El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

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El Filósofo Desconocido: Louis-Claude de Saint-Martin

Posted by cosmoxenus en 8 octubre 2008

Por Stanislas y Zofia Coszczynski.

(Oficiales de la Gran Logia de Polonia de AMORC en 1947)

En la gran familia de las naciones, pese a las diferencias de raza, nacionalidad y lengua, existe una cierta tendencia por parte de algunos hombres evolucionados espiritualmente a atraerse entre sí. Son hombres con un alma de naturaleza similar, que buscan la plenitud de su humanidad y que, al no poder alcanzarla únicamente en el plano físico, continúan esta búsqueda en las regiones superiores, donde su ardiente deseo los conduce al propio santuario del Dios Vivo. Estos pioneros se reconocen entre sí mediante signos no sólo visibles sino también invisibles y dan muestras de un grado de desarrollo y de renacimiento en espíritu real y definitivamente alcanzado. En ciertos casos de especial proximidad espiritual, el lazo que existe entre ellos se hace tan estrecho, que incluso lo que llamamos muerte deja de ser un obstáculo. Una familia espiritual unida no existe en un momento determinado en carne y hueso, pero cada uno de sus miembros descubre tarde o temprano los rasgos de esta familia y los bienes que de ella se derivan, gracias a los tesoros espirituales que han sido acumulados por aquellos que han sido sus predecesores. Cada uno, en el camino del desarrollo del ser, tiende hacia el conocimiento de su propio Yo. Cada uno se esfuerza por despertar lo trascendente, la imagen eterna enraizada en sí mismo, con el fin de hacer perceptible y comprensible el texto del Divino Pensamiento en él depositado, y con el propósito de alcanzar la manifestación más pura y plena de éste.

Podríamos citar al respecto las palabras del Evangelio: “Busca y encontrarás”, “Pregunta y te será respondido”. Cualquiera que desee ardientemente y que busque con perseverancia y ardor hasta alcanzar el Ideal divino con toda la fuerza de su alma, seguramente encontrará ayuda y apoyo.

En verdad, aquél que tenga valor conquistará el Reino de los Cielos superando la oposición de los malos instintos de la naturaleza, rechazando todo compromiso y tendiendo más que nunca a elevarse al Reino de la Luz y de la Libertad. Louis-Claude de Saint-Martin era un caballero entregado a la búsqueda de la luz. Ha sido reconocido como uno de los más grandes místicos de Francia, pero la obra de su vida no figura solamente en las obras que ha escrito. Toda su existencia estuvo impregnada de la idea de una gran renacimiento de la humanidad, y ha despertado un profundo eco, no sólo en Francia, sino también en Europa occidental y Oriental, Encontramos señales de su influencia en las obras creadoras de nuestros poetas proféticos y de forma muy señalada en el poeta polaco Adam Mickiewicz.

Para poder comprender a Saint-Martin, debemos profundizarnos en su obra, debemos revisar su vasta correspondencia, estudiar su biografía (publicada por Papus, por Matter, por Franck y otros más) presentada por numerosos autores y críticos con frecuencia de forma parcial y errónea.

Un delicado observador no tendría dificultad en descubrir al Saint-Martin verdadero, en descubrir una imagen que no estuviera deformada. Su Yo real pasó por diversas fases de desarrollo. Discípulo y adepto de la ciencia esotérica de Martinez de Pasqually, humanista, teúrgo y místico; podemos ver los niveles de la escala que él ascendió por los títulos de sus obras sucesivas: “El Hombre de Deseo”, “El Hombre Nuevo”, “El Ministerio del Hombre Espíritu”.

Los rasgos principales del carácter de Saint-Martin radican en una actividad viril, una actividad vigorosa y también en una sensibilidad delicada y femenina, en un refinamiento nato. Su actitud intrépida e inquebrantable cuando se dedicaba a la defensa de los ideales que profesaba, sostenidos virtualmente por su modo de vida, le hacía con frecuencia parecer duro, incluso con sus amigos, si bien era el primero en sufrir. Era necesario que una cierta ternura emergiera del corazón, y se esforzara por aliviar la pena que no podía evitar infligir a otros.

El misticismo de Saint-Martin no era abstracto y separado de la vida. Se esforzaba por penetrar en el seno mismo de la divinidad y con la luz del conocimiento, iluminar todos los aspectos de la vida. Había descubierto el secreto de la felicidad en la Tierra, el equilibrio perfecto entre la ley y el deber, la armonía entre los ideales profesados y la vida cotidiana. Consideraba que la coexistencia de los diferentes pueblos debía estar basada en la fraternidad, una fraternidad que condujera hacia la igualdad espiritual de todos y hacia la libertad, que es la expresión natural de los principios de fraternidad.

La doctrina de Saint-Martin es clara y simple. Su verdad puede ser percibida fácilmente por cualquier hombre de buena voluntad, porque este místico francés adquirió primeramente conocimientos de las leyes divinas y dio forma a su doctrina en concordancia con estas leyes. A través de sus obras deseaba difundir la luz de la conciencia que se le había confiado por revelación. En consecuencia, el horror de un abuso posible por parte de gentes no preparadas o de mala voluntad, de forma persistente, le condujo a utilizar el velo de los símbolos esotéricos cuando se refería a las verdades destinadas a los iniciados. La obra de toda su vida hizo que un nombre fuera inmortal, no solamente en su propio país sino también en el resto del mundo, ya que el rayo de luz que tiene como punto de partida la fuente misma de la luz universal, brilla irresistiblemente para toda la humanidad.

LOS AÑOS JUVENILES

Saint-Martin nación en Amboise el 18 de enero de 1743. Se saben muy pocas cosas de su infancia. Su madre murió cuando era todavía muy joven y esta pérdida debió ejercer una profunda influencia en la manera en que se formó su personalidad. De ahí su extrema sensibilidad, de ahí también el gran desarrollo del sentimiento de va en busca de respuesta, y la dulzura de su refinamiento. Entre él y su padre se produjo una cierta falta de comprensión, e incluso en los primeros años de actividad de Saint-Martin, los choques acabaros por ser inevitables. Se conocen pocas cosas en relación a sus hermanos, pero parece igualmente que tampoco existía armonía en sus relaciones. La tristeza acongojaba el corazón de Saint-Martin en su primera juventud, pero su reacción mostró más fuerza de debilidad.

En la intimidad de su infancia no demasiado feliz, surgió en su alma la ardiente aspiración de una vida superior; la ausencia de amor en el marco del ámbito familiar le incitó a buscar el amor de Dios. Las cartas de Saint-Martin nos dicen hasta qué punto intentó conscientemente cumplir sus deberes para con su padre, incluso al precio de una gran sacrificio, aunque eran un obstáculo a los planes que elaboraba para su propio futuro. Después de que hubo terminado la escuela, su padre quiso que estudiara leyes. Saint-martin obedeció a sus deseos. No obstante, pronto estuvo convencido de la imposibilidad de continuar esa dirección. Las complejidades del Derecho, su relatividad, desentonaban con lo que constituía el entramado de su carácter. Estaba a la búsqueda de otra clase de ley. En esta época de su vida no podía ver claramente cuál era su camino; le faltaba aún el poder de una voluntad consciente. De ahí su segundo error: la carrera militar. Esta tampoco duró demasiado tiempo; pero en esta etapa de su vida había algo que comenzaba a cristalizar en el seno de su ser, una puerta parecía abrirse hacia el jardín encantado en el cual debía comenzar su misión. Allí trabó conocimiento don el Señor De Granville, un oficial como él, y con el Señor De Balzac, ambos discípulos de Martinez de Pasqually. Gradualmente, sus relaciones se hicieron cada vez más estrechas. Saint-martin fue recibido en el círculo íntimo de Martinez de Pasqually, fue iniciado y se conviertió para Martinez en un alumno selecto y en su secretario.

Saint-Martin dejó el ejercito y se dedicó por entero a su obra. La idea de la reintegración de la Humanidad, planteada por Martinez de Pasqually, le atraía poderosamente. De una forma leal y con gran fervor Saint-Martin comenzó a ejecutar todas las órdenes de su maestro, estudiando su teoría, sometiéndose a prácticas recomendadas y a prácticas teúrgicas.

LAS INFLUENCIAS IMPORTANTES

La vida de Saint-Martin dio un vuelco cuando encontró al “Agente Desconocido”. Se trataba de un ser que pertenecía a los planos superiores, que imprimió su sello en la Logia de Lyon e inspiró especialmente a Saint-Martin. En aquel momento , la individualidad de Saint-Martin comenzaba a cristalizar, haciendo que se integrara cada vez más en el trabajo colectivo en el seno de las logias y en los contactos personales nuevos como, por ejemplo, los que tuvo con la Sociedad Mesmérica y con los numerosos ocultistas de su época, ingleses, italianos, polacos y rusos.

