El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for 27/05/07

ALOCUCIÓN PRESIDENCIAL DE Radha Burnier

Posted by cosmoxenus en 27 mayo 2007

De la señora Radha Burnier, Presidenta de la Sociedad Teosófica, en la 126ª Convención Anual, Adyar, diciembre 26 de 2001.

‘The Theosophist’, enero de 2002

El tema de esta Convención es el Sendero espiritual por el cual el ser humano puede trascenderse y entrar a una dimensión superior super humana. Debemos darnos cuenta de que los tres Objetos tienen esto como trasfondo. La Fraternidad Universal, con énfasis en la palabra ‘universal’, implica desacondicionar la mente; el segundo Objeto nos urge a amar la verdad y vivirla; y el tercer Objeto nos enseña a no estar satisfechos con las apariencias, sino a descubrir lo desconocido en el universo y también en nosotros mismos. El prejuicio en la mente humana es la causa de todas las divisiones que resultan en guerra, pobreza y explotación; y el engaño hace que la gente persiga falsos fines. Por consiguiente es importante para el progreso que los hombres y las mujeres pueden aprender cada vez más a desacondicionarse y hacer de la Verdad el supremo objeto de sus vidas. Éste es el significado de entrar en el Sendero. El futuro de la Sociedad Teosófica puede depender de dar su estímulo en esta dirección y ser un instrumento de transformación. Consideremos breve-mente algunos puntos pertinentes.

Por todas partes en la Naturaleza hay movimiento invisible transformando todas las cosas de acuerdo con el Plan del Universo. La vida en cualquier forma implica que una energía desconocida está trabajando, produciendo cambios en los niveles material, psicológico y espiritual. Incluso las cosas así llamadas inanimadas ¾minerales, montañas y rocas¾ están cambiando, pero en general tan lentamente que pasamos por alto el hecho. Pero hay también muchos cambios a nivel psíquico más sutil y en conciencia más profunda que son ‘lentos’ de acuerdo con nuestra medición del tiempo e imperceptibles para nuestros sentidos.

Los árboles asimilan energía de la luz solar, de la tierra y del agua ellos absorben; esa energía toma forma, crece, florece y produce fruto. Externamente, en cualquier momento dado, no parece que esté sucediendo nada. Pero dentro hay un proceso dinámico por medio del cual la energía recibida se transmuta creativamente, de tal modo que quienes observan el árbol con una mente y corazón abiertos participan en ese proceso creativo ¾experimentando gozo, belleza y expansión interna en un sentimiento de unidad con el árbol. Así la energía del sol y de la tierra ¾de hecho la energía universal¾ pasa a través de cada célula de la planta y directamente a la conciencia del observador sensitivo, ligándolos a ambos en unidad. La materia y la conciencia se fusionan por este enlace de ser con ser, aunque el observador y el árbol, en este caso, pertenecen a reinos diferentes. Este curso natural de intercambio y expansión por medio de la unificación se para en seres humanos que son incapaces de percibir un empuje continuo hacia arriba en el movimiento dinámico de la vida. Nosotros raramente nos damos cuenta de que un poder interno invisible está transformando toda forma externa y proveyendo también una oportunidad para el desenvolvimiento de la conciencia en otros hacia un nivel más alto.

Se ha dicho que hay un sendero de evolución que es un florecimiento de alegría. Hay un sendero de progreso más espontáneo y rápido que muchos otros. Como sabemos, los niños son naturalmente alegres, y durante sus primeros pocos años crecen a través del gozo puro de usar el cuerpo físico. Más adelante, observando inocentemente y con asombro la vida circundante ¾el movimiento de un insecto o de una cometa¾ florecen más. El afecto y el amor también nutren sus almas. Ellos conocen el secreto de ser felices sin motivo. La naturaleza les enseña, como lo hacen todas las otras criaturas inocentes, que vivir felizmente es un modo de crecer internamente. La ausencia de alegría es un signo de conciencia contraída. Todo el universo ¾el vasto espacio, el sol y las estrellas, las diversas formas y colores, la interacción de miríadas de cosas¾ son fuentes siempre nuevas de alegría para la mente inocente y ayudan al proceso de una transmutación interna del individuo. Desafortunadamente, la gente en general está enfrascada en búsquedas artificiales y propósitos ilusorios. Por esto ignoran la existencia del sendero de espontaneidad y de alegría.

La felicidad está inherente en el alma de todos los seres. Esto es obvio no sólo cuando vemos jugar a los niños, sino en el canto de los pájaros, en el retozo del pez, y en otras actividades y procesos naturales. De acuerdo con el pensamiento Indio, Sat o Existencia es Ãnanda o Felicidad Suprema. Antes de que los niños sean metidos en el molde de preocupación mundana y mientras están aún benditos por la virtud de no conocer, son felices, porque es natural ser feliz. Cuando Annie Besant preguntó, ‘¿Hay alguien que sea feliz y quiera ser infeliz?’, señalaba a este hecho. Cuando la mente es incondicionada y el corazón puro, la felicidad fluye de dentro ¾en efecto, está lista a inundar nuestro ser como también a todo el mundo, porque la vida o existencia es gozo. Pero nuestros pensamientos apegados a la tierra y nuestros hábitos artificiales bloquean el camino, más sólo por una pocas encarnaciones ¾aunque esto pueda parecer largo desde nuestro punto de vista¾ porque la energía de la Vida es irresistible y nos arrebatará en su curso.

El Sendero espiritual no es asunto de ir a alguna parte o llegar a una meta preconcebida. La palabra ‘sendero’ puede llevar a la mente a un viaje, como los viajes que se hacen en el nivel físico, y tenemos que recordar que estamos usando una metáfora. El sendero es el fluir de lo que está inherente en nuestro ser, es decir, felicidad, amor, paz, sabiduría y otros valores eternos. Por eso la antigua enseñanza de que cada ser viviente es un cáliz sagrado o Santo Grial para recibir y derramar a borbotones inagotable energía espiritual.

Todos los profundos anhelos del ser humano reflejan lo que está en su naturaleza espiritual o verdadera. No sólo es felicidad inherente y natural para nuestro ser, también tenemos una profunda necesidad de mutuas relaciones de armonía y afecto. Ahora se sabe que las plantas prosperan cuando son cuidadas amorosamente. Experimentos muestran que las vibraciones de los animales cambian cuando reciben afecto, y existen innumerables pruebas de su deseo de dar afecto, incluso a diferentes dueños humanos. Todas las criaturas se complacen en el amor y se desarrollan saludable y rápidamente cuando están en una atmósfera de afecto y armonía, porque el amor, como la felicidad, es una parte inherente de la vida y del ser.

No podemos desarrollar el tema en detalle aquí, pero todos podemos considerar y descubrir que las necesidades del alma reflejan las cualidades inherentes del principio de Vida, sin el cual todos cesaríamos de existir. Existe, por ejemplo, el profundo deseo de seguridad, no sólo seguridad física sino el bienestar de una conciencia libre de temor. ¿Dónde puede encontrarse? No en poder o posesiones, pues no hay seguridad en la dependencia. La cosa de la cual dependemos puede cambiar, desaparecer o negarse a cooperar, y el sentido de seguridad se frustra. La paz interior existe sólo cuando no hay ninguna dependencia en algo externo para sentirse internamente saludable y bien. Debemos recordar que la seguridad real está en descubrir el campo de nuestro propio ser, que es universal, Vida inmortal, la fuente y soporte de nuestra propia vida. Podemos decir que los atributos del ser puro, tales como felicidad, amor y un absoluto sentido de seguridad y paz, son como semillas que están enterradas en el suelo de nuestra conciencia. Lentamente brotan y crecen, y en cierta etapa el ser humano se da cuenta de que así es como la corriente oculta de todas las vidas está fluyendo y que debemos conformar nuestras vidas de tal modo que las cualidades latentes de nuestra verdadera naturaleza se desarrollen.

