El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for 7/07/06

QUÉ ES MEDITACIÓN

Posted by cosmoxenus en 7 julio 2006

Si durante el día está usted alerta, si está atento a todo el movimiento del pensar, a lo que usted dice, a sus gestos -cómo se sienta, cómo camina, cómo habla- si está atento a sus respuestas, entonces todas las cosas ocultas salen a la luz muy fácilmente. En ese estado de atención lúcida, despierta, todo es puesto al descubierto.

La mayoría de nosotros está inatenta. Darse cuenta de esa inatención, es atención.

La meditación no es una fragmentación de la vida; no consiste en retirarse a un monasterio o encerrarse en una habitación sentándose quietamente por diez minutos o una hora en un intento de concentrarse para aprender a meditar, mientras que por el resto del tiempo uno continúa siendo un feísimo, desagradable ser humano.

Para percibir la verdad, uno debe poseer una mente muy aguda, clara y precisa —no una mente astuta, torturada, sino una mente capaz de mirar sin distorsión alguna, una mente inocente y vulnerable. Tampoco puede percibir la verdad una mente llena de conocimientos; sólo puede hacerlo una mente que posee completa capacidad de aprender. Y también es necesario que la mente y el cuerpo sean altamente sensibles —con un cuerpo torpe, pesado, cargado de vino y comida, no se puede tratar de meditar. Por lo tanto, la mente debe estar muy despierta, sensible e inteligente.

Las necesidades básicas para descubrir aquello que está mas allá de la medida del pensamiento, para descubrir algo que el pensamiento no ha producido son tres: 1) se debe producir un estado de altísima sensibilidad e inteligencia en la mente; 2) ésta debe ser capaz de percibir con lógica y orden; 3) finalmente, la mente debe estar disciplinada en alto grado.

Una mente que ve las cosas con total claridad, sin distorsión alguna, sin prejuicios personales, ha comprendido el desorden y está libre de él; una mente así es virtuosa, ordenada. Sólo una mente muy ordenada puede ser sensible, inteligente.

Es preciso estar atento al desorden que hay dentro de uno mismo, atento a las contradicciones, a las luchas dualísticas, a los deseos opuestos, atento a las actividades ideológicas y a su irrealidad. Uno ha de observar “lo que es” sin condenar, sin juzgar, sin evaluar en absoluto.

La mayor parte del tiempo está uno inatento. Si usted sabe que está inatento, y presta atención en el momento de advertir la inatención, entonces ya está atento.

La percepción alerta, la comprensión, es un estado de la mente de completo silencio, silencio en el cual no existe opinión, juicio ni evaluación alguna. Es realmente un escuchar desde el silencio. Y es sólo entonces que comprendemos algo en lo cual no está en absoluto envuelto el pensamiento. Esa atención, ese silencio, es un estado de meditación.

Comprender el ahora es un inmenso problema de la meditación —ello es meditación. Comprender el pasado totalmente, ver dónde radica su importancia, ver la naturaleza del tiempo, todo eso forma parte de la meditación.

En la meditación existe una gran belleza. Es una cosa extraordinaria. La meditación, no “cómo meditar”.

La meditación es la comprensión de uno mismo y, por lo tanto, significa echar los cimientos del orden —que es virtud— en el cual existe esa cualidad de disciplina que no es represión ni imitación ni control. Una mente así, se halla, entonces, en un estado de meditación.

Meditar implica ver muy claramente, y no es posible ver claramente ni estar por completo involucrado en lo que uno ve, cuando hay un espacio entre el observador y la cosa observada. Cuando no hay pensamiento, cuando no hay información sobre el objeto, cuando no hay agrado ni desagrado sino tan sólo atención completa, entonces el espacio desaparece y, por lo tanto, está uno en relación completa con esa flor, con ese pájaro que vuela, con la nube o con ese rostro.

Es sólo la mente inatenta que ha conocido lo que es estar atenta, la que dice: “¿Puedo estar atenta todo el tiempo?” A lo que uno debe estar atento, pues, es a la inatención. Estar alerta a la inatención, no a cómo mantener la atención. Cuando la mente se da cuenta de la inatención, ya está atenta —no hay que hacer nada más.

La meditación es algo que requiere una formidable base de rectitud, virtud y orden. No se trata de algún estado místico o visionario inducido por el pensamiento, sino de algo que adviene natural y fácilmente cuando uno ha establecido las bases de una recta conducta. Sin tales bases, la meditación se vuelve meramente un escape, una fantasía. De modo que uno ha de asentar esas bases; en realidad, esta misma manera de asentar las bases, es la meditación.

