El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for 16/04/05

Los evangelios apócrifos y el gnosticismo

Posted by cosmoxenus en 16 abril 2005

Indice

1. Introducción.
2. El hallazgo en Nag Hammadi
3. Evangelios Apócrifos
4. Gnosticismo
5. Los Evangelios Apócrifos y el Gnosticismo
6. Anexo
7. Bibliografía

1. Introducción.

El presente trabajo trata de establecer las eventuales relaciones entre los evangelios llamados “apócrifos” y la tendencia filosófico – religiosa conocida como gnosticismo. En la medida de lo posible, el objetivo es conservar la correspondencia entre ambos temas, para lo cual es necesario primero aclarar sus significados. Sin embargo, antes de hacerlo, no se puede obviar la importancia del descubrimiento en Nag Hammadi de textos gnósticos apócrifos, especialmente los Evangelios de Felipe y Tomás, aunque no se dejan de lado otros documentos de gran valor, como los apócrifos perdidos o los fragmentos papiráceos. La principal fuente de información y referencia es la edición de Los Evangelios Apócrifos preparada por Aurelio de Santos Otero e impresa por la Biblioteca de Autores Cristianos.

Al final, se presenta un anexo con el texto correspondiente a la IV Sesión del Concilio de Trento, celebrada el 8 de abril de 1546, donde se establece la lista definitiva de los evangelios canónicos.

2. El hallazgo en Nag Hammadi

En diciembre de 1945, en un pueblo egipcio llamado Nag Hammadi (en árabe “Pueblo de Alabanza”) unos campesinos hallaron cerca de mil páginas en papiro: 53 textos divididos en códices, cuya antigüedad se remonta probablemente hacia el Siglo IV d.C. Estaban enterrados junto al acantilado oriental en el alto valle del Río Nilo. Se tratan de traducciones originales del griego al copto, que contienen evangelios (de Tomás y Felipe), apocalipsis, tratados teológicos y palabras atribuidas a Jesús, de franca orientación gnóstica y considerados por la Iglesia Católica como apócrifos.

Lo que ahora se conoce como Nag Hammadi, se llamaba antes Xhnobockeion, donde en 320 d.C. San Pacomio había fundado el primer monasterio Cristiano. En 367 d.C., el obispo Atanasios de Alejandría emitió un decreto prohibiendo las escrituras no aprobadas por la Iglesia central. Esto motivó a que algunos monjes locales copiaran unas 45 de esas escrituras, incluyendo las de Tomás, Felipe y Valentín, en 13 volúmenes encuadernados en cuero. Esta biblioteca entera fue sellada en una urna y escondida entre las piedras, por casi 1600 años.

Sin embargo, no se consideran “evangelios” (los de Felipe y Tomás) por varias razones. Por ejemplo, se dice que no fueron inspirados por Dios ni nacieron en comunidades cristianas, que no hablaban la lengua en que están escritos (copta sahídica). Tampoco esas comunidades cristianas tuvieron consenso en considerarlos inspirados. Su origen, a juzgar por su contenido, se da en círculos gnósticos.

En la actualidad, los escritos de Nag Hammadi tienen una gran vigencia que se extiende a varias ramas. No sería extraño que todavía se estén haciendo traducciones o actualizando las ya hechas, pues la importancia de tal descubrimiento lo hace digno de un cuidadoso rigor científico. Por otra parte, ha sido fuente para el desarrollo de numerosas investigaciones y la producción de cantidad de artículos, libros y hasta películas.

3. Evangelios Apócrifos

La Biblia Católica se divide en Nuevo y Antiguo Testamento, el cual a su vez se divide en Libros Protocanónicos (39 libros en lengua hebrea, canonizados primero) y Libros Deuterocanónicos (siete libros en lengua griega, literalmente significa “segundo canon”). El Antiguo Testamento tiene como base el texto masorético, autorizado por eruditos judíos.

Podría decirse que el principal criterio para calificar a un libro de apócrifo es considerar que carece de inspiración divina. El primero en usar ese término fue San Jerónimo, para referirse a los libros que llegaron a ser los deuterocanónicos, cuando tradujo la Vulgata latina. Su origen es griego, generalmente traducido por “escondido” o “secreto”.

Cuando algunos apócrifos se incorporaron a la Septuaginta, los israelitas convocaron a un Concilio en Jamnia para analizarlos. Acordaron aceptar los que reunieran ciertas condiciones: concordancia con la ley mosaica, haberse escrito en Palestina y en hebreo, y antes de la muerte de Esdras, quien según los hebreos fijó bajo mandato divino la lista de libros canónicos del Antiguo Testamento. Debido a que esos libros, probablemente escritos entre 150 a.C. y 100 d.C. (por lo menos dos siglos después de que murió Esdras), no reunían las condiciones establecidas, fueron separados de los otros.

Del Nuevo Testamento, el primer intento de agrupar los libros dignos de ser integrados se da a finales del s. II y se conoce como fragmento de Muratori. Data aproximadamente de 170 – 180 d. C. y contenía los cuatro Evangelios, el Apocalipsis de Juan, trece cartas de Pablo y Sabiduría. Faltaba la Epístola a los Hebreos y las Epístolas de Pedro.

Son numerosas las listas de libros considerados como revelados: de Melitón de Sardis (177 d.C.), Orígenes (230 d.C.), Atanasio (326 d.C.), Cirilo (348 d.C.), Hilario de Pointiers (358 d.C.), Concilio de Laodicea (363 d.C., que prohibió leer los libros apócrifos en las iglesias), Epifanio (368 d.C.), Gregorio Nacianceno (370 d.C.), Anfiloquio (380 d.C.), Rufino (395 d.C.) y Jerónimo (395 d.C.). hay quienes dicen que en el Concilio de Hipona, en 393 d.C., convocado por el Papa Dámaso, es la primera afirmación de la lista canónica.

Pero es hasta el año 1546, cuando tuvo lugar el Concilio de Trento, que en su cuarta sesión del 8 de abril de ese año se fijaron definitivamente los libros canónicos y los apócrifos. Se excluyeron de la vulgata tres de los diez que había agregado: el tercero y el cuarto de Esdras y la Oración de Manasés.

Los llamados Libros Canónicos son, por lo tanto, los que la Iglesia acepta como revelados por Dios. Benedicto P. XV, en su encíclica Spiritus Paraclitus, dice: “Los Libros de la Sagrada Escritura (…) fueron compuestos bajo la inspiración, o la sugestión, o la insinuación, y aún el dictado del Espíritu Santo, más todavía, el mismo Espíritu fue quien los redactó y publicó.” Esta misma encíclica, se dice que Jesús afirma la iluminación divina en el escritor, donde Dios mueve su voluntad a escribir lo que ha de transmitirse a la humanidad.

En el Segundo Concilio del Vaticano, en la Constitución Dogmática “Dei Verbum” sobre la Divina Revelación, la Iglesia dice que por un acto de bondad y amor a la humanidad Dios ha decidido revelarse a sí mismo y a su voluntad. Dios se ha manifestado a los Padres de la Iglesia para prometer la salvación. Refiriéndose explícitamente al Nuevo testamento, la Constitución sostiene que sus libros principales son los Cuatro Evangelios y que si origen es indudablemente apostólico, predicado por mandato de Cristo, inspirado por el Espíritu Santo y trasmitido por escrito por los cuatro apóstoles. Acepta la historicidad de los evangelios, pero afirma que son fieles a la vida de Cristo y que obedecen a una tradición oral. Lo reitera la encíclica Divino Afflante Spiritu, de Pío P. XII en 1943.