Un jardinero no puede hacer crecer una planta, pero puede ayudar a crear condiciones que faciliten el crecimiento. No tenemos que hacer nada para que nos desarrollemos espiritualmente. Sólo podemos hacer esto más fácil para que las cualidades divinas que ya están en lo profundo de nuestro ser se manifiesten en todo su esplendor. Esto es lo que significa auto cultura. Desde los antiguos tiempos de la Vedãnta hasta las recientes declaraciones de Krishnamurti, el sabio ha dicho que no hay nada para alcanzar en el sendero, pero sí mucho para renunciar. Como señala Luz en el Sendero, la ambición no tiene ningún papel en el desarrollo espiritual, debe acabar completamente. El sendero debe ser hollado sin esfuerzo, sin el yo y sin conceptos acerca de la meta. La vida nos enseña a dónde ir ¾a profundizar siempre, a expandir siempre alegría, belleza, amor, paz, y a estar siempre despiertos. ¿Cómo facilitar esto cuando sabemos que es así? Caminando todo el tiempo en esa dirección. Ésta es la vida ética en la cual debe establecerse firmemente el desarrollo espiritual.

En la vida diaria, cuerpo, mente y palabra deben comenzar expresando los valores inherentes en la vida universal, que demandan grande vigilancia. Así como un buen jardinero remueve la maleza con cuidado, deben ser eliminados cuidadosamente los impedimentos para la manifestación de esos valores ¾lo cual es renunciación, no logro.

Es evidente que la felicidad no puede existir conjuntamente con la frustración, el amor con el odio, la paz con la ambición, o la verdad y la luz espiritual sin un despertar de conciencia. El terreno en el cual ambición y frustración, odio e inseguridad se plantan y se desarrollan cuando quiera que hay momentos oportunos, es el terreno del egoísmo.

No somos verdaderamente inegoísta cuando estamos satisfechos de ser definitivamente lindas personas, no camorristas, listos a hacer algunos pequeños sacrificios por el bien de otros. El egoísmo existe en muchas formas y condiciones, indicadas por muchas palabras que comienzan indicando el ego ¾auto-importancia, auto-compasión, auto-interés, auto-afirmación, auto-presunción, etc. Ansiedad, prejuicio, excesiva importancia por la salud, seguridad y posesiones de uno, actitud controversial, esfuerzos por parecer inteligente ¾estos y muchos otros hábitos sicológicos son exhibiciones de auto-voluntad y auto-preocupación, un despliegue de las maneras separativas del yo. Más adelante, como dice A los Pies del Maestro: “Si por completo has olvidado al yo personal, no es posible que te preocupe cuándo quedará libre ese yo, ni qué clase de cielo obtendrá.” El llamado Sendero es este trabajo de remover la variedad de malezas enraizadas en el yo.

La verdadera espina teosófica y el modo teosófico de hacer cualquier cosa ¾dar conferencias o argüir, reunirse con personas o tratar asuntos mundanos¾ es poner el yo en segundo plano y dejarlo morir. Entonces habrá lugar para que las cualidades divinas de nuestro verdadero ser, del cual hemos estado hablando, broten y florezcan, y nuestra aceptación de los Objetos de la Sociedad tenga real significado. La Sociedad Teosófica puede ser dinamizada por nuestra comprensión de la importancia del Sendero en este sentido y por nuestro vivir la vida apropiada, porque el mejor y más ilustre entre nuestros miembros que vive la vida, trabajará permitiendo que se manifieste la vasta energía del principio mismo de la Vida. De otra manera estamos cayendo en rutinas, y no hay ningún cambio perceptible en nuestras vidas para entusiasmar e inspirar a otros.

Comencemos entonces a remover las malezas de nuestra psique y conciencia, y permitamos que la luz interna brille sin impedimentos. Preparémonos y entremos al Sendero de pureza y santidad.

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EL AMOR ES CONOCIMIENTO

Posted by cosmoxenus en 27 mayo 2007

RADHA BURNIER
The Theosophist, Julio 1990

En el libro “A los Pies del Maestro” se dice que de todas las cualidades el Amor es la más importante; sin amor todo lo demás nunca sería suficiente. Cuando el amor llena la naturaleza de uno, las otras virtudes se adquieren espontáneamente, siempre que el amor sea verdadero y no un mero apego personal. Cualquier virtud fundamental meditada y trabajada profundamente y luego puesta en práctica, conduce a las otras virtudes. Puede decirse que esto es más cierto cuando se trata del amor, que de alguna otra cosa. Cuando uno se da cuenta de la profundidad y el significado de esta cualidad divina, abarca todo lo demás. También se nos dice que si nosotros nos volviéramos uno con Dios, el amor inegoísta debería imbuir toda nuestra naturaleza, porque Él es Amor.

Dios es solo otro nombre para denominar el ilimitado y supremo amor que es la Realidad Universal. A un nivel que nuestros ojos mundanos no perciben, el Amor penetra todo el universo y este es el significado de la expresión inmanencia, omnipresencia y eternidad de Dios.

El místico hindú, Kabir decía:

“Yo río cuando oigo decir que el pez en el agua esta sediento;
tú errabundeas sin sosiego de bosque en bosque,
porque la Realidad está dentro de ti, en tu propia morada.”

Uno puede ir a buscar a Dios en La Meca, Benarés o a Jerusalén, pero todo eso es en vano, pues uno no tiene que ir a alguna parte, ya que el amor penetra toda vida y es la Realidad Una Omnipresente. Para descubrir a Dios todo lo que se necesita hacer es permitir que fluya el propio ser. Mientras sigamos creando barreras alrededor de nosotros y las mantengamos levantadas, la búsqueda de Dios es un ilusión, una mera ficción de la mente.

La Dra. Annie Besant hizo la afirmación iluminadora de que el amor es una forma de conocimiento más grande que el conocimiento intelectual y el razonamiento. El conocimiento de la mente sin amor, es conocimiento equivocado, superficial, parcial y por lo tanto descarriado. El conocimiento fragmentado puede crear conceptos tremendamente equivocados y la mente puede engañarse a sí misma creyendo que sus conceptos propios, equivocados, son la verdad.

En el bien conocido relato de los hombres ciegos y el elefante, uno dice que ve un pilar, otro una cuerda, un tercero ve una pared, dependiendo de qué parte del elefante están tocando, la pata, la cola, o el lomo. Cada uno estaba totalmente convencido de que su concepto correspondía al hecho.

El intelecto percibe solamente los rasgos externos, la forma, y racionaliza sobre las base de estas percepciones superficiales. No ve la esencia de las cosas. El darse cuenta de la naturaleza esencial de las cosas es una manera diferente de ver. Es una comunicación sin imágenes. La imagen en la mente refleja solamente lo que es a nivel de la forma, lo que puede describirse por sus características. Hasta un concepto abstracto tiene ciertos parámetros. Ninguno de ellos son la verdad. Si tomamos la propia palabra amor, lo que se describe como amor, no es amor. Amor es comunión de espíritu con espíritu, y uno nunca puede describir la realidad de una experiencia así.

Por supuesto tenemos que ser cuidadosos de no querer significar por “amor” las muchas cosas con la que la palabra amor está generalmente conectada y que no tienen nada que ver con el amor. A menudo la sensación y el apego se identifican como amor. Amor no es lo mismo que pensar en el amor. De hecho, cuando pensamientos de amor entran en la mente, el amor está ausente, porque, como hemos dicho, el pensamiento está meramente creando imágenes y es a un nivel superficial. Está entrelazado con reacciones personales: no me gusta esta persona, no me gusta esta otra, debido a ésta o a aquella razón.