Los meditadores profesionales nos dicen que es necesario ejercer el control. Cuando prestamos atención a la mente, vemos que el pensamiento vaga sin rumbo, por lo que tiramos de él hacia atrás tratando de sujetarlo; entonces el pensamiento vuelve a descarriarse y nosotros volvemos a sujetarlo, Y de ese modo el juego continúa interminablemente. Y si podemos llegar a controlar la mente de manera tan completa que ya no divague en absoluto, entonces —se dice— habremos alcanzado el más extraordinario de los estados. Pero en realidad, es todo lo contrario: no habremos alcanzado absolutamente nada. El control implica resistencia. La concentración es una forma de resistencia que consiste en reducir el pensamiento a un punto en particular. Y cuando la mente se adiestra para concentrarse por completo en una sola cosa, pierde su elasticidad, su sensibilidad, y se vuelve incapaz de captar el campo total de la vida.

El principio de la meditación es el conocimiento de uno mismo, y esto significa darse cuenta de todo movimiento del pensar y del sentir, conocer todas las capas de la conciencia, no sólo las superficiales sino las ocultas, las actividades profundas. Para ello, la mente consciente debe estar serena, calma, a fin de recibir la proyección del inconsciente. La mente superficial sólo puede lograr tranquilidad, paz y serenidad, comprendiendo sus propias actividades, observándolas, dándose cuenta de ellas; cuando la mente se da plena cuenta de todas sus actividades, mediante esa comprensión se queda en silencio espontáneamente; entonces el inconsciente puede proyectarse y aflorar. Cuando la totalidad de la conciencia se ha liberado, sólo entonces está en condiciones de recibir lo eterno.

Entre dos pensamientos hay un periodo de silencio que no está relacionado con el proceso del pensamiento. Si observas, verás que ese período de silencio, ese intervalo, no es de tiempo, y el descubrimiento de ese intervalo, la total experimentación del mismo, te libera del condicionamiento.

La meditación no es un medio para algo. Descubrir en todos los momentos de la vida cotidiana qué es verdadero y qué es falso, es meditación. La meditación no es algo por cuyo medio escapáis. Algo en lo que conseguís visiones y toda clase de grandes emociones. Mas el vigilar todos los momentos del día, ver cómo opera vuestro pensamiento, ver funcionar el mecanismo de la defensa, ver los temores, las ambiciones, las codicias y envidias, vigilar todo esto, indagarlo todo el tiempo, eso es meditación, o parte de la meditación. No tenéis que acudir a nadie para que os diga qué es meditación o para que os dé un método. Lo puedo descubrir muy sencillamente vigilándome. No me lo tiene que decir otro; lo sé. Queremos llegar muy lejos sin dar el primer paso. Y hallaréis que si dais el primer paso, ese es el último. No hay otro paso

KRISHNAMURTI

Posted in Uncategorized | 1 Comment »

Quietud Interior

Posted by cosmoxenus en 7 julio 2006

Al comenzar sus estudios, el discípulo se ve conducido hacia el sendero de la veneración y el desarrollo de la vida interior. La ciencia espiritual le ofrece, además, reglas prácticas cuya observación le permite entrar en el sendero y desarrollar la vida interior. Estas reglas prácticas no son arbitrarias, sino que se fundamentan en experiencias y en una sabiduría antiquísimas. Se imparten por igual dondequiera que se señalen los caminos hacia el conocimiento superior.

Todos los verdaderos maestros de la vida espiritual están de acuerdo sobre el contenido de estas reglas, aunque se sirvan a veces de términos diferentes. La disparidad, secundaria y más bien aparente, se debe a hechos de los que no hace falta que nos ocupemos aquí.

Ningún maestro de la vida espiritual pretende, mediante tales reglas, ejercer dominio sobre otras personas, ni menoscabar su independencia, pues nadie sabe estimar y salvaguardar mejor la independencia humana que los investigadores de la ciencia oculta. Ya hemos dicho que es espiritual el vínculo que une a todos los iniciados, y qué dos leyes naturales constituyen los broches que mantienen unidas las partes de este enlazamiento. Mas cuando el iniciado se sale de su delimitado ámbito espiritual para obrar públicamente, tiene que observar una tercera ley, que es la siguiente: Ajusta cada uno de tus actos, cada una de tus palabras, de manera que no coartes la libertad de obrar a persona alguna.

Quien haya comprendido que el verdadero instructor de la vida espiritual respeta profundamente este principio, sabrá también que su independencia no sufrirá menoscabo al seguir las reglas prácticas que se le ofrezcan.

