El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

La ciencia del misticismo

Posted by cosmoxenus en 27 mayo 2007

Por Ralph M. Lewis, F.R.C.

Pareciera incongruente decir que el misticismo es una ciencia, puesto que ambas palabras, ciencia y misticismo, han sido incompatibles por tradición. El hombre de ciencia del Siglo XIX consideraba que el misticismo es un mundo de ilusión y que, por lo tanto, había de menospreciarse. Muchos científicos modernos tampoco aceptan la realidad del misti­cismo.

Algunos místicos han considerado también que esos dos temas (ciencia y misticismo) pertenecen a reinos tan diferentes, tan alejados uno del otro, que es imposible reconciliarlos.

Desde el punto de vista racional, ningún esfuerzo ni ninguna actividad humana pueden verse total­mente libres de la influencia de la ciencia. De hecho, si una persona desea realizar con éxito cualquier empresa, le es necesario emplear alguno de los prin­cipios generales de la ciencia.

Contrario a lo que la gente opina, la ciencia no es la multitud de porme­nores y de vastos detalles técnicos que comúnmente se relacionan con algunos fenómenos. Antes bien, la ciencia es el método que ayuda a comprender los fenómenos que experimentamos diariamente. Con el método científico pueden analizarse los elementos contenidos en los fenómenos que experimentamos para determinar las leyes que los fundamentan, para saber qué es lo que les da existencia.

Por consi­guiente, la ciencia aplica la razón a la experiencia, en lugar de especular acerca de ésta o de limitarla a quedar en meras conjeturas.

Si el estado místico es una realidad, si no es una condición falsa ni una ilusión, entonces debe poseer cierta solidez que puede ser expuesta al análisis. El análisis de los elementos del misticismo es lo que constituye su ciencia. Aun un análisis casual del estado místico puede revelar que éste no es un don concedido a todo ser humano.

El místico no es alguien que ha sido escogido para tener una expe­riencia única, ni uno a quien se le ha conferido un poder divino especial. Cualesquiera que sean los logros que concedemos al misticismo, son el resul­tado de nuestros logros personales.

La base fundamen­tal del estado místico es la misma que fundamenta todas las demás actividades humanas. Esa base fundamental está constituida por las cualidades de la conciencia y de la experiencia.

La conciencia y la experiencia

Conciencia es la sensibilidad que muestra una cosa viviente hacia sí misma, hacia su propio organismo y hacia los alrededores en los cuales existe. Sabemos que la fuerza de la vida es una acción dinámica. El organismo viviente se adapta de continuo a los requerimientos de esa función interna. Las cons­tantes adaptaciones del organismo viviente produ­cen las diversas sensaciones de la conciencia. Podemos decir que esas sensaciones son, en realidad, la forma como reacciona el organismo viviente ante todos aquellos impulsos que le afectan, sean impul­sos internos o externos.

Experiencia, la otra cualidad que conforma la base del estado místico, es el contenido de la conciencia. Consiste de todas las sensaciones que se despiertan dentro del organismo viviente. Entonces, la expe­riencia es el diseño de nuestra conciencia, es el patrón que forman sus reacciones ante los impulsos que recibe.

Para comprenderlo mejor usaremos una analogía: supongamos que la conciencia es una hoja de papel en blanco; si escribimos sobre ese papel, llamaremos sensaciones a los caracteres marcados en él. La forma o el diseño de esas marcas, es lo que calificamos de experiencia.

Pese a que todas las cosas vivientes poseen con­ciencia, no todas tienen experiencia. Decimos que el hombre tiene experiencia, porque puede separar y evaluar en su conciencia ciertas sensaciones. Tam­bién es capaz de formarse imágenes mentales con las impresiones grabadas en su conciencia. Por consi­guiente, la ciencia del misticismo empieza cuando se analizan determinados tipos de experiencias. Aun más importante, la ciencia del misticismo requiere que el individuo sepa manipular su conciencia, o sea, que pueda producir cambios en ella.