Esta tendencia del pensamiento es uno de los más grandes obstáculos para el verdadero conocimiento porque es siempre separativa. Los prejuicios, juicios y preferencias de la mente son expresiones del entrejuego entre el yo que es “mío” y el no-yo.

Krishnamurti en el escrito: “Amor: un dialogo con uno mismo”, sugiere pautas para negar esos movimientos de la mente y las reacciones psicológicas que estamos acostumbrados a asociar con el amor. Cuando las negamos, no en palabras, sino de hecho, hay una clase diferente de relación la que sí es amor verdadero. Cuando el amor existe, percepciones intelectuales o mentales comunes, pueden reflejar también, hasta cierto punto, la verdad. Sin amor esas percepciones también, hasta cierto punto, la verdad. Sin amor esas percepciones son una caricatura, porque han pasado por alto la esencia.

En el momento presente es desafortunado tener mucho conocimiento sin amor. Creemos en el viejo dicho que dice que el amor es ciego. Sin embargo, debemos darnos cuenta que amor en el verdadero sentido del término, no es ciego, sino la forma más elevada de conocimiento. Es de suma importancia ahora despertar la naturaleza de amor en los individuos como así también en la humanidad como un todo. Esto significa fomentar actitudes y cualidades que están en el lado del amor, como la amabilidad, consideración, generosidad, simpatía, y poner a un lado las aversiones y los prejuicios. Cuanto más moremos en los diferentes aspectos del amor, comenzaremos a sentir más su belleza. Como dicen los Upanishads:

“Sobre lo que tú medites, en eso te convertirás.”

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EL MITO DEL ORIGEN DEL HOMBRE Y SU DESARROLLO

Posted by cosmoxenus en 27 mayo 2007

JOY MILLS
“Theosophy in Australia” Dic. 1988 Trascrito parcialmente

Una de las doctrinas verdaderamente profundas de la filosofía esotérica es que el hombre es el almacén de todos los elementos que encierra el universo. Todas las cosas residen en nosotros, en el ser humano; somos la epitome de todo lo que es, el microcosmos del macrocosmos, la media de todas las cosas. Esto no significa que cada uno de nosotros necesariamente haya desarrollado todo lo que hay dentro de nosotros, sino que por el contrario, ‘los poderes latentes en el hombre’ están todavía, en gran medida, sin explorar y hasta casi desconocidos.

Esencialmente, esos poderes que aun estan por ser descubiertos y de los cuales el hombre debiera hacerse consciente, son de naturaleza divina o espiritual, pues como encontramos en la obra de la Sra. Blavatsky LA DOCTRINA SECRETA, se necesita de un dios para volverse hombre para finalmente, el hombre se convierta en un dios puramente consciente.

Además, la filosofía esotérica enseña que también llevamos dentro de nosotros la historia de todo lo que hemos sido, todos los llamados estados ‘inferiores’ de desarrollo. En otras palabras, somos tanto todo nuestro futuro –aun no realizado—como nuestro propio pasado, hasta cierto punto olvidado.

Hay un libro titulado EL HOMBRE LA MEDIDA DE TODAS LAS COSAS; fue escrito por Sri Krishna Prem y Sri Madhava Asís y es un comentario al LA DOCTRINA SECRETA que acabamos de mencionar, y en donde se señala nuestra peculiar condición presente. He aquí dicho pasaje:

“El hombre divino, la Quintaesencia, esta como el término medio de toda la extensión de ser. Su Ser esencial es la Raíz del Yo Inmanifestado y Trascendente, la Luz Padre; su Yo es la maravillosa persona todo conocimiento de la Mente Universal; y nuevamente, su Yo es la Chispa Individualizada de la mente encarnada. Cualquiera que sea el nivel del Yo sobre el que hablamos, está solamente en nosotros la posibilidad de encontrar cualquier punto de referencia que conlleve experiencia; nunca, por ningún medio, se puede convertir en un objeto de los sentidos.”

Como una chispa individualizada de la mente encarnada, hemos viajado a través de muchos niveles de existencia, a menudo denominado en la literatura del caso como ‘razas raíces’, pero denotando un estado de desarrollo de conciencia y nunca deberá confundirse esto con grupos étnicos. Como la maravillosa persona todo conocimiento de la Mente Universal, estamos transitando por un camino hacia un futuro que no tiene limites en su esplendor y belleza.

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CHELAS Y CHELAS LAICOS

Posted by cosmoxenus en 27 mayo 2007

H. P. Blavatsky

Dado que la Teosofía ha introducido, entre muchos otros términos, la palabra: Chela en la nomenclatura de la metafísica occidental y puesto que la circulación de nuestra revista está en constante ascenso, sería oportuno dar una explicación más definida referente al sentido del término Chela y acerca de las reglas del estado de Chela (Chelaship, en inglés), para el beneficio de los miembros europeos si no orientales. Entonces: un “Chela” es aquella persona que se ha entregado como discípulo para aprender, prácticamente, “los misterios ocultos de la Naturaleza y los poderes psíquicos latentes en el ser humano.” En la India, con el término Gurú, se indica el maestro espiritual al cual él propone su candidatura y el Gurú auténtico es siempre un Adepto en la Ciencia Oculta. Es un ser con un profundo conocimiento exotérico y esotérico, especialmente en lo que concierne a este último. Ha controlado, por medio de su Voluntad, la naturaleza carnal; ha desarrollado, en sí, tanto el poder (Siddhi) para controlar las fuerzas de la naturaleza, como la capacidad de hurgar sus secretos, valiéndose de los poderes de su ser que, anteriormente, estaban latentes; pero ahora son activos. Este es el verdadero Gurú. Ofrecerse como candidato al estado de Chela es suficientemente fácil; mientras que, desarrollarse en un Adepto, es la tarea más ardua que algún ser pueda emprender. Hay una profusión de poetas, matemáticos, mecánicos y estadistas “congénitos”; sin embargo, un Adepto congénito es algo prácticamente imposible. Pues, aunque muy raramente se oye hablar de alguien que tiene una extraordinaria capacidad innata para adquirir el conocimiento y el poder ocultos, también este individuo debe experimentar las mismas pruebas que adiestran a la personalidad y pasar por la misma autodisciplina que cualquier otro compañero aspirante menos dotado. En este aspecto, es una verdad diamantina que no existe ningún camino rápido a lo largo del cual, los privilegiados pueden viajar.

Durante siglos, los Mahatmas himaláyicos han seleccionado los Chelas fuera del grupo hereditario dentro del gon-pa (templo), entre la profusa clase de místicos congénitos Tibetanos. Las únicas excepciones han sido los casos de hombres occidentales como Fludd, Thomas Vaughan, Paracelso, Pico de la Mirandola, Conde de St. Germain, etc., cuya afinidad temperamental con esta ciencia celestial indujo, más o menos, a los Adeptos distantes, a entablar relaciones personales con ellos, dándoles la oportunidad de obtener una porción, más o menos pequeña, de la verdad plena, según era posible divulgar en su medio ambiente social. En el cuarto Libro de Kiu-te, en el Capítulo concerniente a “Las Leyes de los Upasanas”, aprendemos que las calificaciones necesarias en un Chela son:

  • Una salud física perfecta.
  • Una pureza mental y física absolutas.
  • Propósito inegoísta, caridad universal, compasión para todos los seres animados.
  • Verdadera lealtad y una fe diamantina en la ley de Karma, independiente de cualquier poder en la naturaleza que pudiera interferir: una ley cuyo curso no puede obstruirse por ningún agente, ni ser desviado por oración, o por ceremonias exotéricas propiciatorias.
  • Una osadía intrépida en toda emergencia, aun a costo de la vida.
  • Una percepción intuitiva de que él es el vehículo de Avalokiteshvara manifestado o Atma Divino (Espíritu.)
  • Una calmada indiferencia; pero una justa apreciación, para todo lo que constituye el mundo objetivo transitorio, en su relación con las regiones invisibles.

