El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for the ‘CG. Jung’ Category

Carl G. Jung y los llamados "Fenómenos ocultos"

Posted by cosmoxenus en 5 mayo 2008

Carl Gustav Jung, inició su carrera en la clínica de Burghölzli como psiquiatra el 10 de diciembre de 1900 hasta la primavera de 1909. Durante dicho período conoció las publicaciones freudianas. Después participó, entre otras actividades, de las Reuniones de los Miércoles. Tiempos de intercambio, producción y viajes – como el que realizaran a Estados Unidos en 1909 junto a Ferenczi mientras Freud dictaba sus cinco conferencias-. Freud adopta el término de “complejo” jungiano y Jung el concepto de “inconsciente” freudiano señalando diferencias conceptuales con el psicoanalista vienés y aportando además la noción de un “inconsciente colectivo”. Posteriormente las diferencias entre ambos se profundizan, y dichas disidencias producen la ruptura entre ambos.

Por Antonio Las Heras

Carl Gustav Jung (1875-1961) estuvo realmente interesado toda su vida en lo que por entonces se conocía con la denominación de “fenómenos ocultos”. Su interés por estos temas, como así también por la Parapsicología en general, estuvo ligado a sus propias experiencias en este campo y a la influencia que tuvo su familia materna en estas cuestiones.

Jung no sólo investigó este tipo de fenómenos, sino que también a él mismo le ocurrían, lo que explica mejor su gran interés por lo “oculto”.

Para comprender cómo influyó en esto su medio ambiente debemos remitirnos, en primer lugar, a algunos hechos acontecidos en el ámbito familiar de su madre, antecedentes que marcaron la vida de sus protagonistas y de quienes les sucedieron.

Tanto sus abuelos como su madre realizaban prácticas de lo que en aquellos días se entendía por “espiritistas”, en las que tenían lugar sucesos extrasensoriales, así como movimientos de objetos sin que fuerza conocida alguna pareciera guiarlos. Aniela Jaffe, última secretaria de Jung en su libro Personalidad y obra de C. G. Jung dice lo siguiente: “……la madre de nuestro personaje, Emilia Preiswerk de Jung (1849-1923), tenía cualidades «especiales» y demostraba gran interés por lo «sobrenatural», como lo atestigua el hecho de haber escrito un diario en el cual se refiere exclusivamente a fenómenos espectrales, presentimientos y otras «rarezas» experimentadas por ella”. Y respecto a Jung mismo escribe: “….. su propia vida estuvo caracterizada por un gran número de experiencias en las cuales los fenómenos espontáneos, acausales o – como se llama corrientemente – ocultos, ocupaban un lugar preponderante”.

En el libro del sabio suizo Recuerdos, sueños, pensamientos, Jaffe escribió un apéndice titulado “Algunos detalles sobre la familia de C.G. Jung”. Allí leemos: “La madre de Jung… era la hija menor del primer pastor de la iglesia evangélica de Basilea, un hombre culto y de talento poético, Samuel Preiswerk (1799-1871)… Todavía hoy se cuentan en Basilea anécdotas sobre él. En un estudio conservó Samuel Preiswerk una silla especial para el espíritu de Magdalena, con gran disgusto por parte de su segunda mujer, Augusta”.

Augusta fue la abuela materna de Jung. Poseía lo que los parapsicólogos denominan “clarividencia” (conocimiento de un hecho contemporáneo obtenido sin intervención de la percepción, ni la deducción o la intuición y sí mediante la producción extrasensorial). Este “don”, al parecer, lo obtuvo después de haber estado más de un día en catalepsia. La forma en que salió de este estado resulta igualmente extraña. A. Jaffe lo relata en el apéndice citado anteriormente, de esta forma: “… Augusta Preiswerk… A los 18 años enfermó gravemente al cuidar a un hermano afectado de escarlatina y permaneció treinta y seis horas muerta. Ya habían traído el ataúd cuando su madre, que no podía creer en su muerte, la volvió a la vida al ponerle una plancha sobre la nuca. «Gustele» (nombre familiar de Augusta), así se la llamaba, tenía la segunda vista, lo que su familia relacionaba con el suceso de su aparente muerte. Murió a los 57 años”.

Estos datos ilustran el marco en el que nació y se crió Carl G. Jung, ámbito en el que los “hechos ocultos” eran considerados “normales” y desprovistos de significación demoníaca o funesta. A esto hay que agregar que tanto su padre como sus tíos eran pastores, por lo que se vio inmerso en un ambiente profundamente místico, favorecedor de la producción de este tipo de fenómenos.

