El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for 10/06/07

LAS PLEYADES, LA ASTRONOMIA Y LA BIBLIA

Posted by cosmoxenus en 10 junio 2007

Entre la gran cantidad e cúmulos estelares que posee nuestra Galaxia, sean visibles a simple vista o no, merecen destacarse las Pléyades o las Siete Cabras. Este último nombre proviene de que el cúmulo presente ante la visión a ojo libre, a los siete componentes, los más luminosos, aunque en total sobrepasan los 150, que alcanzan los más débiles a un brillo equivalente a la magnitud 10ª.

El Hombre ya conoce a este agrupamiento desde la más remota Antigüedad y se lo nombra en algunos pasajes de la Biblia, siendo el único caso de mención dentro de las Sagradas Escrituras, en lo que agrupaciones estelares se refiere.

Visibles a simple vista en el Hemisferio Sur, en plena época de verano, las Pléyades se ubican dentro de la constelación zodiacal de Tauro o Toro, no lejos de la posición que ocupa su estrella principal, la rojiza Aldebaran, que significa “la que precede a las Pléyades”.

Las Pléyades ante la ciencia moderna

Este grupo estelar, formado por más de 150 componentes, como se dijo, se encuentra a unos 400 años-luz de la Tierra, enclavado en uno de los brazos espirales de la Vía Láctea, uno de los más exteriores.

El estudio visual, espectroscópico y fotográfico, coinciden en señalar que están integradas por estrellas de gran luminosidad y elevada temperatura, clasificadas como estrellas jóvenes.

En efecto, de acuerdo con la evolución estelar y la mecánica celeste, se estima que el grupo se formó en el núcleo de una gran masa de gas de hidrógeno mezclado con polvo cósmico, en épocas relativamente recientes, dado que parecen ser mucho más jóvenes que nuestro propio Sol.

La fotografía astronómica nos muestra aún la presencia del gas hidrógeno original pues las siete estrellas se hallan sumergidas en nebulosidades que se manifiestan ostensiblemente en las placas fotográficas.

La estrella principal conocida como Alcione, merece llevar una de las letras griegas que corresponde a la Constelación, Theta Tauro, siendo éste el único caso en el cual una estrella de cúmulo posee una denominación de este tipo.

La espectroscopia nos señala que las siete estrellas más importantes y visibles a ojo libre, son de la clase espectral A y B, que tienen como cualidad principal la coloración blanco-azulada, alta temperatura, y sobre todo, enorme velocidad de rotación sobre su eje. Esta particularidad hace que la enorme fuerza centrífuga generada, provoque la expulsión de materia de la estrella en su zona ecuatorial, dispersándose luego la misma en el espacio.

Los astrónomos denominan a estas estrellas como “variables eruptivas” y dentro del Grupo de las Pléyades, la conocida como Pleione, es un caso típico de ellos

Pleione
Esta estrella, en períodos no regulares, arroja parte de su atmósfera al espacio, y como consecuencia de ello, eleva bruscamente su luminosidad. Luego de un tiempo, su luminosidad baja nuevamente a sus niveles originales.

Los científicos creen que la estrella, luego de un tiempo, vuelve a reponer la materia eyectada, manteniéndose así constante el ciclo de erupciones. Hasta el presente no son muchas las estrellas eruptivas que el hombre conoce. Entre ellas podemos citar a Próxima de Centauro, la estrella más cerca de la Tierra y que no es visible a simple vista por su baja luminosidad.

La gran juventud del Cúmulo, como también las características notables de sus integrantes, hace que la Astronomía moderna lo utilice como patrón para el estudio no sólo de los cúmulos estelares de su tipo, sino también para conocer mejor las diversas situaciones que reinan en las estrellas que lleva al final a dilucidar el inquietante y someter latente problema de la evolución estelar.

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Orígenes esotéricos de las catedrales

Posted by cosmoxenus en 10 junio 2007

Javier García Blanco (http://arssecreta.wordpress.com/)

Entre los siglos XI y XIV, en poco más de 250 años, Francia asistió a la construcción de 80 catedrales y más de 500 grandes iglesias. Algo muy similar ocurrió, aunque en menor medida, en otros países europeos, como Inglaterra, Alemania o España.

