El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

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Apuntes sobre Giordano Bruno & el arte de la memoria

Posted by cosmoxenus en 2 junio 2007

Artículo Original aqui

Frances A. Yates *

Selección & notas de Enrique Eskenazi

Debiera recordarse que cuando Copérnico presenta la hipótesis heliocéntrica, cita las palabras que sobre el sol escribiera Hermes Trismegisto (1) en su Asclepius; que cuando Giordano Bruno expuso el copernicanismo en Oxford lo asoció al De Vita coelitus comparanda de Ficino (2); que la visión hermética de que la tierra no es inmóvil porque está viva, citada por Camillo (3) en relación con la imagen de Argos que se halla en la grada de la Cueva de la serie solar, la empleó Bruno para su defensa del movimiento de la tierra. La serie solar del Teatro de Giulio Camillo pone en evidencia que dentro de la mente y la memoria del hombre del Renacimiento el sol brillaba con importancia renovada, mística, emocional, mágica, atribuyéndosele por último una significación central. Se pone de manifiesto un movimiento interior de la imaginación hacia el sol, lo cual ha de ser tenido en cuenta como uno de los factores de la revolución heliocéntrica.

¿Cómo tendríamos que suponer que la magia de Ficino funciona dentro de un sistema de la memoria que se sirve de lugares e imágenes a la manera clásica? El secreto está, creo, en que a las imágenes se las consideraba, por decirlo así, como talismanes internos… Al igual que toda su magia, el uso ficiniano de los talismanes era altamente subjetivo e imaginativo. Sus prácticas mágicas, ya se tratase de encantamientos poéticos y musicales, ya del uso de imágenes magificadas, iban realmente dirigidas a condicionar la imaginación para hacerla capaz de recibir las influencias celestiales. A sus imágenes talismánicas, que evolucionaron en las bellas formas del Renacimiento, se las destinaba a que fuesen contenidas dentro de la imaginación de su usuario. Describe cómo una imagen tomada de la mitología astral puede ser impresa interiormente en la mente con fuerza tal que cuando una persona, con esta impronta en su imaginación, sale al mundo de las apariencias externas, éstas terminan siendo unificadas, por el poder que la imagen interna extrae del mundo superior.

Este uso interno, o imaginativo, de la imaginería talismánica había de encontrar un vehículo muy adecuado en la versión ocultista del arte de la memoria. Si las imágenes básicas de la memoria empleadas en un sistema de la memoria de este género tenían, o se suponía que tenían, poder talismánico, poder para introducir en la memoria las influencias celestes y el spiritus, una memoria tal vendría a ser la del hombre “divino” íntimamente asociado a los poderes divinos del cosmos. Y una memoria tal tendría también, o se supondría que tendría, el poder de unificar los contenidos de la memoria por estar basada en las imágenes procedentes del mundo celestial… De esta manera se ha de suponer que la memoria cósmica fundada no sólo llevaría el poder desde el cosmos al interior de la memoria, sino que unificaría ésta.

Las imagenes emocionalmente percusivas de la memoria clásica, que transformara el devoto Medioevo en similitudes corporales, vuelven a ser transformadas, esta vez en imágenes mágicamente poderosas. La intensidad religiosa que se asoció a la memoria medieval se ha vuelto hacia una nueva y osada dirección. Ahora la mente y la memoria del hombre son “divinas”, con poderes de aprehender la más alta realidad mediante una imaginación mágicamente activada. El arte hermético de la memoria ha pasado a ser el instrumento para la formación del mago, el medio imaginativo por el que el microcosmos divino puede reflejar el divino macrocosmos, por el que puede captar su significado desde arriba, desde la grada divina a la que su mens pertenece. El arte de la memoria ha devenido un arte oculto, un secreto hermético.

Bruno había desarrollado su técnica de transportar su mensaje religioso hermético dentro del marco del arte de la memoria. (…) Bruno intenta organizar la psique desde arriba, por contacto con las potencias cósmicas.

Uno de los modos de operar… sobre el mundo celeste es a través de imágenes mágicas o talismánicas de las estrellas. Bruno traslada tales imágenes celestes al interior de la mente, aplicándolas a la memoria mediante el empleo, en calidad de imágenes de la memoria, de las imágenes celestes, como si guarneciese el mundo interior de la imaginación con las estrellas, o como si reprodujese en el interior el mundo celeste.

La mente de Bruno trabaja sobre una línea que con extremada dificultad puede rescatar el hombre moderno – las mismas líneas que la mente de Ficino sigue, también, en De Vita coelitus comparanda-: que las imágenes de las estrellas son intermediarias entre las ideas del mundo supraceleste y el mundo elemental subceleste. Mediante la disposición o la manipulación o el uso de las imágenes astrales, manipulamos formas que están en un estadio más próximo a la realidad que los objetos del mundo inferior, todo lo cual depende de las influencias estelares. Podemos actuar sobre el mundo inferior, transformar las influencias estelares que sobre él se ejercen, si sabemos cómo disponer y manipular las imágenes de las estrellas. De hecho, las imágenes de las estrellas son las “sombras de las ideas” (4) , sombras de la realidad que están más próximas a la realidad que las sombras físicas del mundo inferior… El libro que Hermes entrega al filósofo es el libro “sobre las sombras de las ideas contraídas para la escritura interna”, es decir, que contiene una lista de imágenes mágicas de las estrellas que se han de imprimir en la memoria”.

Conformándose internamente a las imágenes astrales, por medio de las cuales las especies individuales del mundo inferior se unifican. Una memoria astral de esta índole no sólo dará conocimiento sino poderes.

En Bruno… el sistema metrodoriano (5) se ha convertido en un sistema mágico. En lo que se refiere a las fundamentales imágenes zodiacales, las imágenes planetarias, las imágenes de las estaciones lunares, las imágenes de las casas del horóscopo del catálogo bruniano de imágenes mágicas, el sistema avanza por las ruedas de la memoria, formando y reformando a partir del plano celeste los patrones del universo. Y el poder para realizarlo depende de la filosofía hermética, en la que el hombre tiene un origen divino y está orgánicamente relacionado con los Gobernadores astrales del mundo. En “tu naturaleza primordial” las imágenes arquetípicas existen en confuso caos; la memoria mágica las aparta del caos y restaura su ordenación; devuelve al hombre sus poderes divinos.

¿Pretendía Bruno con el uso de estas siempre cambiantes combinaciones de imágenes astrales formar en la memoria una suerte de alquimia de la imaginación, una piedra filosofal psíquica por medio de la cual se percibiría y recordaría toda posible ordenación y combinación de los objetos del mundo inferior: plantas, animales, piedras? ¿Y que con la configuración y reconfiguración de las imágenes de los inventores en función de la configuración y reconfiguración de las imágenes astrales de la rueda central se habría de recordar, desde arriba, toda la historia de la humanidad, todos sus descubrimientos, pensamientos, filosofías, producciones? Una memoria de esta índole habría de ser la memoria de un hombre divino, de un mago con poderes divinos por los que su imaginación se elevaría hasta las operaciones de las potencias cósmicas. Y una tentativa de esta índole habría de descansar en el supuesto hermético de que la mens del hombre es divina, relacionada por sus orígenes con los Gobernadores astrales del mundo, capaces de reflejar y regir el universo.

Pero el interés principal de Bruno no es el mundo exterior sino el interior. Y en sus sistemas de la memoria vemos el esfuerzo por poner en marcha las leyes mágico-mecánicas, no externamente, sino dentro, mediante la reproducción psíquica de los mecanismos mágicos… El supuesto bruniano de que las fuerzas astrales que gobiernan el mundo externo operan también en el interior, donde se las puede reproducir o aprehender a fin de que apliquen una memoria mágico-mecánica.

Las fuerzas astrales eran instrumentos de lo divino; y más allá de las operativas estrellas había aún formas divinas más elevadas. Y la forma más elevada de todas era para Bruno el Uno, la unidad divina. El sistema de la memoria pretende la unificación, desde un plano estelar, como preparación para llegar a la más elevada Unidad. Para Bruno la magia no era un fin en sí misma, sino un medio para llegar al Uno que hay detrás de las apariencias.

En la naturaleza todo está en todo. Así pues, todo el intelecto está en todo. Y la memoria puede memorizarlo todo a partir de todo. El caos de Anaxágoras es variedad sin orden; debemos poner orden en la variedad. Mediante las conexiones de lo superior con lo inferior se alcanza algo hermoso, el mundo. La concordancia que hay entre las cosas superiores e inferiores es la cadena de oro que va de la tierra al cielo. Estas conexiones son una ayuda para la memoria.

