El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

El Filósofo Desconocido: Louis-Claude de Saint-Martin

Posted by cosmoxenus en 8 octubre 2008

Por Stanislas y Zofia Coszczynski.

(Oficiales de la Gran Logia de Polonia de AMORC en 1947)

En la gran familia de las naciones, pese a las diferencias de raza, nacionalidad y lengua, existe una cierta tendencia por parte de algunos hombres evolucionados espiritualmente a atraerse entre sí. Son hombres con un alma de naturaleza similar, que buscan la plenitud de su humanidad y que, al no poder alcanzarla únicamente en el plano físico, continúan esta búsqueda en las regiones superiores, donde su ardiente deseo los conduce al propio santuario del Dios Vivo. Estos pioneros se reconocen entre sí mediante signos no sólo visibles sino también invisibles y dan muestras de un grado de desarrollo y de renacimiento en espíritu real y definitivamente alcanzado. En ciertos casos de especial proximidad espiritual, el lazo que existe entre ellos se hace tan estrecho, que incluso lo que llamamos muerte deja de ser un obstáculo. Una familia espiritual unida no existe en un momento determinado en carne y hueso, pero cada uno de sus miembros descubre tarde o temprano los rasgos de esta familia y los bienes que de ella se derivan, gracias a los tesoros espirituales que han sido acumulados por aquellos que han sido sus predecesores. Cada uno, en el camino del desarrollo del ser, tiende hacia el conocimiento de su propio Yo. Cada uno se esfuerza por despertar lo trascendente, la imagen eterna enraizada en sí mismo, con el fin de hacer perceptible y comprensible el texto del Divino Pensamiento en él depositado, y con el propósito de alcanzar la manifestación más pura y plena de éste.

Podríamos citar al respecto las palabras del Evangelio: “Busca y encontrarás”, “Pregunta y te será respondido”. Cualquiera que desee ardientemente y que busque con perseverancia y ardor hasta alcanzar el Ideal divino con toda la fuerza de su alma, seguramente encontrará ayuda y apoyo.

En verdad, aquél que tenga valor conquistará el Reino de los Cielos superando la oposición de los malos instintos de la naturaleza, rechazando todo compromiso y tendiendo más que nunca a elevarse al Reino de la Luz y de la Libertad. Louis-Claude de Saint-Martin era un caballero entregado a la búsqueda de la luz. Ha sido reconocido como uno de los más grandes místicos de Francia, pero la obra de su vida no figura solamente en las obras que ha escrito. Toda su existencia estuvo impregnada de la idea de una gran renacimiento de la humanidad, y ha despertado un profundo eco, no sólo en Francia, sino también en Europa occidental y Oriental, Encontramos señales de su influencia en las obras creadoras de nuestros poetas proféticos y de forma muy señalada en el poeta polaco Adam Mickiewicz.

Para poder comprender a Saint-Martin, debemos profundizarnos en su obra, debemos revisar su vasta correspondencia, estudiar su biografía (publicada por Papus, por Matter, por Franck y otros más) presentada por numerosos autores y críticos con frecuencia de forma parcial y errónea.

Un delicado observador no tendría dificultad en descubrir al Saint-Martin verdadero, en descubrir una imagen que no estuviera deformada. Su Yo real pasó por diversas fases de desarrollo. Discípulo y adepto de la ciencia esotérica de Martinez de Pasqually, humanista, teúrgo y místico; podemos ver los niveles de la escala que él ascendió por los títulos de sus obras sucesivas: “El Hombre de Deseo”, “El Hombre Nuevo”, “El Ministerio del Hombre Espíritu”.

Los rasgos principales del carácter de Saint-Martin radican en una actividad viril, una actividad vigorosa y también en una sensibilidad delicada y femenina, en un refinamiento nato. Su actitud intrépida e inquebrantable cuando se dedicaba a la defensa de los ideales que profesaba, sostenidos virtualmente por su modo de vida, le hacía con frecuencia parecer duro, incluso con sus amigos, si bien era el primero en sufrir. Era necesario que una cierta ternura emergiera del corazón, y se esforzara por aliviar la pena que no podía evitar infligir a otros.

El misticismo de Saint-Martin no era abstracto y separado de la vida. Se esforzaba por penetrar en el seno mismo de la divinidad y con la luz del conocimiento, iluminar todos los aspectos de la vida. Había descubierto el secreto de la felicidad en la Tierra, el equilibrio perfecto entre la ley y el deber, la armonía entre los ideales profesados y la vida cotidiana. Consideraba que la coexistencia de los diferentes pueblos debía estar basada en la fraternidad, una fraternidad que condujera hacia la igualdad espiritual de todos y hacia la libertad, que es la expresión natural de los principios de fraternidad.

