El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

El arte de vivir Rosacruz

Posted by cosmoxenus en 10 agosto 2009

Por Sven Johansson F.R.C.

Gran Maestro de la G.L. AMORC Inglesa para Europa y África

Voy a exponer brevemente algunos de los aspectos prácticos de las enseñanzas rosacruces que resultan especialmente útiles. No se trata de disertar sobre dogmas, sino de exponer unas técnicas desarrolladas a lo largo de los años. Como rosacruces, somos interrogaciones vivientes, por lo que siempre buscamos desarrollar esa visión mayor, intentando incorporarla a nuestras ideas y a nuestros pensamientos y creencias más profundas. Consciente o inconscientemente, todos lo hacemos, pero ¿no sería mucho más gratificante si tuviéramos una clara, completa y satisfactoria comprensión de las razones que nos mueven? Voy a citar los seis principios que considero básicos en la existencia.

Los seis principios básicos

El primer principio es la Ley de Singularidad o Mónada. En la mayoría de las filosofías y religiones del mundo, se da por sentado que existe una ultima actualidad tras la cual no hay nada más, y que dentro de esta singularidad o mónada permanece, si no el conjunto entero de la creación, al menos toda la creación que podemos aspirar imaginar. Esta singularidad es infinita en toda cualidad que podamos concebir. Es el Uno, y fuera de él, no puede existimada. Es el comienzo y el fin, el alfa y el omega de todo lo que existe, ha existido y existirá. Ningún pensamiento o concepto puede abarcarlo en su totalidad; y no hay nada que pueda ir más allá. Hace mil años el gran teólogo musulmán Avicena lo llamó Nous, la "Inteligencia Activa", y en terminología rosacruz, le llamamos simplemente el Nous.

El segundo principio es la Ley de la Dualidad. Todo aquello que podamos concebir, tiene una imagen igual, aunque opuesta, como si se reflejara en un espejo, en alguna parte del universo, ya sea ahora, en el pasado o en el futuro. En el caso de nuestra existencia, somos una dualidad que está compuesta de dos cualidades infinitas del Nous, aunque aparentemente opuestas, que son la energía Espíritu mezclada con la Fuerza Vital de Vida. Somos materia animada por un Alma. Hablamos de ambas cosas como energías, y aunque esto pueda ayudarnos inte-lectualmente a comprender estos conceptos, quizás estaría mejor describirlas como principios que trascienden toda comprensión.

El tercer principio es el de sobra conocido como Ley del Triangulo. Cualquier cosa que pueda ser identificada claramente, ya sea física o conceptualmente, es el resultado de la unión de dos propiedades aparentemente distintas y claramente identificables. Cada manifestación es el resultado de dos causas simultaneas. En nuestro caso, el Espíritu y la Fuerza Vital de Vida, o sea, la materia junto con el Alma, da lugar a una tercera condición llamada consciencia. Y esta consciencia se manifiesta, en su forma más elevada, como el alma-persona-lidad, con sus cualidades infinitas y con un gran refinamiento, filtrándose como la luz de la luna tamizada a la personalidad externa, al carácter por el que somos conocidos.

El cuarto principio es la igualmente conocida Ley de Compensación. Todo lo que pensamos, decimos o hacemos tiene consecuencias que nos afectan en cada paso del camino. Dicho más claramente, si hacemos el bien, podemos esperar recibir lo mismo a cambio; si hacemos el mal, entonces podemos esperar recibir también el mal. Esta es la ley que crudamente y sin rodeos, expresa el antiguo principio que dice: "ojo por ojo, diente por diente". En el plano material, la ley se manifiesta como la famosa tercera ley del movimiento de Isaac Newton: "Por cada acción, existe una reacción igual y opuesta". En los planos mental, psíquico y espiritual, se manifiesta como la célebre frase atribuida al maestro Jesús: "Haz a los demás lo que te gustaría que ellos te hicieran a tí’. En otras palabras, debes estar preparado para que cualquier cosa que hagas sea lo mismo que te suceda a ti; si no estás preparado, no lo hagas.

En el mundo del desarrollo interior, nos referimos a la ley de compensación como la "Ley del Kar-ma". La palabra karma tiene su origen en la raíz sánscrita "krm" que más o menos se traduce como "acción". Hay unas consecuencias por cada acto o pensamiento, y a estas consecuencias, las llamamos "karma en acción" o simplemente compensación. Las consecuencias son como las olas de un estanque; duran algún tiempo, algunas son muy breves, otras mucho más largas. La ley no dice nada de castigo, ni tampoco habla de recompensa, ya que se trata de una ley completamente imparcial que devuelve ojo por ojo o recompensa las acciones justas. Por así decirlo, nuestros pensamientos y acciones "presionan" en la consciencia de otros seres vivos en el universo, y la presión de estos pensamientos y acciones tiene innegables consecuencias, ya que es indudable que la consciencia colectiva de otros seres vivos "reacciona de vuelta" haciendo que el karma se manifieste en nuestras vidas.

