El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

El viaje del autoconocimiento: una brecha en la eternidad

Posted by cosmoxenus en 6 mayo 2007

Alfonso Colodrón

El viaje más satisfactorio es el viaje hacia el interior del alma. También, el de efectos más duraderos. Puedo afirmarlo con rotundidad, después de haber sido un viajero impenitente desde que el ímpetu de los 17 años me lanzó a las costas marroquíes a pescar con pescadores que partían de Huelva. Una década después, la nostalgia de aquella aventura me impulsó a dar la vuelta al mundo durante cinco años con una mochila como todo equipaje. Con el paso de los años, más que el aire transparente del Anapurna en los Himalayas, las playas inmaculadas de las islas del Pacífico, la grandiosidad de las ruinas mayas de Chichén Itza o la sonrisa de los niños brasileños, lo que me queda es un cierto sabor de universalidad, un ligero vislumbre del hilo dorado que une la diversidad de este maravilloso planeta que llamamos Tierra. Pero sobre todo, la certeza de que lo que buscaba afuera siempre había estado más cerca de mí que mi propio corazón.

Tardé varios años en darme cuenta de lo que había estado buscando por selvas y montañas, ciudades y ruinas, ríos y océanos, tras la mirada insondable de los mendigos indios y en medio de los rituales de los maoríes de Nueva Zelanda: me había estado buscando a mí mismo, através de los múltiples espejos del Ser, reflejado en la inmensidad esmeralda del Amazonas, en la sutileza de las danzas balinesas, en las luchas de liberación de todas las dictaduras que atravesé en mi recorrido, en la hospitalidad de los pescadores filipinos, en los remansos de paz de muchos monasterios, en la babel de lenguas que el paso continuo de fronteras ponía en evidencia …

Cada uno inicia el viaje del autoconocimiento desde su singular punto de partida: la lectura de libros, el acercamiento a la naturaleza, la asistencia a cursos de yoga, tai-chi o dinámica de grupos, la indagación sobre sí que supone cualquier tipo de terapia o la inmersión directa en alguna de las múltiples técnicas de meditación. Todos los caminos pueden conducir a la misma Roma: la toma de contacto con la esencia de quiénes somos en realidad, a través de las sucesivas identificaciones y desidentificaciones de cada etapa del camino, de acumular experiencias y conocimientos para despojarse y desaprender llegado el momento .

Mi destino quiso que iniciara la aventura de la conciencia con una de las metáforas más evidentes del compromiso que supone vivir para despertar de este gran sueño que llamamos vida y para representar impecablemente los distintos papeles del Gran Teatro del Mundo, sin identificarnos con ninguno de sus personajes. Viajar supone siempre salir de lo conocido, adentrarse en los universos del Otro, perder parte de los contornos de nuestro yo, formados de rutinas, seguridades, objetivos de corto alcance y paisajes conocidos .

Cuando miro hacia atrás sin ira, desde esta “estación benigna y dulce hora”, como llamó Dante al medio del camino de la vida, emergen del fondo de la memoria algunas situaciones de mis viajes, como reflejos nítidos de la vida interior. Recuerdo haberme perdido en Pekín un atardecer de primavera del 78, cuando la capital de China era fundamentalmente una ciudad de casitas bajas de aspecto rural, que se extendían, todas iguales, a lo largo de kilómetros y kilómetros. No había entonces taxis públicos ni cabinas telefónicas. La intuición y la necesidad me hicieron llegar caminando, ya a media noche, a la casa del amigo que me alejaba. Mucho tiempo después, padecí varios oscurecimientos del Ser -depresiones en el lenguaje clínico o crisis existenciales desde mi perspectiva terapéutica actual-, que me recordaron la total desesperación de aquellos momentos. La única diferencia es que duraron varios meses, en vez de horas, y el reposo de la medianoche parecía no llegar nunca.

Muchas personas conocen este tipo de estados de alma en el que todas las candilejas parecen apagarse de golpe, las noches son largas, las auroras grises y el horizonte inexistente . Quien sale al otro lado del túnel no es la misma persona que entró en él. En el peor de los casos, siempre le quedará grabado en la piel y en los huesos que fue capaz de salir, cuando vuelva a atravesar otra noche oscura del alma. En el mejor de los casos, emergerá más compasiva y solidaria o, incluso, con la determinación -y cierta capacidad- de ayudar a las personas que atraviesan estos desiertos internos . Este tipo de “pérdidas” que nos sacuden a veces, al igual que las pérdidas más definitivas de un ser querido, son los aldabonazos que realizan el milagro de resucitarnos cuando moribundeamos, en lugar de vivir plenamente con toda la intensidad de nuestros pulmones y de nuestras tripas, con toda la pasión de nuestro corazón, con todo el anhelo de nuestra alma y con todo el éxtasis de nuestras células.