Semejante afán constructor ha estado siempre rodeado de un halo de misterio y, especialmente en las últimas décadas, multitud de trabajos han pretendido ver en estos prodigios del saber y la fe de la Edad Media, y en la aparición supuestamente repentina del estilo gótico, una demostración física y palpable del conocimiento esotérico de templarios o alquimistas. Sin embargo, buena parte de esta bibliografía dedicada a analizar el supuesto hermetismo de los templos medievales –y más especialmente de las catedrales góticas– suele contener numerosos errores. Entre ellos, uno de los más repetidos asegura que buena parte de las catedrales góticas, así como la creación de este estilo arquitectónico, tienen su origen en los caballeros templarios. En realidad, si a alguien debemos el surgimiento del gótico es a Suger, abad de Saint-Denis, y es seguro que los célebres caballeros poco tuvieron que ver con la edificación de estos hermosos e impresionantes templos. ¿Significa esto que dichas creaciones medievales carecen de enigmas? Más bien el contrario.

Ciertamente, los constructores medievales, auténticos creadores de estos complejos y sorprendentes «rascacielos», insuflaron en sus obras toda una serie de conocimientos y mensajes que podemos calificar de esotéricos sin que, por otra parte, ello implique que tales ideas resultasen heréticas o contrarias a las doctrinas de la Iglesia. Desde la concepción del edificio en un plano, pasando por su orientación o el trazado de su planta, todos y cada uno de los elementos de una catedral o una iglesia eran planteados cuidadosamente siguiendo unos esquemas cargados de simbolismo y de un conocimiento que en buena medida se había heredado de la antigüedad.

LA ESCUELA PITAGÓRICA

La principal herramienta constructiva de los maestros de obra medievales era la geometría, una disciplina que todo constructor tenía la obligación de dominar a la perfección. Con la única ayuda de figuras geométricas simples, como el círculo, el cuadrado y el triángulo, los constructores eran capaces de crear las plantas y los alzados más complejos y hermosos. Sin embargo, y a pesar del dominio que mostraban en esta disciplina, la base de dicho conocimiento no era un logro propio, si no que procedía de la más remota antigüedad, aunque fue la Escuela Pitagórica la que se hizo más célebre por aplicar dicho saber. La secta creada por este sabio de Samos en el siglo VI a.C. fundamentaba todas sus enseñanzas en la importancia del número como medida de todas las cosas. Pitágoras y sus seguidores no veían los números –y las figuras geométricas que se derivaban de ellos– como simples cifras, sino que les atribuían un valor simbólico y místico. Así, entre los números considerados «divinos» por los pitagóricos –hay otros, pero estos son los más destacados– está el 10, cuyo resultado se obtiene sumando los cuatro primeros números enteros: 1, 2, 3 y 4. Esta cifra, la Década, era representada por ellos mediante una figura geométrica llamada tetracktys, un triángulo equilátero formado por una base de cuatro puntos, que según iba ascendiendo tenía uno menos, hasta llegar a la cúspide, con uno solo. Más importante aún que la Década fue su mitad, el cinco, la péntada y su representación geométrica, el pentalfa o pentagrama. Esta cifra era para los pitagóricos símbolo de la salud, del hombre, del crecimiento, de la armonía natural y del movimiento del alma. Del mismo modo, lo consideraban una cifra «nupcial», pues unía al primer número entero par (el 2), considerado por ellos como femenino, con el primer impar (el 3), de carácter masculino. Además, era también un símbolo del microcosmos y su representación geométrica, el pentagrama, contiene el número aúreo o divina proporción. La importancia de este símbolo era mucho mayor, pues el pentalfa era el símbolo utilizado por los miembros de dicha secta como signo de reconocimiento entre ellos. Además de estos números sagrados, otra figura geométrica surgida de las doctrinas pitagóricas, el triángulo rectángulo del famoso Teorema de Pitágoras, tuvo también un interés especial para los arquitectos medievales. Este triángulo tiene la particularidad de que sus lados están en progresión aritmética: 3-4-5, y puede generarse mediante una herramienta llamada «cuerda de los constructores» y que consta de 12 espacios iguales. Todos estos conocimientos habrían sido adquiridos por Pitágoras, según la tradición, durante su estancia en Egipto, aunque desarrollados por él en su escuela de Crotona.