Estas deben ser, al menos, las calificaciones de uno que aspira al estado de Chela perfecto. Sólo la primera, en casos raros y excepcionales, puede ser modificada, mientras las demás son objetos de insistencia irrevocable y todas deben haber sido, más o menos, desarrolladas en la naturaleza interna por los Esfuerzos autoinducidos del Chela, antes de que pueda ser puesto, verdaderamente, a prueba.

Cuando el asceta, según su capacidad natural a lo largo del camino autoevolutivo, tanto dentro del mundo activo o fuera de él, ha dominado y se ha colocado sobre su (1) Sarira, cuerpo; (2) Indriya, sentidos; (3) Dosha, limitaciones; (4) Dukkha, dolor; y está listo para hacerse uno con su Manas, la mente; Buddhi, el intelecto o inteligencia espiritual y Atma, el alma suprema o espíritu y además reconoce en Atma el regente más elevado en el mundo de las percepciones y en la voluntad, la energía (o poder) ejecutiva suprema, entonces, conforme a las reglas venerables, puede ser tomado bajo la égida de uno de los Iniciados. Ahora se le podrá mostrar el camino misterioso a cuyo final, al Chela se le enseña el discernimiento infalible de Phala o los frutos de causas producidas, entregándole los medios para alcanzar Apavarga, la emancipación de la miseria de los renacimientos cíclicos (en cuya determinación el ignorante es impotente), evitando, así Pratya-bhava, la transmigración.

Desde el advenimiento de la Sociedad Teosófica, una de cuyas arduas tareas consistía en volver a despertar en la mente aria la memoria latente de la existencia de esta ciencia y de estas capacidades humanas trascendentales, las reglas de la selección del Chela, desde un punto de vista, se han hecho levemente menos austeras. Muchos miembros de la Sociedad Teosófica se postularon como candidatos al estado de Chela porque la prueba práctica que se les dio, sobre los puntos anteriores, los convenció y justamente pensaron que, si otros seres humanos han alcanzado la meta, también ellos, si estaban inherentemente preparados, podrían realizarla, siguiendo el mismo camino. Vista su insistencia, se les otorgó la oportunidad de, al menos, comenzar; ya que hubiera sido una interferencia con el Karma negársela. Hasta la fecha, los resultados han sido muy poco alentadores y se ordenó la recopilación de dicho artículo a fin de mostrar a estos desdichados la causa de su fracaso y poner alerta a otros que, sin pensar, quisieran precipitarse en un destino similar. A pesar de que los candidatos en cuestión fueron advertidos con anticipación, empezaron cometiendo el error de mirar egoístamente al futuro, perdiendo de vista el pasado. Se olvidaron que no habían hecho nada para merecer el raro honor de la selección, nada que les garantizara tal privilegio al cual sentían tener derecho y que no podían ufanarse de ninguno de los méritos enumerados. Como seres humanos del mundo sensual y egoísta, casados o solteros, comerciantes, empleados, soldados o catedráticos, todos habían pasado por una escuela más calculada para asimilarlos con la naturaleza animal que para desarrollar en ellos las potencialidades espirituales. Sin embargo, cada uno de ellos era tan vanidoso que suponía que, en su caso, se haría una excepción a la ley establecida en un pasado remoto, como si, en realidad, en su persona ¡hubiese nacido un nuevo Avatar en el mundo! Todos esperaban que se les enseñaran las cosas ocultas y que se les entregaran poderes extraordinarios sólo por haberse unido a la Sociedad Teosófica. Sin embargo debemos ser justos y decir que algunos determinaron mejorar sinceramente sus vidas, abandonando la mala conducta.

Al principio fueron rechazados todos, empezando por el Coronel Olcott, el Presidente y no hacemos ningún mal en decir que no fue aceptado formalmente como Chela hasta que probó, por más de un año de duro trabajo devoto y una determinación inquebrantable, que podía ser puesto a prueba sin peligro. Entonces, por todos lados se oyeron quejas: de los hindúes, que debían haber sido más perceptivos y de los europeos, los cuales, obviamente, no estaban en la condición de saber nada acerca de las reglas. Se concitaba que: si no se daba la oportunidad de probar a unos pocos teósofos, la Sociedad homóloga no podía sobrevivir. Todo otro aspecto noble y altruista de nuestro programa fue ignorado y en la febril carrera hacia el adeptado, se pisotearon y se perdieron de vista el deber de uno hacia su prójimo, su país, su deber de ayudar, iluminar, alentar y elevar a los más débiles y menos afortunados que él. En todo círculo resonaba el pedido por los fenómenos y sólo los fenómenos; los Fundadores no podían llevar a cabo su verdadero trabajo porque se les importunaba a fin de que intercedieran con los Mahatmas, la fuente de la verdadera queja, aunque fueron sus pobres agentes el blanco de todo ataque. Al final; las autoridades superiores accedieron que unos pocos de los candidatos más insistentes, podían ser aceptados por lo que eran. Quizá el resultado del experimento muestre de forma más clara que cualquier sermón, lo que implica el estado de Chela y cuáles son las consecuencias del egoísmo y de la temeridad. Cada candidato fue advertido que debía esperar años antes de que se probara su idoneidad y que debía pasar por una serie de pruebas que llevarían a la superficie todo lo que había de bueno o malo en él. La mayoría eran hombres casados, por eso se les denominó “Chelas Laicos”, un neologismo en español; sin embargo, su sinónimo era muy antiguo en los idiomas asiáticos. Un Chela Laico es una persona del mundo que anhela, firmemente, convertirse en un sabio en las cosas espirituales. Virtualmente, cada miembro de la Sociedad Teosófica que acepte el segundo de los tres “Principios Declarados”, es un Chela Laico. Sin embargo, aunque no pertenezca al número de los Chelas auténticos, tiene la posibilidad de convertirse en tal, porque ha atravesado el confín que lo separaba de los Mahatmas y podríamos decir que se ha hecho notar por Ellos. Al unirse a la Sociedad Teosófica y al comprometerse en ayudar al trabajo, ha dado su promesa de actuar, en cierto grado, en armonía con esos Mahatmas, por cuya instancia se organizó la Sociedad y bajo cuya protección condicional permanece. Unirse a ella es, simplemente, la introducción; todo el resto depende plenamente del miembro, que nunca deberá esperar el más pequeño “favor” por parte de uno de nuestros Mahatmas o de algún otro Mahatma en el mundo y si este último decidiera hacerse conocer, esto no sería el fruto completo del mérito personal. Los Mahatmas son los servidores de la Ley de Karma y no los árbitros. El estado de Chela Laico no otorga ningún privilegio a nadie: excepto aquel de trabajar para el mérito, bajo la observación de un Maestro. Que el Chela vea o no el Maestro no altera el resultado: sus pensamientos, sus palabras y acciones buenas fructificarán, así como las malas. Ufanarse por ser un Chela Laico u ostentarlo, es la manera más cierta para reducir la relación con el Gurú a algo simplemente nominal; ya que sería una prueba tajante de vanidad e incapacidad para un progreso ulterior. Durante años hemos enseñado siempre la máxima: “Primero merece y luego desea” una relación íntima con los Mahatmas.