La concentración


El primer paso en la ciencia del misticismo es entender la función que desempeña la concentración, la aplicación intencional o voluntaria más común de nuestra conciencia. La concentración es, de hecho, un estado de atención. Consiste en centrar toda nuestra atención en un grupo particular de vibraciones. Como analogía, cuando ustedes tratan de ajus­tar el foco de unos binoculares adaptando las lentes, lo hacen para distinguir mejor cierta imagen que perciben.

Cuando nos concentramos, enfocamos la conciencia de tal forma que nos permita percibir las impresiones de un sentido en particular, el oído, la vista, el tacto, etc. Cuando nos concentramos en un conjunto de impresiones, por lo general hacemos caso omiso de todas las otras impresiones que esta recibiendo nuestra conciencia. De esta manera, repe­timos, estamos atentos a un solo conjunto de estímu­los. Como una analogía más, si yo les hablo y ustedes se concentran en el sonido de mi voz, ésta dominaría más su conciencia que lo que estuvieran viendo en ese momento.

La concentración, o sea, enfocar la atención, es realmente una especie de selectividad, porque ustedes tienen que seleccionar los estímulos particulares que desean ingresen a su conciencia. Además, deben seleccionar también el canal, el medio a través del cual desean que las vibraciones entren a su concien­cia, en otras palabras, eligen si desean escuchar, ver o sentir.

La concentración implica un estado posi­tivo o activo por parte de la persona. De hecho, usualmente se dice que la concentración es un estado positivo de la conciencia. Sin embargo, tal afir­mación es cierta sólo en parte, ya que cuando nos concentramos debemos prepararnos para recibir cier­tos estímulos. Dependiendo del grado en que enfo­quemos nuestra conciencia, ya sea para ver, oír o sentir, nuestra preparación es positiva o activa pero, a la larga, nos quedamos pasivos.

No hacemos otra cosa que recibir, que esperar que las impresiones entren en nuestra conciencia. Esto es semejante a prepararnos para mirar televisión: prendemos el receptor, sintonizamos el canal correcto, y nos colo­camos en una posición cómoda para mirar la pantalla. Todos estos actos son activos, pero únicamente hasta el momento cuando nos relajamos y espera­mos que aparezcan las imágenes. De allí en adelante, estamos en un estado pasivo.

Sin embargo, cuando nos concentramos muchas veces enfocamos nuestra conciencia involuntaria­mente. Un fuerte estímulo puede atraer nuestra atención sin que nos demos cuenta, por ejemplo, un ruido estruendoso, un destello brillante de luz, el rápido y repentino movimiento de un objeto, etc.

Estos estímulos intensos atraen hacia ellos nuestra conciencia, obligándonos a enfocarlos. Si alguien disparara un revólver súbitamente en su habitación, ustedes voltearían instantánea e involuntariamente en dirección a donde se produjo el ruido, centrando su conciencia en lo que allí pudieran ver o escuchar.

Cuando enfocamos nuestra atención en forma deliberada (es decir, cuando deseamos concentrar­nos) lo hacemos principalmente motivados por ciertos impulsos internos; nuestros intereses y deseos, nuestros gustos y disgustos, nos impulsan a concen­trarnos intencionalmente en algo. No podemos cen­trar nuestra atención en dos cosas al mismo tiempo, aunque con frecuencia pueda parecer que si lo hacemos. Dijimos antes que la concentración es una especie de selectividad porque cuando nos concen­tramos, seleccionamos. Por lo tanto, no podemos concentrarnos en dos estímulos al mismo tiempo.

Sin embargo, podríamos confundirnos, porque muchas veces alternamos nuestra atención en forma tan rápida, que nos es difícil darnos cuenta de que no estamos concentrándonos en dos cosas al mismo tiempo. No obstante esto, el enfoque principal siempre está centrado en un solo conjunto de vibra­ciones. Supongan que al estarles hablando inespera­damente brilla una luz en su habitación.

Ustedes alternarían rápidamente su conciencia entre la luz y mi voz, y les parecería como si fueran instantáneas. Sin embargo, cada conjunto de impresiones, las de la luz que vieron y las de mi voz que escucharon, dominarían por separado su conciencia en el momen­to mismo cuando ustedes se concentraron en ellas.