LA LEY DEL SECRETO

Pero además de estos conocimientos, la secta fundada por este sabio griego poseía algunas características que más tarde se repetirían en las logias de constructores medievales. La Escuela Pitagórica poseía una estructura o separación jerárquica entre sus alumnos, quienes eran divididos en matemáticos –quienes ya habían sido iniciados en los secretos de la escuela– y acusmáticos, los aprendices que todavía esperaban su iniciación y que hasta entonces recibían enseñanzas simples, siempre tras una cortina que les impedía ver al maestro, a quien se limitaban a escuchar de viva voz. Una jerarquización similar existía en las logias de constructores medievales, quienes se dividían en aprendices, oficiales y maestros. Por otra parte, entre los pitagóricos existía una «ley de secreto», que les impedía revelar los conocimientos aprendidos a los no iniciados. Si alguien quebrantaba esta ley, era considerado un hereje de forma inmediata, y repudiado e ignorado por todos. Esta misma «regla de silencio» la encontramos entre los constructores medievales, como evidencian algunos documentos que se conservan. Los Estatutos de Ratisbona, de 1459, son explícitos en este sentido: «Ningún trabajador, ni maestro, ni jornalero enseñará a nadie, se llame como se llame, que no sea miembro de nuestro oficio y que nunca haya hecho trabajos de albañil, cómo extraer el alzado de la planta de un edificio». Se establecía así una obligación de secreto que obligaba al aprendiz que había sido iniciado en el grado de oficial a no revelar los nuevos conocimientos adquiridos. Al igual que sucedía con los pitagóricos y su pentagrama, entre los constructores medievales existían también signos y señas de reconocimiento, que no podían ser reveladas, y que eran recibidas al completar el aprendizaje. Entre estos símbolos se encontraban los famosos compases, escuadras, plomadas y niveles, que siglos más tarde serían adoptados por la masonería especulativa. Por otro lado, no todos aquellos que lo deseaban eran aceptados como aspirantes a futuros oficiales o maestros.

Además de una serie de requisitos «básicos» (haber nacido libre –no esclavo– y ser hombre «de buenas costumbres, no vivir en concubinato y no entregarse al juego), no se admitía a los aprendices si éstos no manifestaban poseer aptitudes especiales para comprender el lenguaje simbólico utilizado por maestros y oficiales, el cual estaba especialmente plasmado en esculturas y fachadas. Todas estas enseñanzas y conocimientos de la escuela pitagórica pasaron a las logias medievales gracias a dos vías: en primer lugar mediante la arquitectura, a través de a los constructores romanos (los llamados Collegia Frabrorum) y, por otra parte, a través de la filosofía platónica y neoplatónica, deudora de Pitágoras, y recogida por los Padres de la Iglesia. el número, pensamiento divino La huella de estas doctrinas esotéricas, aplicadas por los constructores, es evidente en los diseños realizados en catedrales y templos medievales, pues todos ellos siguen las reglas de un tipo de matemáticas sagradas, tal y como señala el historiador del arte y experto en simbología Emile Mâle, en su libro Arte religioso en la Francia del siglo XIII: «Esquemas de este tipo presuponen una creencia razonada en la virtud de los números y, de hecho, en la Edad Media nadie dudó que los números estaban dotados con algunos poderes ocultos». El propio San Agustín creía que cada número tenía un significado divino, pues interpretaba los números como pensamientos de Dios: «La Sabiduría Divina está reflejada en los números impresos en todas las cosas». Conocer la ciencia de los números, equivalía a conocer la ciencia del Universo y, por lo tanto, a dominar sus secretos.

