El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for 23/04/05

Steiner en el Memphis-Mizraim

Posted by cosmoxenus en 23 abril 2005

Tomado de “La Tradición Oculta” de Gerald Galtier

En 1905, el fundador de la Sociedad Antroposófica Rudolf Steiner recibió de manos de Theodor Reuss una patente para fundar en Berlín un Gran Consejo de Memphis-Mizraím.

Así se informa en la revista de Reuss “Die Oriflamme” en 1906: “el Hermano Dr. Rudolf Steiner, 33º y 95º, y los Hermanos y Hermanas que están asociados a él han recibido el permiso para fundar en Berlín un Capítulo y Gran Consejo con el título distintivo “Mystica Aeterna”.

El Dr. Steiner ha sido nombrado Diputado Gran Maestro con jurisdicción sobre los miembros que ya ha recibido o que reciba en el futuro…” Parece, además, que Rudolf Steiner se había iniciado en la Orden de la Rosacruz Esotérica de Franz Hartmann (uno de los principales dirigentes de la Sociedad Teosófica Alemana y amigo de Reuss).

En esa época, Steiner intentaba, al igual que Papus, reunir diversas iniciaciones masónicas y rosacruces con el fin de fundar una especie de unión ocultista internacional dirigida por él. De hecho, chocó con Reuss y Hartmann y regresó a la independencia. Después, a partir de elementos iniciáticos que había logrado reunir por todas partes, Steiner fundó su propio Rito, la “Francmasonería Esotérica” (en la que habría sido iniciado Edouard Schuré).

Según Franz Wittemans, “los iniciados reciben de sus manos una rosacruz de oro y el Rito se sirve de un ritual de iniciación muy antiguo cuyo texto se encuentra en parte en la obra de Eliphas Levi “Dogma y Ritual de Alta Magia”.

En sus escritos posteriores, Steiner minimizaría los antiguos contactos con Reuss y Hartmann. En su autobiografía póstuma, “L´histoire de ma vie” (1928), escribe a propósito de su Masonería Esotérica: “Esta sección simbólico-cultural del movimiento antroposófico dejó de funcionar a mediados de 1914”.

Según Pierre Mairel, habría subsistido en forma de círculo interior muy secreto, con la antroposofía moderna pronunciándose oficialmente en contra de cualquier forma de ritualismo y preesentándose cara al exterior únicamente como una “ciencia espiritual”.

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Paracelso, el príncipe de los alquimistas

Posted by cosmoxenus en 23 abril 2005

No hubo rama del saber médico en la cual no fuera un adelantado a su tiempo. A su destacado lugar en la historia de la ciencia añade el mérito de ser una de las mayores personalidades de la tradición ocultista occidental. En su concepto de¡ mundo la magia es la llave maestra que nos permite acceder a otras dimensiones de una Creación con múltiples niveles de realidad, en la cual los principios y fuerzas espirituales presiden el universo material y permiten explicarlo. Artículo de ABEL MARTÍN ILLÁN aparecido en el núm. 118 de Año / Cero.

Phillipus Aureolus Teofrasto Bombasto eligió de entrada la vocación profética de la denuncia y la pugna con los poderes de su tiempo. La adopción del nombre con que firmaba sus obras, Paracelso (alternativa a Celso) fue ya toda una declaración de principios. Por si no alcanzara, el día inaugural de su cátedra en Basilea empezó por subirse a la palestra para quemar las obras de las autoridades intocables de la Medicina de su tiempo: Celso, Rhazes, Avicena y Galeno.

Su guerra contra el orden establecido se expresó siempre de la forma más radical: dictaba sus lecciones en alemán vulgar, desdeñando el latín académico y declaraba que sus colegas torturaban y mataban a los pacientes con terapias inadecuadas. Tampoco le ayudó a hacer amigos su afirmación de que había aprendido más de las curanderas y barberos sacamuelas que de los médicos y profesores en las aulas.

Para desesperación de sus enemigos, este místico iluminado de carácter apasionado fue una de las mentes científicas más vigorosas de su tiempo, un investigador infatigable de la naturaleza y un iniciado de primera línea. Experto en alquimia, cábala y astrología también alcanzaría un lugar de privilegio en la tradición mágica europea.

Paracelso nació en 1493 en Einsiedeln, cerca de Zúrich. La casa familiar, junto al río Sihl, se conserva y aún puede ser visitada. Su padre, Guillermo Bombasto de Hohenheim, ejercía la medicina y su madre murió durante el parto o poco después del nacimiento de su único hijo. Muy pronto, el médico viudo empezó a hacerse acompañar por el niño en sus visitas diarias y, en sus ratos libres, también le enseñó los rudimentos del latín y la ciencia de las plantas. De los nombres recibidos en el bautismo, nunca usará el primero (Felipe), aunque sí el de Teofrasto (etimológicamente, «el que da a conocer a Dios»). El nombre por el cual pasará a la posteridad (Paracelso) lo eligió de estudiante, como signo de su oposición a la tradición médica que veía en Celso a una autoridad intocable. También utilizó el pseudónimo de «Helvetius Ercinita». Sus admiradores le llamaban «Lutero de la Medicina», y sus detractores «Cacofrasto».

Una vida marcada

Cuando apenas contaba 9 años, su padre se traslada a Villach, en la región minera de Carintia, donde trabajaría como médico e ingeniero de minas a las órdenes de Sigmundo Füger. A éste debe el joven Paracelso su iniciación en el estudio de los minerales, que tanta importancia tendrá en sus obras posteriores, así como un conocimiento de primera mano de los métodos de los mineros y fundidores.

Sin embargo, la piedra de toque de su formación la aportó Johannes Trithemius, abad del monasterio de San Jorge en Würzburg, ciudad a la que se trasladó abandonando la casa paterna. Este monje benedictino, ya famoso en la época en que accedió a tomar a Paracelso corno discípulo, fue una de las figuras más destacadas de la alta magia erudita del Renacimiento europeo.

El buen abad era un humanista, buen conocedor de los clásicos, bibliógrafo apasionado, polígrafo excéntrico, creador de extraños métodos para aprender idiomas extranjeros y adelantado de la criptografía. Fue este clérigo, sospechoso de artes diabólicas para la Inquisición, quien le introdujo en el estudio de la cábala, la alquimia y la astrología, así como en la lectura de autores como Pico de la Mirándola, Platón, Plotino y Hermes Trimegisto.

Años de peregrinación

En 1515, Paracelso abandonó Würzburg y a su maestro, que moriría un año después. Dio comienzo entonces una nueva etapa de su vida, que se caracterizaría por su convicción de que nada podía sustituir a la experiencia directa. «Quien quiera penetrar la Naturaleza ha de hollar los libros de ésta con los pies», escribirá, destacando, al mismo tiempo, que el saber se halla repartido por todo el mundo, lo que le convertirá en un pionero de la universalidad del conocimiento y en uno de los primeros espíritus europeos en el sentido moderno.

Durante varios años, viajará por todo el continente aprendiendo de los barberos de aldea y las brujas las recetas tradicionales y los remedios populares. Se cuenta que llegó en sus viajes hasta Constantinopla donde, junto a algunos adeptos árabes, habría profundizado en los secretos herméticos y entrado en contacto con la filosofía de los hindúes.

No obstante, a pesar de sus viajes, recientemente ha podido demostrarse que llegó a doctorarse en Medicina por la Universidad de Verona. Durante estos años se dedicó al ejercicio de la profesión, atendiendo en el camino a todo aquel que requería sus servicios. Sus numerosos éxitos empezaron a darle una sólida reputación -mezcla de admiración y recelo- que no le abandonaría durante su vida y que alcanzó su apogeo cuando se trasladó a Basilea en 1526.

Sus lecciones no pasaron desapercibidas para nadie. El psicoanalista C. G. Jung analizó su lenguaje, que considera el característico de todos los visionarios. Cuando se leen sus textos, los neologismos son de capital importancia y parecen contener sugerencias misteriosas. Siguiendo procedimientos en apariencia cabalísticos, Paracelso altera con frecuencia el orden de las letras de muchos vocablos, de forma que, por ejemplo, la palabra alemana Faden (hilo), se convierte en Dafne (la ninfa pretendida por Apolo, que representaba al Sol).

El caso es que gracias a su carácter asistemático, fogoso y exuberante, a sus modales y a su lenguaje poco refinados, no tardó en ganarse el favor popular. Parte de su éxito se debió sin duda a sus feroces críticas contra los médicos oficiales que, en connivencia con los farmacéuticos, se enriquecían prescribiendo remedios costosos, complicados y de dudosa efectividad.

Las ciencias ocultas

Pero lo más curioso de todo es que la teoría y la práctica médica de Paracelso, actualmente reconocidas como precursoras de la ciencia moderna, se derivan de su cosmovisión mágica de la Creación y de sus estudios de las denominadas ciencias ocultas. La alquimia que él cultiva, por ejemplo, tiene como primera premisa la unidad fundamental de todo lo que existe, doctrina milenaria trasmitida por los iniciados de todas las épocas.

