El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for 16/06/07

El diluvio, un mito real

Posted by cosmoxenus en 16 junio 2007

REVISTA AÑO CERO

Hoy sabemos que el relato del Diluvio Universal es el mito más extendido entre los pueblos que habitan la Tierra. Referencias a una pretérita inundación que acabó con la humanidad anterior y fue origen de la actual, se encuentran en el folklore de más de 500 culturas en los cinco continentes. Aunque para explicar tales hechos la antropología nos habla de «mitos de refundación» (ver recuadro), es evidente que la elección mayoritaria de la forma en que la humanidad anterior sucumbe y nace la nueva (lluvias incesantes) hace que muchos se planteen que tras estas historias debe haber algo más.
Quizás todas ellas respondan a un hecho real, acontecido en algún momento del pasado remoto. El problema es que no se han aportado buenos argumentos que expliquen el misterio. Hasta el siglo XIX, en nuestra cultura occidental oficialmente no se tenían dudas sobre la realidad y causa del Diluvio: ¡era un castigo divino! No fue hasta la mitad del siglo XX cuando se comenzaron a formular teorías para explicar el mito. En 1958, Charles H. Hapgood propuso en el libro Sendero hacia el Polo su hipótesis de un deslizamiento brusco de la corteza terrestre sobre el manto. Éste tendría su origen en la combinación del movimiento de rotación del planeta y el enorme peso de la gruesa capa de hielo acumulada en el hemisferio norte, a causa de la cuarta glaciación. Como resultado de este desplazamiento, las masas de hielo habrían quedado en latitudes más cálidas, produciéndose su rápida fusión. Esto habría causado que el nivel del mar subiera bruscamente en todo el planeta, ocasionando inundaciones catastróficas que habrían sido la base para las leyendas diluvianas.

Aunque el propio Einstein elogió la hipótesis de Hapgood al prologar su libro, tal idea es incorrecta, pues no sólo necesita suponer que el comportamiento a corto plazo del manto terrestre es como el de un fluido, si no que además ignora aspectos como los datos paleomagnéticos, geológicos, paleontológicos o la datación de los hielos antárticos o de Groenlandia, puntos que eran en gran medida desconocidos cuando Hapgood formuló su hipótesis.

Otros investigadores han apuntado que el Diluvio pudo originarse por la caída de un enorme meteorito en el hemisferio sur, hace 5.000 ó 6.000 años, pero un evento tan extraordinario debería haber dejado evidencias fáciles de detectar por los geólogos actuales y no parece haber ningún indicio en tal dirección. Pero entonces, ¿existe una respuesta al misterio? Lo que mejor explicaría el mito diluviano es que realmente se hubiera producido en algún momento un fenómeno de lluvias incesantes, en todo el planeta y al mismo tiempo. Pero ese extraordinario evento no tendría explicación… ¿O quizás sí? Para tratar de resolver el enigma, debemos ocuparnos de otro asombroso suceso del pasado para el que los científicos no tienen una respuesta concluyente: el extraño final de la cuarta glaciación. Quizás relacionando estos dos misterios pueda surgir una respuesta para ambos. La Cuarta Glaciación Para comprender las extrañas circunstancias que acompañaron el final de la última glaciación y el advenimiento del clima que desde entonces tenemos en nuestro planeta, debemos conocer sucintamente la climatología que se dio durante este frío período.

La cuarta y última glaciación comenzó hace 115.000 años, cuando nuestra especie ya había surgido en el sureste de África. En aquellas fechas y en distintos lugares del planeta, las nieves que habían caído durante el invierno no terminaron de derretirse en verano y las nuevas precipitaciones de nieve del invierno encontraron una superficie idónea para cuajar y perdurar, iniciándose un proceso de acumulación que se mantendría durante los siguientes 100.000 años. El agua que se evaporaba de los océanos no era devuelta a éstos en igual proporción, al quedar en parte depositada en forma de nieve sobre las tierras emergidas. Esto hizo que el nivel del mar bajara gradualmente, llegando a estar en los periodos más fríos hasta 140 metros por debajo del actual. Sin embargo, lo que resulta más llamativo del período de glaciación, desde nuestra perspectiva climática, no es que las temperaturas medias globales estuvieran en torno a 15º C por debajo de las actuales, ni siquiera que el nivel de los océanos bajase; lo más curioso es que el clima fue terriblemente inestable. Se produjeron bajadas agudas de las temperaturas para, en relativamente muy poco tiempo, recuperarse e incluso alcanzar en algunos lugares valores cercanos a los actuales en esas mismas zonas.

Mientras nuestros ancestros salían de África para extenderse por otros continentes, sufrieron variaciones climáticas que duraron unos pocos milenios y a veces tan sólo algunos siglos. Estas variaciones son conocidas por los científicos con el nombre de estadiales e interestadiales, según las temperaturas fuesen más o menos bajas respectivamente e iban acompañadas de bajadas y subidas en el nivel del mar de hasta 35 metros. De producirse hoy, esta inestabilidad del clima nos parecería catastrófica. Sin embargo, en aquel tiempo no existían actividades humanas que pudieran provocar o acentuar esa oscilación térmica.

