El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for 2/12/05

EL SIMBOLISMO DE LAS AGUAS

Posted by cosmoxenus en 2 diciembre 2005

Por Mircea Eliade.

PRESENTACIÓN

En el comienzo son las aguas. Aguas primordiales. Fuente primaria desde la que brota la vida según multitud de mitos. Para el gran historiador de las religiones, Mircea Eliade, el agua constituye una de las hierofanias o manifestaciones de lo sagrado esenciales en las culturas arcaicas.

Lo líquido es receptáculo que contiene los gérmenes que luego florecerán mediante el acto creador de los dioses. Volver al agua inicial es también regeneración, nuevo nacimiento, regreso al caos primordial. En este primer acto de apreciación de la naturaleza y sus sentidos en Kenos 3, presentamos parte de la explicación de Eliade respecto al simbolismo de las aguas incluido en su trascendente obra Tratado de Historia de las religiones.

Aquí se recorrerá las figuras simbólicas del agua germinal, el “agua viva”, el simbolismo de la inmersión y el diluvio. Estamos aquí muy lejos de la reducción del agua a un mero medio para satisfacer necesidades. Desde la antigua visión simbólica, el agua preserva los poderes del nacimiento y la regeneración.

En nuestro comienzo: naturaleza líquida. La magia fértil de lo húmedo.

Las aguas y los gérmenes

En una fórmula sumaria, podría decirse que las aguas simbolizan la totalidad de las virtudes; son fons et origo, la matriz de todas las posibilidades de existencia. “Aguas eres la fuente de toda cosa y de toda existencia”, dice un texto indio, sintetizando la larga tradición védica. Las aguas son los cimientos del mundo entero; son la esencia de la vegetación, el elíxir de la inmortalidad, semejantes a la amrita; aseguran larga vida creadora y son el principio de toda curación, etc. “¡Que las aguas nos traigan el bienestar!”, rogaba el sacerdote védico. “¡Las aguas, en verdad, son curadoras; las aguas expulsan y curan todas las enfermedades!”.

Principio de lo indiferencial y de lo virtual, fundamento de toda manifestación cósmica, receptáculo de todos los gérmenes, las aguas simbolizan la sustancia primordial de la que nacen todas las formas y a la que vuelven, por regresión o por cataclísmo. Fueron al comienzo, retornan al final de todo ciclo cósmico, existirán siempre -aunque nunca solas- porque las aguas son siempre germinativas, encerrando en su unidad no fragmentadas las virtudes de todas las formas. En la cosmogonía, en el mito, en el ritual, en la iconografía, las aguas llenan la misma función, cualquiera que sea la estructura de los conjuntos culturales en los que se encuentran: proceden a toda forma y sostienen toda creación. La inmersión en el agua simboliza la regresión a lo preformal, la regeneración total, el nuevo nacimiento, pues una inmersión equivale a una disolución de las formas, a una reintegración en el modo indiferenciado de la preexistencia; y la salida de las aguas repite el gesto cosmogónico de la manifestación formal, el contacto con el agua implica siempre la regeneración; por una parte, porque la disolución va seguida de un nuevo nacimiento”, por otra parte porque la inmersión fertiliza y aumenta el potencial de vida y de creación. El agua confiere un “nuevo nacimiento” por un ritual iniciático, cura por un ritual mágico, asegura el renacimiento post mortem por rituales funerarios. Incorporado en sí todas las virtualidades, el agua se convierte en símbolo de vida (el “agua viva”, rica en gérmenes, fecunda la tierra, los animales, la mujer).

Receptáculo de toda virtualidad, fluido por excelencia, soporte del devenir universal, el agua es comparada, o directamente asimilada con la luna. Los ritmos lunares y acuáticos están orquestados por el mismo destina: gobiernan la aparición y desaparición periódicas de todas las formas, dan al universal devenir una estructura cíclica.

Por eso, desde la prehistoria, el conjunto luna-agua-mujer era percibido como el círculo antropomórfico de la fecundidad. En los vasos neolíticos, era representada por el signo vvv que es también el más antiguo jeroglifo para el agua corriente. Ya en el paleolítico, la espiral simbolizaba la fecundidad acuática lunar; marcada sobre ídolos femeninos, homologaba todos estos centros de vida y de fecundidad. En las mitologías amerindias, el signo glífico del agua, representado por un recipiente lleno de agua en el que cae una gota proveniente de una nube, se encuentra siempre asociado a emblemas lunares. La espiral, el caracol (emblema lunar), la mujer, el agua, el pescado, pertenecen constitucionalmente al mismo simbolismo de fecundidad, verificable en todos los planos cósmicos.

El riesgo de todo análisis es fragmentar y pulverizar en elementos separados lo que para la conciencia que los representó componía una sola unidad, un cosmos. El mismo símbolo indicaba o evocaba una serie entera de realidades que no son separables y autómatas salvo en una experiencia profana. La multivalencia simbólica de un emblema o de una palabra perteneciente a las lenguas arcaicas nos hace observar continuamente que, para la conciencia que los forjó, el mundo se revelaba como un todo orgánico. En sumerio, a significaba aguas, pero significaba igualmente “esperma, concepción, generación”. En la glíptica mesopotámica, por ejemplo, el agua y el pez simbólico son los emblemas de la fecundidad. Todavía en nuestros días, entre los primitivos, el agua se confunde (no siempre en la experiencia corriente, pero regularmente en el mito) con el semen viril. En la isla de Wokuta, un mito recuerda cómo una muchacha perdió su virginidad por que dejó que la lluvia tocase su cuerpo; y el mito más importante de la isla Trobriand revela que Bolutukwa, la madre del héroe Tudava, se hizo mujer a consecuencia de algunas gotas de aguas caídas de una escalinata. Los indios prima de Nuevo México tienen un mito semejante: una mujer muy hermosa (la tierra madre) fue fecundada por una gota de agua caída de una nube.

Cosmogonías acuáticas

Aunque separados en el tiempo y en el espacio, estos hechos constituyen, sin embargo, un conjunto de estructura cosmológica. El agua es germinativa, fuente de vida, en todos los planos de la existencia. La mitología india ha popularizado en múltiples variantes el tema de las aguas primordiales, sobre las cuales flotaba Naravana, cuyo ombligo hacía brotar el árbol cósmico. En la tradición puránica, el árbol está sustituido por el loto, en medio del cual nace Brahma. Sucesivamente aparecen otros dioses (varuna, Prajapati, Purusha, etc.) -fórmulas que expresan el mismo mito cosmogónico, pero las aguas permanecen. Mas tarde, esta cosmogonía acuática se convierte en un motivo corriente en la iconografía y el arte decorativo: la planta o el árbol se eleva de la boca o del ombligo de un Yaksas (personificación del agua fecunda), de las gargantas de un monstruo marino (makara), de un caracol o de una “vasija llena” -pero nunca directamente de un símbolo que representase a la tierra. Pues, como hemos visto, las aguas preceden y sostienen a toda la creación, a todo establecimiento firme, a toda manifestación cósmica.

