El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for 18/12/07

Los cuatro elementos en el cosmos y en el hombre

Posted by cosmoxenus en 18 diciembre 2007


Delia Steinberg Guzmán

Recurriendo a una definición de Platón, los elementos son aquellas cosas que componen y descomponen los cuerpos complejos; es decir, los elementos serían substancias simples, primordiales, que configurarían -según las antiguas tradiciones de todas las civilizaciones esotéricas- tanto el Cosmos como el mismo hombre.

Dicho básicamente qué son estos elementos, queremos aclarar por qué hablamos de cuatro. Este número, al igual que el siete, reviste gran importancia en todas aquellas enseñanzas que han tratado de explicar el mundo y los seres vivos. El 4 no es un número elegido al azar; el número 4 está imbricado en el Cosmos.

Tradicionalmente, en distintas lenguas y con distintas expresiones, siempre se han conocido cuatro elementos básicos constitutivos del Universo, del Macrocosmos y (por consiguiente, del hombre) del Microcosmos.

Estos cuatro elementos son el Fuego, el Aire, el Agua y la Tierra. Si bien empleamos estas denominaciones que nos son muy familiares y conocidas, estos elementos no se refieren exactamente a lo que llamamos fuego, aire, agua y tierra, aunque también los engloban.

Muchas veces la palabra Cosmos nos lleva a pensar en algo enorme, un infinito difícil de calcular, de comprender; tanto es así que, como se nos escapa, preferimos no pensar en él, y todas las explicaciones que se nos dan nos parecen fantásticas, ilógicas, producto más de la imaginación que de otra cosa. Precisamente ahí está el secreto del Cosmos: para los antiguos, no es nada más que un tercer paso en un complejo proceso que solían simbolizar con un triángulo. El primer aspecto de este proceso es el Caos; no el caos como desorden, sino como infinito, como todo lo que está en potencia para manifestarse algún día. A este Caos infinito le sucede la Inteligencia; este segundo paso es la suma de esquemas, de conformaciones, de ideas, que permiten adecuar el Caos primero, organizarlo, esquematizarlo. Y, por fin, nos encontramos con el tercer paso del proceso: el Cosmos que ha nacido, que se ha gestado aparte de estos dos elementos primeros: con el Caos que es todo el infinito, con el Teos que le ha dado forma y le ha puesto orden.

Este Cosmos comienza a desenvolverse, a materializarse (empleando palabras que las antiguas enseñanzas refieren sobre estos temas); es decir, que se concreta poco a poco, a través de siete pasos, procesos o elementos.

Que de estos elementos sean cuatro conocidos para nosotros, uno apenas, y dos un misterio, nos obliga a referirnos por lo menos a aquellos que conocemos. El inferior, el más material y concreto, es el elemento Tierra; y, aumentando la sutileza, seguiría el elemento Agua; un poco más sutil el Aire, y más sutil todavía el Fuego; finalmente, habría un quinto elemento, que se ha dado en llamar Eter, cuyas características son indefinibles aún.

La Tierra se relaciona con la materia concreta, con aquello que está expresado en dimensiones, que puede pesarse, medirse, trasladarse.

Esta tierra es justamente lo concreto, aquello que pesa, no sólo en el Cosmos asumiendo forma de planeta, de estrellas, sino que pesa también en nosotros asumiendo forma de cuerpo.

El Agua simbólicamente es la vida que recorre la materia; es la energía que baña la materia; es esa fuerza que hace que la materia pueda entrar en acción y que no sea simplemente materia inerte; es aquello que nos permite caminar, hablar, que hace que tengamos temperatura, que podamos decirnos vivos y hace que estén vivas todas las cosas que en el Cosmos se mueven, cumpliendo leyes inexorables y matemáticamente perfectas. El Agua es, pues, vitalidad; el Agua es la «sangre» de la Tierra, lo más vital, lo más fuerte.

EL Aire es la psiquis; es el conjunto de emociones y de sentimientos; es aquello que nos inclina hacia las cosas, a favor o en contra de ellas: lo que nos mueve en el plano del sentimiento. Esto es el Aire: la expresión de lo que se siente, el mundo de la emoción.

El Fuego es el mundo del pensamiento; de la idea; de la gestación en un plano tan abstracto que sólo puede captarse por otra entidad tan abstracta como es en nosotros la mente, como es en el Cosmos el Fuego.

Decimos elementos cósmicos y hablamos de elementos humanos: lo que en el Cosmos se traduce como substancias primeras, elementos, se va plasmando de una forma inconcebible para nosotros, hasta llegar a esta materia que conocemos y al hombre, como Fuego, Aire, Agua y Tierra; el Fuego como mente, el Aire como sentimiento, el Agua como vitalidad, la Tierra como cuerpo.

Es así como el Macrocosmos imprime el Microcosmos que es el hombre y le da exactamente su misma consistencia, su misma configuración y sus mismas características en pequeño; y permite que el hombre pueda estar relacionado con el Cosmos, pueda intentar llegar a sus misterios y, es más, se sienta atraído por esos misterios: porque en la naturaleza del hombre está la naturaleza del Cosmos, porque lo que es cuerpo para el hombre es cuerpo para el Universo, lo que es vitalidad para el hombre también lo es para el Cosmos, lo que es su sentimiento lo es en lo grande y lo que es mentalidad es Fuego para todos los Universos que hoy intuimos y que pretendemos descubrir.

Siempre hubo algo más profundo, algo más allá, no sólo en cuanto a los elementos tal y como nos los ofrece la Naturaleza, sino al propio misterio del hombre que encierra en sí los cuatro elementos, y aún referido a misterios mucho más antiguos que vienen desde mucho más lejos, que refieren que, así como hoy estamos presentes como hombres, alguna vez hemos pasado por el estado de mineral, como si fuésemos tan sólo elemento Tierra; alguna vez hemos pasado, en ciclos y ciclos de evolución, por estados vegetales como si fuésemos elemento Agua; alguna vez hemos pasado por estadios de evolución animal en coincidencia con el elemento Aire; y hemos llegado, por fin, al estadio de evolución humano, ahora sí, refiriéndonos al elemento Fuego que indica la aparición de la mente, la aparición del pensamiento.

Así pues, cuando los antiguos se referían a sus dioses de los elementos, cuando adoraban al Fuego, al Aire, al Agua, a la Tierra, no lo hacían tan sólo a esta representación física que tenemos en la tierra, sino que intuían aquello que estaba más allá: intuían la esencia escondida detrás de la presencia de los elementos.

