El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

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RENE GUENON Y LAS ARTES LIBERALES (fragmento)

Posted by cosmoxenus en 12 marzo 2006

JOSE MANUEL RIO

La noción de las Artes Liberales de la Edad Media como una suma de conocimientos profanos es propia de este mundo moderno que aun “sin cabeza”, por lo menos visible, no puede dejar de observar todas las cosas a su propia “imagen y semejanza” horizontal ya que no puede sino imitar la obra creacional dentro de los límites cada vez más estrechos que la literalidad o el extremo de su materialismo y su razón insuficiente le impone de manera necesaria. Lo que traducen asimismo las perspectivas que ese punto de vista arroja sobre la “oscuridad” medioeval, a la que ha inventado porque desconoce a la Edad Media,[1] que no cabe en su “progreso”; barrera que aparentemente salva al remitirse a la época clásica, cuya apreciación no es en realidad mas que la traducción interesada del “humanismo” renacentista, en la parte que éste tiene asimismo de literal y que se basa en los males de la propia Grecia “clásica”, la sociedad o el parlamento de los griegos2[2] bienpensantes que asesinan a Sócrates porque enseñaba a los jóvenes a preguntarse sobre la naturaleza de las cosas y del Universo, y por lo tanto acerca de la Tierra y el Cielo, los Dioses y los hombres, la Verdad y la Belleza, en lo que estaban ellos incluidos; lo que significaba que en la naturaleza o en el ámbito de su amor o de su memoria no cabía ya sino la literalidad de unas costumbres o la superstición de una vida “cotidiana” y de una falsa “ciencia”3[3] que no eran sino el acuerdo de todos aceptado por una mayoría, es decir lo que se seguía llamando “democracia” en la que cabían los “tiranos” culturalizados (el barniz aprobado de la “estética” y de la “ética”) aunque ya no fueran los ciudadanos partícipes o herederos -que a pesar de todo lo eran- de la tradición o tradiciones arcaicas a las que sin embargo debían la idea de ciudad y antes la de pueblo.

No fue así para la otra parte del Renacimiento, heredero de la esencia del Medioevo y de los Misterios, a través del Neoplatonismo y los esoterismos Cristiano y Hermético, la que miraba a la Antigüedad y aun la valoraba tanto más como sinónimo de Sabiduría cuanto más antigua era, pero que pronto comienza a ocultarse (aunque destella un instante que asimismo llega también hasta hoy a través de la naturaleza del arte) ante los embates del mundo moderno, que nace de la literalización parcial y deformada de símbolos y expresiones simbólicas (alquimia, astrología, matemática, geometría, arquitectura, “filosofía”) que para otros eran soportes de meditación, en tanto que modelos del mundo o sea, obras de arte, así como de la profanación de unas ciencias que no tenía otro propósito que lo sagrado.

La posesión de las cosas a costa de otro u otros, sólo puede ocurrir cuando la literalidad de la visión se confunde con la realidad misma, y el mal de la literalidad no es otra cosa que el materialismo a ultranza, cuando en el campo del deseo no hay otro espacio que lo sensible como puramente exterior y no como símbolo.

La idea del Pensamiento como Conocimiento es entonces algo extraño y hasta sospechoso o risible, pues el hombre y las máquinas son iguales y no pueden sino ser producidos y producir cosas exteriores a ellos mismos. Toda obra de arte queda profanada pues es ya sólo un gesto limitado que obedece a un tiempo que se llama “histórico” y al espacio de una opinión, tan relativo desde esa perspectiva aniquiladora como el sujeto o ser humano que lo produjo, cuyo origen sin embargo, aun sólo por la distancia se confunde a través de generaciones incontables con el propio origen del tiempo.

Y la sagrada ciencia de la Astrología, se convierte en el patín de los egos, supuestamente basados en los “aspectos” astrológicos consumibles (lo que es otra manera de cómo hacer para no ser) o en la suposición del Zodíaco, “Rueda de la Vida” y “marco” del Cosmos,4[4] que es cualquier cosa menos un continuo periférico, y que no tiene ninguna relación con la más mínima uniformidad.

La cosmología se halla en la ontología y la ontología en la metafísica, porque la Unidad no es sólo la unidad de las partes, sino porque cualquier cosa que sea en ella misma es de orden universal y no podría establecerse una separación en lo trascendente, que es lo que realiza el hombre en tanto que formador, en tanto que sujeto y objeto, actor y actuado, del “Imperio del Demiurgo”, y del Demiurgo formador, “artesano u obrero del Universo constituido por la colectividad de los seres individuales”,5[5] porque no se trata aquí del Nous Demiurgo, al que hay que relacionar con Buddhi, el intelecto trascendente de la tradición hindú, que se revela en el corazón o centro de todo ser y lo vincula así a través de todos los estados indefinidos con su origen inmanifestado.

La cosmogonía está en el mito; el mito como herencia vertical para el hombre, de una Palabra que hace revivir la Memoria, que el Arte conlleva y en el cual ciertamente consiste, pues su economía no puede contemplar unas producciones que estén fuera de la síntesis, es decir que tuvieran cualquier otro sentido que no fuera el de una revelación axial de una realidad trascendente.

Y entonces cualquier arte, o el conjunto de unas artes que no son sino formas o determinaciones del Arte, no son en principio sino la expresión de realidades de otro orden que es su verdadero, profundo y original sentido; por eso mismo es que pueden ser medios6[6] para elevarse de lo sensible a lo inmanifestado y constituir así en ellas y a través de su relación, la imagen o la expresión de una escala, cada uno de cuyos grados sería en un sentido ascendente un grado de universalización y en el descendente un grado de manifestación o concreción de realidades inmanifestadas hasta llegar al ámbito de la realidad determinada y central de lo individualizado con el tiempo histórico y el espacio geográfico, revistiéndose de formas adecuadas para establecer la vinculación permanente con el sentido interior o savia espiritual del Arbol axial, lo que no impide que asimismo puedan existir y manifestar un espacio cultural aunque no sean comprendidas o contempladas a la luz de un sentido trascendente, o por todos y cada uno o en toda su profundidad; pero aún así, siendo lo que son generan un orden o un espacio que hace la vida posible porque es una traducción del sentido del mundo y por lo tanto la posibilidad de un ámbito humano, que sólo se degrada por la confusión literal del símbolo con lo simbolizado, de la “letra” con el “espíritu”, y la disolución posterior y consecuente. * **

Al comenzar con el estudio “René Guénon y las Artes liberales” nos asalta un temor: ¿cómo poder dar cuenta de la síntesis inmensa que se despliega en sus escritos y que tiene que ver directa e indirectamente con el contenido de estas Artes y que es nada menos que la Cosmogonía como símbolo de la Metafísica, expresada en cada una de ellas como síntesis de la Realidad universal y en su conjunto como mandala de la misma?. Sin embargo, es el símbolo el encargado de velar y revelar, de transmitir y ocultar la Cosmogonía Perenne y los contenidos depositados en el alma, los que necesitan ser comunicados, participados, vividos, para concurrir a la suma integral de la Palabra, como parte de un gesto ritual que se integra en la dirección del cumplimiento del dharma, individual, colectivo, grupal, arquetípico, universal.

Para el hombre medieval, que también somos, las artes y los oficios constituyen el legado de los Dioses o la inspiración de las Musas, su enseñanza, capaz de hacerles hombres, o verdaderos seres humanos, por su comprensión. Pues los Dioses se han retirado a sus moradas eternas y nos han dejado el campo de la acción, el patio de su casa o el atrio de su templo para que nos acerquemos a ellos, incorporando el arte de la realización, la transmutación prometida e inmanente en sus obras, las que quedan como ejemplo y están vivas esperando que el hombre las abrace para transformar su sujeto relativo en sujeto arquetípico, más allá de las dualidades que el blanco y el negro simbolizan,7[7] en una conjunción de opuestos que es el presente permanente del mundo así sea que este se halle manifestado o inmanifestado, afirmado o negado, en potencia o en acto, con respecto a un Cosmos arquetípico que es la imagen de la Deidad, su hijo pródigo, perdido y recuperado, en la gran fiesta de la alegría, en la que el tiempo es por vez primera.

Ese lugar del presente, de la transformación integral del tiempo en espacio, es la cima de la montaña axial o polar,8[8] alrededor de la cual se dan las revoluciones del mundo sensible, el tiempo lineal y aun cíclico, del que debe partir el que comienza el viaje al conocimiento para, con la guía de la Tradición, la que en el caso de Dante está representada por Virgilio, acceder a su cúspide, o centro del mundo, el lugar propio de su naturaleza humana, despojándose de lo adquirido por el conocimiento profano, que no viene a ser otra cosa que la degradación de los conocimientos tradicionales.

Las ciencias de los Números y las Letras son una tanto en la cábala hebrea como en el esoterismo islámico,9[9] pero en las artes liberales se las considera como dos, aritmética y gramática -aunque la correspondencia no es exacta por las características de las lenguas occidentales. Regidas por las luminarias diurna y nocturna, el Sol y la Luna, que en el Arbol de la Vida de la cábala se hallan jerarquizadas en el “Pilar del Medio”, como símbolos del conocimiento informal y del formal o reflejo.

El modelo de los cielos planetarios es perfectamente análogo, se podría decir que esencialmente es el mismo, tanto para la tradición neoplatónica -lo que se refiere a la “teoría”10[10] de las Ideas, heredera asimismo de la de los Números del Pitagorismo, como asimismo para la tradición hebrea y la islámica (en las que sólo se diferencian algunas correspondencias referentes a los profetas que presiden los sucesivos “Cielos”), ambas por lo demás muy semejantes al tener un común origen abrahámico,11[11] así como análogo al de la tradición hindú aunque éste lo exprese de modo distinto, lo que no quiere decir que haya tomado una de otra los elementos que constituyen ese modelo simbólico, sino que, nos dice Guénon, la verdad es una y conocida por todos los pueblos sin excepción, lo que por otro lado nos lleva a la idea de una Tradición Primordial o Unánime como verdadero origen de las formas tradicionales, tanto más cuanto que una Tradición es también una lengua, adaptación de un “Pensamiento”, permaneciendo aquella expresada asimismo en su interior a través de nombres, figuras, referencias míticas y símbolos primordiales, lo que incluye también la geometría, prototipo de la letra y cuerpo del número.12[12]

Es así que a la Tradición Primordial le corresponde una lengua “solar”, cuyo lugar propio de manifestación es una “Tierra solar”: el Polo terrestre como reflejo del celeste. La lengua de una humanidad primordial en una tierra sobre la que el sol está simbólicamente “inmóvil” o donde no se pierden de vista sus “revoluciones”, pues no ha comenzado, con el tiempo sucesivo, la determinación cíclica y lineal de sus fragmentos.