Las aguas sobre el Narayana flotaba en una beata despreocupación simbolizan el estado de reposo y de indiferenciación, la noche cósmica. Incluso Narayana dormía. Y de su ombligo, es decir, de un centro toma vida la primera vida cósmica: el loto, el árbol, símbolo de la ondulación universal, de la savia germinativa, pero somnolienta, de la vida de donde la conciencia todavía no se ha desprendido. La creación entera nace de un receptáculo y se apoya en él. En otras variantes, Vishnú, en su tercera reencarnación (un jabalí) desciende a las profundidades de las aguas primordiales y saca a la tierra del abismo.

La tradición de las aguas primordiales de las que nacieron los mundos se encuentra en un número considerable de variantes en las cosmogonías arcaicas y “primitivas”.

Hilogenias

Puesto que las aguas son la matriz universal en la que subsisten todas las virtualidades y prosperan todos los gérmenes, es fácil comprender los mitos y las leyendas que hacen derivar de ellas al género humano o a una raza particular. En la costra sur de Java, se encuentra un segara anakkan, un “mar de los niños”. Los indios del Brasil se acuerdan todavía de los tiempos míticos, “cuando se encontraban todavía en el agua”. Juan de Torquemada, describiendo las ilustraciones bautismales de los recién nacidos en México, nos conservó algunas de las fórmulas con las cuales se consagraba al niño a la diosa del agua Chalchihuitlicua Chalchiuhtlatonac, considerada como su verdadera madre.

Antes de sumergirlo en agua, se decía: “Toma esta agua, pues esta diosa es tu madre. Que este baño te lave de los pecados de tus padres…” Después, tocando la boca, el pecho y la cabeza con agua, se añadía: “Recibe, niño, a tu madre, la diosa del agua”. (…)

Muchas creencias de esta clase están contaminadas por la concepción de la tierra madre y por el simbolismo erótico de la fuente. Pero bajo estas creencias, como bajo todos los mitos de la descendencia de la tierra, de la vegetación, de la piedra, encontramos la misma idea fundamental: la vida, es decir, la realidad, se encuentra concentrada en una sustancia cósmica de la que deriva, por descendencia directa, toda forma viviente. Los animales acuáticos, sobre todo los peces y los monstruos marinos, se convierten en emblemas sagrados, porque sustituyen e la realidad absoluta concentrada en las aguas.

El agua de la vida

Símbolo cosmogónico, receptáculo de todos los gérmenes, el agua se convierte en sustancia mágica y medicinal por excelencia; cura, rejuvenece, asegura la vida eterna. El prototipo del agua es el “agua viva” que la especulación ulterior proyectó a veces en las regiones celestes -del mismo modo que existe una soma celeste, un homa blanco en el cielo, etc. El agua viva, las fuentes de la juventud, el agua de la vida, etc. Son fórmulas míticas de una misma realidad metafísica: en el agua reside la vida, el vigor y la eternidad. Esta agua, naturalmente no es accesible a cualquiera y de cualquier manera. Está guardada por monstruos. Se encuentra en territorios difíciles de alcanzar, en posesión de demonios o de divinidades, etc. El camino hacia su fuente y la obtención del “agua viva” implica una serie de consagraciones y de pruebas, exactamente como en búsqueda del árbol de la vida. El “río sin edad” se encuentra cerca del árbol milagroso del que habla el Kausitaki Upanisad, 1, 3. Y en el Apocalipsis(22, 1-2) los símbolos se encuentran lado a lado: “Me mostró el río y el agua de la vida, límpida como el cristal, que surge del trono de Dios y del cordero…Y en las dos orillas del río crece el árbol de la vida” (Ezequiel 47).

El agua viva rejuvenece y da la vida eterna; toda agua por un proceso de participación y de degradación, que se nos presentará más claramente en el transcurso de esta obra, es eficiente, fecunda medicinal. Todavía en nuestros días, en Cornualles, los niños enfermos son sumergidos tres veces en el pozo de san Mandrón. En Francia el número de ríos y manantiales con propiedades curativas es considerable. Hay también fuentes benéficas sobre el amor. Aparte de estas fuentes, otras aguas poseen un valor en la medicina popular. En la India, las enfermedades son proyectadas en las aguas. Y para cerrar esta revisión sumaria de las virtudes maravillosas de las aguas, recordemos el papel del “agua no comenzada”, en la mayoría de los sortilegios y de las meditaciones populares. El agua no comenzada, es decir la de una vasija nueva, no profanada por el uso cotidiano, concentra en sí las valencias germinativas y creadoras del agua primordial. Cura, porque en cierto sentido rehace la creación. En el caso de la terapia popular con el agua “no comenzada”, se busca la regeneración mágica del enfermo por el contacto con la sustancia primordial; el agua absorbe el mal gracias a su poder de asimilación y de desintegración de todas las formas.

Simbolismo de la inmersión

La purificación por el agua posee las misma propiedades; en el agua todo se disuelve, toda forma se desintegra toda historia es abolida; nada de lo que existió anteriormente subsiste, ningún perfil, ningún signo, ningún acontecimiento. La inmersión equivale en el plano humano a la muerte, y el plano cósmico a la catástrofe (el diluvio) que disuelve periódicamente el mundo en el océano primordial.

Desintegrando toda forma y aboliendo toda historia, las aguas poseen esa virtud de purificación, de regeneración y de renacimiento; porque lo que es sumergido en ellas muere, y al volver a salir de las aguas, es semejante a un niño sin pecado y sin historia, capaz de percibir una nueva revelación y de comenzar una nueva vida propia.

Las aguas purifican y regeneran porque anulan la historia, restauran la integridad auroral. El mismo mecanismo ritual de la regeneración por las aguas explica la inmersión de la estatua de las divinidades en el mundo antiguo. El ritual del baño sagrado era practicado habitualmente en el culto de las grandes diosas de la fecundidad y de la agricultura. Las fuerzas agotadas de la divinidad se reintegraban así, asegurando una buena cosecha (la magia de la inmersión provoca la lluvia) y la fecunda multiplicación de los bienes. El 27 de marzo tenía lugar el baño de la madre frigia, Cibeles La inmersión de estatua bien se hacía en un río, bien en un estanque. El baño de Afrodita era conocido en Pafos y los lutróforos de la diosa Sicyone nos son descritos por Pausanias. El ritual era frecuente en el culto de las divinidades femeninas cretences y fenicias como entre las varias tribus germanas. La inmersión del crucifijo o de la estatua de la virgen María y de los santos, para conjurar la sequía y obtener la lluvia, se practicaba en el catolicismo desde el siglo XIII y se continúa, a pesar de la resistencia eclesiástica, hasta los siglos XIX y XX.

Simbolismo del diluvio

Las tradiciones de diluvios se enlazan casi todas con la idea de la reabsorción de la humanidad en el agua y con la institución de una nueva época, con una nueva humanidad. Delatan una concepción cíclica del cosmos y de la historia: una época es abolida por la catástrofe y una nueva era comienza, dominada por hombres nuevos. Esta concepción cíclica queda confirmada también por la convergencia de los mitos lunares con los temas de la inundación y de diluvio, pues la luna es por excelencia el símbolo del devenir rítmico de la muerte y de la resurrección. Así como las fases lunares gobiernan las ceremonias de iniciación -cuando el neófito muere, a fin de resucitar- del mismo modo la luna se encuentra en estrecha conexión con las inundaciones y el diluvio que aniquilan a la vieja humanidad y preparan la aparición de una humanidad nueva.