Para la Antigüedad fue siempre algo indiscutible el hecho de que los planetas, las estrellas, no eran entidades muertas o girando al azar en el espacio, sino que eran cuerpos vivos sujetos a leyes y a evolución, cuerpos que encerraban espíritus de la misma manera que el hombre lo hace, por esta continua relación entre el Macrocosmos y el Microcosmos.

De allí que se insistiese en la comprensión por parte del hombre de su propia entidad espiritual para poder luego reconocer otras entidades espirituales que animan la Naturaleza. Por ello se hablaba de dioses de los elementos y, mucho más todavía, se reconocía que estos cuatro elementos principales se dividían muchas veces más: siete a la séptima cada uno de ellos. Surgiendo así infinidad de sub- elementos, regidos por aquello que los antiguos han dado en llamar «elementales», palabra que muchas veces no entendemos, pero que significa tan sólo estas entidades que rigen los pequeños elementos, los sub-elementos, las divisiones de los elementos. Cuando hablamos del fuego, agua, aire y tierra que conocemos a diario, no hacemos más que hablar que subdivisiones del elemento Tierra.

El Fuego es el elemento que ha motivado los símbolos más destacados de todas las religiones, no sólo a nivel de deidades o entidades que representan Fuego, sino aún a nivel de construcción de templos.

Por ejemplo, las pirámides: todas las construcciones que revisten la típica configuración de un cuadrado asentado en la tierra, de los triángulos que se elevan como llamas, y que coinciden en un punto final, son templos dedicados al Fuego. La misma palabra “pirámide” que utilizamos, encierra en su raíz pir el concepto Fuego. Es el templo elevado hacia aquello que, estando en la parte más alta, sin embargo contiene a todo lo demás, y a lo que siempre se le ha dado – simbólicamente hablando- más importancia que a todo lo demás.

Es de remarcar cómo en todas las civilizaciones, los dioses que se referían al Fuego han asumido vital importancia. Es más: hay que entender que no se trata tan sólo de un fuego físico.

Los alquimistas nos hablan de los cuatro elementos en relación: el Fuego con el Oro, el Aire con la Plata, el Agua con el Mercurio y la Tierra con el Plomo. Y sumamente interesante es asimismo la unión que hacen de estos cuatro elementos cósmicos con cuatro elementos o cuatro cualidades psicológicas encerradas en el ser humano: el Fuego relacionado con el Saber, el Aire con el Osar, el Agua con el Querer y la Tierra con el Callar. Veamos brevemente qué es lo que nos quieren decir los alquimistas.

Si el Fuego es mente, posibilidad de pensamiento, de trabajo con las ideas, de captación, el Fuego indudablemente supone Sabiduría. Así, Fuego es Saber y Saber es la culminación del Hombre.

Aire es igual a Osar. Es esa capacidad de coraje con la cual hemos de ayudar al conocimiento; es algo más que fuerza, es impulso, es fe. Osar, precisamente, es no conocer el miedo, es lanzarse porque hay que llegar a la Sabiduría.

El Agua es Querer; es decir, para poder ser valiente y sabio, primero hay que querer verdaderamente. No es tan simple como pueda parecer: estamos acostumbrados a decir: «quiero irme de vacaciones», «quiero ver una película», el querer se ha transformado en una palabra de poco contenido, por consiguiente, refleja poca voluntad de realización. Pero este querer es mucho más hondo, viene desde la raíz íntima del hombre. Y este querer se dirige hacia los destinos últimos del hombre.

Y el elemento Tierra equivale a Callar. El primer paso del camino es el silencio. Es lo que tanto nos llama la atención sobre todas las civilizaciones antiguas para las que los grandes conocimientos estaban encerrados dentro del conjunto del Esoterismo. ¿Por qué esotérico? ¿Por qué cerrado? ¿Por qué guardado? Porque, si no se calla, es muy difícil querer; si no hay silencio, es muy difícil osar, es muy difícil saber.

Quienes fueron profundos conocedores del alma humana -por ejemplo, Pitágoras-, hacían que sus discípulos permaneciesen cinco años de silencio: es el citado grado acusmático de la escuela pitagórica. ¿Era ese silencio una tortura? Ese silencio era el instrumento indispensable para que el discípulo aprendiese algo fundamental: a escuchar; no sólo a escuchar afuera; a escucharse, estar tranquilo, a apagar el torbellino interno que siempre quiere más sin saber muy bien ni lo que quiere.

Hoy cuando intentamos aprender algo, primero actúa la crítica, después el conocimiento; primero «por qué» y «cómo me lo van a demostrar», «cómo es esto y cómo es lo otro». Hay tanta palabrería interior que es casi imposible llegar a nada concreto. De ahí que todas las escuelas antiguas conociesen el maravilloso secreto del silencio, de aprender primero y después todo lo demás.

Este es el silencio con el que se envolvían las enseñanzas profundas, no para esconderlas, simplemente para guardarlas y protegerlas de quienes, no entendiéndolas, ni sabiéndolas aplicar, hiciesen de ellas un uso malo y pernicioso.

Muchos quieren y queremos -¿por qué no?- trabajar con estas enseñanzas, aún sin estar seguros. El peligro no está en nuestra curiosidad; el peligro está en que, estando estas cosas sometidas a leyes o procesos naturales, al no saber, cometamos graves errores, grandes daños para nosotros o para los demás. De ahí que el silencio haya sido tan sólo un método de resguardo, de protección; no por maldad; al contrario, por enorme compasión.

Por eso el Esoterismo, el cierre con que se guardaban los conocimientos; y de ahí el que muchas veces, como nos pasa hoy mismo, notemos que son pocas las palabras, pocas las expresiones para poder referirnos a estos temas que no estamos acostumbrados a tratar, temas que, al no ser de manejo diario, parece como si se nos escapasen de la mano.

Mas los antiguos, hábiles esoteristas, nos dejaron una llave, una manera de abrir su puerta cerrada, de penetrar en su silencio: los símbolos. Estos símbolos constituyen un lenguaje universal al cual todos los hombres tienen acceso, hablen el idioma que hablen.

Cuando queremos guardar o cercar algo, nuestros símbolos de expresión son mínimos, son sencillos, los comprendemos. Pero la Naturaleza encierra también grandes símbolos; los conocimientos están normalmente encerrados detrás de grandes símbolos. Y los cuatro elementos guardan grandes claves de interpretación que pueden aplicarse, tanto al Cosmos como al hombre, tanto a lo grande como a lo pequeño.