Además, Paracelso sostiene que existe una relación íntima del hombre con la Naturaleza. Este vínculo directo se debe a que todo lo existente está compuesto únicamente por tres principios fundamentales: azufre, mercurio y sal (o arsénico). Estos factores se combinan entre sí en diferentes proporciones generando los diversos cuerpos y seres, y de ahí la posibilidad de transmutar unas sustancias en otras. Sin embargo, los referidos principios no designan las sustancias químicas del mismo nombre, sino que representan simbólicamente los ladrillos fundamentales del Universo. El mercurio es el elemento femenino, líquido y metálico; el azufre es el elemento masculino, que determina el color y la combustibilidad, mientras que la sal constituye el medio de unión entre los dos anteriores.

Estos tres factores actúan en el marco de la teoría de los cuatro elementos, heredada de la Antigüedad y desarrollada especialmente por Aristóteles -tierra, aire, agua y fuego-, ligados entre sí por otras tantas propiedades: calor, frío, sequedad y humedad. Partiendo de esta base, para la alquimia paracelsiana el azufre representa la sequedad, que por enfriamiento produce el elemento tierra y por calentamiento el fuego. Por su parte, el mercurio representa la humedad, que al enfriarse produce el agua y al calentarse genera el aire. Por último, la sal sería el quinto elemento (Quintaesencia), el éter que cohesiona todo. Traducido a términos actuales, puede decirse que estos tres principios también equivalen a los estados de la materia (sólido, líquido y gaseoso). Pero lo importante es que este sistema de analogías alquímicas -de signo hermético- es el que sustenta la práctica médica de Paraceiso, y resulta especialmente llamativo que sus investigaciones le llevaran a conclusiones que hoy día cuentan con el reconocimiento, sin fisuras, de la comunidad médica a sus terapias revolucionarias. De su alquimia se ha dicho que es una digna precursora de la farmacología moderna. Destaca el hecho de que fuera Paracelso el primero en rechazar los polifármacos y la panacea, dogmas que nadie cuestionaba en sus días, y en reivindicar el principio activo del medicamento como único factor terapéutico. También alcanzó justa celebridad por su eficaz tratamiento de las heridas y las infecciones, y por ser el primero en defender el valor del reposo clínico y de crear condiciones favorables para que el organismo pusiera en juego sus propios recursos curativos. Paracelso consideraba que cada órgano corporal actuaba alquímicamente, separando lo puro de lo impuro.. El estómago, por ejemplo, separaba la parte nutritiva de los alimentos de la escoria, que era eliminada por los intestinos. La enfermedad se adueñaba del cuerpo, a su juicio, cuando la fuerza propia de cada órgano era incapaz de evacuar las toxinas acumuladas. Estas explicaciones chocaban frontalmente con la medicina oficial que, apoyándose aún en la vieja teoría de los cuatro humores (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra) sostenía que la salud o la enfermedad dependían del equilibrio o desequilibrio de estos fluidos.

Este enfrentamiento con la medicina académica refleja las tendencias de la época en que se gestó la Reforma. Desde 1521, residía en Basilea Erasmo de Rótterdam, que representaba el polo opuesto a las ideas revolucionarias del médico-mago: el mundo erudito y universitario de la educación clásica. Paracelso era su antítesis: «Que las universidades me sigan o no, ¿qué me importa?», exclamaba orgullosamente. En la misma línea, su libre interpretación de los principios religiosos y la mayor simpatía de que gozaba entre los luteranos hicieron inevitable el enfrentamiento con el ámbito erudito y universitario católico que representaba Erasmo. Por eso, no es sorprendente que se levantara una campaña contra Paracelso, capitaneada por médicos y farmacéuticos, que alcanzó su apogeo en 1528, cuando aparecieron esparcidos por las calles multitud de libelos y panfletos difamatorios contra su persona. Esta ofensiva coincidió con la muerte de Frobenius, su protector, obligándole a huir a Alsacia, tras sólo dos años de magisterio universitario. Ya nunca volvería a enseñar en el ámbito académico. Reanudó su vida errante, recorriendo Suiza, Alemania y Moravia, y durante estos mismos años puso por escrito la mayor parte de su sistema cosmológico.

Panteísmo espiritualista

El mismo afán que llevó a los hombres de su época a explorar nuevas tierras, le llevó a él, como a otros intelectuales renacentistas, a recorrer los monasterios y abadías de Europa en busca de antiguos manuscritos. Aparte de las obras de Aristóteles, Plotino y Filón de Alejandría, o las de Ptolomeo y Dioscórides, también pudo conocer a fondo la tradición del Hermes gnóstico a través del Corpus Hermeticum, un conjunto de tratados supuestamente escritos en Egipto en tiempos de Abraham y atribuidos a Hermes Trimegisto.

La convergencia de todas estas doctrinas generó en Paracelso una especie de panteísmo espiritualista que subordinó los fenómenos terrestres a la acción celeste, y que mostraba en todas partes una emanación, directa de la divinidad creadora. En efecto, para nuestro alquimista la naturaleza es toda ella resultado de las sucesivas «coagulaciones» o «condensaciones» de la fuerza primigenia, que él denomina Mysterium Mágnum. Piedras, plantas, animales y astros representan únicamente diferentes grados de actualización de un mismo principio universal. El hombre, aún siendo producto de este proceso, ocupa un lugar privilegiado, ya que, al ser capaz de captar con su inteligencia la unidad subyacente a todo lo que existe, reunifica en el ámbito de su espíritu el Mysterium.

En este marco, el mundo se concibe como una encarnación orgánica de la divinidad. A la primera coagulación completa del Mysterium a su primera expansión, Paracelso la llama Yliaster. Éste no es aún el mundo físico ni el astral, pero los contiene virtualmente, aunque de manera indiferenciada. Es decir, en un primer momento de expansión, el Mysterium debe generar la posibilidad de las cosas, para, a través de sucesivas coagulaciones, transformarse primero en materia astral (éter), después en los distintos astros y, por último, en la materia de que están hechos la naturaleza y los hombres.

El Mysterium Mágnum, en tanto que Yliaster, se divide en las tres fuerzas parciales de la naturaleza: azufre, mercurio y sal. Estas fuerzas se coagulan nuevamente en los cuatro elementos de la teoría aristotélica clásica: agua, tierra, fuego y aire. Las tres fuerzas y los cuatro elementos constituyen la materia de que están hechos los cuerpos, los metales, los seres vivos y, finalmente, el hombre. Estas potencias luchan entre sí, y es este conflicto y el predominio de una sobre otra lo que explica la diversidad real de las criaturas.

La importancia de la magia

Sin embargo, a pesar de sus múltiples con- sensaciones y diversificaciones, el Mysterium nunca deja de ser uno. Cada diversificación arrastra consigo el germen de todas las precedentes a través de esta unidad primitiva, que persiste en todo momento. Y es así cómo el Mysterium Mágnum se revela, en los dos sentidos del término: como naturaleza y como conocimiento en el hombre.

Dado que el ser humano es el único capaz de, comprender esta revelación, se puede decir que la unidad se realiza de nuevo en su psique. La naturaleza, por tanto, recupera su unidad original en el saber humano, en la ciencia, o lo que para Paracelso es lo mismo, en la magia. No en vano, sentenciará: «la naturaleza no es más que la ciencia visible-, la ciencia no es más que la naturaleza oculta».

La magia es la expresión más general del Mysterium Mágnum. Paracelso designa con este término al proceso que acabamos de describir; pero, por otra parte, llama también magia a la actividad por la cual el hombre puede modificar la realidad física. En efecto, a su juicio, el alma del hombre que es al cuerpo lo que el Mysterium es a la naturaleza, se erige en un centro la fuerza primigenio mágica. Y, como tal, es también un centro de conciencia, de pensamiento y, sobre todo, de voluntad. Ésta actúa, en primer lugar, sobre el propio cuerpo, no sólo porque lo crea y lo forma, sino también porque lo dirige y lo mueve. Su modo de acción es doble: es fuerza y conciencia al mismo tiempo; propone a la imaginación un objetivo que cumplir. El alma piensa algo, se vincula a ese pensamiento, lo desea y tiende a él, y así la fuerza plástica y productiva de la voluntad imprime a la materia su imagen. Cuando concebimos un movimiento, el alma, imprimiendo su imagen al cuerpo, lo realiza de ese modo; análogamente, cuando se trata de un sonido, el cuerpo lo pronuncia. Según el grado de concentración del Mysterium Mágnum en la voluntad, las imágenes que ésta sea capaz de desear y generar irían desde los meros movimientos corporales hasta la transmutación de los metales.

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LOS MISTERIOS DE JESÚS

Posted by cosmoxenus en 23 abril 2005

Timothy Freke Y Peter Gandy
Extractos

El conocimiento de uno mismo

El mandamiento más importante en la senda espiritual de los misterios paganos estaba inscrito en el santuario de Apolo en Delfos: Gnothi Seauton, es decir, «Conócete a ti mismo». La gnosis o conocimiento que buscaban los iniciados en los misterios paganos era el de uno mismo.

Asimismo, el libro gnóstico titulado Libro de Tomás el Contendiente afirma: «Quienquiera que no se haya conocido a sí mismo no ha conocido nada, pero quienquiera que se haya conocido a sí mismo ha alcanzado simultáneamente el mismo conocimiento de la profundidad de todas las cosas».