Ahora bien: en la naturaleza obra una ley terrible, inalterable y cuya operación aclara el aparente misterio de la selección de ciertos “Chelas” que en estos años pasados han resultado ser tristes ejemplos morales. ¡Recuerda, el lector, el antiguo proverbio: “dejar lo bueno en paz”! Este encierra un mundo de verdad oculta. Ningún ser humano conoce su fuerza moral hasta que es puesto a prueba. Millares llevan vidas respetables porque jamás se han visto acorralados. No cabe duda que esta es una verdad común; pero es muy pertinente en el caso en cuestión. Aquél que trata de emprender el estado de Chela, despierta y exacerba, hasta la desesperación, toda pasión latente de su naturaleza animal. Este es el comienzo de una lucha por el dominio de nosotros, en la cual no hay espacio para la indulgencia; ya que implica, de una vez por todas: “Ser o No ser”. La victoria conduce al Adeptado; la derrota a un Martirio innoble, porque caer víctima de la lujuria, el orgullo, la avaricia, la vanidad, el egoísmo, la cobardía o cualquier otra de las tendencias inferiores es, en realidad, algo innoble para el parámetro de un verdadero ser humano. El Chela, no sólo es llamado a encarar todas las proclividades malas latentes en su naturaleza, sino también todo el poder maléfico acumulado por la comunidad y la nación a las cuales pertenece; ya que es parte integrante de esos agregados y lo que influencia al ser humano individual o a la colectividad (ciudad o nación), repercute sobre el otro. En este caso, la batalla que ha librado en favor de la bondad, desarmoniza todo el conjunto de la maldad en su ambiente, la cual reacciona precipitando su furia sobre él. Si está satisfecho con seguir la corriente de sus semejantes, siendo casi como ellos, quizá un poco mejor o algo peor de lo ordinario, no atraerá la atención de nadie. Sin embargo, tan pronto como se sabe que ha podido detectar la vaciedad del teatro de la vida social, su hipocresía, egoísmo, sensualidad, codicia y otros aspectos negativos y ha tomado la determinación de levantarse a un nivel superior, inmediatamente se convierte en el objeto de odio y toda naturaleza negativa, fanática o malévola, le envía una corriente de malquerencia que se opone a su poder de voluntad. Si el Chela es inherentemente fuerte la domina, así como el poderoso nadador se desliza por la corriente impetuosa que arrastraría a uno más débil. Sin embargo, en esta lucha moral, si el Chela tiene una sola limitación, haga lo que haga, ésta aflorará. El barniz de las convencionalidades que la “civilización” sobrepone a todos nosotros, debe disiparse hasta su último vestigio para que el Yo Interno pueda expresarse libre y exento del más leve velo que oculta su realidad. Bajo la presión del estado de Chela, es posible que se olviden los hábitos sociales que, hasta cierto punto, mantienen la humanidad bajo un freno moral, obligándola a pagar tributo a la virtud, aparentando una bondad que puede ser o no ser genuina y, al mismo tiempo, estos frenos pueden desintegrarse. Ahora, el Chela se encuentra en una atmósfera ilusoria, Maya. El vicio asume su máscara más cautivante y las pasiones tentadoras tratan de embelesar al aspirante inexperto en las anfractuosidades del degrado psíquico. Lo antedicho no es análogo al cuadro de un gran artista donde Satán está jugando ajedrez con un hombre que ha apostado su alma, mientras el ángel de la guarda lo asiste y lo aconseja. Pues, en el caso del Chela, la lucha es entre su Voluntad y su naturaleza carnal y el Karma prohíbe que algún ángel o Gurú interfiera hasta que se sepa el resultado. En “Zanoni”, obra que los ocultistas siempre apreciarán, Bulwer Lytton idealiza todo esto con una vívida fantasía poética; mientras, en Una Historia Extraña, se vale de la misma facundia para mostrar el lado negro de la búsqueda oculta y sus peligros mortales. El otro día, un Mahatma definió el estado de Chela como un “disolvente psíquico que carcome toda la incrustación, dejando aflorar el oro puro”. Si el candidato tiene un deseo latente por el dinero, el embrollo político, el materialismo escéptico, la ostentación vana, la mentira, la crueldad y la gratificación sensual de cualquier tipo, es casi cierto que esta semilla brotará, análogamente a las cualidades nobles de la naturaleza humana. Emerge lo que en realidad somos. Entonces: ¡no es, quizá, la cumbre de la demencia, dejar el camino tranquilo de la vida común y corriente, para escalar los desfiladeros del estado de Chela sin estar seguro que uno posee en sí lo que se necesita? La Biblia dice: “Que aquel que está de pie ponga atención, si no quiere caerse”. Palabras que todo aspirante Chela debería tomar en seria consideración antes de precipitarse en el fuego. Para algunos de nuestros Chelas laicos, hubiera sido conveniente si lo hubiesen pensado dos veces antes de retar las pruebas. Recordemos varios fracasos de los últimos doce meses. Uno enloqueció, negó los sentimientos nobles expresados sólo unas semanas anteriores y se hizo miembro de una religión que había, justa y desdeñosamente, comprobado ser falsa. Un segundo fue el reo de un delito y escapó con el dinero de su patrón, que es también un teósofo. Un tercero se entregó a una lujuria grosera, confesándola inútilmente, entre murmullos y sollozos, a su Gurú. Un cuarto se enredó con una persona del sexto opuesto y alienó sus amistades más queridas y verdaderas. Un quinto mostró síntomas de aberración mental y fue llevado a Corte bajo cargos de conducta vergonzosa. Un sexto, cuando estaba por ser capturado, se disparó para sustraerse a las consecuencias de su conducta criminal. La lista continúa. Todos eran, aparentemente, buscadores sinceros de la verdad y llevaban una vida respetable. Externamente y según las apariencias, eran buenos candidatos para el estado de Chela; sin embargo: “en el interior, todo era putrefacción y huesos de muertos”. La capa del mundo era tan densa que ocultaba la ausencia del oro atrás y el “disolvente”, haciendo su trabajo, mostró que, en cada caso, el candidato era una simple figura blanqueada de escorias morales, desde la circunferencia hasta el centro […]

En lo anterior hemos tratado, naturalmente, sólo los fracasos entre los Chelas Laicos; sin embargo ha habido, también, éxitos parciales que están pasando, gradualmente, por las primeras etapas de su prueba. Algunos tratan de ser útiles a la Sociedad Teosófica y al mundo en general mediante un buen ejemplo y la enseñanza. Si persisten, ellos y nosotros nos beneficiaremos. Les esperan pruebas muy arduas; pero nada “es Imposible para quien tiene Voluntad”. Las dificultades en el estado de Chela jamás se amortiguarán hasta que la naturaleza humana cambie, desenvolviendo una nueva. San Pablo, (en Romanos, Vii., 18, 19), debe haber pensado en un Chela cuando dijo: “la voluntad está presente en mí; pero no encuentro cómo poner en práctica lo que es bueno. Pues el bien que quisiera hacer no lo hago y el mal que no quisiera hacer, esto sí lo hago.” En el sabio Kiratarjuniya de Bharavi leemos:

Los enemigos que afloran dentro del cuerpo humano,
Las pasiones malas son de difícil dominio,
Si las combatiéramos con osadía, el que las conquista
Es comparable al conquistador de los mundos. (XI, 32)

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La ciencia del misticismo

Posted by cosmoxenus en 27 mayo 2007

Por Ralph M. Lewis, F.R.C.

Pareciera incongruente decir que el misticismo es una ciencia, puesto que ambas palabras, ciencia y misticismo, han sido incompatibles por tradición. El hombre de ciencia del Siglo XIX consideraba que el misticismo es un mundo de ilusión y que, por lo tanto, había de menospreciarse. Muchos científicos modernos tampoco aceptan la realidad del misti­cismo.

Algunos místicos han considerado también que esos dos temas (ciencia y misticismo) pertenecen a reinos tan diferentes, tan alejados uno del otro, que es imposible reconciliarlos.