Para hacernos una idea, sería como si en época romana las temperaturas hubieran sido como las actuales y se hubieran mantenido así durante unos pocos cientos de años para luego bajar 15 grados durante toda la Edad Medía. Y luego, después de ese mini período glacial, en el Renacimiento habrían subido de nuevo hasta alcanzar en nuestros días otra vez temperaturas más suaves, un corto período tras el cual volverían a bajar produciendo otros 1.000 ó 2.000 años de glaciación, después de los cuales volverían a subir y así sucesivamente durante gran parte de los 100.000 años que duró la glaciación. Desde nuestra perspectiva de clima estable, esta situación sería un disparate, pero es lo que sucedió en la última glaciación.

Hace 11.500 años, el final de la Cuarta Glaciación no sólo trajo una subida generalizada de las temperaturas medias de 10-15 grados en todo el planeta, si no que esa subida… ¡se produjo en poco más de 10 años! Y más asombroso aún: a partir de entonces, el clima se estabilizó. ¿Qué extraordinario suceso tuvo que producirse para que el clima se calmase como nunca antes? ¿Qué motivó esa fuerte subida de temperaturas en tan corto período de tiempo? La respuesta nos llega de nuestros antepasados: llovió. Y lo hizo incesantemente durante días y días. Llovió de tal forma que quedó grabado en la memoria cultural de todos los pueblos de la Tierra. nubes de hielo cósmico Lluvias torrenciales, incesantes y generalizadas. Esto es lo que se desprende de las múltiples leyendas que han llegado hasta nosotros. Pues bien, existe una posibilidad que podría explicarlo todo.

Nuestro sistema solar viaja en el espacio. Da una vuelta en torno al centro de la galaxia cada 250 millones de años y durante ese viaje podemos cruzarnos con una asombrosa variedad de materiales. La idea de que el espacio es un medio vacío no se ajusta a la realidad. De hecho, cada año caen a nuestro planeta miles de toneladas de material interestelar y se considera que una parte del agua de nuestros océanos es de procedencia extraterrestre.

En el espacio galáctico existen inmensas nubes de polvo y gases cósmicos. Algunas de estas «nubes» están constituidas en su mayor parte por minúsculas partículas de hielo. En dos recientes informes financiados por la NASA, el astrónomo Alex Pavlov afirma que la Tierra pudo haber sufrido intensísimas glaciaciones, al atravesar el sistema solar una de estas nubes. Prueba de que esto ha sucedido en la historia de nuestro sistema solar podrían ser los anillos de Saturno, cuya composición parece ser precisamente esa. ¿Qué habría pasado si la Tierra hubiera atravesado una nube de polvo de hielo de dimensiones moderadas y baja densidad, hacia el final de la última glaciación? En primer lugar es muy probable que se produjeran descensos de temperaturas globales al interponerse la nube o partes de ella entre el Sol y nuestro planeta, lo que amortiguaría los rayos solares que recibimos. Y después, al ser atraídos por la gravedad terrestre, jirones de esa nube se precipitarían en la atmósfera, aportándole grandes cantidades de polvo de hielo. ¿Qué ocurre cuando una partícula de hielo entra en nuestra atmósfera? Que se funde, convirtiéndose en vapor de agua. Un aporte masivo de estas partículas tendría dos consecuencias: un descomunal aumento del vapor de agua atmosférico, lo que elevaría rápidamente y de forma espectacular el efecto invernadero, acarreando una subida de las temperaturas en cuanto el camino de los rayos solares a la Tierra se hubiera despejado. Y después, por saturación, se producirían lluvias torrenciales generalizadas en todo el planeta.

Y esto es justo lo que dice la historia climática. El comienzo del deshielo que marca el inicio del período de desglaciación que puso fin a la Cuarta Glaciación se produce hace 20.000 años con un lento cambio hacia temperaturas más cálidas. Pero, una vez iniciado el ascenso térmico, se producen dos episodios de regreso al frío llamados Oldest Dryas y Younger Dryas, durante los cuales y a pesar de la bajada de temperaturas, no se produjeron descensos en los niveles de CO2 ni en el nivel del mar, que continuaron ascendiendo extrañamente.

Hace unos 14.700 años, después del primer regreso al frío del Oldest Dryas, las temperaturas comenzaron a subir y en pocas decenas de años alcanzaron un valor medio casi semejante al actual. Los registros en los hielos de Groenlandia nos dicen que las precipitaciones de nieve aumentaron bruscamente, pasando a ser el doble de las anteriores. Después de este rápido calentamiento, que duró entre 10 y 50 años, las temperaturas regresaron lentamente al frío (período Younger Dryas), en el que se alcanzaron valores muy bajos (hace entre 12.200 y 11.500 años) a pesar de que entonces la intensidad de la radiación solar era superior a la actual. Finalmente, hace unos 11.500 años, las temperaturas volvieron a subir, con una velocidad que asombra a los climatólogos –unos 15º C en poco más de diez años–, manteniéndose así hasta nuestros días. Un aporte hídrico de esa magnitud sin duda habría estabilizado el sistema climático, lo que también coincide con lo observado. Los datos nos dicen también que tras el fin de la glaciación, el clima fue sustancialmente más húmedo en todo el mundo. Es la época en la que el árido Sahara se encontraba salpicado de lagos y zonas pantanosas.