Nuestra misión está en descifrar los símbolos, en aprender ese lenguaje de maravillas que permitiría que todos volviésemos a comprendernos en una única lengua, que todos volviésemos a sentirnos hermanos en una única tradición, en un único conocimiento. Que volviésemos a reconocer la misma raíz, el mismo origen, el mismo destino, el mismo camino para cubrir ese destino.

Y de ahí surgiría probablemente ese sentimiento de hermandad que tantas veces echamos de menos.

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Lenguaje simbólico y alegórico

Posted by cosmoxenus en 18 diciembre 2007


Ramón Torres,
33º Soberano Gran Comendador Supremo Consejo Grado 33º y último del REAA para España

Revista Zénit (*) – Número 18 – Año 6007 (v.·. l.·.) http://www.scg33esp.org

Cuando una persona se inicia en masonería, se encuentra en un ambiente rodeado de símbolos en toda la logia. Vive el ritual de su iniciación, donde cada palabra, cada movimiento, cada gesto es una serie de símbolos; se encuentra el iniciado en un lugar sagrado y empieza a percibir algo distinto del mundo profano. Empieza un nuevo camino.

En este nuevo camino, poco a poco, como un chirimiri, se va calando de una nueva metodología de enseñanza, para que ese hombre bueno pueda ser mejor.

Es el iniciado quien recorre su propio camino, observa, analiza y reflexiona sobre todo aquello que se le presenta. En sus reflexiones podrá analizar los valores que se le presentan, pero además tendrá que comprender los símbolos y alegorías que va descubriendo. Para todo ello se le presentan las herramientas que facilitaran su propio trabajo.

Esta empezando el iniciado a conocerse mejor como ser individual y social.

En este recorrido comprobara su relación consigo mismo, los demás hombres, con la naturaleza y con el G:. A:. D:. U:. Armonizará la razón y los sentimientos. El hombre empieza a conocer mediante sus sentidos, reflexiona y llega a comprender que hay algo más allá de su experiencia racional. Para intentar llegar a ese más allá, hay otro modo de conocimiento, utilizando el lenguaje simbólico y alegórico.

El Diccionario de la Real Academia dice que lenguaje es el conjunto de sonidos articulados con que el hombre manifiesta lo que piensa o siente; que símbolo es imagen, figura o divisa con que materialmente o de palabra se representa un concepto moral o intelectual, por alguna semejanza o correspondencia que el entendimiento percibe entre este concepto y aquella imagen. Alegoría, dice es ficción en virtud de la cual una cosa representa o significa otra diferente; en otra acepción, representación simbólica de ideas abstractas por medio de figuras, grupos de estas o atributos.

De ello se deduce que lenguaje simbólico, es el conjunto de imágenes, figuras o divisa con que materialmente o de palabra se representa un concepto moral o intelectual, por alguna semejanza o correspondencia que el entendimiento percibe entre este concepto y aquella imagen. Representa ideas y además relaciona lo consciente con el alma. Si a ello le añadimos el concepto alegórico, observaremos tres elementos esenciales en cada símbolo o alegoría:

1º La imagen, figura o divisa, en cuanto a su forma externa. Es un significante. Es el cuerpo del símbolo.

2° El concepto moral o intelectual. Es su significado. Es el contenido del símbolo.

3° La idea abstracta. Es lo que va más allá de la razón. Es el espíritu del símbolo.

Hay que interiorizar el símbolo y proyectamos en él. Al conectar con el espíritu del símbolo e interiorizarlo, empezamos a vivir lo que hay en el hombre.

Estos tres elementos esenciales, se dan también en el conjunto del lenguaje simbólico y alegórico, que nos permitirá adentramos en una nueva fuente de conocimiento, abriendo la mente a una intuición inteligente. Pero es necesario tener presentes sus tres elementos esenciales. Hay que comprender el símbolo y no solo interpretado.

Henri Tort-Nougués señala que “los símbolos masónicos se pueden concebir y considerar como si fueran ‘guías espirituales’ “.

Cuando hablamos de metodología, estamos hablando del procedimiento que se sigue en las ciencias para hallar la verdad y enseñarla y es de dos maneras: analítico y sintético. Y si hablamos de masonería, será el procedimiento que debemos seguir para hallar la Verdad, el G:. A:. D:. U:.

En este camino iniciatico, nos vamos perfeccionando y al mismo tiempo vamos conociendo el lenguaje simbólico, esencial para llegar a la meta.

El pulir la piedra bruta, conlleva un cambio, lo cual requiere un contenido y un proceso.

Para el contenido, debemos planificar los objetivos, que hay que describir de forma asequible a todos y el primer objetivo es acercamos al conocimiento de lo que realmente somos como hombres. Partimos del conocimiento material del hombre, fruto de nuestra reflexión, sobre la base de datos que nos proporcionan nuestros sentidos (que no es el autentico hombre), y nos dirigimos hacia el ser que somos, espiritualidad humana.

El procedimiento en nuestro camino masónico, nos lo marca el ritual, instrumento necesario para avanzar.

La metodología, conscientes o inconscientes, nos acompañará siempre en nuestro camino como una sombra, por lo que es bueno reflexionar sobre ello y hacerlo consciente.

El camino masónico empieza en la iniciación. Se prepara al postulante para cruzar la puerta del templo, pasando del mundo profano a un lugar sagrado.

Existe la voluntad del profano en iniciarse y su confianza puesta en el hermano que le guía.

Se inicia un nuevo modo de “ver”, de conocer.

Para ello es necesario irse vaciando de su anterior método de conocimiento, al iniciar el nuevo camino, y este nuevo camino iniciativo es la masonería, que solo existe en la logia; fuera de ella, está el mundo profano y en él los masones.

Dice Valentín Weigel que vivió en el siglo XVI que este nuevo modo de “ver”, es un ver sagrado, que se realiza con el entendimiento, no con los ojos de los sentidos, ni con la imaginación sino con el espíritu que es el hombre mismo.

Recuerda que el templo de Jerusalén tiene vestíbulo, el mundo visible; el lugar sagrado, donde con la razón se puede ver más allá del espacio y el tiempo y lo más sagrado que solo lo ven los sabios.

Nuestro camino es para ver al autentico hombre, su espíritu humano y desde él obrar. Tenemos por tanto tres fases en nuestro camino, sigue diciendo Weigel, primero ver en nuestro interior, con imaginación; segundo ver con la razón y tercero ver con el entendimiento, sabiendo que nuestro cuerpo es la casa del verdadero hombre, la casa del alma.

Y solo conocemos según con los ojos que miremos, luego tenemos que empezar conociéndonos a nosotros mismos y en la logia esta lo que es el hombre, tanto en su microcosmos, como en su relación con el macrocosmos.

