El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

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MICHEL ONFRAY, ATEÓLOGO: AUTOR DE ´TRATADO DE ATEOLOGÍA´

Posted by cosmoxenus en 2 mayo 2006

“Dios vuelve y amenaza nuestras libertades”

Tengo 47 años. Nací en París: hoy la Francia republicana que trajo la democracia a Occidente está amenazada por integrismos monoteístas. Fui educado católico, pero tuve la satisfacción de ver dudar a mi padre creyente y de ayudarle a morir como un hombre libre de la neurosis de Dios. La humanidad progresa en la medida en que se libera de Dios.

LLUÍS AMIGUET

– Dios vuelve y los ateos debemos combatirlo con la razón.

– ¡Por Dios! No me asuste… – Vivíamos dos décadas de ateísmo tranquilo en Occidente, pero cayó el Muro y la política, culpabilizada por el fracaso de un comunismo que era una religión de Estado, abdicó de su papel de motor del progreso fundado en la razón colectiva y se limitó a la gestión de lo inmediato. Ese espacio lo reocupan ahora las religiones.

– ¿Cómo cree usted que regresa Dios?

– La historia de la humanidad es de la conquista, con sangre, sudor y lágrimas, de un espacio de libertad, raciocinio y progreso arrancado a Dios y a quienes lo administran. Hoy ese precario espacio está amenazado por el regreso de Dios en todos los frentes: EE. UU. renueva las cruzadas frente a un islamismo simétricamente demencial…

– Temo que ésa no es la única guerra santa.

– Sufrimos una gran reacción monoteísta en el planeta: no sólo el Irán de los ayatolás, que hoy ya es una amenaza atómica, sino en nuestro propio patio trasero, en nuestros barrios, donde prolifera un integrismo islámico que, también en nombre de ese Dios, amenaza nuestro Estado laico y nuestras libertades.

– ¿Puede ser usted más específico?

– Los políticos están vendiendo ese espacio precioso de razón y progreso a cambio de poder. Sarkozy promete a los musulmanes subvenciones por sus votos. Repartirá el presupuesto de la República, fundada sobre los principios laicos de la Revolución, para financiar mezquitas y catecismos.

– No veo cómo puede llegar a eso.

– Por mandar. A cambio de su victoria, Sarkozy recortará nuestra libertad para contentar a los líderes religiosos: feminismo, derechos gays, aborto, eutanasia o la libertad de investigar se renegociarán con la connivencia de los islamistas y la ofensiva de la Iglesia oficial, que se dispone a sumarse a la fiesta.

– ¿Acaso no puede haber una fe razonable?

– Es un oxímoron. Fe y razón son enemigas por naturaleza. La ciencia sólo avanza en ese espacio que la razón humana ha ido arrebatando a la neurosis de la religión. Por eso es urgente deconstruir a Dios como hicieron Freud, Marx, Feuerbach, Sartre o Camus.

– ¿Quiere empezar aquí y ahora?

– Dios es la proyección neurótica de la frustración ante nuestros límites: nosotros somos mortales, él, inmortal; nosotros, finitos, él, infinito; nosotros, imperfectos, él, perfecto… Sus sacerdotes administran esa neurosis pueril en provecho de la casta dominante.

– Eso ya lo dijo Freud.

– Hay que recordarlo. Y comprobar que las Escrituras no resisten la lectura racional. Los ateos amamos la vida y aceptamos su final frente a las imposturas de mulás, curas y rabinos. Como Sartre o Camus, debemos volver a colocar a Dios en el debate público.

– Religión viene de religare (reunir).

– Las religiones del libro han teñido nuestra historia de violencia y muerte. El exterminio y la subordinación de los no creyentes ha sido un mandato cumplido con igual entusiasmo por cristianos, judíos y mahometanos. Juzgue usted mismo esa historia y verá que Dios nos ha traído más muerte que vida.