Jung mismo relata, en la obra mencionada anteriormente, que hubo dos cosas importantes que tuvieron lugar en su vida, que lo acercaron definitivamente al estudio y la investigación de lo paranormal: un suceso psikinético (acción de la potencialidad parapsicológica sobre el mundo exterior sin intervención de la fuerza muscular) que influyó en él poderosamente; y el hecho de que su madre atribuía una significación trascendente a sucesos de esta índole, a la vez que los consideraba naturales y en modo alguno originados por fuerzas maléficas. Y describe así los sucesos acaecidos en 1898: “Durante las vacaciones de verano sucede algo que debió influir en mí poderosamente. Un día estaba en mi gabinete de estudio y repasaba mis libros de texto. En la habitación contigua, cuya puerta estaba entreabierta, estaba mi madre… Era nuestro comedor en el cual se veía la mesa redonda de madera de nogal. Procedía del ajuar de mi abuela paterna y entonces tenía ya setenta años. Mi madre estaba sentada frente a la ventana, aproximadamente a un metro de distancia de la mesa. Mi hermana estaba en la escuela y la criada en la cocina. De pronto se oyó una detonación como un pistoletazo. Me levanté de un salto y corrí al cuarto contiguo de donde había oído yo la explosión. Vi a mi madre sobresaltada en un sillón, su labor había caído de las manos. Dijo tartamudeando: «¿Qué, qué ha sucedido?». «Fue justo a mi lado» y miraba sobre la mesa. Vimos lo que había sucedido: el tablero de la mesa se había roto por la mitad y no por el sitio encolado, sino en la madera encerada, quedé atónito. ¿Cómo podía pasar tal cosa? ¿Una madera naturalmente encerada, pero seca ya desde hacía setenta años, que se abre en un día de verano con una elevada humedad habitual para nosotros? Hubiera resultado explicable en un día de invierno frío y seco junto a una estufa encendida. ¿Qué diablos pudo ser la razón de tal explosión? Realmente existen casualidades extrañas, pensé. Mi madre movió la cabeza y dijo… «Sí, sí, esto significa algo». Yo me sentí contrariado y disgustado por no poder responder nada”.

Dos semanas después de este hecho, ocurrió otro similar estando Carl ausente de su hogar. Se oyó una explosión y recién cuando el joven Jung llegó logró determinar, luego de un minucioso control sobre cada objeto que se hallaba en la casa, que un cuchillo de cocina en perfecto estado, que había sido utilizado un par de horas antes para cortar pan, yacía partido en tres partes y desprendido del mango. La causa del destrozo era imposible de determinar. Lo mismo opinaron los “mejores afiladores de la ciudad” a los que Carl Jung consultó. La suposición halló unanimidad: para romper la hoja en esa forma alguien debía de haber actuado premeditadamente haciendo palanca contra algún elemento bien resistente. Por supuesto nada de eso había ocurrido.

Muchos años después, siendo Jung anciano, solía mostrar a sus invitados, en su casa en Kusnacht, el viejo cuchillo que alguna vez fuera objeto del fenómeno parapsicológico que tanto poder ejerció sobre él en su juventud. Jung recordaba a su visitante la anécdota y daba una explicación de carácter parapsicológico sobre lo sucedido. Hasta el último día de su vida, aquellos trozos de metal estuvieron con él. Tanto lo había conmovido aquél acontecimiento.

En esa forma transcurrió la vida de C. G. Jung, rodeado de un medio sociocultural que propició la activación de su potencial parapsicológico, que después nunca decayó gracias a su propio interés, tipo de estudios, forma de vida y personas que le rodearon.
En el año 1900 Jung presentó su tesis doctoral con el título “Sobre la psicopatología de los fenómenos ocultos”, basada en los cambios de conducta operados en una pariente suya practicante de sesiones espiritistas. A partir de ese momento no dejó de investigar sobre estos temas, lo que le trajo consecuencias favorables (como expresamos anteriormente) y otras que no lo fueron, como su distanciamiento definitivo de Freud, quien había intentado disuadirlo para que abandonara esas cuestiones. Aunque no fue el único motivo de la ruptura (recordemos que Freud había nombrado a Jung como su sucesor antes de que surgieran importantes diferencias conceptuales entre ambos), el interés de Jung por lo parapsicológico tuvo mucha influencia en esa separación. Jung relata la siguiente anécdota en Recuerdos, sueños, pensamientos: “Me interesaba oír las opiniones de Freud sobre precognición y sobre parapsicología en general….Cuando lo visité en 1909 en Viena, le pregunté qué pensaba acerca de ello. De acuerdo con su prejuicio materialista, rechazó radicalmente la cuestión como algo absurdo, basándose en un positivismo tan superficial, que me fue difícil no responderle con acritud. Transcurrieron todavía algunos años hasta que Freud reconoció la importancia de la Parapsicología y la autenticidad de los fenómenos «ocultos».

