El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

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TEORIA ALQUIMISTA DE LA CREACION

Posted by cosmoxenus en 30 abril 2005

Por Sédir

Mas allá de los numerosos hieroglifos y figuras simbólicas de las cuales los alquimistas han sembrado sus libros, tenemos la buena fortuna de poseer la fuente de donde ellos han extraído su ciencia y su arte: la Tabla Esmeralda. Sin retardarnos en discutir la antigüedad y autenticidad de este monumento vamos a reproducir todo aquello que trata del sujeto de nuestro estudio, y complementaremos esta cita con algunos breves comentarios.

La maravillosa versión francesa de este antiguo texto es aquella que nos ha dado el muy sabio y muy recordado Marqués de Guaita, en su postrer libro: “La llave de la Magia Negra”; he aquí lo extraído de la versión latina de Henri Khunrath :

“Es verdadero (en principio), es cierto (en teoría), es real (en aplicación): que aquello que está abajo (el mundo físico y material) es como aquello que está arriba (análogo y proporcional al mundo espiritual e inteligible), y lo que está arriba como lo que está abajo (reciprocidad complementaria) por el cumplimiento de los milagros de la cosa única (ley suprema en virtud de la cual se funden las armonías de la creación universal en su unidad)

“Y mismo que todas los cosas han sido hechas de uno solo (cumplidas, realizadas, en virtud de un solo principio), por la meditación de uno solo (por el ministerio de un solo agente) así todas las cosas han nacido de una sola cosa por adaptación (o por una especie de copulación).

“El Sol, (condensador de la irradiación positiva o de la Luz al rojo), es su padre (elemento productor activo de ese agente); la Luna (espejo de la reverberación negativa o de la Luz al azul), es su madre; el viento (atmósfera etérica ambulatoria) la ha llevado en su vientre (le ha servido o le sirve de vehículo). La tierra (encarada como tipo de los centros de condensación material) es su nodriza (el atanor de su elaboración).-“

“ Está acá el padre (elemento productor) del universal Telesmo (perfección, meta final a alcanzar) del Mundo entero (del Universo viviente).-“

“ Su potencia (fuerza de exteriorización creadora, el río Pisón de Moisés), es entera (perfecta, cumplida; integramente desplegada hasta su total desvanecimiento). Cuando la misma se ha metamorfoseado (palabra a palabra: cuando ella se ha vuelto) en Tierra (Aretz de Moisés, sustancia condesada y específica, forma última de la exteriorización creadora, materia sensible).-“

Seiscientas páginas mas adelante, el mismo autor (1) va a proporcionarnos otras aclaraciones: “Como todas las escuelas de ocultismo, los alquimistas enseñaban, habíamos dicho, la unidad de la sustancia bajo la multiplicidad de las apariencias fenomenales.

La materia sensible, diversa y multiforme, no era para ellos mas que una ilusión mas o menos durable, prolongada en diversos modos convertibles: las transmutaciones, en su sistema, consistían en el pasaje de uno de esos modos a otro. Ellos conocían tres principios generadores de cosas manifestadas y cuatro elementos de manifestación. Azufre, Mercurio y Sal: así denominaban ellos sus tres principios; el Fuego, el Aire, el Agua y la Tierra: tales eran los emblemas de sus cuatro elementos.

Azufre, Mercurio y Sal correspondían a aquello que denominaban: fuego innato, humedad radical y base esencial de los cuerpos. Traducción:

– el Azufre, principio de la forma,

– el Mercurio, principio de la substanciación,

– la Sal, principio mixto de la manifestación objetiva.

El Azufre-principio, será pues, siguiendo el decir de un antiguo alquimista: “el fuego celeste que introduciéndose en las simientes inferiores suscita y hace aparecer la forma interior desde lo mas profundo de la materia, con todo su ornamento y equipaje, y he acá como la generación se produce por medio del fuego celeste, y como todas las cosas elementales acá abajo dependen, como de su verdadera fuente y origen”

Este viejo autor no es menos explícito cuando define al Mercurio-principio: “La humedad radical de todas las cosas que en química llaman Mercurio, es la sustancia húmeda, primer nacimiento en la simiente de todas las cosas; sobre la cual el fuego natural o azufre vital se sacude para empujar los formas musses y ocultas en el tesoro de su abismo. Yo llamo abismo, a las virtudes y propiedades de ese espíritu de vida que posee casi infinitas, para extraer de si mismo todas clases de formas”

La Sal-principio, dice aún Pedro Juan Fabre, es el surco fundamental de toda la naturaleza en general y en particular; es el punto y el centro donde todas las virtudes y propiedades celestes y elementales confluyen y se terminan… Principio de la corporificación, que es le nudo y el hilo de los otros dos (azufre y mercurio) y les da cuerpo, y de esta forma los hace aparecer visiblemente a los ojos de cualquiera.

Así, entonces, agrega Guaita, “los tres Principios en su significación universal, no son ni los cuerpos vulgarmente denominados azufre, mercurio y sal, ni ninguna substancia análoga, que caiga bajo nuestros sentidos.- Es necesario tener los tres aspectos complementarios de una misma esencia, generativa de las cosas materiales; los tres términos de polarización del virtual oculto bajo el punto de manifestarse, pasando de poder en el acto.

Concebidos en su síntesis operatoria, los Principios representan a ellos tres, la energía realizadora de los cuerpos. Encarados separadamente, se reducen a puras abstracciones, ya que no existen mas que los unos para los otros.

Así, para resumir, los alquimistas, y comprendo bajo este término tanto a los filósofos del fuego nacidos en Europa como a aquellos de la India, el Tibet o la China, reconocen la existencia, en el acto de la creación, de los principios siguientes, determinados por vía de la analogía experimental:

1. El Fuego, principio fermentativo y vivificante, calor latente inconmensurable, causa primera que reina sobre todo, por todo y en todo. Este agente universal es el Azufre.

2. Una esencia esencial, principio de lo húmedo, de las tinieblas, de la pasividad, de la materia y de la putrefacción. Este es el mercurio, formado de aire y de fuego.

3. Un efecto procedente de la reacción de los dos precedentes, arribando a la animación de la materia y al desarrollo de los tres períodos de sus ciclos innumerables. Esta es la Sal, formada de Tierra; el medio de toda copulación, el estado fermentativo donde alcanzan la Generación y la Putrefacción.

Así en todas las cosas se encuentra el cuaternario siguiente: el Principio, fin y complemento de toda producción, tanto en el orden de los universos que dentro de las mismas piedras.- El Agente, fuente de toda existencia, emanado del precedente.- El Medio, fuente de todas las mezclas, por la interacción de la materia y de la forma.

La paciencia, resumida y lugar común, campo de acción de los tres primeros términos.