La amistad de las mujeres desempeñó un papel importante en la vida de Saint-Martin, pues su talante estaba lleno de vitalidad y entusiasmo. Entre otras, la Duquesa de Borbón, Madame de Bry, Madame de Saint-Dicher, Madame de Polomieu, Madame de Brissac y otras. Madame de Boecklin desempeñó un importante papel en la vida de Saint-Martin (gracias a su alta espiritualidad y a su gran inteligencia). Ella le instó a que leyera las obras de Jacob Boehme. Los años precedentes de su vida no fueron sino una preparación, ya que en aquel momento su alma se expandía como una flor. La luz del conocimiento espiritual fluía de las obras de Boehme hacia el Yo interior, ya preparado, de Saint-Martin, confiriendo una seducción inesperada a su misión. Percibía una nueva plenitud. Una libertad frente a la influencia limitante del mundo exterior, desde entonces convertido en campo propicio para una acción fructífera. La gran Revolución Francesa le respetó. En su calidad de iniciado de un alto grado podía percibir el significado de los terribles acontecimientos, pero aunque se compadecía de la masa de sufrimientos que abrumaban a Francia, jamás trató de evitar das decisiones del destino como lo hicieron otros iniciados según Cazotte, místico, hombre digno y de alta moralidad, con el cual estaba en estrecha relación. Cuando la muerte proyectó su sombra sobre París podando víctimas y más víctimas de alta cuna, Saint-Martin se sintió seguro en la ciudad, sin temer por la suya propia de que había puesto en las manos de Dios. Cuando fue obligado a abandonar París para ir a Amboise, permaneció allí casi hasta su propio fin, muriendo en 13 de octubre de 1803.

Los discípulos de Saint-Martin declararon que los últimos momentos de su vida fueron estáticos. La luz le rodeaba y le transfiguraba. Ya había alcanzado otro plano y probaba que la muerte de un místico y de un iniciado está desprovista del temor a lo desconocido. A un alma liberada, la muerte le permite desembarazarse de las limitaciones de la materia. Es un retorno del exilio, una reunión con el Padre Celestial.

LA MISIÓN

Después de haber leído atentamente los documentos disponibles, nos proponemos ahora presentar con más exactitud las fases del desarrollo de Saint-Martin. Su alma buscaba manifestarse en la vida exterior, de una forma que correspondiera a sus aspiraciones y deseos, que aún seguían siendo vagos. Su encuentro con Grainville y con Balzac aportó un cambio a su vida. Parecía recibir una directriz clara en cuanto a la orientación futura de su vida. Desde su más tierna juventud, estaba preparado para someterse a cualquier imperativo interior. Jamás su naturaleza exterior se le opuso. Ésta parece haber sido como una visión previa de su propia misión, la que exigía la renuncia, el holocausto su naturaleza inferior, contrariarse a sí mismo para ponerlo al servicio de la verdad, de la modestia y de la humildad.

Martines de Pasqually fue el primer instructor de Saint-Martin. La idea fundamental de su doctrina de la reintegración del hombre, es decir, del retorno al estado primitivo que era el suyo antes de que se sumergiera en el mundo material de los fenómenos, encantó a Saint-Martin. Subyugado por la grandeza y la belleza de la verdad, se entregó voluntariamente a todos los estudios necesarios y a todas las prácticas requeridas. En la escuela Martines, en Lyon, el camino que lleva al Iluminismo conducía a la práctica de la “magia ceremonial”. El objetivo final erala unión con Dios. Martines de Pasqually fundó una asamblea en Lyon bajo el nombre de “Elus Cohen”. Era ésta una época en la que las cuestiones esotéricas, entre ellas la magia, producían gran interés. Bajo la dirección de Willermoz, a quien Saint-Martin conoció, la Logia de Lyon se expandía. La doctrina magica y teúrgica de Martinez de Pasqually parecía más apropiada a Willermoz. Estender el Iluminismo en Francia era su misión. Él apreciaba el trabajo en grupo. Los objetivos comunes hicieron que esto dos eminentes alumnos de Martines se atrajeran entre sí; pero muy pronto aparecieron diferencias de carácter y de organización psíquica y se separaron por cuestiones de método para alcanzar el objetivo final. Willermoz escogía la vía mental, que exigía un desarrollo intelectual y encontraba su expresión en la magia ceremonial, mientras que Saint-Martin escogía la vía del corazón y encontraba su expresión más clara en la teúrgica pura. Consideraba que la magia era algo indeseable, ya que aumentaba el poder de la voluntad individual, lo cual, con frecuencia, conducía al orgullo y provocaba, si no la caída, al menos pasos en falso en la vía del renacimiento. Por el contrario, la teurgia, tal como la conocía Saint-Martin, desarrollaba una humildad cada vez más profunda, motivada por el fortalecimiento del lazo con Dios a través de la plegaria y de la súplica. Humildad y simplicidad, estas dos características dominantes del carácter de Saint-Martin, le hacían detestar la pompa y el esplendor que afectaba a las logias, ya que buscaba una expresión simple y directa en las experiencias del alma. Por encima de todo quería demostrar la esencia preciosa dejada por la comunión con las Potencias Superiores. Un punto importante del desarrollo de Saint-Martin, en el que nos debemos detener, como fue mencionado anteriormente, fue su contacto con lo que se ha llamado “el Agente Desconocido”, cuyas enseñanzas, transmitidas por “comunicación”, causaron en él una profunda impresión. Fue en esta época cuando escribió su primer libro: “De los Errores y de la Verdad”. Intentando siempre en todo lo que emprendía estar lo más cerca posible de la verdad, firmó el libro con el nombre de “Filósofo Desconocido”. Esta inspirada obra, debido a su contenido inhabitual, causa muchas discusiones, especialmente en los círculos de los iluminados. La tesis del libro es que mediante el conocimiento de la propia naturaleza, el hombre puede alcanzar el conocimiento de su Creador y de toda la Creación, y de este modo de las leyes fundamentales del universo, cuyo reflejo encontramos en las leyes hechas por los hombres. Bajo esta luz queda demostrada la importancia del libre albedrío, esa aptitud fundamental del hombre; aptitud que, cuando se utiliza mal, lleva a su caída y cuando se utiliza para el bien, le lleva a la superación y a la resurrección del espíritu. “El Agente Desconocido” estuvo activo en la Logia de Lyon y se hicieron muchas copias de sus enseñanzas. Saint-Martin asumió con avidez estas enseñanzas y a medida que el tiempo pasaba, recibió una revelación que deseó compartir con los miembros de la logia de Lyon. Sorprendido y exaltado por la luz de su propio conocimiento, esperaba la misma reacción de parte de sus hermanos. Grande y dolorosa fue su decepción cuando tuvo que enfrentarse a una reacción fría y llena de sospechas por parte de la asamblea. Esta experiencia fue terrible pues se dio cuenta de la enorme responsabilidad que existe al revelar las altas verdades a aquellos que no están preparados. Este fue un golpe que, a través de él, alcanzó al Gran Mediador y fue de los más penosos. Después de todo esto, Saint-Martin se mostró muy reservado. Tuvo miedo de divulgar un conocimiento más elevado. Aquí encontramos la explicación e una cierta oscuridad que vela la luz contenida en su obra. Aparentemente adoptó la máxima pitagórica: “el hombre no tiene más que una boca y dos orejas”.

La vida externa del Filósofo Desconocido fue una trama viviente, sobre la que el hilo de su vida interior bordaba el marco para que esta vida fuese perfecta, sabía cómo utilizar el menor acontecimiento, feliz o desgraciado, encontrando siempre una enseñanza escondida. Saint-Martin descubrió el gran valor del silencia, condición absolutamente necesaria para garantizar la inspiración. ¿No era el silencio una capa que protegía al mundo invisible de la profanación? Sin embargo, la escuela del silencio era difícil para un místico de su temperamento, cuya alma deseaba por encima de todo proyectar la luz en las tinieblas de la ignorancia. Un simple dogma sólo podía ser un obstáculo al torrente creador de su vida interior, el silencio no podía encerrar su actividad detrás de unos barrotes, pero le sirvió para tomar la medida del oro espiritual antes de entregársela a su discípulo.

A continuación salió el libro de Saint-Martin: “Tabla Natural de las Relaciones Existentes entre Dios, el Hombre y lo Natural”. El hombre se ha visto privado de sus aptitudes y medios superiores, debido a que está inmerso en la materia de forma tan profunda que ha perdido conciencia de su naturaleza primera, que existía con anterioridad a esta caída, naturaleza que constituía un reflejo de la imagen de Dios. Así el hombre se vio sujeto a las leyes que reinan en el mundo. Por esta caída, el hombre se separó del marco de sus propios derechos y dejó de establecer un lazo entre Dios y la naturaleza. El hombre posee aptitudes psíquicas que pueden frenar los sentidos y las fuerzas de la naturaleza si se hace independiente, si se libera de la sujeción de los sentidos para no hablar de la posibilidad que existe de hacerles servir para ampliar el campo del conocimiento. El hombre, y esto es una regla que le concierne, posee la facultad de percibir la ley, la unidad, el orden, la sabiduría, la justicia y la fuerza en un grado superior. Esforzándose y por voluntad propia, puede volver a la fuente del conocimiento que aún existe en él; puede restaurar la unidad que fue el comienzo de todo. El renacimiento del hombre ha sido posible gracias al sacrificio del Salvador y ahora todo hombre puede tomar parte en la obra de la restauración del orden antiguo y volver a las leyes antiguas que están al servicio de la toda criatura.

