El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

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El anatema del 666

Posted by cosmoxenus en 3 junio 2006

¡Aquí está la sabiduría!…

Muy grande es la maldición que recae sobre esta cifra nombrada en el Apocalipsis y que ha estado sujeta a innumerables interpretaciones a lo largo de la historia.

“¡Aquí está la sabiduría! Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia; pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666.”

Apocalipsis 13-18

¡Aquí está la sabiduría!…

El libro del Apocalipsis (en griego: revelación) también es conocido como Apocalipsis de San Juan, o simplemente de Juan, por la autoría que se le atribuye y como Apocalipsis de Jesucristo por el título que al principio se da a sí mismo; es el último libro del Nuevo Testamento. Por su género literario, es considerado el único libro del Nuevo Testamento de carácter profético.

El Apocalipsis quizás sea el escrito más rico en símbolos de toda la Biblia y ha sido objeto de numerosas investigaciones a lo largo de la historia. Se sabe que el Apocalipsis fue escrito a finales del siglo I d.C. o principios del siglo II d.C.

Este es el contexto en que se menciona la cifra maldita. El triple seis.

Ap 13,11-18

(11) Vi luego otra Bestia que surgía de la tierra y tenía dos cuernos como de cordero, pero hablaba como una serpiente. (12) Ejerce todo el poder de la primera Bestia en servicio de ésta, haciendo que la tierra y sus habitantes adoren a la primera Bestia, cuya herida mortal había sido curada. (13) Realiza grandes señales, hasta hacer bajar ante la gente fuego del cielo a la tierra; (14) y seduce a los habitantes de la tierra con las señales que les ha sido concedido obrar al servicio de la Bestia, diciendo a los habitantes de la tierra que hagan una imagen en honor de la Bestia que, teniendo la herida de la espada, revivió. (15) Se le concedió infundir el aliento a la imagen de la Bestia, de suerte que pudiera incluso hablar la imagen de la Bestia y hacer que fueran exterminados cuantos no adoraran la imagen de la Bestia. (16) Y hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha o en la frente, (17) y que nadie pueda comprar nada ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia, o con la cifra de su nombre.

(18)¡Aquí está la sabiduría! Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia; pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666.

Casi todos los estudiosos coinciden en señalar que este texto pertenece al siglo I d.C. y aunque todas sus interpretaciones son lógicamente posteriores a este momento, su autor, fuera quién fuera, necesariamente se refería de manera simbólica al significado de los números de la antigüedad, a lo que estos representaban con anterioridad al nacimiento de Jesús en Belén.

Seguramente si utilizamos las fuentes antiguas podremos acercarnos al verdadero significado de la “cifra satánica”.

Para ello permítanme utilizar la principal fuente científica de la que disponemos en occidente, compendio de las influencias caldeas y griegas en el mundo romano y que en alguno de sus libros recoge aspectos que nos pueden dar alguna luz sobre el simbolismo de los números en la antigüedad.

El número seis en la antigüedad

El texto “Vitruvvii De Architectura”, conocido por Los Diez Libros de Vitruvio, poseía sin duda autoridad sobre la ciencia clásica en el momento que el Apocalipsis fue escrito. Sus referencias eran igual de validas para el mundo romano como el hebreo, ya que sus fuentes son las clásicas.

Escribe Vitruvio en el capítulo primero del libro tercero:

Los matemáticos afirmaron que el número perfecto es el número seis, pues posee unas divisiones que suman seis, de la siguiente manera: la sexta parte, es el uno; la tercera parte, es el dos, la mitad del seis, es el tres; dos terceras partes componen el número cuatro, en griego dimoeron; cinco partes del número seis -pentemoeron-, es el número cinco; y el número perfecto y final ephectum; formaremos el número ocho sumando seis mas una tercera parte, que en latín se llama terciarium y en griego epiritos; añadiendo al número seis su mitad se logra el número nueve, que es un número sesquiáltero, en griego hemiolios; si al número seis le sumamos dos terceras partes obtenemos la decena, en griego eipidimoeros; el número once es el resultante de sumar cinco al número seis, es decir, un quintario, en griego epipemptos; el número doce se obtiene sumando dos veces el número seis, el número elemental, que se denomina diplasios. De igual modo, el pie es la sexta parte de la altura del hombre, o lo que es lo mismo, sumando seis veces un pie delimitaremos la altura del cuerpo; por ello coincidieron en que tal numero -el seis- es el número perfecto, y además observaron que un codo equivale a seis palmos, o lo que es lo mismo, veinticuatro dedos.

