El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for 16/02/07

El Secreto del Anillo

Posted by cosmoxenus en 16 febrero 2007

Osho

Pensar «soy la mente», es inconsciencia. Debes saber que la mente sólo es un mecanismo, como lo es el cuerpo; debes saber que la mente está separada. Viene la noche y después viene la mañana; y tú no te identificas con la noche. No dices: «Soy la noche»; y tampoco dices: «Soy la mañana». Viene el día y después vuelve la noche; la rueda continúa girando, pero tú te das cuenta de que no eres estas cosas. Lo mismo ocurre con la mente. Aparece la ira pero tú te olvidas : te conviertes en ira. Viene la avaricia y te olvidas: te conviertes en avaricia. Se presenta el odio y te olvidas: te conviertes en odio. Eso es inconsciencia. Conciencia es darse cuenta de que la mente está llena de avaricia, llena de ira, llena de odio o llena de lujuria, pero tú sólo eres un observador. Entonces puedes ver cómo surge la avaricia y se convierte en una gran nube oscura que después se dispersa; y tú no has sido tocado. ¿Cuánto tiempo pueden quedarse? Tu ira es momentánea, tu avaricia es momentánea, tu lujuria es momentánea. Simplemente observa y te quedarás sorprendido: vienen y se van. Y tú permaneces allí, intocado, fresco, tranquilo.

La cosa más básica a recordar es que cuando te sientas bien, en un estado de éxtasis, no debes pensar que va a ser un estado permanente. Vive el momento tan alegremente, tan animadamente como puedas, sabiendo muy bien que ha venido y se irá, como la brisa que entra en tu casa, con toda su fragancia y frescor, y sale por la otra puerta. Esto es lo más fundamental. Si piensas que puedes hacer que tus momentos de éxtasis sean permanentes, ya has empezado a destruirlos.

Cuando vengan, agradéselos; cuando se vayan, siéntete agradecido a la existencia. Permanece abierto. Ocurrirá muchas veces; no enjuicies, no seas un elector. Permanece libre de elecciones. Sí, habrá momentos en los que te sentirás desgraciado. ¿Y qué? Hay personas que se sienten desgraciadas y no han conocido ni un momento de éxtasis; tú eres afortunado. Incluso en medio de tu desgracia, recuerda que no va a ser permanente; también pasará, por eso no dejes que te altere demasiado. Permanece sereno.

Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza; acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza, son la naturaleza misma de las cosas. Y simplemente eres un observador: no te conviertes ni en la felicidad ni en la desgracia. La felicidad viene y se va, la desgracia viene y se va. Pero hay algo que siempre está allí —siempre y en todo momento — y ése es el observador, el testigo.

Poco a poco ve centrándote más en el observador. Vendrán días y vendrán noches…vendrán éxitos y fracasos… vendrán vidas y vendrán muertes. Pero si permaneces centrado en el observador — porque es la única realidad en ti— todo es un fenómeno pasajero.

Sólo por un momento trata de sentir lo que te digo: simplemente sé un testigo. No te aferres a ningún momento porque es hermoso ni alejes de ti ningún momento porque es desgraciado. Deja de hacer eso. Lo has estado haciendo durante vidas enteras. Nunca has tenido éxito hasta ahora y nunca lo tendrás, jamás. El único modo de ir más allá, de permanecer más allá, es encontrar el lugar desde el que puedes observar todos estos fenómenos cambiantes sin identificarte.

Te contaré una antigua historia sufí.

Un rey dijo a los sabios de la corte: —Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total. Tiene que ser muy pequeño de manera que quepa escondido debajo del diamante del anillo.

Todos ellos eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados. Pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudiera ayudar en momentos de desesperación total era difícil. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.

El rey tenía un anciano sirviente que era casi como su padre; también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por él. El anciano dijo: —No soy un sabio, ni un erudito, menos un académico; pero conozco el mensaje, porque sólo hay un mensaje. Y esa gente no te lo puede dar; sólo puede dártelo un místico, un hombre que haya alcanzado la realización. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente y en una ocasión me encontré con un místico.

Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento por mis servicios, me dio este mensaje —y lo escribió en un papel, lo dobló y se lo dió al rey—. No lo leas, mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.

Y ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos le perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Y llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: del otro lado había un precipicio y un profundo valle. Caer por él sería el fin. No podía volver, el enemigo le cerraba el camino y ya podía oír el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante, y no había ningún otro camino…

De repente se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso. Simplemente decía: «Esto también pasará».

Mientras leía «esto también pasará» sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Y aquello pasó. Todas las cosas pasan; nada permanece en este mundo. Los enemigos que le perseguían se deben haber perdido en el bosque, deben haberse equivocado de camino; poco a poco dejó de oír el trote de los caballos.

El rey se sentía tremendamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, lo volvió a poner en el anillo, reunió a su ejército y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes,… y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.

El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo: —Este momento también es adecuado: vuelve a mirar al mensaje.

—¿Qué quieres decir? —Preguntó el rey—. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.

—Escucha —dijo el anciano—, esto es lo que me dijo el santo: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas, también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso; no sólo para cuando eres el último, también para cuando eres el primero.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: «Esto también pasará», y de repente la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que se regocijaba, que celebraba, que bailaba… pero el orgullo, el ego había desaparecido. Todo pasa.

Pidió al anciano sirviente que viniera a su carro y se sentara junto a él. Le preguntó: -¿Hay algo más? Todo pasa… Tu mensaje me ha sido de gran ayuda.

—La tercera cosa que dijo el santo es: «Recuerda que todo pasa. Sólo quedas tú; tú permaneces por siempre como testigo».

Todo pasa, pero tú permaneces. Tú eres la realidad; todo lo demás sólo es un sueño. Hay sueños muy hermosos, hay pesadillas… pero no importa que se trate de un sueño precioso o de una pesadilla; lo importante es la persona que está viendo el sueño. Ese que ve es la única realidad.

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VÍA INICIÁTICA Y VÍA MÍSTICA