Saint-Martin fue un resuelto adversario de la filosofía atea y materialista que invadía por entonces toda Europa. En este período se puede constatar la amplitud de la riqueza individual del Filósofo Desconocido. Reunía el conocimiento adquirido en el mundo invisible con el de la inteligencia y unidas ambas cosas, condujeron a la plenitud de las enseñanzas que tratan de todos los problemas referentes a las condiciones del desarrollo de los individuos, de las sociedades y de las naciones. Era la época de su infatigable actividad, de sus numerosos contactos en su propio país y en el extranjero. Encontró tiempo para escribir una vasta correspondencia compartiendo con otros el fruto de sus conocimientos. La influencia de Saint-Martin y la difusión de sus enseñanzas en Francia, en Inglaterra y en Rusia datan del año 1785. Es esto lo que muestran sus cartas en la obra de Longinov: “Novikoff y los Martinistas Rusos”.

Cuando estuvo en Londres conoció al místico William Law y también a Monsieur Belz, el famoso clarividente. Este encuentro resultó ser muy importante. Se hizo amigo de Zinovieff y del príncipe Galitzine, que fue quien introdujo el martinismo en Rusia. Si el martinismo fue criticado y perseguido, no fue más que el resultado de la ignorancia en cuanto a la esencia y los objetivos de esta doctrina, pero fue también el resultado de los errores humanos de martinistas ocasionales, naturalezas débiles, inmaduras e inconstantes frente a los altos conceptos morales exigidos por las enseñanzas de Saint-Martin.

La difusión de las enseñanzas de Saint-Martin estuvo acompañada de un éxito social personal, pero la cálida simpatía, las amistades sinceras surgidas al contacto de su atrayente personalidad, no fueron obstáculo para su vida interior. Haciendo una aplicación personal de sus enseñanzas, su ser estaba tan purificado que su paz interior no podía haber sido puesta en peligro. Su alma, sedienta de una mayor luz, la recibía en una proporción superior y la asimilaba en beneficio de la posteridad. Alcanzó su apogeo cuando trabó conocimiento con las obras de Jacob Boehme. En ellas encontró la solución categórica a todos los problemas, el nivel del escalón más alto que conduce a la unión con Dios Padre. Jacob Boehme no era un instructor en el sentido que lo fue Martines de Pasqually, pero sí lo fue para el joven Saint-Martin; su importancia fue mayor, ya que Saint-Martin estaba mejor preparado para recibir una nueva revelación por medio de Jacob Boehme. Una nueva luz invadía su alma, era asimilada y aceleraba el proceso interior de transformación. Encontramos eco de sus experiencias en las cartas dirigidas a su cercano amigo el barón Liebistorf (Kirchberger). Jacob Boehme era un místico por la gracia de Dios. La revelación, el descenso de la luz, el maravillarse del alma… numerosas expresiones pueden describir el choque que sufre un alma que de pronto despierta.

Vemos las diferentes modalidades de iluminación cuando el “vaso elegido” está preparado para recibirla. En la obra de Saint-Martin “El hombre de Deseo” vemos la nueva semilla producida por la asimilación de la doctrina de Boehme. Esta obra recuerda uno de los salmos que expresa el ardor del alma por Dios y deplora la caída del hombre, sus errores y sus pecados, su ceguera y su ingratitud.

Subrayando el origen divino del hombre, Saint-Martin vio la posibilidad de un retorno de éste a su estado primero, cuando estaba en concordancia con la ley de Dios. Solo abandonando la vía del pecado y siguiendo las enseñanzas del Redentor Jesucristo, el Hijo de Dios, que descendió de las alturas de Su trono celestial por amor a toda la Humanidad, el hombre es digno de adorar y por amor e imitándole puede alcanzar la salvación.

¿Quién saldrá vencedor de este combate? Aquél que no se preocupe de ser reconocido por los hombres ni de que estos se acuerden de él, pero que dedique todos sus esfuerzos para no ser borrado de la memoria de Dios. Si no hubiese sido por la venida de un hombre que pudo decir: “yo no soy de este mundo”, ¿cuál habría sido el destino futuro del hombre? La Humanidad habría permanecido en las tinieblas, y se encontraría separada como nunca del reino del Padre. Pero si numerosas personas se separan del amor, ¿puede éste renunciar a ellos?

En su obra posterior, “Ecce Homo”, Saint-Martin previene del peligro que existe en buscar la excitación de las emociones, de las experiencias mágicas de bajo nivel, los fenómenos variados, que no son más que expresión de estados psico-físicos anormales del hombre. Este camino conduce a la humanidad hacia tinieblas desconocidas y dudosas, lleva a una caída aún más grande, mientras que la salvación no se puede alcanzar más que por un renacimiento consciente.

En su libro “El Hombre Nuevo”, publicado el mismo año, el autor trata del pensamiento como un órgano de renacimiento que permite penetrat en lo más profundo del ser humano y descubrir la verdad eterna de su ser. El alma del hombre es un pensamiento de Dios; el deber del hombre es quitar el velo que cubre el texto sagrado y a continuación hacer todo lo posible para ampliarlo y manifestarlo durante toda su vida. En su obra “Del Espíritu de las Cosas”, Saint-Martin declara que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, puede penetrar en el seno del Ser, que se encuentra escondido en toda la creación y que debido a su clara visión interior, es capaz de ver y de reconocer las verdades de Dios subyacentes en la naturaleza. La luz interior es un reflector que ilumina todas las formas . De la intensidad de la luz depende el grado de iluminación y del discernimiento que necesita el hombre renacido en espíritu y que lee el Libro abierto de la Vida.

El libro de Saint-Martin ”El Ministerio del Hombre-Espíritu” completa todas las indicaciones anteriores, presentando un objetivo no diferente, el del ascensión de una alta montaña. El hombre la escala empujado por una necesidad interior y con el gusto previo de la victoria, que aporta la libertad después de tribulaciones y sufrimientos. Una libertad que, en este caso es sinónimo de las más grandes bendiciones que se pueden lograr en la Tierra. Existe un rayo radical y único para descubrir y expandir la moralidad y la bondad, y este rayo es el pleno desarrollo de nuestra esencia interior inmanente. Ya ha sido ofrecido el más alto sacrificio para salvar a la humanidad; toca ahora al hombre ofrecer en sacrificio voluntario su propia naturaleza inferior, crucificarla, y así, librarla de las trabas limitantes de la naturaleza vulgar. Es el retorno del hijo pródigo hacia el padre lleno siempre de caridad y de perdón. Es esto lo que se ha de alcanzar para conseguir la unidad perfecta con Él: “Mi Padre y Yo somos uno”.

Cada alma posee su propio espejo que refleja una Verdad Única; cada alma posee un prisma y un arco iris que le confiere sus colores, por ello las obras de Saint-Martin no son parecidas a las de Boehme. Las misiones de estos dos hombres, en la vida, eran también diferentes aunque bebían de la misma fuente, de la misma necesidad de servir a la humanidad, abriéndole un nuevo camino para su progreso. Saint-Martin apreciaba mucho las obras de Boehme, aunque muchas veces las encontraba más bien caóticas y confusas. Quería ofrecérselas a sus compatriotas y para ello tradujo los libros más importantes de Boehme: “la Aurora Naciente”, “Los Tres Principios de la Esencia Divina” y “Cuarenta Preguntas Sobre el Alma”.

Después de la muerte del Filósofo Desconocido, fueron publicados algunos breves escritos de los que era autor, Entro otros citaremos “Pensamientos Escogidos”, numerosos fragmentos éticos y filosóficos, poesía que igualmente incluía “El Cementerio de Amboise” y “Estancias Sobre el Origen y el Destino del Hombre”, además de meditaciones y plegarias.

Saint-Martin se interesaba por la ciencia de los números. Aunque su obra “Los Números” quedó inconclusa, contiene sin embargo, muchas indicaciones importantes que no se podrían encontrar en otra parte. Analizó los números desde un punto de vista metafísico y místico. En los números encontró una confirmación de la caída y renacimiento del hombre. El número no se toma en el sentido de signo muerto, sino como expresión del Verbo Creador. Cada número indica cierta idea y actúa en varios planos. Todo ello es la expresión de la unidad y fluye del seno de la Divinidad. El amor y el sacrificio estuvieron en la base del propio acto de Creación. El pecado original y la caída del hombre, su desajuste y su inmersión en la materia, deben ser rescatados mediante el sacrificio y el amor del Creador; sólo esto puede conseguir el retorno a la Unidad.

LA REVOLUCIÓN FRANCESA

Las cartas y la actividad de Saint-Martin explican su relación con la Revolución francesa, que para muchos críticos ha permanecido obscura, ya que no podía ser comprendida más que por aquellos que habían recibido la iluminación y por los místicos. Detrás de todos los fenómenos que ocurren en el plano físico, se encuentra se encuentra la proyección del plano astral. Mientras que ésta no se manifieste en el mundo visible, existen posibilidades de cambio, posibilidades de desviar el curso de las cosas mediante el sacrificio y la llamada a la misericordia divina. Conocemos la historia simbólica de los diez hombres “justos” que hubieran podido salvar a Sodoma de la destrucción. Se dice que las proyecciones astrales no están todas reveladas, poruq e pueden ser cambiadas por los factores superiores del mundo invisible y también, por la acción del hombre sobre la Tierra. Pero una vez que se revela la proyección fatal, no hay fuerza humana que pueda detener el curso de los acontecimientos. Saint-Martin no solo creía sino que sabía, que si la Providencia permite una vez la percepción de una proyección, aportando al pueblo un mal indecible, la Redención, si no era voluntaria, debía ser impuesta. Veía la Revolución como una imagen y como un inicio del Juicio Final que deberá llevarse a cabo en esta Tierra de forma gradual. Afirmaba que la estructura social no puede ser duradera, no puede satisfacer a la mayoría y tener un carácter elevado, si no está basada en un conocimiento de la organización psico-física del hombre, si esa estructura social no corresponde a la leyes divinas reflejadas en él. Un legislador debería tener un conocimiento profundo de la naturaleza interior del hombre, su conducta debería ser moral, debería encontrar un orden social que expresara conocimiento, justicia y poder. Todas las tentativas de continuar sobre la base de valores transitorios o erróneos no conducen más que al desastre, cualquiera que sea la duración de estas tentativas.