GEOMETRÍA SAGRADA

Esta importancia de la matemática y los números es especialmente evidente en el papel destacado de la geometría (que no es sino una plasmación gráfica de estos últimos). En El simbolismo del templo cristiano (Ed. José J. Olañeta, 2000), Jean Hani, profesor de la Universidad de Amiens, señala al respecto: «La geometría, base de la arquitectura, fue hasta el comienzo de la época moderna una ciencia sagrada, cuya formulación por lo que a Occidente se refiere proviene precisamente del Timeo de Platón y, a través de éste, se remonta a los pitagóricos». En época medieval se popularizó también la representación de Dios como geómetra, el Creador como Gran Arquitecto del Universo, una designación que pasaría siglos después a la masonería especulativa. En estas representaciones Dios aparece representado con un compás, uno de los emblemas de los maestros constructores, que también aparece plasmado en muchos edificios medievales. Esta importancia extraordinaria de la geometría se hace manifiesta en algunos de los textos conservados de los maestros masones, en los que a su vez se aprecia también el carácter secreto de sus enseñanzas, como en este cuarteto de época medieval: «Un punto hay en el círculo que en el cuadrado y triángulo se coloca. ¿Conoces tú este punto? ¡Todo irá bien! ¿No lo conoces? ¡Todo será en vano!» Una de las figuras geométricas más importantes entre los constructores medievales, el pentagrama, evidencia de nuevo sus raíces pitagóricas. El profesor Santiago Sebastián, en su libro Mensaje simbólico del arte medieval (Ed. Encuentro, 1996), al referirse a la importancia de la geometría en los templos románicos, explica: «Más importante como figura clave fue el pentágono, que poseía la llave de la geometría y de la sección áurea, e incluso poseyó poderes mágicos». El estudioso Matila Ghyka, autor de El número de Oro (Ed. Poseidón, 1978), menciona algunas de ellas: en Notre-Dame de París, dentro de un rosetón pentagonal de una vidriera; en la «rosa» norte de Saint-Ouen en Rouen, así como en el rosetón norte de la catedral de Amiens. Otra muestra de la importancia que tuvo esta figura pitagórica la encontramos en los cuadernos de trabajo del maestro arquitecto Villard de Honnecourt, que vivió en el siglo XIII, y cuyos diseños suponen hoy una pieza inigualable para conocer cómo vivían y trabajaban los miembros de las corporaciones de constructores. Pues bien, en estos cuadernos de dibujo, hoy conservados en la Biblioteca Nacional de Francia, vemos como la figura del pentagrama aparece repetidamente como base para el diseño de plantas, alzados, rostros humanos, animales, etc…

ARMONÍAS Y PROPORCIONES

Todavía hoy, y a pesar de las numerosas modificaciones que han sufrido buena parte de estos templos medievales, es posible apreciar la singular belleza y armonía que desprenden algunas de estas construcciones. Esta atmósfera especial, capaz de llevar al recogimiento a quien recorre su interior, no es una sensación subjetiva, sino más bien al contrario. Tiene su origen en otra de las piezas clave utilizadas por los maestros constructores, y que igualmente se basaba en el número: la relación o proporción entre las distintas partes del edificio. Entre estas proporciones destaca especialmente la célebre sección áurea o «divina proporción», el número phi, presente en la figura del pentagrama, como ya hemos visto, . Mediante el uso de esta y otras proporciones, los maestros constructores vinculaban sutilmente las distintas partes del edificio, formas, volúmenes y superficies. Igualmente importantes para esta cuestión fueron otros dos números ya mencionados, y que eran sagrados para los pitagóricos: la Década o Tetracktys y su mitad, la Péntada. Tal y como explica Jean Hani: «La Década era el número mismo del Universo, base de la generación de todos los números presentados, planos o sólidos y, por tanto, de los cuerpos regulares correspondientes a algunos de ellos; y baste también de los acordes musicales esenciales (…) La Péntada, el pentáculo, polígono estrellado o estrella de cinco brazos, fue el símbolo del amor creador y de la belleza viva y armoniosa, expresión de ese ritmo imprimido por Dios a la vida universal. Servía para determinar correspondencias armónicas pues, entre todos los polígonos estrellados, éste es el que ofrece directamente un ritmo basado en la proporción o número de oro, que es la característica por excelencia de los organismos vivos». Además, estos dos números aparecían también de forma habitual en el propio plano generador del edificio, pues en muchos casos el «círculo rector» creado al orientar el templo (ver recuadro) era dividido en cinco o diez partes, lo que generaba diseños en los que los elementos estaban unidos por proporciones áureas.