La doctrina de Saint-Martin es clara y simple. Su verdad puede ser percibida fácilmente por cualquier hombre de buena voluntad, porque este místico francés adquirió primeramente conocimientos de las leyes divinas y dio forma a su doctrina en concordancia con estas leyes. A través de sus obras deseaba difundir la luz de la conciencia que se le había confiado por revelación. En consecuencia, el horror de un abuso posible por parte de gentes no preparadas o de mala voluntad, de forma persistente, le condujo a utilizar el velo de los símbolos esotéricos cuando se refería a las verdades destinadas a los iniciados. La obra de toda su vida hizo que un nombre fuera inmortal, no solamente en su propio país sino también en el resto del mundo, ya que el rayo de luz que tiene como punto de partida la fuente misma de la luz universal, brilla irresistiblemente para toda la humanidad.

LOS AÑOS JUVENILES

Saint-Martin nación en Amboise el 18 de enero de 1743. Se saben muy pocas cosas de su infancia. Su madre murió cuando era todavía muy joven y esta pérdida debió ejercer una profunda influencia en la manera en que se formó su personalidad. De ahí su extrema sensibilidad, de ahí también el gran desarrollo del sentimiento de va en busca de respuesta, y la dulzura de su refinamiento. Entre él y su padre se produjo una cierta falta de comprensión, e incluso en los primeros años de actividad de Saint-Martin, los choques acabaros por ser inevitables. Se conocen pocas cosas en relación a sus hermanos, pero parece igualmente que tampoco existía armonía en sus relaciones. La tristeza acongojaba el corazón de Saint-Martin en su primera juventud, pero su reacción mostró más fuerza de debilidad.

En la intimidad de su infancia no demasiado feliz, surgió en su alma la ardiente aspiración de una vida superior; la ausencia de amor en el marco del ámbito familiar le incitó a buscar el amor de Dios. Las cartas de Saint-Martin nos dicen hasta qué punto intentó conscientemente cumplir sus deberes para con su padre, incluso al precio de una gran sacrificio, aunque eran un obstáculo a los planes que elaboraba para su propio futuro. Después de que hubo terminado la escuela, su padre quiso que estudiara leyes. Saint-martin obedeció a sus deseos. No obstante, pronto estuvo convencido de la imposibilidad de continuar esa dirección. Las complejidades del Derecho, su relatividad, desentonaban con lo que constituía el entramado de su carácter. Estaba a la búsqueda de otra clase de ley. En esta época de su vida no podía ver claramente cuál era su camino; le faltaba aún el poder de una voluntad consciente. De ahí su segundo error: la carrera militar. Esta tampoco duró demasiado tiempo; pero en esta etapa de su vida había algo que comenzaba a cristalizar en el seno de su ser, una puerta parecía abrirse hacia el jardín encantado en el cual debía comenzar su misión. Allí trabó conocimiento don el Señor De Granville, un oficial como él, y con el Señor De Balzac, ambos discípulos de Martinez de Pasqually. Gradualmente, sus relaciones se hicieron cada vez más estrechas. Saint-martin fue recibido en el círculo íntimo de Martinez de Pasqually, fue iniciado y se conviertió para Martinez en un alumno selecto y en su secretario.

Saint-Martin dejó el ejercito y se dedicó por entero a su obra. La idea de la reintegración de la Humanidad, planteada por Martinez de Pasqually, le atraía poderosamente. De una forma leal y con gran fervor Saint-Martin comenzó a ejecutar todas las órdenes de su maestro, estudiando su teoría, sometiéndose a prácticas recomendadas y a prácticas teúrgicas.

LAS INFLUENCIAS IMPORTANTES

La vida de Saint-Martin dio un vuelco cuando encontró al “Agente Desconocido”. Se trataba de un ser que pertenecía a los planos superiores, que imprimió su sello en la Logia de Lyon e inspiró especialmente a Saint-Martin. En aquel momento , la individualidad de Saint-Martin comenzaba a cristalizar, haciendo que se integrara cada vez más en el trabajo colectivo en el seno de las logias y en los contactos personales nuevos como, por ejemplo, los que tuvo con la Sociedad Mesmérica y con los numerosos ocultistas de su época, ingleses, italianos, polacos y rusos.

