ello, Dios de los Dioses

Sin embargo.

¡Abraham, se arrodilla ante Melquisedec que no es seguidor de Yahvé! y así reconoce a los Dioses de Melquisedec y con ello al propio. ¡Lucifer!

Artículo continúa en: http://4thwiseman.wordpress.com/2008/08/20/lucifer-luciferismo-y-baphomet/

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