El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

TRADICIÓN Y TRANSMISIÓN ( * )

Posted by cosmoxenus en 16 abril 2005

Hemos señalado que la palabra “tradición”, en su acepción etimológica, no expresa en suma otra idea que la de transmisión; no hay en esto, en el fondo, nada que no sea perfectamente normal y está de acuerdo con la aplicación que se hace al hablar de “tradición” en el sentido en que nosotros lo entendemos, y lo que ya hemos explicado debería bastar para hacer esto fácilmente comprensible; no obstante, algunos han planteado con este motivo una objeción que nos ha mostrado la necesidad de insistir más sobre ello, con el fin de que no pueda subsistir ningún equívoco sobre este punto esencial. He aquí la objeción de que se trata: no importa cuál pueda ser el objeto de una transmisión, comprendiendo en ello las cosas del orden más profano; entonces, ¿por qué no podría hablarse también de “tradición” para todo lo que es así transmitido, sea cual sea su naturaleza, en lugar de restringir el empleo de esta palabra únicamente al dominio de lo que podemos llamar “sagrado”?.

Debemos hacer en principio una importante indicación, que reduce ya en mucho el alcance de esta cuestión: y es que, si nos remitimos a los orígenes, no debería plantearse la distinción entre “sagrado” y “profano” que está aquí implicada, ya que era entonces inexistente. En efecto, como hemos explicado a menudo, no existe propiamente un dominio profano al cual un cierto orden de cosas pertenecerían por su propia naturaleza; hay solamente, en realidad, un punto de vista profano, que no es sino la consecuencia y el producto de una cierta degeneración, resultando ésta misma de la marcha descendente del ciclo humano y de su alejamiento gradual del estado principial. Luego, anteriormente a esta degeneración, es decir, en suma, en el estado normal de la humanidad todavía no caída, puede decirse que todo tenía verdaderamente un carácter tradicional, pues todo era considerado en su dependencia esencial con respecto a los principios y en conformidad con ellos, de tal manera que una actividad profana, es decir, separada de estos mismos principios e ignorándolos, hubiera sido algo por completo inconcebible, incluso con respecto a lo que depende de lo que se ha convenido en llamar hoy en día la “vida ordinaria”, o más bien a lo que podría corresponderle entonces, aunque apareciera bajo un aspecto muy diferente de lo que nuestros contemporáneos entienden por ello (1) y con mayor razón para cuanto corresponde a las ciencias, las artes y los oficios, para los cuales ese carácter tradicional se ha conservado íntegramente hasta mucho más tarde y se encuentra todavía en toda civilización de tipo normal, si bien podría decirse que su concepción profana es, aparte de la excepción que quizá pueda hacerse hasta cierto punto en cuanto a la antigüedad llamada “clásica”, exclusivamente propia de la civilización moderna, que no representa, en el fondo, sino el último grado de la degeneración de la cual hemos hablado.

Si consideramos ahora el estado de hecho posterior a esta degeneración, podríamos preguntarnos por qué la idea de tradición excluye lo que es tratado en lo sucesivo como de orden profano, es decir, que no tiene ninguna vinculación consciente con los principios, por no aplicarse sino a lo que ha conservado su carácter original, con el aspecto “trascendente” que conlleva. No es suficiente verificar que la costumbre lo ha querido así, al menos en tanto que todavía no se habían producido las confusiones y las desviaciones modernas sobre las cuales hemos llamado la atención en otras ocasiones (2); es cierto que la costumbre modifica a menudo el sentido original de las palabras, especialmente añadiendo o sustrayendo algo; pero incluso esto, al menos cuando se trata de una costumbre legítima, debe tener también su razón de ser, y, sobre todo en un caso como este, dicha razón no puede ser indiferente. Podemos por otra parte señalar que este hecho no se limita solo a las lenguas que emplean el término latino de “tradición”; en hebreo, la palabra qabbalah, que posee exactamente el mismo sentido de transmisión, está igualmente reservada a la designación de la tradición tal como nosotros la entendemos, e incluso de ordinario, más estrictamente todavía, de su parte esotérica e iniciática, es decir, de lo que hay de más “interior” y elevado en esta tradición, de lo que en cualquier caso constituye su propio espíritu; y esto demuestra que debe haber aquí algo más importante y significativo que una simple cuestión de costumbre en el sentido en que puede entenderse cuando se trata únicamente de modificaciones en el lenguaje corriente.