Posted by cosmoxenus en 16 febrero 2007

La confusión entre el dominio esotérico e iniciático y el dominio místico, o, si se prefiere, entre los puntos de vista que respectiva­mente les corresponden, es una de las que más frecuentemente se cometen hoy en día, y ello, nos parece, de una manera no siempre completa­mente desinteresada; hay aquí, por lo demás, una actitud nueva, o que, al menos en ciertos ambientes, se ha generalizado demasiado en los últimos años, y es por lo que nos parece necesario comenzar por explicarnos claramente sobre este punto. Está ahora de moda, si puede decirse así, el calificar de “místicas” a las doctrinas orientales, incluidas aquellas en donde no hay ni siquiera la sombra de una apariencia exterior que pudiera, en aquellos que no ven más allá, dar lugar a una calificación semejante; el origen de esta falsa interpretació n es naturalmente imputable a ciertos orientalistas, que pueden, por lo demás, no haber sido inducidos en principio por una segunda intención claramente definida, sino únicamente por su incomprensión y por un prejuicio más o menos inconsciente, que les es habitual, al pensar sólo desde puntos de vista occidentales (1). Pero llegan otros luego, que se adueñan de esta asimilación abusiva, y que, viendo el provecho que podrían sacar para sus propios fines, se esfuerzan en propagar la idea fuera de ese mundo especial, y en resumidas cuentas bastante restringido, de los orientalistas y de su clientela; y esto es más grave, no solamente porque es ante todo por ello que esta confusión se difunde cada vez más, sino también porque no es difícil advertir las señales inequívocas de una tentativa “anexionista” contra la cual es preciso protegerse. En efecto, aquellos a los que aludimos son a los que se puede considerar como los negadores más “serios” del esoterismo; queremos referirnos con ello a los exoteristas religiosos que se niegan a admitir nada más allá de su propio dominio, pero que estiman sin duda esta asimilación o esta “anexión” más hábil que una negación brutal; y, viendo de qué manera algunos de ellos se esfuerzan en transformar en “misticismo” las doctrinas más claramente iniciáticas, realmente parecería que esta labor reviste a sus ojos un carácter particularmente urgente (2). A decir verdad, habría no obstan­te en el mismo dominio religioso al cual pertenece el misticismo, algo que, en ciertos aspectos, podría prestarse a un acercamiento, o mejor dicho a una apariencia de acercamiento: es lo que se designa con el término “ascética”, pues reviste aquí al menos un método “activo”, en lugar de la ausencia de método y de la “pasividad” que caracterizan al misticismo y sobre los cuales hemos de volver más adelante (3); pero no hay duda de que estas similitudes son por completo exteriores, y, por otra parte, esta “ascética” no tiene posiblemente sino objetivos demasiado visiblemen­te limitados como para poder ser ventajosamente utilizada de esta forma, mientras que, con el misticismo, no se sabe jamás exactamen­te a dónde se llega, y esta misma vaguedad es con seguridad propicia a las confusiones. Unicamente aquellos que se entregan a este trabajo deliberadamente, y no quienes les siguen más o menos inconscientemente, no parecen dudar de que, en todo lo que se refiere a la iniciación, no hay en realidad nada de vago ni de nebuloso, sino por el contrario elementos precisos y “positivos”; y, de hecho, la iniciación es, por su propia naturaleza, incompatible con el misticismo.

Esta incompatibilidad no resulta, por otra parte, de lo que originalmente implica el término “misticismo”, que está incluso manifiestamente emparentado con la antigua designación de los “misterios”, es decir, con algo que pertenece por el contrario al orden iniciático; pero este término es de aquellos por los cuales, lejos de poderse referir únicamente a la etimología, se está rigurosamente obligado, si uno quiere hacerse comprender, a tener en cuenta el sentido que le ha sido impuesto por el uso, y que es, de hecho, el único al que actualmente se le vincula. Ahora bien, es sabido lo que se entiende por “misticismo”, desde hace ya varios siglos, de manera que no es posible emplear este término para designar algo distinto; y es esto lo que, como dijimos, no tiene y no puede tener nada en común con la iniciación, en primer lugar porque este misticismo compete exclusivamente al dominio religioso, es decir, exotérico, y después porque la vía mística difiere de la vía iniciática en todos sus caracteres esenciales, y esta diferencia es tal que de ella se deriva una verdadera incompatibilidad. Precisemos además, que se trata de una incompatibilidad de hecho más bien que de principio, en el sentido de que no se trata en absoluto de negar el valor, al menos relativo, del misticismo, ni de poner en duda el lugar que legítimamente le pertenece en ciertas formas tradicionales; la vía iniciática y la vía mística pueden perfectamente coexistir (4), pero lo que queremos indicar es que es imposible que nadie siga a la vez ambas, incluso sin juzgar de antemano el fin al cual pueden conducir, aunque por lo demás se pueda ya presentir, en razón de la profunda diferencia entre los dominios a los cuales se refieren, que este fin no podría ser en realidad el mismo.

Hemos dicho que la confusión que hace que algunos vean misticismo allí donde no hay la menor traza de ello tiene su punto de partida en la tendencia de reducirlo todo a los puntos de vista occidenta­les; y es que, en efecto, el misticismo propiamente dicho es algo exclusivamente occidental y, en el fondo, específicamente cristiano. Por este motivo, vamos a aprovechar la ocasión de indicar algo que nos parece lo bastante curioso como para que lo mencionemos aquí: en un libro del cual ya, en otro lugar, hemos hablado (5), el filósofo Bergson, oponiendo lo que el llama la “religión estática” a la “religión dinámica”, ve la más alta expresión de esta última en el misticismo, al que por otra parte apenas comprende, y al cual admira especialmente por todo lo que nosotros podríamos por el contrario encontrar de vago e incluso, bajo ciertos aspectos, de defectuoso; pero lo que puede parecer realmente extraño por parte de un “no cristiano” es que, para él, el “misticismo completo”, por poco satisfactoria que sea la idea que de hecho se hace, no es sino el de los místicos cristianos. A decir verdad, por una consecuencia necesaria de la poca estima que él siente por la “religión estática”, olvida que aquellos son cristianos antes incluso de ser místicos, o al menos, para justificarles el ser cristianos, sitúa indebidamente al misticismo en el origen mismo del Cristianismo; y, para establecer a este respecto una especie de continuidad entre éste y el Judaísmo, llega a transformar en “místicos” a los profetas judíos; evidentemente, del carácter de la misión de los profetas y de la naturaleza de su inspiración no tiene la más mínima idea (6). Sea como sea, si el misticismo cristiano, por deformada o menguada que sea su concepción, es a sus ojos el tipo mismo del misticismo, la razón es, en el fondo, bien fácil de comprender: es que, de hecho y estrictamente hablando, apenas existe otro misticismo que éste; e incluso los místicos que se han llamado “independientes” , y que de buen grado calificaríamos de “aberrantes”, no se inspiran en realidad, debido a su ignorancia, sino en ideas cristianas desnaturalizadas y más o menos completamente vacías de su contenido original. Pero también esto, como tantas otras cosas, escapa a nuestro filósofo, que se esfuerza en descubrir, anteriormente al Cristianismo, los “esbozos del futuro misticismo”, cuando se trata de cosas totalmente diferentes; hay aquí particularmente, sobre la India, algunas páginas que atestiguan una inaudita incomprensión. También están los misterios griegos, y aquí la aproximación, fundada sobre el parentesco etimológico que señalábamos, se reduce en suma a un mal juego de palabras; por lo demás, Bergson se ve obligado a reconocer que “la mayor parte de los misterios no tenían nada de místico”; pero entonces, ¿por qué habla sobre este vocablo? En cuanto a lo que fueron los misterios, se hace de ellos la representació n más “profana” posible; ignorándolo todo acerca de la iniciación, ¿cómo podría comprender que había allí, tanto como en la India, algo que en primer lugar no era en absoluto de orden religioso, y que iba incomparablemente más lejos que su “misticismo”, e incluso, es preciso decirlo, que el auténtico misticismo, que al mantenerse en el dominio puramente exotérico tiene forzosamente sus limitaciones? (7).