Igualmente los “treinta conceptos de las ideas” presentan un carácter gnómico. .. El intelecto primero es la luz de Anfitrite. Está difundido por doquier; es la fuente de la unidad en que lo innumerable se hacer una sola cosa. Las formas de los animales deformes, en el cielo son hermosas; los metales no luminosos brillan en sus planetas correspondientes; ni el hombre, ni los animales, ni los metales son aquí como son allí. Siendo iluminado vivificado, unificado y conformado según los agentes superiores, avanzarás en la concepción y retención de las especies. La luz contiene la vida primera, la inteligencia, la unidad, todas las especies, las verdades supremas, los números, los grados de las cosas. Así pues, lo que en la naturaleza es diferente, contrario, diverso, allí es idéntico, congruente. Uno. Intenta, por consiguiente, con todas tus fuerzas, identificar, coordinar y unir las especies recibidas. No perturbes tu mente ni confundas tu memoria. De todas las formas del mundo, las preeminentes son las formas celestes. Por ellas llegarás, a partir de la confusa pluralidad de las cosas, a la unidad. Se comprenden mejor las partes del cuerpo cuando se las toma juntas que cuando se las toma separadamente. Así pues, cuando se toman en consideración las partes de las especies universales no separadamente, sino en la relación que tienen con el orden que las subyace, ¿qué no podremos memorizar, entender y obrar? El Uno es el esplendor de la belleza en todo. El Uno es el brillo que brota de la muchedumbre de las especies. La formación de las cosas en el mundo más bajo es inferior a la forma verdadera, es una degradación de su vestigio. Asciende, pues, adonde las especies son puras, o están formadas con la forma verdadera. Todo lo que viene después del Uno es necesariamente múltiple y numeroso. Así pues, en la grada más baja de la escala de la naturaleza está el número infinito, en la grada más alta la infinita unidad. Así como las ideas son las formas principales de las cosas, en cuya conformidad todo está formado, asimismo hemos de formar en nosotros mismos las sombras de las ideas. Las formamos en nosotros, como en la revolución de las ruedas.

El sol interior al que se llega en Sombras es la expresión interior de lo que sería el “copernicanismo” de Bruno, de lo que sería su uso del heliocentrismo como suerte de portento que anticiparía el retorno de la visión “egipcia” y la religión hermética.

La meta del sistema de la memoria es fundar en el interior, en la psique, mediante la organización de imágenes significativas, el retorno del intelecto a la unidad… La meta del sistema de la memoria era fundar en el interior esta ascensión mágica a través de una memoria basada en mágicas imágenes de las estrellas.

(… ) La meta del sistema de la memoria es conseguir esta visión unificadora en el interior, el único lugar donde esto puede ser realizado, pues las imágenes internas de las cosas están más cerca de la realidad, son menos opacas a la luz de lo que lo son las propias cosas del mundo externo.

Profunda convicción de que el hombre, imagen del macrocosmos, puede aprehender, contener y entender el macrocosmos con el poder de su imaginación. Volvemos en este punto a lo que básicamente diferencia la Edad Media del Renacimiento; el cambio de actitud respecto a la imaginación. De considerarla como una potencia inferior que puede ser útil a la memoria, como concesión al hombre débil que necesita usar similitudes corporales pues sólo así es capaz de retener sus objetivos espirituales hacia el mundo inteligible, ha pasado a ser la más elevada potencia del hombre, por medio de la cual podrá aprehender el mundo inteligible allende las apariencias, a través de la captación de imágenes significativas.

Si la mens humana es divina, entonces la divina organización del universo está dentro de ella, y un arte que en la memoria reproduzca esa organización divina se hará con los poderes del cosmos, que están en el propio hombre.

Cuando se unifiquen los contenidos de la memoria, empezará a aparecer dentro de la psique (así lo cree el artista hermético de la memoria) la visión del Uno allende la multiplicidad de las apariencias.

“Contemplaba yo un solo conocimiento en un solo sujeto. Para todas las partes principales había dispuestas formas principales… y todas sus formas secundarias estaban unidas a las partes principales”. Esto es lo que leemos en “la fuente y el espejo” (sello 22). Juntas vienen las artes principales, únense a éstas las secundarias, ya las terroríficas labores de los sistemas comienzan a dar fruto, y empezamos a contemplar “un solo conocimiento en un solo sujeto”. Se pone aquí de manifiesto la meta religiosa de los esfuerzos memorísticos de Bruno.

Todo desciende de arriba, de la fuente de las ideas, y se puede ascender a ella desde abajo. “Qué admirable sería tu obra si te conformases según el artífice de la naturaleza… si con la memoria y el intelecto entendieses la fábrica del triple mundo y no sin las cosas que en él se contienen”. Estas promesas de conformación según el artífice de la naturaleza toda nos traen a la memoria las palabras con que Cornelio Agrippa describe, como experiencia necesaria en la formación del mago, la ascensión hermética a través de la esferas. Es esta experiencia la que, en su apoteosis del Sello de los Sellos, el arte de las memoria nos ha llevado.

Hay páginas notables acerca de los grados del conocimiento. Incluso en estas páginas extravagantes, Bruno se encuentra dentro de la perspectiva de los tratados de la memoria en los que era muy corriente esbozar la psicología de las facultades, el proceso por el cual, según la psicología escolástica, las imágenes procedentes de los impresiones sensoriales pasan desde el sensus communis por otros compartimientos de la psique…. Bruno piensa en un diagrama de esa índole, ingrediente normal del tratado de la memoria, pero su exposición va dirigida contra la división de la psique en los compartimientos de la psicología de las facultades. Estas páginas suyas son una especie de manifiesto sobre la primacía de la imaginación en el proceso cognitivo, negándose a verlo dividido en muchas facultades, sino como un todo unido. Distingue ciertamente cuatro grados de conocimiento (influido por Plotino), a saber, sentido, imaginación, razón, intelecto, pero pone mucho cuidado en abrir puertas entre ellos en abolir las divisiones arbitrarias. Y al final deja bien claro que según su visión todo el proceso de la cognición no es realmente más que uno solo, y que éste es, fundamentalmente, un proceso imaginativo.

Para Bruno no hay una facultad separada que consista en el intelecto abstractivo; la mente opera solamente con las imágenes, si bien estas imágenes tienen grados diferentes de potencia. Siendo así que la mente divina está universalmente presente en el mundo de la naturaleza… el proceso de llegar a conocer la mente divina ha de ocurrir por medio de la reflexión que hacen las imágenes del mundo sensorial dentro de la mens. Por consiguiente, la función de la imaginación de ordenar en la memoria las imágenes es una función absolutamente vital para el proceso cognitivo. Vívidas y vivientes imágenes han de reflejar la vida y vitalidad del mundo -Bruno piensa tanto en las imágenes astrales mágicamente vitalizadas como en las vívidas y percusivas imágenes de la regla memorística del Ad Herennium (6) -, han de unificar los contenidos de la memoria y erigir correspondencias mágicas entre el mundo externo y el interno. Las imágenes deben estar cargadas de afectos, y particularmente del afecto del amor, pues de este modo tendrán el poder de penetrar tanto en el núcleo del mundo externo como en el del interno; he aquí una extraordinaria mezcla de la memoria clásica, que aconsejaba usar imágenes cargadas de emociones, y el uso mágico de una imaginación cargada de emociones, combinado a su vez con un uso místico y religioso de la imaginería amorosa.- Nos encontramos aquí dentro del círculo de los brunianos Eroici furori y sus conceptos del amor capaces de abrir dentro de la psique “las negras puertas de diamante”.

Y Giordano Bruno se presenta a sí mismo como uno de estos guías, ofreciendo una religión, o una experiencia hermética, o un culto mistérico interno, cuyas cuatro guías son el Amor, por el que las almas se elevan a lo divino mediante divino furor; el Arte, a través del cual puede uno terminar uniéndose al alma del mundo; la Mathesis, que es el uso mágico de figuras; y la Magia, entendida como magia religiosa. Siguiendo estas guías, podemos comenzar a percibir los cuatro objetos, el primero de los cuales es la Luz.

La religión del amor y la magia se basa en el poder de la imaginación, y en un arte de la imaginería por medio del cual el mago intenta captar y contener el universo en todas sus formas siempre mudantes, mediante imágenes que circulan en intrincados órdenes asociativos, que reflejan los movimientos siempre cambiantes de los cielos, imágenes cargadas con afectos emocionales, que unifican, que siempre intentan unificar, reproducir la gran monas del mundo en su imagen, la mente del hombre.