GEMATRÍA: LA CÁBALA EN PIEDRA

Otro de los aspectos esotéricos de las construcciones medievales, igualmente relacionado con los números y sus mensajes ocultos, es el de la gematría. De forma similar a lo que ocurre en la tradición hebrea con la cábala, la gematría es una «ciencia tradicional» que interpreta de forma simbólica las palabras a partir del valor numérico de sus letras, ya sean hebreas o griegas. En ambos casos es posible traducir las palabras a números, e interpretar estos de manera simbólica, y viceversa. «Difícilmente hubo un teólogo medieval –explica Emile Mâle– que no buscara en los números la revelación de la verdad oculta. Algunos de sus cálculos recuerdan vívidamente a los de la Cábala». Esta práctica cabalística y mística también fue conocida y empleada de forma habitual por los maestros constructores de la Edad Media, existiendo numerosos ejemplos que dan prueba de ello. Uno de los más llamativos se encuentra en la catedral de Troyes (Francia). Allí podemos comprobar que la clave de la cabecera está a una distancia del suelo de 88 pies y 8 pulgadas. 888 es la cifra que obtenemos si, usando la gematría, traducimos el hombre de Jesús en griego: IHSOUS o lo que es lo mismo: I(10) + H(8) + S (200) + O (70) + U (400) + S (200)= 888. Por otra parte, algunos pilares miden 6 pies y 6 pulgadas, y la iglesia tenía 66 de estos pilares. Sobre aclarar que el 666 es el número de la Bestia, tal y como cita el Apocalipsis, y que los pilares –que sostienen las bóvedas y simbolizan a los apóstoles– deben aplastar al Maligno. Tal y como explica Jean Hani en su obra, este simbolismo gemátrico de Troyes parece aludir continuamente al Apocalipsis de san Juan, pues también encontramos en este templo 144 ventanas (en alusión a los 144.000 elegidos), y el triángulo utilizado para obtener el alzado del templo, «oculta» un ángulo de 26 grados, cifra del nombre de Dios en hebreo: IHVH. Hani cita otros ejemplos: en la iglesia de Saint-Nazaire, en Autun, la longitud y la anchura del templo suman 257, cifra que equivale a NAZER. Ésta palabra significa «la corona del príncipe» y unida al Nazaire del nombre de la iglesia quiere decir: «la corona del Rey Jesús, el Nazareno» Del mismo modo, la longitud de la catedral de Notre-Dame de París es de 390 pies, que gemátricamente significa: «ciudad de los cielos». Identica cifra y mensaje lo encontramos también en la iglesia francesa de Saint-Lazare de Autun, «oculto» en las medidas de tres ventanas del crucero. Este uso simbólico del número tampoco era una creación original de los constructores medievales sino que, una vez más, fue heredado de prácticas más antiguas.

Así, el estudioso y sacerdote monseñor Devoucoux, demostró que los antiguos templos de Jano y Cibeles, así como el de Artemisa en Éfeso, fueron erigidos empleando el simbolismo de la gematría.

LA ORIENTACIÓN DE LOS TEMPLOS

Al igual que sucede con el conocimiento relacionado con el simbolismo del número y las proporciones, la orientación de los templos cristianos también fue heredado de los antiguos constructores, y tuvo una importancia casi religiosa entre egipcios, griegos y romanos. Este ritual de orientación, indisolublemente unido al de fundación (ver recuadro), establece una relación del edificio con el Cosmos. En la antigüedad clásica, los templos estaban dispuestos con la puerta de entrada hacia el Este, de forma que, con la salida del Sol, los rayos de luz iluminaran la estatua del dios custodiada al fondo del templo. Con la llegada del cristianismo, las primeros iglesias continuaron esta tradición, aunque tras el Concilio de Nicea se estableció que fuera la cabecera la que estuviera mirando a la salida del Sol, y no la puerta.

De este modo, cuando el astro rey iniciaba su ascenso los rayos de luz entraban a través del ábside, identificándose la luz con el propio Cristo. Esta orientación tenía también otros significados simbólicos, como explica Jean Hani: «La puerta está al oeste, a poniente, en el lugar de menos luz, que simboliza el mundo profano o, también, el país de los muertos. Al entrar por la puerta y avanzar hacia el santuario, uno va al encuentro de la luz: es una progresión sagrada, y el cuadrado largo es como un camino que representa la ‘Vía de Salvación’, la que conduce a la ‘tierra de los vivos’, a la ciudad de los santos, donde brilla el Sol divino».

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Evolución y Verdad

Posted by cosmoxenus en 10 junio 2007

Este artículo fue publicado por primera vez en la revista “El Rosacruz” Vol. II No.2 Editado en Diciembre de 1948

Parece que la verdad evolucionara, pero, en realidad, la verdad no evoluciona ni está en proceso de transformarse. Lo que el hombre adquiere de la verdad y lo que interpreta como evolución de la verdad, no es más que el grado de comprensión de ella que él posee. El hombre aprende acerca de verdad, más bien quien aprende la verdad en sí misma. El hombre adquiere ideas solamente, por las cuales, mediante su interpretación y uso, llega a sus propias conclusiones acerca de cuánta verdad encierran dichas ideas.