No nos proponemos actualmente exponer en detalle y de forma completa todas las diferencias que separan en realidad a los puntos de vista iniciático y místico, pues sólo para ello se necesitaría todo un volumen; nuestra intención es sobre todo insistir aquí sobre la diferencia en virtud de la cual la iniciación, en su proceso mismo, presenta unos caracteres totalmente distintos a los del misticismo, incluso opuestos, lo que basta para demostrar que hay aquí dos “vías” no solamente distintas, sino también incompatibles en el sentido que hemos indicado. Lo que a menudo se dice a este respecto es que el misticismo es “pasivo”, mientras que la iniciación es “activa”; esto es por otra parte muy cierto, a condición de determinar exactamente la acepción en la que debe entenderse. Esto significa principalmente que, en el caso del misticismo, el individuo se limita simplemente a recibir lo que se le presenta, y tal como se le presenta, sin que él mismo actúe para nada; y, digámoslo a continuación, en esto reside para él el principal peligro, en el hecho de que esté así “abierto” a todas las influencias, sean del orden que sean, y que, por lo demás, en general y salvo raras excepciones, no tiene la preparación doctrinal que sería necesaria para permitirle establecer entre ellas una discriminació n cualquiera (8). En el caso de la iniciación, por el contrario, es al individuo a quien corresponde la iniciativa de una “realización” que se proseguirá metódicamente, bajo un control riguroso e incesante, y que deberá normalmente conducir a superar las posibilidades mismas del individuo como tal; es indispensable añadir que esta iniciativa no es suficiente, pues es demasiado evidente que el individuo no podría superarse a sí mismo por sus propios medios, pero, y esto es lo que nos importa por el momento, es ella lo que constituye obligatoriamente el punto de partida de toda “realización” para el iniciado, mientras que el místico no tiene ninguna, incluso para lo que no va en absoluto más allá del dominio de las posibilidades individuales. Esta distinción puede ya parecer bastante clara, ya que demuestra bien que no podrían seguirse a la vez las vías iniciática y mística, pero sin embargo no podría ser suficiente; podríamos incluso decir que no responde todavía mas que al aspecto más “exotérico” de la cuestión, y, en todo caso, es demasiado incompleta en lo que concierne a la iniciación, de la que está bien lejos de incluir todas las condiciones necesarias; pero, antes de abordar el estudio de estas condiciones, nos quedan todavía algunas confusiones por disipar.

NOTAS:

(1). Es así como, especialmente después de que al orientalista inglés Nicholson se le ocurriera traducir taçawwuf por misticismo, se ha convenido en Occidente que el esoterismo islámico es algo esencialmente “místico”; o incluso, en este caso, no se habla de esoterismo, sino únicamente de misticismo, es decir, que se ha llegado a una verdadera sustitución de puntos de vista. Lo mejor del caso es que, en las cuestiones de este orden, la opinión de los orientalistas, que no conocen sino por los libros, cuenta manifiestamente mucho más, a los ojos de la inmensa mayoría de los occidentales, que la opinión de los que tienen un conocimiento directo y efectivo.

(2). Otros se esfuerzan también en transformar las doctrinas orientales en “filosofía”, pero esta falsa asimilación es quizá, en el fondo, menos peligrosa que la otra, en razón de la estrecha limitación del propio punto de vista filosófico; éstos no consiguen, por la manera especial en que presentan dichas doctrinas, sino hacer algo totalmente desprovisto de interés, y lo que se desprende de sus trabajos es sobre todo una prodigiosa impresión de “aburrimiento” .

(3). Podemos citar, como ejemplo de “ascética”, los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, cuyo espíritu es incontestablemente tan poco místico como es posible, y para los cuales es al menos verosímil que se inspiró en parte en ciertos métodos iniciáticos de origen islámico, pero, por supuesto, aplicándolos a un objetivo completamente diferente.

(4). Podría ser interesante a este respecto hacer una comparación con la “vía seca” y la “vía húmeda” de los alquimistas, pero esto se saldría del marco del presente estudio.

(5). Los dos orígenes de la moral y de la religión. Ver a este respecto Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, cap. XXXIII.

(6). De hecho, no se puede encontrar misticismo judío propiamente dicho hasta el Hasidismo, es decir, en una época muy reciente.

(7). Los dos orígenes de la moral y de la religión. Ver a este respecto Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, cap. XXXIII.

(8). De hecho, no se puede encontrar misticismo judío propiamente dicho hasta el Hasidismo, es decir, en una época muy reciente.

(9). Alfred Loisy ha querido responder a Bergson y sostener contra él que no hay un solo “origen” de la moral y de la religión; en su calidad de especialista de la “historia de las religiones”, prefiere las teorías de Frazer a las de Durkheim, y la idea de una “evolución” continua a la de una “evolución” por mutaciones bruscas; a nuestros ojos, ambas son equivalentes; pero hay al menos un punto sobre el cual debemos darle la razón, y posiblemente se deba a su educación eclesiástica: gracias a ella conoce a los místicos mucho mejor que Bergson, y señala que jamás tuvieron la menor pizca de algo que se pareciera, aun de lejos, al “elán vital”; evidentemente, Bergson ha querido hacer “bergsonianos” “avant la lettre”, lo que no está muy de acuerdo con la simple verdad histórica; y Loisy se asombra también con razón al ver a Juana de Arco incluida entre los místicos. -Señalemos de pasada, pues es bueno indicarlo, que su libro comienza con una ingeniosa confesión: “El autor del presente opúsculo declara que no tiene una particular inclinación por las cuestiones de orden puramente especulativo” . He aquí al menos una muy loable franqueza; y, ya que es él mismo quien lo dice, y de manera totalmente espontánea, creemos sin dificultad sus palabras.

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EL HOMBRE Y SUS CUERPOS

Posted by cosmoxenus en 16 febrero 2007

A primera vista, la idea de que el hombre posea más de un cuerpo parece a muchos extraña, y hasta fantástica. Dada la atmósfera mental intensamente materialista que aún se respira en el mundo –a pesar de los vastos horizontes de conocimiento que aún la propia ciencia , aparte de otras enseñanzas de diferentes índole, está abriendo a la humanidad-, todo aquello que no se ve o que no se percibe directamente de alguna manera, aunque su existencia, de otro modo se nos haga evidente, continúa relegado, para la gran mayoría de los seres humanos, a un nebuloso mundo de ensueño, de fantasía, muy alejado de toda consideración práctica. Sin embargo, como introducción al hecho de que el hombre posee toda una serie de cuerpos, el que esto dude no necesita ir más allá del mundo físico, de la sala de disección, ni consultar a nadie más que a los que, por sus estudios, han llegado a conocer bien el cuerpo físico del hombre y el funcionamiento de sus diversas partes. Porque aquí, precisamente aquí, en el mundo físico, el hombre posee varios cuerpos, aunque se encierren en una sola forma. Y lo que es más aún: hasta todos esos cuerpos resultan insuficientes para satisfacer sus necesidades físicas ya que, como bien sabemos, los grandes adelantos de la época actual se han logrado porque el hombre ha puesto al servicio de sus deseos, de sus aspiraciones, toda una hueste de aparatos suplementarios que han multiplicado la utilidad de sus manos, incrementando mil veces la rapidez de su locomoción y abierto a sus ojos las remotas perspectivas del espacio y el vastísimo mundo de lo microscópico, ampliando así miles de veces los límites de su visión normal. No puede el hombre cambiar el funcionamiento de su cuerpo físico –salvo en las muy limitadas proporciones que un sabio ejercicio y tenaz adiestramiento le permiten- pero el don de invención de que está dotada su mente, sí lo capacita para extender enormemente el alcance de sus facultades, rompiendo así muchas de las barreras en que la Naturaleza lo había encerrado. De unos cuantos hechos sencillos, pero altamente significativos, podemos extraer deducciones que nos serán de gran ayuda en esta parte de nuestro estudio.