En otra ocasión, una calma chicha de varios días mantuvo el catamarán en que viajaba de Tahití a Tonga suspendido en un punto fijo en la línea formada entre un cielo uniforme y un océano que parecía aceite caliente. Las horas parecían agarrarse a la superficie del agua deteniendo auroras y ocasos. El mundo se había detenido alrededor haciendo inalcanzable la meta esperada. ¡Cuántas veces, a lo largo de sesiones de meditación o de terapia, se producen momentos en los que parece que no vamos a ninguna parte! Es como si el soplo del Espíritu se hubiera retirado, la inspiración descansara en las profundidades del inconsciente y la fertilidad del vacío no acabara de verdear.

Varias semanas después, un terrible huracán devastó la isla de Niue, el Estado independiente más pequeño del mundo, perdido en medio del Pacífico, donde habíamos recalado semanas antes. Recordé entonces que alguien me había dicho que hay que tener mucho cuidado con lo que se pide -o se desea intensamente-, porque siempre se nos concede. Hay momentos en que los acontecimientos externos nos arrastran como un maremoto. Perdemos nuestro centro. Vamos a donde no queremos o a ritmos que no podemos integrar. En esas ocasiones echamos de menos un poco de calma y cambiaríamos media vida por un remanso de paz, un puerto seguro en el que poder recomponer los fragmentos de nuestro Yo esparcidos entre los acantilados de una realidad que se resiste a nuestros planes y deseos.

Todo viaje, como la vida misma, tiene un punto de llegada. Cuando me identificaba como viajero, cuando llegué a creer que viajar era la única forma auténtica de vivir, intentaba aplazar las partidas demorándome en cada lugar. En realidad, lo que demoraba era la llegada a un lugar en el que enraizarme, hasta que me di cuenta de que es vivir lo que constituye esencialmente una forma de viajar, y no al revés: vivir ligero de equipaje y con las raíces en el propio corazón, pues allí donde instalamos nuestra tienda de nómadas tenemos nuestro hogar, si nos rodean las personas que queremos, o si queremos a las personas que nos rodean, que viene a ser lo mismo.

Durante los viajes, trabajé como pescador, operario textil, librero, camarero, profesor de lenguas, intérprete, marchand de arte, periodista, quiromático, consultor personal…, pero nunca logré identificarme con ninguna de estos oficios y profesiones. En realidad, la profesión, como la raza, el sexo, el estado civil, la edad, el nombre y otros tantos rasgos que ayudan a definir el ego no son sino atributos pasajeros del Ser que somos. No para despreciarlos, sino para vivirlos plenamente trascendiéndolos. Los auténticos estados transpersonales de conciencia no suponen la eliminación del ego, sino la no identificación exclusiva con él. Muchos de los que inician una vía espiritual creen que tienen que luchar contra el ego , pero incurren en varias paradojas de neófitos. La primera es que no se puede luchar contra algo que, según preconizan esas mismas Vías, no existe, pues el ego es una pura ilusión, una falsa identificación pasajera , aunque, paradójicamente útil, para convivir y relacionarnos. En segundo lugar, no es sino desde la individualidad -o conciencia de yo separado- desde donde se puede emprender una vía de desarrollo personal o de autoconocimiento, ya que, si no hubiese separación, no habría nada que conocer, iluminar, unir ni despertar . Pero la paradoja más hiriente es que cuanto más se lucha, más engorda el ego que se esfuerza ¡por desaparecer! Todo esto lo explica muy bien, con su natural desenvoltura e irreverencia Alan Watts en El arte de ser dios. Más allá de la teología. Resolver este koan puede llevar meses, años o toda una vida.

“Caminante, no hay camino….”, pues el mismo caminar es la meta, y cada paso que acaricia conscientemente la tierra que pisamos nos adentra en ese tan buscado “aquí y ahora”. Cuando Cielo y Tierra se tocan en el punto en el que nos encontramos, cuando el horizonte se abre y se cierra en el propio cuerpo, éste aparece entonces como un holograma del gran cuerpo del Cosmos.

Cuando vuelvo de la escuela caminando a ritmo de mi hija de cuatro años, que con una mano detiene mis pasos, mientras que con la otra recoge las hojas otoñales de los plataneros, el tiempo se detiene. Atrás desaparece la Escuela. Delante no hay casa a la que llegar. Ella me recuerda que ya estamos “en Casa”. Es entonces cuando siento que se ha abierto una brecha en la eternidad y que el viaje recomienza en cada instante.

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