En primer lugar, hay una indicación que se desprende inmediatamente de esto a lo que, como mencionamos hace un momento, se aplica el nombre de tradición, y es lo que en suma, en su fondo mismo, ya que no forzosamente en su expresión exterior, permanece tal como era en su origen; se trata entonces de algo que ha sido transmitido, podríamos decir, desde un estado anterior de la humanidad a su estado presente. Al mismo tiempo, se puede señalar que el carácter “trascendente” de todo lo que es tradicional implica también una transmisión en un sentido distinto, partiendo de los principios mismos para comunicarse al estado humano; y este sentido se incorpora en cierto modo y evidente¬mente completa al precedente. Se podría incluso, retomando los términos que hemos empleado en otro lugar (3), hablar a la vez de una transmisión “vertical”, de lo supra-humano a lo humano, y de una transmisión “horizontal”, a través de los estados o los estadios sucesivos de la humanidad; la transmisión vertical es por otra parte esencialmente “intemporal”, implicando sólo la transmisión horizontal una sucesión cronológica. Añadamos todavía que la transmisión vertical, que es tal en cuanto se la considera de arriba a abajo como estamos haciendo, implica, si se la toma por el contrario de abajo hacia arriba, una “participación” de la humanidad con las realidades de orden principial, participación que, en efecto, está precisamente asegurada por la tradición bajo todas sus formas, ya que es por ello por lo que la humanidad es puesta en relación efectiva y consciente con lo que le es superior. La transmisión horizontal, por su parte, considerada remontando el curso del tiempo, implica propiamente un “retorno a los orígenes”, es decir, una restauración del “estado primordial” ; y ya hemos indicado que esta restauración es precisamente una condición necesaria para que, desde ahí, el hombre pueda a continuación elevarse efectivamente a los estados superiores.

Hay todavía otra cosa: al carácter de “trascendencia” que pertenece esencialmente a los principios, y del cual participa en cualquier grado todo lo que les está efectivamente vinculado, (lo que se explica por la presencia de un elemento “no humano” en todo lo que es propiamente tradicional), se añade un carácter de “permanencia” que expresa la inmutabilidad de estos mismos principios, y que se comunica de forma semejante, en la medida de lo posible, a sus aplicaciones, incluso cuando éstas se refieran a dominios contingentes. Esto no significa, por supuesto, que la tradición no sea susceptible de adaptaciones condicionadas por ciertas circunstancias; pero, bajo estas modificaciones, la permanencia se mantiene siempre en cuanto a lo esencial; e, incluso, cuando se trata de contingencias, éstas son en cualquier caso superadas y “transformadas” como tales por el hecho mismo de su vinculación con los principios. Por el contrario, cuando uno se sitúa bajo el punto de vista profano, que se caracteriza, de una forma que por otra parte no puede ser sino negativa, por la ausencia de tal vinculación, se está, si puede decirse, en la contingencia pura, con todo lo que implica de inestabilidad y de variabilidad incesante, y sin posibilidad alguna de escapar de ello; es en cualquier caso el “devenir” reducido a sí mismo, y no es difícil advertir que, en efecto, las concepciones profanas de toda naturaleza están sometidas a un continuo cambio, al igual que las maneras de actuar procedentes del mismo punto de vista, y del cual lo que se denomina la “moda” representa la imagen más notable a este respecto. Se puede concluir de ello que la tradición comprende no solamente todo lo que viene a ser transmitido, sino incluso todo lo que verdaderamente puede serlo, ya que el resto, lo que está desprovisto de carácter tradicional y, consecuentemente, situado bajo el punto de vista profano, está dominado por el cambio hasta tal punto que toda transmisión implica ante todo un “anacronismo” puro y simple, o una “superstición”, en el sentido etimológico de la palabra, que no responde a nada real ni válido.

Debe ahora comprenderse por qué tradición y transmisión pueden ser consideradas, sin ningún abuso del lenguaje, caso como sinónimos o equivalentes, o por qué, al menos, la tradición, bajo cualquier aspecto que se le considere, constituye lo que se podría llamar la transmisión por excelencia. Por otra parte, si esta idea de transmisión es tan esencialmente inherente al punto de vista tradicional que éste ha podido extraer de ello legítimamente su propia denominación, todo lo que anteriormente hemos dicho acerca de la necesidad de una transmisión regular para lo que pertenece a este orden tradicional, y más particularmente al orden iniciático que es parte no solamente integrante sino incluso “eminente” de aquel, se ve todavía reforzado y adquiere incluso una especie de evidencia inmediata que debería, con arreglo a la lógica más simple, y sin necesidad de acudir a consideraciones más profundas, tornar definitivamente imposible toda objeción sobre este punto, en lo cual, por otra parte, solo están interesadas las organizaciones pseudoiniciáticas, precisamente porque esta transmisión les falta, para mantener el error y la confusión.

NOTAS:

( * ) Publicado originalmente en “Etudes Traditionnelles”, enero de 1937.

(1). Cf. Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, cap. XV.

(2). Ver especialmente Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, cap. XXXI.

(3). Véase Le Symbolisme de la Croix.

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