Mientras Freud exponía sus argumentos, yo sentí una extraordinaria sensación. Me pareció como si mi diafragma fuera de hierro y se pusiera incandescente – una cavidad diafragmática incandescente-. Y en este instante sonó un crujido tal en la biblioteca, que se hallaba inmediatamente junto a nosotros, que los dos nos asustamos. Creíamos que el armario caía sobre nosotros. Tan fuerte fue el crujido. Le dije a Freud: Esto ha sido un fenómeno de exteriorización de los denominados catalíticos.

Bah – dijo él -, ¡esto sí que es absurdo!

-¡Pues no!, le respondí, se equivoca usted, señor profesor.

Y para probar que llevo razón, le predigo ahora que va a volver inmediatamente a oírse otro crujido. Y, efectivamente, apenas había pronunciado estas palabras, se oyó ¡el mismo crujido en la biblioteca!.

No sé aún hoy por qué tenía tal certeza. Pero sabía con toda exactitud que el crujido iba a repetirse. Freud me miró horrorizado. No sé qué pensaba o qué miraba. En todo caso este hecho despertó su desconfianza hacia mí y yo tuve la sensación de haberle hecho algo. Nunca más volví a hablarle de esto.”

En la correspondencia posterior que mantuvieron, Freud y Jung, analizaron este acontecimiento, que no pudo ser explicado por las racionalizaciones freudianas. Es de suponer, entonces, que se trató de un fenómeno parapsicológico, del tipo psikinético, repetido por dos veces en breve lapso y originado en la persona de Jung quien de esta manera, más o menos inconsciente, manifestó su enojo por la postura de Freud ante el tema.

En La Interpretación de la Naturaleza y la Psique, Jung relata otros episodios similares que ocurrieron en su vínculo con sus pacientes. Es decir, que toda su vida estuvo signada por estos fenómenos, incluyendo el momento de su muerte.

Es conocida la afición de Jung por la escultura. Practicaba este arte a la sombra de su árbol predilecto, que él mismo había plantado. El 6 de junio de 1961, cuando Jung moría, un rayo surgido de una fuerte tormenta eléctrica abatió a este árbol. No se puede certificar que esto ocurriera en el mismo instante en que Jung expiró. Tal vez se produjo unos momentos antes o después. Lo significativo es que ambos acontecimientos fueron contemporáneos, estuvieron enlazados por una misma temporalidad, a lo sumo separados por un lapso breve. Nunca antes ni después sucedió algo semejante en los jardines de la casa de Jung, entonces: ¿qué probabilidades hay de que por azar, por mero producto de la casualidad un árbol predilecto de quien lo crió sea destruido por un rayo en el mismo – o muy cercano- momento en qué tiene lugar la muerte de su protector? El análisis lo podrán hacer los profesionales de la estadística, pero sé que la probabilidad es bajísima. Tanto se puede descartar el azar y entender que esta aparente coincidencia esconde un significado, tal como lo sostenía la madre de Jung. A nuestro juicio, se trató de otro de los fenómenos psikinéticos que produjo Jung durante su vida.

Para descifrar el mensaje que existiría en aquella célebre “coincidencia” recordemos que Jung expresó, alguna vez, que soñar con un árbol que cae puede ser interpretado como un “signo” de la muerte. En este caso, el “signo” se expresó en un hecho tangible.

Además, debemos tener en cuenta el contexto en el que el sabio suizo vivió y produjo su obra para terminar de entender este hecho. Y por ello debemos recordar que cuando Jung era interrogado sobre la finalización del proceso de individuación – meta anhelada de su método psicoterapéutico – sostenía que sólo habría de completarse después de producida la muerte. Basándonos en esto, el suceso del árbol adquiere un profundo sentido simbólico.