Esa lengua era por lo demás cantada y así se dice que Adán hablaba en verso en el Paraíso13[13] -Pardés = Jardín y tammbién Paradêsha = Comarca suprema-, punto de conjunción de la “Tierra” con el “Cielo”, lo que la relaciona con la música, que es ciencia del número y de las proporciones, expresión de la armonía de las esferas celestes, y con la geometría porque se refiere al lugar central, desde donde es medida cualitativamente la “extensión” de la tierra, como lo simbolizan asimismo los cuatro ríos que lo riegan y que salen del paraíso uniéndose en el Jobel, de donde viene “Jubileo”, ausencia de trabajos o labores, palabra cuyo valor por la suma de los de sus letras es 50 (5 x 10; y también 72 + 1). Nos dice Guénon que el cuadrado de un número es él mismo en otro plano, y que para explicarlo habría que referirse a las modalidades del espacio; puesto que esa multiplicación numérica corresponde a lo que geométrica y simbólicamente expresan el punto, la línea, el plano y el volumen, los que a su vez están en correspondencia con los planos o mundos del Arbol de la Vida.

Este septenario, que multiplicado por sí mismo y con la suma de la unidad conforma el número 50, tendría que ver tanto con la síntesis de los días de la Creación, y la arquitectura simbólica que las fases del tiempo describen, como con el conjunto de los seres que constituyen el septenario de la Construcción universal, la Cosmogonía, sintetizados en el conocimiento de Adán, en el propio Adán, que los conoce como posibilidades de sí mismo, pues él es también la expresión de los aspectos divinos, las 10 sephiroth del Arbol de la Vida en relación con el centro del cuaternario creacional, 4 + 1 = 5, por lo que podía ponerles sus nombres, es decir conocía su esencia, por la síntesis primigenia en la que el propio Adán, como hombre primordial, vive en ese estado.

En la tradición hindú nombre y forma (namâ-rupâ) caracterizan a todo ser manifestado, el nombre es su número, su esencia característica y su forma equivale a la letra o signo, en correspondencia con los dos hemisferios del Huevo del Mundo, las Aguas Superiores y las Inferiores que se encuentran en el centro.

El número es un concepto de relación que en realidad simboliza a los principios supraindividuales, es decir lo que en el Arbol de la Vida es la primera manifestación de las sephiroth o Numeraciones (siendo ellas los arquetipos de la distinción de los seres) que corresponde, a través de la regencia del Sol y desde este punto de vista que estamos considerando, al Plano de la Creación (Beriyah) análogo a la Manifestación Informal, a la que se toma a veces como incluida en la Inmanifestación, al considerarla como expresión directa de ella y no separada mediante las formas, (que es lo que caracteriza a los estados individuales). Es decir que si lo sensible del símbolo es el reflejo (invertido) de lo inteligible, lo inteligible no es el “reflejo” de lo suprainteligible, así como por otro lado el extremo superior del alma (informal) se une con el espíritu, o que el “intelecto” se transpone al espíritu mismo. Guénon se refiere en diferentes partes de su obra de estas dos distintas maneras a la manifestación informal, como parte de la manifestación o como incluida en la inmanifestación.14[14]

Por su parte, la gramática, -de grammata, signo- correspondería a la forma en tanto que recipiente de la esencia y efectivamente la Luna se encuentra propiamente en el Plano de las Formaciones.

En un sentido todo el trivium (gramática, lógica, retórica) se podría asimilar a la ciencia de las letras y el cuadrivium (aritmética, música, geometría, astronomía) a la de los números, contando asimismo que la astrología las reúne a todas, en tanto que ciencia de los ciclos por la transposición de los números, la unidad y sus desarrollos, al tiempo y espacio originales o primordiales (la matemática, el cuadrivium, las leyes del cosmos) y en tanto que ciencia de los ritmos por la distinción y armonía de los planos de la manifestación (la música), o sea a la expresión del número en el cosmos gobernada por la luz inteligible (Sol). La palabra, y el sonido y el silencio que la hacen posible, serían la expresión de las armonías de las esferas planetarias, armonías musicales expresadas asimismo en el lenguaje humano, que procede de un modelo del mundo y lo recrea, pues es el vehículo simbólico de las concepciones que le dieron origen.15[15]

Por otra parte, como las letras simbolizan la manifestación formal de los seres,16[16] la “ciencia de las letras” en su sentido más amplio -incluyendo al número- conforma, en correspondencia con la “astrología como ciencia cosmológica”, la ciencia de la alquimia, siendo “en su sentido profundo” una con esta, expresando “ambas bajo apariencias muy diferentes el proceso mismo de la iniciación”.17[17]

El paso de un modo de conocimiento a otro es un grado obtenido en el conocimiento de la Unidad y en la realización de la Identidad universal.

Sol y Luna también corresponden en la Tradición hindú a los dos “ojos” del “Hombre universal” como macrocosmos (Vaishwânara). En la Cábala tienen sus principios en el “Sol de Soles” y la “Luna de Lunas”, correspondientes a la Sabiduría (Hokhmah) y la Inteligencia (Binah).

En ambos casos se da asimismo una analogía con el ojo derecho y el ojo izquierdo del microcosmos. La unión de esos dos aspectos en el ser humano, corresponde a la recuperación del “sentido de eternidad” y a la plenitud de la posibilidad humana en lo que se refiere al estado primordial o adánico, simbolizada tanto por la apertura del chakra âjnâ como por la unión en el microcosmos de Hokhmah y Binah. El chakra sahasrâra (el “Loto de los Mil pétalos”) es análogo a Kether (Corona) y el paso del estado anterior a éste se refiere a la realización de los “grandes misterios”.

En general, los puntos del “Pilar del Medio” del Arbol de la Vida cabalístico donde se unen las Sephiroth que conforman las columnas de la Gracia y del Rigor, en su correspondencia en el microcosmos humano, corresponden precisamente a la situación de los chakras (“ruedas”) de la Tradición hindú.18[18]

Solo hay una interversión en las correspondencias de los dos últimos. El chakra mûlâdhâra, el cual está referido a Prakriti como “raíz” (Mûla) o “fundamento” de la Manifestación, no corresponde a la región de los genitales como en la cábala (Yesod) sino a la base de la columna vertebral. Se puede observar que la diferencia corresponde también a la posición en que se representa al hombre. En la primera es un hombre sentado en la posición del “loto” y en la segunda está de pie.19[19] En cualquier caso el “despertar” del conocimiento, simbolizado por el ascenso de la serpiente Kundalinî, se produce simbólicamente en el corazón, y hasta allí hay que atravesar los laberintos o cumplir la peregrinación, ligada con la transmutación alquímica, simbolizada por el laberinto intestinal y en general por las regiones a las que corresponden los chakras inferiores. Para atravesar ese laberinto, las escrituras sagradas fundamentan el camino pues ellas permanecen mientras el iniciado se transforma, lo que coincide con otras lecturas de la realidad, hasta que pueda “leer” directamente en el “Libro de la Vida”, mientras al comienzo sólo “deletreaba”, lo que en su plenitud coincide con la terminación de la “obra al blanco” cuando se dice ya pueden “quemarse” los libros alquímicos, mientras que la perfección de la “obra al rojo” se refiere a la “unión con Aquél que escribe en el Libro de la Vida”,20[20] simbólica ésta susceptible de una transposición a la realización de los “grandes misterios”.21[21]

Así es que se dice que la montaña polar toca la esfera de la Luna, en cuyo caso esta está tomada como significando el primer cielo.22[22]

En la Cábala hebrea la luna es la correspondencia planetaria de Yesod, que significa Fundamento, al que se identifica con al acto divino permanente, creador, revelador y redentor.

De este modo los textos revelados fundamentan el Conocimiento en tanto que vehiculan la inspiración que les dio origen, posibilitando y aun generando el conocimiento del Mundo o Libro de la Creación por el despertar en el corazón, de las energías análogas a las que lo conforman.

Desde otro punto de vista el código de Manú constituye asimismo el ordenamiento de una sociedad tradicional y el de las posibilidades individuales en relación con ella, como expresión de los Principios y adecuación a la naturaleza, el que asegura que cada cual pueda encontrar el grado de libertad necesario y el ordenamiento que apoye hasta donde sea posible las posibilidades de realización que lleva en sí.

La tradición entera vivida por un pueblo es así el discurso prototípico en el que se recrea permanentemente el teatro sagrado, y en esa escenografía está presente la gramática “por su construcción”, la lógica o dialéctica por la transparencia de su sentido, la retórica por el “orden” de su conjunto, la música “por el número de sus partes”,23[23] la aritmética por el equilibrio de sus relaciones, la geometría por su imagen del mundo, la astrología en su calendario, habiendo de ser todo su conjunto una imagen del arquetipo celeste.

Desde otro punto de vista, al Plano de las Formaciones (Yetsirah) corresponden en el Tarot las Copas, observando que hay 10 cartas numeradas del 1 al 10, en cada palo o “color”. El Graal, -símbolo de la Tradición Primordial, y de su conocimiento- es a la vez un libro y un vaso, Gradale y Grasale, tallado por los ángeles, o estados superiores (Manifestación Informal), en cuyo “exterior” está grabada la Tradición. Esa copa es depositaria del licor de inmortalidad (Solar), la sangre espiritual del que reúne en sí las dos naturalezas divina y humana, licor o alimento que se refiere al estado de Hombre Verdadero.