En su obra “El Cocodrilo”, Saint-Martin describió la forma en que el mal se insinúa en las cosas santas y con qué perfidia destila su veneno para destruir a aquellos que son ciegos e insensibles. Pero el mal dispone de un tiempo limitado, se le reconoce fácilmente mediante signos discernibles y no puede equivocar a los que tienen la mirada de la conciencia, a los que observan y son caballeros de propósitos nobles. Cuanto más grande sea el ejército reunido bajo las banderas del bien, más rápida se producirá la victoria contra las filas cerradas y desleales del mal que siempre se van debilitando. La relación de Saint-Martin con la Revolución Francesa dependía de su clase de conocimiento y ¿qué otro hombre poseía espiritualmente tal visión interior de las cosas?

Él comprendía lo que estaba en curso y obraba con diligencia en el campo del misticismo. También hacía lo posible para resolver el problema de una organización social que fuera justa y más feliz. En la obra de Saint-Martin es evidente la influencia de la Revolución Francesa. No podía ser de otra forma.

LA ORDEN MARTINISTA TRADICIONAL

La doctrina de Saint-Martin se expandió ampliamente por el mundo bajo la forma de una Orden Iniciática, llevando el nombre de Orden Martinista. Saint-Martin estaba en pro de la iniciación individual. Cada miembro era cuidadosamente escogido y se le daba la oportunidad de establecer un contacto estrecho y familiar.

Entonces el Iniciador le daba las indicaciones y las enseñanzas que más le convenían y que no estuvieran por encima de sus posibilidades de comprensión. El camino era más largo que el consistente en trabajar con todo un grupo, pero era más seguro, ya que la pureza de la doctrina permanecía inalterada, pues reposaba sobre los miembros de la Orden y así ganaba fuerza y expresión.

Sin embargo, no todos los Colegios de esta orden siguieron la línea recomendada por Saint-Martin y el resultado fue deplorable. Ya hemos dicho que según Saint-Martin el hombre era la clave de todos los misterios del universo, la imagen del mundo visible completo y estaba ligado a éste último. El hombre puede alcanzar toda la verdad mediante el conocimiento de su propia naturaleza por medio de todas las aptitudes que existen en él: las físicas, las intelectuales y las espirituales. Debe comprender en profundidad el lazo existente entre su conciencia y su libre albedrío. Saint-Martin trata de esto en su “Nueva Revelación”.

Ciertos rasgos subrayan las similitudes existentes entre el Hombre y su Creador. Los poderes creadores y el libre albedrío sin límites. Estos rasgos, aunque no sean más que reflejos desdibujados de dios, pueden obrar en perfecta concordancia con las leyes que llevan a Él y al hombre hacia la fuente de las bendiciones. Las mismas características, si son mas utilizadas rompen la unión natural con Dios y someten al hombre a poderes de nivel inferior. El hombre tiene el poder y la capacidad de reparar el mal hecho, si todas sus aptitudes tienen hacia ese único objetivo.

Saint-Martin habla de la unidad como de una causa primera, como de una esencia íntima siempre viva, de donde emana. Así pues, cada ser, independientemente de los alejado del centro, o del grado de evolución en que se encuentre, está ligado a la causa primigenia y forma parte de la unidad, de forma similar al rayo de Sol que, sin que importe el alejamiento debido a su viaje a través de los espacios infinitos, está siempre vinculado al sol por las ondas vibratorias. La luz central de donde emanan todos los soles, aunque forma parte de todo un sistema de soles y de rayos, mantiene su independencia y es diferente de la luz artificial. Dios es todo, pero todo no es Dios. La doctrina de Saint-Martin se aplica a toda la humanidad. Deseaba la unión de Esta en nombre del amor y consideraba la fraternidad como base de la vida social. Es erróneo tomar la igualdad de la gente de base. Saint-Martin consideraba que la igualdad era una constante matemática, una expresión del orden y de la armonía. La fraternidad es el factor que regula las relaciones entre los hombres enlazando justicia y caridad, fuerza y debilidad.

El mal, la explotación y la tiranía no pueden persistir a la luz del amor fraternal. De una fraternidad así concebida deriva un sentido justo y adecuado de la igualdad, que reposa sobre una relación entre los derechos y los deberes. Saïr, en su ensayo sobre Saint-Martin, lo explica así: “la relación entre la circunferencia y su radio, expresado en matemáticas por la letra “pi”, es siempre constante. Aunque el perímetro de un círculo sea de un milímetro de longitud o de un millar de leguas, la relación no varía y se puede afirmar, en consecuencia, que todas las circunferencias tienen entre sí esa igualdad de relación” [1]. Lo mismo vale para el hombre: la circunferencia en su derecho; la ley es el límite que el hombre no puede transgredir, y el radio, o más bien la superficie descrita o cubierta por su radio en su revolución alrededor del centro, es el campo de su deber. A medida que las circunferencias aumentan, los círculos aumentan también. Así, a medida que los derechos del hombre aumentan, sus deberes aumentan proporcionalmente.

En el Universo, donde la ley es la unidad en la Pluralidad, cada cosa reposa en el orden y en la armonía. Para que el orden y la armonía existan, es necesario que cada cosa esté en su lugar, en perfecta armonía con todos los seres y las cosas. El hombre en su calidad de individuo, es uno de los más felices cuando mantiene un perfecto equilibrio entre derechos y deberes, Es en este equilibrio en el que se basa la igualdad: cuantos mas derechos, mas deberes; cuanto menos derechos menos deberes. Como base de igualdad debe existir la fraternidad, sin la cual sólo existirían el odio o los celos entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre. Es la fraternidad la única que puede unir a la familia humana en los lazos de la comunidad. En una familia que se ame y esté idealmente unida, cada uno de sus miembros encontrará su lugar según su fuerza y sus aptitudes cada uno aceptará voluntariamente soportar el número de deberes que le corresponda y cada uno de ellos deseará disfrutar de derechos que son, sin lugar a dudas, los suyos. El edificio social que esta construido sobre una supuesta igualdad, no tendrá cimientos duraderos, porque en él la fraternidad será impuesta sin que sea condición voluntaria. De la misma forma, y con esto, un reparto de tareas efectuado de esta forma, no siempre conciliará justicia con caridad. Es cosa muy diferente cuando el altruismo y la solidaridad se encuentran en el fundamento de la fraternidad.

La libertad es para cada ser el efecto que se desprende de observancia estricta de los límites asignados por la ley. Un hombre que viola la ley pierde proporcionalmente su libertad. Para ser libre, el hombre debe conservar cuidadosamente el equilibrio entre su derechos y sus deberes y, si quiere ampliar el campo de sus derechos, deberá reconocer los deberes adicionales que esto, necesariamente, acarreará.

En resumen, diremos que la felicidad de la humanidad consiste en la unión de todos los miembros de su gran familia. Esta unión de todos los miembros de su gran familia. Esta unión sólo puede complementarse a través de la fraternidad, que crea equilibrio estable entre los derechos y deberes, garantizando al mismo tiempo la libertad, la seguridad y la preservación del conjunto.

LA VERDADERA CRISTIANDAD

De acuerdo con todo lo dicho, observamos que Saint-Martin era un profundo pensador cristiano que quería abrir un camino a las ideas cristianas y utilizarlas para la elaboración de la estructura social. Según él, el amor de Cristo debe tener el derecho de regular la vida del hombre. La orden Martinista también es una orden de caballería cristiana y, cada uno de sus miembros, tiene el deber de obrar en pro de su propio desarrollo interior, pasando por fases de renacimiento más profundas que nunca, hasta el punto culminante del nacimiento de Dios en él, en su seno.

Su deber, como miembro de la Orden, es el de servir a toda la humanidad sin escatimar esfuerzos, sin tomaren consideración la intensidad de estos, ni el sacrificio que esto impone. Así, el Martinismo era el anuncio del advenimiento de la Era del Cristo Cósmico que se revelaría universalmente en las almas de los hombres en este gran proceso de transformación.

En su trabajo sublime, el Martinismo se une a la antigua y Mística Orden Rosacruz (AMORC), cuyo influjo iluminador sobre la humanidad perdura desde hace siglos y constituye la fuente eterna de luz que fluye para el renacimiento de la humanidad. La Orden Martinista Tradicional y AMORC estaban afiliadas a la organización internacional conocida bajo el nombre de F.U.D.O.S.I. (Federación Universal de Ordenes y Sociedades Iniciáticas).

Para todos los martinistas que veneran la memoria de su maestro, el Filósofo Desconocido, en su testamente deja una última frase que reza: “La única iniciación que yo recomiendo y busco con el mayor ardor de mi alma, es aquella mediante la cual podemos penetrar en el corazón de dios, e inducir este corazón divino a penetrar en el nuestro. Así se hará perfecto el matrimonio indisoluble que hará de nosotros el hermano, el esposo de nuestro Divino Salvador”.