¿Qué valor tiene la concentración para alcanzar el estado místico? El valor de la concentración está limitado a las facultades de la conciencia objetiva y a ciertas funciones relacionadas con ésta. Evidente­mente, la concentración es muy esencial en nuestra vida diaria, esto es, nos es necesaria para adaptarnos al mundo externo.

Sin la concentración, el mundo de las imágenes visuales y de las cosas que se sienten y se escuchan estaría perdido. Nuestra conciencia no enfocaría los impulsos de la realidad que actúan sobre nuestros ojos y oídos, y no los percibiríamos en lo absoluto o sólo los percibiríamos en forma insuficiente. Por ejemplo, cuando caminamos por la calle sumidos en nuestros pensamientos, podemos no ver a un amigo íntimo que cruza a nuestro lado, aunque tengamos los ojos bien abiertos.

Es necesario señalar de nuevo que el estado místico es algo que se alcanza internamente. No depende de condiciones ni de cosas externas. No consiste en centrar la atención con el fin de escuchar un sonido o de ver una luz. En consecuencia, el hecho de colocarnos en determinada postura tra­tando de percibir aquello que consideramos debe­ríamos percibir, nos limita místicamente. Muchas personas creen que deben concentrarse en ciertas cosas para ayudarse místicamente; sin embargo, al hacer esto se están limitando, porque concentran su conciencia sólo en ciertas impresiones.

La concentración puede ser útil exclusivamente como un paso preliminar para alcanzar el estado místico. Como ya hemos dicho, no proporciona directamente ninguno de los elementos de la expe­riencia mística. Concentrarse continuamente en un conjunto de estímulos, por ejemplo, en algo que se ve o se escucha, a la larga limita la conciencia objetiva.

Los estímulos sensorios en los cuales nos con­centramos continuamente van perdiendo poco a po­co su eficacia, disminuyen gradualmente el efecto que producen en nuestra conciencia, dando como resultado que ésta se introvierta; lentamente se vuelve hacia adentro. Es esta la razón por la cual algunos místicos orientales se concentran durante largo periodo en un sonido monótono, como el sonido uniforme de un gong o en la luz de una llama.

La monotonía del estimulo y la exclusión de todas las demás vibraciones, va entorpeciendo la sensibi­lidad de ese sentido particular y ayuda a que la persona entre en un estado subjetivo. Esas prácticas para la concentración son beneficiosas sin duda alguna, pero sólo para excluir los impulsos del mundo externo, no para producir una experiencia mística.

La contemplación

La contemplación es otra actividad voluntaria de nuestra conciencia. Al igual que sucede con la técnica de la concentración, con frecuencia se le confunde con el estado místico. La contemplación es un proceso reflexivo de la conciencia: es un acto de perceptuar dentro de la mente, no una percepción de impresiones que están fuera de ella. La contem­plación es algo totalmente apartado de las facultades de percepción. No se trata de centrar nuestra atención en impresiones que llegan a nuestros ojos o a cualquiera de los demás órganos sensorios.

Cuando contemplamos, el proceso reflexivo de nuestra con­ciencia es tan sutil, que no estamos conscientes de nada más. Como una analogía diremos que la con­templación introvierte la conciencia, ya que desvía las impresiones externas y la vuelve sólo a nuestros recuerdos y a la razón.

Los beneficios de la contemplación son muchos: nos permite juzgar y evaluar nuestras experiencias, y de este modo podemos analizar el mérito que tienen las impresiones que recibimos, así como el valor de nuestras ideas particulares. Una cosa es percibir o escuchar algo, según sea el caso, y otra muy diferente comprender el valor relativo que tienen para noso­tros esas impresiones.

Nuestras opiniones y nuestras conclusiones son el resultado de que nos volvemos hacia el interior de nuestra mente, figurativamente hablando, y contemplamos desde diferentes ángulos todos los ele­mentos de nuestras experiencias. Cuanto más con­templemos nuestras percepciones y nuestras ideas, mayor significado y beneficio tienen para nosotros.