En el Testamento de la verdad Jesús aconseja a un discípulo que se convierta en «discípulo de su propia mente», que es «el padre de la Verdad». El sabio gnóstico Silvano recomienda: «Llamaos a vosotros mismos como si fuerais a una puerta y caminad sobre vosotros mismos como sobre un camino recto. Porque si camináis por el camino, es imposible que os extraviéis … Abríos la puerta a vosotros mismos para que podáis saber qué es».

Pero ¿qué es uno mismo? Los sabios paganos enseñaban que todo ser humano tiene un yo inferior mortal llamado el «eidolon» y un yo superior inmortal llamado el «daemon». El eidolon es el yo encarnado, el cuerpo físico y la personalidad. El daemon es el espíritu, el verdadero yo, que es la relación espiritual de cada persona con Dios. Los misterios se crearon para ayudar a los iniciados a comprender que el eidolon es un yo falso y que su verdadera identidad es el daemon inmortal.

Desde el punto de vista del eidolon parece que el daemon es un ángel de la guarda independiente. Por tanto, los iniciados que todavía se identifican con el eidolon no experimentan el daemon como su propio yo verdadero, sino como el espíritu guía cuya misión consiste en llevarlos a su destino espiritual. Platón manifiesta: «Debemos considerar que la parte del alma con mayor autoridad es un espíritu de la guarda que nos da Dios y que nos eleva a nuestro hogar celestial».

Los sabios gnósticos enseñaban exactamente la misma doctrina mistérica. Valentín explica que una persona recibe la gnosis de su ángel de la guarda, pero que este ser angelical es en realidad el ser superior de la propia persona que busca la gnosis. Durante milenios, en el antiguo Egipto se había representado el daemon como gemelo celestial del eidolon. Esta imagen se encuentra también en el gnosticismo. Se dice que desde los cuatro años de edad el sabio gnóstico Manes fue consciente de que tenía un ángel protector, y que a los doce años se dio cuenta de que era su gemelo celestial, al que llamó «la más bella y mayor imagen refleja de mi propia persona».

En los Hechos de Juan, éste comenta que Jesús conversaba a veces con un gemelo celestial que descendía para reunirse con él:

Cuando todos nosotros, sus discípulos, dormíamos en una casa de Genesaret, yo solo, después de abrigarme bien, observé desde debajo de mi ropa lo que él hacía; y al principio le oí decir: «Juan, duérmete», e inmediatamente fingí que dormía; y vi que bajaba otro como él, al que también oí decir a mi Señor: «Jesús, ¿aquellos a los que has elegido todavía no creen en ti?». Y mi Señor dijo: «Bien dices tú, pues son hombres».

La Pistis Sophia relata un mito encantador en el que el niño Jesús encuentra a su propio gemelo celestial por primera vez. Su madre, María, recuerda:

Cuando eras niño, antes de que el Espíritu hubiera descendido sobre ti, cuando estabas en la viña con José, el Espíritu descendió de las alturas y vino a mí en la casa, como a ti, y yo no Le conocí, sino que pensé que eras tú. Y me dijo: «¿Dónde está Jesús, mi hermano, para que pueda encontrarme con él?»

María, dirigiéndose a Jesús, le dice cuando su gemelo finalmente lo encontró, «te abrazó y te besó, y tú también lo besaste; os convertisteis en un único y mismo ser».

El objetivo de la iniciación gnóstica también era unir el yo inferior con el yo superior, porque cuando se hacen uno solo es cuando tiene lugar la iluminación. Ireneo relata que el gnóstico «cree que no está en el cielo ni en la tierra, sino que ha abrazado a su ángel de la guarda». El gran maestro gnóstico Valentín escribe: «Cuando el yo humano y el “Yo” divino se interrelacionan pueden alcanzar la perfección y la eternidad».

El «daemon» universal

La búsqueda del conocimento de uno mismo obliga al iniciado pagano o gnóstico a hacer un notable viaje de descubrimiento. Al principio el iniciado se siente a sí mismo como el eidolon, la personalidad encarnada, y ve el daemon como un ángel de la guarda o gemelo celestial. El iniciado más maduro experimenta el daemon como su propio yo superior. Los que han sido agraciados con la visión del total conocimiento de sí mismos o gnosis encuentran el daemon todavía más imponente. Es en verdad el «Yo divino», como dice Valentín.

Aunque parezca que cada persona tiene su propio daemon o yo superior, el iniciado que ha sido iluminado descubre que en realidad hay un único daemon que es compartido por todos: un yo universal que habita en todos los seres. Todas las almas forman parte del alma de Dios, que es única. Así pues, conocerte a ti mismo es conocer a Dios.

Estas enseñanzas místicas se encuentran tanto en los misterios paganos como en el cristianismo gnóstico. La antigua enseñanza pagana «Yo soy tú, y tú eres yo» se encuentra en el texto gnóstico Pistis Sophia, y en el Evangelio de Juan, en el Nuevo Testamento, se convierte en «Yo en vosotros, y vosotros en mí».
El sabio pagano Sexto escribe: «Si conocierais a quien os hizo, os conoceríais a vosotros mismos». De modo parecido, el filósofo cristiano Clemente escribe: «Conocerse a uno mismo es la mayor de todas las disciplinas; porque cuando un hombre se conoce a sí mismo, conoce a Dios». Clemente enseñaba a sus iniciados cristianos a «practicar a ser Dios» y les decía que el verdadero gnóstico «ya se había convertido en Dios».

En una hermosa exposición de las eternas enseñanzas místicas que el cristianismo gnóstico heredó de los misterios paganos, el sabio gnóstico Monoimo aconseja:

Buscadlo tomándoos a vosotros mismos como punto de partida. Averiguad quién hay dentro de vosotros mismos que se adueña de todo y dice: «mi Dios, mi mente, mi pensamiento, mi alma, mi cuerpo». Averiguad las fuentes del pesar, del gozo, del amor, del odio, del despertar aunque no queráis, y del sueño aunque no queráis dormir, y del enfado aunque no queráis enfadaros y del enamoramiento aunque no queráis enamoraros. Si investigáis cuidadosamente estas cuestiones, lo encontraréis en vosotros mismos.

«Gnóstico» significa «conocedor», pero lo que conoce el gnóstico no es alguna información espiritual. Los gnósticos conocen aquello por medio de lo cual se conoce todo lo demás: el conocedor, el experimentador, el yo superior, el Yo divino, el daemon. El verdadero gnóstico, al igual que el iniciado en los misterios paganos, descubre que el daemon es en realidad la única alma del universo: la conciencia que habita en cada uno de nosotros. Según los sabios paganos y gnósticos que han recorrido la senda del conocimiento de uno mismo hasta llegar a su paradójica conclusión, cuando finalmente descubrimos quiénes somos, descubrimos que lo único que hay es Dios.

La resurrección espiritual

Según los sabios paganos, todos nos componemos de un eidolon, que es mortal, y del daemon, que es inmortal. Si estamos vivos para nuestra identidad personal como eidolon, estamos muertos para nuestra identidad eterna como daemon. La iniciación en los misterios servía para devolver el alma a la vida. Mediante la muerte mística del eidolon el iniciado podía renacer como daemon. Los gnósticos enseñaban la misma doctrina mistérica.

El maestro anónimo del sabio gnóstico Rheginos explica que la existencia humana normal es la muerte espiritual y, por tanto, todos necesitamos «resucitar de entre los muertos».

Del mismo modo que los iniciados paganos que presenciaban el gran espectáculo mistérico en Eleusis sufrían metafóricamente con Dioniso y renacían espiritualmente, también los iniciados en los misterios gnósticos compartían de manera metafórica el sufrimiento y el triunfo de su dios hombre Jesús. El maestro de Rheginos explica: «Sufrimos con él, y nos levantamos con él, y fuimos al cielo con él». Los iniciados que participaban de la pasión de Jesús como alegoría de su propia muerte y resurrección místicas podían decir con Jesús en el Evangelio de Juan: «Por eso me ama el Padre, porque yo doy mi vida, para recobrarla de nuevo».

Los cristianos literalistas basaban toda su fe en el supuesto milagro de que un Jesús histórico había vuelto físicamente de entre los muertos, y consideraban que esto probaba que los que creían que Jesús era el Hijo de Dios también resucitarían físicamente en el «Día del Juicio». Los gnósticos, en cambio, decían que interpretar la resurrección en sentido literal era un ejemplo de la «fe de los necios». Insistían en que la resurrección no era ni un acontecimiento histórico que ocurrió una sola vez a una sola persona ni una promesa de que los cadáveres resucitarían después de un apocalipsis futuro. Los gnósticos interpretaban la resurrección como una experiencia mística que podía sucederle a cualquiera de nosotros, aquí mismo y ahora, mediante el reconocimiento de nuestra verdadera identidad como daemon.

Los literalistas pensaban que cualquier experiencia personal de la resurrección suponía una lejana esperanza de inmortalidad corporal después de la segunda venida. El Evangelio de Felipe, sin embargo, se burla de tales cristianos y explica: «Aquellos que dicen que morirán primero y luego resucitarán están equivocados. Si no reciben primero la resurrección mientras viven, cuando mueran no recibirán nada » .

