El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for the ‘Egipto’ Category

La ciudad de Isis

Posted by cosmoxenus en 2 agosto 2009

Articulo Original: http://www.elmundo.es/papel/2006/08/09/uve/2009972.html

Los impulsores de la Revolución Francesa tuvieron una ‘agenda secreta’ para crear una religión que sustituyera al cristianismo.Robespierre quería una fe basada en mitos egipcios. Su proyecto tenía su origen en una vieja leyenda: París fue fundada por la mismísima Isis.

Por Javier Sierra

Al falso conde de Cagliostro, un pícaro italiano que supo ganarse el favor de la nobleza europea del siglo XVIII, se le atribuye una extraña profecía. A finales de 1786, Cagliostro se había refugiado en Londres después de que un intento de estafa al obispo Rohan, capellán del rey Luis XVI de Francia, hubiera manchado su reputación. Y desde las orillas del Támesis, lejos del escándalo y resentido, redactó un texto titulado Lettre au peuple français. En él urgía a los ciudadanos de París a una revolución pacífica, los invitaba a convocar los Estados Generales, a destruir la prisión de la Bastilla y a que la reemplazaran por un templo consagrado a la diosa Isis.

Todo, a excepción del pacifismo, se cumplió. Su revolución se consumó sólo tres años más tarde. E incluso su extraña solicitud para que se levantara un lugar dedicado a una divinidad pagana, se llevó a término con extraña celeridad. Es una de mis historias favoritas.

VIEJOS PLANES EGIPCIOS.

El asalto a la Bastilla del 14 de julio de 1789 marcó el inicio de la Revolución Francesa. Casi un millar de ciudadanos descontentos se abalanzaron sobre los muros que retuvieron a Voltaire o al hombre de la máscara de hierro, conquistándola.Hasta ahí la historia es conocida. Lo que ya no lo es tanto es que, al día siguiente, un contratista local llamado Pierre François Palloy empezó su demolición, dejando sus cimientos al aire en sólo un mes. ¿Qué iban a hacer con aquellas piedras? La primera idea que manejó fue, curiosamente, la construcción de una pirámide a imitación de las egipcias. Pero Palloy no asumió el proyecto y éste terminó arrinconándose por falta de fondos. Pasaron cuatro años hasta que la máxima autoridad de la ciudad retomara la idea, dándole algunos retoques.

Corría 1793. Robespierre era ya el señor de París, la Revolución se había consumado y una de las mayores preocupaciones de su gobierno era la de dotar a la ciudadanía de nuevos símbolos en los que confiar. La corona y la cruz eran recuerdos de otro tiempo.Había que inventar otras referencias para el pueblo. Y Robespierre puso esa tarea en manos de su nuevo ministro de propaganda, el pintor Jacques-Louis David.

Como era de esperar, su primer objetivo fue la Bastilla. A toda prisa diseñó una fuente de seis metros de alto en la que la figura principal era una enorme diosa Isis, sentada sobre un trono custodiado por dos leones. Cagliostro jamás la vio. Probablemente, ni siquiera supo de su existencia. Un golpe de mala fortuna lo hizo caer en manos del Santo Oficio italiano, que lo encerró en el remoto castillo de San Leo, al norte de Italia, acusado de herejía.Si hubiera podido, el Papa hubiera arrestado también al ministro David. Sabía de su intención de crear sobre los cimientos de la Bastilla una especie de gigantesca pila bautismal en la que la ciudadanía parisina podría beber de los pechos de su enorme Isis y descristianizarse.

Hoy casi ningún libro de Historia menciona aquella fuente de la regeneración, y mucho menos los planes que se diseñaron para aquel monumento ya desaparecido. Junto a Robespierre, David sembró allí mismo la semilla de una nueva fe llamada a sustituir a la cristiana: la llamaron la religión de la razón. Ese mismo invierno, las calles de París se llenaron de extrañas manifestaciones públicas.Conocidas actrices de la época, como las damiselas Aubry, Maillard o Lacombe, se vistieron de blanco, túnica azul y gorro frigio rojo, y fueron entronizadas como diosas del nuevo culto. El 7 de noviembre, una de aquellas hordas obligó al obispo de París a retractarse de su fe, y el día 10 asaltaron la catedral de Notre Dame de París para reinstaurar, decían, los ritos originales de aquel lugar: los de la diosa Isis, divinidad que ellos creían fuente de toda razón.