Hace mención Vitruvio a que en Grecia se consideró al número seis como el emblema propio de la naturaleza física, como generador del cosmos.

Bien cierto es que en este capítulo Vitruvio recobra la tradición Caldea que desde la antigüedad determinaba que el número seis representaba la creación, y por ello se consideraba un número perfecto.

Los caldeos representaban a sus divinidades clasificadas por el número seis, los dioses menores, así como los hombres sabios o maestros, recibían el número 6 y el mayor de todos y dios principal, Anu, era representado por el número 60.

Para los Caldeos la reunión de todos sus dioses se representada por el número 666, que evocaba al panteón babilónico. Para este antiguo pueblo la reunión de todas sus divinidades, su panteón, representaba el lugar donde residía el conocimiento. Encontramos en la identificación de la cifra del triple seis con la reunión de las divinidades caldeas el primer simbolismo histórico.

Es el 666 la representación del conocimiento absoluto.

El seis para Pitágoras

Es el propio Vitruvio en su texto quién nos recuerda otra mención sobre el triple seis cuando en su libro V intenta justificar la estructura de su tratado y que aun reconociendo la dificultad de los términos científicos cree haber encontrado una formula que permita la fácil comprensión. Así la explica Vitruvio:

Por tanto, explicaré con breves palabras esta oscura terminología y las complejas medidas de las partes de los edificios, con el fin de que se graben bien en la memoria; así, todo se irá recordando sin ninguna dificultad….

También Pitágoras y los pitagóricos mantuvieron esta opinión. Les pareció bien escribir sus teorías y sus reglas en unos volúmenes de estructura cúbica “cybicis rationibus”: fijaron el cubo como el conjunto de 216 versos, donde cada norma no sobrepasase tres versos.

Parece que tomaron la analogía al comprobar que tal número de versos, como sucede con el cubo, de cualquier forma que los considere la mente consigue una estabilidad inamovible en la memoria.

Es el número 216 de los pitagóricos el que se obtiene al elevar el número 6 al cubo. Tres veces seis. El 666.

Y que Vitruvio menciona como resultante de la aplicación de la “Cybicis Rationibus”, (transcrito por los diferentes traductores como “estructura cúbica” “principios del cubo” “cubical arrangement” y por Ortiz y Sanz: “razón cúbica”, y que para mí es la más cercana al sentido antiguo).

Es precisamente en el centro de su tratado, en el proemio del Libro V, donde Vitruvio hace mención a la “Razón Cúbica” y al número 216 como “cybum CCXVI versus”, el soporte para escribir sus teorías y sus reglas:

“Etiamque Pythagorae quique eius haeresim fuerunt secuti, placuit cybicis rationibus praecepta in voluminibus scribere, constitueruntque cybum CCXVI versus eosque non plus tres in una conscriptione oportere esse putaverunt.” L.V-Prefacio.

Es el número 216, el resultado de la aplicación de la “Razón Cúbica” sobre el número perfecto, el seis. La arquitectura del conocimiento, de la perfección.

Vitruvio proyecta la razón cúbica “cybicis rationibus” en el “corpus” de su tratado para poder alcanzar la correcta disposición de los conocimientos en él y así poder ser entendido por los arquitectos que lo leyesen. “Así no habrá ningún obstáculo que impida su comprensión.”

Como podemos comprobar el triple seis, bien como simple cifra, bien como resultado de su formalización geométrica se identifica en la antigüedad con el conocimiento científico.

Rescatemos la lapidaria frase del Apocalipsis:

“¡Aquí está la sabiduría! Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia; pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666.”

Desde la interpretación “vitruviana” esta sentencia tiene un sentido directo conforme a lo explicado hasta este momento, salvo claro esta, la mención aterradora de la palabra “Bestia”.

El 666 como lugar donde reside la sabiduría según el ideario Caldeo. El panteón de sus dioses.

El seis como cifra de un hombre según el ideario griego y como tal mencionado por el arquitecto romano.

La Bestia y el Leviatán

Leviatán (del hebreo liwyatan, enrollado) fue una bestia marina del Antiguo Testamento, a menudo asociada con Satanás por los católicos, el término Leviatán ha sido reutilizado en numerosas ocasiones como sinónimo de un gran monstruo o criatura.

En el Génesis, la palabra Leviatán es mencionada en el comentario de Rashi sobre Génesis 1:21: “Dios creo los grandes monstruos marinos – Taninim” en hebreo.