La amistad de las mujeres desempeñó un papel importante en la vida de Saint-Martin, pues su talante estaba lleno de vitalidad y entusiasmo. Entre otras, la Duquesa de Borbón, Madame de Bry, Madame de Saint-Dicher, Madame de Polomieu, Madame de Brissac y otras. Madame de Boecklin desempeñó un importante papel en la vida de Saint-Martin (gracias a su alta espiritualidad y a su gran inteligencia). Ella le instó a que leyera las obras de Jacob Boehme. Los años precedentes de su vida no fueron sino una preparación, ya que en aquel momento su alma se expandía como una flor. La luz del conocimiento espiritual fluía de las obras de Boehme hacia el Yo interior, ya preparado, de Saint-Martin, confiriendo una seducción inesperada a su misión. Percibía una nueva plenitud. Una libertad frente a la influencia limitante del mundo exterior, desde entonces convertido en campo propicio para una acción fructífera. La gran Revolución Francesa le respetó. En su calidad de iniciado de un alto grado podía percibir el significado de los terribles acontecimientos, pero aunque se compadecía de la masa de sufrimientos que abrumaban a Francia, jamás trató de evitar das decisiones del destino como lo hicieron otros iniciados según Cazotte, místico, hombre digno y de alta moralidad, con el cual estaba en estrecha relación. Cuando la muerte proyectó su sombra sobre París podando víctimas y más víctimas de alta cuna, Saint-Martin se sintió seguro en la ciudad, sin temer por la suya propia de que había puesto en las manos de Dios. Cuando fue obligado a abandonar París para ir a Amboise, permaneció allí casi hasta su propio fin, muriendo en 13 de octubre de 1803.

Los discípulos de Saint-Martin declararon que los últimos momentos de su vida fueron estáticos. La luz le rodeaba y le transfiguraba. Ya había alcanzado otro plano y probaba que la muerte de un místico y de un iniciado está desprovista del temor a lo desconocido. A un alma liberada, la muerte le permite desembarazarse de las limitaciones de la materia. Es un retorno del exilio, una reunión con el Padre Celestial.

LA MISIÓN

Después de haber leído atentamente los documentos disponibles, nos proponemos ahora presentar con más exactitud las fases del desarrollo de Saint-Martin. Su alma buscaba manifestarse en la vida exterior, de una forma que correspondiera a sus aspiraciones y deseos, que aún seguían siendo vagos. Su encuentro con Grainville y con Balzac aportó un cambio a su vida. Parecía recibir una directriz clara en cuanto a la orientación futura de su vida. Desde su más tierna juventud, estaba preparado para someterse a cualquier imperativo interior. Jamás su naturaleza exterior se le opuso. Ésta parece haber sido como una visión previa de su propia misión, la que exigía la renuncia, el holocausto su naturaleza inferior, contrariarse a sí mismo para ponerlo al servicio de la verdad, de la modestia y de la humildad.

Martines de Pasqually fue el primer instructor de Saint-Martin. La idea fundamental de su doctrina de la reintegración del hombre, es decir, del retorno al estado primitivo que era el suyo antes de que se sumergiera en el mundo material de los fenómenos, encantó a Saint-Martin. Subyugado por la grandeza y la belleza de la verdad, se entregó voluntariamente a todos los estudios necesarios y a todas las prácticas requeridas. En la escuela Martines, en Lyon, el camino que lleva al Iluminismo conducía a la práctica de la “magia ceremonial”. El objetivo final erala unión con Dios. Martines de Pasqually fundó una asamblea en Lyon bajo el nombre de “Elus Cohen”. Era ésta una época en la que las cuestiones esotéricas, entre ellas la magia, producían gran interés. Bajo la dirección de Willermoz, a quien Saint-Martin conoció, la Logia de Lyon se expandía. La doctrina magica y teúrgica de Martinez de Pasqually parecía más apropiada a Willermoz. Estender el Iluminismo en Francia era su misión. Él apreciaba el trabajo en grupo. Los objetivos comunes hicieron que esto dos eminentes alumnos de Martines se atrajeran entre sí; pero muy pronto aparecieron diferencias de carácter y de organización psíquica y se separaron por cuestiones de método para alcanzar el objetivo final. Willermoz escogía la vía mental, que exigía un desarrollo intelectual y encontraba su expresión en la magia ceremonial, mientras que Saint-Martin escogía la vía del corazón y encontraba su expresión más clara en la teúrgica pura. Consideraba que la magia era algo indeseable, ya que aumentaba el poder de la voluntad individual, lo cual, con frecuencia, conducía al orgullo y provocaba, si no la caída, al menos pasos en falso en la vía del renacimiento. Por el contrario, la teurgia, tal como la conocía Saint-Martin, desarrollaba una humildad cada vez más profunda, motivada por el fortalecimiento del lazo con Dios a través de la plegaria y de la súplica. Humildad y simplicidad, estas dos características dominantes del carácter de Saint-Martin, le hacían detestar la pompa y el esplendor que afectaba a las logias, ya que buscaba una expresión simple y directa en las experiencias del alma. Por encima de todo quería demostrar la esencia preciosa dejada por la comunión con las Potencias Superiores. Un punto importante del desarrollo de Saint-Martin, en el que nos debemos detener, como fue mencionado anteriormente, fue su contacto con lo que se ha llamado “el Agente Desconocido”, cuyas enseñanzas, transmitidas por “comunicación”, causaron en él una profunda impresión. Fue en esta época cuando escribió su primer libro: “De los Errores y de la Verdad”. Intentando siempre en todo lo que emprendía estar lo más cerca posible de la verdad, firmó el libro con el nombre de “Filósofo Desconocido”. Esta inspirada obra, debido a su contenido inhabitual, causa muchas discusiones, especialmente en los círculos de los iluminados. La tesis del libro es que mediante el conocimiento de la propia naturaleza, el hombre puede alcanzar el conocimiento de su Creador y de toda la Creación, y de este modo de las leyes fundamentales del universo, cuyo reflejo encontramos en las leyes hechas por los hombres. Bajo esta luz queda demostrada la importancia del libre albedrío, esa aptitud fundamental del hombre; aptitud que, cuando se utiliza mal, lleva a su caída y cuando se utiliza para el bien, le lleva a la superación y a la resurrección del espíritu. “El Agente Desconocido” estuvo activo en la Logia de Lyon y se hicieron muchas copias de sus enseñanzas. Saint-Martin asumió con avidez estas enseñanzas y a medida que el tiempo pasaba, recibió una revelación que deseó compartir con los miembros de la logia de Lyon. Sorprendido y exaltado por la luz de su propio conocimiento, esperaba la misma reacción de parte de sus hermanos. Grande y dolorosa fue su decepción cuando tuvo que enfrentarse a una reacción fría y llena de sospechas por parte de la asamblea. Esta experiencia fue terrible pues se dio cuenta de la enorme responsabilidad que existe al revelar las altas verdades a aquellos que no están preparados. Este fue un golpe que, a través de él, alcanzó al Gran Mediador y fue de los más penosos. Después de todo esto, Saint-Martin se mostró muy reservado. Tuvo miedo de divulgar un conocimiento más elevado. Aquí encontramos la explicación e una cierta oscuridad que vela la luz contenida en su obra. Aparentemente adoptó la máxima pitagórica: “el hombre no tiene más que una boca y dos orejas”.