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Carl G. Jung y los sueños extrasensoriales

Posted by cosmoxenus en 5 mayo 2008

El sabio suizo dedicó gran parte de su trabajo al estudio de los sueños y puso especial atención en un tipo de producción onírica a la que anteriormente no se le había dado mayor trascendencia en el campo de la psiquiatría y de la psicología. Escribe Jung: “He tenido oportunidad de analizar con bastante frecuencia sueños telepáticos…En general la literatura sólo menciona aquellos sueños telepáticos que anticipan ‘por telepatía’ en el tiempo y en el espacio, un acontecimiento particularmente afectivo; en consecuencia, se citan sólo aquellos sueños cuyo asunto posee en cierta medida una resonancia humana (por ejemplo, un fallecimiento), que explica, o al menos ayuda a comprender la premonición o la percepción a distancia. Los sueños telepáticos que me fue dado observar correspondían en su mayor parte a este tipo”. Jung llamaba “telepáticos” tanto a aquellos propiamente dichos como a los de origen “clarividente” (percepción a distancia) y los “precognitivos” (premonitorios).

Antonio Las Heras y Silvina L. Mazal

En la clasificación junguiana de los sueños encontramos dos grandes grupos: los compensatorios, cuya función es la autorregulación de la psique, y los no compensatorios, en los que la función anteriormente citada no “se ve tan claramente”, según Carl G. Jung mismo expresó.

En general, lo inconsciente, a través del sueño, aporta a la conciencia y le incorpora todos aquellos elementos que han sido reprimidos y omitidos y que contribuyen a mantener el equilibrio de la psique. Esta modificación deliberada de la conciencia tiene lugar con el objeto de corregir una actitud unilateral de la mente consciente.

El sabio suizo dedicó gran parte de su trabajo al estudio de los sueños y puso especial atención en un tipo de producción onírica a la que anteriormente no se le había dado mayor trascendencia en el campo de la psiquiatría y de la psicología. Escribe Jung:

“He tenido oportunidad de analizar con bastante frecuencia sueños telepáticos…En general la literatura sólo menciona aquellos sueños telepáticos que anticipan ‘por telepatía’ en el tiempo y en el espacio, un acontecimiento particularmente afectivo; en consecuencia, se citan sólo aquellos sueños cuyo asunto posee en cierta medida una resonancia humana (por ejemplo, un fallecimiento), que explica, o al menos ayuda a comprender la premonición o la percepción a distancia. Los sueños telepáticos que me fue dado observar correspondían en su mayor parte a este tipo”.

Jung llamaba “telepáticos” tanto a aquellos propiamente dichos como a los de origen “clarividente” (percepción a distancia) y los “precognitivos” (premonitorios).

En “Consideraciones Generales sobre la Psicología del Sueño” Jung agrupa a los sueños no compensatorios en prospectivos, reactivos, telepáticos y proféticos, pero no realiza una clasificación detallada de los mismos porque su objetivo se limitaba a explicar su punto de vista sobre la psicología de los mismos.

Por generalización, estos sueños fueron denominados “extrasensoriales”.

Fueron sus discípulos directos y otros seguidores quienes, posteriormente, dividieron a los sueños “extrasensoriales” en dos tipos: telepáticos y precognitivos. Nosotros entendemos que corresponde agregar otro subtipo. El de los “sueños clarividentes”. Esta inclusión permite explicar algunos casos de dèja vu o sensación de lo “ya visto” en donde la paramnesia (una específica perturbación de la memoria) no puede establecerse como causa. La sensación de que un suceso que está ocurriendo ya fue vivido anteriormente, puede surgir a raíz de un sueño clarividente que el sujeto no recuerda pero que, al encontrarse por primera vez físicamente en el lugar visto a través del sueño, el inconsciente transmite el dato a la conciencia como si se tratara de un recuerdo objetivo y concreto vivido con anterioridad y no de un contenido onírico. Así también lo entendió Aniela Jaffe – discípula y última secretaria personal de Jung – señalando: “que la conocida sensación de dejà vu pudiera tener su origen precisamente en un sueño precognitivo que ha sido olvidado”.

Antes de considerar que los sueños extrasensoriales estaban motivados en el acceso que el psiquismo tendría a otras vías de conocimiento como podrían ser las parapsicológicas, Jung efectuó un análisis exhaustivo de cada uno en el que tal intervención fuera posible.