En este verso Rashi declara: “De a cuerdo a la leyenda esto se refiere al Leviatán y su pareja. Dios creo un Leviatán varón y uno mujer, entonces mato a la fémina y la salvó para los honestos, ya que si los leviatanes llegaran a procrear, entonces el mundo no podría interponérseles.” Jastrow traduce la palabra “Taninim” como “monstruo marino, cocodrilo o gran serpiente”.

Leviatán aunque traducido por La Bestia de manera interesada, en hebreo antiguo significaba “gran animal surgido del mar”. Aún hoy en hebreo moderno se utiliza para nombrar a las ballenas.

El enviado desde el mar

Leviatanes eran en la antigüedad tanto las ballenas como los cocodrilos y los grandes peces. Los enviados del mar. Los grandes súbditos de Poseidón y Neptuno.

Propongo esta nueva lectura:

¡Aquí está la sabiduría! Que el inteligente calcule la cifra del “enviado desde el mar”; pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666.

Este enviado desde el mar está representado en la antigüedad por la leyenda de Oanes, el gran hombre-pez, el monstruo marino que civilizó a los sumerios.

Ver: http://www.celtiberia.net/articulo.asp?id=1270 por Alicia Canto

“Según afirma el Génesis, el Paraíso estaba en Mesopotamia. Eso creían también los sumerios, entre los que todo era confusión antes de que llegara del sur la serpiente civilizadora, Oanes, mitad hombre y mitad pez, que les enseñó cuanto valía la pena saber. Y algo de verdad habría, cuando en los archivos cuneiformes, mesopotámicos e hititas, de entre el III y el II milenio, hemos ido encontrando muchas de las bases de nuestra cultura occidental: el urbanismo, la arquitectura, la escritura, la analística, la cronística histórica, los mitos (el diluvio universal, Gilgamesh, el futuro Hércules, Inanna y su viaje a los infiernos…), los catastros, la matemática, la geometría, la astronomía…

Muchos de nuestros orígenes están de verdad en Mesopotamia, pero nos han enseñado a considerarnos nietos sólo de los griegos…

Pero todo empezó con Oanes, el misterioso monstruo marino que vino a Mesopotamia desde el sur según el relato del monje Beroso, el último babilónico, que vivió, enseñó y escribió durante entre la época de Alejandro Magno y el primer tercio del siglo III a.C……”

Eanes, en original “E-anush” significaba “El Hombre”.

“..pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666.”

Apocalipsis 13-18

Conclusión

El anatema que el 666 ha recibido desde la antigüedad ha ocultado de manera interesada su verdadero simbolismo.

En el momento en que el Apocalipsis fue escrito esta cifra era la representación del conocimiento, de lo que hoy podemos llamar de manera general ciencia en el más amplio sentido de la palabra y que en los orígenes de la humanidad, en el Summer, fue representado por la leyenda del hombre-pez Oanes.

“La serpiente Oanes, mitad hombre y mitad pez, civilizó, ayudado por algunos hermanos, a los sumerios, ese fascinante pueblo, no semita, en el que se originó la verdadera cultura. Oanes fue quien les enseñó a construir, a cultivar, a escribir y a trabajar los metales, entre otras artes propias de pueblos civilizados” (Endowed with Bry.—Terribilem feram Eu. Ar).

Juan describe en el capítulo 13 como el conocimiento que durante el “Siglo de Oro” de Augusto el pueblo romano puso en practica y le rescato de su posible final, como su mundo herido por las luchas civiles se recuperó y pudo así gobernar el mundo.

No debemos de olvidar que desde el punto de vista de los hebreos el poder de Roma en el siglo I d.C. se identificaba de manera muy exacta con el yugo que en Babilonia habían sufrido en la antigüedad, por lo que el mito de Oanes, como el Leviatán que surge del mar y apoya a sus enemigos, es una clara identificación con el triple seis y el panteón caldeo. Es posible que los hebreos adoptaran el monoteísmo durante su cautiverio en Babilonia, y así como los hebreos vivían cautivos en Babilonia, los cristianos vivían como esclavos en Roma.

En el texto de Juan se manifiesta la impotencia del pueblo elegido frente al poder que el conocimiento técnico ofrece a sus enemigos. El pueblo caldeo en la antigüedad, el romano en el momento de la escritura del Apocalipsis.

Los enemigos del pueblo hebreo, el pueblo romano que apoyado en el conocimiento del Leviatán Oanes gobierna el mundo.

