El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Autoconocimiento

Posted by cosmoxenus en 16 mayo 2005

Sheij Muzaffer Ozak

Dios dice: “Aquellos que purifican sus nafs hallarán la salvación”. Los nafs no son una cosa. El término, en árabe, está relacionado con las palabras “aliento”, “alma”, “esencia”, “yo” y naturaleza. Se refiere a un proceso que nace de la interacción del cuerpo y el alma. El cuerpo está compuesto de “arcilla”, una combinación de elementos materiales. El alma viene de Dios y presenta siete aspectos o niveles: el alma mineral, el alma vegetal, el alma animal, el alma humana, el alma angélica, el alma del secreto y el alma del secreto de los secretos. Hay ciertos elementos del alma que pueden mejorarse.

La medicina para lograrlo se encuentra en las sagradas escrituras y en las enseñanzas de los profetas y los santos. ¿Cómo puede el alma tener cualidades negativas o indeseables, cuando no procede de esta tierra, sino del plano del Trono de Dios? El alma se convierte en una exiliada cuando entra en el cuerpo. Este es para ella una prisión. Nuestros cuerpos contienen diversos órganos e instrumentos de acción – como, por ejemplo, nuestros órganos sexuales – pero carecen del poder psíquico para realizar y satisfacer nuestras necesidades físicas. El alma contiene la fuerza, pero no los medios de acción.

Cuando el alma hace un mal uso de estos instrumentos corporales, entonces podemos hablar de cualidades indeseables en ella. Dios no ha creado nada que sea malo en sí. Es nuestro mal uso de las cosas lo que las convierte en malas. Por ejemplo, el deseo sexual es normal y necesario para propagar la especie. Así mismo, proporciona un modo de expresar amor entre marido y mujer. Sin embargo, cuando este deseo natural se convierte en lujuria, puede conducir a todo tipo de males. Así que ¿quién es el responsable de nuestras malas acciones, el cuerpo o el alma? Se dice que en el día del Juicio el cuerpo culpará al alma, diciendo: “Yo no tenía poder para actuar”. A lo que se le contestará con la parábola del ciego robusto que transporta un tullido a sus espaldas. El tullido posee ojos y buen juicio, y dirige los movimientos de su portador ciego. Entonces, ¿quién es el culpable? La respuesta es ambos.

Los nafs no son malos en sí. Nunca los culpes. Parte del trabajo del Sufismo consiste en cambiar el estado de tus nafs. El nivel más bajo es el de hallarte completamente dominado por tus impulsos y deseos. El siguiente estado es el de luchar contigo mismo, tratando de actuar conforme a los dictados de la razón y de los ideales, criticándote siempre que yerras. Un nivel mucho más alto consiste en sentirte satisfecho con lo que Dios quiera darte, sea comodidad o incomodidad, satisfacción de las necesidades físicas o no.

Todos estos niveles del nafs son parte de la creación y se hallan encarcelados en el cuerpo, desterrados de su verdadera patria. El nivel más alto del alma, el alma pura, no es parte de la creación. Es un aspecto del Atributo Divino Al-Haj, el Siempre Viviente, y no puede ser localizado ni dentro ni fuera del cuerpo. Los restantes niveles están situados dentro del cuerpo, pero el alma pura es parte del Infinito, y como tal, no puede ser contenida ni por la creación entera. Es una manifestación directa del Siempre Viviente.

Los nafs contienen las disposiciones o cualidades del alma encarnada. Dios ha dicho: “Hemos infundido en Adán Nuestro propio aliento”. Este es el alma que se mantiene encerrada en el cuerpo hasta que en la muerte, escuchamos las palabras: “Retorna a tu Señor”. Los niveles más bajos del alma permanecen en el cuerpo. No quieren partir con la muerte. Se rebelan por causa de su apego a lo corpóreo.

¿Qué ocurre con el alma de los grandes profetas y santos? En realidad, ellos son distintos del resto de nosotros. Son más puros. Los elementos terrestres, materiales, de estos grandes individuos proceden de los lugares más sagrados de la tierra. Sus cuerpos son puros, y, al entrar en ellos, el alma no queda manchada en absoluto. Hay una frase célebre que dice: “El que se conoce a sí mismo (literalmente, el que conoce a sus nafs) conoce a su Señor”.