La Iglesia Católica reitera su condena a los libros apócrifos. Pío P. IX , en la Encíclica Noscitis et nobiscum de 1849 ataca lo que denomina “lecturas emponzoñadas” y privilegia la difusión de libros escritos por “hombres de sana y reconocida doctrina”.

4. Gnosticismo

Las raíces del gnosticismo podrían remontarse a la inversión que del sistema platónico hace Filón de Alejandría en función del judaísmo. En su planteamiento, Dios estaría por encima del Logos y del mundo de las ideas. A esto habría de unirse el platonismo medio y la difusión de religiones mistéricas, cuyo resultado sería un movimiento aristocrático (explicable por darse en medios intelectuales) cuyo contenido estaría plagado de imaginería cosmológica y filosofía.

Sus principales líneas son:
• La trascendencia indudable de Dios, esto es, separado de toda forma de materia.
• La explicación del mundo sensible por una complicada genealogía de seres que se encuentran entre la materia y el Dios del cual han emanado en decadencia. Los eones corresponden al mundo de las ideas platónicas, y se encuentran en un nivel inferior a Dios.
• La negatividad al respecto de la materia, que ocupa el menor grado en la sucesión de los seres. Introduce el mal y por eso no es creación divina, al contrario, su origen está en el pecado de algún ser intermedio que viene a ser el Yavé del Antiguo Testamento, el Dios semita. Para esto, el Dios verdadero envió a su hijo Jesús para liberar a quienes creyeran en Él y destruir el mal. Para Basílides, el cuerpo de Jesús fue solamente aparente para manifestarse a los hombres, hubiera sido indigno para su naturaleza un cuerpo material. Basílides, por ejemplo, sostiene que Cristo no sufrió la pasión, el crucificado fue Simón Cireneo (quien le ayudó a llevar la cruz) y luego Jesús tomó su forma y ascendió al cielo. En los apócrifos, por ejemplo en el Protoevangelio de Santiago y en general en los apócrifos de la natividad, se reitera la inmaterialidad de Cristo y abundan las imágenes de un Cristo vengativo y hostil con respecto a lo creado. La posición de la Iglesia es muy clara. En el decreto Ad Gentes Divinus se dice: “…el hijo de Dios siguió los caminos de una verdadera encarnación, para hacer a los hombres partícipes de la naturaleza divina (…) Él tomó la naturaleza humana íntegra, cual se encuentra en nosotros”
• La concepción antropológica dualista, es decir, la idea de que el hombre está compuesto de un principio malo, que es la materia, su cuerpo, y otro bueno, que es su espíritu aprisionado en este mundo y que puede regresar a la región superior de donde procede. La salvación consiste en asimilar un conocimiento supuestamente oculto y que es revelado a ciertos ‘escogidos’. Esto es posible, no por Dios, sino por uno de los eones intermedios, es decir, Jesús o Logos.

San Justino, San Ireneo y San Hipólito consideran que el gnosticismo aparece en Samaria con Simón de Gitton (h 40). En Hechos de los Apóstoles aparece: Pero había allí un hombre llamado Simón, que antes había practicado la brujería y que había engañado a la gente de Samaria haciéndose pasar por una persona importante (Hechos, 8, 9). Los versículos del 9 al 24 relatan que lo llamaban “el gran poder de Dios”. Se convirtió y quiso comprar la facultad de hacer milagros a San Juan y a San Pedro, este último lo condenó. A Simón se le atribuyen tendencias gnósticas, era considerado como una encarnación divina y a su esposa Elena como la de su pensamiento. Hubo sectas consagradas a Elena, donde se despreciaba el judaísmo y se privilegiaba la magia. Según la explicación de Fraile, tales ideas no pueden ser atribuidas con propiedad a Simón, más bien, se quiso hacer de su figura una justificación de los orígenes del gnosticismo. Tuvo por discípulo a Menandro de Capparetta (h 60 – 80).

El auge del gnosticismo ocurre en el Siglo II. Aparecen en Siria Satornilo (h 98 – 160), Cerdón (s. II), discípulo de Valentín, y Marción, discípulo de Cerdón. En Alejandría, Basílides (h 120 – 161), su hijo Isidoro y Carpócrates (h 130 – 160). En la región itálica, aparece Valentín (s. II) y su pensamiento se difunde por su región y por la oriental, a finales del Siglo II y principios del III. Probablemente, haya sido el gnóstico más influyente. Su pensamiento fue ampliamente difundido, por ejemplo, por Tolomeo (h 140) considerado como el autor de la principal composición gnóstica: Epístola a Flora, y Heracleón (h 145 – 180) quien le dio una exégesis de orientación gnóstica al Evangelio de San Juan.

Tiene un marcado sentido elitista. Por ejemplo, se dice que hasta inventaron un lenguaje propio, resultado de una combinación entre caracteres egipcios y griegos.

En los Evangelios Apócrifos aparece con frecuencia la teoría gnóstica del docetismo, según la cual el cuerpo de Cristo es puramente aparencial. La divinidad de Cristo no le permitiría, por definición, hacerse carne, su cuerpo no pasa de ser aparente. Su principal exponente es Marción, contra quien Melitón, Obispo de Sardes, escribió Sobre la Encarnación de Cristo.

5. Los Evangelios Apócrifos y el Gnosticismo

Durante el surgimiento de las primeras comunidades cristianas, hubo un interés popular por conocer detalles sobre la vida de Jesús, esto motivó la aparición de diversos relatos que no sólo se limitaron a leyendas, sino a la difusión de tendencias gnósticas o maniqueas. Ejemplo de estos relatos son Pistis Sophia y el Libro de Juan. A su vez, escritores ortodoxos emplearon medios similares para defender el dogma.

Fraile menciona a varios libros de carácter gnóstico: Pistis Sophía, de origen copto que relata el esparcimiento de los apóstoles por el mundo; Evangelios de Eva, María, Judas Iscariote, Tomás, Matías, Felipe, Basílides, de los egipcios y de los doce apóstoles (podría agregarse el de Marción y el de Bartolomé); Apocalipsis de Adán, Abraham, Moisés y Nicotea. El Fragmento de Muratori habla de un documento marcionita perdido llamado La carta a los alejandrinos.

Apócrifos perdidos:

Ente los perdidos, el más antiguo que se conoce es el Evangelio de los Egipcios. Data del año 150 y debe el nombre a sus lectores. Revela una concepción gnóstica del alma y condena el matrimonio, en particular la lascivia que despierta la mujer. Clemente Alejandrino, Orígenes y San Epifanio lo consideran herético. Aunque parece no tener relación con este, se sabe de un Evangelio de los Egipcios que forma parte de los 13 volúmenes de Nag Hammadi.

El Evangelio de los Doce es considerado por especialistas como idéntico al Evangelio de los ebionitas, grupo gnóstico que en dicho evangelio manipulan a su conveniencia el Evangelio de San Mateo, así como el relato de la vida de San Pedro. Algo similar ocurre con el Evangelio de Matías, que los seguidores de Basílides (y Clemente agrega a Valentín y Marción), emplearon para respaldar su pensamiento. Por ejemplo, Matías aparece condenando duramente la carne. Según Hipólito, Basílides decía haber escuchado de Matías discursos revelados por Dios.