Aunque es posible que ya se hubieran dado episodios de lluvias intensas con anterioridad (final del Oldest Dryas), hace 11.500 años pudieron producirse lluvias torrenciales y continuadas en todo el planeta, que constituirían el origen de todas las leyendas diluvianas.

Estas lluvias habrían terminado con la inestabilidad climática y este hecho habría sido determinante para los seres humanos, al permitir el desarrollo de la agricultura. Tal y como se nos relata en los distintos relatos de diluvios, la lluvia acabó con la humanidad anterior (cazadora, recolectora y nómada) y ocasionó el nacimiento de una nueva humanidad (agrícola, ganadera y sedentaria). Si las piezas encajan, ¿por qué no creer a nuestros antepasados? Aterrorizados bajo una intensa lluvia acompañada de terribles relámpagos, sin ver el Sol durante semanas, tuvieron que encontrar una explicación. Estaban bajo la tormenta que los dioses enviaban para castigarlos.

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101 mitos sobre la Biblia. Cómo crearon los antiguos escribas los relatos bíblicos

Posted by cosmoxenus en 16 junio 2007

Gary Greenberg

Introducción

La gente estudia la Biblia por una amplia variedad de razones. Unos buscan una guía espiritual o moral en su pozo de sabiduría. Muchos otros la leen por sus narraciones y poesías, entre las más bellas de toda la literatura. Incluso hay quienes la leen como relación de nuestras raíces culturales. Y aún otros por la visión que nos ofrece sobre la vida y obras de las personas en las civilizaciones antiguas.

Para millones de personas, sin embargo, la Biblia es la infalible palabra de Dios, por lo que sus mandamientos deben ser obedecidos con reve­rencia y sus enseñanzas deberían ser la guía principal para nuestra orga­nización social. Pero para aquellos que estudian la Biblia de forma aca­démica con el propósito de determinar quién la escribió, cuándo, qué hechos son ciertos y cómo llegó a adoptar su forma actual, el trabajo es una compleja colección de enigmas, muchos de los cuales todavía han de ser resueltos.

Una significativa parcela de estudio se preocupa por el desarrollo de los cinco primeros libros de la Biblia, a saber: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, conocidos colectivamente como Pentateuco (palabra griega que significa «cinco rollos») o Tora (palabra hebrea que significa «enseñanzas»). Colectivamente, explican la historia de Israel desde el inicio de la Creación a las andanzas por el desierto tras el Éxodo de Egipto. Son importantes porque nos explican cómo se desarrolló la relación entre Dios e Israel. El primer foco de atención se centra en el esta­blecimiento de una alianza entre Dios y los primeros patriarcas, Abraham, Isaac, Jacob y José; más adelante, el foco de atención se dirige a la relación entre Dios y Moisés. La historia narrada en estos libros finaliza con la muerte de Moisés mientras Israel está preparándose para llegar a la Tierra Prometida.

Aunque en estos cinco libros no se encuentran referencias a la autoría de Moisés, desde el tiempo en que pasaron a manos de los lectores, hace más de dos mil años, hasta mediados del siglo diecinueve, ha sido casi uni­versalmente admitido por los estudiosos de la religión que era su único autor. Por esta razón, aún se identifican estos volúmenes como «Los cinco libros de Moisés».

Con el paso de los siglos, y a pesar de la agresiva oposición de las dife­rentes iglesias, un puñado de estudiosos señalaron una serie de inconsis­tencias lógicas en la idea de la autoría mosaica de estas obras. Por ejem­plo, en Deuteronomio 34, 6 encontramos: «Y él lo enterró (a Moisés) en un valle de la tierra de Moab, frente a Bet-Peor: pero nadie ha sabido de su sepulcro hasta el día de hoy».

Este episodio no sólo describe el entierro de Moisés, sino que también nos dice que el paradero de su tumba es desconocido hasta el día de hoy, indicando que el pasaje se escribió bastante después de la muerte de Moisés y no pudo ser escrito por él.

A principios del siglo XVIII, varios estudiosos empezaron a prestar aten­ción al problema de los «dobletes», dos narraciones contradictorias del mismo suceso. Hasta un lector casual puede encontrar muchos ejemplos de ello: dos relatos diferentes de la Creación, dos listas diferentes de los animales que entraron en el arca de Noé, dos explicaciones diferentes de por qué cambió Jacob su nombre a Israel, dos diferentes ocasiones en las que Moisés hace brotar agua de una roca en Meribá, y muchas más.