Laten aquí dos significados. El primero es que podemos llegar a conocer nuestras necesidades, deseos y debilidades, a la vez que percibimos la existencia de un poder majestuoso. Entonces comprendemos que precisamos de un protector, alguien que nos alimente, nos vista y nos dé cobijo en este mundo. El segundo es una explicación mística. Dios ha dicho: “Estoy más cerca de ti que tu vena yugular”. Al conocernos a nosotros mismos descubriremos esta profunda conexión con el Señor. Y siguiendo este hilo podemos llegar a Dios.

El camino de vuelta a Dios tan sólo puede ser recorrido por aquellos que viven de acuerdo con los mandamientos divinos. Los que no lo nacen, los que prefieren seguir al Diablo, serán apartados.

Existe algo que nos une con Dios. Hay millones de bombillas, pero – aunque Dios está por encima de cualquier símil – sólo una cosa es llamada electricidad. Cada bombilla es diferente. Algunas tienen 10 voltios y otras 100, pero la energía con la que se alimentan es la misma.

O pensemos en un racimo de uvas, que se pudren pronto una vez que las recogemos, pero viven si se las deja en la viña. ¡Sí!, hay algo que le llega a cada uva desde la cepa. Todo es lo mismo, todo es hermoso en esencia. Sólo los atributos superficiales pueden ser feos. No estés apegado a este mundo, pues con la muerte deberás separarte de todo cuanto en él hay. Antes de morir, escucharás la orden “Vuelve a tu Señor”. Todos los lazos que te atan al mundo se desatarán y hallarás la unidad con Dios.

El rey Salomón (la paz de Allah sea con él) era el gobernante más rico y poderoso, así como el profeta más grande de su época. Aunque contaba con gran poder y con riquezas incalculables, sus posesiones no le importaban en absoluto. Incluso las consideraba como una carga y una fuente de problemas. Todos los días, Salomón visitaba a su loro.

Un día halló al ave muy triste, llena de nostalgia de su país natal. Hablando de loros, uno que tenía un vocabulario increíblemente amplio fue subastado en Estambul por $2.000. Cuando Nasruddin (que solía enseñar por medio del humor) vio esto, se quedó totalmente asombrado. Al día siguiente, decidió llevar a su pavo, que era grande y feo, a la plaza del mercado. La mejor oferta que recibió fue una de $6, así que Nasruddin animó a la multitud a que subieran más, porque su ave era más grande que el loro que habían vendido por $2.000.

Alguien gritó: Aquél era un hermoso loro, y podía hablar exactamente igual que un hombre! Nasruddin replicó: “¡Este es un hermoso pavo y puede pensar exactamente igual que un hombre!”. El Rey Salomón concedió permiso al loro para volver a su tierra. El viaje suponía un mes para ir y otro para volver, así que Salomón le dio al loro tres meses de permiso. Pero le advirtió que volviera a tiempo, porque de lo contrario enviaría a los vientos y los jinns tras él.

El loro volvió a su hogar y se reencontró con su familia y amigos. El tiempo pasaba muy deprisa. Como ya se sabe, para dos amantes una noche puede parecer un minuto, pero para alguien con un dolor de muelas resultará sin duda interminable. Cuando el loro estaba a punto de marcharse, su familia le ofreció una botella del agua de la vida eterna como regalo para el rey Salomón. El loro ató la botella a unas de sus alas y emprendió el viaje de vuelta.

En cuanto llegó, le entregó la botella al Rey. El Profeta consultó a sus consejeros. Les preguntó si debía beber el agua de la vida eterna. Toda la corte – hombres, animales y jinns – dijeron al mismo tiempo: “Sí, queremos que nos gobiernes para siempre”. Pero el búho replicó: “Antes de beber visita cierta cueva y mira quién está allí”. Salomón fue a la cueva y encontró un hombre que estaba rezando, pidiendo que le llegara la muerte.

El búho le dijo al Profeta que este hombre había probado el agua de la vida eterna y por lo tanto no podía morir. Estate preparado para irte cuando llegue tu hora. A nadie le gustaría soportar por siempre interminables enfermedades e incapacidades. Y no hay mayor dolor que el ver cómo tus hijos se mueren mientras que tú te quedas solo. Así, mientras Salomón permanecía en suspenso, sin saber qué hacer con la botella, acudió el ángel Gabriel y la rompió.

* Extractos de la obra del Sheij Muzaffer Ozak, El amor es el Vino, Ediciones Al Sur. Revista “Hermètica” Nº 17

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