La clave de la cuestión está justamente en comprender cuáles son estas consecuencias y cómo reacciona exactamente la cons-ciencia colectiva del universo cuando aplicamos una presión, ya que una vez que hayamos dominado nuestra comprensión de las consecuencias de nuestras acciones, habremos comenzado el proceso de fundir nuestro ser externo con el alma-personalidad, y estaremos en el buen camino para ejercer un dominio sobre nuestras vidas. El saber con antelación lo que nos ocasionarán nuestros pensamientos y acciones, es un gran incentivo para hacer "lo que es correcto". La ley del karma, al contrario que las leyes físicas que actúan inmediatamente, es una ley con una inteligencia y paciencia inmensas, que mide las consecuencias de nuestras acciones poco a poco, para que cuando llegue el momento más propicio, podamos asimilar correctamente las lecciones que nos aguardan.

El quinto principio es la Ley de la Reencarnación. Aunque todas las entidades vivas tienen que morir, ¿debemos pensar que toda su consciencia desaparecerá en su totalidad para no volver a aparecer de nuevo? Bien seguro que no, porque ¿cuál sería el propósito si la consciencia terminara de forma permanente con cada muerte? Aunque las especies como un todo puedan continuar, e incluso progresar y evolucionar a través de sus genes, éste no sería el caso de los miembros individuales de esas especies.

Nadie puede proclamar de forma seria que tiene una prueba científica de la existencia de la reencarnación, y si fuéramos completamente honestos con nosotros mismos, admitiríamos abiertamente que la reencarnación no es más que una creencia, aunque se trate de una creencia basada en certezas internas muy bien asentadas. Aunque la reencarnación sea solamente una creencia, está fuertemente avalada en lo más recóndito de nuestro ser: avalada no solamente por la absoluta lógica y justicia que el concepto de la reencarnación lleva implícito en él, sino lo que es más importante, está avalado por los recuerdos y experiencias de muchas personas que no podrían explicarlo de otra manera, sino como recuerdos lejanos de vidas pasadas.

Desgraciadamente, incluso entre los millones de personas que afirman creer que han vivido antes y que vivirán de nuevo, hay muy pocos que realmente lo crean; ¡sus acciones lo demuestran! Porque si verdaderamente creyeran que la ley de la compensación no solamente dice que tienen que pagar por sus acciones, sino que también asegura que lo que no se ha compensado en esta vida se compensará en otra, si estas personas comprendieran verdaderamente y aceptaran en lo más profundo de su ser que no se trata de una hipótesis, sino de leyes reales de la naturaleza tan inviolables como la ley de la gravedad, no se embarcarían en los irreflexivos actos de brutalidad y de egoísmo que tienen lugar en muchos lugares del mundo en la actualidad. Si todo el mundo comprendiera que la ley del karma es un hecho en la vida, y que la reencarnación es un hecho de la existencia del que no podemos escapar, serían mucho más cuidadosos en su forma de actuar.

El sexto y último principio es la Ley de la Luz. Hablamos de nuestra espiritualidad como de una llama de la Divinidad que arde en los rincones más profundos de nuestra consciencia; algo que constantemente nos incita a buscar la Luz del conocimiento espiritual. La Ley de la Luz dice que todos los seres sensibles, sin importar su aspecto, no tienen otra opción que buscar la forma más elevada de consciencia espiritual que sean capaces de percibir. Esta ley asegura que todas las criaturas vivientes, y en especial, aquellas con alguna forma de auto-consciencia, buscan de una manera peculiar y particular, como un impulso innato, vivir en la Luz de la consciencia espiritual. El morar en la Luz es la meta última de la humanidad, y en la medida en que todos los seres humanos tienen dentro de ellos una chispa de la Divinidad, ya están en mayor o menor grado, viviendo en esa Luz, siendo nuestro destino final el estar completamente conscientes de su presencia en nuestras vidas, en cada momento del día, lo que señala la culminación de nuestro viaje, la perfección sobre la tierra y el dominio completo de la vida. Cada uno de nuestros pensamientos y acciones está adaptado para alcanzar este exaltado estado del ser, y afortunadamente, ya no nos es extraña la Luz de la espiritualidad. Sabemos que con perseverancia alcanzaremos un día, en esta vida u en otra, la consciencia de la bondad y de la santidad de la Divinidad hasta tal grado, que a partir de entonces moraremos realmente en la Luz.