“Los cielos y la tierra narran la Gloria de Dios”, dice el Libro sagrado. Gloria es el nombre de la sefirah Hod, a la que corresponde Hermes entre los Dioses y Mercurio entre los planetas y conviene aquí hacer la referencia de que cada aspecto se refiere a un plano que constituye su propio ámbito. El primero y más elevado es el plano de Atziluth, propio de las sefiroth en sí pues ellas son aspectos o nombres del “Uno sin segundo” y corresponden verdaderamente al misterio de la inmanifestación del Ser, a la Unidad trascendente. Los estados superiores del ser, en tanto que manifestación informal son los Dioses intermediarios, que corresponden al plano de Beriyah como potencias creativas, actuantes e intermediarias los que constituyen la comunicación entre la inmanifestación y la manifestación. Es cierto a su vez que hay un Arbol en cada sefirah y asimismo un Arbol en cada plano o mundo, correspondiéndose entre sí, pues sólo desde punto de vista formal aparecen como separados.

Dante coloca en el cielo de la Luna, a aquellos que habían roto el voto de castidad y después se habían arrepentido, lo que puede observarse como la huella del tiempo en la memoria. También en el último círculo del Purgatorio se purga o rectifica la lujuria o concupiscencia, como uno de los males de amor malentendido que corresponden a los tres círculos superiores de esta Montaña.24[24] Esto último traduce la presencia de un apego a lo formal que vincula a una memoria de la existencia individual, lo que es rectificado por el paso por el fuego y posteriormente la inmersión y bebida en las aguas del Leteo-Eunoe, que borra el recuerdo de la existencia anterior, relacionada aquella con el paso efectivo más allá de la “corriente de las formas”. Aquellos están del lado del cielo, o sea bajo el compás celeste, por lo que conocen la unidad, estando presente sin embargo la “opacidad” de la sustancia que tiene que ver con un elemento de pasividad.

En las representaciones simbólicas de la Gloria el nombre divino (Tetragramma, origen de los cuatro mundos) aparece más allá de los círculos de nubes que simbolizan las aguas superiores, las que se abren como la parte superior del Anima Mundi para dejar pasar el rayo o fuego espiritual. Esta ordenación jerárquica es el símbolo de las verdaderas causas y efectos, si así pudiera decirse, imágenes de la Causa primera, las que van de lo universal a lo particular y remontan de lo particular a lo universal trazando una escala (analogía) o mejor, configurando una manifestación iluminada por su principio trascendente, lo que se expresa en su propia jerarquía. Análogamente, las ciencias tradicionales, de las que la lógica podría ser el prototipo, son las aplicaciones de la doctrina espiritual a los diversos órdenes de realidad. Las leyes de las ciencias, nos dice René Guénon, así como las reglas de las artes son aplicaciones de los principios metafísicos, también sus símbolos.

También nos dice que la lógica como modo de escritura no es sino un modo de expresión. Pero traspuesta aquí a la Escritura divina como vertical se referirá a la Palabra que se escribe en los distintos planos del Cosmos (“Orden”) y manifiesta su jerarquía y sus analogías que constituyen el mensaje universal de la Inteligencia. Análogamente en retorno las Artes y las Ciencias se unen en la común naturaleza del símbolo, configurando de por sí una didáctica que lleva al éter como ámbito celeste, el cual se halla en lo más oculto de la caverna del corazón, habitado en forma pura, no compuesta, o directa, por el intelecto.25[25]

Ahora, como ciencias analíticas, nos habla René Guénon de que entre las distintas ramas cosmológicas de la tradición hindú se halla el Vaishêshika que se refiere al conocimiento de las cosas en modo distintivo e individual, por lo que considera los elementos y las condiciones de esa existencia, en tanto que es percibida por los sentidos humanos, y desde un punto de vista substancial, o sea un grado de lectura del símbolo. Nos dice que para saber lo que son verdaderamente estos elementos, este punto de vista ha de completarse con el del Shankya, que es sintético y considera a la manifestación íntegra, comprendida entre Purusha y Prakriti, inmanifestados y unidos más allá de ella. Siendo Purusha “no actuante” y el que inspira o produce por esa “acción” todas las producciones de Prakriti que constituyen la construcción universal, en la cual él aparece al mismo tiempo como el último “producido” por Prakriti, lo que nos remite asimismo al artículo “El Verbo y el símbolo”26[26] donde se habla de la Encarnación que corona “la Creación por la que, el Intelecto divino, que es el ‘lugar de los posibles’, se manifiesta y se expresa, con relación a nosotros”; …”Encarnación que podría verse ‘prefigurada’ por la ‘incorporación’ simbólica de la tradición ‘no humana’, de la Revelación primordial, obra del Verbo como la Creación” que “se incorpora también, por así decirlo, en símbolos que se han transmitido de edad en edad desde los orígenes de la humanidad; y este proceso es además análogo, en su orden, al de la creación misma”. Prototipo entonces de la cosmogonía, tanto referida al macrocosmos, al final de ciclo y a la manifestación de una “nueva tierra y un nuevo cielo”, como al microcosmos, siendo asimismo el prototipo del proceso iniciático, que “reproduce el proceso cosmogónico en todas sus partes”.27[27]

Así que las ciencias sagradas tienen como objeto esencial la transmutación y la encarnación del conocimiento, sea para sí o para otros en el contexto de la Creación y son una forma del descenso divino que hace de la manifestación una hierofanía, sea directamente o por el intermedio de los mensajeros que despiertan y enseñan a los hombres vivificando en ellos el recuerdo intemporal de los Orígenes.

Aquellas ciencias, que también son una expresión del Arte, proyectan la luz sobre las cosas para remitirlas a sus principios doctrinales, espirituales. Una muestra de lo que son las ciencias sagradas nos la da Guénon en la angeología del esoterismo islámico.

El octógono es la figura intermediaria entre el círculo que corresponde al cielo -cúpula o bóveda- y el cuadrado de la tierra, así la ciencia de las analogías que establece las correspondencias entre el cielo y la tierra y esta función es en lo celeste la de los ocho ángeles que sostienen el trono divino que rodea los mundos (ya se sabe que ángeles quiere decir enviados o mensajeros). Los nombres de estos ángeles, que están formados en su conjunto con la totalidad de las letras del alfabeto (28, siendo antes 22 como en el hebreo)28[28] corresponden a los puntos cardinales y los intermedios. Este es por otra parte un símbolo análogo a la Rosa Mundi o Rota Mundi de los Rosacruces,29[29] aunque éste se halla referido más bien al mundo “intermediario” al hallarse figurada la Rosa Mundi por una rueda de ocho rayos correspondientes a los elementos y a las cualidades sensibles, así como también se vincula a la expresión “rosa de los vientos”, los que aparecen asimismo como mensajeros en los Libros Sagrados de ambas tradiciones. Pero no sólo eso sino que también nos habla Guénon de su correspondencia con la quirología (y asimismo nos explica determinadas operaciones con los números que corresponden a las letras ordenadas en los ocho radios y que muestran a los tres mundos contenidos en la repartición de los valores numéricos y a todos ellos en la unidad) y desde los dedos de la mano que están en correspondencia con las letras del nombre divino hasta las correspondencias con los signos zodiacales y los planetas, los cielos planetarios y los profetas que presiden a estos así como a las ciencias o artes correspondientes por las cualidades espirituales que encarnan; cielos, estrellas y elementos tienen su correspondencia en la mano del hombre, tanto con el individuo en particular como con el ser humano en general como estado del Ser universal. También que la mano izquierda se refiere a los caracteres que el ser humano trae consigo (innatos) y la derecha a los adquiridos, y más cosas que se encuentran en ese estudio que nos comunica Guénon, que hacen que, como todo símbolo de la totalidad, nos lleven más allá de los análisis particulares a la quietud y al asombro de la intuición de la unidad que sobrepasa el cosmos y a la configuración analógica contenida en la tabla de Hermes donde dice que “como arriba es abajo y como abajo es arriba, para hacer los milagros de una cosa Única”, aunque fuese en forma invertida, según lo manifiesta el símbolo aritmético de la unidad, y también la relación de lo “exterior” y lo “interior” “siempre comparable, a cualquier nivel que se sitúe, a la del mundo terrestre y el mundo celeste”.30[30] Con respecto a La Divina Comedia, en el cielo de Mercurio comprende Dante la causa de la Encarnación, pasión y muerte de Cristo, las cuales “abrieron las vías por tanto tiempo deseadas”.

En el cielo de Venus señalamos dos cosas: una cuando después de recibir lo que le es enseñado se le dice que “ahora sí puede ver de frente ante sí aquello a lo que antes daba la espalda”, lo que verdaderamente es el modelo de la conversión, entendida como identificación, como entrada en el espacio sagrado que el mensajero representa, en este caso la diosa (Genitrix)31[31] o la expresión del Arte en tanto que se transmuta o transforma en su contenido interior, y la otra cuando Beatriz, para explicarle por qué van así las cosas en el mundo le dice que en él se destina a las personas para lo que no han nacido, lo que tiene que ver con el cumplimiento del dharma (el swadharma en tanto que referido a la naturaleza individual),32[32] por el que debería el ser acceder al centro del septenario, poniendo por ejemplo de ello a “la espada y la mitra”, prototipo o primera diferenciación de las funciones o de un poder único en su esencia que es el que corresponde al estado anterior a la diferenciación de las castas y que se identifica al estado primordial; y refiriéndose con ello a lo temporal y lo espiritual, cuya unión es por otra parte, a cualquier nivel, la “victoria” para el ser, que pasa así a otras posibilidades de sí mismo.33[33] “Victoria” es efectivamente el nombre de la sefirah Netzah, a la que corresponde Venus.

Refiriéndose a la producción de los números, que proceden por distinción y por lo tanto por agregado de la unidad necesaria a los anteriores, nos dice Guénon que tras el Senario que corresponde a la Creación, se produce el Septenario al considerar a las cosas distintas a nosotros, las que “en esta misma medida se convierten en exteriores, y al mismo tiempo se convierten en distintas entre sí; aparecen entonces como revestidas de formas”, generándose la Formación como consecuencia inmediata de la Creación.