Pudo establecer que, en algunos materiales, la causa podría ser la criptomnesia, “recuerdos de hechos que el sujeto no reconoce como parte de su experiencia real” o bien de “procesos psíquicos paralelos” y hasta de “concordancia de asociaciones”. Encontró material onírico que puede aparecer confundiéndose, a primera vista, con sueños extrasensoriales, mientras que en realidad se deben a trastornos de la conciencia y la memoria, debido a fenómenos de paramnesia. Sólo cuando los sueños no respondían a estas causas, Jung los encuadró dentro de la categoría de “extrasensoriales”.

La parapsicología tiene numerosos experimentos realizados con el fin de comprobar la veracidad de estos fenómenos parapsicológicos que tienen lugar durante el proceso onírico, obteniendo valiosos resultados. En el Maimonides Dream Laboratory, (E.E. U.U.), por ejemplo, se efectúa una prueba en la que se pide a un sujeto que sueñe con determinadas imágenes o figuras que no conoce y que otra persona estará mirando, a la distancia, mientras él duerme. Se trata de un experimento donde tanto puede intervenir la telepatía como la clarividencia y, en muchas ocasiones, produjo resultados imposibles de esperar por azar. Signo inequívoco de que la función extrasensorial estuvo presente.

El mérito de Jung en este sentido, y entre otras cosas, fue el de haberle otorgado el suficiente valor a este tipo de sueños como para incorporarlos al campo de la ciencia, haciendo de ellos un objeto de estudio más de la psicología.

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Seminarios AZTLAN Mayo

Posted by cosmoxenus en 4 mayo 2008

Aztlan

Escuela de Psicología, Filosofía y Astrología de la Nueva Era

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Sincronicidad

Posted by cosmoxenus en 15 septiembre 2007

Artículo Original Aqui

“Sin salir por la puerta
se puede conocer el mundo.
Sin mirar por la ventana
se puede conocer el camino del cielo.
Cuanto más lejos se va,
tanto menos se aprende.
Por eso el sabio
sabe sin desplazarse.
Entiende sin ver.
Realiza sin hacer.”

(Lao Tsé)

Sincronicidad es un término acuñado por el psiquiatra suizo C. G. Jung, quien lo concibió para describir la singular ocurrencia de dos o más acontecimientos de igual o similar significación, sin conexión causal posible. Este principio incluye necesariamente a un sujeto que perciba y experimente en forma consciente el significado común entre un hecho del mundo interno y uno o más del mundo subjetivo. La sincronicidad se distingue así del mero sincronismo – ocurrencia simultánea de dos sucesos cualesquiera – y se opone abiertamente al principio causal predominante en la cultura occidental, dominada por el cientificismo: la ley de causa y efecto, o de acción y reacción.

Un ejemplo simple de sincronicidad sería el recordar repentinamente a un compañero de colegio del que no se ha sabido nada desde entonces; encontrarlo casualmente en la calle a las pocas horas o días, y simultáneamente leer en el diario una información referida a la profesora que enseñaba en ese curso. Si la persona vive esos tres eventos en compañía de un amigo, para éste la secuencia no significará más que hechos aislados; pero para el protagonista, todos ellos están eslabonados en relación a un tiempo específico de su pasado. El puede ver la conexión existente y otorgarle un significado. Los componentes objetivos y el subjetivo no poseen una causa común, no es posible deducir o demostrar científicamente qué genera el fenómeno. Y es que la ciencia ha avanzado en mediciones cada vez más minuciosas y microscópicas de la realidad, pero al llegar al terreno de lo subjetivo se ha encontrado en la imposibilidad de medir, reproducir, predecir o manipular las variables.

En la época en que Jung describió la sincronicidad, ésta aparecía como antónimo de la causalidad imperante, lo que no significa que esto haya sido siempre así. De hecho, en la antigüedad este término no habría sido necesario, como no lo sería el de ecología en el lenguaje de una tribu indígena del Mato Grosso. Cuando el conocimiento no estaba dividido en ciencia y humanismo, cuando el sabio se ocupaba tanto de lo terreno como de lo divino – lo primero como expresión de lo segundo – nada podía ser considerado como acausal. El estudio de la causa primera tenía el mismo sentido que el de sus consecuencias en la materia y los seres vivos, ya fuera que a aquella causa se la llamara Dios, Naturaleza o Sol. Y no nos referimos aquí a la actitud de ignorancia o inercia mental que adjudica a un ser omnipotente todo aquello que no entiende, sino a la comprensión del universo como un todo inseparable, como una gran armonía interdependiente.
Así, la sabiduría antigua, especialmente oriental, se empeñaba en comprender como afectaba el quiebre de una armonía particular a otro sistema o al conjunto, por sobre la disección de problemas aislados y su intento de resolución – in vitro – desconectados de sus relaciones naturales.