No tenemos que insistir en este capitulo en la concepción cíclica de la absorción en las aguas, concepción que se encuentra en la base de todos los Apocalipsis y de los mitos geográficos (la Atlántida, etc.).

Queremos subrayar el carácter universal y la coherencia de los temas míticos neptunianos. Las aguas preceden a toda creación y la reabsorben periódicamente a fin de refundirla en ellas, de purificarla, enriqueciéndola al mismo tiempo con nuevas letencias, regenerándola. La humanidad desaparece periódicamente en el diluvio o e la inundación a causa de sus pecados. Nunca perece definitivamente sino que reaparece bajo una nueva forma, volviendo a tomar el mismo destino, esperando el retorno de la misma catástrofe que la reabsorberá en las aguas.

No sé si se puede hablar de una concepción pesimista de la vida. Es más bien una visión resignada por la intuición misma del conjunto agua-luna-devenir. El mito del diluvio, con todas sus implicaciones, revela cómo la vida puede ser valorizada por otra conciencia humana; “vista” desde el nivel neptuniano, la vida humana aparece como una cosa frágil que hay que reabsorber periódicamente, porque el destino de todas las formas es disolverse a fin de poder reaparecer. Si las formas no fuesen regeneradas por su reabsorción en las aguas, se deteriorarían sus posibilidades creadoras. Las maldades acabarían por desfigurar a la humanidad; vaciada de los gérmenes y de las fuerzas creadoras, la humanidad se resquebrajaría decrépita y estéril. En lugar de la regresión lenta en formas subhumanas, el diluvio trae la reabsorción instantánea en las aguas, en las cuales los pecados son purificados y de las cuales nacerá la nueva humanidad, regenerada.

Síntesis

Así todas las valencias metafísicas y religiosas de las aguas constituyen un conjunto de una coherencia perfecta. A la cosmogonía acuática corresponden las hilogenias, las creencias en que el género humano nació de las aguas. Al diluvio o al sepultamiento de los continentes en las aguas corresponde, en nivel humano a la segunda muerte del alma o a la muerte ritual, iniciática del bautismo. Pero, tanto en el nivel cosmológico como en el nivel antropológico, la inmersión en las aguas no equivale a una extinción definitiva, sino únicamente a una reintegración pasajera en lo indistinto, a la que sucede una nueva creación, una nueva vida, o un hombre nuevo, según que nos encontremos frente a un momento cósmico, biológico o soteriológico. Desde el punto de vista de la escritura, el diluvio es comparable al bautismo y la libación funeraria o el entusiasmo ninfoléptico a las lustraciones de los recién nacidos o a los baños rituales primaverales que proporcionan la salud y la fertilidad.

Cualquiera sea el conjunto religioso en que se presentan, las funciones de las aguas se muestran siempre igual: desintegran, lavan los pecados, purificando y regenerando al mismo tiempo. Su destino es preceder a la creación y reabsorberla, no pudiendo rebasar nunca su propia modalidad, es decir, no pudiendo manifestarse en “formas”. Las aguas no pueden rebasar la condición de los virtual, de los gérmenes y de las latencias. Todo lo que es forma se manifiesta por encima de las aguas, desprendiéndose de las aguas. Recíprocamente, apenas desprendida de las aguas, dejando de ser virtual, toda forma cae bajo la ley del tiempo y de la vida; adquiere límites, conoce la historia, participa en el devenir universal, se corrompe y termina por vaciarse de su sustancia, si es que no se regenera por inmersiones periódicas en las aguas, si no se repite el diluvio seguido de la cosmogonía. Las lustraciones y las purificaciones rituales con el agua tienen por finalidad la actualización fulgurante de aquel tiempo, in illo tempore, cuando tuvo lugar la creación; son la repetición simbólica del nacimiento de los mundos o del hombre nuevo. Todo contacto con el agua, cuando es practicado con una intención religiosa, resume los dos momentos fundamentales del ritmo cósmico: la reintegración en las aguas y la creación.

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EL SIMBOLO Y EL RITO MASONICO DE LA CADENA DE UNION

Posted by cosmoxenus en 2 diciembre 2005

FRANCISCO ARIZA

La cadena de unión es sin duda alguna uno de los símbolos más significativos de entre todos los que decoran la Logia masónica. Se trata de un cordel que rodea todo el templo por su parte superior.

Esta situación en lo “alto” le da una connotación celeste, confirmada por los doce nudos que aparecen de trecho en trecho a lo largo de todo el cordel, los cuales simbolizan los doce signos del zodíaco. Esos nudos se corresponden, además, con las doce columnas que excepto por el lado de Oriente también rodean el recinto de la Logia. Cinco de esas columnas están situadas en el lado de Septentrión, otras tantas a Mediodía, y las dos restantes -las columnas J y B- a Occidente.

Para comprender esta simbólica habría que tener en cuenta que la Logia es, ante todo, una imagen del mundo, y como tal debe existir en ella una representación de lo que constituye el “marco” mismo del cosmos, que es propiamente el zodíaco. Muchos recintos o santuarios sagrados -al igual que las ciudades edificadas según las reglas de la arquitectura tradicional-, siendo la proyección en la tierra del orden celeste, están de una u otra manera “enmarcados” por las constelaciones zodiacales. Es el caso, por ejemplo, del Ming-Tang chino, del Templo de Jerusalén (y su arquetipo la Jerusalén Celeste), de muchas fortalezas templarias, y en construcciones tan antiguas como puedan ser el crómlech megalítico de Stonehenge. Asimismo, los masones operativos, y en general los artesanos constructores de cualquier sociedad tradicional, se servían de un cordel para determinar la posición correcta de los templos o catedrales, que siempre y de forma invariable, estaban orientados según las direcciones del espacio señaladas por los cuatro puntos cardinales, exactamente igual que la Logia. Ahora bien, como menciona René Guénon “. entre las funciones de un ‘marco’ quizá la principal es mantener en su sitio los diversos elementos que contiene o encierra en su interior de modo de formar con ellos un todo ordenado, lo cual, como se sabe, es la significación misma de la palabra ‘cosmos’. Ese ‘marco’ debe pues, en cierta manera, ‘ligar’ o ‘unir’ esos elementos entre sí, lo que está formalmente expresado por el nombre de ‘cadena de unión’, e inclusive de esto resulta, en lo que a ella concierne, su significación más profunda, pues como todos los símbolos que se presentan en forma de cadena, cordel o hilo (todos ellos símbolos del eje) se refieren en definitiva al sûtrâtmâ”. 1 Por consiguiente, la cadena de unión masónica vendría a significar, considerada desde el punto de vista metafísico, exactamente lo mismo que la “cadena de los mundos”: un símbolo que resume el conjunto de todos los estados, seres y mundos que conforman la manifestación universal, los cuales subsisten y están ligados entre sí por el “hilo de Atmâ” (sûtrâtmâ), es decir por su hálito o espíritu vivificador.

