El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

La disposición mística de la mente

Posted by cosmoxenus en 19 julio 2008

Por Ralph M. Lewis, F.R.C.

¿Tiene el misticismo un valor práctico, o beneficia únicamente al temperamento ascético y al idealismo trascendente que tienen muy pocas raíces (si acaso poseen alguna) en las demandas de la vida secular? Puesto que el misticismo desempeña un papel muy prominente en la religión, incluso en sus rituales y su simbolismo, por lo general se cree que no guarda una relación directa con las necesidades materiales de la vida cotidiana. No obstante, si examinamos breve­mente los conceptos en los que se basa el misticismo, llegamos a la conclusión de que provee acceso a una valiosa fuente que ayuda a guiar los asuntos mun­danos.

Los místicos judíos, cristianos, islámicos (e incluso los místicos llamados paganos) concuerdan por lo general en lo que respecta a la naturaleza del misticismo, aunque no todos le confieren ese nom­bre. En primer lugar, el misticismo afirma que la naturaleza fundamental de la realidad es inefable. En consecuencia, no compete al hombre tratar de DESCRIBIRLA. El no puede conocer, ni por medio del intelecto ni de los sentidos, al ser puro, al mundo noúmeno, es decir, a la esencia básica de todas las cosas. En otras palabras, las facultades comunes de nuestra conciencia no pueden comprender cuál es el estado innato de la realidad.

El misticismo sostiene que aun cuando la especu­lación filosófica, empleando el razonamiento, puede plantear una teoría sobre la naturaleza de la realidad, no consigue explicar lo que ésta es en verdad. Aunque la razón parezca ser ilimitada y profunda, es finita; por lo tanto, no puede comprender lo que significa la realidad absoluta, cuya naturaleza es infinita.

Pese a que el misticismo reconoce esas limitacio­nes, no excluye por completo la posibilidad de que los seres humanos puedan experimentar la realidad. Por el contrario, les abre una vía de acceso: el estado de éxtasis. Durante el éxtasis ocurren ciertos fenó­menos: "Desaparece toda sensación de estar sepa­rado y distante de la realidad, así como de las diferencias entre el ser y la naturaleza de lo real". Esto significa simplemente que la conciencia de sí mismo se desvanece.

El individualismo se mezcla con la realidad y se vuelve uno con ella, "o se absorbe en una magnífica visión de la realidad". La diferencia entre el sujeto (el pensamiento) y el objeto (el individuo o las cosas) sigue existiendo, pero el ser no la experimenta.

¿Por qué se esfuerzan tanto los místicos por alcan­zar ese estado de conciencia especial? En primer lugar, porque reconocen las limitaciones de la con­ciencia objetiva para percibir los estados entre lo objetivo y lo subjetivo. Por regla general, el hombre se niega a percibir al Todo, al ser puro del cual forma parte él y todo lo que existe.

Según sostienen los místicos, la capacidad de la conciencia objetiva del hombre puede ser compara­ble a mirar a través de un túnel largo y estrecho. En uno de sus extremos vemos la parte de la realidad que nuestros sentidos nos permiten, pero el resto sólo podemos imaginarlo. Desconocemos qué hay a los lados de la apertura del túnel y más allá del alcance de nuestra percepción. No importa cuánto agrandemos la apertura del túnel (como por ejemplo, proveyendo a nuestros sentidos de los medios adecuados), aún quedamos en desventaja. Los místi­cos afirman que no podemos esperar que a través de tales medios nos será posible experimentar la rea­lidad absoluta.

Por lo tanto, no debemos confiar en que la obser­vación y el razonamiento empíricos pueden ser una guía para conocer la naturaleza de la realidad. Tenemos que utilizar el aspecto de la conciencia que nos permite hacernos conscientes de nosotros mismos, es decir, de aquella realidad de la cual formamos parte. Al hacerlo, nos unimos por completo con el Uno (con Dios, el Absoluto, la Mente Universal, el Cósmico, términos diferentes usados por los místicos.

El éxtasis es un estado de conciencia supremo. Es una percepción total del ser, sin que se discierna ninguna diferencia. Podemos decir que es el poder total de la experiencia humana, sin que la limiten los órganos sensorios; además, es una armonización de la naturaleza cósmica del hombre. Es enfocar toda la luz de la conciencia en la unión entre el ser y la realidad, sin distinguir particulares.