Si el mundo surgía y era sostenido a partir de un Gran Aliento fundamental, éste podría ser conocido y comprendido a través del estudio del mundo, porque estaría tan presente en lo grande como en lo pequeño, tan reflejado en los astros como en las hormigas. Nada quedaría fuera de lo que es, como nada podría estar fuera de la eternidad. Esta cosmovisión estaba naturalmente impregnada de la búsqueda trascendente de las grandes interrogantes inherentes al ser humano. Estando en el mundo, parece razonable buscar la trascendencia a través de él en un ascenso progresivamente integrador que minimice los riesgos de producir místicos desarraigados o científicos desalmados. En la antigüedad sólo merecía ser llamado sabio aquel que había sabido recorrer ambos caminos y al que, luego de una larga trayectoria en la que había comprendido suficientemente al mundo, le era posible comenzar a recibir algún conocimiento de Dios.

Aun en pueblos primitivos, en el sentido de escaso o nulo conocimiento teórico o abstracto, las personas más respetadas o veneradas de la comunidad las constituían, y constituyen, aquéllas capaces de interpretar el todo por sobre los hechos particulares, y con ello indicar las acciones necesarias para restituir la armonía perdida en cada caso. El examen de la mayoría de los métodos adivinatorios, o premonitorios, ya sea lectura de huesos calcinados o conchas de tortuga, I Ching, Tarot, etc., revela un factor común: todos ellos expresan un “momentum” global, por ello es factible de ser «leído» o interpretado por alguien que percibe su significado. Queremos decir: por alguien capaz de aprehender el Gran Aliento que en ese instante impregna todas las cosas, incluidos los objetos adivinatorios, condición “sine qua non” para que en éstos se manifieste una realidad que los trasciende.

Todo acto adivinatorio es sincronístico, ya que no puede ser demostrada una causa que condicione el acierto de la premonición. La función primordial del oráculo es revelar la correspondencia entre lo interno y lo externo de un momento dado, en un paralelismo acausal. Refiriéndose al I Ching, dice Jung: « … quienquiera que lo haya inventado, estaba convencido de que el hexagrama obtenido en un momento determinado coincidía con éste en su índole cualitativa, no menos que en la temporal. Para él, el hexagrama era el exponente del momento en el que se lo extraía, por cuanto se entendía que el hexagrama era un indicador de la situación esencial que prevalecía en el momento en el que se originaba.»

Desgraciadamente, esta arcana concepción unificadora, sintético-intuitiva, predominante en el Este, comenzó a escindirse, en forma casi paralela al incremento de la civilización occidental. Recordemos que China tenía ya milenios de cultura cuando Europa recién estaba dejando la vida nómada. La principal causa de este cisma fueron las características inherentes al hombre occidental: razonador, inquisitivo, analítico, en suma, fragmentador del mundo. Para conocer, él separa, divide, clasifica, versus el oriental, que integra, sintetiza, recibe al mundo.

Estas peculiaridades fueron relegando cada área de conocimiento a un compartimiento separado y cada vez más infranqueable: ciencias naturales, teología, música, etc.. La fisura inicial se convirtió en grieta, y ésta en caminos francamente irreconciliables, hasta casi nuestros días: ciencia y religión; verdades que exigían ser demostrables para existir “versus” verdades de las que sería blasfemia pedir demostración, y que debían ser aceptadas mediante un acto de fe. Si para los científicos todo tenía que tener una causa conocida que produjera el efecto en estudio, Dios – o la causa primera incognoscible – quedaba instantáneamente excluido. Para los religiosos, en cambio, el testeo o manipulación de la obra de Dios era aberrante, y sólo cabía admirarla.

En una época de apogeo científico y tecnológico, sin embargo, el Dr. Jung describió un orden acausal de acontecimientos, una categoría de eventos sin conexión posible y sin predictibilidad alguna, debido a que uno de sus componentes era subjetivo y la subjetividad no se podía manipular certeramente. De la causalidad lineal, producida necesariamente en una sucesión temporal, dio un salto conceptual a la sincronicidad atemporal, en la que la conexión factual se produce sólo en la consciencia del que lo vivencia, y no en el tiempo entre A y B. La mirada causal es retro o prospectiva, tendiendo a fijar sus elementos en el tiempo, mientras la sincronicidad sólo puede suceder en el ahora transformándolo creativamente en una nueva comprensión.