Por otro lado, la cadena de unión es también la cuerda anudada (o houppe dentelée) que aparece figurada en los “cuadros de Logia” masónicos, y concretamente en los pertenecientes a los grados de aprendiz y de compañero. La significación simbólica de dicha cuerda es idéntica a la de la cadena de unión, pero, al mismo tiempo, y vinculado específicamente con el simbolismo del cuadro de Logia, habría que considerar también otro aspecto importante de ella: el que tiene como función “proteger”, además de “unir” y de “ligar”, los símbolos y emblemas que aparecen dibujados en el cuadro, el que es considerado como un espacio sacralizado, y por tanto inviolable. En este sentido, la idea de “protección” está incluida en el simbolismo de los nudos y las ligaduras, que por sus formas respectivas recuerdan el trazado de los dédalos y laberintos iniciáticos. En la simbólica universal, el laberinto, además de estar relacionado con los “viajes” y las pruebas iniciáticas, también tiene como función la defensa y protección de los lugares sagrados o centros espirituales, impidiendo el acceso a los mismos a los profanos que no están cualificados para recibir la iniciación. Pero la defensa se extiende igualmente (y podríamos decir que principalmente) a impedir el acceso a las influencias sutiles del psiquismo inferior, el que por su carácter especialmente disolvente representan un claro peligro que ha de ser controlado y evitado a toda costa, pues por medio de esas influencias se introducen determinadas energías maléficas y caóticas destinadas a destruir, o en el mejor de los casos a debilitar, a los propios centros espirituales y a las organizaciones tradicionales ligadas a ellos, y consecuentemente a impedir en lo posible la comunicación con las influencias verdaderamente superiores, de las que esos centros y organizaciones han sido -y son- precisamente el soporte. Y al hilo de esta última reflexión, quizá no estaría de más señalar los peligros de disolución (o de petrificación, pues para el caso es lo mismo) que en la actualidad acechan a la Masonería, ya que es a todas luces evidente que esta organización tradicional se ha visto sometida a una paulatina extirpación de la dimensión iniciática y esotérica de sus símbolos y sus ritos. Y lo que es tal vez más lamentable es que esa acción ha sido llevada a cabo muchas veces por masones que no han comprendido que es precisamente gracias a esos símbolos y ritos (revelados en el origen y transmitidos a lo largo del tiempo) que la Orden masónica adquiere su pleno sentido, pues ellos constituyen sus señas de identidad, lo que dicha Orden es en sí misma, y no podría dejar de ser, a menos de quedar totalmente desvirtuada y vacía de contenido esencial. Para que esa situación no llegue a ser irreversible, pensamos que se hace necesario que los masones de espíritu tradicional (esto es, aquellos que consideran que la Masonería pertenece y es una ramificación de la Tradición Primordial y por tanto una vía de realización al Conocimiento) restituyan de nuevo el sentido cosmogónico y metafísico de su legado simbólico-ritual, empezando por considerar que la cadena de unión es, efectivamente, el “marco” celeste que delimita, separa y protege el “mundo de la luz” del “mundo de las tinieblas”, lo sagrado de lo profano.

Además de la cuerda anudada que rodea la Logia y el cuadro, existe un rito en la Masonería que también recibe el nombre de cadena de unión.

Se trata de aquel que está constituido por el entrelazamiento que forman las manos, con los brazos entrecruzados, de todos los integrantes del taller, lo cual, precisamente, tiene lugar alrededor del cuadro de la Logia y de los tres pilares de la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza momentos antes de clausurar los trabajos. En primer lugar, habría que decir que la cadena de unión es uno de los ritos masónicos que más directamente aluden a la fraternidad masónica, la que, en efecto, está sustentada en los lazos de armonía y concordia que entre sí ligan a todos los masones. De ahí el por qué a los nudos de la cuerda también se les denomine “lazos de amor”, pues el amor, entendido por lo más alto, es la fuerza que concilia los contrarios y resuelve todas las oposiciones en la unidad del Principio. Dicha fraternidad representa, por tanto, el fundamento mismo sobre el que se apoya la propia organización iniciática y tradicional. En este sentido, el entrelazamiento de manos y brazos configura una trama cruciforme que evoca la imagen de una estructura fuertemente cohesionada y organizada.

Pero este rito se realiza, fundamentalmente, para dirigir una plegaria o invocación al Gran Arquitecto, siendo en esa invocación donde reside su sentido profundo y su razón de ser. Por ello, prescindir de la plegaria como sucede en muchas logias actuales, por el mero hecho de ignorarla o por considerarla un trasnochado anacronismo, provoca inevitablemente el empobrecimiento del propio rito, quedando éste, en consecuencia, reducido prácticamente a casi nada. Sin embargo, en la antigua Masonería operativa, la plegaria y las invocaciones de los nombres divinos formaba parte constitutiva del rito y de los trabajos simbólicos; y precisamente ella se realizaba en la cadena de unión y alrededor del cuadro de la Logia, con lo cual se confirma el papel verdaderamente “central” que este último ha desempeñado siempre en la Masonería.

Por lo general, la cadena de unión comienza y termina en el Venerable Maestro, y es él, como la máxima autoridad de la Logia, el que dirige la invocación al Gran Arquitecto. Veamos a continuación un ejemplo de ésta según es de uso todavía entre algunos Ritos masónicos que han seguido conservando parte del legado operativo: “¡Arquitecto Supremo del Universo! ¡Fuente única de todo bien y de toda perfección! ‘Oh Tú! Que siempre has obrado para la felicidad del hombre y de todas Tus criaturas; te damos gracias por Tus paternales beneplácitos, y te conjuramos para que los concedas a cada uno de nosotros, según Tus consideraciones y según nuestras necesidades. Esparce sobre nosotros y sobre todos nuestros Hermanos Tu celeste Luz. Fortifica en nuestros corazones el amor hacia nuestras obligaciones, a fin de observarlas fielmente. Que puedan nuestras reuniones estar siempre fortalecidas en su unión por el deseo de Tu placer y para hacernos útiles a nuestros semejantes. Que ellas sean por siempre la morada de la paz y de la virtud, y que la cadena de una amistad perfecta y fraterna sea en lo sucesivo tan sólida entre nosotros que nada pueda alterarla. Así sea”.

Por consiguiente, y según se desprende de esta oración masónica, la unión encadenada y fraterna se convierte en el soporte horizontal y psicosomático (terrestre), sobre el que “descenderán” -estimulados por la plegaria- los beneplácitos (bendiciones) de la influencia espiritual o supra-individual -“Tu celeste Luz”-, posibilitando así una vía de comunicación axial entre el cielo y la tierra, o como se dice en lenguaje masónico, entre la Logia de lo Alto y la Logia de Abajo. Es decir, que a través de la invocación lo que se pretende esencialmente es la comunicación con las energías celestes (las Ideas o atributos creadores del Arquitecto universal) cuya acción espiritual ha conformado -y conforma permanentemente- la realidad simbólica, ritual y mítica (es decir, cosmogónica y metafísica) de la organización iniciática. Al mismo tiempo, en el rito de la cadena de unión se concentra la entidad colectiva constituida por todos los antepasados que realmente participaron en la Tradición y su conocimiento, y de los que se dice moran en el “Oriente Eterno” (la Logia celeste). Dicha entidad se hace una en comunión con sus herederos actuales, esto es, con los masones que, habiendo recibido y comprendido (en la medida que sea) el mensaje de su legado tradicional, contribuyen hoy en día a mantenerlo vivo y actuante. En este sentido, la cadena de unión también está simbolizando la cadena iniciática de la tradición masónica (y por analogía la de todas las tradiciones), cuyo origen es inmemorial, como lo es asimismo el mensaje que ella ha ido transmitiendo a lo largo del tiempo y de la historia.