Hemos mencionado la conciencia de sí mismo lo cual significa, en términos generales, la íntima per­cepción de nuestro "yo", la personalidad y la individualidad que nos distingue de todo lo demás. Pero en el estado de éxtasis, el místico trasciende esa conciencia de sí mismo. Por lo común, percibimos nuestro ser por su aparente separación de las demás realidades. En otras palabras, sabemos que somos, porque al mismo tiempo sabemos que no somos otra cosa. En el estado de éxtasis del cual habla el místico, el ser y la realidad se funden: sólo hay unidad.

Entonces ya no existe ni el "yo" diferente que pensamos ser, ni la miríada de cosas del mundo. Hay una sola realidad, un solo estado de existencia. El ser no se pierde, sino que se absorbe en esa realidad.

Bien dicen los místicos que la razón no puede expresar con palabras lo que significa ese éxtasis que permite tomar conciencia de la realidad. Cuanto más se trata de explicar esa unidad utilizando la capacidad de los sentidos, más incomprensible se vuelve. Se trata de una experiencia de cierto estado de cons­ciencia específico, que supera en mucho los térmi­nos con los cuales pueden explicarse otros estados de conciencia.

La intuición

Sin embargo, algunos de los místicos más ilumi­nados (mahometanos y cristianos) han afirmado que la intuición es un medio para llegar al éxtasis durante el cual se percibe la realidad absoluta. No relacionan directamente a la intuición con la razón ni con las emociones, aun cuando consideran que no es un fenómeno producido por un proceso totalmente orgánico o mental, sino que se trata más bien de una función divina que se manifiesta a través del ser físico y mental del hombre. Ellos piensan que la intuición es una especie de facultad superior que es natural en el hombre, puesto que se trata de un atributo intangible de su ser, aunque muy raramente lo ejercita por completo.

Otra forma de explicar el concepto místico sobre la intuición quizás sea pensar que se trata de una inteligencia superior, inmanente en el hombre, que forma parte de la Conciencia Universal de la cual el místico considera consiste la realidad absoluta, siendo la intuición del hombre una octava del te­clado de toda la realidad. Por lo tanto, la intuición es un discernimiento de lo Absoluto, o de la Realidad Cósmica. Ese discernimiento hace posible el éxtasis, esa gran iluminación o ese influjo de la conciencia, a través del cual el ser percibe su unidad con el infinito.

¿Cómo podemos poner de manifiesto en los valo­res mortales esa facultad o ese atributo exaltados, es decir, cómo podemos aplicarlos en la vida para la felicidad del ser físico y mental del hombre?

Místicos y teólogos, entre ellos los filósofos cris­tianos Alberto Magno y Tomás de Aquino, declara­ron que todo lo que se revela por medios divinos es una verdad que debe ser aceptada por fe. Sostenían que siempre que la razón presente una contradic­ción, ésta última debe ceder su puesto a la fe y a la revelación. La filosofía daba libertad a la razón para especular sobre todos los temas, salvo las verdades reveladas por la teología. Sin embargo, declararon que la razón podía confirmar (y muchas veces lo había hecho) la verdad de la fe y de la revelación.

Los místicos afirmaron, además, que la intuición es un agente de la verdad casi semejante a la revelación. Por medio de la intuición uno puede conocer la verdad acerca de las funciones de la naturaleza y del cosmos, superando a la razón que solamente las analiza.

Por otra parte, gracias a su claridad evidente, la intuición puede inspirar y guiar a la razón, a fin de que el hombre pueda comprobar y objetivar la ver­dad. Se dice que cuando el hombre vislumbra prísti­namente, a través de los medios trascendentes de la intuición, el estado naciente de las cosas, le es posi­ble reducir la realidad a causas naturales y conducirla a un campo donde puede experimentarla.

Por lo tanto, siendo una facultad cósmica o divina, la intuición no debe de ser confinada solamente a alcanzar el estado místico de unidad. Podría decirse que es enciclopédica, es decir, tiene acceso a los valores, a la relación, a los estados causales que no pueden alcanzar los procesos ordinarios del pensa­miento.

Podemos deducir que el discernimiento intuitivo es una especie de razonamiento supremo, pues tiene acceso a elementos de la realidad muy superiores a los que pueden lograr nuestras facultades de percep­ción comunes; sin embargo, la intuición reduce esos elementos a la naturaleza de ideas inspiradoras. La calidad de esas ideas no es extraña para nosotros.