Epifanio menciona en Adversus haeres el libro gnóstico apócrifo Preguntas de María, y al igual que Filastrio se refiere al Evangelio de la Perfección, quien resalta su carácter fantasioso.

Otros evangelios pertenecientes a grupos menores son el Evangelio de los Cuatro Rincones (gnósticos simonistas, herejes que practicaban la magia); Evangelio de Judas Iscariote (gnósticos “cayanitas”, condenados por San Ireneo); Evangelio de Eva (personaje destacado en el pensamiento ofita); Tres clases de frutos de la Vida Cristiana; Nacimiento de María.

Por su parte, Basílides y Marción tienen evangelios propios. El primero, trata principalmente de un compendio de ideas gnósticas del autor. Marción, por su parte, lo que hizo fue eliminar cuanto elemento judío pudo del Nuevo Testamento. Se dice que este evangelio es recreado en el Evangelio de Apeles, su discípulo. Además, Marción influyó en el Evangelio de los Adversarios de la Ley y de los Profetas, que San Agustín lo censura.

Estos son los Evangelios Apócrifos Perdidos de carácter gnóstico.

Fragmentos Papiráceos:

De los fragmentos papiráceos, cabe mencionar especialmente el Fragmento Gnóstico de Oxyrhynchus. Consiste en una supuesta conversación de corte gnóstico de Jesús con sus discípulos.

“el Señor de todo no es el Padre, sino el progenitor. Pues el Padre es principio solamente de las cosas futuras; mas el padre de él es Dios, el progenitor de todas las cosas desde su origen en adelante”

Otro fragmento es el de la Logia de Oxyrhynchus, donde aparece en boca de Jesús la teoría gnóstica de la ubicuidad. También los Fragmentos Evangélicos Coptos tienen relación, por ejemplo con el himno gnóstico de los Hechos de Juan. Entre estos, los Papiros Coptos de Berlín contienen tres evangelios de carácter gnóstico: el Evangelio de María Magdalena, que confirma la tesis de que los textos coptos relacionada con el gnosticismo tiene un origen helénico; el Apócrifo de Juan, que contiene supuestas revelaciones celestiales hacia Juan para que él las haga llegar a sus discípulos; y la Sabiduría de Jesucristo, de relatos cosmológicos cuya posible influencia es de Valentín. Luego, en el Agrapha, libro que contiene diversas sentencias atribuidas a Jesús y no incluidas en los cuatro evangelios, Jesús dice en el Agrapha de origen Musulmán:

“Dijo Jesús (a quien Dios salude): ¿Cómo va a ser contado entre los sabios el que, (después de estar) andando por la senda que conduce a la vida futura, dirige sus pasos hacia la vida de este mundo?”

Apócrifos de la Natividad:

A diferencia de los anteriores, estos evangelios han llegado enteros a nosotros. Su finalidad común es defender el honor de María. Entre ellos cabe destacar el Protoevangelio de Santiago y el Evangelio del Pseudo Mateo, este último se supone que es una reelaboración latina del otro. Tuvieron posteriormente una fuerte influencia. Se caracterizan por un uso de la imaginación que por momentos pareciera excesivo.

Es posible ubicar presencia del gnosticismo ofita, cuando María llega al sexto mes de embarazo y José lo ignora. En este momento, José, angustiado, piensa que al igual que Eva, María fue engañada y seducida por la serpiente.

En el Protoevangelio, hay quienes sostienen influencia docética, considerando el parto de María como medio para la manifestación aparencial del cuerpo de Cristo. En todo caso, el norte de esta clase de libros relativos a la natividad es reiterar el carácter virginal de María, aún después del alumbramiento. Es particularmente dramático el episodio de la partera y Salomé, donde esta última examina la virginidad de María:

“Por vida el Señor, mi Dios, que no creeré tal cosa si no me es dado introducir mi dedo y examinar su naturaleza (…) ¡Ay de mí! ¡Mi maldad y mi incredulidad tienen la culpa! Por tentar al Dios vivo se desprende de mi cuerpo mi mano carbonizada!”

La idea del parto virginal de María está más presente en el Evangelio del Pseudo Mateo, empleado por maniqueos y priscilianistas. Se reitera en III, 3 y IX, 4 de dicho evangelio, y en Liber de Infantia Salvatoris, en los versículos 69, 75 y 76 . Además, se le agrega la fecundación, por intervención divina, de Ana, esposa de Joaquín y madre de María, a pesar de su esterilidad. El Ángel enviado por Dios le dice a Joaquín:

“Sábete, pues, que Ana, tu mujer, va a darte a luz una hija, a quien tú impondrás el nombre de María (…) y ya desde el vientre de su madre se verá llena del Espíritu Santo. No comerá ni beberá cosa alguna impura ni pasará su vida entre el bullicio de la plebe…”

Este párrafo particularmente muestra además la condición austera y aristocrática del gnosticismo.

Evangelio de Tomás:

El segundo de los trece códices hallados en Nag Hammadi contenía en los folios 33 al 51 el Evangelio según Tomás, en lengua copta sahídica. Su origen probablemente se remonta al s. II. Actualmente, se encuentra en el Museo Copto del Antiguo Cairo. Otras partes de la biblioteca descubierta se encuentran en el Instituto Jung de Zürich. Más que evangelio, se trata de una compilación de enseñanzas atribuidas a Cristo y reveladas a Dídimo Judas Tomás, quien las escribió dirigidas, a juzgar por su introducción, a un sector docto capaz de darles la correcta interpretación (esto es, a un sector gnóstico). San Agustín afirma, en Contra epistulam quam vocant Fundamenti, que este escrito fue conocido por el gnóstico Mani y posteriormente empleado por la secta maniquea, según los relatos de Timoteo de Constantinopla (De receptione haereticorum) y Teodoro de Raithu (De Sectis), que también mencionan el Evangelio de Felipe. Se considera a Tomás como autor de otros dos escritos gnósticos: Pistis Sophia y Actas Apócrifas de Tomás.

El sentido gnóstico de este evangelio se ubica en la ambivalencia de ciertas expresiones, como las parábolas e imágenes:

Dijo Jesús: “Los fariseos y los escribas recibieron las llaves del conocimiento y las han escondido: ni ellos entraron, ni dejaron entrar a los que querían. Pero vosotros sed cautos como las serpientes y sencillos como las palomas. (Tomás, 39)

Evangelio de Felipe:

Es un evangelio que la complejidad de su contenido lo hace ver dirigido a medios gnósticos capaces de interpretarlo. Su orientación es valentiniana , pues reproduce la teoría de la unión de principios a nivel cósmico y cuyos resultados van degradando. Se distingue, además, entre hombres poseedores y carentes de gnosis. Hay una curiosa aprobación a ciertos tipos de sacramentos, por ejemplo, el de la redención y el bautismo tienen un claro trasfondo gnóstico.

Sirven de base para este evangelio los libros canónicos de Mateo y Juan y sus epístolas. En línea con el gnosticismo, afirma su subordinación con respecto a Dios y niega la corporeidad de Cristo.