Nos dice también Guénon que en el cumplimiento del dharma la “virtud” no tiene otro sentido que el cumplimiento de lo que es conforme a la propia naturaleza.34[34] Por otra parte esto es lo que más se parece en esencia a la “no-acción” y así a la identificación con el modelo en el que se contempla el Orden y por lo mismo con el Rito del Arte.

Así también en la colectividad del conjunto de la sociedad tradicional el cumplimiento por cada cual de su “oficio” hace de ella una obra de teatro sagrado, que lo manifiesta, en el sentido de que lo revela. Lo que lleva una didáctica implícita, referida a la acción de los Dioses.

Entonces la vida de un pueblo tradicional, en el marco del cielo y la tierra, es el mayor mandala al que puede acceder un hombre puesto que es un mandala vivo y en cierto sentido no hay, en las condiciones del mundo sensible, más mandala que ese pues los vehículos simbólicos no son sino el intermediario para acceder al Mandala permanente de la Vida, en el cual las cosas se atraen, se conjugan y se separan, también se hablan de lo celeste y lo manifiestan.

[1] Ver por ejemplo Regine Pernoud, A la luz de la Edad Media, Granica, Barcelona 1983 y Pour en finir avec le Moyen Age, Ed. du Seuil, Paris.

[2] ¿Quiénes son los “griegos”?

[3] Ver caps. I, II y III de Oriente y Occidente: “Civilización y Progreso”, “La Superstición de la Ciencia”, “La Superstición de la Vida”.

[4] Ver entre otros, “Encuadres y laberintos”, “El Zodíaco y los puntos cardinales” y “Las puertas solsticiales”, caps. LXVI, XIII y XXXV de Símbolos Fundamentales de la Ciencia sagrada.

[5] Ver René Guénon, “A propos du grand Architect de l’Univers” en Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, T. II y “El Demiurgo” (Mélanges), publicado en el Nº 8 de la revista SYMBOLOS (Guatemala 1994).

[6] Cf. Mélanges: “Les Arts et leur conception traditionnelle”.

[7] Ver “El blanco y el negro”, cap. XLVII de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada.

[8] El hombre, la montaña y el árbol son análogos en tanto que expresiones simbólicas del Eje.

[9] Ver Sobre el esoterismo islámico y el Taoísmo, cap. VI.

[10] De theorein: contemplar.

[11] Ambas señalan asimismo su origen occidental por su nombre: ereb y eber designan el occidente, y proceden como las demás del fin de ciclo de la unión de una corriente procedente de la Tradición Primordial con una procedente de la Tradición Atlante, en analogía con el cuadrante del tiempo cíclico que corresponde al Kali-Yuga, cuyo origen se halla representado en la Tradición hindú como la heredera más directa de la Tradición Primordial. Cf. René Guénon: Formas tradicionales y ciclos cósmicos, cap. “Lugar de la Tradición Atlante en el Manvantara”.

[12] Todo está en la letra del símbolo, en la letra de las lenguas sagradas, nada hay que añadirle; y todas las lenguas participan directa o indirectamente del carácter sagrado; proceden de algún código y algo han de tener que ver con aquello que designan; pues fueron el vehículo de unas ideas y aun lejanamente participan de su Origen, sin quitar la intervención directa o indirecta de los representantes de la Tradición como una de sus adecuaciones, destinada a generar o vivificar la memoria olvidada; y así la obra de Dante y la lengua “vulgar”, la poesía provenzal que se reviste de símbolos y es heredera de los bardos y de los viajeros que vinculan Oriente y Occidente, la obra de Rabelais; la poesía y el “lenguaje cubierto” de los “Fieles de Amor” y de la Masonería, los escritos susceptibles de otras lecturas pues a ellas se refieren en el lenguaje aparentemente profano de la supuesta cotidianeidad; las vinculaciones tradicionales y los conceptos presentes como herencia o inserto del pensamiento y el símbolo unánimes, siempre presentes; el lenguaje inspirado, que lleva a otro tiempo o estado; todo es por sí mismo, lo que no quita sus diferencias, o su distinción. Fundidos y no confundidos, el principio de cualquier manifestación no es la manifestación misma. Es en la no-dualidad, que está más allá de la determinación -la del origen específico-, que se halla la identidad de cualquier cosa y la de todas las cosas, pues ella sobrepasa la necesidad del orden, que no es sino la grafía distintiva del Ser, el trazo o la huella inteligible de una Unidad que no se superpone a las cosas, sino que constituye otro grado de ellas mismas, de su conjunto y de cualquiera de ellas, inseparable de su nombre y su realidad, que en Ella es cuando verdaderamente son. No hay más Verbo que el Verbo, “por Quien han sido hechas todas las cosas”.

[13] Lo que la pone en relación, nos dice Guénon, con la revelación “angélica” y solar que se produce en el centro del estado humano. También nos dice que los “ángeles”, que corresponden en la teología a lo que en la metafísica son los estados superiores del ser, están simbolizados por los pájaros y que el entendimiento de su canto simboliza el conocimiento superior. El canto de los pájaros caracteriza diseños que traza en el presente, generando formas y espacios, lo que es propio de las ciencias del tiempo, como la danza, el canto, la música, que se refieren siempre a la percepción de, y en la simultaneidad. Las ciencias del ritmo son en definitiva una adecuación de las correspondencias entre los distintos planos de la realidad, a los que vinculan.

[14] Ver a este respecto “Espíritu e Intelecto”, en Mélanges. Gallimard, Paris. También puede recordarse que en cada plano o mundo del Arbol sephirótico, hay a su vez un Arbol, y que el Malkuth de “Atziluth” es a su vez el Kether de “Beriyah”.

[15] Nos dice René Guénon, que para saber verdaderamente lo que es una lengua sagrada hay que vivir en el entorno en donde se habla cotidianamente.

[16] Cf. el Sefer Yetsirah. (Ed. Obelisco, Barcelona).

[17] Ver “La Ciencia de las Letras”, Cap. VI de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, y “El lenguaje de los pájaros”, Cap. VII.

[18] Ver “Kundalinî Yoga”, cap. de Etudes sur l’Hindouisme.

[19] Esto también nos explica quizá algo de ambas tradiciones: por un lado, desde el punto de vista hindú, el hombre vive ya en una tierra sagrada, y eso tiene que ver con la herencia de la tradición hindú, directa de la tradición primordial, el Mundo es ya sagrado y significativo. El pueblo hebreo se considera en exilio y debe acceder al lugar sagrado donde se verticaliza, donde se abre la escala que tiene que ver con los estados superiores, como está ejemplificado en la historia de Jacob (también se dice que aquella piedra -vinculada con el Lûz de inmortalidad- fué luego la piedra fundamental del Templo). Son también dos perspectivas que pueden coexistir y que ligan con la idea de la peregrinación. Nos dice Guénon que la peregrinación a los centros simbólicos no sólo es algo que tiene que ver con la tierra, sino con la proyección de ciertas estrellas, como se hace evidente en la peregrinación a Compostela. Es decir, no sólo ocurre en la Tierra sino que está ocurriendo en los Cielos, entendidos como la parte superior del mundo intermediario. Para la Tradición hindú, como para la hebrea y otras, hay siete “tierras” (en la primera, “islas” o “continentes”), y aunque una es manifestada sensiblemente, las otras seis coexisten, en el mundo sutil. Como también la peregrinación al centro tiene que ver con el “paso” por el mundo intermediario -y a Santiago se lo relaciona con las ciencias de la cosmogonía y las ciencias intermediarias- el acceso al Centro implica un recorrido análogo por esos mundos o lecturas del mundo que están simbolizados por las distintas tierras en el plano sutil. Ellas están emparentadas con el Mêru, la montaña polar, que tiene seis caras (ligadas evidentemente con las direcciones del espacio) y correspondiendo si así puede decirse, una séptima a su propio vértice. En todo caso la montaña pertenece a la Tierra, y su ascenso, como el del Monte del Purgatorio por Dante, es una purificación alquímica, o mejor una conjunción pues ya se ha visto tras la salida del Infierno (inferiora o interiora terrae) las cuatro estrellas, la que se cumple con el auxilio de la Tradición, personificada en Virgilio.

[20] En el simbolismo masónico, el Maestro es aquél que “es capaz no solamente de ‘leer’ sino también de escribir el ‘Libro de Vida’, es decir, de cooperar conscientemente en la realización del Plan del ‘Gran Arquitecto del Universo’ ” (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Cap. VI: “La ciencia de las letras”).

[21] Ver La Gran Tríada, Cap. XVIII: “Hombre Verdadero y Hombre Trascendente”.

[22] Ver El hombre y su devenir según el Vêdânta, Cap. XXI: “El ‘viaje divino’ del ser en vías de liberación”. La “esfera de la Luna” es precisamente el “medio donde se elaboran las formas” es decir que es atravesándola que puede accederse al plano informal, es en ese sentido que es “Janua Caeli” y “Janua Inferni”, Diana y Hécate, en el primero da entrada a un estadio otro, en el segundo el ser vuelve a la manifestación individual.

[23] Ver El esoterismo de Dante, Cap. I: “Sentido aparente y sentido oculto”.

[24] La cual se dice “fué formada por la tierra despedida del agujero (Infierno = estados inferiores a lo propiamente humano) que causó Lucifer en su caída”.

[25] Ver “El Eter en el corazón”, Cap. LXXIV de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada.

[26] “El Verbo y el símbolo”, Cap. II de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada.