– ¡Jesús es amor! Los Evangelios…

– En los Evangelios hay cuarenta citas antisemitas en Marcos, ochenta en Mateo y treinta en Juan. En los Hechos de los Apóstoles hay 140. Su dulce Jesús afirma que los judíos tienen “al diablo por padre” (Juan VII; 44). ¿Por qué? Las Escrituras las redactan durante siglos múltiples escribas para servir a intereses políticos coyunturales. Por eso, con profusión de citas de cualquier libro sagrado se puede defender por igual el amor o la guerra; cualquier cosa y su contraria.

– Ateos ilustres: Stalin, Hitler, Pol Pot…

– La inquisición en 1924 prohibió en su índice la Enciclopedia Larousse, pero no el Mein Kampf: Stalin, como tantos tiranos, implantó una religión de Estado donde él era Dios. Juzgue la historia: el mundo es libre en la medida en que hemos confinado la sinrazón de Dios en el ámbito de lo privado.

– ¿Acaso en Occidente no sigue ahí?

– Dios no ha muerto, porque nadie puede matar a Dios, que como el unicornio o las sirenas no morirá porque no existe. Pero su sombra milenaria, la episteme teísta, impregna nuestras leyes y nuestra visión del mundo. Mientras con la razón combatimos esa sombra irracional, debemos defender, ¡por supuesto!, la libertad de culto en el corazón y la casa de cada uno o en su templo, pero no concibo que tengamos que subvencionar la religión privada con dinero público.

– Tal vez subvencionamos cosas peores.

– Existe un laicismo abierto que subvenciona todas las religiones, pero así ¿por qué no subvencionar la astrología y los horóscopos?

– La religión fue progreso moral.

– ¿De verdad? Dios, Alá o Yahvé bendijeron la esclavitud. Y la esclavitud bajo el Papa era peor que la del derecho romano, que, al menos, no la declaraba grata a los ojos de Dios. El judaísmo, los musulmanes o los cristianos practicaron la esclavitud. Además, Dios nos obligó a odiar nuestro cuerpo impuro y a rechazar el mundo en nombre del alma y de un más allá que consolida a los poderosos en sus poltronas del más acá.

– Todos somos iguales a los ojos de Dios.

– A los ojos de Dios… ¡Pero no de los hombres y sus leyes! En nombre de Dios debías soportar durante siglos ser esclavo o mujer, considerada inferior; ocultarte si eras homosexual, y si osabas pensar, mentir para no ser quemado por los amorosos creyentes.

– El cristianismo también fue liberador.

– Cuando surge la teología de la liberación u otros intentos feministas o progresistas, el monoteísmo de Estado siempre logra aplastarlos.

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La Piedra filosofal

Posted by cosmoxenus en 2 mayo 2006

Para profundizar sobre el contenido hermético del cristianismo, proponemos en este artículo el estudio del libro XXV del Mensaje Reencontrado de Louis Cattiaux, dedicado a este tema. La perspectiva en la que se sitúa el autor, nos aparta del dédalo de palabras y conceptos que confunden los espíritus, sin aportar nada respecto a la actualización del misterio. En una de sus cartas, Louis Cattiaux plantea las ideas básicas que después analizaremos detenidamente, escribe:

Los cristianos predican la muerte de Cristo, pero ninguno es realmente consciente del misterio de la resurrección. La Iglesia acepta la muerte mística de los santos, pero rechaza la resurrección hermética del sabio adepto, oponiéndolas, sin darse cuenta de que uno precede y engendra al otro y que el Cristo muerto en la cruz es el mismo que resucita gloriosamente. El místico engendra al adepto, al igual que la oruga, al morir, se convierte en crisálida y seguidamente en mariposa.

Desgraciadamente, Cristo es casi el único salido de la crisálida de la muerte; lo que no es razón para negar o rechazar esto al considerarlo posible solamente en el juicio final, como hacen muchos religiosos y predicadores mal instruidos. El Libro XXV está dedicado a poner todo esto en claro, y es muy importante, pues estamos llegando al alba del tercer día cósmico, en el que la resurrección empezará a manifestarse en el mundo.