Estos cuatro Modos se reencuentran tanto en el principio de las cosas, como en su constitución, su engendramiento, de manera que se puede resumir todo de acuerdo al siguiente cuadro:

PADRE HIJO ESPIRITU VIRGEN
PRINCIPIO de las COSAS Principio (efecto) Agente Medio Paciente
ENGENDRACION de las COSAS Generación Putrefacción Fermentación Caos

CONSTITUCION de las COSAS Calor no creado Semilla Esperma envuelto Humedad radical
ELEMENTOS Fuego Aire Tierra Agua
CUALIDADES Calor Húmedo Seco Frío

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CORPUS HERMETICUM (Tratado 10 – De Hermes Trismegisto: La Llave)

Posted by cosmoxenus en 30 abril 2005

TRATADO 10

DE HERMES TRISMEGISTO: LA LLAVE

1- Asclepio, fue a ti a quien ayer dedicamos nuestra lección. La de hoy justo es dedicarla a Tat, ya que no es más que un resumen de las Lecciones Generales que con él charlamos.

Pues bien, Dios Padre, oh Tat, tiene la misma naturaleza, o más bien la misma acción que el Bien. Pues el término “Naturaleza” corresponde a “crecer”, “brotar” y se aplica a las cosas que se modifican y se mueven … y no se mueven, esto es a las divinas y humanas, a las cuales pertenece. En otro lugar, leccionamos sobre temas divinos y humanos, sobre los que hay que seguir elucubrando.

2- Ahora bien, la acción del Dios es su buen querer. Y su naturaleza querer que todo exista. ¿Qué otra cosa no es el Dios y Padre y el Bien, sino la existencia de todas las cosas que todavía no son y, por cierto, la realidad misma de las que son? Esto es Dios, esto es el Padre, esto es el Bien. Y no le corresponde ninguna otra cosa. Aunque el Mundo mismo y el Sol mismo son también Padre de los seres participados, no son causa del bien de los seres vivos ni de la Vida de igual manera. Y si lo fueran, lo serían absolutamente por la necesidad que les impone la Voluntad Buena, sin la cual nada puede existir o nacer.

3- Un padre es la causa de la siembra y la subsistencia de sus hijos por el impulso del Bien que recibió del Sol, porque el creador es el Bien: el crear no puede hallarse en nadie sino solamente en él, que nada recibe y quiere que todo sea. Pero no quiero decir, oh Tat, “el que hace” porque un tal a veces deja de hacer, en el sentido de que algunas veces hace y otras no, de cuánto hace o de qué hace, algunas veces haciendo cuantas o tales cosas, otras haciendo las contrarias: Dios es el Padre y el Bien de todas las cosas que existen.

4- Y así es en verdad para quien puede ver. Porque esto es lo que Dios quiere ser y es. Y que sea su atributo, o más bien su propia realidad. Porque todas las demás cosas existen por El. Y propio del Bien es que se lo reconozca como el Bien, oh Tat.

– ¡Oh Padre, nos has dejado repletos de una buena y bella visión y poco falta para que la mirada de mi inteligencia caiga reverente ante tal divina visión!

– Pero no como los rayos inflamados del Sol que hieren la vista con su luz y obligan a cerrar los ojos, no es así la visión del Bien: por el contrario, ilumina y tanto más cuanto más puede el que es capaz de acoger el influjo de este resplandor espiritual, que es más intenso en su amplitud que los rayos del Sol, pero que no daña. Y desborda de inmortalidad de todo tipo.

5- Los que pueden beber de ella un poco más, frecuentemente se adormecen. Y pasan de lo corporal a estarse gozando de esta bellísima visión, como Urano y Cronos, nuestros ancestros.

– ¡Ojalá que también nosotros pudiéramos, oh Padre!

– Ojalá, hijito. Por ahora sin embargo aún somos débiles para tal visión. Y aún nos faltan las fuerzas para abrir los ojos de la inteligencia y contemplar la hermosura de aquel Bien, ¡hermosura imperecedera, incomprensible! Entonces la verás, cuando ya nada tengas que decir de ella, porque el conocerla es un silencio divino y un reposo absoluto de todos los sentidos.

6- Ni por consiguiente puede ya nada percibir el que la percibe, ni otra cosa contemplar el que la contempla, ni escuchar ninguna otra cosa, ni poder siquiera mover el cuerpo. Porque pierde conciencia de las sensaciones y aún de los movimientos del cuerpo y, así, quédase quieto. Inundada de luz la inteligencia y resplandecida el alma entera, la saca del cuerpo. Y transforma todo el ser en la realidad. Porque es imposible, hijito mío, que, por haber contemplado la hermosura del Bien, el alma sea divinizada estando en el cuerpo de un hombre.

7 – ¿Qué quieres decir por “ser divinizado”, oh padre?

– Toda alma separada, hijito, se transforma.

– De nuevo ¿qué quieres decir por “separada”?

– ¿No escuchaste en las “Lecciones Generales” que del Alma Una del Todo salieron todas las almas que ruedan desparramadas por todo el mundo? Pues bien, estas mismas almas pasan por muchas transformaciones, unas para mejor, otras para peor. Porque las de reptiles se transforman en animales acuáticos, las acuáticas en terrestres, las terrestres en aves, las aéreas en hombres y las de los hombres finalmente gozan del principio de inmortalidad de transformarse en genios y entrar después en el coro de los dioses. Porque hay dos coros de dioses, los errantes y los fijos.

8- ¡Tal es la gloria y el honor perfectísimos del alma! Pero si el alma que entró en un hombre se mantiene en la maldad, no goza de la inmortalidad ni participa del Bien; antes, refluye hacia atrás y retrocede por el camino que conduce hasta los reptiles: tal es la pena del alma perversa.

La perversión del alma es la ignorancia: porque el alma, cuando no conoce nada de los seres, ni de su naturaleza, ni tampoco del Bien, ciega total, sufre el combate que contra ella levantan las pasiones del cuerpo y, desgraciada, ignorándose a sí misma, sirve de esclava a cosas que le son ajenas y corruptas. Y carga el cuerpo como un pesado fardo, no se gobierna sino que es gobernada. Tal es la perversión del alma.

9- Por el contrario, la fuerza del alma es el conocimiento, porque el que conoce es bueno y piadoso. Y ya divino.

-¿Quién es éste, oh padre?

– El que no habla mucho ni escucha a muchas cosas, pues el que disputa ambigüedades y escucha novelerías, hijito, pelea con las sombras. Porque a Dios y Padre y al Bien no se lo dice ni se lo escucha. Y siendo así las cosas, es verdad que todos tienen los sentidos, porque sin ellos no se podría vivir, pero el conocimiento difiere en mucho de los sentidos. Pues la sensación se produce a partir de lo que la influye, mas el conocimiento es la perfección de la ciencia, ciencia que es un don del Dios.