[27] Más allá de la voluntad del que se supone a sí mismo, la realidad es inmediata y ocurre a su pesar, y en todo caso es el reconocimiento de su propia ignorancia y de los límites del su conocimiento individual lo que genera un vacío (yin) a partir del cual el conocimiento, o la “vía”, es posible y por tanto ya actuante. Así, la multiplicidad se suspende en otra dimensión del tiempo que absorbe el espacio regenerándolo y en ese comienzo de contemplación efectiva, en el que él mismo es un símbolo, ante una virginidad de todas las formas (la forma caracteriza todo estado individual por la determinación de una “dirección”, aunque no sea de los que están sometidos a la condición del espacio) nace la geometría y la música y el comienzo de la Astrología o lo que sus expresiones simbolizan. Las primeras son ciencias del número y podría vincularse a la geometría con la visión y a la música con la audición sino fuera porque ambas se compenetran, en tanto que manifestación de los númenes que generan sus modelos y habitan lo intemporal, (lo que corresponde a la manifestación informal o no-formal), coetánea con el presente y distinta a la suma de sus producciones que ya no pueden presuponerse y menos ser observadas como alegoría. Los estados supraindividuales del ser son propiamente los Dioses o las manifestaciones celestes de la Unidad suprema, el “Uno sin segundo”, la “Gran Unidad” que está más allá del Cielo y se identifica con el “Tao sin nombre”, que conjuntamente a la manifestación no sólo “han creado” sino que crean al hombre, pues el dominio de la Creación o Poiesis es en sí mismo el de lo atemporal como imagen de lo eterno, y esa atemporalidad incluye lo temporal e histórico pues en ella está incluida lo sutil y lo grosero, o sea el alma inferior y lo corporal que constituyen la individualidad. Eso mismo nos da los diferentes planos de lectura que corresponden tanto a la determinación de los mundos con respecto a la individualidad humana que encara el “retorno” al Principio, como los estados del ser que corresponden a ese conocimiento (o niveles de conocimiento en tanto que éste es identidad), todos ellos relativos con respecto al conocimiento supremo, pero no dejando por ello de constituir fases prototípicas y análogas a la creación de los mundos, e implicando una jerarquía que es la del propio Eje en tanto que principio de los indefinidos estados de existencia por parte de cada uno de sus puntos, los que se reflejan en las modalidades de un estado cualquiera, un ciclo no cerrado cuya representación está ligada con la espiral y por lo tanto con la escala en la que se reflejan los demás estados del ser (superiores e inferiores con respecto a él).

[28] Según el Sefer Yetsirah (el “Libro de la Formación” de la tradición cabalista) las 22 letras se dividen en 3 letras “madres”, 7 “dobles” y 12 “simples”. También corresponde al número de años que se dice viajó Pitágoras, entre otros lugares por Egipto; es también el número de los Arcanos Mayores del Tarot. Con respecto a su presencia en La Divina Comedia y después de recoger algunas correspondencias señaladas en un comentario de R. Benini, numéricas, geométricas y astronómicas, dice Guénon que le parece lo más importante el que sea derivado de 11 (número formado por la suma de 5 y 6, los que corresponden a “la unión central del Cielo y la Tierra”). Ver “Números celestes y números terrestres” Cap. VIII de La Gran Tríada, y “Los números simbólicos”, Cap. VII de El esoterismo de Dante.

[29] Ver “El Octógono”, Cap. XLII de Símbolos Fundamentales.

[30] Ibid.

[31] La Balanza puede verse también como un símbolo del equilibrio de las seis direcciones del espacio en el centro, imagen del Centro celeste o supremo. La Balanza zodiacal, que se refiere al tiempo, y al equinoccio, era antes polar, en otra fase cíclica o estado cualitativo del mundo humano y cósmico. También los Adityas (arquetipos de los signos zodiacales) eran antes 7, y su jefe era Varuna (idéntico a Ouranos -Cielo-).

[32] Dharma y dhruva (polo) tienen la misma raíz, que se refiere a la idea de estabilidad, y está vinculada al aspecto substancial, la Tierra como principio, hylé o materia prima.

[33] “Ciencias” y “virtudes” se unen a cada nivel en el eje invisible de la Escala doble de Kadosh, grado 30 de la Masonería escocesa. Ver El esoterismo de Dante, Capítulo II: “La Fede Santa”. Esta escala es de dos montantes. Dicho grado es el “nec plus ultra” en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, como final de la realización ascendente, los grados siguientes, hasta el 33, se refieren a la realización “descendente”.

[34] También, conviene recordar que “todo metal llegado a su propia perfección, es oro”.

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Entrevista a Christian Jacq

Posted by cosmoxenus en 12 marzo 2006

“Los guías de Egipto son mis principales fans. Usan mis libros para llevar a los turistas porque ellos mismos desconocen su historia”

por Elena Pita

Es francés de París, pero su patria espiritual es Egipto; también su pasión y su código moral. Jacq viene con una nueva serie dedicada a la reina Ahotep. “El imperio de las tinieblas” es una historia de modernidad y feminismo en la antigua civilización del Nilo.

Christian Jacq. Doctorado en Egiptología, empezó pronto a escribir ensayos. Sin embargo, la fama le llegó con la novela histórica. Hoy, a sus 55 años, es uno de los 15 escritores que más vende en el mundo. Los derechos de todas sus obras están en manos de grandes productoras de cine.

Es un hombre afable y asequible, de ojos diminutos y risueños, una risa infantil, la suya o la risa de “un pequeño buen hombre”, como él dice de sí mismo; porque, a ver, “¿a quién le interesa la vida de un escritor a vueltas con su bolígrafo?”. Un escritor que vende sus obras a razón de ii millones (Ramsés) o cinco millones de ejemplares (La piedra de luz), que ha sido traducido a 24 lenguas y que nada tiene en común con la imagen de un best-seller, aunque figure entre los i5 autores más vendidos del mundo. Estamos almorzando ante una botella de vino tinto catalán, vino que él prefiere al blanco seco que le han ofrecido; y con el vino, la conversación va rodando, cada vez más ligera. De pronto nos dice: “Os voy a hacer trabajar un poquito” (glups, con lo bueno que estaba el bacalao). “¿Sabéis cómo construí la escena de la última batalla?”. Pues no. “Bien, os lo contaré”.

Christian Jacq no se inventa la Historia, así pues, visitó en el museo de El Cairo la momia del personaje muerto en la refriega, apuntó con precisión las heridas del cuerpo y consultó después con un forense cuáles eran mortales y cuáles no, cuáles habían ocurrido primero y cuáles después… Así, hasta reconstruir paso a paso el enfrentamiento, como en una especie de cómic o story board. “¿Qué os parece?”, nos pregunta. Increíble. “Y a ver, prosigue, ¿recordáis un pasaje donde se dice que el escriba trabajaba de noche…?, ¿y os habéis preguntado cómo era eso posible sin electricidad?”. Él, que había leído tal referencia en un documento histórico, sí se lo preguntó. Y tardó seis meses en averiguarlo: los egipcios de i600 a.C. hacían luz con aceite de ricino, una luz maravillosa. Y en fin, así escribe su historia el pequeño escritor.

Pero es algo más que un escritor de novela histórica sobre el Antiguo Egipto. Jacq, egiptólogo por la Sorbona, ha construido a través de sus estudios una filosofía del mundo: los hombres somos desiguales por naturaleza y las clases no deben luchar, sino colaborar bajo la batuta de un buen faraón que reconcilie las diferencias. Además, tiene una sabia teoría sobre la muerte y una moderna idea sobre las mujeres, y desprecia el valor absoluto de la economía: todo ello traído del Egipto anterior a Cristo. Acaba de publicar la primera parte de una trilogía basada en la reina Ahotep: El imperio de las tinieblas (Ed. Planeta). La novela nos acerca a un mundo donde la religión representa a la gente de bien, y el comercio, a los enemigos. Justo al contrario de lo que hoy sería el pensamiento correcto: la religión causa guerras y la economía de Occidente es la bondad del futuro. ¿Vivimos en un mundo al revés? “Sí. El mundo se ha dado la vuelta sobre sí mismo. El hombre necesita la economía para comer; pero es que ya no entiende que necesita aunar más cosas, amar, pensar, creer… Y hoy, cada cosa anda por su lado, y ante todo, el negocio es el negocio. El que no tiene trabajo está muerto. Creo que nunca la Humanidad ha estado en peor situación espiritual”.

Pongámonos en la actualidad. Una crisis económica precede a una gran convulsión internacional: dólares contra terrorismo masivo, dólares para la guerra. Le pregunto, ¿cree usted que lo peor ha pasado o está aún por llegar? Y él, que no duda. “Está por venir, porque no hemos tomado conciencia del verdadero problema: que en este mundo no hay nada más allá de la economía, ¿quién cree ya en la política? Existe una especie de pensamiento único y una inercia a creer que no se puede hacer nada por cambiar el estado de cosas. Lo contrario de lo que ocurría en el Egipto del que yo hablo”.

Es pesimista y optimista al tiempo. Pesimista porque la elite intelectual es débil y optimista cuando piensa en la gente corriente. Confía en la voluntad y la forma de ser de los comunes, pero “¿cómo podremos llegar a una armonía entre el pueblo y una elite real y efectiva, fundamentada sobre el corazón y la inteligencia, no sobre el dinero? Éste es el problema. Pero yo soy sólo un escritor”, un pequeño escritor. Comprometido con el mundo, por cierto.

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P.Dice de sí mismo que es francés por azar, nació en París en i947, pero que su espíritu es egipcio y que la primera vez que visitó el país supo que estaba en casa. ¿Acaso cree en la resurrección, como ellos?

R.No, no creo que haya una reencarnación, que yo me vaya a convertir en un gato ni cosa por el estilo, pero sí creo que existe una energía que no muere. Los egipcios dicen que en el fondo no hay más que un solo faraón, con diferentes nombres y encarnaciones, pero que es siempre el mismo: la misma energía.

P. Así pues, usted fue egipcio en su vida anterior, ¿no es así?

R. No, yo simplemente estoy en armonía con este país. Son cosas que le pasan a todo el mundo, que llegas a un sitio e inmediatamente te sientes como en casa, o que encuentras a una persona por primera vez y es como si la conocieras de siempre: es curioso. Y a mí con Egipto me ocurrió eso: es mi patria espiritual, amo su clima, su aire, su luz, su perfume, su calor. Yo funciono así, ¿es eso la reencarnación o la resurrección?, yo le llamo armonía.

P. También dice que Egipto le utiliza como un médium, que se siente impulsado a estudiarlo y darlo a conocer, ¿entonces sí cree en la fuerza del destino?