La vida externa del Filósofo Desconocido fue una trama viviente, sobre la que el hilo de su vida interior bordaba el marco para que esta vida fuese perfecta, sabía cómo utilizar el menor acontecimiento, feliz o desgraciado, encontrando siempre una enseñanza escondida. Saint-Martin descubrió el gran valor del silencia, condición absolutamente necesaria para garantizar la inspiración. ¿No era el silencio una capa que protegía al mundo invisible de la profanación? Sin embargo, la escuela del silencio era difícil para un místico de su temperamento, cuya alma deseaba por encima de todo proyectar la luz en las tinieblas de la ignorancia. Un simple dogma sólo podía ser un obstáculo al torrente creador de su vida interior, el silencio no podía encerrar su actividad detrás de unos barrotes, pero le sirvió para tomar la medida del oro espiritual antes de entregársela a su discípulo.

A continuación salió el libro de Saint-Martin: “Tabla Natural de las Relaciones Existentes entre Dios, el Hombre y lo Natural”. El hombre se ha visto privado de sus aptitudes y medios superiores, debido a que está inmerso en la materia de forma tan profunda que ha perdido conciencia de su naturaleza primera, que existía con anterioridad a esta caída, naturaleza que constituía un reflejo de la imagen de Dios. Así el hombre se vio sujeto a las leyes que reinan en el mundo. Por esta caída, el hombre se separó del marco de sus propios derechos y dejó de establecer un lazo entre Dios y la naturaleza. El hombre posee aptitudes psíquicas que pueden frenar los sentidos y las fuerzas de la naturaleza si se hace independiente, si se libera de la sujeción de los sentidos para no hablar de la posibilidad que existe de hacerles servir para ampliar el campo del conocimiento. El hombre, y esto es una regla que le concierne, posee la facultad de percibir la ley, la unidad, el orden, la sabiduría, la justicia y la fuerza en un grado superior. Esforzándose y por voluntad propia, puede volver a la fuente del conocimiento que aún existe en él; puede restaurar la unidad que fue el comienzo de todo. El renacimiento del hombre ha sido posible gracias al sacrificio del Salvador y ahora todo hombre puede tomar parte en la obra de la restauración del orden antiguo y volver a las leyes antiguas que están al servicio de la toda criatura.

Saint-Martin fue un resuelto adversario de la filosofía atea y materialista que invadía por entonces toda Europa. En este período se puede constatar la amplitud de la riqueza individual del Filósofo Desconocido. Reunía el conocimiento adquirido en el mundo invisible con el de la inteligencia y unidas ambas cosas, condujeron a la plenitud de las enseñanzas que tratan de todos los problemas referentes a las condiciones del desarrollo de los individuos, de las sociedades y de las naciones. Era la época de su infatigable actividad, de sus numerosos contactos en su propio país y en el extranjero. Encontró tiempo para escribir una vasta correspondencia compartiendo con otros el fruto de sus conocimientos. La influencia de Saint-Martin y la difusión de sus enseñanzas en Francia, en Inglaterra y en Rusia datan del año 1785. Es esto lo que muestran sus cartas en la obra de Longinov: “Novikoff y los Martinistas Rusos”.