Para los gnósticos la resurrección era sólo “la revelación de lo que existe verdaderamente”. Para los iniciados con «ojos para ver», por tanto, esta resurrección mística «ya había sucedido». En modo alguno podía ser un acontecimiento futuro, porque se trataba de la conciencia de lo que era real en el momento presente. La verdadera identidad de un iniciado no se convertía en el daemon por medio del proceso de iniciación. Siempre había sido el daemon. En realidad, la resurrección era sólo un cambio en la conciencia. El maestro de Rheginos proclama: «Ya tienes la resurrección. Considérate resucitado ya. ¿Eres tú -el tú real- mera corrupción? ¿Por qué no examinas tu propio ser y compruebas que has resucitado?».

El Tratado de la Resurrección proclama:

Todo tiende a cambiar. ¡El mundo es una ilusión! La resurrección es la revelación de lo que existe, y la transformación de las cosas, y una transición a la novedad. Huye de las divisiones y las cadenas, y ya tienes resurrección.

Los gnósticos consideraban que la resurrección era una alegoría, pero no que fuese algo irreal. Al contrario, para el iniciado la experiencia mística de la resurrección espiritual era más real que la llamada realidad de la conciencia normal. El maestro de Rheginos explica: «No supongáis que la resurrección es una ilusión. No es una ilusión; más bien es algo real. En lugar de ello, uno debería mantener que el mundo es una ilusión, más que la resurrección».

El matrimonio sagrado

Un tema mítico que tenía importancia en los misterios paganos era el matrimonio sagrado entre el dios hombre y la diosa, símbolo de la unión mística de contrarios. En Creta celebraban el matrimonio de la diosa Deméter con el dios hombre Yasión. A su «llegada» a Atenas todos los años, Dioniso era aclamado como «el novio», y su matrimonio con la reina de la ciudad, que representaba a la diosa, se celebraba ritualmente.

En las iniciaciones mistéricas, el iniciado se representaba a menudo como la novia de Osiris-Dioniso. Las iniciaciones se llevaban a cabo en las «cámaras nupciales» especiales que se han encontrado en santuarios paganos. Un antiguo fresco muestra escenas de los que se preparan para la iniciación vistiéndose con atuendo de novia. Después de la iniciación las aclamaban como «novias».

La novia representaba al yo encarnado o eidolon y Osiris-Dioniso, al yo no encarnado o daemon. El matrimonio secreto unía ritualmente a estas dos partes contrarias del iniciado. Epifanio nos dice: «Algunos preparan una cámara nupcial y celebran un rito místico acompañado de ciertas palabras que se dicen al iniciado, y alegan que es un matrimonio espiritual».

El tema del matrimonio sagrado que se encuentra en los misterios paganos no está presente en el cristianismo ortodoxo, pero era importante en el cristianismo gnóstico, que celebraba el matrimonio sagrado entre Jesús y Sofía. En el mito gnóstico, Sofía ha «caído» y representa al yo encarnado. Aparece perdida en el mundo y busca la fuente inefable. Trata de encontrar el amor en todos los sitios donde no debería buscarlo y se convierte en prostituta. Finalmente suplica a Dios Padre que la ayude y Él le manda como novio al primogénito de Dios, Jesús, hermano de Sofía. Al llegar el novio, hacen el amor apasionadamente para convertirse en uno. Esto es una alegoría del daemon o espíritu acudiendo a salvar al yo encarnado o psique. Según el Evangelio de Felipe, sólo la persona que ha «vuelto a casar» la psique con el espíritu podrá soportar los impulsos físicos y emocionales que, si no se frenan, tal vez la llevarían a la autodestrucción y al mal.

El matrimonio sagrado simboliza la unidad mística, que era el objetivo del gnosticismo. En el Evangelio de Tomás Jesús enseña a sus discípulos:

Cuando hagáis de los dos uno, y cuando hagáis el interior como el exterior y el exterior como el interior, y lo de arriba como lo de abajo, y cuando hagáis al hombre y a la mujer una cosa y la misma, de manera que el hombre no sea hombre, y la mujer no sea mujer, entonces entraréis en el Reino.

Algunos grupos gnósticos celebraban ritualmente el matrimonio secreto como parte de sus ritos de iniciación. Ireneo nos dice: «Preparan una cámara nupcial y celebran misterios». Los seguidores del sabio gnóstico Marco celebraban un rito de iniciación «con ciertas fórmulas, y llaman a esto matrimonio espiritual». Se nos dice que los seguidores del poeta gnóstico Valentín practicaban el rito de un matrimonio espiritual con ángeles en una cámara nupcial. Los naassenos afirmaban que los iniciados «deben quitarse sus vestidos y convertirse todos en novias preñadas por el espíritu virgen». El Evangelio de Felipe explica que el proceso de iniciación alcanzaba su punto culminante en la «cámara nupcial» de unión mística, porque «El sanctasanctórum es la cámara nupcial. La redención tiene lugar en la cámara nupcial».

En la historia de Jesús, la Sofía caída aparece representada por la figura de María Magdalena, a quien Jesús (el daemon) redime de la prostitución. Según el sabio gnóstico Heracleón, el tema del matrimonio sagrado también está presente en la historia de Jesús bajo la forma de las bodas de Caná, donde Jesús, como Dioniso antes que él, transforma agua en vino embriagador. Heracleón nos dice que este milagro simboliza aquel «matrimonio divino» que convierte lo que es simplemente humano en divino. El tema aparece también en un pasaje del Evangelio de Mateo en el cual Jesús explica que llegar al reino de los cielos será como cuando una doncella que va a recibir «al novio».

En el Evangelio de Tomás, Jesús advierte que para experimentar este nivel final de iniciación en la unión mística, cada iniciado debe entrar en la cámara nupcial solo: «Hay muchos de pie, a la puerta, pero únicamente el solitario entrará en la cámara nupcial».

Convertirse en Cristo

Los sabios paganos afirmaban que en los misterios interiores un iniciado descubría que lo que en apariencia era su daemon individual era en realidad el daemon universal, que los sabios representaban dividido en pedazos y distribuido entre todos los seres conscientes. Epicteto afirma: «Eres un fragmento arrancado de Dios. Llevas una porción de él dentro de ti». Osiris-Dioniso representa este daemon universal, la mente de Dios consciente en todos los seres vivos.

En muchos mitos, Osiris-Dioniso muere desmembrado. Con frecuencia se interpreta que esto significa la trilla del trigo para producir pan y el pisado de la uva para producir vino. Sin embargo, los iniciados en los misterios interiores interpretaban este motivo a un nivel más místico: como cifra de enseñanzas sobre la desmembración del daemon universal por parte del poder del mal. En el mito de Osiris, por ejemplo, el dios hombre es asesinado y desmembrado por su hermano malvado Set, y luego la diosa Isis recoge todos los miembros de Osiris y lo reconstituye. Este mito encierra de forma cifrada la enseñanza mistérica que dice que Dios debe ser «re-membrado», que la senda espiritual es el proceso de reunir los fragmentos del daemon universal, de percibir al uno en todo.

Plutarco describe la muerte de Osiris y dice: «Set esparce y destruye el logos sagrado y la diosa Isis lo recoge y junta, y lo entrega a los que se inician».Este tema pagano de la desmembración es totalmente ajeno al cristianismo tal como lo conocemos, pero era fundamental para los gnósticos. Al igual que sus predecesores paganos, los cristianos gnósticos creían que cada yo humano individual era un fragmento de un ser celestial único que había sido desmembrado por las fuerzas del mal, despojado de toda memoria de sus orígenes celestiales y obligado a entrar en cuerpos físicos individuales.

Al igual que el dios hombre pagano Osiris-Dioniso, el dios hombre de los cristianos, Jesús, representa simbólicamente al daemon universal o logos que ha sido desmembrado. En la Pistis Sophia, Jesús declara: «Me he hecho pedazos y he entrado en el mundo». En los Hechos de Juan, manifiesta que «la multitud que hay alrededor de la cruz» representa los «miembros de Él» que todavía han de «juntarse». En el Libro del Logos Jesús dice: «Guardad todos mis miembros, que desde la fundación del mundo se han esparcido por todas partes, y juntadlos y recibidlos en la luz». Un himno gnóstico que debe cantarse en el «gran día de la iniciación suprema» ruega a Jesús: «Ven a nosotros, porque somos tus miembros, tus extremidades. Somos todos uno contigo. Somos uno y el mismo, y tú eres uno y el mismo».

Según el sabio pagano Proclo, «la más secreta de todas las iniciaciones» revela «el espíritu en nosotros» como «auténtica imagen de Dioniso». Al alcanzar la gnosis o conocimiento de uno mismo, un iniciado pagano reconocía su identidad como expresión de Osiris-Dioniso, el daemon universal. En los misterios se decía de un iniciado así que era un «Osiris» o un «Dioniso».

De la misma manera, el Evangelio de Felipe enseña que un verdadero gnóstico «ya no es un cristiano, sino un Cristo». Orígenes también considera que un seguidor de Jesús podía convertirse en «un Cristo». En un apocalipsis gnóstico sin título Jesús dice a sus «hijos», con los que está trabajando, que abandonen la tarea hasta que «el Cristo» se forme dentro de ellos. En la Pistis Sophia enseña que sólo alguien que se ha convertido en un Cristo conocerá la gnosis suprema del Todo. En una colección de dichos gnósticos, explica: «Del mismo modo que os veis en el agua o en un espejo, también me veis a mí en vosotros mismos». En el Evangelio de Felipe proclama: «Viste al espíritu y te convertiste en espíritu. Viste a Cristo, te convertiste en Cristo. Viste al Padre, llegarás a convertirte en el Padre». Esta enseñanza se encuentra incluso en el Evangelio de Lucas, donde Jesús promete que «El discípulo … bien formado, será como su maestro».