Las cuatro directrices

¿Cómo pueden utilizarse estos principios teóricos en la vida diaria? ¿Cuáles son las consecuencias prácticas de estas teorías? Aunque las teorías no fueran exactas, aunque estuvieran totalmente equivocadas, la única cosa que en última instancia importa es que son teorías que nos proporcionan satisfacción y felicidad, que son lógicas y justas para nuestra sensibilidad interior. De ellas surgen directrices que sirven de guía en el camino elegido.

La primera directriz es reverenciar sobre todas las cosas al Dios de nuestro Corazón. Dicho con palabras sencillas esto significaría: "ama a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con toda tu comprensión". También podría expresarse: "ama el principio que rige todo el universo, y hazlo con todo tu corazón, tu mente y toda tu comprensión. El amar sin reservas al Dios de nuestra Comprensión, significa mantener constantemente una atracción entre nuestro ser externo mundano y aquello más sublime que podamos esperar conocer. Este es el principio más importante y da la sensación real de que a través de cada momento feliz o desgraciado, en el éxito o en el fracaso, tenemos a nuestro lado la constante presencia del Dios de nuestro Corazón.

La segunda directriz es adoptar una aptitud deliberada e interna de gratitud hacia la vida; y con ello quiero decir gratitud por todo lo que nos acontece, ya sea bueno, malo, agradable o desagradable; ya que cada experiencia ha sido específicamente preparada para nosotros y contiene lecciones que debemos aprender. Es un honor tener vida y el que se nos permita experimentarla en un planeta tan bello. Cuanto antes podamos aceptar de buen grado las lecciones como hechos de los que no podemos escapar, no importa lo dolorosos que sean, más rápido y más profundamente progresaremos en nuestra evolución interior. Debe ser un principio fundamental en nuestra filosofía personal el sentir reverencia por la vida y por el privilegio de experimentarla en forma material aquí y ahora, en este mundo de materia.

La tercera directriz deliberada consiste en evitar enfadarse por algo, no importa cuáles sean las circunstancias. Todos nos hemos sentido ofendidos y heridos por lo que otros, o la vida en general, han hecho contra nosotros. Si fuéramos suficientemente honestos con nosotros mismos, pronto comprenderíamos que la causa de todo pensamiento de preocupación, enfado e infelicidad, reside precisamente en el acto consciente o inconsciente de sentirnos heridos u ofendidos por alguna causa. Todos hemos dicho muchas veces cosas como las siguientes: "¿Cómo se atreve a decirme eso?" o "Creo que merezco mejor trato que éste" o "¿Quien te crees que eres para hablarme así?", o "Tú eres un cero a la izquierda". Hay que esperar que cese el flujo de adrenalina y tomar el control de la situación con lo mejor que hay en nosotros. Tenemos que hacer todo lo posible por analizar los motivos de todo lo que pensamos, decimos y hacemos, y seguramente pronto comprenderemos que estos motivos no son siempre tan puros como la blanca nieve. Personalmente, he comprendido la necesidad de estar siempre alerta, ya que sin este constante auto-examen, nunca podría ser consciente de cuándo he sido la causa de alguna ofensa, por lo que sería completamente imposible deshacer el daño que ha causado mi distorsionada actitud interna. Cuando se ha ofendido a alguien, la única "acción correcta" es salir de la situación con humildad y sin decir nada, tratando de corregir los daños que la ofensa haya podido causar, aunque estos daños estén relacionados con nuestro propio orgullo.

No quiero decir con esto que haya que aceptar encantados todos los insultos, ni que permitamos que nos intimiden o presionen. Se trata simplemente de adoptar una actitud interna que, independientemente del comportamiento externo del momento, nos permita conservar la paz y no guardar rencor a quien nos ha ofendido. Este es simplemente el ideal al que aspiro, y es semejante a perdonar siempre, perdonar sin que nadie nos pida que lo hagamos, perdonar a todas horas. El perdón debe ser instantáneo y no deben quedar restos de sentimientos negativos. Debe venir realmente del corazón.

La última directriz sería permitir que cada acción sea, al menos parcialmente, en beneficio de otros y no solamente en el nuestro. Esto puede parecer demasiado idealista, pero ¿no vivimos en una sociedad donde la cooperación y la interacción con los demás es esencial para nuestro bienestar? Yo así lo creo. Ninguna persona es una isla, y nadie puede vivir por tiempo indefinido solamente para sí. Al final, la vida le sorprenderá y le presentará la lección de que el compartir con los demás la abundancia de las bendiciones que diariamente recibimos es una condición indispensable para continuar recibiendo esas bendiciones. Todos conocemos la ley del AMRA que dice que tenemos que pasar a otros al menos una parte de las bendiciones que recibimos, de forma incondicional, con buen animo y sin esperar recompensa. Esta ley opera en nuestras vidas al igual que la ley de la gravedad.

Paz Profunda

Fuente: Revista R+C nº 33 – Otoño 2001 G.L.E. AMORC

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