DIOSA DE PARIS.

A aquellos revolucionarios les asistía un puñado de viejas tradiciones. Algunas procedían de principios del siglo XIV, como un manuscrito conservado en la Biblioteque Nationale de París en el que se ve a una dama llegando en barca a la ciudad, siendo recibida por clérigos y nobles. La inscripción que acompaña al dibujo no deja lugar a duda: «La muy antigua Isis, diosa y reina de los egipcios».

Su imagen llegando a donde se asienta la catedral de París fue tan evocadora que ya los primeros escudos de armas de la ciudad incluyeron la barca de Isis en sus diseños. Jacobus Magnus, un fraile agustino del siglo XV, dio incluso una pista más. Habló de un templo a Iseos (Isis) construido a orillas del Sena, donde hoy se alza la iglesia de Saint Germain des Prés. «París debe su nombre a la siguiente circunstancia -escribió-: Parisius quiere decir igual que Iseos (quasi par Iseos)». Sin embargo, fue Court de Gebelin, un famoso egiptólogo y escritor del siglo XVIII, el que poco antes de estallar la revolución desveló que la embarcación con la que Isis llegó a la ciudad se llamaba Barís, y que fue el fuerte acento del norte lo que hizo el resto, convirtiéndola en París.

PIRAMIDOMANIA REVOLUCIONARIA.

A partir de ahí toda la obsesión de los poderes públicos fue sembrar la capital de imágenes egipcias.Robespierre no perdió la ocasión de celebrar multitudinarias reuniones populares en las que alzaba pirámides de honor en recuerdo de los mártires de la revolución. La primera se levantó el 14 de julio de 1792 en el Campo de Marte. Después vendrían otras en las Tullerías, e incluso algunas terminaron adornando jardines donde aún siguen. Como la del Parque Monceau, encargada por el Gran Maestre masón del Gran Oriente de Francia Felipe de Orleáns al arquitecto Poyet. Allá sigue.

Esa rara obsesión por convertir París en una ciudad egipcia en el corazón de Europa no se extinguió con la caída del directorio revolucionario. Napoleón, entonces un joven y prometedor general, había estado un año entero en Egipto, e incluso había pasado una noche a solas dentro de la Gran Pirámide. Y bajo su gobierno, París siguió embelleciéndose con esfinges, cuadros de inspiración faraónica y reproducciones de obeliscos. Él mismo eligió la silueta de una abeja como símbolo de su realeza, el mismo icono que usaron los faraones miles de años antes. Incluso dio por ciertas las leyendas que vinculaban su capital con Isis y las estableció como verdad histórica incuestionable. La inconfundible efigie de la diosa no tardaría en aparecer en uno de los patios del palacio del Louvre.

Pero semejante programa iconográfico no se detuvo ni siquiera con la caída de Bonaparte. De hecho, cuando en 1814 el hermano menor de Luis XVI, Louis-Stanislas Xavier, fue investido rey de Francia bajo las buenas artes de Tayllerand, el programa de egipcianización de París continuó con más fuerza que nunca. El nuevo Luis XVIII fue masón. Como los impulsores de la Revolución Francesa. Y heredó de ellos un gusto por los símbolos ancestrales que traspasó a Carlos X, su sucesor.

En 1827, Carlos X encargó a Jean-François Champollion, el hombre que había descifrado los jeroglíficos egipcios, la tarea de traerse un obelisco de 3.500 años de antigüedad para emplazarlo en el lugar donde una vez estuvo la guillotina. Pareciera que los gobernantes franceses tuvieran la imperiosa necesidad de decorar con motivos egipcios ese sector de París, pues en 1889, con motivo del primer centenario de la Revolución Francesa, se hizo público el proyecto del arquitecto Louis-François Leheureux de levantar una pirámide coronada por una estatua de Napoleón. Jamás se ejecutó. Pero no por casualidad, ése fue el mismo lugar elegido por la Administración Mitterand para inaugurar en 1989, con motivo del bicentenario de la Revolución, la hoy famosa pirámide de cristal del Louvre.