10- Pues toda ciencia es incorporal, ya que utiliza como órgano la inteligencia, como la inteligencia a su vez el cuerpo. Dos cosas, pues, dependen del cuerpo, las espirituales y las materiales. Todo, pues, tiene que consistir a partir de la oposición y la contrariedad. Y es imposible que sea de otra manera.

– ¿Y, entonces, quién es el dios material que vemos?

– El mundo que vemos es hermoso, pero no es bueno, porque es material y fácilmente pasible (?), primero de todos los pasibles, segundo en los seres, incompleto. Pues, ciertamente, comenzó una vez y existe para siempre, está en transformación y siempre es engendrado. Y es el transformador de la calidad y la cantidad. Porque se mueve. Y todo movimiento material es transformación.

11 La inmovilidad inteligible pone en marcha el movimiento de la materia de la manera siguiente: Puesto que el cosmos es una esfera, es decir, una cabeza y que por encima de la cabeza no hay nada material, así como por debajo de los pies tampoco hay nada inteligible sino que todo es material y, puesto que el intelecto es la cabeza, la cual se mueve de modo circular, es decir con el movimiento propio de ella, todas las cosas que están ligadas a la membrana de esa cabeza, en la cual se encuentra el alma, son por naturaleza inmortales. Y como el cuerpo ha sido hecho, por así decirlo, en el alma, tienen así mismo más de alma que de cuerpo. Todas las cosas que están alejadas de la membrana son mortales, porque tienen más cuerpo que alma. Así, todo viviente está compuesto de lo material y de lo inteligible, como el propio universo.

12 El cosmos es pues el primero. En cuanto al hombre, segundo viviente después del cosmos, pero primero de los mortales, posee en común con los demás vivientes el principio de animación; por otro lado, no es ya solamente no-bueno, sino que incluso es malo en tanto que mortal. El cosmos, él, es no-bueno en tanto que móvil, pero es no-malo en tanto que inmortal. El hombre, al contrario, es doblemente malo: en tanto que móvil y en tanto que mortal.

13 El alma del hombre es conducida del modo que sigue: El intelecto está en el discurso de la razón, la razón en el alma, el alma en el hálito vital; en fin, el hálito vital pasando a través de las venas, las arterias y la sangre, pone en movimiento el viviente y puede decirse, en una cierta medida, que lo porta.

(Es por ello que algunos piensan que el alma es la sangre, pero se equivocan sobre su naturaleza: no saben que es necesario primero que el hálito vital se haya retirado en el alma, después que la sangre se haya coagulado y, entonces, que habiéndose vaciado las venas y las arterias, ello haga perecer el viviente. Y es en eso que consiste la muerte del cuerpo.)

14 Todo el universo está suspendido de un único Principio. Y este Principio depende él mismo del Uno y Solo. El Principio, en cuanto a él, está en movimiento, para que a su vez sea principio, en tanto que el Uno sólo permanece estable, no es movido. Hay pues esos tres seres, Dios, Padre y Bien., el cosmos y el hombre. El cosmos es contenido por Dios, el hombre por el cosmos. El cosmos es hijo de Dios, el hombre es hijo del cosmos, nieto por así decir de Dios.

15 Dios no ignora al hombre, al contrario: lo conoce perfectamente bien y quiere ser conocido por él. Sólo eso es saludable para el hombre: el conocimiento de Dios. Es eso lo que es el ascenso al Olimpo. Así, solamente, un alma puede convertirse en buena. Y no permanece siempre buena, sino que se convierte en mala por necesidad.

-¿Cómo dices eso, Trismegisto?

-Considera el alma de un niño, hijo mío: cuando todavía no le ha ocurrido el estar separada de su verdadero ser y el cuerpo al cual pertenece no tiene aún más que un pequeño volumen y no ha alcanzado su pleno desarrollo, ¡qué bella es por cualquier lado que se la mire, en este momento donde no ha sido todavía manchada por las pasiones del cuerpo y se halla casi suspendida del Alma del mundo! Mas, cuando el cuerpo ha alcanzado su tamaño y ha arrancado y atraído el alma a lo bajo, hacia las pesadeces corporales, el alma, habiéndose separado de su verdadero ser, alumbra el olvido: entonces ya no tiene parte en lo bello y bueno; el olvido es el que la vuelve mala.

16 La misma cosa ocurre a los que salen del cuerpo. Habiéndose remontado el alma hacia su verdadero ser, el hálito vital se contrae en la sangre, el alma en el hálito y el intelecto, después de haberse purificado de sus envolturas – pues es divino por naturaleza – y luego de haber recibido un cuerpo de fuego, recorre todo el espacio, habiendo abandonado el alma al juicio y veredicto que ella amerite.

-¿Cómo dices eso, padre? ¿Quieres que el intelecto se separe del alma y el alma del hálito, cuando decías que el alma es la envoltura del intelecto y el hálito vital la envoltura del alma?

17 Aquél que escucha, hijo mío, no debe hacerse sino una misma inteligencia y un mismo aliento con aquél que habla.

Y tener el oído más presto que la voz del que habla.

El ensamblaje de esas envolturas, hijo mío, no se produce sino en un cuerpo de tierra. Porque le es imposible al intelecto instalarse completamente desnudo, tal cual es según su esencia, en un cuerpo de tierra.

Porque ni el cuerpo de tierra es capaz de llevar una inmortalidad tan grande, ni una virtud tan poderosa puede sufrir que se le adhiera, piel a piel, un cuerpo perecedero. El intelecto, pues, ha tomado al alma como envoltura. Y el alma, que es en cierto modo ella misma divina, utiliza a su vez al hálito como servidor, en tanto que el hálito por su parte gobierna al viviente.

18 Cuando el intelecto se ha separado, pues, del cuerpo de tierra, inmediatamente se reviste con la túnica que le es propia, la túnica de fuego, que no podía conservar cuando vino a establecerse en el cuerpo terrestre (pues la tierra no puede llevar el fuego: basta con una pequeña chispa para que toda comience a arder y he ahí por qué el agua se halla alrededor de toda la tierra como barrera y muro de defensa contra la llama del fuego).

El intelecto, pues, siendo el más penetrante de todos los conceptos divinos, posee también por cuerpo el más penetrante de todos los elementos, el fuego. Y como el intelecto es el hacedor de todos los seres, es el fuego el que toma como instrumento de su fabricación. El Intelecto del Todo es el hacedor de todos los seres, el intelecto del hombre hace solamente los de la tierra. Porque, despojado como está de su vestimenta de fuego, el intelecto que habita en los hombres es incapaz de hacer los seres divinos, ya que su habitación le impone la condición humana.