El pensador es alguien que utiliza lo que ha acumu­lado a través de la experiencia, escudriñándolo, ana­lizándolo y evaluándolo. Valiéndonos de la contem­plación, se nos manifiesta la posible relación que hay entre nuestras ideas, permitiéndonos determinar lo que una puede aportar a otra. De hecho, la contem­plación confiere cierto poder a nuestras ideas o nos permite extraer de su contenido una fuerza total.

La imaginación

La contemplación estimula también nuestra ima­ginación. La imaginación sugiere métodos con los cuales podemos ampliar y unir las ideas, de modo de convertirlas en una estructura más grande para el pensamiento. Este es uno de los procesos creativos de la mente.

El acto de contemplar, de reflexionar profunda­mente en ideas inspiradoras o en conceptos nobles (no importa cuán agradables sean ni cuán verdade­ros parezcan) no es, sin embargo, un estado místico. Muchos neófitos creen erróneamente que reflexionar, un término que se escucha muy a menudo (de hecho, que se ha convertido en una palabra supues­tamente metafísica bastante trillada) es un proceso místico muy importante.

Centrar la atención en un pensamiento o reflexionar en él es, después de todo, una forma de concentración. Como tal, no es otra cosa que retener en la conciencia una sola idea. Esto limita también la conciencia a una sola fase de acti­vidad: la fase objetiva.

Como un ejemplo, piensen que hay muy poca diferencia entre mirar un objeto dentro de su habi­tación y mirar un objeto en la calle. En ambos casos se utiliza la misma facultad: la vista. De manera que, cuando reflexionan en un pensamiento, no hacen otra cosa que usar la concentración.

Al contemplar, al pensar y al razonar, usamos aspectos subjetivos de la conciencia, en particular aquellos que están rela­cionados estrechamente con la mente objetiva, los cuales tienen poco valor para el estado místico. Aunque es verdad que el pensador y el filósofo no son necesariamente místicos, todo místico verdade­ro, no obstante, se convierte con el tiempo en filóso­fo. El místico está obligado a someter los elementos de su gran iluminación mística a las relaciones humanas, a los valores humanos, a un conocimiento viable y, hacerlo, requiere de un método filosófico.

La visualización

En la ciencia del misticismo no podemos eludir el proceso de la visualización, es decir, la formación de imágenes visuales en la pantalla de la conciencia. Usando términos populares, diremos que en este proceso el ojo de la mente puede ver algo. Ahora bien, debe entenderse que visualizar es una de las funciones de la contemplación. No podemos visua­lizar sin que también contemplemos. Visualizar es enfocar la conciencia en ciertas ideas de modo que puedan asumir formas visuales en nuestra mente. Si la visualización no hiciera otra cosa que originar formas en la pantalla de la conciencia, no tendría un valor más grande en el misticismo del que tiene la contemplación.

El místico no visualiza por el deseo de analizar, no lo hace sólo para retener algo en la conciencia de manera de poder examinarlo minuciosamente, sino que visualiza con el propósito de crear una con­dición, de convertir determinada cosa en realidad. Lo que el místico ve en la pantalla de su conciencia es verdadero para él: es una realidad.

No obstante, él quiere cristalizar esa imagen, esto es, desea lograr que produzca otras condiciones que afecten tanto a otros como a él mismo. Por consiguiente, el místico usa su facultad de visualización como un medio para des­pertar sus atributos psíquicos. Simplemente, con la idea visualizada intenta crear un apropiado estado emocional o psíquico.

En el misticismo, la visualización puede ser com­parable a montar un escenario para una represen­tación teatral, a crear cierta atmósfera; podemos decir también que es como decorar un salón por cierto gusto estético que tenemos. Las cosas que uno visualiza en el estado místico podrían ser únicamente simbólicas: hay que retenerlas en la conciencia sólo hasta que se experimenta el efecto de la imagen mental. Una vez que percibimos el efecto, sea un efecto psíquico o de otra índole, debemos desechar por completo de la mente la imagen visualizada, pues ya ha cumplido su propósito. Continuar visualizándola sólo sería recurrir a la contemplación.