Las individualidades, o mejor, la idea de lo individual y lo particular que cada componente de la cadena pudiera tener de sí mismo, desaparece como tal para formar un solo cuerpo que vibra y respira a una misma cadencia rítmica. La cadena de unión deviene así un círculo mágico y sagrado donde se concentra y fluye una fuerza cósmica y teúrgica que asimilada por todos y cada uno de los integrantes de la misma les permite participar del verdadero espíritu masónico y de su energía salutífera y regeneradora. No es entonces de extrañar que durante el transcurso del rito de la iniciación, el neófito reciba simbólicamente la “luz” integrado en la cadena de unión, lo cual es perfectamente coherente en una tradición en la que el rito y el trabajo colectivo desempeñan una función eminente como vehículos de transmisión de la influencia espiritual.

NOTA

1 Ver René Guénon, Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada cap. LXV.

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NUMEROLOGIA

Posted by cosmoxenus en 2 diciembre 2005

Como el mismo nombre indica, la Numerología es la ciencia que trata de los números, de la forma en que estos afectan a nuestras vidas y de la forma en que nosotros podemos aprovechar su influencia para alcanzar nuestro máximo potencial en esta vida. La Numerología tiene por tanto aplicaciones, desde elegir un número concreto de teléfono para un negocio que empezamos hasta seleccionar el nombre adecuado para el primer hijo, que le traiga suerte y fortuna.

La Numerología nos ofrece enormes ventajas para analizar un conocimiento profundo de la personalidad. Esta ciencia milenaria se ubica dentro de las llamadas ciencias “herméticas”, cuyo objeto de estudio es el propio Hombre, y a diferencia de otras ciencias, abarca también el conocimiento de su futuro, sus perspectivas en el devenir de la vida.

La Numerología sólo requiere de la comprensión de otra ciencia básica, la Aritmética, y de las leyes que la rigen y que a su vez describen el Universo en su totalidad. Esta arcana ciencia comenzó ya con los gnósticos, los hebreos y cabalistas, que supieron valerse de los números y de su significado profundo para alcanzar las profundas nociones de la Alquimia, que se reveló como un arte mágico profundo y simbólico, profundamente filosófico que utiliza las letras del alfabeto y sus números correspondientes para descifrar el significado oculto de las Sagradas Escrituras. E incluso antes, los números han formado parte de la historia de los Hombres. Ya se encuentran formas de medir y de contar en antiguos grabados paleolíticos, en menhires, en cuevas prehistóricas, en China Egipto, Grecia.

Aparecen en textos sagrados, como la Biblia, o en manuscritos cabalísticos. Incluso Dios utiliza los números para definir los dias necesarios para la Creación. Sin embargo, si hubiera que asignar la paternidad de la Numerología sería sin duda Pitágoras el elegido.

Este gran filósofo y la escuela que creó decían: “todas las cosas están asimiladas por los números”, defendían que las armonías de la música y de las esferas, los movimientos del Sol y la Luna y de las estrellas estaban determinados por cifras mágicas, que también tenían gran importancia en el mundo profano, ya que eran la base de las proporciones arquitéctonicas, de la belleza.

Cada número no es meramente un símbolo, sino que cada uno encierra una magia propia, proveniente del inconsciente colectivo que les da significado.

Sin embargo existe un obstáculo que hasta hace poco tiempo dificultaba la consulta de este Oráculo numérico: la conversión de las letras en su número correspondiente, ya que el alfabeto en el que la Numerología fue creada no corresponde con el nuestro, sino con el griego o el hebreo.

Y aquí empiezan también las confusiones relacionadas con la Numerología, porque ¿cuántas letras tiene realmente nuestro alfabeto? ¿Son la ch, la ll o la ñ letras con su propio significado o combinación de otras?. Aun hoy en día los sabios continúan estudiando estas y otras cuestiones relacionadas con el Simbolismo de los Números.

La realidad es que no nacemos en una fecha determinada, en un lugar determinado, a una hora concreta ni en una familia en particular por simple casualidad. Estos hechos fundamentales van a condicionar toda nuestra vida y nuestro futuro, pero no acaba aquí. A lo largo de nuestra existencia, los números seguirán condicionándola, incluso en el comportamiento y el desarrollo de nuestra alma.

Analicemos ahora el simbolismo de los números de 1 al 10, de acuerdo con las enseñanzas pitagóricas:

UNO: Es el símbolo de la unidad indivisible, de la continuidad y la estabilidad; el centro cósmico e inmaterial, impar, creador, iniciador y pionero. De aquí que se asocie al macho como poder generador activo e indique creación, impulso y actividad.

DOS: No engendra ninguna forma y de hecho tampoco es un número, sino el principio de la paridad, el símbolo de la oposición, conflicto, y reflexión. Es la dualidad como contraposición a la unidad, la pasividad como opuesta a la actividad; es el primer número par y como tal, femenino y complemento del principio generador impar y masculino, posibilitando así la continuidad y la multiplicidad. Es el punto que se desplaza dando origen a la línea, marcando su comienzo y su fin; en el tiempo y en el espacio indica el inicio de la realización, lo que en la vida indica dirección y destino y en los objetos determina la simetría, reflejo de trabajo y belleza.

El reino de la dualidad es universal y hace que todo sea ambivalente, que en todo exista polaridad, que al bien se oponga el mal, a la luz la oscuridad, ala energía la materia, y sea la limitación de lo ilimitado. Pero al significar el primero de los núcleos materiales, la naturaleza como opuesta al creador, también implica la imperfección ante la perfección, y por ello, en el fondo, la insatisfacción que impulsa seguir adelante.

TRES: Es el ternario en el que la tensión de los opuestos, entre par e impar, se resuelve dando origen a un nuevo impar; es el símbolo de la generación a partir de la unión entre dos complementarios, del macho y la hembra para dar origen al hijo; la espiritualidad como complemento de cuerpo y alma; es la línea que se desplaza sobre su punto de origen para dar nacimiento a l más simple de todas las figuras: el triángulo, y con él todas las figuras planas. Por ello es apto para reproducir eternamente las mismas estructuras. El tres cierra un ciclo, una primera totalidad que no es más que otro uno, otro impar en el que se iniciará el próximo ciclo; como dice Platón en el Timeo: “Es imposible combinar bien el conjunto de dos cosas sin una tercera, se necesita un lazo que las una”.