19 En cuanto al alma humana, no toda alma a decir verdad, sino aquella que es reverente, es en cierto modo espiritual y divina. Un alma tal, entonces, cuando se separa del cuerpo tras haber luchado el combate de la recta conciencia (este combate consiste en conocer lo divino y no hacer daño a ninguno de los hombres), se vuelve toda entera Intelecto.

El alma impía permanece por el contrario en el nivel de su propia naturaleza, castigándose ella misma y buscando un nuevo cuerpo de tierra en el cual pueda entrar, pero un cuerpo humano: porque ningún otro cuerpo podría contener un alma humana. Y el orden divino prohibe que un alma humana vaya a caer en el cuerpo de un animal sin razón. Es en efecto una ley de Dios que el alma humana sea protegida contra tan gran ultraje.

20 -¿Pero entonces, padre, cómo es castigada el alma humana?

-¿Hay acaso un mayor castigo para el alma humana, hijo, que la inconciencia? ¿Qué fuego hace una llama tan grande como la inconciencia? ¿Qué bestia es tan devoradora, a efecto de mutilar un cuerpo, como la irreverencia mutila al alma misma? ¿No ves los suplicios que soporta el alma impía cuando pide socorro y exclama: “Me consumo, estoy en llamas: ¿qué decir? ¿qué hacer? no lo sé. Soy devorada, desgraciada, por los males que me poseen. Ya no veo, no oigo ya”. ¿No son esos los gritos de un alma a la que se castiga? ¿O bien vas a creer, hijo mío, tu también, según la opinión vulgar, que el alma es tras su salida del cuerpo convertida en bestia, lo que es un gravísimo error?

21 He aquí, en efecto, cual es el castigo del alma: Es el orden establecido que el intelecto, una vez convertido en espíritu, reciba un cuerpo de fuego para ser puesto al servicio de Dios y que, habiéndose introducido en el alma impía, la flagele con los látigos reservados a los pecadores, bajo cuyos golpes el alma impía se precipita en los crímenes, ultrajes, calumnias y violencias de todo tipo, instrumentos de las injusticias humanas.

Por el contrario, cuando el intelecto ha entrado en el alma recta, la guía hacia la luz del conocimiento y, el alma así favorecida, no se cansa nunca de cantar a Dios, ni de derramar sus bendiciones sobre todos los hombres mediante toda clase de beneficios en actos y en palabras, a imitación de su Padre.

22 Así que tú también, hijo mío, cuando das gracias a Dios, debes orarle para obtener un buen “intelecto”. Luego es así que el alma puede pasar a un cuerpo superior: pero es imposible que pase a uno inferior. Hay una comunión entre las almas: las almas de los dioses entran en comunión con las de los hombres, las de los hombres en comunión con las de los seres sin razón.

Los seres superiores cuidan de los seres inferiores, los dioses de los hombres, los hombres de los animales sin razón, Dios de todos: porque él es superior a todos y todos son inferiores a él. El cosmos está, pues, sometido a Dios, el hombre al cosmos, los seres sin razón al hombre: Dios, El, está por encima de todos los seres y vela sobre todos.

Las energías son como los rayos de Dios, las fuerzas de la naturaleza como los rayos del cosmos, las artes y las ciencias como los rayos del hombre. Las energías actúan a través del cosmos y alcanzan al hombre por los canales físicos del mundo; las fuerzas de la naturaleza actúan por medio de los elementos, los hombres a través de las artes y las ciencias.

23 Y tal es el gobierno del Todo, gobierno que depende de la naturaleza del Uno y que penetra por todas partes mediante el solo Intelecto. Nada hay en efecto más divino y más activo que el Intelecto, nada más apto para unir los hombres a los dioses y los dioses a los hombres. El

Intelecto es el Espíritu del Bien (“Agatho Daimon”). Feliz el alma que ha sido colmada por completo con este Intelecto, infortunada la que está totalmente vacía de él.

-¿Qué quieres decir todavía con ello, padre?

-¿Crees tú, hijo mío, que toda alma posee el Intelecto, quiero decir el del Bien? Pues es de él que estamos hablando y no de ese intelecto servidor, del que hemos hablado antes, el cual es enviado abajo por la Justicia.

24 Efectivamente, sin Intelecto, el alma “no puede ni decir nada ni hacer nada.”A menudo sucede, en efecto, que el Intelecto vuela fuera del alma y, en esos momentos, al alma no ve, ni entiende, sino que semeja un animal sin razón: ¡tan grande es la potencia del Intelecto! Por otra parte el Intelecto no puede soportar un alma entorpecida, antes bien abandona un alma así atada al cuerpo y por él sofocada aquí abajo. Un alma así, hijo mío, no posee el Intelecto: por eso ni siquiera debe llamarse “hombre” a un ser así. Porque el hombre es un viviente divino, que debe ser comparado no al resto de los vivientes terrestres, sino a los de lo alto, en el cielo, a los que se llama dioses. O antes bien, si hay que atreverse a decir la verdad, es por encima aún de esos dioses que está establecido el hombre realmente hombre o, al menos, hay completa igualdad de poder entre los unos y los otros.

25 En efecto, ninguno de los dioses celestes abandonará la frontera del cielo y descenderá sobre la tierra. El hombre, al contrario, se eleva incluso hasta el propio cielo. Y lo mide. Y sabe lo que en el cielo está en alto, lo que está abajo y aprende todo el resto con exactitud. Y, suprema maravilla, no tiene siquiera necesidad de abandonar la tierra para establecerse arriba ¡tan lejos se extiende su poder! Preciso es, entonces, atreverse a decirlo: el hombre terrestre es un dios mortal, el dios celeste un hombre inmortal.

Es entonces por intermedio de esa pareja, cosmos y hombre, que todas las cosas existen, si bien todas han sido producidas por el Uno.

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CORPUS HERMETICUM (Tratado 9 – Sobre el entender y el sentir)

Posted by cosmoxenus en 30 abril 2005

TRATADO 9

SOBRE EL ENTENDER Y EL SENTIR

1- Ayer, oh Asclepio, te di el “Discurso Perfecto”. Hoy considero conveniente continuar con la exposición del tema de la sensación.

Sensación e inteligencia, según la opinión común, difieren en que la primera es material y la segunda esencial.

Según mi opinión, ambas, y me refiero a los hombres, están unificadas sin distinción entre sí. En los demás seres vivos, la sensación está unida a la naturaleza, en los hombres lo está a la inteligencia.

2- Así pues, la sensación y la inteligencia, entrelazadas, confluyen en el hombre, pues para poder pensar se requiere de ambas, sensación e inteligencia.

Pero ¿no se podría pensar en una intelección sin el concurso de la sensación, como cuando en sueños imaginamos visiones?