Jesús los llevó a todos a escondidas, pues no se manifestó como era (de verdad), sino de manera que pudiera ser visto (…) por ello su Logos se mantuvo oculto a todos. (Felipe, 26)

Evangelios de la Pasión y la Resurrección:

El Evangelio Apócrifo de Bartolomé contiene relatos fantásticos y misteriosos, de influencia egipcio, y se preocupa de temas comunes a los gnósticos: descenso al infierno, encarnación, etc.

Los Evangelios Apócrifos han inspirado tradiciones e iconografías alrededor del tema de la Natividad. Por ejemplo, fue la base de La Roldana para “El descanso en la huida a Egipto” de 1691, que muestra la huida de la Sagrada Familia a Egipto. Pero atendiendo a la tradición, la celebración de la Navidad en diciembre se dice que los canónicos tomaron gran parte de información de los apócrifos. Detallan hechos específicos acerca del nacimiento de Cristo y factores que lo rodean. Por ejemplo, la llegada de los Tres Reyes Magos. Para esto, es fuente principal el Protoevangelio de Santiago.

Actualmente, en Valencia, España, se celebra La Festa o Misteri d’Elx, un drama cantado en valenciano, excepto algunos versos en latín, único en el mundo y celebrado en la Basílica de Santa María y basado en los Evangelios Apócrifos. Tratan sobre la muerte, asunción y coronación de la Virgen María, y defiende su virginidad. Se compone de piezas medievales, renacentistas y barrocas. Surgió en el área mediterránea de Europa. Después del Concilio de Trento las representaciones teatrales realizadas dentro de templos fueron prohibidas. El Misteri fue lo único que quedó gracias a una Bula emitida en la primera mitad del s. XVII. Tiene lugar los días 14 y 15 de agosto de cada año, y al finalizar se reparten entre los asistentes hojas de palma bendita.

6. Anexo

Concilio de trento
Las sagradas escrituras
Celebrada en 8 de abril de 1546
Decreto sobre las escrituras canónicas

El sacrosanto, ecuménico y general Concilio de Trento, congregado legítimamente en el Espíritu Santo y presidido de los mismos tres Legados de la Sede Apostólica, proponiéndose siempre por objeto, que exterminados los errores, se conserve en la Iglesia la misma pureza del Evangelio, que prometido antes en la divina Escritura por los Profetas, promulgó primeramente por su propia boca. Jesucristo, hijo de Dios, y Señor nuestro, y mandó después a sus Apóstoles que lo predicasen a toda criatura, como fuente de toda verdad conducente a nuestra salvación, y regla de costumbres; considerando que esta verdad y disciplina están contenidas en los libros escritos, y en las tradiciones no escritas, que recibidas de boca del mismo Cristo por los Apóstoles, o enseñadas por los mismos Apóstoles inspirados por el Espíritu Santo, han llegado como de mano en mano hasta nosotros; siguiendo los ejemplos de los Padres católicos, recibe y venera con igual afecto de piedad y reverencia, todos los libros del viejo y nuevo Testamento, pues Dios es el único autor de ambos, así como las mencionadas tradiciones pertenecientes a la fe y a las costumbres, como que fueron dictadas verbalmente por Jesucristo, o por el Espíritu Santo, y conservadas perpetuamente sin interrupción en la Iglesia católica. Resolvió además unir a este decreto el índice de los libros Canónicos, para que nadie pueda dudar cuales son los que reconoce este sagrado Concilio. Son pues los siguientes. Del antiguo Testamento, cinco de Moisés: es a saber, el Génesis, el Exodo, el Levítico, los Números, y el Deuteronomio; el de Josué; el de los Jueces; el de Ruth; los cuatro de los Reyes; dos del Paralipómenon; el primero de Esdras, y el segundo que llaman Nehemías; el de Tobías; Judith; Esther; Job; el Salterio de David de 150 salmos; los Proverbios; el Eclesiastés; el Cántico de los cánticos; el de la Sabiduría; el Eclesiástico; Isaías; Jeremías con Baruch; Ezequiel; Daniel; los doce Profetas menores, que son; Oseas; Joel; Amos; Abdías; Jonás; Micheas; Nahum; Habacuc; Sofonías; Aggeo; Zacharías, y Malachías, y los dos de los Macabeos, que son primero y segundo. Del Testamento nuevo, los cuatro Evangelios; es a saber, según san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan; los hechos de los Apóstoles, escritos por san Lucas Evangelista; catorce Epístolas escritas por san Pablo Apóstol; a los Romanos; dos a los Corintios; a los Gálatas; a los Efesios; a los Filipenses; a los Colosenses; dos a los de Tesalónica; dos a Timoteo; a Tito; a Philemon, y a los Hebreos; dos de san Pedro Apóstol; tres de san Juan Apóstol; una del Apóstol Santiago; una del Apóstol san Judas; y el Apocalipsis del Apóstol san Juan. Si alguno, pues, no reconociere por sagrados y canónicos estos libros, enteros, con todas sus partes, como ha sido costumbre leerlos en la Iglesia católica, y se hallan en la antigua versión latina llamada Vulgata; y despreciare a sabiendas y con ánimo deliberado las mencionadas tradiciones, sea excomulgado. Queden, pues, todos entendidos del orden y método con que después de haber establecido la confesión de fe, ha de proceder el sagrado Concilio, y de que testimonios y auxilios se ha de servir principalmente para comprobar los dogmas y restablecer las costumbres en la Iglesia.

Decreto sobre la edición y uso de la sagrada escritura

Considerando además de esto el mismo sacrosanto Concilio, que se podrá seguir mucha utilidad a la Iglesia de Dios, si se declara qué edición de la sagrada Escritura se ha de tener por auténtica entre todas las ediciones latinas que corren; establece y declara, que se tenga por tal en las lecciones públicas, disputas, sermones y exposiciones, esta misma antigua edición Vulgata, aprobada en la Iglesia por el largo uso de tantos siglos; y que ninguno, por ningún pretexto, se atreva o presuma desecharla. Decreta además, con el fin de contener los ingenios insolentes, que ninguno fiado en su propia sabiduría, se atreva a interpretar la misma sagrada Escritura en cosas pertenecientes a la fe, y a las costumbres que miran a la propagación de la doctrina cristiana, violentando la sagrada Escritura para apoyar sus dictámenes, contra el sentido que le ha dado y da la santa madre Iglesia, a la que privativamente toca determinar el verdadero sentido, e interpretación de las sagradas letras; ni tampoco contra el unánime consentimiento de los santos Padres, aunque en ningún tiempo se hayan de dar a luz estas interpretaciones. Los Ordinarios declaren los contraventores, y castíguenlos con las pensas establecidas por el derecho. Y queriendo también, como es justo, poner freno en esta parte a los impresores, que ya sin moderación alguna, y persuadidos a que les es permitido cuanto se les antoja, imprimen sin licencia de los superiores eclesiásticos la sagrada Escritura, notas sobre ella, y exposiciones indiferentemente de cualquiera autor, omitiendo muchas veces el lugar de la impresión, muchas fingiéndolo, y lo que es de mayor consecuencia, sin nombre de autor; y además de esto, tienen de venta sin discernimiento y temerariamente semejantes libros impresos en otras partes; decreta y establece, que en adelante se imprima con la mayor enmienda que sea posible la sagrada Escritura, principalmente esta misma antigua edición Vulgata; y que a nadie sea lícito imprimir ni procurar se imprima libro alguno de cosas sagradas, o pertenecientes a la religión, sin nombre de autor; ni venderlos en adelante, ni aun retenerlos en su casa, si primero no los examina y aprueba el Ordinario; so pena de excomunión, y de la multa establecida en el canon del último concilio de Letran. Si los autores fueren Regulares, deberán además del examen y aprobación mencionada, obtener licencia de sus superiores, después que estos hayan revisto sus libros según los estatutos prescritos en sus constituciones. Los que los comunican, o los publican manuscritos, sin que antes sean examinados y aprobados, queden sujetos a las mismas penas que los impresores. Y los que los tuvieren o leyeren, sean tenidos por autores, si no declaran los que lo hayan sido. Dese también por escrito la aprobación de semejantes libros, y parezca esta autorizada al principio de ellos, sean manuscritos o sean impresos; y todo esto, es a saber, el examen y aprobación se ha de hacer de gracia, para que así se apruebe lo que sea digno de aprobación, y se repruebe lo que no la merezca. Además de esto, queriendo el sagrado Concilio reprimir la temeridad con que se aplican y tuercen a cualquier asunto profano las palabras y sentencias de la sagrada Escritura; es a saber, a bufonadas, fábulas, vanidades, adulaciones, murmuraciones, supersticiones, impíos y diabólicos encantos, adivinaciones, suertes y libelos infamatorios; ordena y manda para extirpar esta irreverencia y menosprecio, que ninguno en adelante se atreva a valerse de modo alguno de palabras de la sagrada Escritura, para estos, ni semejantes abusos; que todas las personas que profanen y violenten de este modo la palabra divina, sean reprimidas por los Obispos con las penas de derecho, y a su arbitrio.