El único camino para alcanzar esta Iniciación sagrada es descender a lo más profundo de nuestro ser, sin escasear esfuerzos mientras no hayamos alcanzado el objetivo, la profundidad donde veremos la vivificante raíz; y desde ahí, de forma natural, daremos el fruto que corresponderá a nuestra naturaleza, como sucede con los frutos de los árboles de esta Tierra, sostenidos por diversas raíces a través de las que los jugos vitales no dejan de elevarse.

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BREVE SÍNTESIS HISTÓRICA DEL CONVENTO MASÓNICO DE LAUSANA – SUIZA DE 1875

Posted by cosmoxenus en 8 octubre 2008

R:. H:. José Guzmán Estrada

Primer Gran Vigilante de la GLP

La primera tentativa de reunir en una suerte de conclave masónico a los Supremos Consejos de Grado 33 º del Mundo, fue infructífera, y se trato de lograr con un Tratado de Alianza concluido en Paris – Francia el 20 de febrero de 1834, y en aquella Gran Reunión participaron los siguientes Supremos Consejos: Francia, Bélgica, Brasil, y un tal Supremo Consejo Unido del Hemisferio Occidental, creado por un mulato de Santo Domingo, Conde Roume de Saint-Laurent (este Consejo desapareció posteriormente sin pena ni gloria). La segunda tentativa fue el Convento realizado en la ciudad de Lausana – Suiza en el período que abarco del 6 al 22 de setiembre de 1875, teniendo como objetivos principales, la revisión y reforma de las Grandes Constituciones del Escocismo de 1786, con la definición y proclamación de Principios, y con la elaboración de un Tratado de Alianza y Solidaridad. Once Supremos Consejos se fijaron estar presentes en este Convento: Inglaterra (País de Gales), Bélgica, Cuba, Escocia, Francia, Grecia, Hungría, Italia, Perú, Portugal y el anfitrión Suiza. Escocia y Grecia, fueron representados ambos por un mismo I:. P:. H:., pero se retiraron antes del término de los trabajos, hecho que motivo la firma o suscripción de los documentos finales sólo por nueve países. Los Supremos Consejos de Estados Unidos de Norte América (Jurisdicción Sur), Argentina y Colombia dieron sus asentimientos, pero no pudieron enviar representantes. Chile mando decir que daría su asentimiento favorable a las resoluciones del Conclave. Después de numerosas reuniones de trabajo en Comisiones y once Sesiones Plenarias, el Conclave Masónico fue clausurado el 22 de setiembre de 1875. Fueron básicamente discutidos los siguientes temas:

a) Una revisión de las Grandes Constituciones de 1786, retirando toda referencia a Frederico II, tomando como base la versión latina, considerada como la carta fundamental del R:. E:. A:. y A:.

b) Una redacción y conclusión de un Tratado de Unión, de Alianza y de Confederación de los Supremos Consejos.

c) Proclamación de un Manifiesto Solemne.

d) Una Declaración de Principios del Rito, cuyos cinco primeros párrafos de forma deberían ser incluidos en el Tratado de Alianza.

e) Adopción de un Monitor (Tuileur o Reteje) Escocés, especificado para cada grado del 1º al 33º, con las indicaciones sobre la decoración de la Logia , los títulos de los oficiales, los signos de orden y reconocimiento, los toques, las baterías, las aclamaciones, las marchas, las edades simbólicas, las palabras sagradas y de pase, las joyas, las medallas, los collarines, las bandas, los mandiles, etc.

f) Presentar una relación de los Supremos Consejos Regulares reconocidos del Mundo: Estados Unidos de Norte América (Jurisdicciones Norte y Sur), Costa Rica, Inglaterra, Bélgica, Canadá, Chile, Cuba, Escocia, Colombia, Francia, Grecia, Hungría, Irlanda, Italia, México, Perú, Portugal, Argentina, Suiza, Uruguay y Venezuela. Brasil no aparecería en esta lista (conviene indicar que no apareció a pesar de ser uno de los Supremos Consejos más antiguos del Mundo, y no figuró en la relación de los 22 "reconocidos"), por una suerte de represalia, por no haber participado en el Convento, y es hasta la décima sesión que no se quiso reconocer al Brasil, finalmente el Convento reconoce su existencia pero con la atingencia que el Supremo Consejo de Suiza lo reconocería, tan luego se pusieran de acuerdo los dos Supremos Consejos que existían en aquellos tiempos en el Brasil, caso contrario el asunto debería ser remitido al Tribunal creado por el artículo VII del Tratado de Alianza para que pudiese ser juzgado.

Fuentes Consultadas:

Castellani, José. História do Grande Oriente do Brasil – A Maçonaria na História do Brasil, Grande Oriente do Brasil, Brasilia, 1993.

Prober, Kurt. História do Supremo Conselho do Grau 33:. do Brasil, vol. I/1832 a 1927, Livraria Kosmos Editora, Rio

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LA EMPATIA COSMICA

Posted by cosmoxenus en 8 octubre 2008

La única muralla de separación entre el otro y yo es el “yo”. Al afirmarse en sí mismo y por sí mismo, el “yo” se siente distinto y, de alguna manera, opuesto a lo que no es él. De esta oposición nace una suerte de tensión o dialéctica, acompañada de un cierto sentimiento de inquietud. En definitiva, se produce algo parecido a un conflicto dualista, cosa que desaparece en cuanto es derribada esa muralla.

En cuanto el humano se siente ligado y abrazado a sí mismo, diferente y opuesto a los demás, le nace automáticamente la inseguridad, por el hecho de encontrarse solitario; y, a la inversa, al desligarse de sí mismo y dejarse arrastrar por la corriente universal, se siente inmerso en la unidad con todos los seres, encontrando seguridad y armonía.

Ya no existen el sujeto y el objeto como polos opuestos; desaparece también la dicotomía yo-tú, yo-mundo. Y en este momento, al perder los seres vivos (sobre todo el hombre) sus perfiles diferenciales, el hombre se siente emparentado con todos los seres en su realidad última y acaba por instalarse en una común-unidad con todos en la más entrañable fraternidad. Es una experiencia de la unidad universal. Que sean uno.

Es más que amor. En el amor, una persona ama a otra persona. Pero en esta experiencia los dos sujetos acaban por sentirse uno como parte del otro, formando una empatía cósmica, hasta llegar a sentir las cosas del otro como suyas propias. Es obvio que en este contexto no caben rivalidades ni envidias.

Cuando el hombre ha detenido la actividad de la conciencia ordinaria, no se produce un vacío “hueco”, sino que la conciencia se hace presente en sí misma. Se trata de una presencia vital de la mente que se transparenta a sí misma. Es decir mi realidad esta toda en sí y toda en el universo.

Por eso el sabio respeta todo, venera todo, de tal manera que en su interior no da curso libre a actitudes posesivas ni agresivas. Es sensible hasta sentir como suyos los problemas ajenos. No juzga, no presupone, nunca invade el santuario de las intenciones. Sus entrañas están tejidas de fibras delicadas, y su estilo es siempre de alta cortesía. En suma, es capaz de tratar a los demás con la misma reverencia y comprensión con que se trata a sí mismo. Ama al prójimo como así mismo.

Es capaz, además, de cargar a hombros con el dolor de la humanidad. Sufre como suyas las llagas de los dolientes. Habiendo apagado la pasión del “yo”, ha pasado definitivamente a la compasión con el mundo.

¿Cómo lograr?

Para conseguir esta liberación se necesita, en primer lugar, una práctica intensiva y constante de mente vacía.

En segundo lugar, es necesario que vivas despierto, atento a ti mismo. Mediante una constante introspección-meditación-intuición tienes que descubrir que el “yo” (el falso yo) es la raíz de todas las desventuras, y debes convencerte de la falacia e inexistencia de esa imagen ilusoria de ti mismo.

No le des satisfacciones a esa fiera hambrienta del falso yo. Cuanto más alimentas, más tiranía ejercerá sobre ti. Si hablan mal de ti, no te defiendas; deja que sangre hasta morir el amor propio. No te justifiques si tus proyectos no salieron a la medida de tus deseos. No des paso a la autocompasión que es el bocado más apetecido por el “yo”. No busques elogios en forma abierta ni solapadamente. Rehúye sistemáticamente los aplausos. No saborees el éxito. Ahuyenta en tu intimidad los recuerdos halagüeños, que también son bocados exquisitos para el “yo”.

Si le vas retirando el aceite a tu lámpara acabará apagándose. Esta es la batalla de la libertad.

Recuerda que pasará un tiempo para saborear la deliciosa fruta de la liberación; aunque en el camino habrá vacilaciones, retrocesos y desalientos.

Asi es la naturaleza humana. Comienza por aceptarla tal como es.

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El idealismo contra el razonamiento

Posted by cosmoxenus en 8 octubre 2008

Por Ralph M. Lewis, F.R.C.

¿Superan los ideales a la razón como un valor en la vida? ¿Tienen los ideales menos solidez que la razón? Parecería que, dado que algunos hombres están más inclinados hacia uno que hacia lo otro, existe una diferencia básica en sus objetivos.

Debe distinguirse entre un ideal y un plan o procedimiento, porque un ideal no es en sí la cosa que se está buscando. Puede involucrar una subs­tancia, una circunstancia o un evento, pero eso es un aspecto secundario del ideal.