Primero: ¿Qué es el cuerpo del hombre? Para el químico, es un agregado de sustancias químicas que se combinan de manera altamente especializada. Este agregado ha sido sometido a análisis en el laboratorio; dividido y subdividido, reducido a sus fragmentos primarios, resulta que está formado sólo por unos veinte elementos diferentes, de los cuales el principal es el oxígeno, al que siguen el carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio y fósforo, en las proporciones que aparecen en la Fig50. También se encuentran en él muy pequeñas cantidades de azufre, cloruro de sodio, fluor, potasio, hierro, magnesio, silicio, zinc, arsénico, bromo, cobalto, cobre y yodo. Esta lista de ingredientes se ha formulado de modo un poco diferente, más pintoresco y menos científico, pero esencialmente cierto. Así el hombre contiene:

Azúcar suficiente para endulzar cien tazas de café.
Cal suficiente para dar lechada a un gallinero pequeño.
Hierro suficiente para hacer un clavo de 2,5 cm de largo.
Magnesio suficiente para media docena de fotografías instantáneas.
Potasio suficiente para hacer explotar un cañón de juguete.
Azufre suficiente para librar de pulgas a un perro.
Fósforo suficiente para hacer una docena de barras de jabón.
Cobre suficiente para igualar a una moneda de un centavo muy usada.
Agua suficiente para bañar a un niñito.

Comercialmente hablando, este conjunto podría evaluarse, aproximadamente ¡en un dólar! Supongamos, por otra parte, que tomamos estas sustancias químicas y, aunque las mezcláramos de mil maneras distintas, ¿lograríamos que produjesen una sola idea? ¡Bien seguro que no! Modélese ese conjunto de elementos para darle figura humana –cabeza, tronco y extremidades: ¿lograríamos acaso que esa forma pensara, sintiera, actuara y aspirase a algo mejor? Demasiado sabemos que no. Porque podemos asimismo tomar vidrio, hierro y cobre y fabricar con ellos la compleja estructura de un aparato receptor de televisión; pero, ¿recibiremos a través de él imágenes y sonidos? No, a menos que lo conectemos de modo que le llegue la corriente eléctrica. Y, de modo análogo, aunque en escala mucho más elevada, la Deidad ha unido la forma humana luego de millones de años de esfuerzo; esa forma física, ese aparato físico, no puede hacer brotar de sí las cualidades de los mundos más sutiles, la materia especializada para expresiones más elevadas de la vida, pero sí, lo mismo que al aparato de televisión puede animarlo la corriente eléctrica, al cuerpo físico la presencia de los cuerpos superiores que a él están unidos y la influencia creciente que ejerzan sobre él lo hará más y más responsivo a los impulsos procedentes del Hombre Espiritual invisible, que es el verdadero Yo del ser humano, llegando a ser así el cuerpo físico una expresión cada vez mejor de aquel en el mundo físico. ¿Cómo podría una mera agrupación de elementos físicos que, en realidad no son ni contiene nada más que energía física, desarrollar en sí, cual por arte de magia, el poder, la facultad de pensar, de sentir, a menos que así unidos puedan, por contacto con vehículos más sutiles y por asociación con éstos, llegar a trasmitir, en la medida en que la densidad de la materia física lo permita, aquellas energías superiores que nacen en vehículos de conciencia más sutiles?

Cuando, luego de haber interrogado al químico, nos dirigimos al anatomista y al fisiólogo, éstos nos cuentan otra nueva y fascinante historia aunque, a la postre, también nos deje insatisfechos. Aunque se hayan publicado muchísimos tomos imponentes, colmados de erudición, sobre el tema del cuerpo humano, y día a día aumente nuestro conocimiento de ese tema, hay un hecho destacado cuya importancia no es suficientemente apreciada, a pesar de que su evidencia salta a la vista de todos: consiste en que el cuerpo físico no es uno solo, sino que cada ser humano tiene varios cuerpos físicos.

Este hecho queda figurado simbólicamente en la Fig51. Del laberinto en que muchas diversas partes se entremezclan, destácanse, por lo menos, siete cuerpos bien distintos. Estos son (1) el cuerpo óseo, (2) el cuerpo muscular, (3) el cuerpo nervioso, (4) el cuerpo circulatorio, (5) el cuerpo linfático, (6) el cuerpo tubular, y (7) el cuerpo cutáneo. Un estudio más a fondo nos revelaría probablemente algunos otros más, pero los que hemos especificado bastan para sustanciar el principio que hemos formulado, indicando claramente que lo que llamamos nuestro cuerpo físico es en realidad un conjunto de cuerpos que se compenetran mutuamente, y cada uno de los cuales aporta su contribución específica al funcionamiento de ese conjunto.

El primero que llama nuestra atención es el cuerpo óseo (1), que está construido por 206 partes distintas, y que representa una verdadera hazaña de diseño estructural, ya que proporciona la necesaria rigidez, combinándola con las articulaciones y junturas que permiten la libertad de movimientos. A igualdad de peso, los huesos son más fuertes que el mejor acero; el cráneo encierra la delicadísima estructura del cerebro en una magnífica caja protectora; la espina dorsal está formada por veintiséis segmentos vertebrales, separados unos de otros por cojinetes absorbentes de choques, y en su interior contiene el canal nervioso, de vital importancia, que llamamos la médula espinal; la estructura de las costillas, tan ingeniosamente diseñada, protege dentro de su cavidad al corazón, los pulmones y otros órganos de suma importancia, siendo a la vez lo bastante fuerte para darles protección y lo bastante flexible para permitir la expansión y contracción de los pulmones necesarios al proceso respiratorio. Es tan fuerte el cuerpo óseo que cada una de sus partes podría resistir varias veces el peso que normalmente ha de soportar: así, la tibia puede soportar un peso de 1.600 kilogramos, casi treinta veces la resistencia que se necesitaría para una persona de proporciones normales. La médula que ocupa el interior de los huesos fabrica no menos de 180 millones de células rojas sanguíneas por minuto, es decir ¡260.000 millones al día! Aunque, a primera vista, la superficie de los huesos parece ininterrumpidamente lisa, está atravesada por muchos huequecillos, a través de los cuales, arterias, venas, nervios y canales linfáticos penetran hasta el interior, que es blando. Tal es, a grandes rasgos, el cuerpo óseo, sobre el cual se apoyan todos los demás, que, sin él, quedarían reducidos a una masa floja e inútil. Y no dejemos de observar, también, que en su interior penetran partes de los otros cuerpos físicos que forman la totalidad de los pertenecientes a un individuo, y que, por sí solo, tampoco sería más que una estructura inerte e inútil también.

Echemos ahora una mirada sobre el cuerpo siguiente, que es el muscular (2), cuyo principal objeto consiste en dar movimiento a los huesos, pero que también hace moverse a otras partes del complejo conjunto que es el cuerpo físico. El cuerpo muscular es dual, porque está compuesto de dos principales tipos de músculos: los voluntarios y los involuntarios. Los primeros, como su nombre lo indica, producen movimientos bajo la dirección de la mente; los otros rigen la actividad interna de todo el cuerpo, como los latidos del corazón, la contracción y dilatación de los pulmones, la propulsión de las sustancias alimenticias a lo largo del canal digestivo, y otros numerosos actos. Cómo, exactamente, levantamos un dedo o alzamos un pie del suelo es un proceso asombroso que todavía no se comprende totalmente, aunque algo más podamos vislumbrar de él a medida que avancemos en este estudio. Pero supongamos ahora que hemos juntado estos dos cuerpos, el muscular y el óseo, ajustando cada coyuntura y asegurando cada músculo en el lugar que le corresponde: existirá entonces todo el mecanismo necesario al movimiento y, sin embargo, ningún movimiento podrá efectuarse. ¿Porqué? Porque necesitamos, como si dijéramos, alambres telefónicos que trasmitan los mensajes directores del movimiento a cada lugar del cuerpo, de la cabeza a los pies.