R. Sí, en eso sí creo. Este libro, de hecho, versa sobre la fuerza del destino, ¿por qué ella, Ahotep? Pues porque ha sido elegida. En el fondo, mi éxito literario comenzó de igual manera. Hace falta saber cuál es el destino de uno e ir a su encuentro, porque si te apartas de él, todo se acaba. Así pues, yo he sido elegido como un medio, como un intermediario, nada especial: soy un pequeño buen hombre que está habitado por Egipto, que lleva 40 años estudiando y trabajando sobre Egipto y que consigue que la gente se interese por él. Lo que sí es extraordinario es que, mientras los egipcios están muertos y en su tierra habitan los musulmanes, Egipto nunca ha estado tan vivo, porque mis libros se traducen y se leen en todas las lenguas del mundo. Luego Egipto se sirve de mí, yo no soy la estrella, la estrella es Egipto. Y esto no es vanidad ni locura; digo las cosas como son.

P. En su nueva novela, una princesa se enamora de un campesino y le hace faraón, ¿así fue la historia o esto es pura literatura?

R. Las dos cosas. No tengo la prueba de que Seqen fuera un campesino, pero sé que no pertenecía a ninguna familia real. Y también sé que muchos reyes se casaron con mujeres plebeyas y al revés, esto en Egipto no tiene ninguna importancia.

P. ¿Así de tolerantes eran?

R. Exactamente. No había clases sociales, en absoluto.

P. ¿Y las mujeres eran tan libres como usted las pinta?

R. Absolutamente, eso es un hecho histórico. Las mujeres trabajan como el hombre, son propietarias, se casan con quien quieren y dejan su herencia también a quien quieren; es decir, lo que hoy no ocurre. En este sentido, la sociedad egipcia es extraordinariamente moderna. Por ejemplo, en Francia todavía no hemos tenido nunca una mujer presidenta, lo que me parece escandaloso, en cambio en el Antiguo Egipto hubo muchas reinas. Como tampoco hay mujeres papas ni ulemas ni ninguna otra cabeza de religión, en cambio en Egipto hay grandes sacerdotisas en todos los templos. Egipto es un modelo para el futuro: sus mujeres son inteligentes y espiritualmente superiores, no son inferiores en nada. Y esto, que hoy en día tanto se dice, ni se piensa ni se cree ni se actúa en consecuencia.

P. Un profano podría confundir el Antiguo Egipto con cualquier antiguo régimen: despótico, autárquico y jerárquico. Pero usted insiste en sus principios de solidaridad, ¿en qué se basa?

R. En los textos y en lo que ha pasado en la realidad. Sí, es verdad que frecuentemente al faraón se le achaca la imagen de tirano y rey absoluto, sin embargo, no es así. Mira, el faraón no puede de ningún modo intervenir en la Justicia, él mismo es garante y está sometido a ella, de igual modo que cualquier campesino puede acceder al primer ministro para pedir que se haga justicia con él. Por otro lado, la regla del faraón dice que hace falta proteger a los débiles de los fuertes.

Lo que para mí es extraordinario es que Egipto no cree en las utopías: no cree en la igualdad entre los hombres. Yo tampoco lo creo, si tú naces con una enfermedad crónica nunca serás igual que un hombre en plena forma, ni los hombres con suerte son iguales a los que no la tienen, hay gente guapa y gente fea, y gente muy rica y otra menos rica. Y hay que aceptar esto porque si no uno cae en la utopía, como el marxismo o el ultraliberalismo.

Bien, está claro que la realidad es desigual y el papel del faraón es corregir la desigualdad que es la vida misma, ayudar a los que pueden menos y pedir la colaboración de los que sí pueden. La envidia y los celos, que corroen al hombre, están prohibidos en Egipto. La lucha de clases nos carcome, la admiración y la colaboración entre los hombres es esencial, así como entre las comunidades, siendo cada una un ente en sí misma, pero gobernadas todas ellas por un mismo jefe de gobierno. El gran drama de Francia, por ejemplo, es que no tiene autonomías, no existe nada más allá de París.

P. Tolerancia, solidaridad y conocimiento de la muerte, no sé qué más podría desear hoy Occidente. ¿Usted tiene ya resuelto el problema de aprender a morir?

R. Sí, porque ya me sucedió.

P. ¿Cómo?

R. Pues fue en Creta, mi mujer y yo estábamos bañándonos tan tranquilos cerca de una playa, fuimos alejándonos y resulta que llegamos a un lugar que al parecer es muy peligroso por las corrientes que lo cruzan. Efectivamente, la corriente empezó a arrastrarme y yo luché, pero llegó un momento en que me dejé ir. Entonces, como por milagro, apareció una enorme ola que me envolvió y me depositó en la playa, más muerto que vivo, cuando yo ya me había dicho a mí mismo, bien, ha llegado la hora.

P. Bien, ¿y ahora que la conoce más, cómo la afronta?

R. Bueno, la muerte física no me parece grave. Cuando uno muere su espíritu se dispersa, entonces hace falta que se reconstituya, y para ello existe un juicio, donde Maat, que es la Justicia, va a calibrar el peso de tu corazón. Si uno ha llenado su corazón de tan malas acciones que el equilibrio de la balanza resulta imposible, entonces te llega la segunda muerte. Pero si el corazón es ligero, si uno ha sido una persona de bien y alcanza el equilibrio, sus partes se reconstituyen y el espíritu vivirá para siempre en la luz. Y ésta es la vida después de la muerte, donde la energía se reencarna en miles de seres y formas. Yo espero la muerte en calma, confío en no haber hecho demasiado mal.

P. Señor Jacq, ¿cómo son sus relaciones con los egipcios?, ¿qué opinan ellos de su labor de divulgación de la Historia?

R. Mis relaciones son buenas, los guías turísticos son mis principales fans, utilizan mis libros para llevar a la gente, porque los mismos egipcios desconocen su historia y sus monumentos. Durante la Guerra del Golfo y los conflictos generados posteriormente a consecuencia del enfrentamiento Oriente- Occidente, yo aconsejaba a la gente que viajara a Egipto, para ayudar al país, que lo necesita.

P. ¿Usted se siente seguro allí?

R. Me da exactamente igual mi seguridad, ¿es que podría sucederme algo mejor que morir allí?

P. Dice que cuando está lejos de Egipto se siente melancólico, ¿con qué frecuencia lo visita?

R. Tres o cuatro veces por año, y cada vez me quedo el tiempo que necesito, dos semanas, tres, cuatro… Y cuando estoy lejos, para mí es como estar en el exilio.

P. Así que vive exiliado en la Provenza.

R. Es curioso pero ¿qué hace uno cuando está en el exilio?, pues normalmente trabajar para volver a su tierra. Y eso es exactamente lo que yo hago. Es una gracia del destino, quizá si viviera en Egipto no sería capaz de escribir.

P. Entonces, cuando usted está en su casa se dedica a trabajar todo el tiempo…

R. Sí, porque mi trabajo es una forma de sentirme cerca de Egipto.

P. … ¿En un estado de perpetua melancolía?

R. La melancolía es triste y yo creo que no soy un hombre triste, soy simplemente un creador. Pero la vida ha hecho que mi patria sea hablar de Egipto, como para un pianista su patria es la música de su piano, y espero que un día los dioses me permitan quedarme allí.

P. Todo sucedió a partir de un libro que usted leyó con 13 años (La Historia de la antigua civilización egipcia), pero entonces ya era un niño poeta, ¿no es así?

R. Sí, es verdad, era sobre todo un niño poeta, y un deportista, las dos cosas. Leía muchísimo y escribía poesía; entre los ocho y los i3 años leí una centena de libros, lo cual es importantísimo para un escritor.

P. Y a partir de esa lectura escribió usted ocho novelas, ¿ya sobre Egipto, sin conocerlo?

R. No, no, sobre asuntos muy románticos.

P. ¿Y qué ha sido de ellas?

R. Las he destruido; todas menos una.

P. ¿Y qué va a pasar con esa?

R. No lo sé, tal vez se la deje a mi hija para que la publique cuando yo me muera. La tengo guardada en un cajón y la releo a veces, no está mal, pero es tan…, muy romántica.

P. Luego se casó, con 17 años, y visitó Egipto en su luna de miel. Decidió estudiar Egiptología, hasta doctorarse en la Sorbona, y empezó a publicar ensayo.

R. Efectivamente, mi primera publicación fue un ensayo, y ya tenía escritas muchas novelas, pero eran muy malas, no se ha perdido nada por haberlas destruido.

P. ¿Fue duro esperar hasta los 40 años para ver reconocida su labor novelística?

R. No, no fue duro porque no lo esperaba. Trabajaba en los ensayos, era egiptólogo y además, editor; es decir, tenía tres empleos, así que dormía una media de dos horas por día. La verdad, no sé cómo no fallecí. La publicación y el éxito de mi primera novela llegaron como un milagro, y fue mi mujer quien lo dispuso todo: ahora sí que vas a escribir, me dijo, tú dejas todos tus trabajos y nos vamos de París, que no nos gusta nada. Y yo le decía que era muy difícil vivir de la literatura, pero ella, que nada, que te pongas a escribir y ya verás. Y tú sabes que muchísimos escritores tienen un éxito y luego ya desaparecen para siempre, así que yo tenía miedo. Pero como ella manda, hicimos lo que quería, y no se equivocó ¿verdad?

P. Pues no. Supongo que su éxito tiene mucho que ver con el auge de la novela histórica, ¿por qué se lee hoy tanto este tipo de literatura?, ¿no será porque es más fácil y más adecuada a la falta de tiempo y reflexión que padecemos?

R. No, yo creo que responde a una búsqueda de raíces. Uno puede escribir una novela hablando de sí mismo, vale, está bien, eres tú, sin embargo, ¿no crees que es un poco egoísta y limitado? Yo llamo novela histórica a aquella que se basa en las civilizaciones, en asuntos que son más amplios que el yo del autor. Un pianista interpreta a Bach de la misma manera que yo interpreto a Egipto, que es millones de veces mayor que yo. Los grandes autores, Shakespeare, Dante, Cervantes… no hablan de sí mismos, son intérpretes de algo que es superior a ellos. Porque ¿a quién le interesa la vida de un escritor? Mi vida, por ejemplo, carece de atractivo. Un escritor escribe de la misma manera que un pájaro canta, ¿y?

p. Y nos hace felices a los demás, ¿no?; o nos hace reflexionar.