Cuando estos dobletes se sometieron a escrutinio, los estudiosos des­cubrieron unas características inusuales. La más importante era la siguiente: un grupo de historias siempre utilizaba la palabra hebrea Yahvé como nombre del Dios hebreo, mientras que otro utilizaba Elohim. Se dispusieron entonces a clasificar las narraciones según el nombre utiliza­do y descubrieron que las narraciones de un grupo tenían temas y estilos literarios diferentes de las del otro.

Esta división por estilo, temas y nombre condujo a la idea de que habían por lo menos dos corrientes literarias separadas que se combinaron en un solo documento, y que por lo menos una debía haber sido escrita después del tiempo de Moisés y por lo tanto, por otra persona.

La hipótesis documental

Esta línea de investigación condujo a un descubrimiento todavía más sor­prendente. A principios del siglo XIX, el análisis de los marcos temporales históricos, las secuencias de las narraciones, los estilos literarios y los temas religiosos mostró que había por lo menos cuatro fuentes docu­mentales diferentes integradas en los cinco libros de Moisés, cada una con su propio punto de vista subyacente y escritas en momentos diferentes. Y, por supuesto, debía haber por lo menos un editor que combinase las fuentes en una sola narración.

Durante el siglo xix, los defensores de este punto de vista, el más influ­yente de los cuales fue Julius Wellhausen (1844-1918), empezaron a investigar las capas y secuencias de estas cuatro fuentes, y al final del siglo habían establecido un marco general para el estudio del Pentateuco. Esta tesis de las fuentes múltiples es conocida como hipótesis documental y es casi imposible encontrar un estudioso hoy en día que no acepte alguna variedad de esta propuesta.

En términos generales, la hipótesis documental mantiene que hay cua­tro fuentes principales de documentos en los cinco libros y que estas fuen­tes pasaron por estadios evolutivos antes de integrarse en una única narración. Estas cuatro mentes han recibido los sobrenombres de J, E, P y D. Cuando hablamos del autor de alguna de ellas hay que tener en cuen­ta que cada mente puede haber sido una colaboración a lo largo del tiem­po de escritores o escuelas de escritores. Las siguientes descripciones deberían tomarse sólo como guías introductorias a las cuatro fuentes. Hacer la debida justicia a todos los temas y características distintivas aso­ciadas a cada una ocuparía un volumen extenso.

La fuente J

La J del nombre se refiere a la utilización del nombre hebreo «Yahvé» (Jehová) para referirse a Dios. También se la conoce como la mente o redac­ción jehovahista (o yavhista). Originalmente, la fuente J presentaba una historia general de Israel que empezaba con la narración de la Creación, Adán y Eva y el diluvio, y continuaba por todo el periodo patriarcal hasta llegar al Éxodo de Egipto y las andanzas por el desierto. Algunos estudiosos creen que originalmente la historia de la fuente J seguía hasta los tiempos de los reyes David y Salomón y que partes de J aparecen, además de en el Pentateuco, en otros libros históricos de la Biblia, como el de Josué, los dos libros de Samuel y el primer libro de los Reyes.

La deidad de J exhibe muchas características antropomórfícas, interacciona físicamente con los seres humanos y muestra sus emociones y reac­ciones ante los acontecimientos. Asimismo centra su atención en hechos y lugares de importancia para el reino de Judá bajo el rey David y sus suce­sores. En esta fuente, la alianza entre Dios y la casa de Israel acaba en las manos de Judá, el cuarto hijo de Jacob y fundador de la tribu de Judá, a la que pertenecía David, La fuente J se centra también más en tos patriarcas que en Moisés.

El origen de J puede situarse en una época tan temprana como la época del rey David (principios del siglo x a.C.), pero como muchos de sus temas reflejan el conflicto entre Judá e Israel después de la muerte de Salomón, su origen puede situarse con mayor probabilidad en algún momento des­pués de la separación entre Judá e Jsrael (finales del siglo x a.C.)y antes de la conquista y destrucción de Israel en el año 72 a.C.

Las fuentes E y S

En los primeros estadios de la investigación sobre los orígenes documentales de la Biblia, la fuente eiohista, conocida como E, incluye las narra­ciones que usan Elohim como nombre de Dios. Un análisis detallado muestra que, en realidad, E consistía de al menos dos fuentes separadas de documentos que usaban Elohim como nombre de Dios pero que presen­taban puntos de vista muy diferentes. La segunda fuente incrustada en E se preocupa fundamentalmente de los rituales y otros temas sacerdotales, con las fechas, medidas y números. A causa de su atención por estos temas recibió el nombre de fuente S o Sacerdotal.

Mientras que la deidad de E exhibe características antropomórfícas similares a las de J, la deidad de S es amorfa, distante y fría. La deidad antropomórfíca sostiene discusiones con los humanos; la deidad de S no realiza tal interacción.