El proceso mediante el cual el hombre adquiere estas ideas produce la ilusión de que la verdad, en sí, está en estado continuo de transformación. La ilusión de que la verdad cambia explica por qué muchas personas aceptan la verdad como una cosa relativa. En la vida del individuo y en la historia de la humanidad, la verdad parece que hubiera cambiado mucho. La verdad para el hombre moderno es diferente de lo que era para el hombre primitivo. Los descubrimientos de todas las ramas del saber parece que cambiaran constantemente la verdad. Las ideas muy simples que se desarrollaron en la mente del hombre primitivo para explicar los fenómenos naturales han quedado conmovidas por los descubrimientos hechos por el hombre y por su mejor comprensión de las leyes de los fenómenos. Durante mucho tiempo se creyó que el sol se movía en torno a la tierra; esta creencia fue aceptada durante mucho más tiempo que la teoría corriente hoy de que la tierra se mueve en torno al sol. El hombre primitivo interpretó las leyes de la naturaleza partiendo de lo que parecía obvio; la tierra parecía una superficie plana; el sol parecía moverse, surgir del Este, atravesar el cielo y ponerse en el Oeste. Durante muchos siglos esta apariencia fue considerada como la verdad, y aunque rechazamos este concepto hace muchos años, todavía empleamos los terminos salir y ponerse, en relación con el sol.

Del mismo modo que el concepto de la verdad formado por el hombre ha cambiado en la historia, así cambia también en la vida de cada individuo. Lo que es verdad para un niño puede no serlo para un adulto. El crecimiento de la comprensión, la habilidad de razonar, sea cual fuere la cantidad de conocimientos acumulados, hace variar el punto de vista del adulto. De igual manera, las opiniones del hombre moderno y del hombre primitivo son diferentes. Cuando consideramos nuestra vida pasada nos sentimos inclinados a creer que la verdad, en sí, ha cambiado. Lo que parecía razonable antes puede parecer diferente de lo que aceptamos hoy, hasta el punto de que parece que se tratara de dos cosas sin relación. En realidad, la relación entre el hombre primitivo y el hombre moderno, lo mismo que la que existe entre el niño y el adulto, es un claro ejemplo de que la verdad no ha cambiado, y de que sólo hemos aprendido algunos grados de la verdad.

La verdad es inherente a la realidad última; es una fase del Cosmos o de Dios. Estos términos están tan estrechamente unidos que probablemente no son otra cosa que un nuevo ejemplo del conocimiento limitado que de la verdad tiene el hombre, que es lo que lo lleva a separar cosas, como la verdad, la realidad última, la ley Cósmica y Dios. Muchas personas pudieran llamar a cualquiera de estas cosas con términos diferentes, pero la terminología que el hombre trata de emplear como símbolo de estas cosas, que él sólo conoce en parte, no tiene relación alguna con las cosas designadas. El hombre puede aspirar a conocer la verdad; no puede conocer la verdad absoluta, ni puede saber si conoce la verdad absoluta, porque en último análisis, por lo que respecta a la habilidad limitada del hombre, la verdad sólo puede cambiar según el hombre sea capaz de probar por la experiencia si satisface o no a su mente, para emplearla así como unidad hasta que encuentre otra verdad más completa.

Así pues, desde el punto de vista objetivo, el hombre halla que una parte de su vida es una parte de la adquisición de la verdad. Desde el punto de vista místico, su deseo de conocer mejor cómo encaja su propia vida en el plan Cósmico, lo lleva a atrapar algunos hilos de la verdad, en su tentativa de relacionarse con Dios y con el plan del universo.

Lo repetimos: La verdad no evoluciona; es una constante hacia la cual evoluciona el hombre. La evolución del hombre como organismo físico puede ser incompleta, por lo que respecta a nuestro conocimiento de su historia, pero el hombre todavía evoluciona, por lo menos mentalmente, y esto debe comprenderse como parte de la verdad que podemos hoy aceptar, y como indicio del horizonte que se abre en el futuro del hombre.

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¿Qué es la dignidad humana?

Posted by cosmoxenus en 10 junio 2007

Por Ralph M. Lewis, F.R.C.

La dignidad es un estado de equilibrio, de disciplina mental, moral y física. La dignidad requiere la aceptación de una norma de proceder, o de un código de conducta tal que el no seguirlo constituya la perdida de la dignidad. Existen varios factores que contribuyen a la que se considera como el decoro necesario, siendo los más importantes en la formación de la dignidad personal las influencias del ambiente y de la sociedad, así como les costumbres establecidas.