Una expresión común en los misterios paganos, y que Platón cita a menudo, era Soma sema, «El cuerpo es una tumba». Los iniciados gnósticos también comprendían que aquellos que se identificaban con el yo físico encarnado estaban muertos espiritualmente y necesitaban renacer a la vida eterna. Los iniciados que experimentaban la resurrección mística reconocían su identidad verdadera como el Cristo y descubrían, al igual que las mujeres en la historia de Jesús, que «la tumba está vacía». El cuerpo no es su identidad. No son el eidolon que vive y muere, sino el testigo eterno que es siempre nonato e imperecedero.

Los niveles de iniciación

Tanto el sistema filosófico pagano como el gnóstico describían cuatro niveles de identidad humana: físico, psicológico, espiritual y místico. Los gnósticos llamaban a estos cuatro niveles de nuestro ser: el cuerpo, el espíritu falso, el espíritu y el poder luz. El cuerpo y el espíritu falso (nuestras identidades física y psicológica) constituyen los dos aspectos del eidolon o yo inferior. El espíritu y el poder luz (nuestras identidades espiritual y mística) constituyen los dos aspectos del daemon espiritual: el yo superior individual y el yo universal compartido.

Los gnósticos llamaban «hílicos» a quienes se identificaban con su cuerpo, porque estaban tan muertos para las cosas espirituales que eran como la materia inconsciente o hyle. Quienes se identificaban con su personalidad o psyche eran llamados «psíquicos». Y quienes se identificaban con su espíritu recibían el nombre de «pneumáticos», que significa “espirituales”. Quienes dejaban por completo de identificarse con algún nivel de su identidad independiente y reconocían su verdadera identidad como el Cristo o daemon universal experimentaban la gnosis. Esta iluminación mística transformaba al iniciado en un verdadero «gnóstico» o «conocedor».

Tanto en el paganismo como en el cristianismo estos niveles de conciencia estaban vinculados de forma simbólica a los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. Las iniciaciones que llevaban de un nivel al siguiente eran simbolizadas mediante bautismos por estos elementos básicos. En el Libro del gran Logos Jesús ofrece a sus discípulos «los misterios de los tres bautismos» por agua, aire y fuego. El bautismo por agua simboliza la transformación de la persona hílica, que se identifica exclusivamente con el cuerpo, en un iniciado psíquico que se identifica con la personalidad o psique. El bautismo por aire simboliza la transformación del iniciado psíquico en un iniciado pneumático que se identifica con su yo superior. El bautismo por fuego representa la iniciación final que revela a los iniciados pneumáticos su verdadera identidad como el daemon universal, el logos, el Cristo interior, el «poder luz»: «La luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo», como dice el Evangelio de Juan. Así alcanzaba un iniciado la gnosis.

Estos, pues, son los niveles de iniciación en el cristianismo gnóstico.

Nivel de Iniciación Nivel de Identidad Descripción Gnóstica Elemento
Hílico Identidad Física Cuerpo Tierra
Psíquico Identidad Psicológica Espíritu Falso Agua
Pneumático Identidad Espiritual Espíritu Aire
Gnóstico Identidad Mística Poder Luz Fuego

Literal, mítico y místico

El iniciado pagano en los misterios exteriores veía el mito de Osiris-Dioniso que se escenificaba en la representación mistérica como un espectáculo maravilloso y convincente desde el punto de vista emocional. Al iniciado en los misterios interiores se le enseñaba el significado alegórico cifrado que encerraba el mito. Un maestro de los misterios encarnaba estas enseñanzas en su propio ser. Asimismo, la relación de un iniciado gnóstico con la historia de Jesús cambiaba a medida que el iniciado iba avanzando hacia la gnosis. Estos tres niveles de comprensión pueden calificarse de literal, mítico y místico:

– Literal: Los cristianos psíquicos habían experimentado el primer bautismo por agua y habían sido iniciados en los misterios exteriores del cristianismo. Interpretaban la historia de Jesús como la crónica verdadera de una persona que literalmente volvió de entre los muertos.

– Mítico: Los cristianos pneumáticos habían experimentado el segundo bautismo por aire (aliento santo o espíritu santo) y habían sido iniciados en los misterios interiores secretos del cristianismo. Interpretaban la historia de Jesús como un mito alegórico que encerraba enseñanzas cifradas sobre la senda espiritual por la que andaba cada iniciado.

– Místico: Los gnósticos habían experimentado el bautismo de fuego final y habían reconocido su identidad como un Cristo (el logos o daemon universal). Trascendían la necesidad de cualquier enseñanza, incluida la historia de Jesús.

Escribe Orígenes: «Se han cometido muchos errores, porque la mayor parte de los lectores no han descubierto el método correcto de examinar los textos santos». El método correcto, según Orígenes, consiste en comprender los tres niveles en que actúan las Escrituras. El más bajo es la interpretación literal obvia. El siguiente nivel, para «quien haya avanzado un poco», es un nivel alegórico que edifica el alma. El último nivel, que revela la gnosis, es para «quien sea perfeccionado por la ley espiritual». Orígenes afirmaba que siguiendo la senda triple, el iniciado cristiano avanza de la fe a la gnosis.

La pseudohistoria de la vida de Jesús era una parte esencial de los misterios exteriores del cristianismo, que se habían concebido para atraer a nuevos aspirantes a la iniciación, así que los gnósticos no negaban necesariamente la autenticidad histórica de los evangelios. Pero toda interpretación literal de la historia de Jesús era sólo el primer paso que se presentaba a los principiantes espirituales. El verdadero significado de este mito se revelaba a los iniciados en los misterios interiores secretos.

Orígenes desdeña el cristianismo literalista, que no va más allá de considerar la historia de Jesús como hecho histórico, y lo llama «fe irracional, popular» que lleva al «cristianismo somático». Como comenta un estudioso:

Deja bien claro que al hablar de «cristianismo somático» se refiere a la fe que se basa en la historia del evangelio. De las enseñanzas fundamentadas en la narración histórica dice: «¿Qué mejor método podría idearse para ayudar a las masas?». El gnóstico o sabio ya no necesita al Cristo crucificado. El evangelio «eterno» o «espiritual», que está en su poder, «muestra claramente todas las cosas relativas al hijo de Dios, tanto los misterios que muestran sus palabras como las cosas que sus actos simbolizaban» .

Los gnósticos naassenos consideraban que los cristianos literalistas, que comprendían sólo los misterios exteriores, estaban «embrujados» por Jehová, el falso Dios, cuyo hechizo ejerce el efecto contrario del «encantamiento divino» del logos. Basílides también opina: «Los que reconocen a Jesús como el crucificado todavía son esclavos del Dios de los judíos. El que lo niega ha sido liberado y conoce el plan del Padre no engendrado».

Como dice Orígenes con extraordinaria franqueza: «Cristo crucificado enseña para los bebés».

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Simbolismo de la iniciación masónica

Posted by cosmoxenus en 23 abril 2005

Francisco Ariza

En lo fundamental, la estructura iniciática de la Masonería en nada difiere de la de cualquier otra organización esotérica y tradicional. Su división en tres grados ­aprendiz, compañero y maestro­ conforma un esquema perteneciente a toda vía iniciática regular, constituyendo una síntesis del proceso mismo del Conocimiento y su realización efectiva.[1]

Igualmente, este ternario iniciático es análogo a los tres planos o niveles de la manifestación cósmica: el Corpus Mundi, el Anima Mundi y el Spiritus Mundi, según la terminología del hermetismo cristiano medieval. El Cuerpo, el Alma y el Espíritu universal se corresponden así con los grados de aprendiz, compañero y maestro, respectivamente.

De ahí que la realización iniciática reproduzca etapa por etapa el proceso mismo de formación del cosmos o del orden universal, motivo por el cual, y en razón de la analogía existente entre el macrocosmos y el microcosmos, dicho ternario es también el de la constitución del ser humano considerado en toda su integridad. Utilizando el simbolismo geométrico, los tres mundos (y los tres grados iniciáticos) se representan como otros tantos círculos concéntricos, en donde, naturalmente, el más periférico y exterior se correspondería con el plano corpóreo, el intermedio con el anímico o psicológico, y el más interior con el espiritual. [2] El punto que tácita o explícitamente está representado en el centro de este último círculo simbolizaría al Ser o Unidad primordial, que en lenguaje masónico no es otro que el Gran Arquitecto del Universo (idéntico al “motor inmóvil” aristotélico), que aunque en sí mismo no manifestado ­como el punto, que en realidad no existe en el espacio­ es no obstante el principio a partir de cuya emanación o expansión se genera toda la manifestación, que depende enteramente de él en todo lo que ella tiene de realidad.