Cuando estuvo en Londres conoció al místico William Law y también a Monsieur Belz, el famoso clarividente. Este encuentro resultó ser muy importante. Se hizo amigo de Zinovieff y del príncipe Galitzine, que fue quien introdujo el martinismo en Rusia. Si el martinismo fue criticado y perseguido, no fue más que el resultado de la ignorancia en cuanto a la esencia y los objetivos de esta doctrina, pero fue también el resultado de los errores humanos de martinistas ocasionales, naturalezas débiles, inmaduras e inconstantes frente a los altos conceptos morales exigidos por las enseñanzas de Saint-Martin.

La difusión de las enseñanzas de Saint-Martin estuvo acompañada de un éxito social personal, pero la cálida simpatía, las amistades sinceras surgidas al contacto de su atrayente personalidad, no fueron obstáculo para su vida interior. Haciendo una aplicación personal de sus enseñanzas, su ser estaba tan purificado que su paz interior no podía haber sido puesta en peligro. Su alma, sedienta de una mayor luz, la recibía en una proporción superior y la asimilaba en beneficio de la posteridad. Alcanzó su apogeo cuando trabó conocimiento con las obras de Jacob Boehme. En ellas encontró la solución categórica a todos los problemas, el nivel del escalón más alto que conduce a la unión con Dios Padre. Jacob Boehme no era un instructor en el sentido que lo fue Martines de Pasqually, pero sí lo fue para el joven Saint-Martin; su importancia fue mayor, ya que Saint-Martin estaba mejor preparado para recibir una nueva revelación por medio de Jacob Boehme. Una nueva luz invadía su alma, era asimilada y aceleraba el proceso interior de transformación. Encontramos eco de sus experiencias en las cartas dirigidas a su cercano amigo el barón Liebistorf (Kirchberger). Jacob Boehme era un místico por la gracia de Dios. La revelación, el descenso de la luz, el maravillarse del alma… numerosas expresiones pueden describir el choque que sufre un alma que de pronto despierta.

Vemos las diferentes modalidades de iluminación cuando el “vaso elegido” está preparado para recibirla. En la obra de Saint-Martin “El hombre de Deseo” vemos la nueva semilla producida por la asimilación de la doctrina de Boehme. Esta obra recuerda uno de los salmos que expresa el ardor del alma por Dios y deplora la caída del hombre, sus errores y sus pecados, su ceguera y su ingratitud.

Subrayando el origen divino del hombre, Saint-Martin vio la posibilidad de un retorno de éste a su estado primero, cuando estaba en concordancia con la ley de Dios. Solo abandonando la vía del pecado y siguiendo las enseñanzas del Redentor Jesucristo, el Hijo de Dios, que descendió de las alturas de Su trono celestial por amor a toda la Humanidad, el hombre es digno de adorar y por amor e imitándole puede alcanzar la salvación.

¿Quién saldrá vencedor de este combate? Aquél que no se preocupe de ser reconocido por los hombres ni de que estos se acuerden de él, pero que dedique todos sus esfuerzos para no ser borrado de la memoria de Dios. Si no hubiese sido por la venida de un hombre que pudo decir: “yo no soy de este mundo”, ¿cuál habría sido el destino futuro del hombre? La Humanidad habría permanecido en las tinieblas, y se encontraría separada como nunca del reino del Padre. Pero si numerosas personas se separan del amor, ¿puede éste renunciar a ellos?

En su obra posterior, “Ecce Homo”, Saint-Martin previene del peligro que existe en buscar la excitación de las emociones, de las experiencias mágicas de bajo nivel, los fenómenos variados, que no son más que expresión de estados psico-físicos anormales del hombre. Este camino conduce a la humanidad hacia tinieblas desconocidas y dudosas, lleva a una caída aún más grande, mientras que la salvación no se puede alcanzar más que por un renacimiento consciente.

En su libro “El Hombre Nuevo”, publicado el mismo año, el autor trata del pensamiento como un órgano de renacimiento que permite penetrat en lo más profundo del ser humano y descubrir la verdad eterna de su ser. El alma del hombre es un pensamiento de Dios; el deber del hombre es quitar el velo que cubre el texto sagrado y a continuación hacer todo lo posible para ampliarlo y manifestarlo durante toda su vida. En su obra “Del Espíritu de las Cosas”, Saint-Martin declara que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, puede penetrar en el seno del Ser, que se encuentra escondido en toda la creación y que debido a su clara visión interior, es capaz de ver y de reconocer las verdades de Dios subyacentes en la naturaleza. La luz interior es un reflector que ilumina todas las formas . De la intensidad de la luz depende el grado de iluminación y del discernimiento que necesita el hombre renacido en espíritu y que lee el Libro abierto de la Vida.