Pasemos, pues, a considerar ahora el cuerpo nervioso (3), donde también nos encontraremos con un doble sistema, en general, aunque hay también algunas subdivisiones secundarias. Los dos grandes sistemas en que se divide el cuerpo nervioso son el central o cerebro espinal y el simpático; el primero dirige todas las funciones concientes, y el segundo las actividades inconscientes o puramente corporales. Acaso pueda considerarse este cuerpo como el más importante de todos, si es que alguno pueda merecer esta distinción, siendo así que todos parecen ser indispensables. Pero se destaca por ser esencialmente el vehículo especializado de la conciencia: a través de él se reciben todas las impresiones sensoriales y se envían los estímulos para responder a ellas o para ejecutar cualquier acto espontáneo. Maravillados, casi sobrecogidos, quedaríamos al observar los centenares de alambres que forman una central telefónica, que ajustadamente se acoplan y dirigen toda una ordenada estructura de aparatos sensibles. Y, sin embargo, el sistema telefónico que encierra nuestro cuerpo es infinitamente más complejo que la más amplia y complicada de las centrales telefónicas existentes. Una computadora moderna o “cerebro” electrónico tiene algo así como 20.000 transistores; pero el cerebro humano contiene más de ¡12.000 millones de células nerviosas! Y la longitud total de los nervios del cuerpo, si se les extendiera continuadamente, cubrirían miles de kilómetros.

Juntemos, pues, estos tres cuerpos, ligándolos con sus adecuados campos de acción; ya así estarán, al parecer, prontos para funcionar, cada uno en lo que le corresponde, puesto que los nervios estarán dispuestos a trasmitir, con la velocidad del rayo, la orden de acción hasta el menor rincón del cuerpo. Pero aunque poseemos todos los elementos de acción y los alambres listos para trasmitirles los mensajes que los pongan en movimiento, nada acontece. Porque ese hombre que imaginativamente estamos construyendo se halla todavía lejos de estar completo: tiene, sí, huesos, músculos y nervios; pero, ¿dónde está la corriente que pueda trasmitirse a través de los alambres y, dónde se origina el mensaje? Pero, antes de seguir adelante, debe advertirse que, para que puedan cumplir bien sus funciones, los cuerpos que hemos mencionado y los que mencionaremos, deben ser mantenidos en las mejores condiciones posibles.

Pasaremos ahora a tratar del cuerpo circulatorio (4), que lleva la corriente sanguínea hasta los más pequeños rincones corporales, alimentando a las células y librándolas de desechos. Está formado por las arterias, que llevan la sangre renovada, desde el corazón hasta la última célula, y las venas, que arrastran las impurezas a los pulmones; entre unas y otras y ligando unas con otras, se hallan los vasos capilares, tubos tan extraordinariamente minúsculos que la mayoría de ellos no son ni siquiera visibles a simple vista; se afirma que el largo total del sistema capilar no baja de 96.000 Km., o sea, ¡suficiente para darle dos veces y media la vuelta al mundo! Pero es porque este sistema tiene que satisfacer las necesidades de millones y millones de células, dando a cada una de ellas lo que exactamente requiere. La estación central de bombeo –que es el corazón- hace circular un total de 15.000 litros de sangre a través del cuerpo cada día. ¡Y hay que contar con que, en el transcurso normal de una vida humana, el corazón habrá de latir dos mil y medio millones de veces sin detenerse hasta que el último latido marque el fin de las actividades físicas.

Pero hay un punto de excepcional interés aquí, y es el que destaca el Dr. E. H. Pratt en su libro titulado: The composite Man (El hombre complejo). Dice este autor que, si pudiera aislarse al sistema circulatorio del resto del hombre, dado que una parte de él es visible, y la otra va haciéndose cada vez más difícil de percibir, hasta perderse en la invisibilidad, ¡el hombre aparecería como rodeado de un halo!

Otro cuerpo, no tan conocido en general, pero de importancia igual a la de los demás que componen al hombre físico, es el cuerpo linfático (5). Está íntimamente asociado con el cuerpo circulatorio, ya que sus vasos mayores siguen la dirección de las arterias y las venas, y los pequeños la de los capilares. Lo mismo que el cuerpo circulatorio, penetra hasta los más insignificantes del cuerpo, pero así como el uno transporta sangre, éste transporta linfa. Podría llamársele “el sistema de drenaje” del cuerpo, porque recoge la linfa exudada de los capilares a los tejidos de todas partes del cuerpo, desempeñando así una función de limpieza y llevando esta materia de regreso a la corriente de sangre venosa que va al corazón.

Al siguiente cuerpo se le llama, por conveniencia, el cuerpo tubular (6), porque está formado, en primer lugar, por el largo tubo que, comenzando en la boca, sigue hasta llegar al estómago y luego al intestino delgado y al grueso; es sumamente necesario, a fin de impedir que las sustancias extrañas al cuerpo, pero indispensables a su alimentación, invadan a los otros cuerpos que integran el conjunto, perturbando, además, sus muchas y muy diversas funciones. También debe incluirse aquí el tubo respiratorio, formado por la laringe, la tráquea y el árbol de los bronquios. Si bien estos tubos –aunque puede decirse que el respiratorio comienza en la nariz- no forman un conjunto tan extenso como los otros cuerpos, sus ramificaciones o sus efectos afectan al conjunto de éstos. Por el primero de esos tubos se absorbe el alimento, y en él pasa por todas las fases necesarias a su asimilación; y el segundo, en su incesante proceso de respiración, sirve para renovar la sangre, oxigenándola, y expele al aire externo los desechos que la sangre ha arrastrado.

El último de los cuerpos físicos que hemos de considerar es el cuerpo cutáneo (7). Porque ya estamos prontos a incluir la colección de los anteriormente citados en uno que a todos los incluya, trazándoles un límite exterior. Además, el cuerpo cutáneo mantiene en el conjunto de cuerpos la humedad necesaria, impidiendo la evaporación excesiva, y contribuye a regular su temperatura corporal. Aquí debemos destacar la inestabilidad del cuerpo cutáneo, porque aunque sus componentes se distribuyen en cierto número de capas, estas se renuevan sin secar, en virtud de que la materia más vieja es impelida hacia fuera a fin de que forme parte de las capas más externas, donde aparece como una escamilla microscópica que se desprende y se disuelve en el espacio. Se calcula que la totalidad del cuerpo cutáneo, con sus diversas capas, se renueva totalmente en un plazo de dos años.

Ahora ya tenemos huesos, músculos y nervios; tenemos arterias, venas y capilares, vasos linfáticos, y órganos digestivos y respiratorios, encerrados todos en una envoltura de piel. Al parecer, eh aquí un hombre completo. Eso es lo que parece, pero no lo que es: lo que tenemos es la apariencia de un hombre, y nada más. Porque es una cosa inerte, inútil, ¡muerta!

Lo único que hay ahí es una colección de elementos químicos agrupados de manera sumamente ingeniosa; pero carece de poder de animación. No puede ni moverse, ni sentir, ni pensar; carece de vitalidad, de inteligencia, y no digamos de las cualidades espirituales verdaderamente hermosas que con tanta frecuencia se aprecian en los seres humanos. Aunque hay un cerebro, éste no puede pensar; aunque hay músculos, éstos no pueden moverse; aunque hay un sistema nervioso, ningún mensaje se trasmite por esos finos alambres que son sus nervios; aunque hay un corazón, este corazón no late; aunque hay labios y lengua, no hay lenguaje, ni siquiera sonido. Evidentemente, esos elementos forman un cuerpo pero ¿Es ese cuerpo un ser humano? No: es sólo una máquina a la que le falta el que la haga funcionar.