El empleo de un lenguaje ordinario y la exhibición de vulgaridad por un individuo en medio de un grupo de personas cultas menoscabaran el comportamiento que de él se espera. Le faltaría la dignidad habitual de una persona refinada. Las maneras de comer de una persona primitiva no producirían ningún efecto social adverso en contra suya entre las gentes de su tribu o clan. En un grupo social más culto, sin embargo, los mismos hábitos obrarían de una manera desventajosa.

La dignidad exige un freno de autodisciplina. Uno tiene que ser consciente, primeramente, del comportamiento que de él se espera. En segundo lugar, debe ejercer este freno o adoptar los procedimientos y medios necesarios para la realización de esta conducta personal.

La autodisciplina, la dignidad del individuo, a veces puede exceder las costumbres y hábitos del grupo social del cual él forma parte. Puede que él sustente ideales por los cuales el trasciende las costumbres de la sociedad en que vive. Cuando esto ocurre, las demás personas pueden considerarlo excéntrico. De hecho, puede, en casos semejantes, destruir su propio objetivo.

Puede, ante los demás, carecer de lo que en su concepto y opinión, estiman ellos como dignidad. Psicológicamente, lo que estima encontrar la persona media al hacer evaluación de la dignidad de otra persona es que no sea ésta importuna ni un obstáculo para la sociedad en que vive, que esté de acuerdo con lo que dicha sociedad decida que son las virtudes de la conducta.

Esa sociedad espera encontrar en el individuo un “término medio,” esto es, que no caiga en extremismos, ni por exceso, ni por defecto. Por ejemplo, no debe ser revoltoso o demasiado agresivo, ni tampoco demasiado tímido. Ni debe ser su vestir ostentoso, ni tampoco tan conservador que resulte deprimente.

Existe una verdadera dignidad humana, una dignidad que se espera la posea la humanidad en general. Las mismas normas de estimación que hemos considerado se aplican colectivamente a la humanidad. ¿Que diferenciación establece el hombre entre el miedo y los demás seres vivientes? Aquí penetramos en el problema de los valores o evaluaciones.

Religiosa y teológicamente, el hombre se considera generalmente a sí mismo como un ser preferido o elegido por la divinidad. Piensa de sí mismo como si se hallara muy próximo a ser un dios o una inteligencia suprema. Por tanto supone que él, el hombre, ha adquirido, a un grado más o menos igual, las cualidades que ha atribuido a su dios.

EI hombre define el contenido del bien espiritual de varias maneras. Esto puede consistir en las virtudes cardinales de fortaleza, templanza, justicia, caridad, verdad, y demás. La interpretación del bien espiritual depende de los conceptos religiosos de la sociedad en que viva el hombre. Así, también, al considerarse a sí mismo como un ser exaltado, el hombre admite, en su idealismo, que existen formas de conducta que él cree inferiores a su condición o estado.

Una sociedad avanzada piensa acerca de la vida humana en términos de libertad de conciencia, de palabra y de persona. Se considera que se halle por debajo de la condición humana del hombre el vivir según sus apetitos e instintos únicamente, sin refrenar sus propias pasiones.

El ser humano inteligente es consciente de la evolución biológica y social. Es consciente de que el hombre, desde el punto de vista orgánico, es otro animal; pero que, desde el punto de vista colectivo, se ha elevado al nivel del homo sapiens, al nivel del ser inteligente razonador. El hombre moderno conoce igualmente las llamadas distinciones que existen entre los pueblos bárbaros de los tiempos antiguos, la sociedad de la Edad Media y la progresista civilización actual.

La palabra progresista se emplea para indicar también el desenvolvimiento e iluminación moral. Por lo tanto, aquél que no se esfuerce en conformarse a todo la que sea representativo de este avance, es considerado como alguien que ha retrocedido. Fracasa en manifestar lo que se considera que es la esencial de la dignidad humana.

Un problema psicológico

Existe también un problema psicológico que entra en este tema de la dignidad humana. Es el conflicto existente entre lo que uno es y lo que se espera que uno sea. Sigmund Freud ha explicado esto de una manera notable en su teoría del psicoanálisis: Divide al ser humano, psicológicamente, en tres categorías: el id, el ego y el súper ego.

El id es todo lo que constituye las fuerzas vitales, las inclinaciones y pasiones inherentes a la naturaleza humana. El ego es la expresión propia, el esfuerzo por adaptarse al mundo en que el individuo se encuentra. El súper ego es el resultado de la influencia del mundo, sus normas morales y su imposición sobre la conducta del individuo.