A mí me parece que, nacidas ambas energías en la visión del sueño, se despiertan precisamente por la sensación y una parte de la sensación va al cuerpo y otra al alma. Y cuando ambas partes de la sensación concuerdan entre sí, se expresa nuevamente el pensamiento, parido por la inteligencia.

3- Porque la inteligencia da a luz todos los pensamientos: buenos cuando es de Dios de quien recibe la semilla y contrarios, cuando de alguno de los genios. Porque no hay lugar en el mundo que carezca de genio, genio que iluminado como lo está por Dios, sobreacaeciendo, siembra la semilla de su propia energía. Y la inteligencia da a luz lo sembrado: adulterios, homicidios, castigos a los padres, saqueos de templos, impiedades, muertes por ahorcamiento o arrojo en despeñaderos y las otras muchas cosas que son obras de lo genios.

4- Las semillas de Dios, en cambio, son pocas en número, pero grandes, bellas y buenas: virtud, prudencia, piedad. La piedad es el conocimiento de Dios y, el que descubre el conocimiento, pleno de todos los bienes, posee los pensamientos divinos, que nada tienen que ver con los de la multitud. Por eso, los que viven en el conocimiento no agradan a la multitud, ni la multitud se complace en ellos. Los tiene por locos, se mofan de ellos, se los odia y se los desprecia y, quizá tal vez, los maten. Porque, como he dicho, la maldad habita aquí abajo como en su propia casa: su casa es la Tierra (no el mundo como algunos dirán por blasfemia). Pero ciertamente el hombre piadoso que tiene conciencia de su conocimiento, todo lo soporta. Para un hombre tal, todas las cosas son buenas, aún las que para otros son malas: en medio de las asechanzas, refiere todo al conocimiento y, sin ayuda de nadie, transforma el mal en bien.

5- Vuelvo al tema de la sensación. Es propio del hombre, pues, que sensación e inteligencia estén íntimamente unidas. Pero como antes dije, no todo hombre goza del entender, porque hay un hombre material y un hombre esencial. El material, está con la maldad, posee, como dije, la semilla de la inteligencia de los genios; el otro, liberado por Dios, está por su esencia con el bien.

Porque Dios, Creador de todas las cosas, al crearlas, hace a todas a su semejanza, pero habiendo sido hechas buenas, difieren en el uso que hacen de su energía. Porque el movimiento cósmico, en su ir rozando, crea las cualidades de las criaturas, unas desfiguradas por la maldad, otras purificadas por el bien; porque el mundo, ¡oh Asclepio!, tiene también su sensación y su intelección propias, no como las humanas, ni multiformes, pero en verdad más fuertes y simples.

6- El sentir y el entender del mundo es un solo: hacer todas las cosas y deshacerlas en ellas mismas, siendo como es instrumento de la voluntad de Dios y habiendo sido hecho verdaderamente como un instrumento, depósito de todas las semillas, crea en sí mismo todas las cosas activamente y, disolviéndolas, las renueva y, a través de la disolución, como buen agricultor de la vida, les otorga, llevándolas, la renovación por la transformación. Ninguna cosa hay que el mundo no engendre con vida, portándolas a todas, siendo a la vez el lugar y el creador de la Vida.

7- Ahora bien, todos los cuerpos están hechos de materia, pero diversamente: unos de tierra, otros de agua, unos de aire, otros de fuego: todos son compuestos, con fórmulas más o menos complejas. Los más complejos son los más pesados, los más simples los más livianos. Es la velocidad del movimiento del mundo la que obra la diversidad cualitativa de las criaturas.

Porque el soplo del mundo, en rápida sucesión de tonos, ofrece la diversidad de las criaturas y después no hay sino un solo Todo, plenitud de la Vida.

8- En verdad, Dios es el Padre del mundo, el mundo lo es de las cosas que están en el mundo, porque el mundo es el hijo de Dios. Y las cosas que están en el mundo, del mundo salieron. Y con derecho se dice que el mundo es un cosmos, pues organiza y embellece todas las cosas en la diversidad de la creación, por la continuidad de la vida, la actividad incansable, la rapidez de la necesidad, la disposición de los elementos y el buen orden de todo lo que nace. Por eso, necesariamente y con propiedad, el mundo merece ser llamado “cosmos”.

La sensación y la intelección, en todos los seres vivos, vienen y entran desde afuera, como una brisa de alrededor, pero el mundo, poseyéndolas de una sola vez al nacer, las recibió de Dios.

9- Por otro lado, Dios no carece de sensación ni de intelección, como algunos pensaron: es por superstición que blasfeman. Todas las cosas que son, oh Asclepio, están en Dios, producidas por Dios y pendientes de lo alto. Algunas actúan por el cuerpo, unas mueven por la sustancia anímica, otras dan la vida por el soplo, otras acogen a lo que ha muerto y así es verdaderamente.

Más aún, afirmo que el mundo no contiene a las cosas, pero, para dejar clara la verdad, el mundo es todas las cosas, no se las agrega desde afuera, las da de sí mismo afuera y tal es la sensación y la intelección de Dios, mover siempre todas las cosas. Y nunca jamás ocurrirá que nada de lo que existe pueda ser abandonado: y cuando digo “de lo que existe” quiero decir “de Dios”, porque Dios contiene todo lo que existe. Y nada está fuera de El, ni El está fuera de nada.

10- Todas estas cosas, oh Asclepio, si tienes entendimiento, las tendrás por verdaderas, pero si no entiendes te serán increíbles. Porque creer es entender, descreer es no entender. Porque la razón no se acerca a la verdad, pero la inteligencia es poderosa y, una vez conducida por la razón hasta las puertas, tiene la capacidad de acercarse a la verdad. Entonces, abrazando con la intelección todas las cosas y viendo que están de acuerdo con lo que la razón explica, cree y descansa en esta bella fe. Para quienes pues, por Dios, entendieron las cosas dichas, las hallarán creíbles, pero los que no las entendieron las descreerán.

Terminan aquí las cosas que queríamos decir sobre la sensación y la intelección.

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RENE GUENON Y LA MATEMATICA

Posted by cosmoxenus en 30 abril 2005

ESTER LLECHA

“… entonces, peldaño a peldaño por la escala de la matemática, el alma realiza el sublime ascenso a los más elevados orbes del Cielo. Y finalmente, cosa más maravillosa que lo que pueden expresar las palabras, en alas de la metafísica se remonta más allá de la bóveda celeste hasta el Creador Mismo de los cielos y la tierra. Allí, gracias al don de la Filosofía, no sólo el alma se colma de felicidad, sino que como en cierto sentido se convierte en Dios, también llega a ser esa felicidad misma.”
Marsilio Ficino.