La meditación

Desde el punto de vista místico, la meditación es la práctica más importante de nuestra conciencia. Intencionalmente dejamos para lo último su con­sideración, porque muchas veces es confundida con las prácticas de la concentración y la contemplación. No obstante, es necesario que primero corrijamos el concepto erróneo de que meditar significa eliminar todas las manifestaciones de nuestra conciencia, pues no podríamos prescindir de ninguna de ellas en forma total y, no obstante esto, tener la experiencia personal del éxtasis místico, porque tanto el ser como esa experiencia forman parte de la conciencia.

Lucrecio, el filósofo epicúreo latino, dijo: “Donde estamos, la muerte no está todavía; y cuando ésta llega, ya no estamos”. En consecuencia, si la medi­tación suprimiera nuestra conciencia, no se produ­cirla una experiencia mística ni de ninguna otra clase.

La conciencia es una corriente de sensibilidad ante innumerables vibraciones. Es como la escala musical: cada parte de la escala de la conciencia tiene una octava particular, es decir, se manifiesta en una forma específica, al igual que lo hacen las notas que componen la escala musical. El ser humano puede tocar en varias partes de la escala de la conciencia. Con esto queremos decir que el ser, el usted, puede tener percepciones en diferentes niveles de esa escala. Como dijera un místico hindú: “Hay dos condiciones en una persona; la condición de estar en este mundo y la condición de estar en el otro mundo”. El otro mundo significa los otros niveles de conciencia que todos poseemos.

Durante la meditación, la conciencia se eleva por encima de la objetividad, más allá de nuestro mundo cotidiano de existencia mortal. La conciencia ascien­de por encima del mundo mental, más allá de los reinos del pensamiento, de la contemplación y de la razón. Otro místico dijo: “Meditar es unir la con­ciencia con las fuerzas más elevadas del intelecto, para que se manifiesten sensaciones que no existen en la conciencia inferior”.

La conciencia humana es una emanación, un torrente de la Mente Cósmica. Sin embargo, la conciencia objetiva no puede per­cibir directamente a la Mente Cósmica. Es sólo en el río profundo del subconsciente, donde el ser percibe las manifestaciones más infinitas del Cósmico.

Uno no puede unirse apresuradamente con el Cósmico. El estudiante no puede sumergirse de pronto en la Conciencia Cósmica: tiene que avanzar hacia ella, como se nada desde la superficie hasta las aguas profundas. La meditación es un cambio en el campo de percepción. Es mirar o percibir más allá de nuestro mundo finito inmediato. Para llegar a esa gran percepción, se requiere una transición de la conciencia.

Un místico alemán del Siglo XVII dijo: “Es en la parte suprema del alma donde tiene lugar la expe­riencia mística: es en aquella parte del alma que ninguna pasión puede alcanzar”. Con esto quiso decir que no podemos percibir con nuestros senti­dos objetivos las vibraciones de frecuencias muy elevadas que se generan en lo más recóndito de nuestro ser, o sea, en la conciencia superior.

Tal como lo explicáramos antes, cuando contem­plamos usamos experiencias que originalmente reci­bimos a través de nuestras facultades objetivas: se produce cierta unidad entre las dos fases de la mente. Así también, la meditación integra a la conciencia, es decir, une sus fases inferiores con las fases supe­riores.

Si no se produjera esta unidad, nunca podríamos recordar las impresiones psíquicas, cósmicas, que recibimos en los niveles superiores de la conciencia. No habría manera de poder trasmitirlas al nivel inferior, al estado objetivo. Mientras uno no pueda rememorar en su estado normal los resultados de la experiencia obtenida en esos contactos cósmi­cos (como sucede con la inspiración y la ilumi­nación) el estado místico no será completo.