Roma utiliza lo enseñado por Oanes, las bases de nuestra cultura occidental: el urbanismo, la arquitectura, la escritura, la analística, la cronística histórica, los mitos, los catastros, la matemática, la geometría, la astronomía…

Roma por medio del Leviatán representado por el 666 gobernaba el mundo.

Propongo esta nueva lectura (en negrita):

Vi luego otro símbolo que surgía de la tierra y tenía dos cuernos como de cordero, pero hablaba como una serpiente.(El nuevo Oanes – Eneas). Ejerce todo el poder del imperio en servicio de éste, haciendo que la tierra y sus habitantes adoren a Roma, cuya herida mortal había sido curada.

El Capricornio es el signo zodiacal con el que se identifica el emperador Augusto, y su imagen le representa en la iconografía de la Roma imperial. Su imagen de animal con cuernos de cordeo y cola de serpiente es adoptada por él tras su victoria frente Marco Antonio en la batalla de Actium. La batalla que finaliza la guerra civil. La herida mortal que Roma sufría.

Realiza grandes señales, hasta hacer bajar ante la gente fuego del cielo a la tierra; y seduce a los habitantes de la tierra con las señales que les ha sido concedido obrar al servicio de la técnica y la ciencia, diciendo a los habitantes de la tierra que hagan una imagen en honor de Roma que, teniendo la herida de las guerras civiles, revivió. Se le concedió infundir el espíritu, de suerte que pudiera incluso hablar la imagen del emperador y hacer que fueran exterminados cuantos no adoraran la imagen de Roma y Augusto. Y hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se censen obligatoriamente como habitantes del imperio, y que nadie pueda comprar nada ni vender, sino el que lleve la moneda con el nombre de Roma y el Emperador, o con la cifra de su nombre.

¡Aquí está la sabiduría! Que el inteligente calcule la cifra de su conocimiento; pues es la cifra del hombre. Su cifra es 666. (El conocimiento recibido por el hombre-pez que surgió del mar).

De manera muy directa este capítulo del Apocalipsis se refiere al momento en que tras la guerras civiles Octavio Augusto asume el gobierno de Roma y utilizando el conocimiento y la técnica herederas de Oanes gobierna el mundo.

La imagen de Oanes y la imagen augustal con el Capricornio con cola de tritón.

Los Leviatanes que surgen del mar para ordenar el mundo.

Comienza VITRVVII DE ARCHITECTURA.

“Cum divina tua mens et numen, imperator Caesar, imperio potiretur orbis terrarum” …L.I-Prefacio

“Cuando tu voluntad y tu inteligencia divinas, César Emperador, te hicieron dueño del imperio del “círculo de la tierra”…

© Carlos Sánchez-Montaña

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¿Qué es la filosofía?

Posted by cosmoxenus en 3 junio 2006

Jostein Gaarder

Muchas personas tienen distintos hobbies. Unas coleccionan monedas antiguas o estampillas, a otras les gustan las labores manuales, y otras emplean la mayor parte de su tiempo libre en la práctica de algún deporte.

A muchas les gusta también la lectura. Pero lo que leemos es muy variado. Unos leen sólo periódicos o cómics, a algunos les gustan las novelas, y otros prefieren libros sobre distintos temas, tales como la astronomía, la fauna o los inventos tecnológicos.

Aunque a mí me interesen los caballos o las piedras preciosas, no puedo exigir que todos los demás tengan los mismos intereses que yo. Si sigo con gran interés todas las emisiones deportivas en la televisión, tengo que tolerar que otros opinen que el deporte es aburrido

¿Hay, no obstante, algo que debería interesar a todo el mundo? ¿Existe algo que concierna a todos los seres humanos, independientemente de quiénes sean o de en qué parte del mundo vivan? Sí, hay algunas cuestiones que deberían interesar a todo el mundo.

¿Qué es lo más importante en la vida? Si preguntamos a una persona que se encuentra en el límite del hambre, la respuesta será comida. Si dirigimos la misma pregunta a alguien que tiene frío, la respuesta será calor. Y si preguntamos a una persona que se siente sola, la respuesta seguramente será estar con otras personas.

Pero con todas esas necesidades cubiertas, ¿hay todavía algo que todo el mundo necesite? Los filósofos opinan que sí. Opinan que el ser humano no vive sólo de pan. Es evidente que todo el mundo necesita comer. Todo el mundo necesita también amor y cuidados. Pero aún hay algo más que todo el mundo necesita. Necesitamos encontrar una respuesta a quién somos y por qué vivimos.