Siguiendo la definición de un diccionario1 vemos cuál es el concepto que se tiene actualmente de la matemática: “Ciencia que trata de la cantidad, ya sea en abstracto (matemáticas puras), ya sea en relación a objetos o fenómenos determinados (matemáticas mixtas o aplicadas)”. Sin embargo, atendiendo propiamente a la etimología, vemos que matemática es una palabra que deriva del griego, cuya raíz, máthêma significa “conocimiento”, denominando mathematikós al “estudioso”, al hombre que conoce a través del estudio.

El diccionario define el objeto de la matemática desde un punto de vista que la deja reducida, como suele hacerlo el pensamiento moderno, exclusivamente al ámbito de la cantidad, a lo cuantitativo, que es solamente su aplicación práctica y exterior y olvida la verdadera dimensión de esta ciencia.

Para los hombres de todas las culturas de la antigüedad la matemática era bien otra cosa: el número se entendía como el símbolo de una idea arquetípica, verdadero vehículo del conocimiento, ordenador y revelador. “Para una sociedad tradicional el concepto de número difiere diametralmente del que acerca de él pudiera tener una sociedad profana como la nuestra. Esto debe subrayarse puesto que fueron las sociedades tradicionales las que crearon los números como conceptos de relación que sus sabios e inspirados obtuvieron por revelación, mientras que la sociedad moderna sólo se ha aprovechado de ellos, tergiversando su sentido y utilizándolos exclusivamente para sus fines materiales, ignorando su auténtico significado, su verdadera esencia. En otras palabras, que los ha denigrado teniendo en cuenta sólo sus valores cuantitativos, negando las cualidades de los números, las ideas y los conceptos que ellos expresan.”2

Los números revelan el despliegue desde la unidad inmanifestada a la multiplicidad de la manifestación. Son verdaderos dioses intermediarios que ordenan e iluminan el cosmos y lo hacen inteligible al mostrar esa jerarquía escalonada que permite al hombre de conocimiento ordenar su inteligencia y ascender por esos peldaños misteriosos hasta alcanzar el punto que conecta con lo supracósmico y metafísico.

“… si hoy día se utilizan los números exclusivamente para medir distancias y superficies o identificar objetos y personas, o contar, sumar, restar, multiplicar y dividir cantidades, no debemos olvidar que para el pensamiento tradicional el número contiene también una cualidad mágico teúrgica pues es la representación de una deidad o númen. Que el número está impreso en la trama misma del cosmos y la numerología es un lenguaje universal que puede servir para desentrañarla, para establecer relaciones precisas entre los distintos estados del ser y órdenes de la existencia y para conocernos a nosotros mismos que, en cuanto microcosmos, participamos de esa misma estructura cósmica y hemos sido creados conforme al número.”3

René Guénon fue un matemático en el verdadero sentido de la palabra. Desde su infancia se interesó de modo especial en esta disciplina.4 Según alguna de sus biografías, comenzó a cursar en 1904 la carrera de matemáticas en París, estudios que abandonó definitivamente algunos años después por motivos de salud. Sea como fuere, está claro que las posibilidades de verdadero conocimiento que podía ofrecerle en esos días dicha ciencia universitaria no difieren esencialmente de las de hoy, por lo que creemos que se dedicó entonces a estudiar y a escribir, siempre bebiendo de las fuentes tradicionales, sobre la verdadera matemática, sobre su función y virtud según atestiguan las diferentes tradiciones y sus simbólicas, y liberándola de los errores y omisiones del mundo profano restituyó a este Arte o Ciencia sus principios otorgándole de nuevo su verdadera dimensión.

Ya, en sus primeros escritos, se refirió al tema. En la revista La Gnose, en 1910, cuando Guénon tenía sólo veinticuatro años, se publican dos artículos suyos: “Notas sobre la producción de los números” y “Observaciones sobre la notación matemática”5 en los que se sintetiza todo el conocimiento metafísico y cosmogónico que desarrollará posteriormente. La aritmosofía y la geometría están presentes en toda su obra, y especialmente en El esoterismo de Dante, El Simbolismo de la cruz, El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, en muchos de los artículos recogidos en Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, La Gran Tríada, y particularmente en Los Principios del cálculo infinitesimal, obra en la que se denuncian los errores propios de los matemáticos modernos, revelando al tiempo la auténtica aritmética, a la que restituye los Principios de los que ella participa y que han sido olvidados y negados progresivamente por los “especialistas” en la materia, devolviéndole así su verdadera función, la de servir de soporte para un conocimiento de orden superior.

Según Jean-Pierre Laurant, en la obra de Guénon, “Dos puntos son particularmente interesantes: la importancia concedida al No-Ser y las relaciones del conocimiento y del mundo material a través del Número”6, lo cual se comprueba en el primero de los dos artículos citados que se inicia con este párrafo: “‘Al principio, antes del origen de todas las cosas, era la unidad’, dicen las teogonías más elevadas de Occidente, aquellas que se esfuerzan en llegar al Ser más allá de su manifestación ternaria, y que no se detienen nunca en la apariencia universal del Binario. Sin embargo, las teogonías de Oriente y de Extremo Oriente dicen: ‘Antes del principio, incluso antes de la Unidad primordial, era el Cero’, ya que saben que más allá del Ser está el No Ser, que más allá de lo manifestado está lo no-manifestado que es el principio, y que el No-Ser no es en modo alguno la nada, sino que es al contrario la Posibilidad infinita, idéntica al Todo universal, al mismo tiempo que la Perfección absoluta y la Verdad integral.”7 En este mismo artículo, Guénon nos conducirá desde lo metafísico y universal a lo particular a través del simbolismo de la producción de los números, esto es, desde lo inmanifestado, el No-Ser o Cero metafísico, hasta la manifestación, por reflejo de la Unidad, que se despliega en la serie numérica.

Refiriéndose a la descripción de las distintas regiones simbólicas en la Divina Comedia8 y en particular a la región de los Cielos, Guénon menciona las Artes Liberales (todas ellas relacionadas de un modo u otro con el número) estableciendo sus referencias planetarias y concluyendo que “En efecto, estas regiones son la figuración de una realidad de otros tantos estados diferentes, siendo de hecho cabales ‘jerarquías espirituales'”. Es decir, que equivalen a grados de iniciación, o “cielos”, siendo que “en la medida en que la Aritmética es la ciencia que se corresponde con el Sol, ocupa el rango que pertenece normalmente a este astro en el orden astrológico de los planetas, es decir el cuarto, medio del septenario, mientras que los cátaros la ubicaban en el más alto peldaño de la propia Escala mística…”9