En este camino hacia nuestro interior, empezamos a conocemos, purificando nuestros sentidos, nuestra inteligencia y nuestra voluntad, disolviendo nuestros vicios y fortaleciendo las virtudes y al mismo tiempo conociendo el lenguaje simbólico que nos abre la mente hacia una intuición inteligente, el entendimiento.

Es necesario planificar nuestro camino, marcamos objetivos, comprobar su cumplimiento y ver donde estamos fallando. ¿Realmente meditamos sobre los objetivos conseguidos y donde fallamos? No hay nada más importante en nuestra vida que estar en el camino de perfección, transformando la conciencia autoritaria en conciencia humanista.

Dice Lumen “No se os pide creer; solamente se os exhorta a poner en práctica las reglas del arte y dejar que los resultados produzcan la prueba. Esto no es fe ciega, sino empirismo científico”.

Contenido para el cambio

Somos una Orden iniciática o sea de auténtica transmutación personal. Somos tolerantes, pero no olvidemos que la tolerancia es un vértice cuya base está en la libertad y en la caridad. Somos una Orden filantrópica, porque el perfeccionamiento moral solo se desarrolla cuando nuestra reflexión se transforma en actos, haciendo realidad la aplicación de nuestros valores y somos una fraternidad, pero sólo seremos auténticamente una fraternidad, si tenemos en nosotros presencia del Gran Arquitecto del Universo. Todos sabemos que la masonería es un sistema peculiar de moral, que se aprende bajo el velo de alegorías y mediante símbolos.

Un sistema es un conjunto de principios, en nuestro caso los principios masónicos del G:. A:. D:. U:., el amor al prójimo, la trascendencia y el conocimiento de uno mismo, ejes y marco de referencia en nuestro camino. Pero si estos principios no los tenemos presentes en todo nuestro recorrido, nuestras reflexiones nunca nos conducirán a la Verdad. Es necesario tener siempre presencia del G:.A:.D:.U:., nuestro centro y sin esta presencia en nosotros que se manifiesta pensando, sintiendo y actuando desde el Amor, el camino que recorramos será siempre profano pero nunca sagrado y por tanto nunca podremos conocemos lo que realmente somos como auténticos hombres.

Existen unos valores (virtudes), que deben ser vividos en la óptica de la nueva luz que vamos descubriendo en nuestro interior, unos vicios que dificultan el camino. Estos obstáculos, es lo primero que debemos eliminar. Poner el acento de la instrucción masónica en estos obstáculos, es facilitar el progreso individual. Aquí, estamos hablando del contenido en el camino de nuestro perfeccionamiento.

Por tanto somos en primer lugar una filosofía moral, que traspasa los limites de la razón para entrar en lo espiritual, universal e intuitivo de los símbolos.

Tenemos una base inicialmente racional y a la vez apunta más allá de ésta. A la luz del conocimiento científico que es lo normal y comprobable, existe este otro tipo especial de conocimiento que es el conocimiento simbólico.

Nuestro objetivo es ser con el GADU. y para ello debemos tener muy claro que es el GADU., Amor.

El Ser ya Es, dice Antonio Blay, el Absoluto ya Es. No hay que llegar a Él; sólo hay que despertar a Él.

Y partimos del hombre, luego debemos conocemos. Del hombre hacia el GADU.

Cada uno debe darse respuesta de quien es y partiendo de esa respuesta, trabajar para despertar en el GADU.

La autentica libertad se obtiene cuando conocemos, no digo creemos, digo conocemos lo que realmente somos y no se conoce lo que no se ama. Amar, conocer y actuar con sabiduría, es nuestra trilogía, la cual genera una moral especial, distinta de la moral hoy existente y esta moral especial es a la que tenemos que prestar atención, tanto para con nosotros, como para con la humanidad, la Naturaleza y el GADU. En esta interrelación, está el progreso en nuestro nivel de conciencia y el fundamento de la ética.

En masonería, existen tres grados simbólicos, aprendiz, compañero y maestro y luego según el rito que se practica, están los denominados grados filosóficos, que en el REAA., van del 4° al 33°.

El masón tiene dos grandes columnas, la de la ciencia y la de la virtud, y las dos deben desarrollarse en paralelo, so pena de crecer desequilibradamente.

Veamos un ejemplo, la globalización es una realidad dado los avances técnicos, medios de comunicación, transportes, Internet etc. Su aplicación ha sido aprovechada en el mundo económico y junto a evidentes avances de bienestar en un tercio de la humanidad, ha generado pobreza y hambre en otro tercio y ello se produce porque la humanidad ha avanzado técnicamente, pero no moralmente.

Procedimiento para el cambio

En el mundo profano existe una metodología pedagógica dual, donde esta el observador y lo observado, él yo y el tu.

Con esta forma de aprender, de recibir información y conocimientos, llegamos a la masonería, donde morimos para un nuevo renacer (la prueba de la tierra).

¿En que consiste este renacer? En dejar los metales fuera del templo. Para ello iniciamos una metodología pedagógica distinta. Ya no es dual, aunque lo vemos en el suelo (pavimento de mosaico). Aprendemos mediante símbolos y el velo de alegorías, siendo la logia el microcosmos y el macrocosmos. El hombre es el microcosmos y participa del macrocosmos. Sin macrocosmos no hay hombre.

Tendemos a progresar hacia la Unidad, comprendiendo los símbolos y alegorías. Ahora debemos observándonos atentamente, conociéndonos, pero ya sin sacar conclusiones, ni comparaciones, propio de un sistema dual, sino actuando desde la armonía con todo y con todos, actuando con sabiduría, llegamos a la maestría. Con este conocimiento del silencio, eliminamos los ruidos internos y externos, tanto corporales, como afectivos o mentales, y podemos regresar a nuestro propio centro interior.

Cada paso que damos en el proceso de conocimiento, debemos observamos, ver nuestras reacciones, pero sin comparar, sin juzgar, sin querer obtener resultados. Debemos observamos desde la unidad, desde la interrelación con todo y con todos, observamos desde el Amor, conociéndonos cada día un poco mas, y no nos perfeccionamos mientras no actuamos en consecuencia. No buscamos el perfeccionamiento, él vendrá a nosotros y aumentaremos nuestro nivel de conciencia.

Cada grado es un peldaño que cada hermano debe superar; para ello debe tener muy claro el objetivo a conseguir; solo así podrá poner los medios para conseguido.