¡Ay, si Cagliostro levantara la cabeza!

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Hermes Trismegisto y los Misterios de Egipto

Posted by cosmoxenus en 15 junio 2009

Oh , Asclepio, ¿eres consciente de que Egipto es la imagen del cielo o más bien , la proyección terrena del Orden Celestial?  A decir verdad, esta Tierra es el Templo del mundo.”

Hermes  Trismegisto,  El Núcleo del  Cosmos.

¡ Oh alma ciega!  Armate con la antorcha de los Misterios, y en la noche terrestre descubrirás tu Doble luminoso, tu Alma Celestial.  Sigue a ese guía divino, y que él sea tu Genio. Pues él tiene la clave de tus existencias pasadas y futuras.

Llamado a los Iniciados (según el Libro de los Muertos)

“…porque no hay nada que no sea Dios. ¿Y dices que ‘Dios es invisible´?  No digas eso. ¿Quién se manifiesta más que Dios?”

(Corpus  Hermeticum; XI.2)

 

Conferencia : Hermes Trismegisto y los Misterios de Egipto”.

Expositor : Fr. Arduino Baglietto Cabrera.

Lugar: Centro Cultural Rosacruz AMORC Lima.

Día : Sábado 20 de Junio del 2009.

Hora : 6:00 p.m.

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Leyendas de Egipto

Posted by cosmoxenus en 26 diciembre 2008

 

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HERMES TRISMEGISTO “MAESTRO DE LA SABIDURIA”

Posted by cosmoxenus en 30 noviembre 2008

De los libros de Hermes, el "Tres veces Grande", procedentes del país del Nilo, han quedado muy pocos datos y escasos originales dignos de auténtica fe.

Según antiguas crónicas, en la famosa Biblioteca de Alejandría, durante el reinado de la última dinastía de los Tolomeos, se guardaban de Hermes, el más sabio maestro de la antigüedad, 42 libros esotéricos que resumían toda la sabiduría de las edades.

Mas, después de la inmensa catástrofe que significó el gran incendio que asoló dicha Biblioteca a raíz del desembarco de la armada romana de Julio César en el puerto de Alejandría, no se pudo recuperar sino algunos fragmentos que se suponen son derivados de fieles traducciones griegas efectuadas por escribas y eruditos por encargo de los faraones Tolomeos.

Ellos son "El Pymander", "El Kybalión", ciertos libros de poemas sueltos y "El Libro a la Salida de la Luz del Día", más conocido como "Libro de los Muertos", por haberse encontrado ejemplares de él dentro del sarcófago de las momias de algunos destacados egipcios. Algunos fragmentos sueltos proceden de citas de las que fueron depositarias diversas escuelas de la época: gnósticas, teosóficas, platónicas, herméticas o eclécticas, acogidas en Alejandría y más tarde agrupadas e interpretadas bajo el título genérico de "Libros de Toth-Hermes”.

Tales libros de Toth circularon profusamente durante el período de dominación romana por los tres continentes de África, Europa y Asia cercana bajo el lema de "Corpus-Herméticum" en traducción latina la que, unida a la griega, a otras de procedencia árabe y a las egipcias en lengua popular, han llegado hasta nuestros días.

La línea esencial de toda la ideología hermética es la afirmación básica de un solo inmenso dios y de una sola religión raíz, científica y filosófica, a la que servían sabios moral y espiritualmente excelsos, ya que no podía encarnar tan elevada doctrina en quien no estuviera dotado de verdadera experiencia espiritual. Así lo justifican los sabios herméticos.

De ello se infiere que las verdades herméticas no podían transferirse integralmente más que a través de un auténtico y probado merecimiento.