En este sentido la transmisión de la influencia espiritual recibida por la iniciación masónica es análoga a la acción del Fiat Lux emanado del Verbo divino “en el Principio”, dando lugar al orden cósmico. Y así como ese orden fue “sacado del caos” por la acción de la Palabra luminosa y espermática, el hombre es rescatado del mundo profano, o de las “tinieblas exteriores”, [3] por la irradiación clarificadora que se genera en su conciencia gracias al poder creador de la influencia espiritual o “iluminación” iniciática, lo que acontece en el corazón, es decir en el centro mismo de su ser. De esta manera, y semejante a esa cosmogénesis, se produce una antropogénesis espiritual, lo que equivale a la generación o nacimiento del hombre nuevo. Esa Palabra luminosa, Logos o Sonido primigenio que insufla la vida y el ser a la materia amorfa es también un “ritmo” cuya cadencia vibracional la articula y ordena. Y este ritmo creativo es el gesto o rito cósmico por excelencia, prototipo de todos los ritos iniciáticos, lo cual explicaría por qué éstos son imprescindibles para vehicular la influencia espiritual, que en el fondo lo que persigue es transmitir al ser la energía de la Inteligencia y del Conocimiento por mediación del código simbólico y su ritualización, despertándole a sus posibilidades superiores de acuerdo a lo que fue hecho “en el Principio”, e insertándole por consiguiente en el tiempo mítico y verdadero.

Siendo la Masonería una tradición procedente de las antiguas organizaciones y gremios iniciáticos de constructores “libres” (los francmasones y compañeros medievales), ésta concibe a la Unidad como un Arquitecto u Ordenador Supremo, y al cosmos como su obra más perfecta y elocuente, lo que hace posible que el hombre pueda tomar a esta última como un símbolo vivo que le permite reconocer (porque los contiene en sí mismo) los principios o arquetipos que determinan todo lo creado, tanto en el Cielo como en la Tierra. Esos principios y leyes universales, y el orden visible e invisible, tangible y sutil que de ellos emana, se expresan mediante las proporciones, medidas, ritmos y estructuras de los números y las figuras geométricas, fundamento de todas las artes y ciencias cosmogónicas, y sobre todo de la arquitectura sagrada, síntesis de todas ellas. Si la Masonería (como la Alquimia) es llamada el “Arte Real”, éste no consiste en otra cosa que en la actualización, [4] en el plano del hombre y de la vida, de todas las posibilidades de manifestación concebidas y contenidas eternamente en la Mente y la Sabiduría del Creador, que “todo lo dispuso en número, peso y medida”, [5] lo que nos da la idea de la existencia de un modelo prototípico reiterado en cualquier gesto creativo, ya se trate ese gesto de la creación de un mundo, de un ser o de una obra de arte, siendo ésta última la que el hombre finalmente pueda hacer consigo mismo en su interior. Es por eso que el aprendizaje, conocimiento y encarnación de ese modelo, que el cosmos entero simboliza, hacen del masón un obrero de la construcción universal, en la que él colabora conscientemente, pudiendo leer así en el “Libro del Mundo” o “Libro de la Vida”. Acceder a esa cosmovisión, a ese orden armónico, conduce a la contemplación de la Belleza, que es un nombre divino y por consiguiente una poderosa energía de transmutación y regeneración. [6]

Esto nos lleva a considerar que, además del Verbo que insufla la vida a la materia amorfa, o substancia nutricia original, también existe la acción de un “gesto” divino en la creación del mundo. Y ese gesto misterioso [7] es el que establece precisamente la analogía antes mencionada entre el proceso cósmico y el iniciático. En efecto, la transmisión de la influencia espiritual en la Masonería es vehiculada por la ritualización de determinadas palabras y gestos sagrados, dividiéndose estos últimos en “signos” y en “toques”. [8] En este sentido, debemos recordar que esas palabras y gestos rituales no son sino la propia energía del símbolo puesta en acción, lo que hace posible que la idea que el propio símbolo transmite se revele con toda su fuerza y fecunde al ser que la recibe, haciéndolo pasar, como antes hemos dicho, de la “potencia al acto” o de las “tinieblas a la luz”.

El código simbólico no es algo que pueda aprehenderse desde el exterior, como si uno mismo no estuviera incluido ni formara parte de la idea que éste transmite. El hombre comienza a tener conciencia de su ser en el mundo cuando comprende que él mismo es un símbolo, es decir que debe verse como en un espejo donde se refleja el Ser ­y la vida­ universal. En realidad todo rito es un símbolo, o idea, en movimiento, y todo símbolo, a su vez, no es sino la fijación de un gesto ritual cumplido conforme al orden, esto es, conforme al modelo de lo que fue hecho “en el Principio”. El rito es la “vivencia” de la idea simbólica porque de hecho el propio rito no es sino esa misma idea articulada en el espacio y el tiempo, es decir en la totalidad de nuestra existencia, que así adquiere pleno sentido al integrarse en la cadencia de la armonía y del ritmo universal, siempre idéntica a sí misma por constituir la expresión de la Unidad indiferenciada, alfa y omega de todo lo creado. A este respecto, es bastante significativo que la palabra gesto tenga también el sentido de “gestación”, y por tanto de “generación”, que en el contexto iniciático y simbólico se vincula al renacimiento espiritual, de un “volver a nacer” por y en el Conocimiento. [9]

Cada uno de los grados masónicos de aprendiz, compañero y maestro, posee sus propias palabras y gestos rituales, los cuales, aun recibiéndose por etapas, están no obstante perfectamente coordinados, conformando finalmente una sola palabra y un único gesto inseparables e indistintos, análogos a los que fueron emitidos en el origen, que de esta manera se actualiza y se hace presente. De todo esto se desprende que la culminación en una vía como la que propone la iniciación masónica no es otra que la total identificación con el acto creador (generador) del Gran Arquitecto, identificación que sólo se hace efectiva con la llegada a la maestría, o lo que es lo mismo cuando la individualidad humana se universalice al quedar absorbida, por la atracción nacida del amor al Conocimiento, en la unidad de su Principio divino, de la que sólo se separó ilusoriamente. [10] Lo que decimos guarda estrecha relación con lo que en la Masonería se denomina la “búsqueda de la Palabra perdida”, que es el verdadero Nombre del Gran Arquitecto, y que el hombre ha de recomponer “reuniendo lo disperso” de su ser, pues al fin y al cabo ese Nombre es el cosmos entero considerado en su esencia inmutable e imperecedera.

La Tradición nos enseña que el despertar a la realidad del Conocimiento es simultáneo a la apertura de los diversos centros sutiles (o chakras, según la tradición hindú) localizados simbólicamente a lo largo de la columna vertebral. Cada centro es receptor de una determinada energía cósmica vivenciada en el hombre como un estado de conciencia, y ello en virtud de la ley de correspondencia y analogía entre el macrocosmos y el micro cosmos, correspondencia y analogía que constituyen el fundamento mismo de la ciencia simbólica, pues gracias a ellas podemos reconocer lo universal en lo individual, y lo individual en lo universal, comprendiendo que ambos no son sino una sola y misma realidad, tal cual nos dice la Tabla de Esmeralda hermética: “lo de abajo es como lo de arriba, y lo de arriba como lo de abajo, para obrar el milagro de una cosa única”.

Asimismo, el que dichos centros estén jerárquicamente dispuestos a lo largo de la columna vertebral (una imagen del Eje del Mundo), nos indica la idea de ascenso gradual y escalonado: desde aquel que está situado en la base misma de la columna­eje, y vinculado a las energías telúricas y terrestres, hasta el que se ubica en la sumidad de la bóveda craneana, por donde se produce el pasaje a los estados superiores, supracósmicos y metafísicos. Si el hombre, al igual que el universo o el cosmos, es un atanor alquímico, el desarrollo espiritual se va cumpliendo en la medida misma en que se produce la cocción, destilación, purificación y transmutación de las energías inferiores en las superiores.

El número de estos centros, e incluso el orden de su disposición, varía en las diferentes tradiciones. En el caso de la Masonería dichos centros se ubican en puntos concretos señalados por signos gestuales realizados mediante una determinada posición de las manos, signos que son llamados de “reconocimiento” y de “penalización”, y cuya posición es distinta en cada uno de los tres grados. En el primer grado el signo se realiza a la altura de la garganta, en el segundo en la del corazón y en el tercero a la altura del ombligo ­o entre las dos caderas­, y finalmente en la sumidad de la cabeza. A esto hay que añadir la vocalización de las palabras de paso y las palabras sagradas propias de cada grado, y que en sí mismas revelan un sentido simbólico directamente relacionado con la búsqueda de la “Palabra perdida”, es decir con las etapas vividas durante el proceso de la realización interior. Naturalmente, no podemos desarrollar aquí todo lo que sugiere esta rica simbólica, y tan sólo indicaremos que tanto los signos, como los toques y palabras simbólicas en la Masonería son semejantes a los mudras (gestos manuales) y los mantrams (pronunciación de nombres, palabras y sílabas sagradas) pertenecientes a las vías de realización hindú y budista, lo que prueba la perfecta concordancia existente entre las diversas formas iniciáticas en lo que respecta a la constitución o arquitectura interna del ser humano, ejemplo claro de la universalidad y coherencia de la doctrina tradicional allí donde ésta se manifieste.

En el discurso de la existencia la iniciación impone un centro, un eje alrededor del cual todo comenzará a ordenarse y a tener sentido, a ser significativo. Dicho centro está siempre presente en el corazón del hombre, y es, como el altar en el Templo, el punto de comunicación cielo-tierra; o para decirlo en términos taoístas, donde se ejerce “la atracción de la Voluntad del Cielo” en la individualidad humana.

