El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

GUENON, DANTE Y LA TRADICION HERMETICA

Posted by cosmoxenus en 22 enero 2006

PATRICIA SERDÀ

“Cantemos la luz que lleva por el camino del retorno
a los hombres;
Glorifiquemos a las nueve hijas del gran Zeus,
De luminosas voces;
Cantemos a estas vírgenes que,
Por la virtud de las puras iniciaciones que
Provienen de los libros, despertadores de inteligencia,
Arrancan de los dolorosos sufrimientos de la tierra,
A las almas que erran en el fondo de los pozos de la vida…”

Proclo, Himno a las musas.

La Obra de René Guénon es un símbolo de la función vehicular y transmisora de la que pueden ser capaces ciertos libros, providenciales hoy más que nunca, a causa del olvido generalizado de toda posibilidad trascendente en el que se halla inmerso el hombre de nuestros días. Las ideas universales allí reflejadas dan testimonio de un legado espiritual, arquetípico, atemporal y eterno, de origen “no humano”, es decir del Conocimiento o Sabiduría universal que le es revelado al hombre por la Deidad, para que se reconozca a sí mismo en su verdadera identidad que es suprahumana, lo que sobrepasa cualquier visión generalizada que se tiene hoy del hombre y del mundo, ya que el fin último de este Conocimiento, como dice Guénon, es la metafísica, la que afirma y realiza la identidad profunda del conocer y del ser, herencia de todo hombre aunque no lo sepa y de la que todas las auténticas tradiciones o culturas tradicionales que han conformado pueblos y civilizaciones antiguas son depositarias. Herederas todas ellas de una Gran Tradición Primordial, fuente viva de la cual proceden. Y siendo la verdad Una y Única, ya que hay una unidad esencial en sus principios, estos son unánimes, no mutan, están más allá del tiempo y del espacio, lo que la hace ser siempre actual, vertical, simultánea y eterna, es decir, metafísica en esencia. Esta para expresarse lo hace con diferentes formas que no son más que aparentes y exteriores, y que obedecen a leyes cíclicas a las que se halla sujeta toda manifestación. Condiciones espacio temporales que ha ido atravesando la humanidad, pudiendo así manifestarse según su historia y geografía.

Guénon nos habla de la doctrina tradicional, de la ciencia de los ciclos y de los ritmos cósmicos y de las diferentes aplicaciones a que da lugar, tanto en el hombre como en el universo ya que son análogos; las que nos posibilitan conectar todas las cosas con su primera y divina causa. Leyes universales, verdaderas ciencias exactas que permiten conocer lo que es el orden cósmico y nuestra ubicación con respecto a él, y de su concordancia al afirmar que esta humanidad atraviesa el final de la última fase del ciclo, llamado Kali-Yuga o Edad de Hierro, es decir la edad más oscura con respecto a su origen mítico y primordial. “Y si el tesoro de la sabiduría no humana, anterior a todas las edades, no puede perderse jamás, se rodea de velos cada vez más impenetrables, que lo disimulan a las miradas y bajo los cuales resulta extremadamente difícil de descubrir. Por esto es por lo que por todas partes se trata de algo que se ha perdido ­al menos en apariencia y en relación al mundo exterior­ y que deben reencontrar aquellos que aspiran al verdadero conocimiento”. Y así como se dice que la Verdad brillaba con todo su esplendor en el origen o “estado edénico”, que era como la montaña visible a todos, a consecuencia de la “caída” que aleja al hombre de su centro original, éste pierde esa conciencia de unidad, de inmortalidad, la visión central y unitaria que le permite la comunicación directa con el “Centro del mundo”, análogo al centro de su ser que el corazón a su vez simboliza. Sede de la inteligencia, que no de la razón, “pues el corazón no está en relación con esta última sino más bien con la inteligencia trascendente, precisamente ignorada e incluso negada por el racionalismo”. “La razón, en efecto, que no es sino una facultad de conocimiento mediato, es el modo propiamente humano de la inteligencia; la Intuición Intelectual puede llamarse supra-humana, puesto que es una participación directa de la inteligencia universal, la cual residente en el corazón, es decir, en el centro mismo del ser, allí donde está su punto de contacto con lo divino, penetra a ese ser desde el interior y lo ilumina con su irradiación”. La transmisión de esta influencia espiritual, que se produce por la iniciación en los misterios, incluye la idea de sacrificio ­lo que supone una muerte y un renacer­, y constituye un verdadero viaje interior: visión sagrada del hombre y del universo, que todos los pueblos de la antigüedad han reconocido y permanentemente revivificado y actualizado a través de sus símbolos, mitos y ritos, vehículos intermediarios que ponen al hombre en contacto con el misterio.

Este mensaje esotérico, iniciático y metafísico, es decir completamente liberador, es el de la Tradición Unánime que ha sabido transmitir Guénon con tanta belleza y rigor intelectual a la vez, dando muestras de una maestría sin paliativos. Consciente de que la mayoría de los hombres que habitan esta sociedad llamada “moderna” ­en la que él nació­, no reconocen este mensaje e incluso se atreven a negarlo o falsificarlo, se dirige a quienes son capaces de comprenderlo y encarnarlo. Su obra muestra la función y el valor que tiene el símbolo como soporte de este conocimiento “ya que se funda en las correspondencias y analogías que existen realmente en la naturaleza de las cosas”, entre los diferentes órdenes de la realidad; es decir, es capaz de hacer de puente entre un mundo conocido y otro desconocido, y en la medida en que se logre traspasar las meras apariencias formales se puede ir penetrando su verdadero sentido, el que abre al hombre unas posibilidades de concepción verdaderamente ilimitadas las cuales el propio Guénon nunca pretendió agotar, pero sí en cambio les restituyó su auténtico sentido de alcance espiritual o intelectual.

La lectura reiterada y concentrada de la obra de Guénon es capaz de promover un “despertar espiritual” en todos aquellos que son llamados a ello, es decir, los que son capaces de penetrar la apariencia formal del símbolo elevándose hasta su significado puramente intelectual, o lo que es lo mismo, los que puedan traspasar la “letra” para dar paso al “espíritu”

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