Por lo tanto, el contenido de un ideal es abstracto, co­mo un principio moral o ético. Tomemos como ejem­plo el ideal de la igualdad de derechos para la mujer; las palabras "igualdad de derechos" son el núcleo de tal idea. Ellas no sugieren los métodos por medio de los cuales se alcanzará la meta. Su contenido es simplemente de principios, un valor ético concebido.

Un ideal es una idea a la que no se ha llegado empíricamente; o sea, no se ha experimentado directamente. Un ideal concibe la perfección de una cosa o condición, y aspira a esa perfección. Hemos dicho que el contenido de un ideal es un principio ético o moral; pero si los ideales son una aspiración a la perfección, ¿implica esto que la perfección tiene esencialmente un valor ético o moral?

Podemos decir que la perfección es la función o cualidad completa de una cosa o condición. Por ejemplo, el blanco puro es aquel que refleja todos los colores; una calculadora perfecta es la que funciona con precisión y de una que funciona perfectamente se dice que es buena. Sin embargo, no todas las cosas que son buenas en su valor para el hombre son equivalentes a principios éticos o morales. Un hombre puede cometer voluntariamente un crimen cuyos resultados son buenos en su opinión, o sea, satisfacen su intención.

No obstante, un bien así está limitado a la satisfacción personal del individuo; no toma en consideración a otros individuos en la sociedad. Además, no hace caso a valor moral alguno. Por lo tanto, dado que tales pensamientos y objetivos carecen de un principio ético o moral, no son ideales.

Podemos resumir esto diciendo que un ideal es la perfección de una cosa o condición, de acuerdo con un principio ético o moral.

Los ideales no son naturalmente racionales, no son siempre el resultado del razonamiento. Un ideal puede proponer un bien final, un acto de altruismo y, sin embargo, puede no sugerir la forma por medio de la cual esto se puede realizar. Por ejemplo, el ideal de que todos los hombres deberían ser libres tiene un contenido emocional y espiritual. En este sentido tiene la verdadera calidad de un ideal, pero carece de la cualidad racional. Propone una libertad absoluta para la humanidad, pero no analiza tal libertad. No toma en consideración la dependencia biológica y social del hombre.

Para ser absolutamente libre, el hombre no podría existir físicamente ni podría haber orden social alguno.

Un ideal sin la síntesis del razonamiento tiene pocas probabilidades de realizarse, ya que carece de un punto de partida objetivo desde la realidad hasta el fin deseado. Si bien un ideal puede no sugerir un método o procedimiento, a pesar de eso puede convertirse en un incentivo para una mente que razona. Al raciocinar inductivamente, de lo que existe hasta el estado ideal que concibe para el futuro, el racionalista puede percibir y visualizar los pasos necesarios que deben darse para convertir el ideal en una realidad.

El filósofo alemán Hegel declaraba que no sólo en la naturaleza, sino también en todos los actos humanos, existen tres estados básicos de desarrollo. Estos son: tesis, antítesis y síntesis. Para los racio­nalistas, la visión idealista constituye la tesis; es única en la idea que presenta. Sin embargo, también existe su opuesto, la antítesis. Cualquier cosa que se concibe como perfecta implica su antítesis, lo imperfecto.

Dándose cuenta tanto de la tesis propuesta por el idealista como de su opuesto, la antítesis, entonces el racionalista, haciendo uso del razonamiento, puede planear su unificación, la síntesis, siendo ésta el paso necesario a través del cual se pueden juntar los opuestos para transformar el ideal en realidad.

Los idealistas muy raras veces racionalizan sus ideas elevadas y a la inversa, los racionalistas no son motivados básicamente por un ideal. Un racionalista puede esforzarse por verificar la naturaleza de una experiencia o transformar una teoría en una expe­riencia demostrable, pero eso es distinto del idealismo.

El proceso del razonamiento

El proceso del razonamiento es la coordinación de todas las ideas que parecen relacionadas con un concepto fundamental. Cuando la idea original parece irrefutable o es demostrable, entonces es racionalmente evidente por sí misma y, por lo tanto, la ética y la moral no son un elemento intrínseco del razonamiento. Por ejemplo, el razonamiento correcto puede tener un objetivo malévolo o benéfico. Entonces, en este aspecto, el idealismo puro supera a la razón pura.

El valor del razonamiento está en la exactitud de su fin, de la conclusión a que se llega, pero no en la naturaleza de la deducción misma. Por ejemplo, un desfalcador ejecuta un complot exitoso para de­fraudar a su empleador, por medio de un cuidadoso razonamiento. Tal vez éste es un razonamiento perfecto, pero el acto en sí es un crimen y es moralmente malo.

Los ideales pueden ser dañinos aún cuando ten­gan una motivación espiritual, a menos que estén su­jetos a la claridad de la razón. La historia está repleta de motivaciones que se declaraba estaban inspiradas divinamente, cuyos actos dieron como resultado la persecución y aún la muerte de los no creyentes. De esto tenemos ejemplos contemporáneos conmovedores en el Cercano Oriente y en Africa.

Por lo general, el idealismo es engendrado emo­cionalmente. Uno puede percibir un sentimiento de rectitud en lo que concibe, pero el impulso original puede no tomar en cuenta todas las ramificaciones del ideal. En otras palabras, ¿irán los resultados más allá de la visión del idealista? ¿Serán éstos perju­diciales para otros que no abrazan ese ideal? Algunas de las sectas cristianas fanáticas, al calor de su celo, publican literatura que condena y difama a aquellos que no están de acuerdo con sus creencias, con su idealismo religioso.

El racionalismo encuentra difícil enfrentar las furias del idealismo fanático. El fanatismo puede confundir las facultades intelectuales del hombre. Antes de permitir que el idealismo se posesione completamente de los pensamientos de uno, sin tomar en cuenta su contenido, es prudente pensarlo primero. Puede tener un objetivo positivo y cons­tructivo, pero, ¿sacrifica los derechos y los ideales dignos de otros para tener éxito? Como una tesis, cada ideal tendrá una antítesis, una oposición. Sin embargo, lo que es diferente no es necesariamente malo, si la idea opuesta no es ilógica o contraria a los ideales o a la moral comúnmente aceptados; tiene la misma justificación que su oposición.

Schopenhauer dijo que la compasión es el principal motivo de la moral. Así pues, el hombre actúa con bondad relacionando a otros con su compasión, más que con bondad o actos morales, por recompensas externas o meramente para ajustarse a las costumbres sociales.

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¿Es posible la curación por la fe?

Posted by cosmoxenus en 8 octubre 2008

Por Ralph M. Lewis, F.R.C.

En una época dominada por la ciencia ¿será la curación por la fe un retroceso al pensamiento primitivo? Si la curación a base de fe es un sistema terapéutico completo ¿por qué entonces es necesario recurrir a la ciencia médica y a otras semejantes?

Los hombres de hoy día, en su generalidad, se han dejado convencer por la ciencia de que la ley de causalidad domina todo lo que ocurre, que nada ocurre sin causa. Si el método de sanar por la fe efectúa curas, entonces debe haber en ello una o más causas por las cuales se obtienen resultados. El conocimiento de estas causas y su aplicación debería, en tal caso, generalizarse tanto como lo concerniente a la higiene, por ejemplo.

Decir que la curación por la fe no está de acuerdo con las leyes naturales que pueden encuadrarse dentro de un sistema racional de práctica, la coloca definitivamente en la categoría de lo sobrenatural y lo supersticioso. Desde el momento que muchas personas inteligentes niegan cualquier fenómeno que ocurre fuera del reino Cósmico o de las leyes naturales y atribuyen cura­ciones a la fe, su actitud implica que ésta se vale de algunos aspectos de dichas leyes.

Debe hacerse una distinción entre la curación divina y la curación a base de fe. Se dice que la curación divina se debe a la intervención directa de Dios, de una deidad, o un agente divino.

Se coloca la confianza en la suprema eficacia de una deidad que supera a todos los medios o vías de tratamiento, y que efectúa una cura inmediata. Todo el que cree en la curación divina puede concebir la idea de que, arbitra­riamente, es Dios el que actúa al expeler la enfermedad, de tal manera que el paciente ni siquiera está sujeto al proceso natural de recuperación gradual de su salud.

Este creyente puede también sostener que la curación divina es la consecuencia de un contacto humano hecho con fuerzas universales y divinas existentes en el universo. El paciente se cura, de este modo, sin invocar la voluntad de Dios. Como analogía diremos que esto se lograría del mismo modo que si alguien quedara completamente limpio al meterse de pronto bajo una caída de agua que descubriera. Contrario a esto, la curación por la fe depende de varios factores por los cuales se efectúa tal curación. Puede consistir en que sea necesaria la repetición de ciertas afirmaciones diarias o del contacto de la mano de otra persona.

De la magia a la religión

El arte de la curación estuvo durante algunos siglos íntimamente ligado a la religión. Podemos decir que la cura­ción, como técnica humana, emergió realmente de la magia, predecesora de la religión. En su ignorancia de la operación de las leyes naturales, el hombre primitivo atribuía las enferme­dades a seres dotados de poder sobre­natural. Las enfermedades eran impuestas a los hombres por demonios malévolos, influencias mágicas, encan­tamientos y hechizos ejercitados por brujos, y aún, posiblemente, provocadas por los mismos dioses.