En este párrafo Guénon nos hace ver las relaciones que hay entre estas ciencias a través de la aritmética, que está situada en el centro y que liga a las unas con las otras. “En esta manera de encarar la música en relación con los números, por tanto como ciencia del ritmo en todas sus correspondencias ¿acaso no es posible reconocer un eco de la tradición pitagórica? ¿Y no es esta misma tradición, precisamente, la que permite comprender el papel ‘solar’ atribuido a la aritmética, a la cual convierte en el centro común de todas las demás ciencias, y también en las relaciones que unen a estas entre sí, especialmente a la música con la geometría, por el conocimiento de las proporciones de las formas (que halla una aplicación directa en la arquitectura), y con la astronomía, por el conocimiento de la armonía de las esferas celestes?”10

En la introducción a su libro Los principios del cálculo infinitesimal, uno de los últimos publicados en vida, René Guénon retoma varios de los temas que ya había enunciado en el citado artículo “Observaciones acerca de la notación matemática”; quiere precisar y explicar más completamente ciertas nociones, que también ha mencionado en obras precedentes, sirviéndose del simbolismo matemático; en primer lugar, existen para él razones que conciernen a la parte histórica y que interesan sobre todo para desenmascarar las discusiones suscitadas a raíz de la naturaleza y el valor del cálculo infinitesimal, las cuales, además “ofrecen un ejemplo manifiesto de esta ausencia de principios que caracteriza a las ciencias profanas, esto es, las únicas ciencias que los modernos conocen y conciben exclusivamente como posibles”. En este sentido las matemáticas, dice Guénon, no son una excepción si tenemos en cuenta lo que esta ciencia era para los antiguos, “y cuando hablamos aquí de los antiguos, debemos entender también la antigüedad ‘Clásica’, como la mayor parte de los estudios de las teorías pitagóricas y platónicas bastan para demostrarlo”.

De Pitágoras y de la escuela pitagórica sabemos poco, aunque se conservan obras referidas a ellos, tales como las conocidas Vida de Pitágoras escritas una por Jámblico y otra por Porfirio. De ellas queremos destacar aquí algunos fragmentos que creemos ilustran de alguna manera ese otro punto de vista, sagrado e iniciático, que René Guénon atribuye a la matemática.

“‘Este discurso sobre los Dioses yo, Pitágoras hijo de Mnesarco, lo he aprendido, mientras fui iniciado en la Liberta Tracia, teniendo como maestro a Aglaofemo. Orfeo, hijo de Calíope, instruido por su madre en el monte Pangeo, dijo que la esencia de los números es el principio más providencial de todo el cielo, de la tierra y de la naturaleza intermedia. Es también la raíz de la permanencia de los hombres divinos, de los dioses y de los démones’.

“Resulta evidente, pues, que de los órficos aprehendió que la esencia de los dioses se define por el número. A través de estos mismos números ha creado también un conocimiento previo asombroso y un culto a los dioses basado en los números y en la esencia de los dioses más ligada a ellos.”11

En este primer párrafo se pone de manifiesto que las enseñanzas pitagóricas han sido reveladas por los dioses. Pitágoras reconoce que la esencia de los números es el principio de todo.

“Por lo demás, cuantos temas trataba en conversaciones con sus discípulos consistían en consejos desarrollados de un modo expositivo o simbólico. Pues su sistema didáctico era doble. Y sus discípulos recibían el nombre de ‘matemáticos’, unos y ‘acusmáticos’, otros. Los ‘matemáticos’ aprendían la argumentación en un tono elevado y desarrollada de un modo minucioso con todo rigor; los ‘acusmáticos’ recibían como lecciones únicamente los principios elementales de sus escritos sin una exposición demasiado rigurosa.”12

“Practicaba una filosofía cuyo objetivo era preservar y liberar de determinadas trabas y ataduras a la mente que se nos ha asignado, sin la que, en modo alguno, nada sensato ni auténtico se puede conocer ni percibir, sea cual sea el sentido que utilicemos. (…) Y una vez que se encuentra purificada, hay que proporcionarle algo que le sea útil.(…) Por ello, introduciéndolos en la contemplación de las auténticas realidades, hacía dichosos a los hombres. Así, pues, el ejercicio de las matemáticas había sido aceptado en su sistema.”13

Estos dos últimos fragmentos están referidos a las enseñanzas impartidas en la escuela de Pitágoras, destacando el primero el carácter simbólico de su didáctica y el segundo el carácter iniciático de las matemáticas.

Aquí queremos citar a Guénon cuando refiriéndose al punto de vista tradicional o sagrado de las ciencias y artes verdaderas dice que “no hay que olvidar que una ciencia no se define únicamente por su objeto, sino también por el punto de vista bajo el cual ella lo considera.”

El punto de vista de Guénon es, si se quiere, opuesto al del matemático moderno, el cual se aplica en una ciencia que carente de principios se pierde en la multiplicidad de lo indefinido, incapaz de vislumbrar otras posibilidades más altas y trascender sus propios límites14.

La asimilación de la idea de indefinido, que se halla en un orden determinado y por lo tanto limitado o finito, con la idea principial de Infinito, de ámbito metafísico y que siendo ilimitado e inmanifestado, trasciende toda definición o contingencia, es una mutilación, un error de graves repercusiones que conlleva la imposibilidad de concebir, de realizar la Liberación final de la que habla el metafísico francés. Supone la supresión por confusión del plano más alto y constituye en verdad uno de los errores más extendidos y comúnmente aceptados por la inmensa mayoría.

“…mientras que lo finito presupone necesariamente el Infinito, ya que éste lo comprende y encierra todas las posibilidades, lo indefinido procede al contrario de lo finito, de lo cual no es en realidad sino un desarrollo, y a lo que por consiguiente, se puede siempre reducir, pues es evidente que de lo finito no se puede sacar, por el proceso que sea, nada más que lo que estaba ya allí contenido potencialmente”.15

Otro de los errores igualmente difundidos consiste en identificar la idea de perpetuidad con la Eternidad. “…es fácil ver que esta confusión de la eternidad con la perpetuidad, tan común entre los occidentales modernos, está emparentada estrechamente con la de Infinito e indefinido”.16

En Los Principios del Cálculo Infinitesimal, Guénon se esfuerza por rectificar todos estos errores que impiden a una tal ciencia su elevada función, la de ofrecer sus posibilidades de síntesis, constituir un lenguaje simbólico y servir de vehículo iniciático: “Es necesario decir que las matemáticas, más que cualquier otra ciencia, constituyen un simbolismo particularmente apto para la expresión de las verdades metafísicas, en la medida en que ellas son expresables, como pueden darse cuenta aquellos que han leído alguna de nuestras obras precedentes; es por ello que el simbolismo matemático es de un uso tan frecuente, ya sea desde un punto de vista tradicional en general, ya desde un punto de vista iniciático en particular. Sólo que, para que esto pueda ser así, es necesario ante todo que estas ciencias sean liberadas de los errores y múltiples confusiones que han sido introducidas por las falsas voces de los modernos y estaríamos contentos si el presente trabajo pudiera al menos contribuir de alguna manera a este resultado”.17

Por nuestra parte, con respeto y gratitud, no hemos pretendido nada más que ofrecer un espacio para que la lúcida voz del guía intelectual René Guénon muestre nuevamente la poderosa virtud de los símbolos y las ciencias sagradas que los atesoran.