La ciencia pretende atribuir a la materia cualidades y facultades superfísicas; pero lo que hasta ahora hemos descripto no es, hasta en su último átomo, más que materia física; desde el punto de vista de la química, es un conjunto completo, pero le faltan todos los atributos superiores. Y, ¿cómo podrían éstos proceder de la sustancia física? Tal estrecha concepción materialista plantea problemas sin solución. La Teosofía, en cambio, habla de órdenes superfísicos de materia, especializados precisamente para trasmitir esas fuerzas superiores, y nos da una respuesta lógicamente comprensible que nos libera del callejón sin salida en que la ciencia se ha encerrado.

Tiene que haber algo, mucho más que lo puramente físico. Y lo hay. Pero como todavía la ciencia no ha penetrado lo bastante en lo invisible, hemos de volvernos hacia la Teosofía para que nos diga algo acerca de los otros cuerpos, superiores al cuerpo físico, que el hombre posee y que funcionan en colaboración con aquél. Ya hemos visto que el hombre posee varios distintos cuerpos de materia física, cada uno de los cuales aporta su contribución específica al conjunto. Sabemos también que estos cuerpos se interpenetran, que en realidad no están separados según aparecen en la Fig51, ya que esto es una mera representación simbólica para expresar gráficamente una idea. También hemos mencionado el hecho de que hay partes del cuerpo físico que son visibles y otras que son invisibles, salvo mediante aquellos aparatos que el hombre, en virtud de su desarrollo mental, ha inventado para ampliar el alcance de sus sentidos físicos como, por ejemplo, el microscopio electrónico. Esta interpenetración de los diferentes cuerpos físicos existe igualmente entre el cuerpo físico en conjunto y los otros cuerpos más sutiles que el hombre posee, y aunque ahora pasaremos a considerar. Por conveniencia práctica será preciso mostrarlos separadamente, pero en realidad todos se interpenetran, y aquí también veremos que cada uno de ellos tienen un aporte específico con que contribuir a la expresión del hombre total. Uno de estos otros cuerpos, por lo menos, ha sido observado por métodos puramente científicos y existe evidencia experimental de la existencia de los demás. Salvo el primero de que nos ocuparemos –y que también está constituido de materia física-, son todos invisibles a la vista normal. Y así como vimos que el cuerpo circulatorio, si se le pudiese separar de los demás cuerpos físicos –el óseo, muscular, etc.- parecería estar rodeado de un halo, así también se observa una parte de los cuerpos de materia más sutil extendiéndose como una aureola en torno a la parte externa del conjunto del cuerpo físico. Y, así como las partes invisibles del cuerpo físico denso pueden estudiarse con ayuda de un microscopio, así los cuerpos superfísicos pueden ser, y han sido efectivamente vistos por aquellos que, en virtud de un aceleramiento de los procesos evolutivos, han desarrollado las facultades necesarias para observar los mundos de materia superfísica. Los hechos referentes a los cuerpos superfísicos son extensión lógica de los que ocurren en relación con el cuerpo físico. Pero ello no quiere decir que solamente se apoyen en conclusiones lógicas, ya que muchos seres humanos han comprobado su existencia; la verdad que nos muestran, o parecen mostrarnos los hechos, debe ser sujeta siempre a la prueba de la razón, y a ella debemos invariablemente someterla para su comprobación.

El primero de los cuerpos del hombre que ahora pasaremos a considerar está constituido por materia física, si bien ésta corresponde a las cuatro subdivisiones más sutiles del mundo físico –más allá de los sólidos, líquidos y gases que forman las tres subdivisiones “inferiores” o menos sutiles-. Se le llama cuerpo etéreo o cuerpo vital; interpenetra a todo el conjunto de cuerpos de materia física densa que estudiamos hace un momento, y se extiende como un halo, o aura, un poco más allá de la periferia de dicho conjunto (Fig52), hasta 2 cm aproximadamente de dicha periferia, aunque este tamaño varía ligeramente en algunos lugares. Este cuerpo es el proveedor de energía del sistema: absorbe energía del Sol y la esparce por todo el cuerpo mediante los nervios; llena el organismo de fuerzas y energías semejantes a las de la electricidad, que fluyen a través del sistema nervioso y llena de vitalidad a todo el organismo, incluso dicho sistema. El metabolismo químico del cuerpo es el que proporciona, en primer lugar, mantenimiento a los tejidos, calor y contracción muscular; pero esa reacción y vitalidad más completas que distinguen al animal del vegetal, requieren algo más, que es lo que proporciona el cuerpo –o doble- etéreo. Puede que esté ligado a los procesos químicos mediante la generación y el movimiento de la electricidad en nervios y tejidos, Pero nuestra principal provisión de vitalidad proviene del Sol y es absorbida por el cuerpo etéreo, mediante un órgano etéreo especializado que existe en él. En su libro El hombre visible e invisible, C. W. Leadbeater describe la apariencia de este cuerpo, que sirve para absorber la vitalidad o Prana, la cual, luego de haber completado sus actividades vitalizadoras, se proyecta hacia el exterior en forma de líneas rectas, a través de los poros de la piel. Leadbeater dice que este cuerpo es de color “blanco azuloso” y que muestra una apariencia “estriada”. Esta última frase resulta especialmente interesante, debido a que, unos diez años después que Leadbeater escribiera eso, el Dr. Walter B. Kilner, del Hospital de Santa María, de Londres, publicó a su vez un libro titulado The Human Aura (El Aura Humana), en que refería las observaciones que había efectuado sobre el aura -evidentemente se refería al cuerpo etéreo- con fines de diagnóstico. La capacidad de ver este cuerpo se lograba mediante el uso de platinas teñidas con dicianina disuelta en alcohol. Claro que este resultado es perfectamente posible porque, como se recordará, la sustancia etérea pertenece a nuestro mismo mundo físico, y obedece a las leyes físicas. Es interesante añadir que el Dr. Kilner, al referirse a lo que él llama “el aura interna”, y que Leadbeater había denominado “aura de salud”, dice expresamente que es “estriada”. Sólo queda por agregar que el autor del presente libro ha tenido oportunidad de emplear platinas hechas por el Dr. Kilner, y que puede garantizar el hecho de que a través de ellas es claramente visible el cuerpo etéreo.

Dentro del cuerpo etéreo mismo, hay varios centros de fuerza u órganos etéreos, llamados chakras. Siglos y siglos hace que se conoce la existencia de estos chakras, cuya descripción aparece en muchos libros de ocultismo en todo el Oriente, y especialmente en libros sagrados hindúes. Seis de ellos pueden verse en la Fig52. Nace de la porción etérea de los grandes centros nerviosos situados a lo largo de la espina dorsal, pero termina cada uno de ellos en una especie de depresión circular un tanto semejante a la corola de la flor; y cada uno de ellos es un centro de intensa actividad. Dos atañen especialmente al cuerpo físico denso; los otros son, principalmente, lazos con los cuerpos de materia mas sutil –que no hemos estudiado todavía- mediante los cuales las fuerzas de dichos cuerpos llegan a manifestarse a través del cuerpo físico denso.