Por lo general, se acepta que E es más antigua que S pero quizás más moderna que J. La fecha más probable de composición sería antes de la conquista asiria. El escritor elohista centra su atención en temas del reino de Israel y da versiones de hechos históricos contrarias a las de J. En E, por ejemplo, la alianza entre Dios e Israel pasa de Jacob a José y a Efraím, cuyo territorio sirvió de capital a Israel después de la división de los dos reinos hebreos. E propone con fuerza a Moisés como héroe nacional y centra su atención en sus actos más que en los acontecimientos del periodo patriar­cal anterior. E se preocupa menos por la ortodoxia religiosa que J o S. La historia de E se inicia en el periodo patriarcal después del diluvio y no dice nada sobre la Creación.

Muchos de los dobletes de E y J reflejan las guerras de propaganda reli­giosa y política entre Israel y Judá después de la división de ambas nacio­nes. Judá creía en una autoridad centralizada fuerte que gobernara desde la capital de Jerusalén, con un rey que ejerciera de monarca fuertemente autoritario. E, que englobaba una coalición de varios estados que, teórica­mente, englobaban diez tribus, prefería un sistema altamente descentrali­zado en lo político y lo religioso. El autor de E era probablemente un sacer­dote levita descendiente de Moisés. Muy probablemente procedía del centro de culto de Silo, que se alió con Israel cuando éste se separó de Judá.

Mucho antes de que el Pentateuco alcanzara su forma actual, un editor intermedio combinó J y E en una única narración que omitía porciones de ambos.

La fuente S, además de su visión diferente de la deidad, se distingue de las demás por su asociación con la rama aaronita del sacerdocio. La Biblia retrata a Aarón y Moisés como hermanos de la tribu de Leví y uno de los conflictos que preocupa a la Biblia es si sólo los aaronitas o todas las ramas de la tribu de Leví deberían desarrollar la principales funciones sacerdotales del templo. S tiende a privilegiar a Aarón frente a Moisés y defiende que sólo la rama aaronita de los levitas debería realizar las principales funciones del templo. Esto sugiere que el autor sacerdotal pertene­cía a una secta levita que operaba en Jerusalén, con un conocimiento ínti­mo de todos los rituales y características del templo de Jerusalén.

Al igual que J, S empieza con el relato de la Creación. Aunque nada tiene que decir sobre Adán y Eva o los acontecimientos del Jardín del Edén, hace contribuciones a la narración del diluvio.

Con la caída de Israel en el 722 a.C., muchos de sus ciudadanos emigra­ron hacia el sur, llevando a Judá nuevas presiones políticas y religiosas. Los sacerdotes refugiados llevaron consigo el punto de vista de la versión E, la que propone a Moisés como héroe y sostiene que todos los levitas son igua­les. Esto era un desafío a la autoridad de la rama aaronita de Leví, y el ori­gen de P puede situarse en un esfuerzo para reforzar su autoridad apelando a las tradiciones históricas. Probablemente, la fecha de composición de S se sitúa entre la conquista asiria y la conquista babilonia de Judá en el 587 a.C.

La fuente D

D toma su nombre del Deuteronomio, que virtualmente no contiene tra­zas de las otras tres fuentes al igual que no aparecen trazas de D en los otros cuatro libros del Pentateuco. Refleja los puntos de vista reformistas del rey Josías, a finales del siglo vn a.C. y empieza con la historia de Moisés. Josías, si se puede confiar en el texto bíblico, inició grandes refor­mas religiosas de tendencia ortodoxa, reinstaurando un gobierno político y religioso altamente centralizado. El libro segundo de los Reyes declara que la Ley de Moisés se había perdido y los ayudantes de Josías la encon­traron accidentalmente en alguna parte remota del templo. Al leer los documentos descubiertos, Josías quedó sorprendido al averiguar que el reino se había apartado del camino correcto. Como reacción, dispuso una serie de reformas para reconducir al reino según las leyes acabadas de des­cubrir. Este libro perdido de las leyes sería el libro del Deuteronomio y si fue escrito en tiempos de Josías, puede datarse en torno al 622 a.C.

El análisis de las fuentes muestra que el Deuteronomio pertenece a un grupo mayor de obras que incluye los libros bíblicos de Josué, los dos de Samuel y los dos de los Reyes y relata la historia de los hebreos desde Moisés hasta el Cautiverio de Babilonia. Esta colección de libros históri­cos de la Biblia se conoce como la «historia del Deuteronomio» y narra la historia de Israel desde los tiempos de Moisés (h. 1300 a.C.) hasta los del rey Josías (h. 622 a.C.).

El tema predominante del Deuteronomio y las historias relacionadas con él es la obediencia a Dios. Se juzga al pueblo y a sus reyes según su acatamiento de las leyes establecidas en la fuente D. De forma inevitable, todos los reyes israelitas fallan esa prueba y sólo un puñado de reyes de Judá, entre ellos David y Josías, reciben un juicio positivo.

La tableta asiría del diluvio

La hipótesis documental es sólo una forma importante de investigar los orígenes de la Biblia. Su atención se dirige al interior del libro, se preocu­pa solamente del texto. Examina el estilo literario, los temas, el lenguaje y las capas de edición para dividir la Biblia en fuentes documentales. Estas técnicas han demostrado que muchos otros libros de la Biblia, aparte del Pentateuco, combinan múltiples fuentes, aunque diferentes de las de los cinco primeros libros.