Establecer contacto con el radio que lleva a ese centro supone, en primer lugar provocar una ruptura de nivel o escisión en el tiempo ordinario, y recuperar la memoria del tiempo mágico, sagrado y mítico donde todo es verdadero y siempre es aquí y ahora, y nada se somete a la sucesión causa efecto que es la ley kármica del mundo sublunar o samsara. Y si bien es muy difícil escapar totalmente a esa ley, en tanto que seres todavía sumidos a las condiciones y limitaciones de la existencia individual, sí se puede, en cambio, conciliar las acciones y reacciones que ellas provocan en la psique (a la que conforman), pues en el laberinto que urden en torno nuestro se halla ese espacio vacío y virginal donde el jardín del alma florece y la regeneración es posible. Así, pues, solo a partir de esa primera ruptura puede decirse con toda propiedad que se inicia el camino del Conocimiento, lo cual conlleva un intenso trabajo con uno mismo.

Las mutaciones de la Piedra simbólica

En la Masonería ese trabajo consiste en desbastar y perfeccionar la “piedra bruta”, que es el símbolo del aprendiz, mientras que la piedra “cúbica” pertenece al compañero, y la “piedra cúbica en punta” al maestro. Esta sucesiva mutación de la piedra simbólica, análoga a la transmutación alquímica, indica tres momentos claves del trabajo masónico. Ya se habló de la piedra bruta como un símbolo de la firmeza e inmutabilidad del Espíritu. Sin embargo, y como los símbolos se prestan muchas veces a un doble sentido, en la masonería ­que no olvidemos procede de una tradición de constructores­, y sin perder totalmente esa significación, la piedra bruta deviene más bien un símbolo del caos pre­cósmico, y en cierto modo puede verse como una imagen del mundo profano, de donde el aprendiz procede y al que tiene que superar en su intento de ir de las “tinieblas a la luz”. En este contexto simbólico, las asperezas y aristas de la piedra bruta representan las deformaciones del alma humana sometida a las influencias egóticas e ilusiones mentales de todo tipo, las cuales suponen un obstáculo en la evolución espiritual. Se impone, pues, una ascesis purificadora que, al mismo tiempo que lime las asperezas de la piedra bruta de la conciencia, de lugar a un desarrollo ordenado de las posibilidades superiores en ella incluidas, y en tanto que no se manifiesten permanecen en estado embrionario y latente. En la iniciación masónica los primeros trabajos del aprendiz se llevan a cabo con el mazo y el cincel, herramientas que respectivamente simbolizan la fuerza de la voluntad y la facultad de la inteligencia, la cual distingue, separa y determina lo que en el ser es permanente y coesencial a su naturaleza (aquello que ese ser “es” en sí mismo), de lo que constituye sus añadidos superfluos y exteriores. En lenguaje masónico esta acción clarificadora recibe el nombre de “despojamiento de los metales”, que en el fondo es idéntica a lo que en Alquimia se denomina “separar lo espeso de lo sutil”, es decir lo profano de lo sagrado. Entendida de esta manera, la voluntad es ese fuego sutil que generado por la acción iluminadora de la influencia espiritual, promueve en el hombre el amor o la pasión por el Conocimiento, siendo en este sentido que los términos querer, creer, y crear son exactamente lo mismo. Empero, y a fin de que no se disperse, esa fuerza interior ha de estar bien dirigida por una recta intención, o rigor intelectual, que la encauce y concentre en vista a la comprensión teórica y efectiva de los principios universales, los cuales, volvemos a repetir, se revelan mediante las leyes, ritmos y ciclos que regulan el orden armónico de la Creación. Sólo así, conjugando en un acto único, que deviene ritual y permanente porque se ha “incorporado” a la naturaleza del ser, la fuerza del amor y el rigor de la inteligencia, la “materia caótica” irá siendo pacientemente tallada, hasta que el aprendiz, intuyendo la Belleza o “forma” ideal oculta en esa materia deforme, [11] se “eleve” a un grado superior de su jerarquía interna, es decir, a compañero.

En esta nueva etapa de su viaje al iniciado a los misterios del Sí mismo le son necesarios otros símbolos ­herramientas para proseguir con la obra de la regeneración. De esta manera, y para que la piedra bruta se acabe de pulir, es imprescindible la ayuda de la escuadra, la cual le va señalando ­enmarcando­ el perfecto tallado y cubicaje. La escuadra, al ser también un símbolo de la rectitud interior, está asociada a la idea de axialidad, pues su forma resulta de la unión por su vértice de un eje vertical y otro horizontal. Es precisamente la toma de conciencia de estas dos coordenadas geométricas (que expresan principios universales), como la piedra bruta, se convertirá, o mejor se “transmutará” en piedra cúbica. Además, hecho evidente, la piedra cúbica es la más apta para la construcción, es decir, la que hace posible “levantar” la obra a partir de sus cimientos. Mas ese levantamiento se efectuará con la intervención de otras dos herramientas, por lo demás complementarias: el nivel y la plomada. Con la primera, el compañero se asegurará que la base no tenga desnivel, o dicho de otra manera, que la purificación con el mazo y el cincel se hayan llevado a cabo de manera efectiva, asegurando así la firmeza y estabilidad de la obra interior. Es ésta una simbólica que expresa la acción conjunta de las cuatro virtudes cardinales, las cuales, efectivamente, “nivelan” y equilibran los impulsos de las pasiones inherentes a la naturaleza humana: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos” (Lucas, III, 4-5). En este sentido, las virtudes cardinales corresponden, arquitectónicamente, a las cuatro piedras de fundación situadas en las cuatro esquinas o ángulos del templo, sosteniéndolo en su elevación vertical.

A su vez, con la plomada se comprobará la perpendicularidad de la edificación, según señala un eje invisible, pero no por ello menos real, que cohesiona y mantiene en equilibrio la estructura de nuestro universo y de todas las cosas en él contenidas, incluido naturalmente el hombre. La verticalidad de la plomada, suspendida simbólicamente de la mano del Gran Arquitecto, “cae a peso” en dirección al centro de la tierra, señalando la profundidad del Conocimiento que penetra hasta lo más recóndito del alma humana, “iluminando” los aspectos más oscuros de ésta, pues allí, en esas profundidades se halla el “fuego secreto” del Espíritu, artífice verdadero de toda la obra de transmutación. Ciertamente, no es otro el significado de las siglas alquímicas V.I.T.R.I.O.L. grabadas en la “Cámara de Reflexión”, simbólicamente situada “debajo” mismo de la Logia: “Visita el Interior de la Tierra (de tí mismo) y Rectificando encontrarás la Piedra Oculta”, que es la verdadera “medicina” de la que hablan los maestros alquimistas.

Esa rectificación es simultánea a la reintegración de lo individual en lo universal, lo cual conlleva una total reconversión psicológica que propicia el nuevo nacimiento. Aquello que estaba disperso se ha reunido y “cristalizado” en una forma, una estructura que refleja (al haberse “conformado” a la armonía del orden cósmico) su modelo prototípico e imperecedero. El compañero, al comprender y vivir los misterios de la cosmogonía, que son los de él mismo, volvemos a repetir, hace de su oficio (cualquiera que éste sea) un ministerio, y de su vida un arte, ejecutando y transmitiendo libremente las órdenes recibidas del Gran Geómetra, que es como se designa en este grado al Gran Arquitecto o Principio de la Construcción Universal. Asimismo, ese renacimiento, ese volver a nacer de nuevo en y por el Conocimiento, está simbolizado por la estrella pentagramática o “Estrella flamígera”. Las cinco puntas de esta estrella indican que el hombre ha accedido a su “quintaesencia”, lo que quiere decir que ha realizado y desarrollado todas las posibilidades comprendidas en el estado humano. De otro lado, la quintaesencia es el centro de la cruz de los cuatro elementos, y por consiguiente el punto de conciliación y superación de las energías contrarias que esos elementos representan en el plano de la materia y de la psique. Es evidente que en el simbolismo constructivo la quintaesencia está figurada por la “piedra fundamental”, situada en el centro mismo del cuadrado señalado por las cuatro piedras de las esquinas, llamadas corner stones, literalmente “piedras de esquina o de ángulo”, y que son como un reflejo cuatripartito de la piedra fundamental del centro, equivalente al ara o altar del templo. En medio de la Estrella flamígera figura la letra “G”, curiosamente la inicial de Geometría y de Dios en inglés (God), letra de la que Guenon dice que sustituyó al Iod hebraico, que es el símbolo de la Gran Unidad. Así pues, en el centro del estado humano, en su corazón, lo que en realidad habita es el Principio divino, que teniendo como soporte en nuestro mundo a la individualidad humana regenerada, irradia su luz a todas las cosas. [12]