A medida que los conceptos religiosos alcanzaron niveles más altos las enfermedades se consideraron efectos de la cólera de una deidad como venganza de algún acto de omisión o comisión, negligencia o impiedad. Finalmente, las enfermedades se identificaron con el castigo de los pecados. En el Antiguo Testamento (Números 12:10, 11) encontramos, por ejemplo, la siguiente cita: "Aarón miró a Miriam y dijo: ved que está leprosa." "Y Aarón dijo a Moisés: Ah, Señor, te ruego no dejes caer el pecado sobre nosotros".

Entre la gente primitiva todas las condiciones de la vida que podían afectar al individuo se clasificaban por sus causas. Emanaban tanto de poderes benévolos como de malévolos. Entre estos últimos se conceptuaba a los demonios, los dioses caídos y todo lo similar a eso. El demonio de la enfermedad entraba al cuerpo por medio de las aberturas naturales de ésta, tales como la nariz o la boca, en algún momento de descuido.

De esta manera la mayoría de las enfermedades se consideraban como la intrusión de una entidad externa. Una vez dentro del cuerpo, ésta comía o devoraba para hacerse paso y llegar a los órganos y tejidos hasta que sobrevenía la muerte, a menos que dicha entidad fuera expulsada. Aunque resulte cruda esta idea, hay cierta similaridad entre ella y la teoría de la bacteriología moderna que atribuye la enfermedad a gérmenes que entran al cuerpo y alteran sus órganos o afectan sus fun­ciones.

La práctica definida de la curación divina y de la curación por la fe, lo mismo que el tratamiento científico, empezaron en el antiguo Egipto, o por lo menos desde ese tiempo data su revelación cronológica. Las deidades locales de Egipto eran benéficas y cuidaban del bienestar y la salud de la gente de sus respectivas comunidades. Cada deidad tenía métodos especiales par a conjurar a los demonios de la en­fermedad y para hacer curaciones.

Se decía que el hombre (en realidad el sacerdote) había recibido como dádiva, o en algunos casos había robado de los dioses, la gnosis o ciencia de curar. Este arte sagrado se trasmitía al sacer­docio de una generación a otra. La gente tenía una fe implícita en los conocimientos de curación que poseían los sacerdotes. En esto de recurrir a ellos para ser curados vemos ejemplifi­cado que las curaciones eran por la fe, no una creencia en la curación divina.

Los dioses no estaban en tales casos haciendo valer directamente sus poderes curativos. Los sacerdotes y la medicina eran una misma cosa, por consiguiente el arte de sanar llegó a ser parte integral de la religión egipcia primitiva, lo cual requería oraciones y liturgias especiales y aún templos propios.

Clínicas y santuarios

En el gran santuario de Thoth se estableció una clínica para curaciones. Podemos imaginarnos a los primeros fieles egipcios que sufrían distintas dolencias formando una larga línea frente a ese santuario, lo mismo que hacen los cristianos hoy día en la gruta de Lourdes, al sur de Francia. Otra clínica se estableció en Hermópolis y una más en Menfis, consagrada ésta a Ptah.

Imhotep, gran médico y arqui­tecto, que al fin llegó a ser deificado después de su muerte a causa de sus milagrosas curaciones, presidía sobre otra clínica. En esas antiguas clínicas se establecieron las primeras bibliotecas médicas. En Heliópolis se ha desen­terrado un "Salón de Rollos" que fue biblioteca de prescripciones. Otra biblioteca similar se encontró en el Templo de Ptah. En el Templo de Edfu se ve una inscripción que dice: "Para desviar la causa de la enfermedad."

Con referencia a los escritos tradicionales del misterioso Hermes Trismegistus se relata que seis de los cuarenta y dos libros de enseñanzas Herméticas, que se le atribuyen, estaban dedicados a los remedios curativos. Uno de los principales papiros traducidos en años recientes se conoce como el papiro Edwin Smith. Data del año 1600 A.C. Es "la más antigua mención de un conoci­miento realmente científico en el mundo."

Contiene, incomparablemente, el más importante conjunto de conoci­miento científico que se haya preser­vado del antiguo Egipto o de cualquier parte del antiguo Oriente." Tiene 184. ½ pulgadas de largo, 13 pulgadas de ancho, y consiste de 22 columnas de 500 líneas de escritura. Estas tratan de medicina interna y de cirugía. Se des­criben 47 casos de cirugía que corres­ponden a la parte superior del cuerpo (cabeza, cuello, tórax y espina dorsal).

Hay, además, discusiones, exámenes de pacientes, diagnósticos y tratamientos que se sugieren. En la parte posterior del mismo papiro hay una serie de conjuros que muestran la influencia que, aún entonces, tenían éstos en el procedimiento científico.

Triángulo de dioses

Uno de los más asombrosos ejemplos de la práctica de la curación divina, en el antiguo Egipto, se relaciona con la deidad Khonsu. Leyendo entre líneas se descubre en este relato histórico una gran riqueza de pensamiento, y tam­bién se infiere que las fuerzas de la naturaleza se adaptaban a la curación, pero aún estaban las teorías entremez­cladas con las tempranas ideas re­ligiosas.

Los altos sacerdotes o Keri Hebs, a menudo usaban en una forma dual el sagrado arte de curar que poseían. Este conocimiento se presenta­ba a las masas velado en los ritos mágicos.

Para los iniciados (y la mayoría de los altos sacerdotes per­tenecían a las escuelas de misterios) se presentaba este conocimiento en su verdadero aspecto. El siguiente ejemplo indica esta dualidad, este encubrimiento de la verdad con la creencia vulgar.

Khonsu era el hijo de las deidades Amón y Mut. Era, por lo tanto, de la tríada de Thebas, o sea el tercer punto del triángulo de los dioses. Se aludía a él como al mensajero de los dioses que tomaba la forma de la luna. Even­tualmente, Khonsu llegó a ser reconocido como el dios de la luna e hijo de Ra.

Grandes santuarios le fueron erigidos a lo largo del Nilo. Se hace referencia a él en algunas inscripciones como "al gran dios que expulsa los demonios," o sea el que arroja fuera las dolencias, enfermedades y males que aquejan al hombre. Se decía que había curado al renombrado monarca Ptolemy Philodelphus de una peligrosa enfermedad. En señal de gratitud, el monarca erigió una estatua en honor de Khonsu en lugar cercano a uno de sus santuarios.

Lo que es interesante destacar aquí es el método por el cual Khonsu efectuaba sus curaciones. Las imágenes de Khonsu contenían "el alma del dios." El efectuaba dichas curaciones por medio de la substitución, prestando las fuerzas curativas de su propia "energía del alma" (llamada sa) a un doble otorgándole (a través de la nuca) su fluido protector, en cuatro intervalos."

Una vez que el fluido se trasmitía, el doble o imagen podía expeler a los demonios. Un análisis de esto demues­tra que, en efecto, el poder curativo de Khonsu era la energía de su alma. Esta eficacia divina era trasmitida a un agente, una imagen, (como un sacer­dote) que curaba por substitución. Tiene particular importancia el hecho de que este "fluido protector" se otorgaba en la región de la nuca y en "cuatro intervalos."

Esto sugiere que la fuerza creadora se infundía en los sistemas simpático y nervioso-espinal en una posición correspondiente a ciertas vértebras y ganglios. ¿Dedu­ciremos por esto que de tal modo ciertas fuerzas naturales, identificadas con lo divino, se trasmitían al paciente a través del sistema nervioso, estimulando sus procesos latentes y normales de curación, o será esto ensanchar demasiado la imaginación?

Además de sanar a Ptolemy Phila­delphus, la historia relata que su método de "substitución del fluido protector divino" fue el instrumento usado en la curación de una princesa de Mesopotamia. Esta narración aparece en lo que se conoce como la "Estela de Bakhtan" en París. El suegro de Rame­ses II, un poderoso príncipe de Meso­potamia, le pidió que enviara a uno de los sabios de Egipto para que sanara a su hija de lo que se consideraba una enfermedad incurable. Rameses le envió "un hombre sabio de corazón y hábil de dedos."

Sin embargo, tal hombre resultó incapaz para ayudar a la princesa, de quien se decía que estaba poseída por una "enfermedad de poder superior." Después de una segunda súplica a Rameses le fue enviado uno de los dobles del dios, uno que poseía el poder divino de Khonsu, de las fuerzas curativas por "substitución." Podemos presumir que éste era uno de los sacerdotes del santuario de Khonsu que trasmitía las fuerzas cura­tivas "en cuatro intervalos" por los varios puntos de contacto en "la nuca."

La lucha por la supremacía entre el conocimiento científico, la curación divina, y la magia, siguió persistiendo, como lo revelan papiros posteriores. En el famoso papiro de Ebers se lee la siguiente nota: "Este es un libro para la curación de las enfermedades" con­tiene numerosas prescripciones y reme­dios, y la mayoría de ellos evidencian los métodos paralelos de curación.

Por ejemplo, el siguiente remedio para remover cataratas de los ojos es la com­binación aplicada de un ungüento y un sortilegio. "Ven tú ungüento ver­degris!, ven tú verdoso, ven tú, poder de los ojos de Horus, ven a él (al paciente) y extráele el agua, la pus, la sangre, el dolor del ojo, la quemosis, la ceguera".