Desde el punto de vista racional, ningún esfuerzo ni ninguna actividad humana pueden verse total­mente libres de la influencia de la ciencia. De hecho, si una persona desea realizar con éxito cualquier empresa, le es necesario emplear alguno de los prin­cipios generales de la ciencia.

Contrario a lo que la gente opina, la ciencia no es la multitud de porme­nores y de vastos detalles técnicos que comúnmente se relacionan con algunos fenómenos. Antes bien, la ciencia es el método que ayuda a comprender los fenómenos que experimentamos diariamente. Con el método científico pueden analizarse los elementos contenidos en los fenómenos que experimentamos para determinar las leyes que los fundamentan, para saber qué es lo que les da existencia.

Por consi­guiente, la ciencia aplica la razón a la experiencia, en lugar de especular acerca de ésta o de limitarla a quedar en meras conjeturas.

Si el estado místico es una realidad, si no es una condición falsa ni una ilusión, entonces debe poseer cierta solidez que puede ser expuesta al análisis. El análisis de los elementos del misticismo es lo que constituye su ciencia. Aun un análisis casual del estado místico puede revelar que éste no es un don concedido a todo ser humano.

El místico no es alguien que ha sido escogido para tener una expe­riencia única, ni uno a quien se le ha conferido un poder divino especial. Cualesquiera que sean los logros que concedemos al misticismo, son el resul­tado de nuestros logros personales.

La base fundamen­tal del estado místico es la misma que fundamenta todas las demás actividades humanas. Esa base fundamental está constituida por las cualidades de la conciencia y de la experiencia.

La conciencia y la experiencia

Conciencia es la sensibilidad que muestra una cosa viviente hacia sí misma, hacia su propio organismo y hacia los alrededores en los cuales existe. Sabemos que la fuerza de la vida es una acción dinámica. El organismo viviente se adapta de continuo a los requerimientos de esa función interna. Las cons­tantes adaptaciones del organismo viviente produ­cen las diversas sensaciones de la conciencia. Podemos decir que esas sensaciones son, en realidad, la forma como reacciona el organismo viviente ante todos aquellos impulsos que le afectan, sean impul­sos internos o externos.

Experiencia, la otra cualidad que conforma la base del estado místico, es el contenido de la conciencia. Consiste de todas las sensaciones que se despiertan dentro del organismo viviente. Entonces, la expe­riencia es el diseño de nuestra conciencia, es el patrón que forman sus reacciones ante los impulsos que recibe.

Para comprenderlo mejor usaremos una analogía: supongamos que la conciencia es una hoja de papel en blanco; si escribimos sobre ese papel, llamaremos sensaciones a los caracteres marcados en él. La forma o el diseño de esas marcas, es lo que calificamos de experiencia.

Pese a que todas las cosas vivientes poseen con­ciencia, no todas tienen experiencia. Decimos que el hombre tiene experiencia, porque puede separar y evaluar en su conciencia ciertas sensaciones. Tam­bién es capaz de formarse imágenes mentales con las impresiones grabadas en su conciencia. Por consi­guiente, la ciencia del misticismo empieza cuando se analizan determinados tipos de experiencias. Aun más importante, la ciencia del misticismo requiere que el individuo sepa manipular su conciencia, o sea, que pueda producir cambios en ella.

La concentración


El primer paso en la ciencia del misticismo es entender la función que desempeña la concentración, la aplicación intencional o voluntaria más común de nuestra conciencia. La concentración es, de hecho, un estado de atención. Consiste en centrar toda nuestra atención en un grupo particular de vibraciones. Como analogía, cuando ustedes tratan de ajus­tar el foco de unos binoculares adaptando las lentes, lo hacen para distinguir mejor cierta imagen que perciben.

Cuando nos concentramos, enfocamos la conciencia de tal forma que nos permita percibir las impresiones de un sentido en particular, el oído, la vista, el tacto, etc. Cuando nos concentramos en un conjunto de impresiones, por lo general hacemos caso omiso de todas las otras impresiones que esta recibiendo nuestra conciencia. De esta manera, repe­timos, estamos atentos a un solo conjunto de estímu­los. Como una analogía más, si yo les hablo y ustedes se concentran en el sonido de mi voz, ésta dominaría más su conciencia que lo que estuvieran viendo en ese momento.

La concentración, o sea, enfocar la atención, es realmente una especie de selectividad, porque ustedes tienen que seleccionar los estímulos particulares que desean ingresen a su conciencia. Además, deben seleccionar también el canal, el medio a través del cual desean que las vibraciones entren a su concien­cia, en otras palabras, eligen si desean escuchar, ver o sentir.

La concentración implica un estado posi­tivo o activo por parte de la persona. De hecho, usualmente se dice que la concentración es un estado positivo de la conciencia. Sin embargo, tal afir­mación es cierta sólo en parte, ya que cuando nos concentramos debemos prepararnos para recibir cier­tos estímulos. Dependiendo del grado en que enfo­quemos nuestra conciencia, ya sea para ver, oír o sentir, nuestra preparación es positiva o activa pero, a la larga, nos quedamos pasivos.

No hacemos otra cosa que recibir, que esperar que las impresiones entren en nuestra conciencia. Esto es semejante a prepararnos para mirar televisión: prendemos el receptor, sintonizamos el canal correcto, y nos colo­camos en una posición cómoda para mirar la pantalla. Todos estos actos son activos, pero únicamente hasta el momento cuando nos relajamos y espera­mos que aparezcan las imágenes. De allí en adelante, estamos en un estado pasivo.

Sin embargo, cuando nos concentramos muchas veces enfocamos nuestra conciencia involuntaria­mente. Un fuerte estímulo puede atraer nuestra atención sin que nos demos cuenta, por ejemplo, un ruido estruendoso, un destello brillante de luz, el rápido y repentino movimiento de un objeto, etc.

Estos estímulos intensos atraen hacia ellos nuestra conciencia, obligándonos a enfocarlos. Si alguien disparara un revólver súbitamente en su habitación, ustedes voltearían instantánea e involuntariamente en dirección a donde se produjo el ruido, centrando su conciencia en lo que allí pudieran ver o escuchar.

Cuando enfocamos nuestra atención en forma deliberada (es decir, cuando deseamos concentrar­nos) lo hacemos principalmente motivados por ciertos impulsos internos; nuestros intereses y deseos, nuestros gustos y disgustos, nos impulsan a concen­trarnos intencionalmente en algo. No podemos cen­trar nuestra atención en dos cosas al mismo tiempo, aunque con frecuencia pueda parecer que si lo hacemos. Dijimos antes que la concentración es una especie de selectividad porque cuando nos concen­tramos, seleccionamos. Por lo tanto, no podemos concentrarnos en dos estímulos al mismo tiempo.

Sin embargo, podríamos confundirnos, porque muchas veces alternamos nuestra atención en forma tan rápida, que nos es difícil darnos cuenta de que no estamos concentrándonos en dos cosas al mismo tiempo. No obstante esto, el enfoque principal siempre está centrado en un solo conjunto de vibra­ciones. Supongan que al estarles hablando inespera­damente brilla una luz en su habitación.

Ustedes alternarían rápidamente su conciencia entre la luz y mi voz, y les parecería como si fueran instantáneas. Sin embargo, cada conjunto de impresiones, las de la luz que vieron y las de mi voz que escucharon, dominarían por separado su conciencia en el momen­to mismo cuando ustedes se concentraron en ellas.

¿Qué valor tiene la concentración para alcanzar el estado místico? El valor de la concentración está limitado a las facultades de la conciencia objetiva y a ciertas funciones relacionadas con ésta. Evidente­mente, la concentración es muy esencial en nuestra vida diaria, esto es, nos es necesaria para adaptarnos al mundo externo.