“Pensar es especular con imágenes” -dice Bruno… que al rojo vivo trabaja en el problema que él cree es el más importante de todos, el problema de cómo organizar la psique a través de la imaginación. Era la misión de Bruno pintar y modelar en el interior, enseñar que el artista, el poeta y el filósofo son una misma cosa, pues la Madre de las Musas es Memoria. No sale afuera nada que previamente no haya sido formado dentro, y en consecuencia es dentro donde ha de hacerse la obra significativa.

Por extraordinario que pueda parecer, creo que las “sombras de las ideas” brunianas SON las imágenes mágicas, las imágenes arquetípicas celestes que se hallan más próximas a las ideas de la mente divina decuanto puedan estarlo las cosas inferiores. Así, pues, es perfectamente posible que Ficino, que tan frecuentemente emplea la palabra “sombras”, también haya querido tomarla bajo la acepción indicada.

Bruno tiene la esperanza, o al menos así me lo parece, de que al imprimir en la memoria las imágenes celestes, las imágenes arquetípicas del cielo que son sombras situadas cerca de las ideas en la mens divina de la que dependen todas las cosas inferiores, conseguirá alcanzar la experiencia “egipcia” de convertirse en verdadero sentido gnóstico, en el AION, que encierra en sí mismo los poderes divinos.

En el Cantus Circaeus (7), los conjuros planetarios de Circe tenían como función disponer a la imaginación para recibir improntas de las imágenes planetarias. El adepto debía enfrentarse al arte de la memoria con una imaginación previamente impregnada de imágenes celestes, preliminar necesario para la memoria mágica.

La intención de Giordano Bruno es llevar la magia renacentista hacia sus fuentes paganas, abandonando las débiles tentativas de Ficino para elaborar una magia inocua que intentara disimular su principal fuente de inspiración, el Asclepius, a la vez que se mofa violentamente de los herméticos religiosos que creen haber fundado un hermetismo cristiano prescindiendo del Asclepius. Se proclama asimismo como un egipcio convencido que, lo mismo que Celso en sus argumentaciones anticristianas citadas por Orígenes, deplora la destrucción llevada a cabo por los cristianos del culto a los dioses naturales griegos y de la religión de los egipcios, a través de la cual aquéllos se habían aproximado a las ideas divinas, al sol inteligible, al Uno neoplatónico.

La idea de una reforma que tenga sus inicios en el propio cielo -mediante una reordenación o purificación de las imágenes celestes (de las que, consecuentemente, derivaría una reforma en el mundo inferior gracias a las variaciones sufridas por los influjos celestes que actúan sobre éste)- quizás le fuese sugerida a Bruno por un tratado hermético que no pertenecía los agrupados bajo el título común de Corpus Hermeticum (8), sino que formaba parte de los recuperados por Estobeo en su antología. Me refiero al tratado conocido con el nombre de Koré Kosmou, o “Hija (o Viren) del mundo” o, según la traducción latina de Patricio, por “Minerva Mundi”… Como resultado de dicha renovación debe derivarse una reforma general de la humanidad, caracterizada por un retorno a la ética y a la religión egipcias.

Es precisamente esta reforma interior de los propios dioses la que debe reflejarse en el entorno de la bóveda celeste a partir del momento en que las virtudes ascienden para ocupar los lugares de los vicios que hasta el momento han impregnado las cuarenta y ocho constelaciones. Así pues, de lo que se habla en el Spaccio es de la formación de una nueva personalidad cuyos poderes queden plasmados en un feliz conjunto unitario.

En el De Magia Bruno relaciona su psicología mágica de la imaginación con la terminología de la psicología normal de las facultades, a la que, sin embargo, modifica convirtiendo a la imaginación, y más precisamente a la imaginación animada o ejercida mágicamente y unida al poder cogitativo, en la fuente de la energía psíquica. Esta imaginación animada mágicamente es “la única puerta de acceso a todos los afectos íntimos y el vínculo de los vínculo” (De magia, III). El lenguaje de Bruno se excita y oscurece cuando habla de este misterio, para él central, del condicionamiento de la imaginación a fin de conseguir atraer sobre nosotros fuerzas espirituales o demoníacas que puedan liberar los poderes innatos que posee el individuo. Este era el resultado que había pretendido alcanzar en todo momento a partir de la aplicación de sus sistemas mágico-mnemotécnicos, cuyo objeto, como se pone de manifiesto con toda claridad en las páginas finales del De Magia, era conseguir la personalidad y los poderes de un gran mago o dirigente religioso… Giordano Bruno es el resultado lógico y directo de la glorificación renacentista del hombre como miraculum magnum (9), del hombre de origen divino preparado para reconquistar la divinidad, del hombre dotado de poderes divinos. Dicho en pocas palabras, Bruno no es más que el resultado del hermetismo renacentista.

Giordano Bruno evita siempre el esquema fundado sobre las agrupaciones en “tríos” y convierte las guías de la religión en cuatro, a saber, Amor, Arte, Mathesis y Magia. Es precisamente siguiendo estas cuatro guías como el mago religioso conseguirá alcanzar las más altas cimas de perfección y poder. Cada una de ellas está relacionada con una combinación de magia y furor platónico. Amor es la virtud viviente que se halla en todas las cosas y que al ser interceptada por el mago le guía desde las cosas inferiores hasta el reino supracelestial gracias a un furor divino El arte nos enseña de qué modo podemos llegar a unirnos con el alma del mundo. A través de la “mathesis” podemos aprender a hacer abstracción de la materia del movimiento y del tiempo, consiguiendo así la contemplación intelectual de las especies inteligibles. La magia es de dos tipos, uno óptimo y otro nocivo. La buena magia, unida a una fe regulada ya otros saludables tipos de “contracciones”, corrige al errado, da vigor al débil y, a través del más grande de los demonios, el amor, une al alma con el poder divino.

La experiencia contenido en De gli eroici furori hace referencia a una realidad interior. Cuando Acteón ha “absorbido la divinidad” no es ya necesario buscarla fuera de su propio ser. De hecho, “la divinidad habita en nuestro interior gracias a la reforma acaecida en el intelecto y la voluntad”. Para Bruno, la dignidad del hombre como mago reside dentro de su propio ser, y éste es el motivo que le impulsa a aplicar las técnicas mágicas que conducen a la gnosis individual sobre la imaginación considerada como una experiencia perteneciente al mundo interior.

En su Lampas triginta statuarum, Bruno insiste en su tentativa para construir una memoria, o una psique, que derive su unidad del empleo de imágenes o signos que la pongan en contacto directo con la realidad. Las imágenes astrológicas sobre las que se fundaba la memoria descrita en el De umbris idearum son substituidas aquí por “estatuas”, o imágenes interiores construidas según principios talismánicos… Creo que las “estatuas” interiores a las que hace referencia no son otra cosa que una transposición, en el ámbito de la imaginación interior, de aquellas estatuas que constituían un elemento esencial de la religión practicada por los egipcios, quienes tal como podemos colegir de la lectura del Asclepius, poseían los conocimientos necesarios para animarlas mediante la introducción en su interior de demonios. Tal como sabemos por el De Magia, Bruno creía que el más importante y eficaz método para “vincularse” con los demonios era el basado en las facultades de la imaginación. Por consiguiente, según mi opinión, las treinta estatuas son treinta vínculos imaginativos destinados a establecer conexión con los demonios, a través de los cuales el mago consigue dar forma a su personalidad.

El culto bruniano a la religión egipcia, con sus características estatuas mágicas, había sido transferido por éste a un nivel de interioridad correspondiente a la vida imaginativa. El culto profesado por Bruno era intimista, en modo alguno un culto exterior basado en rituales y templos. Este carácter intimista o individual del hermetismo impregna los propios escritos herméticos, que siempre convierten en el núcleo de la experiencia religiosa el reflejo interior en la mente humana creada a imagen y semejanza de Dios, del universo divino. Por otra parte, su obra sobre las Treinta Estatuas nos revela hasta qué punto trata Bruno desde una perspectiva hermética la filosofía de un universo infinito poblado por innumerables mundos, que con anterioridad hemos definido como una extensión de la gnosis bruniana. Una filosofía que debe ser introvertida, tal como sucede con el reflejo hermético del mundo en la mente, es susceptible de convertirse en una experiencia espiritual intimista de carácter más amplio, que satisfaga la insaciable necesidad de infinitud que posee el alma.

En su Oratio valedictoria, manifestó ante la asamblea de doctores que, a diferencia de París, él había escogido a Minerva de entre las tres diosas. Ver a Minerva significa volverse ciego, adquirir sabiduría gracias a su ayuda significa enloquecer, porque ella es Sofía, la propia Sabiduría, hermosa como la luna, grande como el sol, terrible como los ejércitos disciplinados, pura, ya que nada puede mancillarla, honorable por ser la imagen de la bondad misma, potente puesto que, siendo una, es capaz de hacerlo todo, gentil ya que visita a los pueblos que le están consagrados y convierte a los hombres en amigos de Dios y de los profetas.