NOTAS

1 VOX. Diccionario General Ilustrado de la lengua española, Biblograf SA. 1986. Barcelona.

2 Federico González, Los Símbolos Precolombinos, Ed. Obelisco, 1989, p. 158.

3 Fernando Trejos. “Notas sobre el número y el cuaternario”, SYMBOLOS 21-22.

4 Su profesor de Filosofía y Matemáticas elementales, el señor Leclère, destacó en su carnet escolar que había seguido sus clases “con un celo tan meritorio como desinteresado”. Jean-Pierre Laurant, Le sens caché dans l’oeuvre de René Guénon. Ed. l’Age d’Homme, Lausana.

5 Estos artículos están incluidos en Mélanges, y publicados en español por SYMBOLOS, Cuadernos de la Gnosis nº 4.

6 Op. cit., pág.19.

7 “Notas sobre la producción de los números”, ya citada.

8 El Esoterismo de Dante, Ed Dédalo, Buenos Aires, 1989.

9 Ibid., p. 19.

10 Ibid., p. 23.

11 Jámblico, Vida de Pitágoras, Ed. Etnos, 1991, p. 45.

12 Porfirio, Vida de Pitágoras, Ed. Planeta DeAgostini, 1996, p. 47.

13 Ibid., pág. 52.

14 En la introducción a Los Principios del Cálculo Infinitesimal se dice: “Los matemáticos, en la época moderna, y más particularmente en la época contemporánea, parecen haber llegado a ignorar lo que es verdaderamente el número; y no hablamos solamente aquí del número tomado en su sentido analógico y simbólico como lo entendían los Pitagóricos y los Cabalistas, lo que es demasiado evidente, sino también, esto que puede parecer más extraño y hasta paradójico, del número en su acepción simplemente y propiamente cuantitativa. En efecto, ellos reducen toda su ciencia al cálculo, según la concepción más estrecha que se pueda hacer de ella, es decir la consideran como una simple sucesión de procedimientos más o menos artificiales, y que no sirven en suma más que para las aplicaciones prácticas a las cuales ellas dan lugar; en el fondo, ello redunda en decir que reemplazan el número por la cifra”.

15 Principios del cálculo Infinitesimal, cap. I (traducido por Miguel A. Aguirre, publicado por SYMBOLOS Difusión).

16 Ibid.

17 René Guénon, Les Principes du Calcul infinitésimal, Ed. Gallimard, 1981, cap. XXVI.

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CORPUS HERMETICUM (Tratado 8 – Que nada se destruye)

Posted by cosmoxenus en 30 abril 2005

TRATADO 8

QUE NADA SE DESTRUYE Y QUE ES UN ERROR
LLAMAR DESTRUCCIÓN O MUERTE A LOS CAMBIOS

1 Corresponde ahora, ¡hijo mío!, enseñarte por un lado de qué manera el alma es inmortal y, por otro, cuál es la energía que dispone y disuelve el cuerpo. Porque la muerte no tiene nada que ver con estas cosas: es un concepto elaborado sobre el término “inmortalidad”, sea por vaciamiento, sea por privación del prefijo negativo “in”, al decir mortal por inmortal.

Porque la muerte es una destrucción, pero en el mundo nada se destruye. Dado que el mundo es el segundo dios y el viviente inmortal, es imposible que alguna parte del viviente inmortal venga a morir. Ahora bien, todas las cosas que están en el mundo son partes del mundo y mucho más el hombre, el viviente racional.

2 Porque primero, antes de todos los seres, está Dios, eterno, no nacido, Creador de la Totalidad.

En segundo lugar viene aquel que ha sido engendrado por El, su imagen, por El conservado y alimentado y dotado de inmortalidad. Y que, como procedente de un padre eterno, vive siempre y es inmortal. Porque “vivir siempre” difiere de “eterno”: porque lo eterno no fue engendrado por otro y, si fue engendrado, lo fue por sí mismo. Nunca fue engendrado, pero siempre engendra lo que es eterno. El Todo no es eterno, pero el Padre mismo del Todo sí. El mundo fue engendrado inmortal por el Padre y todo lo que tenía materia quedó bajo su dominio.

El Padre creó el Todo como un cuerpo y, al darle volumen, lo hizo a semejanza de una esfera y le concedió este atributo de la inmortalidad, siendo la misma materia inmortal, poseedora eternamente de la inmortalidad.

3 Más aún, el Padre, diseminando la variedad de las especies en la esfera, allí las encerró como en un antro, pues quería otorgar la belleza de su propia abundancia en forma de una diversidad completa.

En torno de todo el Cuerpo puso a la inmortalidad, de manera que aún si la materia quisiera abandonar la disposición del Cuerpo, no pudiera disolverse en la desorganización a la cual tiende por naturaleza. Porque la materia, hijito, era desorganización cuando todavía no estaba conformada en cuerpos. Y sin embargo, aquí abajo, conserva aún un desorden restringido a las otras variedades menores: la facultad de aumentar. Y la de disminuir, que los hombres llaman muerte.

4 Pues el desorden ocurre con respecto a los vivientes terrestres: los cuerpos del Cielo, en cambio, poseen un orden propio, que les fue asignado por el Padre desde el principio, orden que se conserva sin disolución por el retorno de cada uno a su punto de partida. El retorno al origen de los cuerpos terrestres es la disposición de la disolución, es decir, la disolución es un retorno a los cuerpos indisolubles, a saber, los inmortales. Y es así como se produce pérdida del sentido, pero nunca destrucción de los cuerpos.

5 El tercer Viviente es el Hombre, engendrado a imagen del Mundo, único, de acuerdo a la voluntad del Padre de todos los vivientes terrestres, a poseer la inteligencia y, que así, no sólo está unido al segundo dios por similitud y concordancia, sino también al primero, por recibir de El la inteligencia. Por eso a aquél lo percibe como cuerpo por los sentidos, a éste lo acoge por la inteligencia, aprehendiéndolo como Incorporal e inteligencia, el Bien.

– Entonces este Viviente ¿no se destruye?

– Corrígete, hijito. Y entiende qué es dios, qué es mundo, qué es viviente inmortal, qué es viviente disoluble. Y comprende que el Mundo ha sido hecho por el Dios y en el Dios, el Hombre por el Mundo y en el Mundo, siendo el Dios principio y envoltura y disposición de todas las cosas.

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