El libro XXV lleva por título LA PIEDRA, aludiendo claramente a sentido fundamental de la ciencia hermética, pues, tal como explica Pernety “el gran arte, la gran obra, la obra de la Piedra filosofal, el magisterio de los sabios, son todas expresiones sinónimas de la ciencia hermética”, así pues, el hermetismo enseña, utilizando el lenguaje alquímico, el misterio según el cual la culminación de la búsqueda de Dios y de su obra se denomina Piedra filosofal.

Las consideraciones que durante el Renacimiento llevaron a designar la figura de Hermes Trismegisto como el creador de la ciencia hermética, han suscitado todo tipo de especulaciones y discusiones, en las cuales de ningún modo quisiéramos participar, puesto que lo importante es justamente lo que se esconde detrás de esta “leyenda”: Hermes es el dios de la palabra, de la iniciación y revela a los hombres las operaciones secretas que los convertirán en inmortales, tales son sus funciones en la mitología clásica, y, además, ejerce de “psicopompo”, es decir, conduce durante la noche las almas de los muertos a través del Hades, para que con su ayuda lo puedan atravesar y así alcanzar los campos Elíseos. La ciencia hermética conduce al hombre a su salvación y a la unión con los dioses o Elohims. Desde esta perspectiva, no hay duda, el hermetismo es trascendente y no simplemente cosmológico.

La obra hermética parte de la idea de que nada ha sido creado definitivamente, en su estado final.

Todo se ha creado a partir de la prima materia y por medio del fuego filosófico del arte de la Alquimia se transforma en su materia final.

Así, Alquimia significa: llevar a su fin algo que no está acabado.

Uno de los más grandes cabalistas cristianos del Renacimiento, Blaise de Vigénere, en su Tratado del fuego y de la sal, explica que los hermetistas, utilizando el lenguaje alquímico, enseñan el misterio del nuevo nacimiento o resurrección y no solamente la manera de fabricar oro o crisopeya; he aquí sus palabras:

Cosa admirable es que estos Filósofos químicos, bajo el velo y la cobertura de este arte, tratando de las cosas materiales como los metales y lo que de ellos depende, con sus transmutaciones por el fuego, hayan comprendido los más altos secretos de los inteligibles, e incluso de la resurrección, a lo cual parece esto referirse, en la cual los cuerpos serán glorificados.

Como hemos apuntado, es por medio del fuego central que se realizan las operaciones que conducen a un cuerpo nuevo e imperecedero. Se trata de un fuego que purga y que fija, que separa lo puro de lo impuro y gracias a esta separación se puede manifestar el cuerpo sin mácula. La diferenciación entre el cuerpo animal y el cuerpo glorioso es fundamental, y se ha de subrayar para que no se confundan, e igualmente, para recoger el testigo de la tradición universal que insiste en que la deificación no es solamente un estado espiritual, sino que también es una manifestación corporal. Escribe al respecto Emmanuel d’Hooghvorst: “El espíritu sin cuerpo no puede adquirir el saber sensible de Hermes”.

Paracelso escribió un interesante tratado sobre estos dos cuerpos titulados La Filosofía sutil; en el segundo capítulo de dicha obra explica “cómo se debe entender que el hombre está compuesto de un cuerpo mortal y de un cuerpo inmortal”, y de él recogemos los siguientes fragmentos:

La carne mortal debe ser abandonada, ya que sólo la carne vivificante, la que resucitará, entrará en el reino de los cielos; tenemos mucho que decir sobre esta nueva criatura o creación. Si debemos conocer completamente lo que somos, también debemos explicar la nueva generación, a fin de que sea completa y seriamente explorada la cuestión, a saber: quién es el hombre en todas las cosas, de qué proviene y qué es. Todo esto será claramente expuesto a fin de que se comprenda bien quién es el hombre, lo que es y lo que puede llegar a ser. […] La carne de Adán no sirve para nada. Es así desde el principio: el nuevo alumbramiento nace de la Virgen y no de la mujer. […] El hombre debe ser, pues, carne y sangre para la eternidad. Por ello la carne es doble: la adámica, que no sirve para nada, y el Espíritu Santo, que hace la carne viva: éste se encarna de arriba y dicha encarnación es causa de su retorno al cielo a través nuestro. […] El hombre debe renacer una segunda vez de la Virgen, por el agua y el espíritu, y no de la mujer. El espíritu, en efecto, vivifica esta carne en la que no hay muerte, ni siquiera posibilidad de muerte. En cuanto a esta carne en la que está la muerte, no es de ninguna utilidad y no confiere nada al hombre para la salvación eterna. Por esta razón, el hombre renace y recibe otra carne del espíritu que es eterno, y esta carne circulará en el reino de Dios, como lo hace sobre la tierra la carne mortal; la virtud de esta carne también lo hará distinto y más excelente de lo que fue la descendencia de Adán. Los hermetistas han identificado inequívocamente, aunque no siempre de un modo explícito, a Jesucristo con la Piedra filosofal, es decir, el final definitivo y perfecto de la Creación. Leemos al respecto en el Acuario de los sabios:

Ya desde el comienzo del mundo los ancestros, los santos patriarcas y, después de ellos, todos los hombres iluminados por Dios, esperaron con toda la fuerza de su deseo esta piedra probada, bendita y celeste: JESUCRISTO; sus más ardientes plegarias iban dirigidas a que Dios se dignara comunicarles, también a ellos, a Cristo, bajo su forma corporal y visible. […] Esta piedra celeste y bendita ha sido dada por Dios a todo el género humano, tanto a ricos como a pobres, gratuitamente, sin ningún mérito por parte de nadie. Aunque pocos hombres, desde el comienzo hasta nuestros días, hayan podido descubrirla y comprenderla en este mundo, no obstante, subsiste en todos los tiempos, siempre oculta, como pesada piedra de tropiezo y de escándalo para la mayoría de los humanos.

A partir de identificación de Cristo con la Piedra filosofal, podemos hablar del sentido hermético del cristianismo y, a su vez, de la necesaria relación existente entre el hermetismo y el esoterismo, pues si bien el hermetismo no constituye una doctrina tradicional completa, sin duda fundamenta todas las doctrinas. Antoine Faivre explica que el hermetismo propone que “más allá de las formas religiosas exteriores, la divinidad está en el hombre”, y que ésta se manifiesta con la muerte del hombre viejo y el nacimiento del hombre nuevo. En muchas tradiciones, sobre todo la hebrea y la islámica, se ha tenido sumo cuidado en no confundir el hombre viejo con el hombre nuevo, pues si así acontece, se cae inevitablemente en la peor de las idolatrías, y para evitar tal equivocación nunca hablan abiertamente de la divinización del hombre, aunque indiscutiblemente este sea el fundamento del esoterismo y el sentido de por qué este secreto se guardaba en estricto silencio.

El apóstol Pablo predicaba durante sus viajes en las sinagogas que iba encontrando, para anunciar a los judíos que según sus propias Escrituras, “el Ungido debía padecer y resucitar de entre los muertos” y que éste era el Cristo Jesús que él anunciaba. Según Pablo en los textos del Antiguo Testamento ya se enseñaba el misterio de la muerte y la resurrección, como el sentido más profundo de la revelación mosaica. En el sagrado Corán el enviado de Dios dice a María: “Yo soy sólo el enviado de tu Señor para regalarte un niño puro”.