La senda más perentoria de tal logro era el conocimiento, pero no a través de estudios mentalizados, sino de la llamada mente iluminada o superior, lo que podríamos llamar intuición adherida al super-razonamiento, traducida por NOUS por griegos y exégetas hermenéuticos.

La opinión de los antiguos respecto a las enseñanzas de Hermes se objetiva en esta imagen: es una puerta abierta a una dilatadísima perspectiva de praderas verdes, inmensas, llenas de sol y de flores preciosas y multicolores.

Esa maravillosa "puerta abierta" a lo desconocido, y cuyo alto mirador franqueaban los escritos de Hermes, constituía el gran aliento vital, el aliento del espíritu de toda agrupación humana selectiva, cuya finalidad era la investigación de la verdad en el hombre y en el cosmos. Y su divisa común, la famosa frase de la llamada Tabla Esmeraldina del propio Hermes: "Como abajo, así es arriba; como arriba, así es abajo."

De ese modo, el fundador de la religión-filosofía, poniendo en juego el estudio y la experiencia profunda y directa a través de la supermente y del espíritu, alimentó, desde aquella remota época, todo empeño del hombre en atisbar las esencias reales de la vida divina, así en el interior del propio individuo como en el Universo, en todas sus trascendencias y sus misterios. Hijos de la sabiduría hermética fueron, pues, los mensajes espirituales de Persia, Siria, Judea, Anatolia, Grecia, y otros nacidos y derivados de esa semilla espiritual depositada en las fecundas aguas del Nilo. Todas las civilizaciones antiguas tienen, por lo tanto, la misma fuente.

Porque desde Egipto Hermes pasó a Grecia, apoyado en su trascendente mitosofía y aportando a ella todo su bagaje de sabiduría. Por el delta del Nilo se derramó el mensaje profundo y legendario del "Tres Veces Grande", desde Alejandría a todo el Mediterráneo.

Entre las obras herméticas perdidas debido a catástrofes, guerras, ignorancias, fanatismos y la falta de comprensión posterior, parece que se hallaba una obra llamada "Libro de los Alientos o de las Respiraciones”, cuya ciencia enseñó el gran Hermes, y cuyas lecciones se recogieron en la India y fueron divulgadas a través del Hatha Yoga, y, en su más trascendente efectividad, a través del Raja Yoga o Yoga Real. De todos modos, también en occidente existen testigos fidedignos de estas específicas enseñanzas del maestro egipcio y de su importantísimo libro.Mead, el gran escritor hermetista del siglo antepasado, realizó un exhaustivo estudio de las obras herméticas. Nos dice a propósito de ellas que llegó a la conclusión que tales obras se originan en otro Hermes predecesor del "Tres Veces Grande", un Hermes antiquísimo, anterior al diluvio, o sea, anterior al hundimiento de la Atlántida. Esto confirmaría nuestro aserto de que la sabiduría, la ciencia, las artes todas del primitivo Egipto, tan extraordinariamente avanzadas, les fueron legadas por los atlantes antes del hundimiento. Los datos más precisos se encuentran grabados en un pilón de piedra de una de las más antiguas construcciones de Egipto. Y a través de los milenios sucesivos, sobre todo durante el período alejandrino, otros sabios atestiguaron diversos sucesivos Hermes, avatares cíclicos que renovaban el mensaje de las edades mediante la adaptación cíclica de la misma eterna sabiduría. Es por esto que las enseñanzas herméticas constituyen una síntesis de verdades perennes.

Los sabios que han dado fe de las originarias enseñanzas de Hermes y de los mencionados principios, fueron Manethon, Cicerón, Ammiano, Josefo, Heródoto, en cierto modo Plinio, así como muchos otros.

Al sucederse las épocas y las dinastía en las orillas del Nilo, se fueron encontrando fragmentos de los Libros de Toth en inscripciones de origen antiquísimo, sobre todo en el interior de las criptas secretas de los grandes templos, especialmente en las cercanas al Delta, donde florecieron los primeros núcleos de civilización egipcia, no lejos de la Esfinge y de las Pirámides.En el cercano oriente se conocieron durante muchos siglos dichas verdades compiladas en una obra que llevaba por título "La Profecía de Hermes".