Otra pregunta importante es la siguiente: ¿Qué ideas exteriores influyeron en los autores de J, E, S y D? Cuando J o P hablan de la Creación o el diluvio, por ejemplo, ¿sus ideas son propias y únicas de los autores bíblicos o éstos confían en ideas provenientes de las culturas vecinas? A pesar de las diferencias entre fuentes en las narraciones sobre los patriarcas y del Éxodo, ¿las narraciones básicas describen acontecimientos históricos o son cuentos y leyendas adaptadas con fines propagandísticos o de otro tipo? Después de todo, el antiguo Israel vivió en la confluencia de tres grandes corrientes culturales (la egipcia, la cananea y la mesopotámica) con tradi­ciones históricas y literarias más antiguas y substanciales.

La historia bíblica afirma que Israel habitó durante largo tiempo en Egipto durante sus estadios formativos. Constantemente, la Biblia castiga a Israel por sucumbir a las influencias cananeas. Antes de que la Biblia adqui­riera su forma definitiva, la élite educada de Israel vivió un exilio forzado en Babilonia y, un siglo después, bajo el dominio más benévolo de los persas una vez éstos derrotaran a los babilonios, los líderes hebreos fueron libera­dos. Cualquier intento de los escribas cultos hebreos de construir su propia historia del mundo, desde la Creación hasta el momento de la escritura de cualquier mente documental, debería tener en cuenta lo que sus vecinos habían dicho sobre los mismos tiempos y lugares, porque las narraciones de los vecinos eran bien conocidas y tenían amplia circulación. Eran las narra­ciones que creían las personas más educadas de aquella época.

El 3 de diciembre de 1872, esta cuestión pasó a primer plano de los estudios bíblicos. En esa fecha, un asiriólogo de nombre George Smith leyó una conferencia ante la Society of Biblical Archaeology. Había esta­do investigando entre miles de tabletas y fragmentos procedentes de la biblioteca asiría del rey Asurbanipal, del siglo vil a.C. En lo que se conoció después como la «Tableta XI» del poema épico de Gilgamesh, escri­ta en acadio, una lengua semítica más antigua que el hebreo, había des­cubierto una narración del diluvio con remarcables paralelos con el relato bíblico.

Aunque era politeísta, mientras que la Biblia era monoteísta, explicaba básicamente el mismo cuento. Los dioses se habían enfadado con la humanidad y habían decidido destruir la raza humana con un diluvio. Una de las deidades advirtió a un amigo humano de nombre Utnapishtim y le ordenó construir un arca y prepararse para el día fatídico. Cuando las lluvias se iniciaron, Utnapishtim condujo a su familia, a una serie de ani­males y a unos artesanos a la barca. Cuando las lluvias cesaron y las aguas se retiraron, Utnapishtim soltó tres pájaros en diferentes momentos para averiguar si era seguro salir del arca. Finalmente la barca embarranca en la cima de una montaña. Al igual que en la Biblia, después del diluvio, los dioses se arrepienten de sus actos contra la humanidad.

La estructura de la narración asiría es paralela en términos generales a la narración bíblica; pero el detalle de soltar sucesivamente los tres pája­ros, cosa que también sucede en la narración de Noé, es una coincidencia tal que no puede sino hacernos pensar que las dos historias comparten una fuente común.

Pero ambas narraciones también presentan múltiples diferencias. En el relato asirio el diluvio es más breve, las dimensiones del arca son diferen­tes, el número de personas y animales que en ella se transportan varían significativamente, las barcas no embarrancan en la misma montaña, los héroes tienen nombres diferentes y el dios que envía el diluvio no es el mismo que ordena a Utnapishtim construir el arca. Aunque la diferencia más importante es que el texto bíblico no toma prestado ninguno de los pasajes narrativos del texto asirio.

Por lo tanto, tenemos por un lado una estructura similar que parece ir más allá de la coincidencia y por el otro una amplia variación en los deta­lles de la historia que llegan tan lejos que parecen sugerir la existencia de dos fuentes totalmente diferentes. Sin embargo, el descubrimiento produ­jo una avalancha de estudios sobre asiriología dirigidos a las comparacio­nes bíblicas. Con el tiempo, se descubrieron otras versiones de la misma narración del diluvio en otros textos babilónicos de otras sociedades, algunas de las cuales eran anteriores al texto bíblico. Finalmente, en una coincidencia más que remarcable, una lista de reyes del siglo iv a.C., una corrupción de una lista de reyes sumeria (anterior a Babilonia) que se databa en el 2000 a.C., situaba el diluvio universal durante el reino del décimo rey que gobernó la humanidad, mientras que el diluvio bíblico ocurría en la décima generación después de la Creación.