Lo que hace inteligible al cosmos, lo que le da todo su sentido y realidad, es precisamente lo que está “más allá” de él, lo inmanifestado, “…pues es el vacío del centro lo que hace útil a la rueda” ( Tao-te-King, XI). En ese centro alrededor del cual se efectúan todas las revoluciones de la rueda del mundo, se sitúa simbólicamente la “Cámara del Medio” del maestro masón. En dicha Cámara tienen lugar los misterios de la “segunda muerte” y el “tercer nacimiento”, ejemplificados por la muerte ritual del maestro Hiram, su posterior enterramiento, su búsqueda, y finalmente su “resurrección”, simbolizada por la rama de acacia. Habiendo realizado el viaje horizontal que le ha conducido al altar o corazón del santuario, el ser pasa del cuadrado al círculo, o de la escuadra al compás. Se produce así el pasaje de la Tierra al Cielo, o lo que es lo mismo, una “exaltación” por el eje vertical hasta la clave de bóveda situada en el centro de la cúpula (o cabeza) del templo­cosmos­hombre. A la piedra cúbica (símbolo del cosmos), se le añade una pirámide en su parte superior, pasando a llamarse a partir de entonces la “piedra cúbica en punta”, que simboliza el acabamiento y perfección de la obra, su “coronamiento” vertical y celeste. [13] Esta idea de coronamiento referida a la piedra cúbica en punta, encaja perfectamente con la simbólica cristiana de la “piedra angular”, la cual, por su forma, sólo podía ser colocada cuando finalizaba la construcción, concretamente en la clave de bóveda u “ojo del domo”. [14]

Pero en realidad, ya se trate de la clave de bóveda, del vértice de la pirámide, del centro del círculo o de la rueda, lo que reside en todos estos símbolos es el secreto del Nombre inefable, el punto de no­manifestación donde mora el “Uno sin segundo” que sólo se conoce a Sí mismo por Sí Mismo. Esta es la última puerta a franquear por el hombre, el cual “a la pregunta ¿quién eres tú?, que se le formula cuando llega a esa puerta, puede responder con verdad: ‘Yo soy Tú'”. [15]
[1] No vamos a hablar aquí de los llamados “altos grados” o “grados complementarios a la maestría”, cuyo número varía en cada uno de los Ritos masónicos actuales. Pensamos que algunos de esos altos grados representan un desarrollo de ciertos aspectos iniciáticos contenidos ya en el grado de maestro.

[2] La misma estructura cósmica e iniciática la encontramos en el antiguo símbolo del “triple recinto druídico”, en donde se distinguen tres cuadrados concéntricos, del más interior de los cuales parten cuatro líneas que atraviesan los dos cuadrados restantes hasta sus límites. En la jerarquía iniciática las líneas que parten del cuadrado central corresponden a los canales a través de los cuales se transmite, de a d­intra a ad­extra, la enseñanza de la doctrina y del Conocimiento a todo el resto de la organización iniciática. En la Masonería el conjunto de los tres cuadrados (o círculos) equivalen a las tres “Cámaras” de los grados de aprendiz, compañero y maestro. En este último, la Cámara se denomina “del Medio”, y se identificaría entonces con el cuadrado central del triple recinto druídico (ver cap. X de los Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, d e René Guenon).

[3] La expresión “tinieblas exteriores”, o “inferiores”, que se utiliza para referirse al mundo profano, constituyen el reflejo invertido y oscuro de las “tinieblas superiores más que luminosas”, las cuales conforman la esfera inteligible de los arquetipos espirituales.
[4] En el sentido en que Aristóteles daba a la expresión de la potencia al acto, es decir como un paso de la posibilidad a lo real contenido en ella.

[5] Sabiduría, XI 20.

[6] La Belleza es el nombre que recibe uno de los tres pilares sobre los que se apoya la edificación del templo masónico, y por extensión del templo del mundo. Los dos restantes pilares se denominan Sabiduría y Fuerza. Sabiduría, Fuerza y Belleza, equivalen respectivamente al “número, peso y medida” divinas.

[7] Principio verdaderamente atemporal, pues está ocurriendo en estos precisos momentos, lo cual se relaciona con el “mundo creado a cada instante” o “renovado a cada soplo” del sufismo islámico.

[8] Palabras y gestos se encuentran dentro de la clasificación tradicional establecida entre los símbolos sonoros y los símbolos visuales, respectivamente.

[9] Se ha dicho que conocimiento y co­nacimiento son exactamente lo mismo, y uno es lo que conoce.

[10] El ingreso al grado de maestro representa la reintegración del “estado primordial”, tal cual fue vivido por los primeros hombres en el Paraíso. Si hasta alcanzar ese grado el recorrido ha sido horizontal (terrestre), a partir de él comienza el ascenso vertical por los estados superiores del ser, vinculados con los diversos cielos planetarios. Por otro lado, debe quedar bien claro que aquí hablamos del Maestro interno, pues en la actual Masonería muy pocos de los que ostentan ese grado (conferido muchas veces por puras necesidades prácticas de la Logia) han conseguido siquiera llegar a auténticos aprendices o compañeros.
[11] Según la Alquimia en el plomo, el metal más denso y opaco, se esconde la luminosidad inalterable del oro.
[12] La letra Iod es la primera de las cuatro letras hebreas que componen el Tetragrammatron, el nombre inefable de Dios. Igualmente, entre los operativos la Estrella pentagramática era el símbolo de la Estrella Polar y por tanto del Gran Arquitecto. Esta idea fue sin duda heredada de los pitagóricos, para los cuales el Pentagrama constituía su signo de reconocimiento, además de ser el símbolo de la Armonía universal. Los pitagóricos designaban al pentagrama con el nombre de pentalfa, pues está formado por la reunión de cinco (penta) alfas, que es también la primera letra del alfabeto griego. A este respecto debemos recordar que los pitagóricos hacían corresponder a cada una de las sumidades del pentalfa una de las letras de la palabra “eigeia” (salud), siendo la salud corporal un símbolo vivo de la armonía y equilibrio interior del hombre regenerado que accede al centro de sí mismo. Además, esas letras se disponían según el sentido polar, lo que indica de una manera bastante clara la conexión del pitagorismo con la Tradición Primordial o hiperbórea.

[13] La “piedra cúbica en punta” sintetiza la unión por su parte superior del cuadrado y del triángulo, o según otro simbolismo la efectivización de las cuatro virtudes cardinales y las tres virtudes teologales, terrestres unas y celestes las otras. Esa misma figura creada por la unión del cuadrado y del triángulo es el símbolo alquímico de la “piedra filosofal”, la cual también representa el acabamiento y perfección de la Gran Obra hermética. Como vemos se trata del septenario (3 + 4 = 7), el cual es tomado en todas las tradiciones como el número cosmogónico por excelencia. Añadiremos que siete es el número necesario para que una Logia sea “justa y perfecta”.

[14] En la simbólica cristiana la piedra angular se identifica con Cristo mismo, que representa igual principio espiritual que El Gran Arquitecto en la Masonería. La inutilidad de esta piedra durante la construcción en realidad confirma su carácter supracósmico, pues no puede ocupar otro lugar que el centro mismo de la cúpula. Esa piedra es la verdadera clave de bóveda, es decir la “llave” (clave) con la que se comprende el sentido simbólico de toda la construcción. Ella está en realidad al principio y al final de toda la obra, como el Espíritu es el Alfa y el Omega de toda la Creación.

[15] René Guenon, “Kâla­Mukha”, cap. LIX de Símbolos Fundamentales

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Steiner en el Memphis-Mizraim

Posted by cosmoxenus en 23 abril 2005

Tomado de “La Tradición Oculta” de Gerald Galtier

En 1905, el fundador de la Sociedad Antroposófica Rudolf Steiner recibió de manos de Theodor Reuss una patente para fundar en Berlín un Gran Consejo de Memphis-Mizraím.

Así se informa en la revista de Reuss “Die Oriflamme” en 1906: “el Hermano Dr. Rudolf Steiner, 33º y 95º, y los Hermanos y Hermanas que están asociados a él han recibido el permiso para fundar en Berlín un Capítulo y Gran Consejo con el título distintivo “Mystica Aeterna”.

El Dr. Steiner ha sido nombrado Diputado Gran Maestro con jurisdicción sobre los miembros que ya ha recibido o que reciba en el futuro…” Parece, además, que Rudolf Steiner se había iniciado en la Orden de la Rosacruz Esotérica de Franz Hartmann (uno de los principales dirigentes de la Sociedad Teosófica Alemana y amigo de Reuss).

En esa época, Steiner intentaba, al igual que Papus, reunir diversas iniciaciones masónicas y rosacruces con el fin de fundar una especie de unión ocultista internacional dirigida por él. De hecho, chocó con Reuss y Hartmann y regresó a la independencia. Después, a partir de elementos iniciáticos que había logrado reunir por todas partes, Steiner fundó su propio Rito, la “Francmasonería Esotérica” (en la que habría sido iniciado Edouard Schuré).

Según Franz Wittemans, “los iniciados reciben de sus manos una rosacruz de oro y el Rito se sirve de un ritual de iniciación muy antiguo cuyo texto se encuentra en parte en la obra de Eliphas Levi “Dogma y Ritual de Alta Magia”.

En sus escritos posteriores, Steiner minimizaría los antiguos contactos con Reuss y Hartmann. En su autobiografía póstuma, “L´histoire de ma vie” (1928), escribe a propósito de su Masonería Esotérica: “Esta sección simbólico-cultural del movimiento antroposófico dejó de funcionar a mediados de 1914”.

Según Pierre Mairel, habría subsistido en forma de círculo interior muy secreto, con la antroposofía moderna pronunciándose oficialmente en contra de cualquier forma de ritualismo y preesentándose cara al exterior únicamente como una “ciencia espiritual”.

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