Estos medios nos lo facilita el ritual de grado, con sus símbolos y alegorías; nos da instrumentos de trabajo, para potenciarlos y usados. Solo así se alcanza la meta para pasar a un nuevo grado.

Obtener nuevos grados, sin experimentarlos, sin vivirlos, es introducir el mundo profano en un lugar sagrado y ello necesariamente creará desarmonía, poniendo en entredicho la confianza que puso el postulante en su iniciación, en el hermano que le guiaba en su oscuridad.

De todo ello se desprende que nuestra metodología de instrucción, es desde un sistema dual, y mediante el lenguaje simbólico pasamos a un sistema unitario, total, armónico, donde el Amor es nuestro centro. Solo entonces seremos realmente maestros masones. Con este nuevo conocimiento, nace una nueva moral, la moral masónica, moral para la vida no para la muerte.

Desde la nueva conciencia de un maestro masón, cada hermano elegirá su camino, su rayo que le conduzca al sol, ya que cualquier rayo elegido, recorrido con rectitud, conduce a la misma meta. Si no respetáramos estos infinitos caminos, tantos como los puntos de una circunferencia hacia la meta, estaríamos distorsionando la masonería, que en todo momento debe ser regular, pero nunca uniforme.

Realizada la interiorización del grado de M:. M:. y mientras seguimos perfeccionándonos en nuestro camino, desde la nueva luz, debemos actuar como masones en la sociedad, pero este radio de acción, cuanto más distante del centro, nos presenta nuevos obstáculos y a ello nos viene a ayudar el Supremo Consejo del REAA, con la programación de sus grados.

El filosofismo masónico, incrementa los conocimientos simbólicos y alegóricos, profundiza en los valores, conoce otros caminos iniciativos y nos mejora como ciudadanos.

Es en el filosofismo, donde analizamos los desvalores de la sociedad, causantes de la crisis que padecemos.

Cada cultura genera una orientación en el pensamiento y si hay crisis en nuestra civilización, será necesario analizar las causas de esta crisis, ya que la aplicación de determinados valores, da lugar a la realidad social.

Si analizamos nuestra realidad social, comprobaremos que desvalores son la causa de la crisis, y ayudaremos a los HH:. a ser mejores ciudadanos. Los valores explican el comportamiento social.

Los valores hay que armonizados, no subordinados, con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y con el GADU, con fidelidad a la dignidad de las personas en concreto y no de forma abstracta.

El masón se acerca al GADU mediante le reflexión, con predominio inicial de la razón, fortaleciendo los sentimientos, la inteligencia y la voluntad, procurando la armonía personal, con nuestros semejantes, con la naturaleza y con el GADU y al mismo tiempo, utilizando un lenguaje simbólico y alegórico que nos desarrolla una intuición inteligente, también superior a la razón, pero que luego la ilumina, pudiendo obtener matices mas sublimes en el contenido de nuestros valores.

La masonería es una moral de vida y no de muerte.

Erich Fromm distingue tres clases de símbolos: el convencional, el accidental y el universal.

Dice que en el signo convencional, no hay ninguna relación inmanente. Significa lo que hemos acordado. En el símbolo accidental, tampoco hay relación entre el símbolo y lo que significa. Es una relación por algo que nos ha ocurrido; es una relación personal. El símbolo universal es aquel en el que hay una relación intrínseca entre el símbolo y lo que representa.

Raimon Panikkar distingue entre la hermenéutica sagrada que “es una interpretación de los hechos o acontecimientos en su sacralidad, es decir, sin reducirlos a un mundo gobernado por parámetros racionales o profanos”. “La hermenéutica profana seria la que temáticamente excluiría- sin negadas necesariamente- las categorías del orden sagrado y se limitaría a dar explicaciones en función de los datos de un mundo de la razón y de “lo empírico”” y “la hermenéutica secular, o secularizada si se prefiere, puede ser, en cambio, sagrada o profana, puesto que se puede aplicar tanto al mundo sagrado como al mundo profano”. “Es precisamente el fenómeno de la secularidad, como conciencia de la penetración del factor temporal en toda la realidad y por tanto en el orden mismo del pensamiento, el que nos ayuda a descubrir la relatividad (que no el relativismo) de la verdad, y por tanto de la interpretación”. “El absolutismo del pensamiento solo puede conducir al absolutismo de la acción. Libramos de esta trampa sin caer en la anarquía del agnosticismo y del relativismo, he aquí el desafió de la hermenéutica de la secularizad enfrente de las hermenéuticas tradicionales”.

Es necesario interiorizar nuestros valores, sin crear un sistema cerrado, que permita transmitirlos a las nuevas generaciones y se adapten a las nuevas circunstancias.

Un sistema cerrado de valores, nos puede conducir a la dictadura de la conciencia, si no se adaptan con equidad a nuevas circunstancias.

El poner el acento en la espiritualidad, contrarresta el materialismo actual. La reflexión sobre la dignidad del hombre nos acercará a un mayor humanismo.

El equilibrio de humanismo y espiritualidad es nuestra meta.

En este camino masónico, en el conocimiento de uno mismo, no se conoce en solitario, sino participando en logia, observando la interrelación con el “egregor” de la logia, su personalidad, su espíritu. Que el espíritu de la logia influya en nosotros.

De la misma manera el GADU es nuestro Oriente. La causa primera esta en nosotros y nosotros en la causa primera.

Desde la existencia que es lo que más fácilmente conocemos, a la esencia; del existir al ser.

En este proceso de conocimiento masónico, somos cada uno de nosotros los que debemos trabajar en nosotros mismos. Somos cada uno de nosotros los que observamos con atención, experimentamos y conocemos, si bien la ayuda en este camino es muy importante. No para enseñar conocimientos, pues solo cada uno se puede conocer mejor, pero si para ayudar a perfeccionar las herramientas que debemos utilizar en nuestro trabajo. Esta es la labor del instructor, el cual debe conocer las aptitudes y actitudes de cada uno a los que instruye, motivarlos, que aprecien claramente la meta de cada grado, y solo cuando conozcan el grado y lo hayan experimentado, deberá proponerse el ascenso de grado.

La instrucción es individualizada, ya que cada uno tenemos obstáculos específicos, y el instructor debe prepararse para cumplir su responsabilidad.

Para comprender lo intemporal, lo que es, utilizamos el lenguaje simbólico, observando con atención, en nosotros mismos y nuestra interrelación microcósmica, conociendo con una intuición inteligente, entendiendo.

En cada grado hay que conocer el rito, sus símbolos, la moral y el nuevo estado de conciencia, iluminada espiritualmente. Cada grado tiene unos objetivos y meta propia del grado.