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EL DESAFÍO DEL ALMA: LA CLAVE PARA LOGRAR PAZ PROFUNDA

Posted by cosmoxenus en 16 febrero 2007

Fuente: Revista Rosacruz

El desafío es necesario para el desarrollo y la evolución en la vida. Sin éste la vida perdería su propósito y nosotros vegetaríamos. Mas, ¿a cuáles desafíos preferiríamos enfrentarnos, a los que nos presenta la sociedad o a los que nos dicta la Voz Interna?

Podemos preferir los desafíos de acumular abundantes riquezas materiales, de luchar por ser iguales o mejores que nuestros vecinos y superar sus condiciones de vida.Por otra parte, podemos aceptar el desafío que procede de nuestro interior.

¿Desafío de nuestro interior? ¡Qué absurdo¡ podría usted pensar. Lo que proviene del interior es la Paz Profunda: el mundo externo es el que está lleno de luchas, de tensiones y de conflictos.

Es verdad que la Paz profunda se encuentra en el conocimiento del alma. Pero esa paz sólo proviene cuando nos enfrentamos al desafío que procede de dentro –enfrentándonos a la tensión, a la fatiga y al conflicto internos, para salir victoriosos en la lucha. Sólo podemos alcanzar la verdadera Paz Profunda si hacemos frente a la tormenta y a la confusión de los desconocido –al Terror del Umbral-.

Si la inspiración que surge del alma no crea un campo de batalla, si no hay ahí heridas infligidas por el amor y la compasión, si no hay huesos destrozados a causa del inmenso deseo de avanzar en el Sendero, de ser uno con el Cósmico.

Porque conviene entender que la armonización con el alma se convierte en un paraíso. Para poder alcanzarla es menester luchar, esforzarse y dar lo mejor de nosotros. La armonización con el alma no ha de ser un refugio que buscamos por casualidad una vez a la semana o en los momentos de extrema aflicción. Si queremos hacer de ella nuestro hogar, esa armonización debe ser la luz que nos guía constantemente. La energía debe fluir a través de nosotros en todo momento, como si fuéramos un sol irradiando su luz y energía a todo el universo.

Beneficios de la Armonización

En la inspiración que recibimos del alma se manifiestan desafíos bien definidos. Las ideas que recibimos del alma no son simples pensamientos inútiles, meras fantasías para meditar en un día de ocio. Las imágenes del alma están cargadas de energía potencial: son la fuente desde donde recibimos la fuerza, el poder y la energía que nos hace a todos avanzar en la vida. En la inspiración del alma encontramos la energía necesaria para alcanzar éxito en nuestro trabajo, lograr armonía en las relaciones personales y aspirar a la paz interna.

Escuchando esa voz interna encontraremos respuesta a preguntas que variarán desde la más simple de “¿Qué cenaré esta noche?”, hasta la compleja “¿Cuál es la meta más importante de mi vida?” Ahí están las repuestas correctas que nos enviarán como un faro para guiar nuestra vida.

¿Cómo podemos aprovechar esa inspiración? ¿Cuál es la clave para lograr la armonización con el alma? ¿Cómo podremos hacer de este conocimiento una parte de nuestra vida?

Cuando nos contestamos esas preguntas simplemente decimos cuándo y hasta qué grado seguiremos el curso trazado e inspirado por el alma. Todos hemos tenido siempre a nuestra disposición el contacto con el alma, acompañado de su conocimiento e inspiración. Siempre se nos ha dado la oportunidad de seguir la guía del alma. La pregunta correcta sería: “¿Hasta cuándo pondré en práctica en mi vida la guía, los impulsos y los susurros del alma?”

La repuesta: tan sólo necesitamos aceptar las sugerencias del alma y, al aceptarlas, nos aceptaremos también a nosotros mismos con todas nuestras flaquezas a insuficiencias. Reconociendo el potencial ilimitado del alma, admitiremos que podemos convertirnos en su reflejo brillante.

No tengan ninguna duda: cuando se pone en práctica la armonización con el alma surge un desafío; hay tensión, fatiga y conflicto internos, podemos encontrar ahí la soledad; el temor puede estar presente. Pero también encontramos Paz Profunda –una armonía clara, radiante, total- Encontraremos la paz, el amor, el entendimiento, la compasión y el poder que sólo en el Cósmico se conocen.

La Eterna Búsqueda

El noble investigador que desea llegar a descubrir la seguridad del alma, tiene que enfrentarse también al peligro. Si usted, el buscador, explora con cuidado y entendimiento la gran Sabiduría del alma, debe conocer también el temor y la soledad que acompañan a la evolución del Alma-Personalidad. Al igual que cuando usted siente amor y compasión por los demás, debe extender su mano con fe, verdad y sinceridad, aunque sienta temor al rechazo.

Podemos descubrir las profundidades del alma a través de un profundo deseo de conocerla. Recibiremos en la medida que estemos dispuestos a dar. A través de nuestro creciente contacto íntimo con el alma, aprenderemos muchas lecciones. Conoceremos la unidad –nuestra unidad- con toda la naturaleza.

Nos volveremos uno con las flores y las aves, con el Sol y las estrellas. Nuestra conciencia se extenderá a todos ellos, porque todos seremos uno solo. El sol nos conoce como conoce a las estrellas, porque existe un solo conocimiento. Debemos suscribirnos a ese conocimiento con todo nuestro ser. Al hacerlo llegaremos a conocer el desafío del alma –el dolor, la tensión, la fatiga de enfrentarnos a lo desconocido. La armonía de toda la conciencia es ese estado de Paz Profunda que unifica a toda energía y toda conciencia.

En ese punto del Sendero alcanzaremos una nueva percepción –la percepción de la naturaleza más elevada de nuestro ser, la de aquellos que nos rodean, la del suelo que pisamos y la de las estrellas del firmamento. Todos somos uno solo en naturaleza, armonía, paz, fortaleza. El desafío produce tensión total y confusión interna y, sin embargo, en ese instante conocemos la paz total –la Paz profunda- la armonía en su sentido más profundo. Esa es la naturaleza del alma, esa es nuestra herencia.

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Vivir peligrosamente

Posted by cosmoxenus en 16 febrero 2007

Por Ralph M. Lewis, F.R.C.

Este articulo, se publico en la Revista “El Rosacruz”, Editado en Julio de 1948.)

La divisa “Vivir Peligrosamente” ha sido atribuida al filósofo Federico Guillermo Nietzche.

Para un mundo recién salido de una guerra en la que millares de seres humanos sacrificaron la vida cada día, esta exhortación parecería inútil e irónica. Sin embargo, para Nietzche ella no significaba simplemente el hacer frente a peligros físicos ni el desafiar la muerte heroicamente. La frase quería decir la experiencia plena de la vida.

Con demasiada frecuencia, la seguridad y la paz que todas las gentes desean en su vida individual es la del aislamiento de todas las vicisitudes de la vida. La placidez, por ejemplo, de pequeñas ciudades y aldeas muchas veces no es más que un estado de estancamiento mental y espiritual. El individuo debe distinguir entre una fuga momentánea y deseada del ambiente de intensa agitación emocional y un estado permanente que jamás cambia los elementos del yo.

Toda la sabiduría no puede ser comunicada de manera que el individuo adquiera la comprensión. La experiencia es todavía un maestro admirable y necesario. Esto es especialmente así en lo que respecta a las virtudes, la moral y la ética. Por más que nuestros discursos sean elaborados y desarrollados, es sumamente difícil lograr que otra persona comprenda los principios de la justicia, a menos que ese individuo haya experimentado por sí mismo grandes injusticias.