La filosofía de Bruno no puede en modo alguno ser disociada de su religión. Era su religión, la “religión del mundo”, la que veía dilatado el universo hasta el infinito y poblado por innumerables mundos, a modo de una gnosis ampliada, una nueva revelación de la divinidad en los “vestigios”. El copernicanismo era un símbolo de la nueva revelación que anunciaba el retorno a la vieja religión natural de los egipcios y a su magia dentro de un contexto que Bruno, a través de una insólita pirueta intelectual, supone posible identificar con el del catolicismo… ya no puede perdurar la leyenda según la cual Bruno fue perseguido como pensador filosófico y que acabó pereciendo en la hoguera por sus temerarias opiniones sobre los innumerables mundos y sobre el movimiento terrestre… la filosofía de Bruno, comprendido su supuesto heliocentrismo, formaba parte integrante esencial en su misión. Bruno, completamente inmerso en el campo del hermetismo, era incapaz de concebir una filosofía de la naturaleza, el número, la geometría o un diagrama cualquiera sin adjudicarle cierto significado divino. Por esta razón, él es la última persona en este mundo que puede ser tomada como representante genuino de una filosofía divorciada de la divinidad.

Bruno fue un descendiente de los magos renacentistas y luchó incansablemente por la dignidad del hombre, defendiendo su libertad, la tolerancia, el derecho que tiene el hombre a defender sus propias ideas en cualquier país, a decir lo que piensa sin constricciones impuestas por ninguna barrera ideológica. Y Bruno, el mago, se mantuvo firme por amor, en contraste con lo que los pedantes de ambos bandos habían hecho con el cristianismo, la religión del amor.

El núcleo mágico del platonismo ficiniano; la confusión establecida entre ideas, imágenes mágicas y hermetismo. En opinión de Mersenne, atribuir semejantes poderes a tales imágenes es sencillamente una locura… Mersenne es un pensador moderno; ha cruzado la línea divisoria y se encuentra del mismo lado que nosotros; creer en el poder de las imágenes mágicas le parece absolutamente demencial. Un dibujo de Mantegna, según él, tiene más valor que todas las imágenes juntas de los nigromantes. Y su condena a estas imágenes no proviene del temor sino de la opinión de que están privadas de todo sentido. Mersenne, que repudia por completo la astrología, detesta consecuentemente la magia astral, las milagrosas virtudes atribuidas a las plantas, piedras e imágenes y todo el aparato sobre el que se fundamenta la magia naturalis.

En sus ansias por fundar una concepción puramente objetiva de la naturaleza entendida como un mecanismo, en su desbordante entusiasmo por la matemática pura considerada como el único instrumento válido para llevar a cabo una investigación objetiva, Descartes se tuvo que enfrentar con el embarazoso problema de la mente, que le ataba de pies y manos. Resolvió provisionalmente el problema en términos extremadamente toscos, a través del llamado dualismo cartesiano: “un mundo está constituido por una enorme máquina matemática que se extiende a lo largo de todo el espacio; y el otro, por espíritus pensantes sin extensión. Y todo aquello que no es matemático, es decir, lo que depende de una forma exclusiva de la actividad de la substancia pensante… pertenece al segundo de ellos” (Baillet, Vie de Descartes). Descartes acaba colocando en una arte perfectamente determinada del cuerpo, en un sector del cerebro, esta “substancia pensante” que tiene bajo su control todo aquello que es extraño a la vasta máquina externa. Este modo tan singularmente inadecuado de resolver el problema de la mente no tardará en ser sometido a examen y muchos han sido los filósofos y pensadores posteriores que se han detenido en el estudio del problema del conocimiento, de la epistemología y de las interrelaciones mente-materia. A pesar de todo, aquella errónea postura inicial no ha sido nunca superada de una forma definitiva. El hombre ha ido acumulando de forma continuada conocimientos sobre el mundo exterior, pero en lo que respecta al entendimiento, a su capacidad para reflejar sobre sí mismo la naturaleza y a la de actuar sobre ésta de un modo tan asombrosamente maravilloso, los progresos alcanzados adolecen de una consistencia mucho más débil.

¿Por qué razón Descartes desdeñaba hasta tal punto la mens, o por qué era tan enorme su miedo ante ella, como para quererla colocar en una posición absolutamente aislada, al margen del universo mecánico matemático? Tal vez pueda hallarse una explicación a este problema en la lucha que debía afrontar el mundo en que vivía para emanciparse de la tutela de “Hermes Trismegisto”… y de todo aquello que aquél representaba. La diferencia fundamental entre la actitud con la que se enfrentan al mundo el mago y el científico es que el primero quiere atraer al mundo hacia su interior, mientras que el científico persigue precisamente lo contrario, exteriorizarlo y despersonalizarlo mediante un acto de voluntad que se mueve en la dirección opuesta a la propugnada en los escritos herméticos, cuyo acento recae en la introversión y en la consecución del reflejo del mundo sobre la mens. La actitud hermética frente al mundo, ya sea considerada como experiencia de tipo religioso o de tipo mágico, nunca carece de esta cualidad de introversión.

Puede suponerse que en el momento en que la mecánica y las matemáticas pasaron a ocupar el lugar del animismo y la magia, lo que se intentó evitar a toda costa fue, precisamente, la interiorización que acabamos de apuntar, esta íntima conexión entre la mens y el mundo. Tal vez en la necesidad de esta enérgica reacción pueda detectarse el origen de la postura errónea consistente en desbordar y dejar a un lado el problema de la mente en benificio del estudio del planteado por el mundo material exterior y su funcionamiento. Por esta razón, desde el punto de vista de la historia del problema del entendimiento y de las razones que han contribuido a abandonarlo en los inicios de la era moderna, creo de gran importancia el estudio de “Hermes Trismegisto” y sus implicaciones históricas…. La historia de este período (s. XVII) nos descubrirá las raíces de la transformación sufrida por el hombre cuando su mente dejó de estar estrechamente integrada con la vida divina del universo. Las zonas limítrofes entre magia y religión, magia y ciencia, y magia y arte, poesía o música, deberán ser recorridas en la compañía de “Hermes Trismegisto”. Estos fueron los vagos dominios en los que habitó el hombre del Renacimiento. Por su parte, el del siglo XVII acabó por perder algunas claves importantes para la comprensión de la personalidad de aquel magnum miraculum.

Notas

(1) Para la relación entre el hermetismo y la “revolución copernicana”, consultar el artículo de Darcy Woodall: “Una astrología hermética. Del Renacimiento al comienzo de la Edada Moderna” (volver)

(2) Marsilio Ficino (1433-1499), filósofo, mago, traductor, sacerdote e ingenioso escritor, fundador de la Academia Florentina, fue el artífice del apogeo del neoplatonismo en el Renacimiento. (volver)

(3) Giulio Camillo Delminio fue uno de los personajes más famosos del s. XVI por su construcción de un modelo de teatro de tamaño natural y su obra “Idea del Teatro” (publicada en Venecia 1550). Su teatro era de hecho una construcción para la memoria que representaba el orden de las verdades eternas y presentaba los diversos estadios de la creación, desde la Primera Causa hasta el hombre, pasando por el plano angélico y las esferas planetarias. (volver)

(4) Nombre de una obra “mnemotécnico-mágica” de Giordano Bruno (volver)

(5) Metrodoro de Escepsis, pensador griego que, de acuerdo a Quintiliano, basaba su arte de la memoria en el zodiaco, y “que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez”, según escribió Jorge Luis Borges en su notable relato “Funes el memorioso(volver)

(6) Obra retórica/mnemotécnica que durante la Edad Media se atribuyó (falsamente) a Cicerón.(volver)

(7) Obra de Giordano Bruno. (volver)

(8) Colección de tratados gnósticos de los s.II-III d. C. Si bien el Asclepio fue ya conocido en Occidente durante la E. Media gracias a una traducción latina atribuida a Apuleyo, el Poimandres fue traducido del griego por M. Ficino, y tuvo a partir de entonces gran auge y difusión. (volver)

(9) “gran milagro”, expresión con la que se refiere al Hombre el Asclepio, y que fue retomada por Pico della Mirandola en su Tratado sobre la diginidad del hombre

*Reflexiones tomadas de:

Yates Frances A., El Arte de la Memoria (Madrid, Siruela, 2005)
Yates Frances A., Giordano Bruno y la Tradición Hermética (Barcelona, Ariel, 1983) (*)

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Apuntes sobre Giordano Bruno & el arte de la memoria

Posted by cosmoxenus en 2 junio 2007

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Frances A. Yates *

Selección & notas de Enrique Eskenazi

Debiera recordarse que cuando Copérnico presenta la hipótesis heliocéntrica, cita las palabras que sobre el sol escribiera Hermes Trismegisto (1) en su Asclepius; que cuando Giordano Bruno expuso el copernicanismo en Oxford lo asoció al De Vita coelitus comparanda de Ficino (2); que la visión hermética de que la tierra no es inmóvil porque está viva, citada por Camillo (3) en relación con la imagen de Argos que se halla en la grada de la Cueva de la serie solar, la empleó Bruno para su defensa del movimiento de la tierra. La serie solar del Teatro de Giulio Camillo pone en evidencia que dentro de la mente y la memoria del hombre del Renacimiento el sol brillaba con importancia renovada, mística, emocional, mágica, atribuyéndosele por último una significación central. Se pone de manifiesto un movimiento interior de la imaginación hacia el sol, lo cual ha de ser tenido en cuenta como uno de los factores de la revolución heliocéntrica.