El libro de Saint-Martin ”El Ministerio del Hombre-Espíritu” completa todas las indicaciones anteriores, presentando un objetivo no diferente, el del ascensión de una alta montaña. El hombre la escala empujado por una necesidad interior y con el gusto previo de la victoria, que aporta la libertad después de tribulaciones y sufrimientos. Una libertad que, en este caso es sinónimo de las más grandes bendiciones que se pueden lograr en la Tierra. Existe un rayo radical y único para descubrir y expandir la moralidad y la bondad, y este rayo es el pleno desarrollo de nuestra esencia interior inmanente. Ya ha sido ofrecido el más alto sacrificio para salvar a la humanidad; toca ahora al hombre ofrecer en sacrificio voluntario su propia naturaleza inferior, crucificarla, y así, librarla de las trabas limitantes de la naturaleza vulgar. Es el retorno del hijo pródigo hacia el padre lleno siempre de caridad y de perdón. Es esto lo que se ha de alcanzar para conseguir la unidad perfecta con Él: “Mi Padre y Yo somos uno”.

Cada alma posee su propio espejo que refleja una Verdad Única; cada alma posee un prisma y un arco iris que le confiere sus colores, por ello las obras de Saint-Martin no son parecidas a las de Boehme. Las misiones de estos dos hombres, en la vida, eran también diferentes aunque bebían de la misma fuente, de la misma necesidad de servir a la humanidad, abriéndole un nuevo camino para su progreso. Saint-Martin apreciaba mucho las obras de Boehme, aunque muchas veces las encontraba más bien caóticas y confusas. Quería ofrecérselas a sus compatriotas y para ello tradujo los libros más importantes de Boehme: “la Aurora Naciente”, “Los Tres Principios de la Esencia Divina” y “Cuarenta Preguntas Sobre el Alma”.

Después de la muerte del Filósofo Desconocido, fueron publicados algunos breves escritos de los que era autor, Entro otros citaremos “Pensamientos Escogidos”, numerosos fragmentos éticos y filosóficos, poesía que igualmente incluía “El Cementerio de Amboise” y “Estancias Sobre el Origen y el Destino del Hombre”, además de meditaciones y plegarias.

Saint-Martin se interesaba por la ciencia de los números. Aunque su obra “Los Números” quedó inconclusa, contiene sin embargo, muchas indicaciones importantes que no se podrían encontrar en otra parte. Analizó los números desde un punto de vista metafísico y místico. En los números encontró una confirmación de la caída y renacimiento del hombre. El número no se toma en el sentido de signo muerto, sino como expresión del Verbo Creador. Cada número indica cierta idea y actúa en varios planos. Todo ello es la expresión de la unidad y fluye del seno de la Divinidad. El amor y el sacrificio estuvieron en la base del propio acto de Creación. El pecado original y la caída del hombre, su desajuste y su inmersión en la materia, deben ser rescatados mediante el sacrificio y el amor del Creador; sólo esto puede conseguir el retorno a la Unidad.

LA REVOLUCIÓN FRANCESA

Las cartas y la actividad de Saint-Martin explican su relación con la Revolución francesa, que para muchos críticos ha permanecido obscura, ya que no podía ser comprendida más que por aquellos que habían recibido la iluminación y por los místicos. Detrás de todos los fenómenos que ocurren en el plano físico, se encuentra se encuentra la proyección del plano astral. Mientras que ésta no se manifieste en el mundo visible, existen posibilidades de cambio, posibilidades de desviar el curso de las cosas mediante el sacrificio y la llamada a la misericordia divina. Conocemos la historia simbólica de los diez hombres “justos” que hubieran podido salvar a Sodoma de la destrucción. Se dice que las proyecciones astrales no están todas reveladas, poruq e pueden ser cambiadas por los factores superiores del mundo invisible y también, por la acción del hombre sobre la Tierra. Pero una vez que se revela la proyección fatal, no hay fuerza humana que pueda detener el curso de los acontecimientos. Saint-Martin no solo creía sino que sabía, que si la Providencia permite una vez la percepción de una proyección, aportando al pueblo un mal indecible, la Redención, si no era voluntaria, debía ser impuesta. Veía la Revolución como una imagen y como un inicio del Juicio Final que deberá llevarse a cabo en esta Tierra de forma gradual. Afirmaba que la estructura social no puede ser duradera, no puede satisfacer a la mayoría y tener un carácter elevado, si no está basada en un conocimiento de la organización psico-física del hombre, si esa estructura social no corresponde a la leyes divinas reflejadas en él. Un legislador debería tener un conocimiento profundo de la naturaleza interior del hombre, su conducta debería ser moral, debería encontrar un orden social que expresara conocimiento, justicia y poder. Todas las tentativas de continuar sobre la base de valores transitorios o erróneos no conducen más que al desastre, cualquiera que sea la duración de estas tentativas.