El método filosófico profano, analítico, no es un método masónico. Los conocimientos en el mundo profano, son limitados por las propias limitaciones de nuestros sentidos y su razonamiento. Los valores abstractos solo pueden ser aprendidos mediante un lenguaje simbólico, que es intuitivo. Por ello la dialéctica, dice Rene Guenon “jamás debe ser mas que un medio, no un fin en si misma”. Hay que salir de la lógica filosófica para entrar en la comprensión de los símbolos, que nos desarrolla una intuición inteligente. Es el camino del silencio. Trabajo con Amor.

Dice Satprem en su libro Sri Aurobindo o La Aventura de la Consciencia: “La clave del enigma no es la ascensión del hombre al cielo, sino su ascensión, aquí abajo, en el Espíritu, y el descenso del Espíritu en su humanidad ordinaria, una transformación de la naturaleza terrestre. Es esto lo que la humanidad espera: un nacimiento nuevo que coronará su larga marcha oscura y dolorosa, y no alguna salvación postmortem”.

El hombre es un ser en vías de realización, el hombre tiene unas potencias a desarrollar, las cuales desarrolla y perfecciona, al dar respuesta a los estímulos de cada instante. Es en el recorrer de nuestra vida como vamos desarrollando y potenciando nuestro ser; de ahí que esté de acuerdo con Ortega y Gasset, cuando dice que “Yo soy yo y mi circunstancia”. Es ante nuestro hacer, como consecuencia de nuestras circunstancias, como vamos desarrollando las potencias de nuestro ser, vamos logrando nuestro perfeccionamiento y de ahí la importancia de la vida, de ahí que el hombre, cada hombre, tenga que ser arquitecto de si mismo, debe trazar los planos de ese Templo que quiere construir dentro de si, y se construye mediante la realización concreta de nuestros actos. Así llegaremos a acercamos a ser lo que realmente queremos ser, Una Fraternidad.

Dice Luis Garagalza ” Además de la percepción directa por los sentidos, el hombre dispone de otro sistema de conocimiento indirecto que hace posible la representación en su conciencia de una realidad ausente”.

El cuerpo del símbolo y su contenido son objetivables, si bien el espíritu del símbolo será subjetivo, personal, vivencial e intimo de cada persona. Esta parte subjetiva es la que nos permitirá “ver” lo que esta más allá de la razón, lo que nos evoca, su sentido.

Dice Ernst Cassirer que” por “forma simbólica” ha de entenderse aquí toda energía del espíritu en cuya virtud un contenido espiritual de significado es vinculado a un signo sensible concreto y le es atribuido interiormente”.

Frithjof Schuon nos indica “La dialéctica intelectual, como el símbolo sensible, es un velo transparente que, cuando sucede el milagro del recordar, se desgarra y descubre una evidencia que, siendo universal, brota de nuestro ser, el cual no seria si no fuera Lo que es”.

Mircea Eliade dice que” los símbolos, mitos y ritos revelan siempre una situaciónlimite del hombre…, es decir, aquella que el hombre descubre al tener conciencia de su lugar en el Universo”.Y sigue diciendo que “en la medida en que el hombre supera su momento histórico y da curso libre a su deseo de revivir los arquetipos, se realiza como un ser integral, universal”.

Mediante los símbolos, como medio de conocimiento, lo interpretamos, procuramos “ver” mas allá, lo interiorizamos y procuramos elevar nuestro nivel de conciencia. Nos vamos preparando para vivenciar la espiritualidad.

Así mismo sobre la metáfora, dice H. A. Murena, ” Metáfora: semejanza. Ser semejanza es ser algo que no se es totalmente, somos solo una parte de aquello a lo que nos semejamos”. En la metáfora se “lleva” (fero) “mas allá” (meta) el sentido de los elementos concretos empleados para hacer la obra… .Llevar mas allá lo sensible y lo mundano significa traer mas acá el Otro Mundo”.

No debe preocupamos si inicialmente el sentido del símbolo se nos presenta como un vació, como un gran silencio. Después de la oscuridad se nos ira apareciendo el contenido del símbolo. Es como si en nuestra conciencia, como si fuera un espejo, se reflejara lo ausente del símbolo.

El lenguaje simbólico nos conduce hacia lo intemporal, lo trascendente, lo absoluto. Relaciona al hombre con Dios. Es un método que nos conduce interior y exteriormente hacia la trascendencia. Es un método de conocimiento que nos conecta con las categorías (con los valores transcendentes) y los arquetipos (Tipo soberano y eterno que sirve de ejemplar y modelo al entendimiento y a la voluntad de los hombres.). Es un camino que permite mejorar los niveles de conciencia y acercamos a la Unidad, al Todo, al GADU.

Como dice Marcelino de Cisneros, el hombre esta en el umbral de lo transfinito.

En estos momentos por el que atravesamos, deseo recordar unas palabras de Pike que dice: “Decir que los grados simbólicos constituyen toda la Masonería, es sencillamente dar a esta palabra una definición arbitraria. Es como si se dijera que las partes son igual al todo. Es lo mismo que insistir en que los mandamientos de una religión la contienen toda, con lo cual no se haría más que rebajada. El significado de los tres primeros grados es oculto, y los que menos la conocen son precisamente los que claman sin cesar que fuera de ellos no existe más Masonería”.

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(*) Revista Digital del Supremo Consejo del Grado 33 y último del Rito Escocés Antiguo y Aceptado para España Director: Galo Sanchez; Editor: Jesús Soriano; Consejo de Redacción: Nicolas Arcas, José Luis Lacasa, Alvaro Rodriguez, Angel Fuentes, Jaime García-Herranz, Rafael Ruiz Martos, Miguel Angel Paredes

Edita: Gran Comisión de Publicaciones. Administración: Supremo Consejo del Grado 33 y último del Rito Escocés Antiguo y Aceptado para España. Apartado de correos: 51.562 28080 Madrid España e-mail: zenit@scg33esp.org

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¿Qué es la iniciación?