Para Jung, la conexión causa-efecto es sólo estadística y como tal, relativa, y, sin embargo, ha sido el método empleado para comprender y establecer sobre la base de leyes todo el comportamiento físico, químico y biológico en la naturaleza. Este sistema deja fuera de la norma a todo lo individual, lo excepcional, lo único. Más aún – precisa Jung – el científico preformula preguntas a la naturaleza a través de experimentos prejuiciados, con lo que obtiene respuestas parciales que luego son presentadas como generalizaciones. Reflexión compartida por el científico contemporáneo , Dr. Humberto Maturana: « … las explicaciones científicas no contienen los rasgos del fenómeno por explicar, sino que éstos resultan de los procesos que ellos implican. Por esta razón, las explicaciones científicas son proposiciones mecanicistas, y como tales, consisten en proposiciones de sistemas determinados por su estructura.»

En esto radica la distorsión. La ciencia – como otras áreas del conocimiento – en su empeño por conocer el mundo, ha elaborado leyes, ha construido abstracciones cada vez más complejas sobre la base de hipótesis, modelos y experimentaciones estadísticamente satisfactorias. 0, según Ken Wilber, ha realizado distinciones de distinciones de distinciones. El problema surge cuando se da por supuesto que esas meta- meta-demarcaciones son la realidad.

Por una parte, es falso el no considerar todos los casos individualmente, y por otra parte produce un distanciamiento enorme, con su consiguiente deformación, de la naturaleza misma de las cosas, la que es no fragmentaria. Al decir de los neurolingüistas, «el mapa no es el territorio».

La sincronicidad es por esencia incluyente, al no establecer distinciones de tiempo, espacio, ni categorías, y no imponer condiciones a su ocurrencia. Hipótesis nada descabellada si consideramos a la sincronicidad como un puente tendido entre el saber absoluto y la realidad externa, constituyendo un acontecimiento esencialmente creativo.

Acumulados estadísticamente, la distribución de sucesos sincronísticos se verifica en grupos aperiódicos, o de otro modo no serían aleatorios. En todos los casos la causalidad no ha podido ser encontrada o demostrada. Si pudiéramos conocer y establecer la existencia de la causa primera, del Gran Aliento al que hacíamos mención, desaparecería naturalmente la oposición entre causalidad y acausalidad al comprobarse el orden superior al que todos los fenómenos estarían subordinados. Así, el aparente antagonismo entre la distribución seriada, lineal, de los acontecimientos causales, y la distribución aperiódica y atemporal de las «conexiones transversales significativas» – como llamaba también Jung a la sincronicidad – quedaría abolida, siendo ambas expresiones diversas, parciales, y, por lo tanto, complementarias del Todo.

Pablo Cáceres

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Entrevista a María Luisa von Franz, discípula de C. G. Jung

Posted by cosmoxenus en 15 septiembre 2007

Artículo Original Aqui

El público lector de Jung conoce a María Luisa von Franz por la colaboración esencial que prestó en la composición de “el Hombre y sus Símbolos”, esa gran obra de la vulgarización de la psicología de las profundidades, además de sus propios libros sobre interpretació n de la mitología en los cuentos de hadas, y otros temas.

R. B.-¿Cómo se sitúa usted en relación a Jung?

MLvF.- Yo empecé a los dieciocho años por un análisis con él y lo ayudé a traducir los textos latinos y griegos de la alquimia. Llegué a ser su alumna. Es así que he asistido al nacimiento de sus obras después de sus sesenta años. Le debo todo.

R. B.-¿De donde viene su interés por los cuentos de hadas? ¿Qué importancia tienen para usted?

MLvF.- Una escritora me pidió que le ayudara a escribir un libro sobre los cuentos de hadas. Cuando ya llevaba mil páginas, resultó que no quería una interpretació n junguiana, entonces continué sola y me he especializado en la interpretació n psicológica. Así he descubierto que los cuentos de hadas son representaciones arquetípicas del inconsciente colectivo, las más fecundas, las más variadas y las más fundamentales de todos los mitos. Ellas nos entregan una “anatomía comparada” del alma humana colectiva. Y además son bellas, y hablan directamente a todo el mundo.

R. B.- Usted ha colaborado en todas las grandes obras alquímicas de Jung. ¿ Qué lugar considera que ocupa la alquimia en la totalidad de su obra?