En su obra “El Cocodrilo”, Saint-Martin describió la forma en que el mal se insinúa en las cosas santas y con qué perfidia destila su veneno para destruir a aquellos que son ciegos e insensibles. Pero el mal dispone de un tiempo limitado, se le reconoce fácilmente mediante signos discernibles y no puede equivocar a los que tienen la mirada de la conciencia, a los que observan y son caballeros de propósitos nobles. Cuanto más grande sea el ejército reunido bajo las banderas del bien, más rápida se producirá la victoria contra las filas cerradas y desleales del mal que siempre se van debilitando. La relación de Saint-Martin con la Revolución Francesa dependía de su clase de conocimiento y ¿qué otro hombre poseía espiritualmente tal visión interior de las cosas?

Él comprendía lo que estaba en curso y obraba con diligencia en el campo del misticismo. También hacía lo posible para resolver el problema de una organización social que fuera justa y más feliz. En la obra de Saint-Martin es evidente la influencia de la Revolución Francesa. No podía ser de otra forma.

LA ORDEN MARTINISTA TRADICIONAL

La doctrina de Saint-Martin se expandió ampliamente por el mundo bajo la forma de una Orden Iniciática, llevando el nombre de Orden Martinista. Saint-Martin estaba en pro de la iniciación individual. Cada miembro era cuidadosamente escogido y se le daba la oportunidad de establecer un contacto estrecho y familiar.

Entonces el Iniciador le daba las indicaciones y las enseñanzas que más le convenían y que no estuvieran por encima de sus posibilidades de comprensión. El camino era más largo que el consistente en trabajar con todo un grupo, pero era más seguro, ya que la pureza de la doctrina permanecía inalterada, pues reposaba sobre los miembros de la Orden y así ganaba fuerza y expresión.

Sin embargo, no todos los Colegios de esta orden siguieron la línea recomendada por Saint-Martin y el resultado fue deplorable. Ya hemos dicho que según Saint-Martin el hombre era la clave de todos los misterios del universo, la imagen del mundo visible completo y estaba ligado a éste último. El hombre puede alcanzar toda la verdad mediante el conocimiento de su propia naturaleza por medio de todas las aptitudes que existen en él: las físicas, las intelectuales y las espirituales. Debe comprender en profundidad el lazo existente entre su conciencia y su libre albedrío. Saint-Martin trata de esto en su “Nueva Revelación”.

Ciertos rasgos subrayan las similitudes existentes entre el Hombre y su Creador. Los poderes creadores y el libre albedrío sin límites. Estos rasgos, aunque no sean más que reflejos desdibujados de dios, pueden obrar en perfecta concordancia con las leyes que llevan a Él y al hombre hacia la fuente de las bendiciones. Las mismas características, si son mas utilizadas rompen la unión natural con Dios y someten al hombre a poderes de nivel inferior. El hombre tiene el poder y la capacidad de reparar el mal hecho, si todas sus aptitudes tienen hacia ese único objetivo.

Saint-Martin habla de la unidad como de una causa primera, como de una esencia íntima siempre viva, de donde emana. Así pues, cada ser, independientemente de los alejado del centro, o del grado de evolución en que se encuentre, está ligado a la causa primigenia y forma parte de la unidad, de forma similar al rayo de Sol que, sin que importe el alejamiento debido a su viaje a través de los espacios infinitos, está siempre vinculado al sol por las ondas vibratorias. La luz central de donde emanan todos los soles, aunque forma parte de todo un sistema de soles y de rayos, mantiene su independencia y es diferente de la luz artificial. Dios es todo, pero todo no es Dios. La doctrina de Saint-Martin se aplica a toda la humanidad. Deseaba la unión de Esta en nombre del amor y consideraba la fraternidad como base de la vida social. Es erróneo tomar la igualdad de la gente de base. Saint-Martin consideraba que la igualdad era una constante matemática, una expresión del orden y de la armonía. La fraternidad es el factor que regula las relaciones entre los hombres enlazando justicia y caridad, fuerza y debilidad.

El mal, la explotación y la tiranía no pueden persistir a la luz del amor fraternal. De una fraternidad así concebida deriva un sentido justo y adecuado de la igualdad, que reposa sobre una relación entre los derechos y los deberes. Saïr, en su ensayo sobre Saint-Martin, lo explica así: “la relación entre la circunferencia y su radio, expresado en matemáticas por la letra “pi”, es siempre constante. Aunque el perímetro de un círculo sea de un milímetro de longitud o de un millar de leguas, la relación no varía y se puede afirmar, en consecuencia, que todas las circunferencias tienen entre sí esa igualdad de relación” [1]. Lo mismo vale para el hombre: la circunferencia en su derecho; la ley es el límite que el hombre no puede transgredir, y el radio, o más bien la superficie descrita o cubierta por su radio en su revolución alrededor del centro, es el campo de su deber. A medida que las circunferencias aumentan, los círculos aumentan también. Así, a medida que los derechos del hombre aumentan, sus deberes aumentan proporcionalmente.