R. Bueno, ¿y?

P. Y nada más. Jacq, tiene usted una forma muy visual de concebir la literatura, tanto que antes de escribir dibuja mapas, viñetas, jeroglíficos, ¿por qué no se da el proceso contrario?, ¿por qué sus libros no se han llevado aún a la pantalla?

R. Todos los derechos de mis libros están comprados por grandes productoras cinematográficas, y hay un gran proyecto para Ramsés, pero es tan caro… Porque no es una historia que se pueda escenificar fácilmente. Lucas se ha interesado por ella, pero es que yo quiero que sea una película tan ambiciosa como La guerra de las galaxias. Charlton Heston hacía de Ben Hur y bien, pero ¿tú te imaginas a Leonardo di Caprio haciendo de Ramsés? Pues yo, no.

P. Y dígame una cosa, ¿por qué ha elegido para esta novela, por primera vez, una protagonista femenina?, ¿ha sido algo intencionado o casual?

R. Las dos cosas. Me encanta escribir sobre las mujeres, y además se dio la coincidencia de que tenía en mi cabeza este personaje, una de las mujeres más hermosas de la Historia. Así que empecé a documentarme y descubrí un ser extraordinario. Hay muchas mujeres que me escriben y que me dicen que yo hablo muy bien del género femenino.

P. Doy fe de ello.

R. Bueno, es que mi mujer supervisa el trabajo, y como no hable bien de ellas… Imagínate

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Una Gran Logia en el Antiguo Egipto

Posted by cosmoxenus en 12 marzo 2006

Christian Jacq

En la tumba 218. que pertenece al adepto Amennakht, una escena curiosa nos relata uno de los episodios de la iniciación: se ve a un hombre cuyo cuerpo es de color negro. Es el símbolo de la sombra del sol, del individuo que no ha recibido aún la luz.

Mientras el constructor no ha sido iniciado, permanece en estado de “sombra”; por la comprensión del rito, penetrara en el corazón del sol y se convertirá en un «Hijo de la Luz», encargándose de propagarla entre sus hermanos v por el mundo.

Una intensa alegría se desprende de los ritos de la cofradía; diariamente, los iniciados hacen sacrificios a los dioses y rinden homenaje al rey vivo, al revés muerto y a todas las divinidades egipcias. Se comunican de un modo casi natural con lo sagrado, de donde obtienen la fuerza necesaria para la realización de sus tareas.

Una de las leyendas más apasionantes que nos reveló Deir el-Me-dineh se refiere al asesinato de un maestro llamado Neferhotep por un obrero que quería usurpar su cargo. El nombre del maestro está formado por dos palabras egipcias que significan «la perfección en la belleza» y «la paz, la plenitud». Simboliza, por consiguiente, el iniciado perfecto puesto en peligro por los ávidos y los envidiosos. Ahora bien, encontramos de nuevo el mito del maestro asesinado en el origen de uno de los grados masónicos más profundos, el de maestro masón.

Podríamos extendernos mucho sobre los ritos iniciáticos y la existencia cotidiana de la prodigiosa cofradía egipcia. Nos queda demasiado camino por recorrer hacia la masonería moderna para demorarnos más tiempo. Advirtamos, sin embargo, que una organización iniciática de constructores estaba perfectamente constituida catorce siglos antes de nuestra era. Sus leyes, su simbolismo, su moral alcanzan un alto grado de espiritualidad y, sobre
todo, esos hombres construyen su vida al construir el templo.
Divinizando la materia, divinizan al ser humano.

Perfectamente integrados en el imperio faraónico, son uno de los más hermosos florones de su sociedad y su mensaje artístico sigue hablando, directamente, a nuestro corazón y a nuestro espíritu. Es evidente que la cofradía, rigurosamente documentada a finales de la XVIII Dinastía, existía antes. Como han demostrado los trabajos egiptológicos, las pirámides no fueron construidas por esclavos; ya en la más antigua época, los constructores se habían constituido en sociedad y los egipcios del siglo II d.C. conservaban, aún, el admirado recuerdo del genial maestro de obras Imhotep, arquitecto, médico y alquimista.

Con los adeptos de Deir el-Medineh, estamos en el meollo de la expresión primitiva de la masonería. Es el primer apogeo de la época llamada «operativa», puesto que la obra del pensamiento se concretiza directamente en la obra de las manos. El hombre estaba completo, era armonioso; exponía sus ideas a la prueba de la materia y vivía en una comunidad iniciática donde la fraternidad no era una palabra vana.

Recordaremos esos datos fundamentales cuando hagamos un balance de la evolución de la masonería moderna. Los artesanos de Deir el-Medineh nos revelaron reglas de vida mucho más importantes que cualquier otra constitución administrativa.

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EL TEMPLO EGIPCIO : ritual y mito.

Posted by cosmoxenus en 12 marzo 2006

Por : Teresa Bedman González

Correo : bedman@telefonica.net
http://www.institutoestudiosantiguoegipto.com

Para los antiguos egipcios el templo era, sin duda, “la casa de los inmortales”, y en calidad de tal, tenía que ser indestructible.

El concepto de templo como “mansión del dios” o “dominio del dios” existirá a lo largo de todo el período faraónico.

Antecedentes “primitivos” de estos templos han sido encontrados en la zona de Hieracómpolis y El Kab, e imitaban las humildes chozas de los moradores del valle del Nilo. Más concretamente en la zona de El Kab se han localizado alguno de estos “templos”, que consistían en un establo en forma de barca de arcilla donde se guardaba el animal sagrado.

Pero los templos serán, sin duda, el gran patrimonio arquitectónico del Imperio Nuevo, ya que en los de períodos anteriores eran pequeños y exentos de grandiosidad. A partir de la XVIII Dinastía, se puede afirmar que se crea un tipo “clásico” de templo, como consecuencia del progresivo enriquecimiento y el aumento de poder que había adquirido el clero en el gobierno del país. La idea de un eterno vagar, quedó plasmada no solamente en la disposición interior del templo, sino también en la relación de un santuario con otro. En efecto, cada templo se encontraba relacionado con los demás y una complicada red de caminos sagrados los comunicaba entre sí.

Los rituales, los misterios divinos, sólo pudieron ser seguidos por los elegidos. El templo egipcio nunca fue concebido para albergar en él al pueblo. Este seguiría los cultos desde el Patio dispuesto detrás de los Pilonos por lo que el este pasó a representar el espacio sagrado que se abría a partir de él. A comienzos del Imperio Nuevo, los pilonos se convirtieron en los elementos más significativos de los grandes templos.

Aunque la palabra griega “pylon” significa puerta de entrada, en realidad el pilono cumplía una función de barrera, a modo de fortaleza del recinto sagrado, y son la representación monumental de una tradición que se remonta a los comienzos de Egipto: el anuncio de un santuario cerrado y sagrado. Este, con su perfil superior quebrado, nos muestra dos torres unidas por el espacio de entrada que simbolizan los acantilados que se extienden a cada lado del Nilo, encerrando al río, dador de vida. De igual manera representan la imagen de dos montañas que flanquean el disco solar.

Junto a los pilonos los Obeliscos conmemorativos rematados en pequeñas pirámides que, a modo de recordatorio, indicaban que en el espacio siguiente se accedía a la morada de un dios: A la relación terrestre con lo sagrado.

Esta misma presencia divina está representada también en los Mástiles con sus banderolas. Las estatuas colosales que encontramos adosadas en algunos de estos grandes templos serán la representación de los hijos vivientes del dios, por ejemplo en Karnak, son los mismos dioses los encargados de velar por el santuario. Para asegurar la inmunidad del templo, éste aparecía rodeado de un Muro

Pero esta protección material no era suficiente, se hacía necesaria entonces una protección espiritual, asegurada por distintos medios. En el templo de Horus en Edfú, por ejemplo, una larga lista grabada en su muro exterior nos relaciona sus propiedades asegurándose, de este modo, una especie de inmunidad jurídica, al tiempo que daba a conocer las posesiones de sus tierras sagradas.

La protección contra sus enemigos se aseguraba mágicamente por la inscripción de las hazañas del faraón, con sus cortejos de prisioneros, cada uno de los cuales representaba a un pueblo sometido para la gloria del dios. Desde el punto de vista iconográfico, esta escena se remonta a la 1 Dinastía, en la que aparece de un modo claro en la paleta de Narmer. Formaba parte de un rito de purificación realizado en el momento de entrar en el recinto sagrado. Cuando los faraones dejaron de ser los gloriosos conquistadores de los países de Asia o África copiaban cuidadosamente los listados de los pueblos vencidos por sus antepasados. Esta práctica se siguió realizando incluso bajo el dominio de los emperadores romanos.

Tras el pilono, un primer Patio conducía a la Sala Hipóstila en la que sólo podían entrar los elegidos. En aquellos casos en que el templo disponía de más de una Sala Hipóstila, la mayor proximidad a la capilla del dios suponía un mayor grado de jerarquía social.

El templo egipcio semeja un verdadero microcosmos. Es la densificación de la naturaleza terrestre y celeste. Desde el suelo de estas grandes Salas Hipóstilas, que en ciertos templos estaban recubiertos de plata cuya oxidación imitaba el color del limo negro del valle del Nilo, fértil y dador de vida, se elevaban bosques de columnas que ya desde un principio tenían forma de tallos florales con un claro simbolismo de la vegetación. Los restos de pintura azul encontrados en las bases de algunas de estas columnas nos permite imaginar que se trataba de una representación de la inundación, confirmándose este hecho por la decoración a pie de muro, de representaciones de papiros y otras plantas acuáticas, o con imágenes de genios de la fecundidad que representan al Nilo.

Estas columnas se alzaban hacia un techo que representaba la bóveda celeste, decorado con estrellas de oro sobre un fondo de color azul o con representaciones siderales, como en el templo de Déndera. En estos techos se pueden observar los esquemas míticos de los ciclos del sol, la luna y las constelaciones. El espacio de la pared entre el suelo y la cubierta se decoraba con escenas alusivas, relatándonos lo que ocurría entre los límites del cielo y la tierra y, sobre todo, lo referente a los ritos de la fundación del templo y la introducción del faraón entre los dioses.