¿Cómo tendríamos que suponer que la magia de Ficino funciona dentro de un sistema de la memoria que se sirve de lugares e imágenes a la manera clásica? El secreto está, creo, en que a las imágenes se las consideraba, por decirlo así, como talismanes internos… Al igual que toda su magia, el uso ficiniano de los talismanes era altamente subjetivo e imaginativo. Sus prácticas mágicas, ya se tratase de encantamientos poéticos y musicales, ya del uso de imágenes magificadas, iban realmente dirigidas a condicionar la imaginación para hacerla capaz de recibir las influencias celestiales. A sus imágenes talismánicas, que evolucionaron en las bellas formas del Renacimiento, se las destinaba a que fuesen contenidas dentro de la imaginación de su usuario. Describe cómo una imagen tomada de la mitología astral puede ser impresa interiormente en la mente con fuerza tal que cuando una persona, con esta impronta en su imaginación, sale al mundo de las apariencias externas, éstas terminan siendo unificadas, por el poder que la imagen interna extrae del mundo superior.

Este uso interno, o imaginativo, de la imaginería talismánica había de encontrar un vehículo muy adecuado en la versión ocultista del arte de la memoria. Si las imágenes básicas de la memoria empleadas en un sistema de la memoria de este género tenían, o se suponía que tenían, poder talismánico, poder para introducir en la memoria las influencias celestes y el spiritus, una memoria tal vendría a ser la del hombre “divino” íntimamente asociado a los poderes divinos del cosmos. Y una memoria tal tendría también, o se supondría que tendría, el poder de unificar los contenidos de la memoria por estar basada en las imágenes procedentes del mundo celestial… De esta manera se ha de suponer que la memoria cósmica fundada no sólo llevaría el poder desde el cosmos al interior de la memoria, sino que unificaría ésta.

Las imagenes emocionalmente percusivas de la memoria clásica, que transformara el devoto Medioevo en similitudes corporales, vuelven a ser transformadas, esta vez en imágenes mágicamente poderosas. La intensidad religiosa que se asoció a la memoria medieval se ha vuelto hacia una nueva y osada dirección. Ahora la mente y la memoria del hombre son “divinas”, con poderes de aprehender la más alta realidad mediante una imaginación mágicamente activada. El arte hermético de la memoria ha pasado a ser el instrumento para la formación del mago, el medio imaginativo por el que el microcosmos divino puede reflejar el divino macrocosmos, por el que puede captar su significado desde arriba, desde la grada divina a la que su mens pertenece. El arte de la memoria ha devenido un arte oculto, un secreto hermético.

Bruno había desarrollado su técnica de transportar su mensaje religioso hermético dentro del marco del arte de la memoria. (…) Bruno intenta organizar la psique desde arriba, por contacto con las potencias cósmicas.

Uno de los modos de operar… sobre el mundo celeste es a través de imágenes mágicas o talismánicas de las estrellas. Bruno traslada tales imágenes celestes al interior de la mente, aplicándolas a la memoria mediante el empleo, en calidad de imágenes de la memoria, de las imágenes celestes, como si guarneciese el mundo interior de la imaginación con las estrellas, o como si reprodujese en el interior el mundo celeste.

La mente de Bruno trabaja sobre una línea que con extremada dificultad puede rescatar el hombre moderno – las mismas líneas que la mente de Ficino sigue, también, en De Vita coelitus comparanda-: que las imágenes de las estrellas son intermediarias entre las ideas del mundo supraceleste y el mundo elemental subceleste. Mediante la disposición o la manipulación o el uso de las imágenes astrales, manipulamos formas que están en un estadio más próximo a la realidad que los objetos del mundo inferior, todo lo cual depende de las influencias estelares. Podemos actuar sobre el mundo inferior, transformar las influencias estelares que sobre él se ejercen, si sabemos cómo disponer y manipular las imágenes de las estrellas. De hecho, las imágenes de las estrellas son las “sombras de las ideas” (4) , sombras de la realidad que están más próximas a la realidad que las sombras físicas del mundo inferior… El libro que Hermes entrega al filósofo es el libro “sobre las sombras de las ideas contraídas para la escritura interna”, es decir, que contiene una lista de imágenes mágicas de las estrellas que se han de imprimir en la memoria”.

Conformándose internamente a las imágenes astrales, por medio de las cuales las especies individuales del mundo inferior se unifican. Una memoria astral de esta índole no sólo dará conocimiento sino poderes.

En Bruno… el sistema metrodoriano (5) se ha convertido en un sistema mágico. En lo que se refiere a las fundamentales imágenes zodiacales, las imágenes planetarias, las imágenes de las estaciones lunares, las imágenes de las casas del horóscopo del catálogo bruniano de imágenes mágicas, el sistema avanza por las ruedas de la memoria, formando y reformando a partir del plano celeste los patrones del universo. Y el poder para realizarlo depende de la filosofía hermética, en la que el hombre tiene un origen divino y está orgánicamente relacionado con los Gobernadores astrales del mundo. En “tu naturaleza primordial” las imágenes arquetípicas existen en confuso caos; la memoria mágica las aparta del caos y restaura su ordenación; devuelve al hombre sus poderes divinos.

¿Pretendía Bruno con el uso de estas siempre cambiantes combinaciones de imágenes astrales formar en la memoria una suerte de alquimia de la imaginación, una piedra filosofal psíquica por medio de la cual se percibiría y recordaría toda posible ordenación y combinación de los objetos del mundo inferior: plantas, animales, piedras? ¿Y que con la configuración y reconfiguración de las imágenes de los inventores en función de la configuración y reconfiguración de las imágenes astrales de la rueda central se habría de recordar, desde arriba, toda la historia de la humanidad, todos sus descubrimientos, pensamientos, filosofías, producciones? Una memoria de esta índole habría de ser la memoria de un hombre divino, de un mago con poderes divinos por los que su imaginación se elevaría hasta las operaciones de las potencias cósmicas. Y una tentativa de esta índole habría de descansar en el supuesto hermético de que la mens del hombre es divina, relacionada por sus orígenes con los Gobernadores astrales del mundo, capaces de reflejar y regir el universo.

Pero el interés principal de Bruno no es el mundo exterior sino el interior. Y en sus sistemas de la memoria vemos el esfuerzo por poner en marcha las leyes mágico-mecánicas, no externamente, sino dentro, mediante la reproducción psíquica de los mecanismos mágicos… El supuesto bruniano de que las fuerzas astrales que gobiernan el mundo externo operan también en el interior, donde se las puede reproducir o aprehender a fin de que apliquen una memoria mágico-mecánica.

Las fuerzas astrales eran instrumentos de lo divino; y más allá de las operativas estrellas había aún formas divinas más elevadas. Y la forma más elevada de todas era para Bruno el Uno, la unidad divina. El sistema de la memoria pretende la unificación, desde un plano estelar, como preparación para llegar a la más elevada Unidad. Para Bruno la magia no era un fin en sí misma, sino un medio para llegar al Uno que hay detrás de las apariencias.

En la naturaleza todo está en todo. Así pues, todo el intelecto está en todo. Y la memoria puede memorizarlo todo a partir de todo. El caos de Anaxágoras es variedad sin orden; debemos poner orden en la variedad. Mediante las conexiones de lo superior con lo inferior se alcanza algo hermoso, el mundo. La concordancia que hay entre las cosas superiores e inferiores es la cadena de oro que va de la tierra al cielo. Estas conexiones son una ayuda para la memoria.