En el Universo, donde la ley es la unidad en la Pluralidad, cada cosa reposa en el orden y en la armonía. Para que el orden y la armonía existan, es necesario que cada cosa esté en su lugar, en perfecta armonía con todos los seres y las cosas. El hombre en su calidad de individuo, es uno de los más felices cuando mantiene un perfecto equilibrio entre derechos y deberes, Es en este equilibrio en el que se basa la igualdad: cuantos mas derechos, mas deberes; cuanto menos derechos menos deberes. Como base de igualdad debe existir la fraternidad, sin la cual sólo existirían el odio o los celos entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre. Es la fraternidad la única que puede unir a la familia humana en los lazos de la comunidad. En una familia que se ame y esté idealmente unida, cada uno de sus miembros encontrará su lugar según su fuerza y sus aptitudes cada uno aceptará voluntariamente soportar el número de deberes que le corresponda y cada uno de ellos deseará disfrutar de derechos que son, sin lugar a dudas, los suyos. El edificio social que esta construido sobre una supuesta igualdad, no tendrá cimientos duraderos, porque en él la fraternidad será impuesta sin que sea condición voluntaria. De la misma forma, y con esto, un reparto de tareas efectuado de esta forma, no siempre conciliará justicia con caridad. Es cosa muy diferente cuando el altruismo y la solidaridad se encuentran en el fundamento de la fraternidad.

La libertad es para cada ser el efecto que se desprende de observancia estricta de los límites asignados por la ley. Un hombre que viola la ley pierde proporcionalmente su libertad. Para ser libre, el hombre debe conservar cuidadosamente el equilibrio entre su derechos y sus deberes y, si quiere ampliar el campo de sus derechos, deberá reconocer los deberes adicionales que esto, necesariamente, acarreará.

En resumen, diremos que la felicidad de la humanidad consiste en la unión de todos los miembros de su gran familia. Esta unión de todos los miembros de su gran familia. Esta unión sólo puede complementarse a través de la fraternidad, que crea equilibrio estable entre los derechos y deberes, garantizando al mismo tiempo la libertad, la seguridad y la preservación del conjunto.

LA VERDADERA CRISTIANDAD

De acuerdo con todo lo dicho, observamos que Saint-Martin era un profundo pensador cristiano que quería abrir un camino a las ideas cristianas y utilizarlas para la elaboración de la estructura social. Según él, el amor de Cristo debe tener el derecho de regular la vida del hombre. La orden Martinista también es una orden de caballería cristiana y, cada uno de sus miembros, tiene el deber de obrar en pro de su propio desarrollo interior, pasando por fases de renacimiento más profundas que nunca, hasta el punto culminante del nacimiento de Dios en él, en su seno.

Su deber, como miembro de la Orden, es el de servir a toda la humanidad sin escatimar esfuerzos, sin tomaren consideración la intensidad de estos, ni el sacrificio que esto impone. Así, el Martinismo era el anuncio del advenimiento de la Era del Cristo Cósmico que se revelaría universalmente en las almas de los hombres en este gran proceso de transformación.

En su trabajo sublime, el Martinismo se une a la antigua y Mística Orden Rosacruz (AMORC), cuyo influjo iluminador sobre la humanidad perdura desde hace siglos y constituye la fuente eterna de luz que fluye para el renacimiento de la humanidad. La Orden Martinista Tradicional y AMORC estaban afiliadas a la organización internacional conocida bajo el nombre de F.U.D.O.S.I. (Federación Universal de Ordenes y Sociedades Iniciáticas).

Para todos los martinistas que veneran la memoria de su maestro, el Filósofo Desconocido, en su testamente deja una última frase que reza: “La única iniciación que yo recomiendo y busco con el mayor ardor de mi alma, es aquella mediante la cual podemos penetrar en el corazón de dios, e inducir este corazón divino a penetrar en el nuestro. Así se hará perfecto el matrimonio indisoluble que hará de nosotros el hermano, el esposo de nuestro Divino Salvador”.

El único camino para alcanzar esta Iniciación sagrada es descender a lo más profundo de nuestro ser, sin escasear esfuerzos mientras no hayamos alcanzado el objetivo, la profundidad donde veremos la vivificante raíz; y desde ahí, de forma natural, daremos el fruto que corresponderá a nuestra naturaleza, como sucede con los frutos de los árboles de esta Tierra, sostenidos por diversas raíces a través de las que los jugos vitales no dejan de elevarse.

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