En otras palabras, íntegramente pueden parecer una nueva experiencia, pero intrínsecamente están compuestas de términos claramente relacionados con el nivel de nuestra inteligencia y educación. Por su naturaleza superior, la intuición puede sugerir un curso de acción. Dentro de ese curso, es decir, den­tro de la idea concebida, siempre se revela una clave, una especie de punto causal en cuanto a cómo puede materializarse ese curso de acción.

La verdad revelada intuitivamente no es un atri­buto otorgado exclusivamente a los místicos. La gran mayoría de la gente que habla de sus corazonadas diciendo: "Algo me dice que debo hacer esto o aquello", está revelando que ha recibido impresio­nes intuitivas para guiarla. Todo artista, poeta, escri­tor, inventor o cualquiera otra persona que realiza una actividad creativa, es motivada por su intuición.

La razón

No debe pensarse que la intuición puede rem­plazar las funciones de la razón. Casi cada hora de nuestro estado de vigilia tenemos que valernos del razonamiento para evaluar y comparar nuestras experiencias, y deducir cómo afectarán éstas nues­tras actividades. Sin embargo, no tenemos que recurrir a la intuición, pues no es necesario, para que nos guíe en la mayoría de los asuntos prosaicos del día.

La razón y la intuición se relacionan entre sí de dos maneras: primera, cuando la razón no puede encon­trar la solución a un problema y la facultad del intelecto no encuentra un mejor recurso, entonces hay que recurrir a la intuición. Esto constituye ape­lar a un discernimiento interior más profundo, un sentido más sagaz que relaciona los hechos y decide lo que debe hacerse, valiéndose de la facultad del razonamiento.

La segunda relación entre la razón y la intuición reside en que siempre debe usarse a la razón como un medio para manifestar las ideas que ha inspirado la intuición. Muchas veces esto resulta muy difícil porque, al principio, la razón puede llegar a una conclusión muy contraria a la idea trasmitida por la impresión intuitiva y, por lo tanto, parecerá que es imposible llevar a cabo ésta última. No obstante, la razón no debe convertirse en juez de la verdad que dicta la intuición. Antes bien, debe tratar de reducir racionalmente las impresiones intuitivas a condi­ciones y elementos del mundo, de tal forma que puedan ser comprendidas objetivamente.

Permítasenos usar una alegoría para aclarar este punto. A Leonardo de Vinci, por ejemplo, intuitivamente se le ocurrió la idea de que el hombre podría volar. En un sentido deductivo e intuitivo, estaba seguro de que esto podía conseguirse. Sin embargo, basándose en la experiencia humana de aquella época, el razonamiento común le habrá dicho que tal cosa era imposible. Después de todo (pudo haber deducido) el hombre es más pesado que el aire, carece de alas, y cualquier máquina o aparato adaptado a él, lo haría aún más pesado manteniéndolo en el suelo.

Pero en lugar de esto, de Vinci usó su razonamiento tratando de encontrar medios con los cuales hacer realidad su visión intui­tiva. Sus asombrosos diagramas y los modelos que construyó demuestran cómo redujo su concepto intuitivo a hechos causales y a principios básicos pertenecientes a la física de la aeronáutica… ¡siglos antes de que el hombre pudiese volar!

Pese a que todos los hombres poseen la facultad de la intuición, son muy pocos los que saben cómo usarla a voluntad. En la mayoría de la gente, la intuición es un fenómeno que inunda de súbito su conciencia, proviniendo de ninguna parte aparen­temente, con una impresión muy clara. No obstante, esto es poco frecuente en la gran mayoría.

Además, muchos entre esa mayoría consideran que la impre­sión intuitiva que han recibido es una fantasía o una ilusión, porque les parece que está opuesta a lo que usualmente les dictan los procesos de su razona­miento. Es en esto donde se destaca el místico (es decir, el místico genuino); él posee la técnica que le permite utilizar comprensivamente, y a voluntad, la intuición. El puede emplearla casi tan comúnmente como otros hombres utilizan su razón.

Pero así como el pensador serio reflexiona en las cosas con tanta lógica como le es posible, así también el místico recurre a la intuición no de una manera casual, sino asiduamente. No emplea la intuición cuando la razón y las facultades sensorias le son suficientes. No recurre al proceso de la meditación, cuando todo lo que necesita es realizar una obser­vación empírica. La técnica de la intuición mística consiste no solamente en saber cómo utilizarla, sino también cuándo hacerlo.

El místico genuino no es, por lo tanto, un vano soñador desligado de todo contacto con el mundo. Antes bien, es una persona práctica que emplea una facultad más sensitiva y usa el pleno potencial de la naturaleza del hombre, aquí y ahora.

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