Igualmente los “treinta conceptos de las ideas” presentan un carácter gnómico. .. El intelecto primero es la luz de Anfitrite. Está difundido por doquier; es la fuente de la unidad en que lo innumerable se hacer una sola cosa. Las formas de los animales deformes, en el cielo son hermosas; los metales no luminosos brillan en sus planetas correspondientes; ni el hombre, ni los animales, ni los metales son aquí como son allí. Siendo iluminado vivificado, unificado y conformado según los agentes superiores, avanzarás en la concepción y retención de las especies. La luz contiene la vida primera, la inteligencia, la unidad, todas las especies, las verdades supremas, los números, los grados de las cosas. Así pues, lo que en la naturaleza es diferente, contrario, diverso, allí es idéntico, congruente. Uno. Intenta, por consiguiente, con todas tus fuerzas, identificar, coordinar y unir las especies recibidas. No perturbes tu mente ni confundas tu memoria. De todas las formas del mundo, las preeminentes son las formas celestes. Por ellas llegarás, a partir de la confusa pluralidad de las cosas, a la unidad. Se comprenden mejor las partes del cuerpo cuando se las toma juntas que cuando se las toma separadamente. Así pues, cuando se toman en consideración las partes de las especies universales no separadamente, sino en la relación que tienen con el orden que las subyace, ¿qué no podremos memorizar, entender y obrar? El Uno es el esplendor de la belleza en todo. El Uno es el brillo que brota de la muchedumbre de las especies. La formación de las cosas en el mundo más bajo es inferior a la forma verdadera, es una degradación de su vestigio. Asciende, pues, adonde las especies son puras, o están formadas con la forma verdadera. Todo lo que viene después del Uno es necesariamente múltiple y numeroso. Así pues, en la grada más baja de la escala de la naturaleza está el número infinito, en la grada más alta la infinita unidad. Así como las ideas son las formas principales de las cosas, en cuya conformidad todo está formado, asimismo hemos de formar en nosotros mismos las sombras de las ideas. Las formamos en nosotros, como en la revolución de las ruedas.

El sol interior al que se llega en Sombras es la expresión interior de lo que sería el “copernicanismo” de Bruno, de lo que sería su uso del heliocentrismo como suerte de portento que anticiparía el retorno de la visión “egipcia” y la religión hermética.

La meta del sistema de la memoria es fundar en el interior, en la psique, mediante la organización de imágenes significativas, el retorno del intelecto a la unidad… La meta del sistema de la memoria era fundar en el interior esta ascensión mágica a través de una memoria basada en mágicas imágenes de las estrellas.

(… ) La meta del sistema de la memoria es conseguir esta visión unificadora en el interior, el único lugar donde esto puede ser realizado, pues las imágenes internas de las cosas están más cerca de la realidad, son menos opacas a la luz de lo que lo son las propias cosas del mundo externo.

Profunda convicción de que el hombre, imagen del macrocosmos, puede aprehender, contener y entender el macrocosmos con el poder de su imaginación. Volvemos en este punto a lo que básicamente diferencia la Edad Media del Renacimiento; el cambio de actitud respecto a la imaginación. De considerarla como una potencia inferior que puede ser útil a la memoria, como concesión al hombre débil que necesita usar similitudes corporales pues sólo así es capaz de retener sus objetivos espirituales hacia el mundo inteligible, ha pasado a ser la más elevada potencia del hombre, por medio de la cual podrá aprehender el mundo inteligible allende las apariencias, a través de la captación de imágenes significativas.

Si la mens humana es divina, entonces la divina organización del universo está dentro de ella, y un arte que en la memoria reproduzca esa organización divina se hará con los poderes del cosmos, que están en el propio hombre.

Cuando se unifiquen los contenidos de la memoria, empezará a aparecer dentro de la psique (así lo cree el artista hermético de la memoria) la visión del Uno allende la multiplicidad de las apariencias.

“Contemplaba yo un solo conocimiento en un solo sujeto. Para todas las partes principales había dispuestas formas principales… y todas sus formas secundarias estaban unidas a las partes principales”. Esto es lo que leemos en “la fuente y el espejo” (sello 22). Juntas vienen las artes principales, únense a éstas las secundarias, ya las terroríficas labores de los sistemas comienzan a dar fruto, y empezamos a contemplar “un solo conocimiento en un solo sujeto”. Se pone aquí de manifiesto la meta religiosa de los esfuerzos memorísticos de Bruno.

Todo desciende de arriba, de la fuente de las ideas, y se puede ascender a ella desde abajo. “Qué admirable sería tu obra si te conformases según el artífice de la naturaleza… si con la memoria y el intelecto entendieses la fábrica del triple mundo y no sin las cosas que en él se contienen”. Estas promesas de conformación según el artífice de la naturaleza toda nos traen a la memoria las palabras con que Cornelio Agrippa describe, como experiencia necesaria en la formación del mago, la ascensión hermética a través de la esferas. Es esta experiencia la que, en su apoteosis del Sello de los Sellos, el arte de las memoria nos ha llevado.

Hay páginas notables acerca de los grados del conocimiento. Incluso en estas páginas extravagantes, Bruno se encuentra dentro de la perspectiva de los tratados de la memoria en los que era muy corriente esbozar la psicología de las facultades, el proceso por el cual, según la psicología escolástica, las imágenes procedentes de los impresiones sensoriales pasan desde el sensus communis por otros compartimientos de la psique…. Bruno piensa en un diagrama de esa índole, ingrediente normal del tratado de la memoria, pero su exposición va dirigida contra la división de la psique en los compartimientos de la psicología de las facultades. Estas páginas suyas son una especie de manifiesto sobre la primacía de la imaginación en el proceso cognitivo, negándose a verlo dividido en muchas facultades, sino como un todo unido. Distingue ciertamente cuatro grados de conocimiento (influido por Plotino), a saber, sentido, imaginación, razón, intelecto, pero pone mucho cuidado en abrir puertas entre ellos en abolir las divisiones arbitrarias. Y al final deja bien claro que según su visión todo el proceso de la cognición no es realmente más que uno solo, y que éste es, fundamentalmente, un proceso imaginativo.

Para Bruno no hay una facultad separada que consista en el intelecto abstractivo; la mente opera solamente con las imágenes, si bien estas imágenes tienen grados diferentes de potencia. Siendo así que la mente divina está universalmente presente en el mundo de la naturaleza… el proceso de llegar a conocer la mente divina ha de ocurrir por medio de la reflexión que hacen las imágenes del mundo sensorial dentro de la mens. Por consiguiente, la función de la imaginación de ordenar en la memoria las imágenes es una función absolutamente vital para el proceso cognitivo. Vívidas y vivientes imágenes han de reflejar la vida y vitalidad del mundo -Bruno piensa tanto en las imágenes astrales mágicamente vitalizadas como en las vívidas y percusivas imágenes de la regla memorística del Ad Herennium (6) -, han de unificar los contenidos de la memoria y erigir correspondencias mágicas entre el mundo externo y el interno. Las imágenes deben estar cargadas de afectos, y particularmente del afecto del amor, pues de este modo tendrán el poder de penetrar tanto en el núcleo del mundo externo como en el del interno; he aquí una extraordinaria mezcla de la memoria clásica, que aconsejaba usar imágenes cargadas de emociones, y el uso mágico de una imaginación cargada de emociones, combinado a su vez con un uso místico y religioso de la imaginería amorosa.- Nos encontramos aquí dentro del círculo de los brunianos Eroici furori y sus conceptos del amor capaces de abrir dentro de la psique “las negras puertas de diamante”.

Y Giordano Bruno se presenta a sí mismo como uno de estos guías, ofreciendo una religión, o una experiencia hermética, o un culto mistérico interno, cuyas cuatro guías son el Amor, por el que las almas se elevan a lo divino mediante divino furor; el Arte, a través del cual puede uno terminar uniéndose al alma del mundo; la Mathesis, que es el uso mágico de figuras; y la Magia, entendida como magia religiosa. Siguiendo estas guías, podemos comenzar a percibir los cuatro objetos, el primero de los cuales es la Luz.

La religión del amor y la magia se basa en el poder de la imaginación, y en un arte de la imaginería por medio del cual el mago intenta captar y contener el universo en todas sus formas siempre mudantes, mediante imágenes que circulan en intrincados órdenes asociativos, que reflejan los movimientos siempre cambiantes de los cielos, imágenes cargadas con afectos emocionales, que unifican, que siempre intentan unificar, reproducir la gran monas del mundo en su imagen, la mente del hombre.