Posted by cosmoxenus en 18 diciembre 2007

“¿Qué hora es?”, dijo el Prior. “La del alba”, contestó El Guardián. “La hora en que se rasgó el velo del templo y las tinieblas se derramaron por la consternada tierra y se eclipsó la luz y se rompieron los útiles del constructor y se ocultó la flamígera estrella y se hizo pedazos la piedra cúbica y se perdió la Palabra”. Esa Palabra perdida ha sido desde el remoto origen de los tiempos la ambición de aquellos que querían hollar el secreto de los secretos. Algunos pensaron encontrarla en el templo de Delfos, donde rezaba ese “Nosce te Ipsum”; otros, los hijos espirituales de los Argonautas que conocían la ruta del jardín de las Hespérides, escribían en las piedras sus mensajes herméticos, signos incompresibles para aquellos que no habían sido iniciados en los misterios más profundos y cuyo descubrimiento y sabedora interpretación dotaba de la conciencia suficiente para desvelar las leyes de la energía, de la materia y del espíritu. Dicen que el origen histórico de todos esos viajes en búsqueda de la Palabra perdida es posible reencontrarlo en la herencia que la tradición ha sabido guardar durante todas las centurias. La iniciación sería el paso previo a ese descubrimiento y solo el que se haya ante ese único y estrecho portal y posea el valor suficiente para atravesarlo, podrá emprender el camino hacia el encuentro, hacia el despertar, hacia el infinito.

Es difícil tratar del origen histórico según las especulaciones esotéricas que cada escuela tiene sobre la transmisión de las influencias espirituales que toman como soporte los rituales y la sucesión iniciática. Cada uno deberá construir en sí mismo esa historia. El eterno retorno hacia el “hombre primordial”, condición que se perdió tras la degradación que se conoce en el lenguaje tradicional como la “caída”, será la búsqueda que el neófito encontrará ante el proceso de la iniciación, largo proceso para acercarnos a ese estado tras sucesivas y distintas etapas.

Existen muchas interpretaciones sobre el significado y empleo de la palabra iniciación. El origen etimológico viene del latín initiare, que tiene la misma procedencia de initium, inicio o comienzo, viniendo las dos de in-tere, ir dentro o ingresar. En las sociedades tribales, según nos explica la antropología, señala el paso de la infancia a la edad adulta, con lo que el individuo gana la plenitud de sus derechos. En sociedades más estratificadas, el rito se vuelve complejo y designa nuevos valores, nuevas intenciones, nuevos propósitos que deberá alcanzar mediante ritos de mortificación, pruebas de acreditación, en algunas sociedades practicando la circuncisión, tatuajes, ayunos e instrucciones morales y religiosas que motivarán un cambio radical de su presente situación. Es en las sociedades desarrolladas donde el fundamento iniciático representa un significado más profundo y complejo. El iniciado ya no es el que pasa de una edad infantil a una vida sexual plena, sino que es instruido en unas ceremonias y en unos misterios herméticos y resguardados que hasta ahora habían resultado inaccesibles. La iniciación toma un sentido esotérico, misterioso que inculca curiosidad en los ávidos de conocimiento. Un proceso que invita a la reflexión, al análisis y la investigación no solo externa, sino también interna.

Dicen que en el antiguo Egipto, los iniciados en los misterios, los hijos espirituales de Hermes Trismegistus – el tres veces grande, el maestro de maestros-, viajaron por todo el mundo transmitiendo esos conocimientos. Pasaron por la India, por los confines de Asia y Europa hasta llegar a todos los rincones donde el conocimiento pudiera ser resguardado en el secreto. Es gracias a la influencia greco-oriental que recibieron estos conocimientos, cuando se empieza a hablar de sociedades secretas, de misterios y ritos que durante épocas y con diferente signo y forma han llegado desde diversas fuentes hasta nosotros.

Antes de penetrar en las disciplinas que engloban la iniciación y ser heredero de esos antiguos vigías del conocimiento, el neófito está expuesto a una serie de pruebas o interrogatorios para comprobar con todo tipo de rigor que se halla preparado para ello. Los esoteristas hablan de aquella persona que tras pasar el sendero de probación, empieza a ser introducida por los Maestros de la Sabiduría en el conocimiento oculto que existe tras el velo de Isis, tras el mundo de las apariencias, como nos indica Platón en su famosa alegoría de la caverna. Para ello es preparado con sumo rigor, dando las herramientas necesarias para poder interpretar mejor los símbolos. Una vez iniciado, debe entrar poco a poco en el mundo de los significados mediante el estudio y la meditación, y con el tiempo, transformar ese conocimiento y esa sabiduría en servicio a la comunidad en la que se desarrolla como alma iniciada.

Morir para nacer.

A la hora de definir la iniciación, existe una constante que persigue a todas las tradiciones, y ésta es el empleo simbólico de la palabra muerte. Iniciarse es nacer a otra realidad, y para poder hacerlo, primero es requisito indispensable morir en otra. El aspirante que quiera entrar en los Misterios, debe primero saber y poder morir para así, como un hombre nuevo, nacer a la nueva conciencia; es lo que llaman el Segundo Nacimiento. El rito de iniciación es un rito de muerte, igual que el que se practica en algunas tribus para pasar de la vida infantil a la vida adulta: muere el niño, nace el hombre, con sus plenos derechos morales, de familia, de casamiento. A menudo juega un papel importante esta experiencia de la muerte simbólica – algunas organizaciones la representan incluso con tumbas, ataúdes u objetos que nos recuerden a la muerte que se preparan exclusivamente para ello- y la consiguiente resurrección en grados más avanzados. Alice Bailey habla en sus libros de la resurrección como iniciación propiamente dicha; también las escuelas místicas cristianas, tales como los rosacruces hablan del símbolo de la cruz y la consiguiente resurrección de Cristo como un acto de iniciación superior. Max Heindel hacía hincapié en ese glorioso momento. Algunas de estas representaciones simbólicas hacían referencia a la vuelta al útero materno y su correspondiente renacimiento. Muchas pruebas y símbolos tienen que ver con ese nuevo renacer. Recordemos las pruebas del laberinto a las que se hacen referencia. ¿Qué encontramos en el centro del laberinto?

El que ha sido admitido en esta ceremonia de muerte y resurrección, es partícipe de un conocimiento que compartirá con un grupo limitado y para algunos, privilegiado. Será el nacimiento a una nueva fase o periodo vital, un fenómeno de transformación en el cual habrá una destrucción del antiguo rol y un retiro en el que, de forma anónima y voluntaria, se examinarán el sentido de la iniciación y las responsabilidades con ella adquiridas. El principio de entrar a un nuevo estadio social o de conciencia, a una nueva realidad, es lo que determina la función dentro del contexto, que siempre es precedida por un verdadero deseo de conocimiento, de transformación y evolución interior. Muchas órdenes que practican la iniciación como referente, condición y principio esencial para pertenecer a ella, hablan de iniciación como ceremonia a través de la cual el candidato recibe la Luz y presta juramento de secreto y obediencia a esta institución de forma activa y natural. Una vez recibida la Luz, el neófito pasa de pleno derecho y para siempre a pertenecer no solo a la Orden que le ha impreso el ritual en sus carnes, sino a esa gran familia de Iniciados extendida por la faz de la Tierra. En ese proceso irrevocable, la condición de iniciado le acompañará hasta el día de su muerte.