CUATRO: Es a la vez el segundo número par y el regreso a la unidad fundamental en un nivel superior, como lo evidencia su reducción mística en la que

1 + 2 + 3 + 4 = 10 = 1 + 0 = 1

Simboliza la potencia pro excelencia, pues en él, la unidad completa al ternario al unirse al mismo dando origen a la cruz y al cuadrado y, lo que es más importante, a las cuatro dimensiones del espacio, es decir, la determinación material y corpórea. Son los cuatro principios elementales, Fuego, Tierra, Aire y Agua, que conforman el Universo; los cuatro puntos cardinales, los cuatro pilares del Universo, las cuatro fases de la Luna y toda la infinidad de cuaternarios que sirven para definir una unidad superior.

Platón decía que el ternario es el número de la idea y el cuaternario es la realización de la idea. Por esta causa, en la séptuple organización de las direcciones del espacio, el ternario se halla situado en la vertical (tres mundos o tres niveles) mientras que el cuaternario se halla dispuesto en la horizontal, en el mundo de lo manifestado.

CINCO: Con el cinco hace aparición una nueva dimensión: el tiempo, lo que también equivale a la animación de la materia mediante la vida al concederle continuidad y sucesión. Los griegos le llamaban el número nupcial por su posición intermedia entre los cuatro primeros y los cuatro últimos números de la década. Simboliza al hombre como entidad completa e intermediaria entre el mundo inferior y el mundo divino. Es el hombre encerrado en el pentagrama revelador de la divina proporción, con sus cuatro miembros regidos por la cabeza, y los cuatro dedos regidos por el pulgar. Pero además, por su carácter de intermediario, puede ser un número destructor de lo temporal, mutable y perecedero.

Es el primer número que manifiesta todas las posibilidades del Universo, y por ello, los pitagóricos tenían como signo para reconocerse la estrella de cinco puntas. Por último, cuando se le representa mediante un cuadrado con un punto en su centro, representa la totalidad material (el cuaternario) y su esencia.

SEIS: Representado por la estrella de seis puntas, muestra el equilibrio entre dos triángulos enlazados y opuestos (Fuego y Agua); es por ello que se descompone como 3 + 3, como conjunción del tres consigo mismo. Es la oposición entre el Creador y su creación en un equilibrio indefinido, oposición que no implica necesariamente contradicción, pero que es fuente de todas las ambivalencias. Para los pitagóricos es el número perfecto, dado que el producto de los números que lo componen es igual a su suma:

1 + 2 + 3 = 6; y 1 x 2 x 3 = 6

SIETE: Ya vimos al estudiar el cuatro que su vuelta a la unidad significaba la realización de la unidad del mundo. Ahora al llegar al siete, lo que se realiza es la unidad universal. Este parentesco con el cuatro, símbolo de la Tierra, hace que se le atribuyan los siete astros errantes o planetas. Cuando procede del 6 + 1 se representa por una estrella de seis puntas con un punto en su centro, es el equilibrio tendiendo a la interioridad, revelando el misterio de la circulación de las fuerzas de la naturaleza.

OCHO: Es el primer número cúbico (aparte del 1), y en él se manifiesta el volumen. Simboliza la regeneración espiritual y la mediación entre el orden natural y el divino, por sé intermediario entre el círculo (símbolo de eternidad) y el cuadrado (símbolo de materialidad), ala vez que la estabilización en uno o en otro estado.

Refleja una armonía, pero también un cambio de nivel, pues siendo un número par y pasivo, puede dividirse y subdividirse siempre en números iguales:

8 = 4 + 4 = 2 + 2 + 2 + 2 + 2 = 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1

De aquí que otro de sus significados sea el equilibrio cósmico, de la equidad y la justicia.

NUEVE: En la creación, los mundos son tres: cielo, tierra e infierno, y cada mundo es simbolizado por una tríada; por ello el nueve es el número que cierra el tercer ciclo a partir de la unidad, y con ello, la creación.

Perménides dice que el nueve es el número de las cosas absolutas, y en esta misma línea, debemos hacer constar que las nueve musas representaban a la totalidad de los conocimientos humanos. Además es también el número de la perfección, pues el feto humano nace al mes noveno, ya totalmente perfecto.

Porfirio, en sus Eneadas (conjunto de nueve) formas por 54 tratados, dice: “he tenido la alegría de hallar el producto del número perfecto, por el nueve”. Y en esta estructura numerológica, intenta simbolizar su visión total, cósmica, humana y teológica. Después de la emanación del Uno, con el retorno al Uno se completa el ciclo del Universo.

DIEZ: Tiene el sentido de la totalidad, de final, de retorno a la unidad finalizando el ciclo de los nueve primeros números. Para los pitagóricos es la santa tetraktys, el más sagrado de todos los números por simbolizar a la creación universal, fuente y raíz de la eterna naturaleza; y si todo deriva de ella, todo vuelve a ella. Es pues una imagen de la totalidad en movimiento.

Tomado del : Pequeño Universo

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SOCRATES

Posted by cosmoxenus en 2 diciembre 2005

“La Vida sin Discernimiento no es Digna de ser Vivida”

Miguel Angel dijo al joven escultor, “no te preocupes demasiado con respecto a la luz en tu estatua, la luz de la plaza pública probará su valor”.

La verdad habla por si misma; sin encontrar audiencia en las masas, ella permanece eternamente, esperando ser reconocida por unos pocos.

Así permanece la verdad de Sócrates.

La mayor parte de lo que sabemos de Sócrates viene de los diálogos de Platón. Estos parecen obras de teatro, con Sócrates como personaje principal. A través de su conversación con otros, él toma vida, un místico empeñado en una misión que le dio Apolo, Dios del Sol.

En el diálogo titulado La Apología, Sócrates dice al jurado que al principio él estaba confundido porque el oráculo de Delfos dijo que no había hombre más sabio que él. Sócrates dijo: “¿Qué quiere dar a entender el dios?; porque yo sé que no tengo sabiduría. Con todo, él es un dios y no puede mentir”. Sócrates empezó a buscar un hombre más sabio que él, pero al no encontrar ninguno, dedujo acerca de todos los que entrevistó: “Estoy en mejores condiciones que él, porque él no sabe nada y piensa que si sabe; yo no sé, ni creo que sé”. El dedicó que la verdad del misterio es que, “Sólo Dios es sabio… El sólo está usando mi nombre como ilustración, como si dijera: ‘ Oh hombres, el más sabio es aquel que, como Sócrates, sabe que en realidad su sabiduría no vale nada’ y así voy por el mundo, obedeciendo al dios e investigando la sabiduría de todo el que parece ser sabio; y si no lo es, entonces en vindicación del oráculo, le muestro que no es sabio”

Sócrates, por medio de su método dialéctico de enseñanza, mostró a los hombres que no eran sabios. La dialéctica, se define como el arte o práctica de examinar las afirmaciones lógicamente, por medio de preguntas y respuestas, para determinar su validez; pero en la dialéctica de Sócrates se puede ver mucho más. El se presenta como un hombre con buen sentido del humor, que sabe mucho, pretende que nada sabe y usa el ingenio y la ironía al máximo. cuando alguien investiga la naturaleza de algo, Sócrates pretende no saber nada al respecto; él replica con una pregunta. Continúa así hasta que con sus inteligentes preguntas ha llevado a la otra persona a responder su propia pregunta.