Asignación de la sesión siguiente

Item establece y decreta este sacrosanto Concilio, que la próxima futura Sesión se ha de tener y celebrar en la feria quinta después de la próxima sacratísima solemnidad de Pentecostés.

7. Bibliografía

Altaner, Berthold. Patrología. Espasa – Calpe, Madrid, 1962.
La Biblia. Sociedades Bíblicas Unidas, 1979.
Colección completa de Encíclicas Pontificias 1830 – 1950. Preparada por las Facultades de Filosofía y Teología de San Miguel, República Argentina. Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1952.
Documentos Completos del Vaticano II. Editorial Mensajero, Bilbao, 1974.
Fraile, Guillermo. Historia de la Filosofía II. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1960.
Puech, Henri – Charles. En Torno a la Gnosis. Taurus Ediciones, Madrid, 1982.
De Santos Otero, Aurelio. Los Evangelios Apócrifos. Décima Edición. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1999.
Zernov, Nicolas. Cristianismo Oriental. Ediciones Guadarrama, Madrid, 1962.

Anuncios

Posted in Uncategorized | Leave a Comment »

¿Qué son los evangelios apócrifos?

Posted by cosmoxenus en 16 abril 2005

Autor: Pbro. Ernesto María Caro
Fuente: evangelizadores.org

Hace un tiempo apareció en cartelera una película llamada “Estigma” la cual gira en torno a la oposición de la Iglesia de revelar el Evangelio de Tomás, el cual, de acuerdo a la cinta, contendría los dichos de Jesús, que es decir “la ipsisima verba Iesu” (las mismísimas palabras de Jesús). Esto, esencialmente es sólo producto del escritor, ya que el Evangelio de Tomás se encuentra contenido en cualquier edición crítica de los libros que son conocidos como “Evangelios Apócrifos”, los cuales en su mayoría fueron escritos después del siglo II de nuestra era, y que fueron rechazados por la Iglesia por contener material contrario a la fe, esencialmente de carácter Gnóstico o Doscetista. Podemos decir que existen más de 64 escritos, entre fragmentos y obras completas, los cuales han sido considerados apócrifos, la mayoría de ellos, con el fin de ganar popularidad; fueron propuestos como escritos por alguno de los apóstoles e incluso por la misma Virgen María.

Sobre este particular, el evangelio de Lucas es testimonio de que ya desde los tiempos apostólicos, muchos habían buscado poner por escrito los pasajes relacionados con la salvación realizada por Cristo (cf. Lc. 1,1), sin embargo, ya Orígenes (+235-254), comentando este pasaje distinguía, al lado de los cuatro evangelios inspirados y recibidos como tales por la Iglesia, otros muchos “compuestos por quienes se lanzaron a escribir evangelios sin estar investidos de la Gracia del Espíritu Santo” (Hom. in Lc I; PG 13,1801). De acuerdo a su testimonio, tales libros estaban en poder de los herejes. “La Tradición apostólica hizo discernir a la Iglesia qué escritos constituyen la lista de los Libros Santos. Esta lista integral es llamada “Canon” de las Escrituras. Comprende para el Antiguo Testamento 46 escritos (45 si se cuentan Jr y Lm como uno solo), y 27 para el Nuevo”. CIC 120.

Podemos decir que el termino “apócrifo” fue adoptado por la Iglesia para designar los libros cuyo autor era desconocido y los cuales desarrollaban temas ambiguos, que aun presentándose con carácter sagrado, no tenían solidez en su doctrina e incluían elementos contradictorios a la verdad revelada. Esto hizo que estos libros fueran considerados como “sospechosos” y en general poco recomendables. Se pude decir que los apócrifos más antiguos, los que eran realmente de carácter tendencioso, han desaparecido, siendo remplazados en su mayoría, por escritos modificados que presentan una idea más ortodoxa. La mayoría de ellos se encuentran en la lengua original (principalmente griega, copta o siríaca).

Como sería imposible mencionar todos estos escritos en esta sección, solamente mencionaremos los más importantes y los que más han influido en el pensamiento de la Iglesia a lo largo de los años, con el fin de tener una idea sumaria de estos, señalando las aportaciones positivas y negativas que han surgido de ellos.

El más importante sin lugar a dudas sería el “Proto Evangelio de Santiago”. Este escrito es el apócrifo ortodoxo más antiguo que se conserva íntegro y que más ha influido en las narraciones sobre la vida de María y de la infancia de Cristo. Este escrito realizado por un desconocido, lo firmó y atribuyó a Santiago el Menor, con el fin de que alcanzara popularidad y prestigio. Parece haber sido escrito en diferentes etapas; la primera de las cuales no es anterior a la mitad del siglo II (ca. 160) y su redacción final, tal como la tenemos ahora no va más allá del siglo IV.

Podemos decir que “Proto Evangelio de Santiago” pretende ante todo proteger la Virginidad Perpetua de María que se vería amenazada en el siglo II por el ataque de los paganos y de algunas sectas Judaicas. El autor, al parecer, sería un cristiano helenista de Egipto o del Asia menor que se propuso tejer una narración novelada y sensacionalista de la vida de María con un fin más apologético que histórico. A pesar de todo, este escrito tuvo una fuerte influencia entre los escritores y oradores de los primeros siglos e impactó fuertemente la teología y la vida litúrgica de la Iglesia. A este documento se debe el nombre de los padres de la Santísima Virgen María y la fiesta de la Presentación en el Templo. Uno de los problemas con los que se enfrenta hoy la teología, es el hecho de que por siglos este escrito llegó a considerarse como histórico, llegando a darle credibilidad a muchas de las escenas que en ella se relatan y que no pueden ser sino producto de un amor desmedido por la Madre de Dios y que en nada pudieron estar referidas a la realidad vivida por la Santísima Virgen. En este escrito, que como decíamos pretende defender la Virginidad perpetua de María, la cual se vería empañada incluso por algunos testimonios de la Sagrada Escritura (como es el hecho de la purificación de María, y la mención de los hermanos de Jesús), propuso historias fantásticas en las cuales se hace ver a la Virgen como una persona que era alimentada por los Ángeles, viviendo en una especie de monasterio en donde sus pies no tocaban el suelo al caminar.