Un orden social mejor sólo puede ser apoyado de manera inteligente por aquellos que han presenciado la anarquía y el despotismo. Los abusos del trabajo o del capital no pueden corregirse con buenos resultados, si la corrección está a cargo de un pueblo que nunca ha padecido de ellos. La mera presentación de los hechos en los periódicos o en las transmisiones de radio, por impresionantes que sean, es inadecuada para impulsarnos a la acción. Se sabe que la pasión y la emoción intensa ciegan nuestra razón. También sabemos que los hechos plausibles pueden dejarnos indiferentes, porque no se ha encendido nuestro entusiasmo.

Cada acto voluntario del ser humano está propulsado por el deseo. Es necesario que el hombre desee llevar a cabo lo que se dispone a hacer. Cuando los sentimientos y la razón se combinan, gracias a la experiencia, tendremos entonces a un individuo que está actuando con entusiasmo y con inteligencia.

La persona que sólo trata de constituir una muralla de seguridad en torno a si misma, es probable que no arriesgue ninguna contaminación moral o física, pero su contribución a la sociedad humana es nula. Si sobreviene una emergencia, esa persona perderá el sentido o se convertirá en una carga de sus prójimos debido a su falta de experiencia. En el caso de que no se exija nada de esa persona, como una flor de invernadero, sólo tendrá un valor: el ser bonita para nuestra vista.

Ese individuo irá a cumplir su limitada rutina, sin ninguna perturbación, sin ninguna distracción, sin molestar a nadie, convertido en algo así como un ornamento, como el llamador de bronce de una puerta.

La vida entera es una aventura. No hay certezas prescritas acerca de lo que ganaremos con cada año de existencia. No hay seguridad acerca del número de años que viviremos. Este está determinado por nuestra conducta y por las influencias de la herencia y del medio ambiente.

No hay más que un camino en el que hemos sido colocados; no podemos devolvernos y tenemos que proseguir. Al avanzar, detrás de cada curva, cada año, nos saldrán al paso experiencias y acontecimientos de los que no podemos escapar. Algunos serán agradables, otros dolorosos; algunos veremos que se repiten y así nos prepararemos para ellos y mitigaremos sus efectos. Pero por cada circunstancia que atraviesa nuestro camino de la vida y nos envuelve, hay centenares de otras que aguardan nuestra investigación y que nos rodean.

Si al avanzar en el camino usáis, hablando en sentido figurado, tapaojos, evitaréis muchos choques, serán poco frecuentes los desagrados, quizás. Pero igualmente, no conoceráis nunca ninguna exaltación intensa ni la emoción de un descubrimiento, ni la sensación inmensamente satisfactoria de haber alcanzado un conocimiento nuevo.

Pondré un ejemplo para describir la persona que vive con cautela y que busca continuamente la seguridad. Ese individuo es semejante al turista norteamericano que viaja por Europa.

Semejante turista planea su viaje por medio de agencias de turismo, de manera que su modo de vivir ordinario se perturbe lo menos posible con la aventura que lo aleja del hogar; logra que los hoteles de las ciudades que piensa visitar le reserven habitaciones lo más semejante posible a las comodidades que tiene en su hogar; evita pasear por lo distritos más típicos, porque sus costumbres son diferentes y sus olores extraños; acude a las canchas de tenis y a los salones donde sirven cócteles y a los restaurants de lujo que “le recuerdan su tierra”.

Cuando regresa a su propio país, habla de las galerías de arte y de los museos que ha visitado y de las experiencias que en ellos tuvo. Ha podido tener noticias de muchas de las cosas que allí ha visto si hubiera consultado enciclopedias o libros especiales en la biblioteca de su ciudad natal.

En sus viajes, ese turista nunca ha comido en los barrios obreros de las ciudades extranjeras; nunca ha recorrido las viviendas pobres vecinas a los muelles de los puertos importantes ni ha comprado en los bazares de los pobres; nunca ha estado durante una hora conversando con el limpiabotas o con el caletero, acerca de sus opiniones y esperanzas; nunca ha visitado los tribunales de aquellos países, personalmente, ni ha presenciado el desfile de la humanidad representada por las diversas capas sociales; nunca ha conversado con el pequeño comerciante, que desconoce el comercio lujoso del turista.

Según todas las probabilidades, nunca ha visitado las catedrales en los momentos en que no se admiten los turistas con sus guías, y no se ha mezclado allí con los fieles, sencillos y devotos que se arrodillan con sus trajes pobres mientras sus labios se mueven silenciosamente en tanto que sus ojos vueltos hacia arriba contemplan los ornamentos eclesiásticos.

Estas pequeñas aventuras de los viajes nos ponen muchas veces en contacto con cosas desaseadas, andrajosas y contaminadas, y a veces nos ponen frente a frente con las enfermedades. De allí se sale oprimido más bien que entusiasmado. Pero hemos ganado un sacudimiento interno, y de esos estímulos emocionales fluyen nuevos ideales que amplían nuestro horizonte y nos convierten en un miembro de la sociedad mucho más valioso que antes y con una comprensión mucho más profunda.

No seáis tan moralmente correctos y precisos, si esto os ha de convertir en ignorantes de la vida. Vivid un poco más peligrosamente. Visitad alguna vez los cabarets y los teatros donde hay exhibiciones dudosas. Buscad qué es lo que atrae a otra gente. Ved si os es posible analizar o aprender qué es lo que lleva a hombres y mujeres, jóvenes y viejos, a sentarse en una silla, bajo una luz débil, en una atmósfera recargada de humo de cigarros y pipas, a tomar licor durante horas. ¿Por qué esa gente busca intencionalmente ese olvido?

¿Piensa algún ateo pronunciar una conferencia en vuestra ciudad? Id a escucharlo. Acudid con una mente libre de prejuicios y resolved si es él verdaderamente un ateo o un hombre incomprendido. ¿Van a reunirse los comunistas para condenar a los capitalistas? No temáis convertiros en un espectador interesado y en escuchar lo dicen. Aventuraos en esa atmósfera.

Escuchad con la razón y las demás facultades alerta. De allí saldréis convencido de que vuestras suposiciones eran correctas o avergonzado de haber aceptado opiniones que no habíais nunca investigado personalmente. Asistid a los tribunales de delincuencia juvenil o a las cortes penales, cuando el tiempo lo permita, y escuchad las narraciones sórdidas de las infortunadas víctimas. De allí saldréis también oprimidos, pero con una resolución firme de leer y ocuparos de todo lo que tenga algo que ver con la corrección de esos estados y condiciones en que se ven envueltos los seres humanos.

Recordad que vuestra moral y vuestras reglas de vida, arbitrariamente adoptadas, no son más fuertes que las pruebas a que podéis ponerlas. Si no podéis resistir la influencia de algunas de estas aventuras de la vida, estáis en una posición precaria por lo que respecta a vuestro carácter, especialmente si os llega el caso de veros precipitados en condiciones análogas.

Vivid peligrosamente pero con el conocimiento despierto! Que no se os escape ninguna experiencia que pudierais aprovechar y que no viole a vuestra propia conciencia. Ningún hombre o mujer es verdaderamente correcto si nunca ha estado expuesto a la vida. De ser así, no son sino una cantidad desconocida, algo así como un paracaídas que nunca se ha abierto ni se ha probado. ¡Probad un poco de la vida! Ella no os amargará, pero avivará vuestros deseos de vivir de una manera más plena, como debe hacerlo todo ser humano.

Este articulo, se publico en la Revista “El Rosacruz”, Editado en Julio de 1948.)

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