El templo propiamente dicho no se reducía a las estancias ceremoniales. A partir de éstas, y en torno al eje central del templo se iban distribuyendo salas cada vez más grandiosas e iluminadas a medida que se alejaban del Santuario La Sala de la Barca comunicaba por un pequeño corredor con una pequeña sala hipóstila, o directamente con la gran sala hipóstila del templo. La construcción de estas salas fueron, después de las pirámides, uno de los mayores logros de la arquitectura egipcia: un verdadero bosque de altísimas columnas sostenían una cubierta arquitrabada que, por lo común, al ser más altas las dos filas centrales, se elevaba en la zona del eje, formando una especie de nave principal. Con esta elevación se lograba que, a través de celosías de piedra practicadas en el muro lateral, penetrase la luz, en cualquier caso escasa y difusa, lo que permitía que en esta semioscuridad se realizasen los rituales sagrados. Pero, a medida que la teología egipcia fue hermanán­dose cada vez más con los ritos solarizantes, fue aumentando la necesidad de los dioses de recibir directamente los rayos solares para asegurarse su misma existencia. Esto explica la construcción de capillas especiales en algunos templos, como Edfu y Déndera. Estas capillas suelen estar situadas en las azoteas a las que el dios era transportado mediante un complicado sistema de rampas de subida y bajada, siendo utilizadas únicamente para este fin. Este ritual se realizaba a comienzos del año para la regeneración divina del señor del lugar.

Para un egipcio guardar celosamente los días sagrados no suponía un sacrificio, no sólo era un deber, sino una necesidad para con sus dioses. De los 365 días de los que se componía el calendario, 105 eran festivos. El ritual de estos festivales no eran transcendentales, estaban vinculados a la tierra, al renacer de la vida, etc… (ver cuadro). Pero diariamente se realizaba otro tipo de culto que incluía tres grupos de actos distintos: las ceremonias preliminares, el despertar y el atavío del dios y la comida de éste. Tan solo el faraón, o en su nombre el “servidor del dios” o “padre divino” que mencionan los textos (posteriormente denominados “profetas” por los griegos), podría oficiar la ceremonia. El oficiante, tras purificarse y ahuyentar con el fuego sagrado y el incienso las influencias malignas, rompía el sello pegado en los batientes de la puerta de la capilla y se postraba ante la imagen divina para entonar himnos de alabanza. A continuación tocaba la estatua para “infundirle su alma”. Esta “revelación divina” coincidía míticamente (al menos en Edfu, y posiblemente en otros templos) con la salida del sol. Posteriormente la estatua era limpiada de los ungüentos del día anterior, se la vestía con tejidos de lino (la vestimenta era cambiada una o dos veces por semana, aunque diariamente y para cumplir este rito se ofrecían paños de color blanco, azul, verde y rojo, símbolos de la luz del amanecer, las aguas primordiales, el renacimiento y la esterilidad del desierto respectivamente, por lo que los templos contaban con sus propios telares y talleres donde se confeccionaba el lino para este fin), se adornaba con los atributos divinos y su rostro era acicalado con los cosméticos rituales. Terminado el atavío, le eran servidos abundantes alimentos, ceremonia que podía ser repetida hasta cuatro veces al día, según los cuatro puntos cardinales, en previsión de que el dios pudiera alimentarse en cualquier lugar del universo. Terminadas las ofrendas se borraban todas las huellas dejadas por el sacerdote, se cubría el rostro de la imagen con un velo y se sellaba de nuevo la puerta del santuario con un sello de arcilla. Dos rituales más se hacían a lo largo del día, pero de menor importancia, consistentes en libaciones de agua y quema de incienso.

La decoración de los templos egipcios es un curioso binomio entre mito y rito. Cuando se localizan inscripciones grabadas en los montantes de las puertas o molduras, éstas corresponderían al rito, mientras que las que contienen escenas de ofrendas hacen alusión a los mitos. Con esto se lograba que tanto el mito como el rito pasaran a formar parte del propio templo. Pero los ritos serán la actividad en sí misma del templo; si el templo simboliza el mundo, el rito es su porqué, su movimiento. La periodicidad de la realización del rito sugiere el carácter obligatorio de conservar el universo. Por ese motivo los ritos llegaron a ser tan complejos y numerosos. La enorme fuerza con que estaban impregnados hacía girar no sólo la vida religiosa, sino al país, y aunque estas representaciones eran generales para todos los templos, algunas fueron específicas, caracterizando a un santuario determina­do.

Por otro lado tenemos los dramas sagrados que se representaban en todos los templos, el de Osiris debió de ser el preferido ya que incluso para su escenificación, había templos que disponían de una capilla especial. Existen gran variedad de estos dramas, algunos por su complejidad y simbolismo se celebraban en el más absoluto secreto del Sancta Santorum, otros por el contrario, como la Fiesta del Valle, cuando el dios Amón dejaba su templo de Karnak y visitaba Luxor, la procesión del cortejo sagrado era seguida por la muchedumbre. La unión del dios con la diosa Mut para garantizar la fertilidad del universo, o la procesión de Nebtu, madre de los campos, que con su salida resucitaba la vegetación y las flores, O la gran fiesta del dios Mim en Tebas, que finalizaba con una ofrenda agrícola, el ritual incluía una procesión donde la estatua del dios era transportada por los sacerdotes detrás de un toro blanco. Otras veces los dioses tenían que cubrir largas distancias, como en el caso de la diosa Hat-Hor, que viajaba desde Déndera hasta Edfu para reunirse con su esposo Horus en la “Fiesta del Feliz Encuentro”, en la que participaban todos los dioses de Egipto. En otras ocasiones eran los propios dioses los que se “desplazaban a voluntad” para asistir a determinadas fiestas, como por ejemplo cuando se trasladaban a Menfis para asistir a la “Fiesta Sed” o jubileo del faraón.

También debemos hablar brevemente de los ritos que tenían como finalidad la persona del faraón. Este, considerado desde el principio como sucesor directo de los “Servidores de Horus”, afianzando de este modo a su persona la inmortalidad de los dioses. Durante aproximadamente 3.000 años se realizó en la ciudad de Menfis el ritual de la sucesión al trono que incluía dos fases: la entronización y la coronación.

Tras la muerte de un faraón su sucesor era elevado al trono en una ceremonia que comenzaba con la salida del sol, de modo que el advenimiento del nuevo monarca estaba en perfecta armonía con la propia naturaleza. El ritual de la coronación era algo más complicado y largo, ya que había que buscar el momento más propicio, pues se debía respetar el desarrollo cósmico. El momento ideal era el Año Nuevo, cuando se daban por finalizados los rituales del enterramiento de Osiris en Abydos, ya que al renovarse el ciclo, este momento era el más idóneo para la transmisión de poder.

Otro rito que tenía como protagonista al propio faraón era cl Festival Sed o Jubileo. Se trataba de una fiesta donde se renovaba y confirmaba el poder del soberano. Este festival se celebraba a los 30 años de reinado, aunque algunos faraones adelantaron esta fecha y otros realizaron varios en un corto período de tiempo, por lo que la afirmación de los 30 años no es un patrón a seguir.

Pero el mito será indispensable para el desarrollo del rito, ya que dará a este su verdadero significado. Son numerosos los mitos que han llegado hasta nosotros aunque algo distorsionados por el genio griego de Plutarco y Diodoro. La formación de los mitos es etiológica y fue el canal para organizar la religión, creando asociaciones y asimilaciones entre los distintos dioses que componen el panteón egipcio. Fue además la fuente de inspiración para la decoración de los templos. Por esta doble función, y porque todos los mitos fueron objeto de una elaborada creación erudita, sería imposible separar la Teología de la Mitología.

Los mitos egipcios son el intento poético de explicar los fenómenos naturales y sociales, como por ejemplo las fases lunares, o como el de la continuidad de las generaciones. El principio es simple: El padre renace en el hijo y el hijo pasa a convertirse en su propio padre como nos lo enseña una de las formas de Amón, el de “Toro de su Madre”, de este modo la continuidad no se pierde jamás. Así se explica la necesidad egipcia de construir una gran cantidad de santuarios donde se agrupaban a los dioses en tríadas: dios-padre, diosa-madre y dios-hijo.

El ejemplo más claro lo tenemos en el mito de Osiris, que, en su faceta terrenal, reflejaba las pasiones humanas, de ahí su gran popularidad.

Al mito de la resurrección de Osiris se le añade la legitimidad del nacimiento de Horus y posteriormente para justificar su continuidad en el trono de su padre, el mito nos sigue contando la lucha por el poder entre su tío Seth y el propio Horus. Posiblemente esta parte del mito se fundamente sobre acontecimien­tos históricos y nos esté relatando el enfrentamiento entre dos reyes, y la posterior unificación de Egipto con Horus como vencedor. Aparte de estos mitos existían en todos los santuarios una gran variedad de leyendas y tradiciones mitológicas para justificar la crecida del Nilo, el renacimiento de la vegetación, el curso del sol o para, simplemente, explicar el nombre del santuario.

El mito y la teología están estrechamente ligados, fundamentándose la segunda a partir de los datos de la primera. Esta misma teología en un esfuerzo de clasificación y de organización del mito que formuló con éxito el agrupamiento de los dioses por enéadas (llamadas así porque en un principio estaban compuestas por nueve dioses), creándose la de Heliópolis, Tebas, Abydos y Déndera.

Pero sin duda, el genio sintetizador de los teólogos egipcios llegó aún más lejos cuando creó el binomio Osiris-Ra, a medida que las teorías solares iban en auge y los dioses tuvieron la necesidad de asimilarse a Ra. Para concluir podemos decir que el templo egipcio, en su filosofía y conjunto será el símbolo más patente del desafío lanzado a los siglos por los hombres que soñaron con ser dioses e inmortalizarse con sus semejantes.

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VI Coloquio Internacional "Discursos y Prácticas Alquimicas"

Posted by cosmoxenus en 12 marzo 2006

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