En su afán de proteger la virginidad, salvando los pasajes en donde se mencionan a los “hermanos de Jesús”, el autor del Proto Evangelio de Santiago, presenta a José como un viejito viudo, el cual habría ya tenido familia con su primer esposa, y a quien se le encarga la custodia de María. Esto, aunque protege el pasaje bíblico, desencarna la realidad de la santa Pareja de Nazaret, ya que José, debió de haber sido un joven apuesto de unos 30 años y muy enamorado de la hermosa María. Tanto el nacimiento de Jesús como su infancia es narrada de manera novelesca y rodeada de un sinnúmero de milagros. Este escrito, pues, ha servido para enriquecer la liturgia, pero dado su carácter y su finalidad, ha creado confusión en muchos círculos teológicos por lo que hoy por hoy se ve con mucha cautela y sobre todo se distinguen en él su estilo, género y sentido literario con el fin de no tener como histórico lo que no es.

Sobre Tomás, existe dos escritos: uno llamado “Evangelio del Pseudo Tomás” y otro llamado “Evangelio de Tomás” (que es posiblemente al que se refiere la película Estigma). El primero libro apócrifo, se refiere a la Infancia de Jesús y que no tiene ninguna conexión con el “Evangelio de Tomás”. Por la manera en que está escrito, es muy posible que su autor haya sido un cristiano helenista mediocremente versado en lengua y literatura judaica. En él se ven fuertes influencias, del hinduísmo, ya que las narraciones de la infancia son muy parecidas a las de Krishna y Buda. No faltan tampoco acentos Gnósticos y mágicos para darle colorido al escrito. A pesar de esto no se puede negar el influjo que algunos pasajes de este escrito han dejado en la leyenda y en la Iconografía.

En cuanto a la redacción final del Evangelio del Pseudo Tomás, podemos decir que es muy posible que se remonte al final del siglo II. En su escritura podemos ver muchos supuestos milagros realizados por Jesús en su infancia, y de su relación con los fariseos los cuales no son sino una proyección en retrospectiva de lo que fue su vida pública. Por otro lado presenta una imagen de Jesús rencorosa, en la cual, como si fuera un mago, usa de sus “poderes” para vengarse u obtener ventajas personales sobre algunas situaciones de la vida. Todo ésto hace del escrito en cuestión, una fábula que poco puede decir al cristiano, y puede, incluso llegar a crearse una imagen equivocada de la vida oculta de Jesús y con ella del ministerio realizado en su vida pública. Lo pintoresco de los relatos pueden ser un buen aliciente para leerlo, pero en ellos se pude esconder el veneno de la herejía.

Por lo que respecta al escrito conocido como “Evangelio de Tomás”, este se refiere a un escrito descubierto en 1945 en la Biblioteca de Nag Hammadi, el cual data muy posiblemente del final del siglo IV. Este documento ha traído la respuesta definitiva a una serie de interrogantes suscitados por un supuesto “Evangelio de Tomás” que se usaría en algunas sectas cristianas. De acuerdo a los especialistas, este documento más que un evangelio se refiere a una serie de dichos y parábolas evangélicas que serían usados principalmente por los Maniqueos (secta filosófica que considera un doble principio: uno el bien y otro el mal). Sobre este escrito, san Cirilo de Jerusalén advertía al final del siglo IV que nadie debía de leer este supuesto evangelio pues contenía material contrario a la fe. El documento consta de 114 dichos, distribuidos de manera arbitraria y solo unidos por la frase: “Jesús dijo”.

En este evangelio, Tomás aparece como el garante de las enseñanzas, como es común en otros escritos Gnósticos, como son las “Actas apócrifas de Tomás” y la “Pistis Sophia”. En este escrito, cuando se habla por ejemplo del Reino, este término no tiene el mismo sentido que en los evangelios canónicos en donde indica la soberanía de Dios, sino que hace referencia a un estado espiritual del gnóstico, al conocimiento de sí mismo y del universo. Por ello la salvación, más que un acto de fe y obediencia, es un acto de conocimiento. En algún tiempo los investigadores se preguntaron si los pasajes que tiene parecido a las parábolas y enseñanzas de Jesús en los evangelios Canónicos, podrían ser la base sobre la que luego se construirían los evangelios. Sin embargo hoy la mayoría de los investigadores están de acuerdo que estos dichos recopilados en el evangelio apócrifo de Tomás, corresponden a un desarrollo bastante posterior a los escritos canónicos, por lo que no pueden ser fuente de éstos. Es sin embargo posible que pertenezcan a una tradición paralela a la de los Sinópticos y en buena parte independiente de ella, posiblemente proveniente de una comunidad Judeo-cristiana radicada en Siria a mediados del siglo II. Sin embargo el texto que llega a nosotros es mucho posterior y refleja la influencia de los diferentes redactores.

Podemos decir, en suma, que la mayoría de estos escritos, o contienen material de carácter gnóstico o doscetista, y que en sus orígenes buscaron explicar algunos de los misterios del cristianismo, o fueron redactados para proteger algunas verdades de la Iglesia pero sin un fundamento teológico o histórico sólido. Por ello, aunque su lectura ha dado luz en algunas áreas de la Iglesia, el uso de estos por el común del pueblo, ha creado confusiones, mitos y creencias que en nada se acercan a la realidad histórica o evangélica, por lo que su lectura deberá ser hecha siempre bajo la guía de alguna persona versada en su contenido a fin de no desvirtuar ni su contenido ni la verdad revelada por Cristo en la Sagrada Escritura. “El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo, es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.” (CIC 85). Sin embargo, “el Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído”. (DV10)

Posted in Uncategorized | Leave a Comment »

TRADICIÓN Y TRANSMISIÓN ( * )

Posted by cosmoxenus en 16 abril 2005

Hemos señalado que la palabra “tradición”, en su acepción etimológica, no expresa en suma otra idea que la de transmisión; no hay en esto, en el fondo, nada que no sea perfectamente normal y está de acuerdo con la aplicación que se hace al hablar de “tradición” en el sentido en que nosotros lo entendemos, y lo que ya hemos explicado debería bastar para hacer esto fácilmente comprensible; no obstante, algunos han planteado con este motivo una objeción que nos ha mostrado la necesidad de insistir más sobre ello, con el fin de que no pueda subsistir ningún equívoco sobre este punto esencial. He aquí la objeción de que se trata: no importa cuál pueda ser el objeto de una transmisión, comprendiendo en ello las cosas del orden más profano; entonces, ¿por qué no podría hablarse también de “tradición” para todo lo que es así transmitido, sea cual sea su naturaleza, en lugar de restringir el empleo de esta palabra únicamente al dominio de lo que podemos llamar “sagrado”?.