Una de las primeras reglas es la que puede expresarse aproximadamente en los siguientes términos del lenguaje corriente: “Procura reservarte momentos de quietud interior y aprende entonces a discernir lo esencial de lo sencundario”. Decimos que es así como puede expresarse esta regla práctica en “términos del lenguaje corriente”, pues originariamente, todas las reglas y enseñanzas de la ciencia espiritual se daban por medio de un lenguaje de signos simbólicos, y quien desee llegar a conocer esas reglas en todo su significado y alcance, deberá previamente comprender dicho lenguaje simbólico. Esta comprensión requiere que se hayan dado los primeros pasos en la ciencia oculta, y estos pasos pueden darse mediante la estricta observancia de las reglas que aquí se explican. El camino está abierto para todo aquel que posea una voluntad sincera.

Sencilla es la regla que concierne a los momentos de quietud interior y sencilla es también su observancia. Mas, con ser sencilla, sólo conduce a su objetivo si se cumple con seriedad y rigor. Por esta razón vamos a explicar cómo debe observarse.

El discípulo deberá apartarse, por unos momentos, del curso de su vida cotidiana, a fin de ocuparse de algo totalmente distinto de sus habituales ocupaciones. También la naturaleza de su actividad deberá ser enteramente distinta de las tareas que llenan las demás horas del día. Esto no debe interpretarse como si lo que haga en esos momentos de aislamiento no tuviese nada que ver con el contenido de su trabajo diario; al contrario, el ser humano que se dedique a buscarlos en forma apropiada no tardará en descubrir que, gracias a ellos, adquiere la plena fuerza necesaria para sus quehaceres corrientes. Tampoco hay que pensar que la observancia de esta regla realmente pueda restar el tiempo que se necesita para cumplir con sus deberes: basta con que sean cinco minutos al día, si alguien realmente no dispone de más tiempo. Lo importante es cómo se empleen estos cinco minutos.

Durante ese intervalo, el discípulo deberá desligarse por completo de su vida habitual; sus pensamientos y sus sentimientos habrán de tener matices distintos de lo que comúnmente tienen; deberá hacer desfilar ante su alma sus placeres, dolores, preocupaciones y acciones, de tal modo que todo lo experimentado lo contemple desde un punto de vista más elevado.

Para comprender de que se trata, pensemos cuan distintas a las propias se nos presentan en la vida corriente las experiencias y acciones de los demás. No podría ser de otro modo, pues con nuestro ser nos hallamos entretejidos en todo lo que experimentamos o hacemos, en tanto que simplemente observamos lo que experimentan o hacen los demás. Lo que debe perseguirse en los momentos escogidos es contemplar y juzgar nuestras propias experiencias y acciones como si hubiesen sido tenidas o ejecutadas, no por nosotros, sino por otra persona.

Tomemos, por ejemplo, el caso de que alguien haya sufrido un grave golpe del destino: ¡cuan distinto lo considerará de otro infortunio igual que haya tocado a su prójimo! Nadie podría juzgarle de injusto, pues esto es propio de la naturaleza humana. Algo parecido a lo que ocurre en tales casos extraordinarios, puede decirse también de lo que acontece en la vida corriente. El discípulo debe tratar de adquirir la fuerza de situarse, en ciertos momentos, enfrente de sí mismo, como si fuera un extraño; observarse a sí mismo con la quietud interior de un juez imparcial. Si lo logra, las experiencias personales se le aparecerán bajo una nueva luz.

Mientras las experimente enlazado y unido con ellas, estará tan vinculado a lo sencundario como a lo esencial. Pero si llega a quietud interior de la visión de conjunto, lo esencial va a distinguirse de lo secundario. El disgusto y la alegría, todo pensamiento y toda decisión, se nos presentan distintos si, de esta manera, nos enfrentamos con nosotros mismos.

Es como si hubiéramos pasado un día por un lugar donde lo más pequeño se divisa tan cercano como lo más grande y, al declinar la tarde, ascendiéramos a una colina vecina para abarcar con una sola mirada todo el conjunto; entonces las proporciones recíprocas de todas las partes nos parecerían distintas de como las veíamos al encontrarnos en ese lugar. No es posible ni necesario llegar a semejante actitud frente a lo que el destino nos depara en el presente, pero con lo sucedido en el pasado el discípulo de la vida espiritual debe esforzarse por lograrlo. El valor de la tranquila contemplación de la propia interioridad no depende tanto de qué es lo que uno perciba, sino de saber despertar en sí mismo la fuerza para desarrollar la quietud interior.

Posted in Uncategorized | Leave a Comment »