MLvF.- Cuando Jung descendió a las profundidades de su inconsciente (después de su separación de Freud), produjo un enorme material simbólico que no parecía tener analogías con los mitos conocidos. Por sus sueños fue conducido a la alquimia y allí descubrió todos los paralelos a sus experiencias. Estas últimas no eran entonces imágenes subjetivas, ellas constituían un largo sueño colectivo humano, un sueño que compensa y completa lo que falta en nuestro mito oficial cristiano y que explica el desarrollo de las ciencias naturales. Para él (y para mí) el mito de la alquimia es el mito del occidente, el de la era de Acuario, el mito que podría sanar nuestros problemas actuales.

R. B.-¿Qué significa la alquimia para el hombre contemporáneo?

MLvF.- Nuestro mundo consciente oficial sufre de un conflicto entre la religión cristiana y las ciencias naturales (a menudo materialistas y racionales). Los símbolos de la alquimia reúnen estos dos mundos. Aparecen espontáneamente en muchos sueños modernos. El paciente de “Psicología y Alquimia” era un físico. En el simbolismo de la alquimia se encuentra anticipada una reunión del mundo del alma y de la materia.

R. B.-¿Qué piensa usted del paralelo entre la psicología de Jung y la física nuclear?

MLvF.- Las hipótesis fundamentales de la física son imágenes arquetípicas, es decir, energía, partículas, etc. Son entonces en último análisis imágenes psíquicas (mentales). Al contrario, si se desciende hasta las capas más profundas del inconsciente, se llega a una capa que no es puramente psíquica, sino que parece reflejar hechos fisiológicos, o más bien atómicos. Es como si uno se aproximara a una realidad única por dos costados diferentes, que no es psíquica ni tampoco material, el “misterio del ser o de la vida” que trasciende nuestra comprensión. Porque los modelos que el hombre se hace se reencuentran, ya sea que se aproximen desde el costado material o el psíquico.

R. B.-¿Cuál es, a este respecto, el sentido del gran libro “Números y Tiempo”, que Jung le confió antes de morir, para que usted lo escribiera en su lugar?

MLvF.- Jung solamente me dio algunas notas que él había tomado sobre las cualidades individuales de los primeros cinco números, pero ha dejado alusiones indicando que había allí una continuación de la idea de la sincronicidad. El resto, lo he ensamblado y clarificado tanto como he podido. Lo que me ha ayudado, sobre todo, es el descubrimiento que en la China antigua los números estaban ligados naturalmente a la idea de la sincronicidad. Son probablemente los “Naturkonstanten” del unus mundus, del ser psíquico y de la materia.

R. B.- Si se quisiera renovar la enseñanza práctica de la psicología de Jung para el hombre de la calle ¿qué diría usted?

MLvF.- En el pasado, era natural para todo hombre tomar en consideración sus sueños, vea la Biblia , por ejemplo. Ciertos sueños han decidido el destino de la humanidad. El sueño es la voz del instinto humano, que puede darnos un consejo en situaciones donde la pura razón no es suficiente; por ejemplo, puede indicar el futuro. En nuestro mundo moderno, la naturaleza ya no es el más grande de los peligros para el hombre, ahora lo es el hombre mismo por el estado de su alma. Por ejemplo, la bomba atómica, el terrorismo, las locuras políticas (como el nazismo), etc. Jung muestra un camino que nos permite evitar estos peligros.

R. B.-¿Cómo ve usted el porvenir de la escuela junguiana?

MLvF.- Como la psicología de Jung comienza a ser muy conocida, ella atrae oportunistas, ambiciosos, oficiosos, que quieren representarla sin aplicarla a ellos mismos. Hay ahí un gran peligro. Jung preveía que serían más bien los que sufren, los que buscan, los que ensayan de vivir con su sabiduría, los que la mantendrían con vida. Puede ser que debamos pasar por una catástrofe general antes de que Jung sea descubierto por los sobrevivientes, si es que los hay…

R. B.-¿Qué mensaje dirigiría usted a los jóvenes, aquí y ahora?

MLvF.- El mensaje de los hippies: “Do your own thing”, pero en un nuevo sentido. Que se apliquen a su alma personal, que se dejen conducir por sus sueños hacia una creatividad nueva que podría hacer revivir nuestra cultura occidental en una forma nueva, donde el hombre libre esté colocado al centro, viviendo en armonía con la naturaleza, en lugar de explotarla y destruirla. La actitud fundamental es una actitud de amor, no de poder.

R. Bies

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