El objetivo tradicional de todo místico es lograr unirse con Dios o con el Cósmico. Puesto que cada parte de nuestro ser (toda nuestra estructura orgánica y los procesos de nuestra mente) es producto de una ley cósmica, resulta obvio que ya existe esa unión. Sin embargo, mientras el ser, mientras usted no la perciba, no obtendrá ningún placer divino de ella.

Si no siente esa unión, sería semejante a entregar una llave a un hombre y decirle: “Esta llave te servirá para abrir el cofre del tesoro”. Mientras no tenga en su poder el cofre para poder sacar el tesoro, no podrá disfrutar de éste.

Quedamos en que la meditación es una forma de trasmutar la conciencia. Es avanzar de un nivel de conciencia a otro. Es discernir personalmente la plétora, la plenitud de nuestro ser.

Podríamos decir que la meditación es semejante a escalar una montaña hasta llegar a la cima. Desde allí podemos contemplar una vasta extensión que no podríamos ver desde la base de la montaña. San Agustín dijo, refiriéndose a la meditación, que es “el ojo místico del alma”.

Muchos místicos han afir­mado que la meditación permite escaparse del mundo de todos los días e incluso escaparse del ser. En sus doctrinas han expuesto que, durante la medi­tación, el ser se empequeñece hasta que al final no tiene realidad, hasta que ya no existe. Dionisio el Areopagita dijo: “En la meditación se dejan atrás ambos sentidos: las actividades intelectuales, y todas las cosas conocidas por los sentidos y el intelecto

No obstante, los Rosacruces tenemos un con­cepto diferente, pues opinamos que nunca podemos apartarnos por completo del ser. No podemos evadirlo. Si lo hiciéramos, no percibiríamos la unión mística. El ser debe existir para poder unirse con el Cósmico. A medida que en la meditación el ser avanza paso a paso, nivel tras nivel de la escala de la conciencia, asume diferentes aspectos o diversas características.

El ser se va despojando de las sensaciones objetivas, va eliminando las cualidades normales externas, entre ellas el tiempo y el espacio, y cualesquiera otras nociones objetivas. El ser llega a un estado para el cual no existen términos que pudieran describirlo objetivamente. Es por eso que algunos místicos de antaño pensaron que en la meditación el ser quedaba eliminado, sólo porque pierde las características que le son conocidas.

En este ascenso a través de los niveles de la con­ciencia, el ser cambia de la misma manera que cam­bia una bellota al convertirse en un poderoso roble. Sin embargo, así como la esencia de la bellota con­tinúa viviendo en el roble, así también el ser con­serva su esencia en todos los niveles de conciencia que se alcanzan en la meditación. En su recién encon­trada libertad, el ser deja atrás sus viejas característi­cas.

Un antiguo místico dijo acerca de esto: “Una araña que asciende por su hilo va obteniendo más espacio libre. De la misma manera, en la meditación se obtiene independencia”. Cada nivel de conciencia produce un fenómeno diferente, una experiencia característica de la frecuencia vibratoria a la cual vamos llegando. En un nivel experimentamos sole­dad; en otro, un silencio místico; y en otro más, una inmensa armonía.

Cada una de estas experiencias resultantes de la meditación tiene un efecto perdu­rable en todo nuestro ser. A medida que el ser avanza, va armonizando una fase de conciencia con otra, entretejiéndolas cual si fuesen hilos de plata. Esa unión da por resultado un rejuvenecimiento de todo el organismo humano.

El último y más elevado nivel al que se llega es conocido con el nombre de Conciencia Cósmica: se alcanza una vez que el hombre percibe su unidad con el Absoluto, con todo lo que existe y, no obstante, para él nada tiene una naturaleza individual. Se per­ciben todas las cosas, pero ninguna en particular.

Así pues, la ciencia del misticismo reside en ana­lizar las diferentes formas como podemos aplicar nuestra conciencia personal. La ciencia del misti­cismo nos revela qué necesitamos para alcanzar la plenitud de nuestra naturaleza Divina. En las enseñan­zas Rosacruces se presenta esta ciencia en todos sus aspectos, tanto los prácticos como los útiles. La experiencia mística es práctica, porque da como resultado la expansión de las oportunidades de la vida.

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