¿Corroboran la historias mesopotámicas del diluvio, escritas antes de la narración bíblica, la opinión de ésta última de que existió un diluvio uni­versal o muestran que los autores bíblicos se apropiaron de y adaptaron mitos y leyendas preexistentes para sus propósitos? Es ésta una cuestión que aparece una y otra vez en otras partes de la Biblia a medida que vamos descubriendo otras literaturas antiguas con historias paralelas.

Notas a pie de página bíblicas

Mucha gente cree que la Biblia fue escrita por inspiración divina, pero muchos autores bíblicos citan obras de referencia específicas en las que con­fiaban para escribir sus obras y muchos otros citan pasajes de otros libros de la Biblia. De hecho, estas referencias serían el equivalente a las notas a pie de página. Por desgracia, aún no se han encontrado copias de los libros cita­dos que no pertenecen a la Biblia, por lo que no podemos evaluar la calidad de la investigación ni la fiabilidad de las fuentes. Presentamos a continua­ción una lista de fuentes citadas por los autores bíblicos:

1. Libro de las Generaciones de Adán (Gn 5,1)

2. Libro de la Alianza (Ex 24, 7)

3. Libro de las Guerras del Señor (Nm 21,14)

4. Libro de Jaser (o de los Justos) (Jos 10,13; 2 Sm 1,18)

5. Libro de la Ley de Dios (Jos 24, 26)

6. Libro de los Hechos de Salomón (1 Re 11,41)

7. Libro de las Crónicas de los Reyes de Israel (IRe 14, 19 y otras nueve citas)

8. Libro de las Crónicas de los Reyes de Judá (1 Re 14,29 y otras catorce citas)

9. Libro de los Reyes de Israel y Judá (1 Cr 9,1 y otras tres citas) 10. Libro de Samuel el Vidente (1 Cr 29, 29)

11. Libro de Natán el Profeta (1 Cr 29, 29; 2 Cr 9, 29)

12. Profecía de Ahías el Silonita (2 Cr 9, 29)

13. Visiones de Iddo el Vidente (2 Cr 9, 29)

14. Libro de Gad el Vidente (1 Cr 29, 29)

15. Libro de Shemías el Profeta (2Cr 12, 15)

16. Historia del Profeta Iddo (2 Cr 13, 22)

Examinar algunas de estas citas puede darnos una idea de cómo algu­nas partes de la Biblia llegaron a ser escritas.

El «Libro de Jaser»

La Biblia hace dos referencias al libro de Jaser (o de los Justos), una en Josué y la otra en el segundo libro de Samuel. La primera describe un inci­dente en el que Josué ordena al Sol y la Luna que se detengan. La segun­da, que introduce un lamento de David por la muerte del rey Saúl, nos dice que David enseñó a los hijos de Judá cómo utilizar el arco. Más de trescientos años separan ambos acontecimientos.

Esto nos indica que el libro de Jaser fue escrito antes de los tiempos del rey David, a pesar de lo cual incluye una descripción de un suceso atri­buido a Josué trescientos años antes. ¿De dónde obtuvo la información el autor del libro de Jaser? ¿Tenía su autor fuentes fiables o se limitó a reco­ger cuentos y leyendas de un periodo anterior? ¿Era un trabajo histórico o una colección de poemas? Como todavía hemos de encontrar una copia de esta obra, no podemos siquiera asegurar que Josué y David aparecie­ran en el texto original; el autor (o autores) de las dos referencias a Jaser puede haber reemplazado los personajes originales por los dos héroes bíblicos.

Los «Hechos de David»

La historia de David aparece principalmente en los dos libros de Samuel, con algún material adicional en el primer libro de las Crónicas, gran parte de la cual es repetitiva y se añade a la historia de David. El autor del pri­mer libro de las Crónicas, sin embargo, cita tres fuentes de los hechos de David: los libros de Samuel el Vidente, Natán el Profeta y Gad el Vidente.

Samuel el Vidente es con certeza el Samuel del que toman el nombre los libros de Samuel, y Natán el Profeta es probablemente el Natán de la corte del rey David que criticó a éste por ocultar que había hecho asesinar al marido de Betsabé para ocultar su relación con ella. Finalmente, Gad el Vidente debe ser el mismo Gad el Vidente que aconsejó a David en varias ocasiones.

Juntas, estas tres referencias sugieren que los libros de Samuel tal como los conocemos son una amalgama de varios libros anteriores, tres de los cuales se citan aquí y sobrevivieron hasta el tiempo del autor de las Crónicas en el siglo iv a.C. o más tarde.

La primera fuente mencionada es el libro de Samuel el Vidente. En Samuel, el personaje que da título al libro parece estar basado en dos indi­viduos. Uno es Samuel el Juez, que continúa la tradición de los jueces en Israel y proporciona una guía militar y religiosa. Este Samuel está en con­tra de la institución de la monarquía. El otro Samuel es un profeta o vidente que apoya la monarquía y sirve para validar la autoridad real de David de Judá frente a Saúl o Benjamín. Las imágenes de los dos indivi­duos son inconsistentes.