Sin la concentración, el mundo de las imágenes visuales y de las cosas que se sienten y se escuchan estaría perdido. Nuestra conciencia no enfocaría los impulsos de la realidad que actúan sobre nuestros ojos y oídos, y no los percibiríamos en lo absoluto o sólo los percibiríamos en forma insuficiente. Por ejemplo, cuando caminamos por la calle sumidos en nuestros pensamientos, podemos no ver a un amigo íntimo que cruza a nuestro lado, aunque tengamos los ojos bien abiertos.

Es necesario señalar de nuevo que el estado místico es algo que se alcanza internamente. No depende de condiciones ni de cosas externas. No consiste en centrar la atención con el fin de escuchar un sonido o de ver una luz. En consecuencia, el hecho de colocarnos en determinada postura tra­tando de percibir aquello que consideramos debe­ríamos percibir, nos limita místicamente. Muchas personas creen que deben concentrarse en ciertas cosas para ayudarse místicamente; sin embargo, al hacer esto se están limitando, porque concentran su conciencia sólo en ciertas impresiones.

La concentración puede ser útil exclusivamente como un paso preliminar para alcanzar el estado místico. Como ya hemos dicho, no proporciona directamente ninguno de los elementos de la expe­riencia mística. Concentrarse continuamente en un conjunto de estímulos, por ejemplo, en algo que se ve o se escucha, a la larga limita la conciencia objetiva.

Los estímulos sensorios en los cuales nos con­centramos continuamente van perdiendo poco a po­co su eficacia, disminuyen gradualmente el efecto que producen en nuestra conciencia, dando como resultado que ésta se introvierta; lentamente se vuelve hacia adentro. Es esta la razón por la cual algunos místicos orientales se concentran durante largo periodo en un sonido monótono, como el sonido uniforme de un gong o en la luz de una llama.

La monotonía del estimulo y la exclusión de todas las demás vibraciones, va entorpeciendo la sensibi­lidad de ese sentido particular y ayuda a que la persona entre en un estado subjetivo. Esas prácticas para la concentración son beneficiosas sin duda alguna, pero sólo para excluir los impulsos del mundo externo, no para producir una experiencia mística.

La contemplación

La contemplación es otra actividad voluntaria de nuestra conciencia. Al igual que sucede con la técnica de la concentración, con frecuencia se le confunde con el estado místico. La contemplación es un proceso reflexivo de la conciencia: es un acto de perceptuar dentro de la mente, no una percepción de impresiones que están fuera de ella. La contem­plación es algo totalmente apartado de las facultades de percepción. No se trata de centrar nuestra atención en impresiones que llegan a nuestros ojos o a cualquiera de los demás órganos sensorios.

Cuando contemplamos, el proceso reflexivo de nuestra con­ciencia es tan sutil, que no estamos conscientes de nada más. Como una analogía diremos que la con­templación introvierte la conciencia, ya que desvía las impresiones externas y la vuelve sólo a nuestros recuerdos y a la razón.

Los beneficios de la contemplación son muchos: nos permite juzgar y evaluar nuestras experiencias, y de este modo podemos analizar el mérito que tienen las impresiones que recibimos, así como el valor de nuestras ideas particulares. Una cosa es percibir o escuchar algo, según sea el caso, y otra muy diferente comprender el valor relativo que tienen para noso­tros esas impresiones.

Nuestras opiniones y nuestras conclusiones son el resultado de que nos volvemos hacia el interior de nuestra mente, figurativamente hablando, y contemplamos desde diferentes ángulos todos los ele­mentos de nuestras experiencias. Cuanto más con­templemos nuestras percepciones y nuestras ideas, mayor significado y beneficio tienen para nosotros.

El pensador es alguien que utiliza lo que ha acumu­lado a través de la experiencia, escudriñándolo, ana­lizándolo y evaluándolo. Valiéndonos de la contem­plación, se nos manifiesta la posible relación que hay entre nuestras ideas, permitiéndonos determinar lo que una puede aportar a otra. De hecho, la contem­plación confiere cierto poder a nuestras ideas o nos permite extraer de su contenido una fuerza total.

La imaginación

La contemplación estimula también nuestra ima­ginación. La imaginación sugiere métodos con los cuales podemos ampliar y unir las ideas, de modo de convertirlas en una estructura más grande para el pensamiento. Este es uno de los procesos creativos de la mente.

El acto de contemplar, de reflexionar profunda­mente en ideas inspiradoras o en conceptos nobles (no importa cuán agradables sean ni cuán verdade­ros parezcan) no es, sin embargo, un estado místico. Muchos neófitos creen erróneamente que reflexionar, un término que se escucha muy a menudo (de hecho, que se ha convertido en una palabra supues­tamente metafísica bastante trillada) es un proceso místico muy importante.

Centrar la atención en un pensamiento o reflexionar en él es, después de todo, una forma de concentración. Como tal, no es otra cosa que retener en la conciencia una sola idea. Esto limita también la conciencia a una sola fase de acti­vidad: la fase objetiva.

Como un ejemplo, piensen que hay muy poca diferencia entre mirar un objeto dentro de su habi­tación y mirar un objeto en la calle. En ambos casos se utiliza la misma facultad: la vista. De manera que, cuando reflexionan en un pensamiento, no hacen otra cosa que usar la concentración.

Al contemplar, al pensar y al razonar, usamos aspectos subjetivos de la conciencia, en particular aquellos que están rela­cionados estrechamente con la mente objetiva, los cuales tienen poco valor para el estado místico. Aunque es verdad que el pensador y el filósofo no son necesariamente místicos, todo místico verdade­ro, no obstante, se convierte con el tiempo en filóso­fo. El místico está obligado a someter los elementos de su gran iluminación mística a las relaciones humanas, a los valores humanos, a un conocimiento viable y, hacerlo, requiere de un método filosófico.

La visualización

En la ciencia del misticismo no podemos eludir el proceso de la visualización, es decir, la formación de imágenes visuales en la pantalla de la conciencia. Usando términos populares, diremos que en este proceso el ojo de la mente puede ver algo. Ahora bien, debe entenderse que visualizar es una de las funciones de la contemplación. No podemos visua­lizar sin que también contemplemos. Visualizar es enfocar la conciencia en ciertas ideas de modo que puedan asumir formas visuales en nuestra mente. Si la visualización no hiciera otra cosa que originar formas en la pantalla de la conciencia, no tendría un valor más grande en el misticismo del que tiene la contemplación.

El místico no visualiza por el deseo de analizar, no lo hace sólo para retener algo en la conciencia de manera de poder examinarlo minuciosamente, sino que visualiza con el propósito de crear una con­dición, de convertir determinada cosa en realidad. Lo que el místico ve en la pantalla de su conciencia es verdadero para él: es una realidad.

No obstante, él quiere cristalizar esa imagen, esto es, desea lograr que produzca otras condiciones que afecten tanto a otros como a él mismo. Por consiguiente, el místico usa su facultad de visualización como un medio para des­pertar sus atributos psíquicos. Simplemente, con la idea visualizada intenta crear un apropiado estado emocional o psíquico.

En el misticismo, la visualización puede ser com­parable a montar un escenario para una represen­tación teatral, a crear cierta atmósfera; podemos decir también que es como decorar un salón por cierto gusto estético que tenemos. Las cosas que uno visualiza en el estado místico podrían ser únicamente simbólicas: hay que retenerlas en la conciencia sólo hasta que se experimenta el efecto de la imagen mental. Una vez que percibimos el efecto, sea un efecto psíquico o de otra índole, debemos desechar por completo de la mente la imagen visualizada, pues ya ha cumplido su propósito. Continuar visualizándola sólo sería recurrir a la contemplación.