La Fe, un anestésico

Antes de considerar si en la curación por la fe se emplea el uso de las leyes naturales debemos empezar analizando el significado de la fe. ¿Qué se quiere decir por tener fe? Con demasiada frecuencia se confunden nuestra fe y nuestras creencias. De hecho son psicológicamente harto diferentes. La creencia es una clase negativa de conocimiento.

Es un conocimiento al cual no llegamos directamente por medio de la percepción sensorial, sino más bien como a conclusión sacada de nuestras varias experiencias o ideas. Si miro por la ventana y veo que está lloviendo esto constituye un conocimiento positivo. Es el resultado de una experiencia directa visual. El agua que cae del cielo infunde en mi mente la idea de la lluvia. Ningún razonamiento posterior de parte mía alterará mi experiencia del fenómeno.

Si, por el contrarío, cuando voy a la ventana noto que el sol está oculto por las nubes y que éstas se obscurecen y se mueven rápida­mente, creo que va a haber una tempestad. Todavía no he podido con­firmar esto, o sea, todavía no he visto la lluvia. Pudiera ser que las nubes pasaran y el sol apareciera de nuevo. Estoy razonando deductivamente de una serie de ideas a una generali­dad probable, es decir, que puede sobrevenir la lluvia.

Es mi creen­cia, no mi conocimiento, que va a llover. No es un conocimiento inmedia­to sino uno al que ha de llegarse por deducción. Pudiera alterarse por una experiencia más positiva al ver aparecer el sol más tarde aclarando el día.

La fe se distingue de la creencia en que hay seguridad o confianza sobre una idea trasmitida. Es la aceptación de una realidad implícita. Cuando tenemos fe en algo no la experimen­tamos directamente, como por ejemplo viendo personalmente el objeto o sintiéndola; ni tampoco hemos llegado a una conclusión respecto a su existencia, como resultado del razonamiento.

Un niño tiene fe en las explicaciones de su padre. Puede que no tenga un conocimiento positivo de los resultados de tales explicaciones, ningún modo de poder razonar sobre ellas para formarse una probable creencia, por lo tanto, él acepta la realidad implícita de las afirmaciones de su padre.

Los peligros de la fe son demostra­bles. Una mayor experiencia y el consiguiente raciocinio pueden a menu­do destruir la fe. Aunque es cierto que el conocimiento inmediato, o las ideas que nacen directamente de una ex­periencia sensorial pueden, al final, comprobarse como equivocados o ser resultado de la ilusión (y nuestras propias conclusiones también pueden ser falsas) por lo menos no están tan sujetos a un cambio drástico como tratándose de la fe.

El que permite que la fe sea su principal guía debe llevar, en verdad, una vida muy resguardada y hacer esfuerzos para no reflexionar seriamente sobre aquellas experiencias que ha tenido. Es quizá por esta razón que la mayoría de las religiones detesta el modo racional de pensar y dan mayor énfasis a la fe.

Si consideramos la fe por el lado positivo vemos que tiene ciertas venta­jas fisiológicas. Se sabe que hay una íntima relación entre las emociones y las funciones orgánicas afectadas por el movimiento del sistema nervioso autónomo (los nervios motores). Hay tres divisiones en este sistema nervioso. Cuando se estimula debidamente, la división craneal ayuda a la digestión; el corazón se tranquiliza, la sangre se mueve a los órganos internos y se con­sigue, en fin, un estado confortable del cuerpo y la mente.

Aquellos pensa­mientos que extirpan el miedo y los temores afectan tan favorablemente el sistema nervioso autónomo que se ex­perimenta paz y libertad para continuar por la vida. Así podemos decir que éstos son los compañeros físicos de la fe.

La fe implícita elimina agravantes y estímulos perturbadores. La fe inhibe el miedo y la ansiedad, que son factores que alteran la salud. El miedo tiende a disipar las emociones. Un miedo intenso podrá destruir la actitud de fe en la mente y, por medio del sistema nervioso simpático y autónomo, perturbar las funciones orgánicas. La fe es hasta cierto punto un anestésico administrado a uno mismo.

Como care­cen de fundamento la mayoría de nues­tros temores es mucho mejor, cierta­mente, al no haber un conocimiento positivo de las exigencias de la vida, substituirlos con la fe. En gran parte, la fe es la consecuencia de poderosas sugestiones que apaciguan los temores y permiten un resurgimiento de los poderes curativos de la naturaleza.

Clasificación de las enfermedades

Se ha notado que la curación por la fe tiene mayor efecto en ciertas enfermedades. Aunque de una variedad casi infinita, las enfermedades pueden agruparse, para los propósitos de este discurso, en cuatro clases generales: anormalidades estructurales, ya sean congénitas o accidentales, como el labio leporino, columna espinal torcida, pier­nas y brazos contrahechos, y carencia de algunos miembros del cuerpo; en­fermedades orgánicas que incluyen la úlcera estomacal, el cáncer, la tubercu­losis y la diabetes, que son, según se presume, resultado de alguna infección que causa desorden o degeneración en el cuerpo; enfermedades mentales, algu­nas de ellas, como la idiotez, son inherentes y otras son el resultado de un esfuerzo excesivo de los sistemas emocional y nervioso; y las alteraciones funcionales sobre las que aún hay muy poco conocimiento técnico.

A menudo se llaman estados psiconeuróticos. Se supone que no son causados por in­fecciones sino que constituyen un trastorno en la función del organismo, y no en su estructura. En otras pala­bras, que algo ha impedido al organismo humano funcionar apropiadamente, dando como resultado fobias, histerias, obsesiones y parálisis histéricas.

Los dolores histéricos se confunden a menudo con las enfermedades orgáni­cas. Los doctores admiten que los que tienen dolores histéricos (a consecuen­cia de un estado mental) tienen síntomas, o creen tenerlos, que son paralelos casi a cualquier clase de enfermedad. Como resultado de esta defectuosa naturaleza funcional, son comunes los brazos y piernas paralizados y también la pérdida de la facultad de hablar. En realidad, ni los órganos ni su estructura han sido inherente­mente alterados. La víctima tiene la obsesión de que lo han sido y, para los efectos, es como si en verdad lo estu­vieran.

La mayoría de las curaciones por la fe se efectúa dentro de esta última clasificación. Esas perturbaciones fun­cionales son las que más comúnmente se curan por hipnosis, o sea implantando una sugestión en la mente sub­jetiva del paciente para oponerla a la obsesión. La mayoría de estas cura­ciones ocurren en grutas religiosas en el mundo entero. La curación por medio de la fe elimina la inhibición, que es causa de la alteración funcional.

La excitación causada por tal curación de fe, los incidentes y tradiciones que se asocian con el lugar, las grandes masas de gente, los cánticos y las ora­ciones, todo junto provee un nuevo e intenso estímulo. Hay una reasociación en la mente que domina la obsesión, causando una descarga de energía nerviosa por la cual, aparentemente, ocurre la milagrosa curación por la fe. Se puede ver que el inválido tira sus muletas y sale caminando.

El extraño fenómeno de la estigma o manchas en la piel es el resultado de intensa sugestión e influencias nerviosas. Se manifiesta en cambios de circulación de la sangre así como en el extraño colorido y desfiguración de la piel. Estas condiciones son evidencia de lo que la mente puede ocasionar al funcionamiento del cuerpo. Una fuerte sugestión acompañada del estimulo emocional, circunstancias que siempre concurren en dichas grutas religiosas, es lo que a menudo origina las cura­ciones que se les atribuye.

Estadísticamente queda anotado el hecho de que la mayoría de estos casos no constituyen una curación permanen­te. La debilidad nerviosa original, por cuya causa ocurrió el desorden funcional, persiste después que pasó el estimulo excepcional, o excitación, en la curación por la fe.

Valor curativo

Es necesario dar énfasis otra vez al valor curativo que tiene la fe. Elimina el temor. Aquieta la mente permitien­do, por lo tanto, que las fuerzas cura­tivas naturales entren en acción. Cada doctor trata de inspirar fe con su mé­todo particular. Por este medio reduce el conflicto entre el estímulo de su tratamiento y las distracciones emocionales del paciente el cual, al relajarse, se coloca mental y físicamente en un estado conducente a la salud.

La fe en la plegaria, como agente curativo, tiene el mismo firme y psi­cológico valor que se expresa arriba. Además de que el paciente se pone en armonía con aquellas fuerzas divinas en las que cree, está dominando tam­bién su ser emocional por medio de los pensamientos. El estímulo craneal es benéfico para su sistema nervioso simpático y autónomo. Un paciente puede tener fe en determinado doctor no a causa de sus curaciones sino por la personalidad de éste. Tal cosa cons­tituye una fuerte influencia sugestiva en el paciente, haciéndose así más receptivo al tratamiento prescrito.

En una verdadera curación metafí­sica no es la fe el factor principal, muy al contrario de lo que comúnmente se cree. La curación metafísica se vale de una combinación de ejercicios respiratorios y de factores psicológicos tales como la adaptación de la mente a sugestiones positivas y, por supuesto, colocarse uno mismo en armonía con las fuerzas de la naturaleza y con las condiciones de su propio ambiente, haciendo de este modo posible la re­generación de las funciones orgánicas para que los procesos curativos natu­rales puedan repeler la enfermedad. Es muy cierto que el conocimiento inspira confianza, y que los beneficiosos efectos que produce tendrán mayor permanen­cia en un mundo donde debe prevalecer la razón.

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