La referencia al libro de Samuel el Vidente puede ser a todo el corpus de Samuel tal como nos ha llegado o a la obra fuente que inspiró la parte de Samuel que apoya la monarquía. El hecho de que el autor de las Crónicas cite otras dos fuentes sobre David sugiere esto último.

El Profeta Natán es un personaje importante en la historia de David y juega un papel clave en la sucesión de Salomón como heredero al trono de David. Los libros de Samuel contienen mucha información sobre Natán, pero aún debe recuperarse el perdido libro de Natán el Profeta. Lo más probable es que quienquiera que escribiera los libros de Samuel uti­lizase en parte como mente a Natán el Profeta y que esta fuente continua­se circulando después de la aparición de Samuel.

Para finalizar, tenemos otro libro perdido. Al no disponer de una copia del libro de Gad el Vidente, no podemos calibrar su influencia en la his­toria bíblica. Sin embargo era lo bastante importante para ser citado por el autor de los libros de las Crónicas.

Este grupo de obras demuestra que circulaban varias narraciones sobre el rey David y que autores posteriores rebuscaron en los textos para apo­yar sus particulares puntos de vista. Que los libros de Samuel fueran cano­nizados y no lo fueran los de Natán el Profeta o Gad el Vidente es más un accidente de la historia que el resultado de la inspiración divina.

La división entre Israel y Judá

La separación de Israel y Judá a la muerte de Salomón es uno de los acon­tecimientos más importantes de toda la historia bíblica y las guerras propagandísticas entre las dos partes en conflicto afectó en gran manera la forma en que se escribió la historia del pueblo hebreo. Como ya hemos visto al hablar de la hipótesis documental, gran parte del material de las fuentes del Pentateuco reflejaba los puntos de vista de las diferentes fac­ciones políticas y religiosas que se vieron afectadas por la división.

Como en el caso de David, parecen existir varias historias sobre el rey Salomón y los acontecimientos que condujeron a la guerra civil que siguió a su muerte. El autor del primer libro de los Reyes, por ejemplo, cita el libro de los Hechos de Salomón. El autor del segundo libro de las Crónicas cita también numerosas fuentes sobre la historia del remado de Salomón y la separación que la siguió. Asimismo, también se cita el libro de Natán el Profeta, junto con otras obras, como la Profecía de Ahías el Siloníta, las Visiones de Iddo el Vidente y el libro de Shemiás el Profeta.

Al igual que sucede con otros libros no bíblicos, no se han encontrado estas referencias, pero Ahías, el profeta de Silo, aparece en el primer Libro de los Reyes para realizar una profecía. En este episodio, anima a Jeroboam a separar Israel de Judá. A causa de su profecía, Salomón inten­ta matar a Jeroboam, pero éste huye a Egipto. A la muerte de Salomón, Jeroboam volvió a Israel para liderar con éxito el movimiento secesionis­ta que separó Israel de Judá.

Que obras como la Profecía de Ahías el Silonita sobrevivieran tanto tiempo a la destrucción del reino de Israel nos muestra las dificultades que encontró el reino de Judá para eliminar la historia negativa de su gobierno y por qué sobrevivió en la historia bíblica una oposición tan fuerte al reino de Judá.

Los anales

Además de varios libros sobre individuos en particular, como Natán, Gad, Ahías e Iddo, algunos escritores bíblicos también confiaron en los informes oficiales de las monarquías. La cita de obras como el libro de las Crónicas de los Reyes de Israel y el libro de las Crónicas de los Reyes de Judá sugiere la existencia de anales reales, una forma en que los funcionarios del Próximo Oriente documentaban los sucesos de los remados sobre una base anual.

Estas «notas al pie» bíblicas muestran la variedad de los materiales en los que confiaron los escritores bíblicos y cómo se manejaron editando los materiales disponibles para conseguir su propósito. A este grupo de refe­rencias específicas de la Biblia habría que añadir otras fuentes, como los mitos y leyendas de otros pueblos del Próximo Oriente, que circulaban ampliamente y con los que los escribas hebreos debían estar familiarizados.

Al considerar el efecto de estos materiales extra bíblicos en los escrito­res de la Biblia, deberíamos tener en cuenta que los pueblos antiguos no pensaban en estos mitos y leyendas en términos de verdad o mentira. Creían que las narraciones conservaban verdades históricas, y aunque uno pudiera o no creer en un dios o en otro como agente responsable, podía seguir creyendo que el suceso relatado había ocurrido en realidad.

Las leyendas sobre los nombres de lugares nos proporcionan numero­sas ilustraciones de cómo se crearon historias falsas, y la Biblia contiene numerosos relatos de este estilo. Una de las más corrientes consiste en la invención de un antecesor que tenía el mismo nombre que el territorio que ocupaba el pueblo y por lo tanto era el fundador del pueblo que habi­taba esa tierra. Otro motivo común era encontrar una característica des­tacada de un lugar especial, como una formación rocosa graciosa o un pozo escondido y crear una leyenda sobre la formación de esa caracterís­tica. Estas historias se repetían de generación en generación hasta que un relato para entretener se convertía en verdad histórica.

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