La meditación

Desde el punto de vista místico, la meditación es la práctica más importante de nuestra conciencia. Intencionalmente dejamos para lo último su con­sideración, porque muchas veces es confundida con las prácticas de la concentración y la contemplación. No obstante, es necesario que primero corrijamos el concepto erróneo de que meditar significa eliminar todas las manifestaciones de nuestra conciencia, pues no podríamos prescindir de ninguna de ellas en forma total y, no obstante esto, tener la experiencia personal del éxtasis místico, porque tanto el ser como esa experiencia forman parte de la conciencia.

Lucrecio, el filósofo epicúreo latino, dijo: “Donde estamos, la muerte no está todavía; y cuando ésta llega, ya no estamos”. En consecuencia, si la medi­tación suprimiera nuestra conciencia, no se produ­cirla una experiencia mística ni de ninguna otra clase.

La conciencia es una corriente de sensibilidad ante innumerables vibraciones. Es como la escala musical: cada parte de la escala de la conciencia tiene una octava particular, es decir, se manifiesta en una forma específica, al igual que lo hacen las notas que componen la escala musical. El ser humano puede tocar en varias partes de la escala de la conciencia. Con esto queremos decir que el ser, el usted, puede tener percepciones en diferentes niveles de esa escala. Como dijera un místico hindú: “Hay dos condiciones en una persona; la condición de estar en este mundo y la condición de estar en el otro mundo”. El otro mundo significa los otros niveles de conciencia que todos poseemos.

Durante la meditación, la conciencia se eleva por encima de la objetividad, más allá de nuestro mundo cotidiano de existencia mortal. La conciencia ascien­de por encima del mundo mental, más allá de los reinos del pensamiento, de la contemplación y de la razón. Otro místico dijo: “Meditar es unir la con­ciencia con las fuerzas más elevadas del intelecto, para que se manifiesten sensaciones que no existen en la conciencia inferior”.

La conciencia humana es una emanación, un torrente de la Mente Cósmica. Sin embargo, la conciencia objetiva no puede per­cibir directamente a la Mente Cósmica. Es sólo en el río profundo del subconsciente, donde el ser percibe las manifestaciones más infinitas del Cósmico.

Uno no puede unirse apresuradamente con el Cósmico. El estudiante no puede sumergirse de pronto en la Conciencia Cósmica: tiene que avanzar hacia ella, como se nada desde la superficie hasta las aguas profundas. La meditación es un cambio en el campo de percepción. Es mirar o percibir más allá de nuestro mundo finito inmediato. Para llegar a esa gran percepción, se requiere una transición de la conciencia.

Un místico alemán del Siglo XVII dijo: “Es en la parte suprema del alma donde tiene lugar la expe­riencia mística: es en aquella parte del alma que ninguna pasión puede alcanzar”. Con esto quiso decir que no podemos percibir con nuestros senti­dos objetivos las vibraciones de frecuencias muy elevadas que se generan en lo más recóndito de nuestro ser, o sea, en la conciencia superior.

Tal como lo explicáramos antes, cuando contem­plamos usamos experiencias que originalmente reci­bimos a través de nuestras facultades objetivas: se produce cierta unidad entre las dos fases de la mente. Así también, la meditación integra a la conciencia, es decir, une sus fases inferiores con las fases supe­riores.

Si no se produjera esta unidad, nunca podríamos recordar las impresiones psíquicas, cósmicas, que recibimos en los niveles superiores de la conciencia. No habría manera de poder trasmitirlas al nivel inferior, al estado objetivo. Mientras uno no pueda rememorar en su estado normal los resultados de la experiencia obtenida en esos contactos cósmi­cos (como sucede con la inspiración y la ilumi­nación) el estado místico no será completo.

El objetivo tradicional de todo místico es lograr unirse con Dios o con el Cósmico. Puesto que cada parte de nuestro ser (toda nuestra estructura orgánica y los procesos de nuestra mente) es producto de una ley cósmica, resulta obvio que ya existe esa unión. Sin embargo, mientras el ser, mientras usted no la perciba, no obtendrá ningún placer divino de ella.

Si no siente esa unión, sería semejante a entregar una llave a un hombre y decirle: “Esta llave te servirá para abrir el cofre del tesoro”. Mientras no tenga en su poder el cofre para poder sacar el tesoro, no podrá disfrutar de éste.

Quedamos en que la meditación es una forma de trasmutar la conciencia. Es avanzar de un nivel de conciencia a otro. Es discernir personalmente la plétora, la plenitud de nuestro ser.

Podríamos decir que la meditación es semejante a escalar una montaña hasta llegar a la cima. Desde allí podemos contemplar una vasta extensión que no podríamos ver desde la base de la montaña. San Agustín dijo, refiriéndose a la meditación, que es “el ojo místico del alma”.

Muchos místicos han afir­mado que la meditación permite escaparse del mundo de todos los días e incluso escaparse del ser. En sus doctrinas han expuesto que, durante la medi­tación, el ser se empequeñece hasta que al final no tiene realidad, hasta que ya no existe. Dionisio el Areopagita dijo: “En la meditación se dejan atrás ambos sentidos: las actividades intelectuales, y todas las cosas conocidas por los sentidos y el intelecto

No obstante, los Rosacruces tenemos un con­cepto diferente, pues opinamos que nunca podemos apartarnos por completo del ser. No podemos evadirlo. Si lo hiciéramos, no percibiríamos la unión mística. El ser debe existir para poder unirse con el Cósmico. A medida que en la meditación el ser avanza paso a paso, nivel tras nivel de la escala de la conciencia, asume diferentes aspectos o diversas características.

El ser se va despojando de las sensaciones objetivas, va eliminando las cualidades normales externas, entre ellas el tiempo y el espacio, y cualesquiera otras nociones objetivas. El ser llega a un estado para el cual no existen términos que pudieran describirlo objetivamente. Es por eso que algunos místicos de antaño pensaron que en la meditación el ser quedaba eliminado, sólo porque pierde las características que le son conocidas.

En este ascenso a través de los niveles de la con­ciencia, el ser cambia de la misma manera que cam­bia una bellota al convertirse en un poderoso roble. Sin embargo, así como la esencia de la bellota con­tinúa viviendo en el roble, así también el ser con­serva su esencia en todos los niveles de conciencia que se alcanzan en la meditación. En su recién encon­trada libertad, el ser deja atrás sus viejas característi­cas.

Un antiguo místico dijo acerca de esto: “Una araña que asciende por su hilo va obteniendo más espacio libre. De la misma manera, en la meditación se obtiene independencia”. Cada nivel de conciencia produce un fenómeno diferente, una experiencia característica de la frecuencia vibratoria a la cual vamos llegando. En un nivel experimentamos sole­dad; en otro, un silencio místico; y en otro más, una inmensa armonía.

Cada una de estas experiencias resultantes de la meditación tiene un efecto perdu­rable en todo nuestro ser. A medida que el ser avanza, va armonizando una fase de conciencia con otra, entretejiéndolas cual si fuesen hilos de plata. Esa unión da por resultado un rejuvenecimiento de todo el organismo humano.

El último y más elevado nivel al que se llega es conocido con el nombre de Conciencia Cósmica: se alcanza una vez que el hombre percibe su unidad con el Absoluto, con todo lo que existe y, no obstante, para él nada tiene una naturaleza individual. Se per­ciben todas las cosas, pero ninguna en particular.

Así pues, la ciencia del misticismo reside en ana­lizar las diferentes formas como podemos aplicar nuestra conciencia personal. La ciencia del misti­cismo nos revela qué necesitamos para alcanzar la plenitud de nuestra naturaleza Divina. En las enseñan­zas Rosacruces se presenta esta ciencia en todos sus aspectos, tanto los prácticos como los útiles. La experiencia mística es práctica, porque da como resultado la expansión de las oportunidades de la vida.

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