Interesarse por el por qué vivimos no es, por lo tanto, un interés tan fortuito o tan casual como, por ejemplo, coleccionar estampillas o ranas. Quien se interesa por cuestiones de ese tipo está preocupado por algo que ha interesado a los seres humanos desde que viven en este planeta. El cómo ha nacido el universo, el planeta y la vida aquí, son preguntas más grandes y más importantes que quién ganó más medallas de oro en los últimos juegos olímpicos de invierno.

La mejor manera de aproximarse a la filosofía es plantear algunas preguntas filosóficas:

¿Cómo se creó el mundo? ¿Existe alguna voluntad o intención detrás de lo que sucede? ¿Hay otra vida después de la muerte? ¿Cómo podemos solucionar problemas de ese tipo? Y, ante todo: ¿cómo debemos vivir?

En todas las épocas, los seres humanos se han hecho preguntas de este tipo. No se conoce ninguna cultura que no se haya preocupado por saber quiénes son los seres humanos y de dónde procede el mundo.

En realidad, no son tantas las preguntas filosóficas que podemos hacernos. Ya hemos formulado algunas de las más importantes. No obstante, la historia nos muestra muchas respuestas diferentes a cada una de las preguntas que nos hemos hecho.

Vemos, pues, que resulta más fácil hacerse preguntas filosóficas que contestarlas.

También hoy en día cada uno tiene que buscar sus propias respuestas a esas mismas preguntas. No se puede consultar una enciclopedia para ver si existe Dios o si hay otra vida después de la muerte. La enciclopedia tampoco nos proporciona una respuesta a cómo debemos vivir. No obstante, a la hora de formar nuestra propia opinión sobre la vida, puede resultar de gran ayuda leer lo que otros han pensado.

La búsqueda de la verdad que emprenden los filósofos podría compararse, quizás, con una historia policíaca. Unos opinan que Andersen es el asesino, otros creen que es Nielsen o Jepsen. Cuando se trata de un verdadero misterio policiaco, puede que la policía llegue a descubrirlo algún día. Por otra parte, también puede ocurrir que nunca lleguen a develar el misterio. No obstante, el misterio sí tiene una solución.

Aunque una pregunta resulte difícil de contestar puede, sin embargo, pensarse que tiene una, y sólo una respuesta correcta. O existe una especie de vida después de la muerte, o no existe.

A través de los tiempos, la ciencia ha solucionado muchos antiguos enigmas. Hace mucho era un gran misterio saber cómo era la otra cara de la luna. Cuestiones como ésas eran difícilmente discutibles; la respuesta dependía de la imaginación de cada uno. Pero, hoy en día, sabemos con exactitud cómo es la otra cara de la luna. Ya no se puede “creer” que hay un hombre en la luna, o que la luna es un queso.

Uno de los viejos filósofos griegos que vivió hace más de dos mil años pensaba que la filosofía surgió debido al asombro de los seres humanos. Al ser humano le parece tan extraño existir que las preguntas filosóficas surgen por sí solas, opinaba él.

Es como cuando contemplamos juegos de magia: no entendemos cómo puede haber ocurrido lo que hemos visto. Y entonces nos preguntamos justamente eso: ¿cómo ha podido convertir el prestidigitador un par de pañuelos de seda blanca en un conejo vivo?

A muchas personas, el mundo les resulta tan inconcebible como cuando el prestidigitador saca un conejo de ese sombrero de copa que hace un momento estaba completamente vacío.

En cuanto al conejo, entendemos que el prestidigitador tiene que habernos engañado. Lo que nos gustaría descubrir es cómo ha conseguido engañarnos. Tratándose del mundo, todo es un poco diferente. Sabemos que el mundo no es trampa ni engaño, pues nosotros mismos andamos por la Tierra formando una parte del mismo. En realidad, nosotros somos el conejo blanco que se saca del sombrero de copa. La diferencia entre nosotros y el conejo blanco es simplemente que el conejo no tiene sensación de participar en un juego de magia. Nosotros somos distintos. Pensamos que participamos en algo misterioso y nos gustaría desvelar ese misterio.

En cuanto al conejo blanco, quizás convenga compararlo con el universo entero. Los que vivimos aquí somos unos bichos minúsculos que vivimos muy dentro de la piel del conejo. Pero los filósofos intentan subirse por encima de uno de esos fines pelillos para mirar a los ojos al gran prestidigitador.

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