Las enseñanzas herméticas lograron un inmenso auge con la extensión del platonismo en el mundo culto, durante el esplendor de la civilización griega que nació entreverada con la egipcia. También parece que las enseñanzas herméticas constituyeron el trasfondo del ideario de la escuela estoica; lo que da a entender su fuerza y su importancia y la cosecha de su poderosa siembra eficaz en el mundo antiguo, así como su trascendental raigambre proseguida y reconocida en el campo de las ideas madres y de la conducta del hombre superior.

Como hemos insinuado al comienzo, fueron los griegos ilustres los que tradujeron pulcra y fielmente las enseñanzas herméticas, haciendo que sobrevivieran y se difundieran en el mundo antiguo después de la gran catástrofe del incendio de la Biblioteca y la desaparición de la Escuela de Alejandría. Estas traducciones fueron citadas posteriormente y vertidas al sirio, al árabe, a diversas lenguas asiáticas, hasta llegar a nuestros días y a nuestra época, la que está en trance de renacer espiritualmente al iniciarse un nuevo ciclo zodiacal de civilización a nivel mundial: la Era de Acuario. Porque debido a la acción de esta ley cíclica y a sus ondas de avance y aparente retroceso, se indagan los orígenes de estas inmensas raíces espirituales que alimentaron edades y que constituyeron la divina herencia del mundo de todos los tiempos.

Parece ser que la postrera dinastía egipcia de faraones, la de los Tolomeos, fomentó excepcionalmente el estudio y la fiel versión a varios antiguos idiomas de las obras herméticas. En las aulas de Alejandría, en su biblioteca y museo, sostenidos por los faraones, había centenares de escribas consagrados a la copia manual de tales primitivos códices allí depositados, archivados como joyas auténticas del saber en los anaqueles del más destacado centro cultural del mundo antiguo.

Consta en las antiguas crónicas dispersas que los Libros de Hermes, fragmentariamente salvados, constituyeron después el alimento espiritual de filósofos, profetas, pedagogos, científicos, investigadores, poetas y místicos de todos los países en todas las lenguas cultas conocidas. El ansia de investigación y estudio alentaba en todos los ansiosos de la verdad que se afanaban en allegar conocimientos en aquellas limpias fuentes del saber, sin discriminación de escuela, tendencia, religión, psicología, formación o raza. Debido a ese elemento ecléctico imperante en la mejor época alejandrina, podemos todavía hoy aprovechar la ofrenda milenaria de aquellas enseñanzas puras.

Con respecto a los Libros herméticos, cita Duncan Grenlees un pasaje de Efraín Syrius, en el que se dice que en el año 365 d,c. existían varios libros de Hermes en Siria, sin duda traducidos del griego o del latín.

Otros afirman que los primeros musulmanes protegían la secta de los herméticos, y que en ellos se inspiraban sus libros. Lo cierto es que hasta el siglo VIII, podían encontrarse en Siria varios fragmentos.

El escritor hermético Scott, afirma que en el siglo XI una copia de tales libros pasó a Constantinopla, entonces la capital del cristianismo. Esta copia, al parecer, llegó mas tarde a Florencia, centro del renacimiento de todas las culturas clásicas, especialmente impulsado por la hegemonía de los Medici y de su Escuela Neoplatónica, la que atrajo a los mejores talentos asiáticos cuando los turcos invadieron Constantinopla.

Volviendo al período alejandrino, Jámblico, el gran maestro sirio radicado en Egipto, afirma que el pensamiento hermético impregnó en aquella época a la filosofía platónica.