Todos los hombres no se dan cuenta de una manera afín, esto es, no son conscientes, de los altos valores que una sociedad avanzada atribuye al ser humano. No pueden sentirse de acuerdo con todos los ideales abstractos que una sociedad propone como significativos de la dignidad humana. Hay aun mucho del animal en el hombre.

Cuando ciertos tipos de hombres ponen de manifiesto la crueldad, en realidad están siendo lo que ellos son. No pueden, o ni siquiera han intentado, dominar sus impulsos. Si adoptan la conducta y dignidad de la civilización en que viven, para ellos esto es una cosa falsa. Es tan sólo una máscara superficial que se arranca fácil y alegremente en todo momento en que se encuentren libres de tal conducta.

En su psicología, Freud da por sentado, y con cierta justificación, que en muchos casos las limitaciones y restricciones de la sociedad, las demandas de la dignidad humana, constituyen una causa que contribuye a la creciente perturbación emocional y enfermedad mental que existe en la población mundial. Un individuo puede tener lo que se denomina una conciencia muy fuerte. Esto significaría un fuerte deseo de ser aceptable, tanto moral como socialmente; el obrar de la manera que la sociedad considera como adecuada.

Sin embargo, contrariamente, sus instintos primitivos, sus apetitos y pasiones pueden impulsarlo a obrar de una manera que es condenada como inmoral. Es entonces criticado como persona que actúa por debajo del nivel de la decencia y la dignidad humanas.

No es posible prescribir acertadamente una legislación de la dignidad humana y establecer la que constituye las acciones elevadas a las que todos debemos consentir. La dignidad humana tiene que ser primeramente subjetiva. El individuo debe aspirar a alcanzar altos logros en la conducta humana. Debe llegar a persuadirse de que toda norma inferior desacredita a su naturaleza, a su personalidad y a sí mismo.

Todas las imposiciones de dignidad humana son artificiales, a no ser que sean primeramente concebidas por el individuo mismo, aún cuando éste se vea obligado a aceptarlas por el bienestar de la sociedad en general Existen, sin embargo, con relativamente escasas excepciones, ciertos adelantos que los hombres han logrado como seres humanos. Estos adelantos pueden, pues, ser aceptados como la base de la dignidad humana. Privarse de ellos significa perder los frutos de la larga lucha que ha tenido el hombre tanto consigo mismo como con su medio ambiente.

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EL VALOR DE LA RAZÓN

Posted by cosmoxenus en 10 junio 2007

Por Maltimore Smith, Dr. En filosofía

Revista EL ROSACRUZ

Sin la razón no sería posible la continuidad de la experiencia. No sólo eso sería imposible, sino que el hombre jamás habría cumplido su deseo de conocer lo que desconoce. Toda investigación de habría detenido y con ello todo aprendizaje. En todos los campos del saber es necesario usar la razón, ya sea en matemáticas, idiomas, metafísica, misticismo y cualquier conocimiento valioso.

De echo, si no pudiéramos emplear la razón nos encontraríamos en una situación desventajosa. Sin ella no sería posible curar las enfermedades, porque por medio de la razón se investiga la causa que ocasiona los efectos que se manifiestan externamente en forma de enfermedad.

Pensar es razonar y, por tanto, este proceso participa en la educación. Cuando el postulante Rosacruz encuentra en sus estudios la palabra “reflexión”, empieza el proceso de razonamiento analizando detenidamente las ideas que se le imparten y luego las combina en una continuidad que le sea comprensible, para utilizarlas finalmente en asuntos prácticos.

Todo aquel que quiera minimizar la confusión y favorecer la compresión, debe de recurrir primero a la razón antes que a la intuición. Aunque el razonamiento no es pragmático en todos los casos, no se puede negar que el proceso proporciona una mejor orientación personal y, a menudo, una visión más clara del asunto que se tiene en mente, proporcionando de este modo una justificación para actuar. Así mismo, las motivaciones personales pueden ser consideradas también impulsos que tienen su origen en los pensamientos más recónditos.

Es totalmente erróneo creer que cualquier persona puede ser influenciada por pensamientos provenientes de una fuente externa, pero incluso aquellas personas que difaman a la razón creen que otros pueden grabar en su mente pensamientos que ellos razonaron. Esto sólo es posible porque los “músculos de la mente” de esas personas se han debilitado por no ejercitarlos, y únicamente pueden ejercitarlos por medio del proceso del razonamiento.

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