El cristianismo nació como una escuela esotérica dentro de la tradición hebrea, pero en la actualidad, sólo se han conservado los ritos y las manifestaciones exteriores del misterio central que identificaba a Cristo con la Piedra filosofal, de manera que fácilmente se puede caer en la idolatría. Por esto, para comprender el sentido hermético del cristianismo se debe, en primer lugar, intentar comprender su origen. Sobre él se ha escrito mucho, aunque al final las explicaciones racionalistas parecen apoderarse de todas las justificaciones. Ante ello, la opinión de René Guénon nos importa especialmente, pues lo contempla estrictamente desde la perspectiva tradicional. En un célebre fragmento comenta: Lejos de ser la religión o la tradición exotérica que conocemos actualmente bajo este término, en sus orígenes el Cristianismo tenía, tanto en sus ritos como en su doctrina, un carácter fundamentalmente esotérico y por consiguiente, iniciático. Encontramos confirmación de ello en que la tradición islámica considera al Cristianismo primitivo propiamente como una tariqah, es decir, una vía iniciática y no como una shariyah o legislación de orden social dirigida a todos; lo cual es tan cierto que posteriormente se tuvo que suplir esta falta con la constitución de un derecho “canónico” que en realidad no fue más que una adaptación del antiguo derecho romano, o sea, algo que vino enteramente del exterior y no un desarrollo de lo que estaba contenido en el Cristianismo en sí. Y en otro lugar, aunque siguiendo la misma línea de pensamiento, escribe en relación a la actualidad del misterio cristiano:

No parece dudoso que el Cristianismo original tenía sobre todo los caracteres de un esoterismo, no es menos cierto que los perdió muy pronto, sean cuales hayan sido las razones, y que los ha llegado a perder de una forma tan completa que el Catolicismo, especialmente, en su estado actual, es el exoterismo más rígido y el más exclusivo que se pueda concebir, hasta tal punto que sus representantes niegan expresamente la existencia de todo esoterismo, de lo cual quizás no hay ejemplo en ninguna otra tradición (los mismos judíos no niegan la Cábala incluso cuando reconocen no comprender nada o no querer ocuparse de ella). Por supuesto que ello no impide que exista el sentido profundo y esotérico, pero está completamente fuera del dominio de la religión cristiana como tal.

Ante la última afirmación de Guénon cabe preguntarnos, cuál es el sentido profundo y esotérico que todavía existe, tan explícitamente negado por el exoterismo “rígido y exclusivo”. Creemos que es en el propio ritual de la misa de los fieles donde se puede encontrar el vínculo con la Gran Obra alquímica y, según nuestro planteamiento, el “sentido profundo”, pues justamente aquí se encuentra el sentido esotérico del cristianismo, reservado en la Antigüedad solamente a los iniciados.

Emmanuel d’Hooghvorst escribe lo siguiente sobre la relación el misterio de la Gran Obra y la misa La misa tradicional católica era como un recuerdo de la Gran Obra. Después del bello canto del Prefacio: Dignum et justum est, aequum et salutare…, cantado por el sacerdote sólo y que introducía el misterio del Señor, la muchedumbre contestaba a coro cantando: Sanctus, sanctus, sanctus Dominis Deus Sabaoth, ‘Santo, santo, santo es el Señor Dios Sabaoth’. Quien es Cristo.

Este triple sanctus estaba puntuado con tres golpes de campanilla agitada por el monaguillo, para recordar el sonido metálico corporal de la manifestación del Verbo divino, y en el campanario, la campana de bronce empezaba también a sonar. Asimismo, en el momento de la consagración del pan y el vino, cuando el sacerdote elevaba la forma, y luego el cáliz, la campanilla del monaguillo sonaba igual que la campana de la iglesia.

Muchos buscadores han intentado encontrar alguna escuela que, de modo secreto dentro de la Iglesia, haya mantenido vivo el conocimiento de su tesoro, pero sólo se ha entrevisto algún que otro vestigio, como las sociedades que conoció Charbonneau-Lassay: la Fraternité des Chevaliers du Divin Paraclet y L’Estoile Internelle que dentro de la Iglesia católica han mantenido el carácter secreto e iniciático desde el siglo XV.

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