Cuando Sócrates ve a alguien exhibiéndose, pretendiendo sabiduría, él señala la insensatez de sus palabras. En forma severa lleva al pretencioso a lo que es verdad, mostrándole lo que no es. El se llamó a sí mismo un partero intelectual y decía que las ansiedades son los dolores del parto. Decía que él no tenía las ideas, que ayudaban a otros a tenerlas o a encontrarlas.

Conocer la Verdad

Sócrates creía que la verdad, el conocimiento, la belleza y la virtud absolutas existen eternamente y que el hombre en la tierra conoce y reconoce estas cualidades porque él las recuerda de una existencia previa en la que moró con ellas. En otro diálogo, Fedón, él dice, “después de descender a la Tierra el alma tiene reminiscencias del mundo de la verdadera existencia…A menudo nuestro aprendizaje consiste en recordar lo que una vez supimos en otra vida”. Con sus preguntas, Sócrates ayudaba al investigador a recordar sus respuestas.

Probablemente las dos citas más conocidas de Sócrates son: “Conócete a ti mismo” y “La vida sin discernimiento no es digna de ser vivida” Su mayor preocupación fue “la buena vida”. Anteriormente los filósofos estaban interesados principalmente en la naturaleza de los cielos y la Tierra, pero Sócrates dijo que a él no le interesaba cómo o de qué estaba hecho el universo, sino por qué estaba hecho en esa forma. El concentró su atención en el hombre interno y en la obtención de la felicidad.

El creía que la verdadera virtud y la verdadera felicidad son una sola, que el hombre puede llegara ser racional y que por medio de un proceso de arete (llegar a ser experto en algo) puede encontrar la satisfacción. Pensaba que todos deben vivir al máximo de su potencial.

Los absolutos de los cuales Sócrates hablaba son esencias, formas o ideas, que permanecen después de que la cosa que las representa ha desaparecido. El creía que somos capaces de compartir estos absolutos porque los recordamos. Un ejemplo es la idea de la belleza, que permanece después de que la flor que pensábamos era bella se ha marchitado. Esta idea de belleza es también la verdadera naturaleza de la flor y conociendo su naturaleza uno puede conocer también su propósito . Sócrates pensó que el hecho de que exista una variedad total en el universo no es un accidente; todas las cosas tienen su propósito y su relación con el todo. Existe una función que cada persona o cosa realiza mejor que cualquiera otra persona o cosa; esa función es su propósito.

Buscador del Conocimiento

Si un hombre busca el conocimiento y aprende lo que es realmente bueno, él actuará para su propio beneficio. El conocimiento genera comprensión, la cual lleva a la virtud y a la buena vida. Los errores se cometen debido a la falta de información. Si alguien sabe lo que es mejor, lo hará. Ningún hombre se daña intencionalmente. Consideren al hombre que roba; él debe creer que la adquisición de lo que roba le traerá felicidad. ¿ No cree el hombre que comete un homicidio, que ya sea él o el mundo estará de alguna manera mejor sin su víctima?

Sócrates dijo “El conocimiento es virtud”.

La verdadera naturaleza del hombre es buena, él tiene un mecanismo inherente de seguridad que lo lleva otra vez a la corriente cuando él la abandona. Ningún hombre o grupo puede continuar indefinidamente con un comportamiento que es dañino para si mismo o para su semejantes.

Cuando lo intenta, las cosas no resultan bien para él; por lo tanto, para encontrar la verdadera felicidad, uno debe encontrar la verdadera virtud.

Como muchos de nuestros grandes maestros, Sócrates era impopular entre las masas. Su vida termino en Atenas en el año 399 a. C., en el mismo lugar en que había comenzado en 469 a.C. El jurado le ordenó tomar cicuta después de que lo encontró culpable de no adorar a los dioses que el estado adoraba, sino más bien estar introduciendo prácticas religiosas nuevas y extrañas, y de corromper a la juventud.

Durante el juicio, se le dio la oportunidad de cambiar su comportamiento, pero él lo haría; dijo que creía que su juicio y los resultados de éste eran en su propio beneficio. Hablando de su daimon ( compañero interno)él dice: Esta señala, que es una voz suave, comenzó a llegar a mi cuando era un niño; siempre prohíbe, pero nunca me ordena Hacer cualquier cosa que voy hacer…Hasta fecha la facultad divina, de la cual el oráculo interno es la fuente, ha tenido constantemente el hábito de oponérseme, aun en fruslerías, si iba a cometer una falta o error; y ahora pueden ver que me ha tocado aquello de lo que se piensa, y así se cree generalmente es el último y peor de los males; pero el óraculo no hizo ningún signo de oposición… Esto es una indicación de que lo que me ha sucedido es bueno y que aquellos de ustedes que piensan que la muerte es un mal están equivocados; porque la señal habitual seguramente se me habría opuesto si hubiera estado procediendo mal.

Se cree que el concepto de que la vida necesariamente sigue a la muerte porque los opuestos brotan de opuestos es de Platón, si bien él lo atribuye a Sócrates. Muchos creen que en los Diálogos es imposible separar realmente la filosofía de Platón de la de Sócrates. En muchos casos se cree que Platón usó a Sócrates como el portavoz a través del cual él expresó sus propios puntos de vista. ¿Que importa? ¿No es el mensaje lo importante? ¿Cuando a menudo oyen una cita que ustedes consideran sabia y con el tiempo recuerdan la cita pero no quien la dijo? En realidad, la verdad habla por si misma.

Tal vez Platón tuvo intención de mezcla sus ideas con las de Sócrates en forma que fueran indistinguibles. De alguna manera esto parece reforzar la filosofía de Sócrates de que es un desperdicio de tiempo argüir sobre cosas en las que todos los sabios disienten, en busca de conocimiento que no haría ningún bien si se tuviera. ¿Que bien nos haría el saberlo? Esto nos protege también de respetar al maestro pero no al mensaje. Después de todo si Platón quería crédito, todo lo que tenía que hacer era pedirlo. Los Diálogos fueron escritos después de la muerte de Sócrates; Platón lo amaba como a un padre, ya que había sido maestro durante veinte años.

Podría ser que Platón meramente reconoció la verdad que perduraba y deseaba preservar porque Sócrates, su amado profesor, nunca escribió una línea? El la preservó; ésta permanece, todavía esperando. La Luz de la plaza pública no la ha encontrado deficiente.

JEAN EWING

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LA LIBERTAD Y LA VERDAD

Posted by cosmoxenus en 2 diciembre 2005

En la filosofía masónica tenemos preceptos y normas disciplinarias tendientes a regular el criterio de los individuos a fin de que éstos no se pierdan en un mar de confusiones y puedan hacer sus exposiciones lo más nítidamente posible; basado en los anteriores conceptos, me estoy permitiendo hacer una transcripción de uno de ellos, el cual me servirá de preludio al trabajo medular que pongo a vuestra consideración y buen entendimiento. Este pensamiento es: “Para razonar es indispensable y condición necesaria la definición de los términos, pues de lo contrario nuestro razonamiento sería confuso y no llegaríamos a una conclusión lógica y de verdad”.