Debemos hacer en principio una importante indicación, que reduce ya en mucho el alcance de esta cuestión: y es que, si nos remitimos a los orígenes, no debería plantearse la distinción entre “sagrado” y “profano” que está aquí implicada, ya que era entonces inexistente. En efecto, como hemos explicado a menudo, no existe propiamente un dominio profano al cual un cierto orden de cosas pertenecerían por su propia naturaleza; hay solamente, en realidad, un punto de vista profano, que no es sino la consecuencia y el producto de una cierta degeneración, resultando ésta misma de la marcha descendente del ciclo humano y de su alejamiento gradual del estado principial. Luego, anteriormente a esta degeneración, es decir, en suma, en el estado normal de la humanidad todavía no caída, puede decirse que todo tenía verdaderamente un carácter tradicional, pues todo era considerado en su dependencia esencial con respecto a los principios y en conformidad con ellos, de tal manera que una actividad profana, es decir, separada de estos mismos principios e ignorándolos, hubiera sido algo por completo inconcebible, incluso con respecto a lo que depende de lo que se ha convenido en llamar hoy en día la “vida ordinaria”, o más bien a lo que podría corresponderle entonces, aunque apareciera bajo un aspecto muy diferente de lo que nuestros contemporáneos entienden por ello (1) y con mayor razón para cuanto corresponde a las ciencias, las artes y los oficios, para los cuales ese carácter tradicional se ha conservado íntegramente hasta mucho más tarde y se encuentra todavía en toda civilización de tipo normal, si bien podría decirse que su concepción profana es, aparte de la excepción que quizá pueda hacerse hasta cierto punto en cuanto a la antigüedad llamada “clásica”, exclusivamente propia de la civilización moderna, que no representa, en el fondo, sino el último grado de la degeneración de la cual hemos hablado.

Si consideramos ahora el estado de hecho posterior a esta degeneración, podríamos preguntarnos por qué la idea de tradición excluye lo que es tratado en lo sucesivo como de orden profano, es decir, que no tiene ninguna vinculación consciente con los principios, por no aplicarse sino a lo que ha conservado su carácter original, con el aspecto “trascendente” que conlleva. No es suficiente verificar que la costumbre lo ha querido así, al menos en tanto que todavía no se habían producido las confusiones y las desviaciones modernas sobre las cuales hemos llamado la atención en otras ocasiones (2); es cierto que la costumbre modifica a menudo el sentido original de las palabras, especialmente añadiendo o sustrayendo algo; pero incluso esto, al menos cuando se trata de una costumbre legítima, debe tener también su razón de ser, y, sobre todo en un caso como este, dicha razón no puede ser indiferente. Podemos por otra parte señalar que este hecho no se limita solo a las lenguas que emplean el término latino de “tradición”; en hebreo, la palabra qabbalah, que posee exactamente el mismo sentido de transmisión, está igualmente reservada a la designación de la tradición tal como nosotros la entendemos, e incluso de ordinario, más estrictamente todavía, de su parte esotérica e iniciática, es decir, de lo que hay de más “interior” y elevado en esta tradición, de lo que en cualquier caso constituye su propio espíritu; y esto demuestra que debe haber aquí algo más importante y significativo que una simple cuestión de costumbre en el sentido en que puede entenderse cuando se trata únicamente de modificaciones en el lenguaje corriente.

En primer lugar, hay una indicación que se desprende inmediatamente de esto a lo que, como mencionamos hace un momento, se aplica el nombre de tradición, y es lo que en suma, en su fondo mismo, ya que no forzosamente en su expresión exterior, permanece tal como era en su origen; se trata entonces de algo que ha sido transmitido, podríamos decir, desde un estado anterior de la humanidad a su estado presente. Al mismo tiempo, se puede señalar que el carácter “trascendente” de todo lo que es tradicional implica también una transmisión en un sentido distinto, partiendo de los principios mismos para comunicarse al estado humano; y este sentido se incorpora en cierto modo y evidente¬mente completa al precedente. Se podría incluso, retomando los términos que hemos empleado en otro lugar (3), hablar a la vez de una transmisión “vertical”, de lo supra-humano a lo humano, y de una transmisión “horizontal”, a través de los estados o los estadios sucesivos de la humanidad; la transmisión vertical es por otra parte esencialmente “intemporal”, implicando sólo la transmisión horizontal una sucesión cronológica. Añadamos todavía que la transmisión vertical, que es tal en cuanto se la considera de arriba a abajo como estamos haciendo, implica, si se la toma por el contrario de abajo hacia arriba, una “participación” de la humanidad con las realidades de orden principial, participación que, en efecto, está precisamente asegurada por la tradición bajo todas sus formas, ya que es por ello por lo que la humanidad es puesta en relación efectiva y consciente con lo que le es superior. La transmisión horizontal, por su parte, considerada remontando el curso del tiempo, implica propiamente un “retorno a los orígenes”, es decir, una restauración del “estado primordial” ; y ya hemos indicado que esta restauración es precisamente una condición necesaria para que, desde ahí, el hombre pueda a continuación elevarse efectivamente a los estados superiores.

Hay todavía otra cosa: al carácter de “trascendencia” que pertenece esencialmente a los principios, y del cual participa en cualquier grado todo lo que les está efectivamente vinculado, (lo que se explica por la presencia de un elemento “no humano” en todo lo que es propiamente tradicional), se añade un carácter de “permanencia” que expresa la inmutabilidad de estos mismos principios, y que se comunica de forma semejante, en la medida de lo posible, a sus aplicaciones, incluso cuando éstas se refieran a dominios contingentes. Esto no significa, por supuesto, que la tradición no sea susceptible de adaptaciones condicionadas por ciertas circunstancias; pero, bajo estas modificaciones, la permanencia se mantiene siempre en cuanto a lo esencial; e, incluso, cuando se trata de contingencias, éstas son en cualquier caso superadas y “transformadas” como tales por el hecho mismo de su vinculación con los principios. Por el contrario, cuando uno se sitúa bajo el punto de vista profano, que se caracteriza, de una forma que por otra parte no puede ser sino negativa, por la ausencia de tal vinculación, se está, si puede decirse, en la contingencia pura, con todo lo que implica de inestabilidad y de variabilidad incesante, y sin posibilidad alguna de escapar de ello; es en cualquier caso el “devenir” reducido a sí mismo, y no es difícil advertir que, en efecto, las concepciones profanas de toda naturaleza están sometidas a un continuo cambio, al igual que las maneras de actuar procedentes del mismo punto de vista, y del cual lo que se denomina la “moda” representa la imagen más notable a este respecto. Se puede concluir de ello que la tradición comprende no solamente todo lo que viene a ser transmitido, sino incluso todo lo que verdaderamente puede serlo, ya que el resto, lo que está desprovisto de carácter tradicional y, consecuentemente, situado bajo el punto de vista profano, está dominado por el cambio hasta tal punto que toda transmisión implica ante todo un “anacronismo” puro y simple, o una “superstición”, en el sentido etimológico de la palabra, que no responde a nada real ni válido.

Debe ahora comprenderse por qué tradición y transmisión pueden ser consideradas, sin ningún abuso del lenguaje, caso como sinónimos o equivalentes, o por qué, al menos, la tradición, bajo cualquier aspecto que se le considere, constituye lo que se podría llamar la transmisión por excelencia. Por otra parte, si esta idea de transmisión es tan esencialmente inherente al punto de vista tradicional que éste ha podido extraer de ello legítimamente su propia denominación, todo lo que anteriormente hemos dicho acerca de la necesidad de una transmisión regular para lo que pertenece a este orden tradicional, y más particularmente al orden iniciático que es parte no solamente integrante sino incluso “eminente” de aquel, se ve todavía reforzado y adquiere incluso una especie de evidencia inmediata que debería, con arreglo a la lógica más simple, y sin necesidad de acudir a consideraciones más profundas, tornar definitivamente imposible toda objeción sobre este punto, en lo cual, por otra parte, solo están interesadas las organizaciones pseudoiniciáticas, precisamente porque esta transmisión les falta, para mantener el error y la confusión.