“Pensar es especular con imágenes” -dice Bruno… que al rojo vivo trabaja en el problema que él cree es el más importante de todos, el problema de cómo organizar la psique a través de la imaginación. Era la misión de Bruno pintar y modelar en el interior, enseñar que el artista, el poeta y el filósofo son una misma cosa, pues la Madre de las Musas es Memoria. No sale afuera nada que previamente no haya sido formado dentro, y en consecuencia es dentro donde ha de hacerse la obra significativa.

Por extraordinario que pueda parecer, creo que las “sombras de las ideas” brunianas SON las imágenes mágicas, las imágenes arquetípicas celestes que se hallan más próximas a las ideas de la mente divina decuanto puedan estarlo las cosas inferiores. Así, pues, es perfectamente posible que Ficino, que tan frecuentemente emplea la palabra “sombras”, también haya querido tomarla bajo la acepción indicada.

Bruno tiene la esperanza, o al menos así me lo parece, de que al imprimir en la memoria las imágenes celestes, las imágenes arquetípicas del cielo que son sombras situadas cerca de las ideas en la mens divina de la que dependen todas las cosas inferiores, conseguirá alcanzar la experiencia “egipcia” de convertirse en verdadero sentido gnóstico, en el AION, que encierra en sí mismo los poderes divinos.

En el Cantus Circaeus (7), los conjuros planetarios de Circe tenían como función disponer a la imaginación para recibir improntas de las imágenes planetarias. El adepto debía enfrentarse al arte de la memoria con una imaginación previamente impregnada de imágenes celestes, preliminar necesario para la memoria mágica.

La intención de Giordano Bruno es llevar la magia renacentista hacia sus fuentes paganas, abandonando las débiles tentativas de Ficino para elaborar una magia inocua que intentara disimular su principal fuente de inspiración, el Asclepius, a la vez que se mofa violentamente de los herméticos religiosos que creen haber fundado un hermetismo cristiano prescindiendo del Asclepius. Se proclama asimismo como un egipcio convencido que, lo mismo que Celso en sus argumentaciones anticristianas citadas por Orígenes, deplora la destrucción llevada a cabo por los cristianos del culto a los dioses naturales griegos y de la religión de los egipcios, a través de la cual aquéllos se habían aproximado a las ideas divinas, al sol inteligible, al Uno neoplatónico.

La idea de una reforma que tenga sus inicios en el propio cielo -mediante una reordenación o purificación de las imágenes celestes (de las que, consecuentemente, derivaría una reforma en el mundo inferior gracias a las variaciones sufridas por los influjos celestes que actúan sobre éste)- quizás le fuese sugerida a Bruno por un tratado hermético que no pertenecía los agrupados bajo el título común de Corpus Hermeticum (8), sino que formaba parte de los recuperados por Estobeo en su antología. Me refiero al tratado conocido con el nombre de Koré Kosmou, o “Hija (o Viren) del mundo” o, según la traducción latina de Patricio, por “Minerva Mundi”… Como resultado de dicha renovación debe derivarse una reforma general de la humanidad, caracterizada por un retorno a la ética y a la religión egipcias.

Es precisamente esta reforma interior de los propios dioses la que debe reflejarse en el entorno de la bóveda celeste a partir del momento en que las virtudes ascienden para ocupar los lugares de los vicios que hasta el momento han impregnado las cuarenta y ocho constelaciones. Así pues, de lo que se habla en el Spaccio es de la formación de una nueva personalidad cuyos poderes queden plasmados en un feliz conjunto unitario.

En el De Magia Bruno relaciona su psicología mágica de la imaginación con la terminología de la psicología normal de las facultades, a la que, sin embargo, modifica convirtiendo a la imaginación, y más precisamente a la imaginación animada o ejercida mágicamente y unida al poder cogitativo, en la fuente de la energía psíquica. Esta imaginación animada mágicamente es “la única puerta de acceso a todos los afectos íntimos y el vínculo de los vínculo” (De magia, III). El lenguaje de Bruno se excita y oscurece cuando habla de este misterio, para él central, del condicionamiento de la imaginación a fin de conseguir atraer sobre nosotros fuerzas espirituales o demoníacas que puedan liberar los poderes innatos que posee el individuo. Este era el resultado que había pretendido alcanzar en todo momento a partir de la aplicación de sus sistemas mágico-mnemotécnicos, cuyo objeto, como se pone de manifiesto con toda claridad en las páginas finales del De Magia, era conseguir la personalidad y los poderes de un gran mago o dirigente religioso… Giordano Bruno es el resultado lógico y directo de la glorificación renacentista del hombre como miraculum magnum (9), del hombre de origen divino preparado para reconquistar la divinidad, del hombre dotado de poderes divinos. Dicho en pocas palabras, Bruno no es más que el resultado del hermetismo renacentista.

Giordano Bruno evita siempre el esquema fundado sobre las agrupaciones en “tríos” y convierte las guías de la religión en cuatro, a saber, Amor, Arte, Mathesis y Magia. Es precisamente siguiendo estas cuatro guías como el mago religioso conseguirá alcanzar las más altas cimas de perfección y poder. Cada una de ellas está relacionada con una combinación de magia y furor platónico. Amor es la virtud viviente que se halla en todas las cosas y que al ser interceptada por el mago le guía desde las cosas inferiores hasta el reino supracelestial gracias a un furor divino El arte nos enseña de qué modo podemos llegar a unirnos con el alma del mundo. A través de la “mathesis” podemos aprender a hacer abstracción de la materia del movimiento y del tiempo, consiguiendo así la contemplación intelectual de las especies inteligibles. La magia es de dos tipos, uno óptimo y otro nocivo. La buena magia, unida a una fe regulada ya otros saludables tipos de “contracciones”, corrige al errado, da vigor al débil y, a través del más grande de los demonios, el amor, une al alma con el poder divino.

La experiencia contenido en De gli eroici furori hace referencia a una realidad interior. Cuando Acteón ha “absorbido la divinidad” no es ya necesario buscarla fuera de su propio ser. De hecho, “la divinidad habita en nuestro interior gracias a la reforma acaecida en el intelecto y la voluntad”. Para Bruno, la dignidad del hombre como mago reside dentro de su propio ser, y éste es el motivo que le impulsa a aplicar las técnicas mágicas que conducen a la gnosis individual sobre la imaginación considerada como una experiencia perteneciente al mundo interior.

En su Lampas triginta statuarum, Bruno insiste en su tentativa para construir una memoria, o una psique, que derive su unidad del empleo de imágenes o signos que la pongan en contacto directo con la realidad. Las imágenes astrológicas sobre las que se fundaba la memoria descrita en el De umbris idearum son substituidas aquí por “estatuas”, o imágenes interiores construidas según principios talismánicos… Creo que las “estatuas” interiores a las que hace referencia no son otra cosa que una transposición, en el ámbito de la imaginación interior, de aquellas estatuas que constituían un elemento esencial de la religión practicada por los egipcios, quienes tal como podemos colegir de la lectura del Asclepius, poseían los conocimientos necesarios para animarlas mediante la introducción en su interior de demonios. Tal como sabemos por el De Magia, Bruno creía que el más importante y eficaz método para “vincularse” con los demonios era el basado en las facultades de la imaginación. Por consiguiente, según mi opinión, las treinta estatuas son treinta vínculos imaginativos destinados a establecer conexión con los demonios, a través de los cuales el mago consigue dar forma a su personalidad.

El culto bruniano a la religión egipcia, con sus características estatuas mágicas, había sido transferido por éste a un nivel de interioridad correspondiente a la vida imaginativa. El culto profesado por Bruno era intimista, en modo alguno un culto exterior basado en rituales y templos. Este carácter intimista o individual del hermetismo impregna los propios escritos herméticos, que siempre convierten en el núcleo de la experiencia religiosa el reflejo interior en la mente humana creada a imagen y semejanza de Dios, del universo divino. Por otra parte, su obra sobre las Treinta Estatuas nos revela hasta qué punto trata Bruno desde una perspectiva hermética la filosofía de un universo infinito poblado por innumerables mundos, que con anterioridad hemos definido como una extensión de la gnosis bruniana. Una filosofía que debe ser introvertida, tal como sucede con el reflejo hermético del mundo en la mente, es susceptible de convertirse en una experiencia espiritual intimista de carácter más amplio, que satisfaga la insaciable necesidad de infinitud que posee el alma.

En su Oratio valedictoria, manifestó ante la asamblea de doctores que, a diferencia de París, él había escogido a Minerva de entre las tres diosas. Ver a Minerva significa volverse ciego, adquirir sabiduría gracias a su ayuda significa enloquecer, porque ella es Sofía, la propia Sabiduría, hermosa como la luna, grande como el sol, terrible como los ejércitos disciplinados, pura, ya que nada puede mancillarla, honorable por ser la imagen de la bondad misma, potente puesto que, siendo una, es capaz de hacerlo todo, gentil ya que visita a los pueblos que le están consagrados y convierte a los hombres en amigos de Dios y de los profetas.