Posteriormente, autores ignorados difundieron los libros de Hermes en forma fragmentada y tal vez mistificada, como diálogos breves entre Hermes y su hijo o discípulo Tat. Dos de tales fragmentos dialogados eran conocidos como enseñanzas de Isis a su hijo Horus. Según los críticos antiguos, tales diálogos eran los mejores porque constituían una traducción fiel del antiguo original egipcio, lo que es dudoso. Sin embargo, en tales diálogos no se advierte el influjo gnóstico o hebreo, ni tampoco las tendencias de otras escuelas de la época alejandrina. De acuerdo con este aserto, parece que las obras de Plutarco sobre Isis y Osiris, y los mismos escritos de Manethon, el favorito del segundo Tolomeo, se inspiran en los textos herméticos directos que alimentaron, a su vez, las copias sucesivas.

De todos estos libros herméticos, vulnerado en parte su sentido original a través del tiempo y las excluyentes tendencias ideológicas, el conocido como "Asclepio" es de la máxima importancia para los estudiantes de hermetismo, a pesar de las naturales corrupciones. Parece que su mejor parte ha sido compilada bajo el título de "Pymander" y que ha conservado bastante bien su aliento original merced a haber sido cuidadosamente traducido al demótico o lengua jeroglífica popular en las postrimerías de la gran civilización egipcia.

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El Libro de los Muertos

Posted by cosmoxenus en 9 noviembre 2008

Artículo Original aqui:

 http://www.arqueoegipto.net/articulos/egipto_tematico/libro_de_los_muertos.htm

El llamado “Libro de los Muertos”, (conocido por los egipcios como “Fórmulas para Salir al Día”), es una heterogénea colección de invocaciones, plegarias, prácticas mágicas, ceremonias purificadoras, y especulaciones teológicas de todo tipo, cuya funcionalidad estaba por un lado en ayudar al difunto en su tránsito de la vida a la muerte, (lo que implicaba una correcta toma de posesión de su nuevo estado, para lo cual debía neutralizar multitud de peligros o asechanzas malignas, paliar las necesidades que pudieran surgirle en el camino, y lograr los poderes necesarios para efectuar con plena garantía de éxito todo lo anterior), y por otro dotar al espíritu de la posibilidad, (como reza su título original), de“salir durante el día” de la tumba para seguir disfrutando en la medida de lo posible de los bienes ofrecidos por el mundo exterior.

Las fórmulas que lo componen, (en muchos casos independientes entre sí y sin que tengan establecidas un especial ordenamiento lógico), no son producto de un momento dado o de un personaje concreto, (aunque se suele atribuir su autoría al dios Thot), sino que fueron recopiladas por los sacerdotes en épocas muy diversas, teniendo al parecer como origen los mismos hechizos que en tiempos pretéritos habrían sido usados durante el presumible proceso de momificación del propio Osiris. No obstante, durante la dinastía XXVI se las dotó de una importante estructura general, lo que llevó a partir de ese momento a que tanto la forma como el contenido se mantuvieran en gran medida invariables.

Transmitidos originariamente de manera exclusivamente verbal por los sacerdotes, no se empezó a reflejarlos por escrito hasta la mitad del Reino Antiguo, cuando comenzaron a grabarse de manera permanente sobre las paredes interiores de las pirámides de diversos regentes de las dinastías V y VI, como Unas, Teti, Pepy I, Merenra y Pepy II, si bien se han encontrado asimismo textos complementarios y adicionales a ellos en los enterramientos de las reinas Apuit, Neit y Udyebten. Por tal motivo, fueron conocidos inicialmente como “Textos de las Pirámides”.

A partir de la VII dinastía (y hasta el Reino Medio) se produjeron dos importantes innovaciones: la primera, que su escritura cambió de soporte, grabándose desde entonces sobre los ataúdes o sarcófagos donde reposaban los cuerpos momificados; y la segunda, que su uso, además de emplearlos para los reyes y reinas, se hizo extensivo también a los nobles y funcionarios de alto rango, al tiempo que los contenidos sufrían determinadas modificaciones y alteraciones respecto a los originales. Fueron llamados entonces “Textos de los Sarcófagos”.