Dentro de estos rituales, debemos tener en cuenta la connotación simbólica de todo el proceso. Un nuevo iniciado no recibe toda la luz de una sola vez, como una revelación divina que le llevará a un alto grado de conciencia. El método es mucho más complejo. La iniciación en escuelas de misterios u órdenes iniciáticas supone una aproximación al Misterio que deberá ir revelándose gracias al esfuerzo y el trabajo constante. La iniciación revela un gran proceso, un gran tránsito y un propósito que deberá seguirse con paciencia y rigor. Los símbolos, las alegorías, los pases, las contraseñas, el contacto con otros iniciados, con otro entender, con otra forma de ver y experimentar la vida, ya es de por sí una revelación consumada. Recibir la iniciación es un proceso que ha servido para perpetuar en el tiempo las grandes verdades ocultas. Al recibir la iniciación, el neófito, con su esfuerzo y dedicación estará preparado algún día para ser dador e instrumento de esa empresa. La iniciación consigue perpetuar en el espacio y en el tiempo aquello para lo que ha sido formulada. Si un eslabón muere, otros lo sustituirán. Morirá el instrumento, pero no la tradición. En palabras de Aldo Lavagnini, “podemos considerar estas fraternidades y movimientos como el alma multiforme del Espíritu Uno de la Tradición Universal, que ha venido directamente y sin interrupción hasta nosotros de los antiguos Misterios”. Por lo tanto, un iniciado es el heredero directo de toda la tradición desde los tiempos remotos, desde el origen de toda civilización.

Aún así, muchas escuelas afirman que la iniciación simbólica solo explica un episodio que realmente se realiza en planos más sutiles. Cuando un neófito deja el mundo profano para entrar de lleno a un nuevo estadio o lugar sagrado, sus actos no tienen por qué reflejar su verdadero grado interior. La iniciación simbólica puede ir acompañada de una verdadera iniciación espiritual, entrando de lleno en lo que algunos llaman el Sendero y la Jerarquía oculta del planeta.

Existen ordenes como la masonería que en según qué ritos llegan a tener una infinitud de grados para designar la perfección o perfectibilidad de un hombre. En la época de la Ilustración, era común racionalizar todos los ámbitos humanos, buscando siempre un orden existente. La unidad psíquica de la humanidad, el progreso y la perfectibilidad no solo podían explicarse mediante secuencias evolutivas como las de Darwin para la biología, sino también culturales y espirituales. Antropólogos como Morgan o Tylor desarrollaron sus propias teorías evolucionistas, siendo Tylor el padre de las teorías animistas, las cuales desarrollaban el concepto religión desde las fases más primitivas a la más desarrolladas, pasando por el politeísmo, el monoteísmo y acabando en la ciencia como culminación de ese hecho religioso. Esas secuencias que empezaban desde lo más simple a lo más complejo, vieron su reflejo en las órdenes de índole iniciática. En ritos masónicos como el escocés existen hasta 33 grados, y en algunos egipcios más de 90 grados iniciáticos. Los Iluminatis solían utilizar una docena de grados y los rosacruces infinitud de ellos., así como los martinistas, los templarios, los teosóficos, etc. Algunas escuelas añaden la fórmula de auto iniciación, un proceso por el cual el neófito, mediante sus esfuerzos, es capaz de llegar a ciertos grados de aspiración espiritual. Estas doctrinas están en gran medida influenciadas por las enseñanzas de Aleister Crowley, quién nos indicaba que el grado iniciático no podía ser conferido sino que únicamente era adquirido por el trabajo y la disciplina iniciática. En contra de estas afirmaciones, teníamos los postulados de Réne Guénon, donde en su obra “Apreciaciones sobre la Iniciación” nos habla de la imposibilidad de la auto iniciación o la iniciación por correspondencia, como muchas escuelas practican hoy día. Para entender ambas posturas, deberíamos llenar de significado y añadido todo lo que la palabra iniciación entraña.

Iniciación simbólica e iniciación real.

Se suele hablar de dos tipos de iniciación: la tradicional o simbólica, la cual se consigue en la estructura de una orden iniciática o un grupo que a su vez ha recibido la tradición, es decir, estamos aquí hablando de una iniciación humana y referenciada dentro de un marco reducido, de disciplina y estudio constante que intenta estimular por el rito o el trabajo iniciático continuo la que sería la segunda tipología de iniciación: la iniciación espiritual, mística o solar según quién la nombre, en la cual intervienen las fuerzas y las leyes cósmicas, siendo la estructura desarrollada desde la conciencia subjetiva de cada sujeto en el esfuerzo de su vida diaria. Existirían pues, muchos iniciados que realizan su trabajo en el silencio de la vida diaria sin ser conscientes de su condición o grado o sin presumir de ella. La primera no es condición de la segunda, pero pueden ir perfectamente a la par.

Dentro de la estructura de la iniciación simbólica, existen, de cara a lo exterior o externo, a lo exotérico, unos preliminares casi indiscutibles. Para poder ser iniciados necesitamos de una institución o medio que permita esta iniciación, de un maestro o figura que previamente haya sido receptor de esa tradición y así mismo, de un ritual que llene de significado el simbólico momento. Esta estructura suele estar organizada y pensada para que no muera en el tiempo, sino, para que se perpetúe de forma infinita y pueda ser el principal nexo de transmisión, la forma por la cual se mantenga sin interrupción la continuidad de la llamada “cadena iniciática”. Sin embargo, la ceremonia en sí, ¿es un puro trámite, una fórmula arbitraria o existe en ella un significado y una importancia que escapan a la observación superficial? Así lo expresa Aldo Lavagnini y responde diciendo que cada receptor de la iniciación tiene el privilegio de contestar individualmente en proporción a su entendimiento y la iniciación será para él lo que él mismo la reconozca y realice. Si es cierto lo que nos dicen, tras el velo de la iniciación simbólica, existe una iniciación real, una iniciación espiritual que nos abre la puerta hacia una realidad aún superior a la ya conocida o recibida mediante el rito: una Realidad profunda que constantemente se oculta bajo la apariencia exterior de las cosas, un eco de la Palabra Perdida que aún se transmite y perdura.

Tomado de: http://acacia.galeon.com/productos1105321.html

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