La filosofía de Bruno no puede en modo alguno ser disociada de su religión. Era su religión, la “religión del mundo”, la que veía dilatado el universo hasta el infinito y poblado por innumerables mundos, a modo de una gnosis ampliada, una nueva revelación de la divinidad en los “vestigios”. El copernicanismo era un símbolo de la nueva revelación que anunciaba el retorno a la vieja religión natural de los egipcios y a su magia dentro de un contexto que Bruno, a través de una insólita pirueta intelectual, supone posible identificar con el del catolicismo… ya no puede perdurar la leyenda según la cual Bruno fue perseguido como pensador filosófico y que acabó pereciendo en la hoguera por sus temerarias opiniones sobre los innumerables mundos y sobre el movimiento terrestre… la filosofía de Bruno, comprendido su supuesto heliocentrismo, formaba parte integrante esencial en su misión. Bruno, completamente inmerso en el campo del hermetismo, era incapaz de concebir una filosofía de la naturaleza, el número, la geometría o un diagrama cualquiera sin adjudicarle cierto significado divino. Por esta razón, él es la última persona en este mundo que puede ser tomada como representante genuino de una filosofía divorciada de la divinidad.

Bruno fue un descendiente de los magos renacentistas y luchó incansablemente por la dignidad del hombre, defendiendo su libertad, la tolerancia, el derecho que tiene el hombre a defender sus propias ideas en cualquier país, a decir lo que piensa sin constricciones impuestas por ninguna barrera ideológica. Y Bruno, el mago, se mantuvo firme por amor, en contraste con lo que los pedantes de ambos bandos habían hecho con el cristianismo, la religión del amor.

El núcleo mágico del platonismo ficiniano; la confusión establecida entre ideas, imágenes mágicas y hermetismo. En opinión de Mersenne, atribuir semejantes poderes a tales imágenes es sencillamente una locura… Mersenne es un pensador moderno; ha cruzado la línea divisoria y se encuentra del mismo lado que nosotros; creer en el poder de las imágenes mágicas le parece absolutamente demencial. Un dibujo de Mantegna, según él, tiene más valor que todas las imágenes juntas de los nigromantes. Y su condena a estas imágenes no proviene del temor sino de la opinión de que están privadas de todo sentido. Mersenne, que repudia por completo la astrología, detesta consecuentemente la magia astral, las milagrosas virtudes atribuidas a las plantas, piedras e imágenes y todo el aparato sobre el que se fundamenta la magia naturalis.

En sus ansias por fundar una concepción puramente objetiva de la naturaleza entendida como un mecanismo, en su desbordante entusiasmo por la matemática pura considerada como el único instrumento válido para llevar a cabo una investigación objetiva, Descartes se tuvo que enfrentar con el embarazoso problema de la mente, que le ataba de pies y manos. Resolvió provisionalmente el problema en términos extremadamente toscos, a través del llamado dualismo cartesiano: “un mundo está constituido por una enorme máquina matemática que se extiende a lo largo de todo el espacio; y el otro, por espíritus pensantes sin extensión. Y todo aquello que no es matemático, es decir, lo que depende de una forma exclusiva de la actividad de la substancia pensante… pertenece al segundo de ellos” (Baillet, Vie de Descartes). Descartes acaba colocando en una arte perfectamente determinada del cuerpo, en un sector del cerebro, esta “substancia pensante” que tiene bajo su control todo aquello que es extraño a la vasta máquina externa. Este modo tan singularmente inadecuado de resolver el problema de la mente no tardará en ser sometido a examen y muchos han sido los filósofos y pensadores posteriores que se han detenido en el estudio del problema del conocimiento, de la epistemología y de las interrelaciones mente-materia. A pesar de todo, aquella errónea postura inicial no ha sido nunca superada de una forma definitiva. El hombre ha ido acumulando de forma continuada conocimientos sobre el mundo exterior, pero en lo que respecta al entendimiento, a su capacidad para reflejar sobre sí mismo la naturaleza y a la de actuar sobre ésta de un modo tan asombrosamente maravilloso, los progresos alcanzados adolecen de una consistencia mucho más débil.

¿Por qué razón Descartes desdeñaba hasta tal punto la mens, o por qué era tan enorme su miedo ante ella, como para quererla colocar en una posición absolutamente aislada, al margen del universo mecánico matemático? Tal vez pueda hallarse una explicación a este problema en la lucha que debía afrontar el mundo en que vivía para emanciparse de la tutela de “Hermes Trismegisto”… y de todo aquello que aquél representaba. La diferencia fundamental entre la actitud con la que se enfrentan al mundo el mago y el científico es que el primero quiere atraer al mundo hacia su interior, mientras que el científico persigue precisamente lo contrario, exteriorizarlo y despersonalizarlo mediante un acto de voluntad que se mueve en la dirección opuesta a la propugnada en los escritos herméticos, cuyo acento recae en la introversión y en la consecución del reflejo del mundo sobre la mens. La actitud hermética frente al mundo, ya sea considerada como experiencia de tipo religioso o de tipo mágico, nunca carece de esta cualidad de introversión.

Puede suponerse que en el momento en que la mecánica y las matemáticas pasaron a ocupar el lugar del animismo y la magia, lo que se intentó evitar a toda costa fue, precisamente, la interiorización que acabamos de apuntar, esta íntima conexión entre la mens y el mundo. Tal vez en la necesidad de esta enérgica reacción pueda detectarse el origen de la postura errónea consistente en desbordar y dejar a un lado el problema de la mente en benificio del estudio del planteado por el mundo material exterior y su funcionamiento. Por esta razón, desde el punto de vista de la historia del problema del entendimiento y de las razones que han contribuido a abandonarlo en los inicios de la era moderna, creo de gran importancia el estudio de “Hermes Trismegisto” y sus implicaciones históricas…. La historia de este período (s. XVII) nos descubrirá las raíces de la transformación sufrida por el hombre cuando su mente dejó de estar estrechamente integrada con la vida divina del universo. Las zonas limítrofes entre magia y religión, magia y ciencia, y magia y arte, poesía o música, deberán ser recorridas en la compañía de “Hermes Trismegisto”. Estos fueron los vagos dominios en los que habitó el hombre del Renacimiento. Por su parte, el del siglo XVII acabó por perder algunas claves importantes para la comprensión de la personalidad de aquel magnum miraculum.

Notas

(1) Para la relación entre el hermetismo y la “revolución copernicana”, consultar el artículo de Darcy Woodall: “Una astrología hermética. Del Renacimiento al comienzo de la Edada Moderna” (volver)

(2) Marsilio Ficino (1433-1499), filósofo, mago, traductor, sacerdote e ingenioso escritor, fundador de la Academia Florentina, fue el artífice del apogeo del neoplatonismo en el Renacimiento. (volver)

(3) Giulio Camillo Delminio fue uno de los personajes más famosos del s. XVI por su construcción de un modelo de teatro de tamaño natural y su obra “Idea del Teatro” (publicada en Venecia 1550). Su teatro era de hecho una construcción para la memoria que representaba el orden de las verdades eternas y presentaba los diversos estadios de la creación, desde la Primera Causa hasta el hombre, pasando por el plano angélico y las esferas planetarias. (volver)

(4) Nombre de una obra “mnemotécnico-mágica” de Giordano Bruno (volver)

(5) Metrodoro de Escepsis, pensador griego que, de acuerdo a Quintiliano, basaba su arte de la memoria en el zodiaco, y “que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez”, según escribió Jorge Luis Borges en su notable relato “Funes el memorioso(volver)

(6) Obra retórica/mnemotécnica que durante la Edad Media se atribuyó (falsamente) a Cicerón.(volver)

(7) Obra de Giordano Bruno. (volver)

(8) Colección de tratados gnósticos de los s.II-III d. C. Si bien el Asclepio fue ya conocido en Occidente durante la E. Media gracias a una traducción latina atribuida a Apuleyo, el Poimandres fue traducido del griego por M. Ficino, y tuvo a partir de entonces gran auge y difusión. (volver)

(9) “gran milagro”, expresión con la que se refiere al Hombre el Asclepio, y que fue retomada por Pico della Mirandola en su Tratado sobre la diginidad del hombre

*Reflexiones tomadas de:

Yates Frances A., El Arte de la Memoria (Madrid, Siruela, 2005)
Yates Frances A., Giordano Bruno y la Tradición Hermética (Barcelona, Ariel, 1983) (*)

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