Finalmente, (y con el fin de extender su empleo al máximo), terminaron por ser copiados sobre papiros o lienzos de lino, los cuales una vez enrollados eran depositados lo más cerca posible de los cadáveres, (generalmente entre las piernas del propio difunto). Estos últimos habrían de ser los que en la actualidad conocemos como “Libro de los Muertos”, nombre que para algunos no es otra cosa que la traducción de las palabras árabes “Kitâb al-Mayyitûn”, (que era como los nativos egipcios denominaban a los rollos encontrados por los saqueadores en las tumbas), y por otros como sería bautizado por el eminente egiptólogo alemán Richard Lepsius en 1.842.

Sobre los capítulos en sí, al margen de su diversidad destacar que todos guardan sin embargo una estructura fija y general que les es propia, estructura que está compuesta por un título, (que presuntamente describe los efectos que se van a obtener tras pronunciar la fórmula que le sigue), el texto propiamente dicho, (que como característica curiosa no siempre mantiene una relación directa con lo anticipado por el título), así como ocasionalmente un añadido o rúbrica, (en el que se suelen dar ciertas indicaciones de tipo técnico, que a veces son necesarias para el correcto uso de la fórmula en cuestión). En cuanto al tipo de notación empleado en la confección de los textos, si bien en un principio se usó de forma exclusiva la escritura jeroglífica, posteriormente esta fue alternándose también con el empleo de otra más sencilla y fácil de plasmar: la hierática.

Como característica destacable anotar que de los aproximadamente 190 capítulos que componen la totalidad de la obra, no todos fueron invariablemente transcritos sobre los citados papiros, sino que dependiendo de la importancia del personaje al que estuviera destinado (y por ende de las posibilidades económicas de este), se les daba una mayor o menor extensión. De hecho, todos los ejemplares encontrados hasta hoy muestran diferente número, naturaleza y ordenación de los capítulos, por lo que cabe pensar que quizás cada persona escogía en cierto modo el contenido que deseaba integrar en la obra con la que quería ser enterrado.

Respecto a los ejemplares actualmente conocidos, anotar que son muy variados, ya que tienen longitudes que van desde los 25 cms. de texto puro y simple en el mas escueto de los casos, hasta los 58 mts. y toda clase de ilustraciones multicolores en el más completo. Entre los más famosos cabe citar por su extensión el Papiro de Ani, (de 24 mts, propiedad del Museo Británico), y el Papiro de Yeufanj, (de algo más de 19 mts, ubicado en el Museo de Turín), y en cuanto a su antigüedad destacan el Papiro de Yeuya, (localizable en el Museo de El Cairo), el Papiro Ja, (también del Museo de Turín), y el Papiro Nu, (igualmente del Museo Británico).

BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA

  • ALEGRE, SUSANA. “El Libro de los Muertos. Camino mágico hacia la eternidad”. La Momia de Oro. El retorno a la vida. Fundació Arqueològica Clos. Museu Egipci de Barcelona. Barcelona. 2003.

  • BARGUET, PAUL. El Libro de los Muertos de los Antiguos Egipcios. Editorial Desclée de Brouwer S. A. Bilbao. 2000.

  • BUDGE, E. A. WALLIS. El Libro Egipcio de los Muertos. El Papiro de Ani. Editorial Sirio, S. A. Málaga. 2007.

  • CHAMPDOR, ALBERT. El Libro Egipcio de los Muertos. Papiros Ani, de Hunnefer y de Anhai, del British Museum. Ediciones Distribuciones La Tabla Esmeralda. 1982.

  • LARA PEINADO, FEDERICO. Libro de los Muertos. Editorial Tecnos. Madrid. 1993.

  • LENZO, GIUSEPPINA. “Quelques manuscrits hiératiques du Livre des Morts de la Troisième Période intermédiaire du musée égyptien de Turin“. BIFAO 102. Institut Français d’Archeologie Orientale. 2002.

  • RACHEWILTZ, BORIS DE. El Libro de los muertos de los antiguos egipcios. (Papiro de Turín). Ediciones Destino. Barcelona. 1989.

    •  

    Manuel Crenes

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