Como claramente se podrá advertir, si entendemos la anterior sentencia, que para hablar de cualquier asunto es necesario conocerlo con propiedad a fin de exponerlo con toda veracidad y, además, que sepamos definir los términos o las palabras que vamos a utilizar para que así se pueda entender lo que deseamos decir. Pues bien, a riesgo de que no exprese claramente lo que yo entiendo del tema que pretendo esbozar, permítaseme en primer término, definir los conceptos que en este trabajo emplearé:

LIBERTAD.- Poder de obrar o de no obrar, o de escoger, derecho que uno se toma.

TRILOGIA.- Conjunto de tres obras dramáticas cuyo tema tiene entre sí cierto enlace.

TRIADA.- Conjunto de tres unidades, de tres personas.

AUTOCRACIA.- Gobierno en el cual un sólo hombre reúne todos los poderes (dictadura).

AUTOCRATA.- Persona que ejerce autoridad ilimitada.

ESENCIA.- Lo que constituye la naturaleza de una cosa.

COSMOS.- El mundo, el universo.

EGIDA.- Protección de defensa.

PSICOLOGIA.- Parte de la filosofía que trata del alma, sus facultades y operaciones.

La trilogía Masónica, base y esencia de una de las más antiguas Instituciones que han perdurado a través del tiempo pese a los embates a que ha sido sometida, está cimentada y constituida bajo la égida de la LIBERTAD, IGUALDAD Y FRATERNIDAD. En esta noche deseo hablar sólo de la LIBERTAD y en otra ocasión, si las circunstancias me son propicias, trataré de complementar este trazado abordando las otras dos cuestiones.

Hemos dado a conocer el significado tradicional de la palabra LIBERTAD y está asentado como “EL PODER DE OBRAR O DE NO OBRAR, O DE ESCOGER; DERECHO QUE UNO SE TOMA”. Sin embargo, en este asunto tan escabroso llegaremos a una de las más viejas y debatidas opiniones que vierten, a manera de interrogante, la religión, la política y la psicología y es ésta: ¿Es el hombre un alma libre, un ser libre, un pensador libre?.

Quienes contestan esta interrogante, lo hacen con dos creencias opuestas entre sí; Hay quienes claman y predican abiertamente que el hombre es LIBRE en pensamiento, en acción e igualmente en existencia. Hay otros que creen que el hombre NO ES LIBRE, QUE ES UN ESCLAVO del fanatismo, de las circunstancias, de su ambiente, e igualmente esclavo de Dios y de sus dictados.

Apartándonos completamente de esas opiniones tan definidas y particulares, se precisa que retrospectiva e internamente hagamos un análisis sereno de cuál es nuestra propia condición y determinar de por sí solos, si somos hombres libres o estamos subyugados. Solamente así, tratando de esclarecer internamente nuestro pensamiento y expresando nuestras opiniones sobre este asunto, es como podremos realizar completamente lo que hemos creído en el pasado sobre el debatido punto de la LIBERTAD, para llegar a la mejor comprensión.

El hombre no ha nacido ni libre ni esclavo. El hombre nace esencialmente sin elección, pero con la habilidad de elegir para ser libre o esclavo. Pero desde el preciso momento de su nacimiento, esta condición comienza a modificarse. Mientras es niño, el hombre es esclavo de las reglas autocráticas y dictadas de dos mentes: la mente humana de los padres y la mente Cósmica, o como se llama comúnmente, las leyes de la Naturaleza. La regularidad con que el infante de condiciones normales se alimenta, duerme, le funciona su corazón, intestinos y demás órganos, prueba que alguna suprema ley de la Naturaleza está dirigiendo autocráticamente sus asuntos. Por otra parte los padres, con todo, también ejercen una influencia autocrática dirigiendo o escogiendo qué alimentos debe comer, cuando debe bañarse al niño, dónde debe dormir y otros aspectos de la vida del niño. Todo esto nos debe probar que el hombre, siendo un niño de escasos meses de nacido, es un ESCLAVO de la autocracia tanto interna como externamente. Pero, conforme crece el niño, día a día, empieza a ejercer de varios modos sus poderes y facultades de elección; se manifiesta en la selección o preferencia de ciertos alimentos, de ciertos períodos de sueño, ciertas posiciones de su cuerpo al dormir y otros aspectos de su vida.

Algunos principios de la Psicología hacen referencia al desarrollo gradual del niño, desde la no elección hasta la libertad de elegir algunas cosas y estos cambios se incrementan o modifican cada semana; prefieren el color rojo a cualquier otro color; les agrada los objetivos brillantes y relucientes a los opacos u obscuros; les agrada el movimiento más que la inmobilidad; etc.

Así vemos que el niño, en las distintas etapas por las que atraviesa, ejerce una preferencia o selección para ciertas cosas y, además, su poder voluntario para pedir lo que escoge o lo que piensa que prefiere, haciendo abstracción absoluta de los deseos muy particulares de sus progenitores.

Después viene el período de desarrollo de aquello que el individuo llama su derecho para pedir y seleccionar. Haciéndose más tarde un adulto, llega a lo que se llamaría un agente libre, con el derecho, poder y facultad para escoger o rechazar, para pedir o aceptar, para actuar; esto es lo que podríamos llamar pensamiento libre en su análisis final.

Debemos considerar que las ideas y preferencias vienen del exterior o de nuestro interior y constituyen orientaciones o impulsos en nuestra mente; y si admitimos esos impulsos probamos con ello que tenemos la libertad de elección entre impulsos de varias clases, pero permanecemos esclavos -verdaderos esclavos- de los impulsos y deseos.

Dado que el hombre tiene la facultad de razonar de modo que pueda hacerlo considerando los impulsos y hacer la debida elección, debemos cuidarnos de que nuestras decisiones no estén basadas en las voces del exterior, pues debemos recordar que hemos sido educados sólo en aspectos materiales y hasta falsamente, siendo, por tanto, un esclavo del materialismo y no el agente libre que piensa que es.

Si admitimos que el ser humano es esencia o chispa del Gran Arquitecto del Universo y somos microcósmicos de esa Inteligencia Suprema, debemos confiar en nuestra propia mente y no desviarnos de esa inteligencia que internamente tenemos.

Para ser un verdadero agente libre, no nos apoyemos en los razonamientos que nuestra mente objetiva nos dicte, pues podríamos incurrir en apreciaciones y decisiones erróneas; debemos ante todo, hacer una selección rigurosa de nuestros impulsos y deseos y determinar, en ciertos momentos, si la selección que hemos realizado se debe al resultado de la recomendación de alguna persona o estado pasajero o si ésta viene desde dentro como intuición o “corazonada”.

Para conocernos a nosotros mismos y saber definitivamente si somos capaces de utilizar la libertad de pensar y elegir, hagamos nuestras selecciones de criterio utilizando la guía de nuestro ser interno que sólo él es capaz de conducirnos hacia la meta suprema de la LIBERTAD Y LA VERDAD individual absoluta.

Apolinar Saldivar Garza

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