NOTAS:

( * ) Publicado originalmente en “Etudes Traditionnelles”, enero de 1937.

(1). Cf. Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, cap. XV.

(2). Ver especialmente Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, cap. XXXI.

(3). Véase Le Symbolisme de la Croix.

Posted in Uncategorized | Leave a Comment »

RENE GUENON: DE LA TRANSMISIÓN INICIÁTICA ( * )

Posted by cosmoxenus en 16 abril 2005

Dijimos anteriormente que la iniciación propiamente dicha consiste esencialmente en la transmisión de una influencia espiritual, transmisión que no puede efectuarse sino por medio de una organización tradicional regular, de tal manera que no podría hablarse de iniciación fuera de la adhesión a una tal organización. Hemos precisado que la “regularidad” debía ser entendida como excluyendo a todas las organizaciones seudoiniciáticas, es decir, a todas aquellas que, sean cuales sean sus pretensiones y por cualquier apariencia que adopten, no son efectiva¬mente depositarias de ninguna influencia espiritual, y no pueden en consecuencia transmitir en realidad nada. Desde este momento es fácil de comprender la importancia capital que todas las tradiciones atribuyen a lo que se designa como la “cadena” iniciática (1), es decir, una sucesión que garantiza de manera ininterrumpida la transmisión de que se trata; fuera de esta sucesión, en efecto, la observación misma de las formas rituales sería en vano, pues faltaría el elemento vital esencial para su eficacia.

Volveremos más especialmente a continuación sobre la cuestión de los ritos iniciáticos, pero debemos ahora responder a una objeción que puede presentarse aquí: los ritos, se dirá, ¿no tienen por sí mismos una eficacia que le es inherente?. En efecto, la tienen, ya que, si no son observados, o si son alterados en alguno de sus elementos esenciales, ningún resultado efectivo podrá ser obtenido; pero, si ésta es una condición necesaria, no es sin embargo suficiente, y es preciso además para que los ritos tengan efecto, que sean cumplidos por quienes están cualificados para hacerlo. Esto, por otra parte, no es, de ningún modo, particular a los ritos iniciáticos, sino que se aplica también a los ritos de orden exotérico, por ejemplo a los ritos religiosos, que tienen su propia eficacia, pero que no pueden ser cumplidos validamente por cualquiera; así, si un rito religioso requiere una ordenación sacerdotal, quien no haya recibido esta ordenación no obtendrá ningún resultado por mucho que observe todas las formas o incluso tenga la intención requerida (2), ya que no es portador de la influencia espiritual que debe operar tomando estas formas rituales como soporte (3).

Incluso en los ritos de orden más inferior, concernientes a aplicaciones tradicionales secundarias, como por ejemplo los ritos de orden mágico, donde interviene una influencia que no tiene nada de espiritual, sino que es simplemente psíquica (entendiendo con ello, en sentido general, lo que pertenece al dominio de los elementos sutiles de la individualidad humana y lo que le corresponde en el orden “macrocósmico”), la producción de un efecto real está condicionada en muchos casos por una determinada transmisión; y la más vulgar hechicería rural suministraría a este respecto numerosos ejemplos (4).

No hemos de insistir por otra parte en este último punto, que está fuera de nuestro objeto; únicamente lo indicamos para hacer comprender que, con mayor razón, una transmisión regular es indispensable para permitir cumplir válidamente los ritos que implican la acción de una influencia de orden superior, que propiamente puede ser llamada “no humana”, lo que a la vez es el caso de los ritos iniciáticos y de los ritos religiosos.

Este es en efecto el punto esencial, y es preciso todavía insistir en ello: ya hemos dicho que la constitución de organizaciones iniciáticas regulares no está a disposición de las simples iniciativas individuales, y se puede decir exactamente lo mismo en lo que concierne a las organizaciones religiosas, pues, en ambos casos, es necesaria la presencia de algo que no podría provenir de los individuos, estando más allá del dominio de las posibilidades humanas. Podrían, por otra parte, reunirse ambos casos diciendo que aquí se trata, de hecho, de todo el conjunto de las organizaciones que pueden verdaderamente ser calificadas de tradicionales; se comprenderá entonces, sin que haya necesidad de hacer intervenir otras consideraciones, la razón de que rehusemos, como hemos dicho en muchas ocasiones, aplicar el nombre de tradición a cosas que no son sino puramente humanas, como abusivamente hace el lenguaje profano; no será inútil señalar que el mismo nombre de “tradición”, en su sentido original, no expresa sino la idea de transmisión que ahora consideramos, y ésta es por otra parte una cuestión sobre la cual volveremos más adelante.

Se podría ahora, para más comodidad, dividir a las organizaciones tradicionales en “exotéricas” y “esotéricas”, aunque ambos términos, si se quisieran entender en su sentido más preciso, no se aplican quizá en todas partes con igual exactitud; pero, para lo que actualmente tenemos a la vista, nos será suficiente entender por “exotéricas” las organizaciones que, en una cierta forma de civilización, están abiertas indistintamente a todos, y por “esotéricas” a las que están reservadas a una elite, o, en otras palabras, donde no son admitidos sino quienes poseen una “cualificación” particular. Estas últimas son propia¬mente las organizaciones iniciáticas; en cuanto a las otras, no comprenden solamente a las organizaciones específicamente religiosas, sino también, como se observa en las civilizaciones orientales, a organizaciones sociales que no tienen este carácter religioso, estando al igual vinculadas a un principio de orden superior, lo que es en todos los casos la condición indispensable para que puedan ser reconocidas como tradicionales. Por otra parte, ya que no hemos de considerar aquí a las organizaciones exotéricas, sino únicamente para comparar su caso con el de las organizaciones esotéricas o iniciáticas, nos podemos limitar a la consideración de las organizaciones religiosas, pues son las únicas en este orden que se conocen en Occidente, y así las referencias serán inmediata¬mente comprensibles.

Diremos entonces esto: toda religión, en el verdadero sentido de la palabra, tiene un origen “no humano” y está organizada de forma que conserve el depósito de un elemento igualmente “no humano” que tiene desde el origen; este elemento, que pertenece al orden de lo que llamamos las influencias espirituales, ejerce su acción efectiva por medio de ritos apropiados, y el cumplimiento de estos ritos, para ser válido, es decir, para suministrar un soporte real a la influencia de que se trata, requiere una transmisión directa e ininterrumpida en el seno de la organización religiosa. Si esto es así en el orden simplemente exotérico (y está claro que lo que decimos no se dirige a los “críticos” negadores a los cuales hemos hecho alusión anteriormente, que pretenden reducir la religión a un “hecho humano”, y de los cuales no hemos de tomar su opinión en consideración, al igual que de todo lo que no procede sino de prejuicios antitradicionales), con mayor razón deberá serlo en un orden más elevado, es decir, en el orden esotérico. Los términos de los que nos servimos son tan amplios como para ser aplicados, incluso aquí, sin ninguna variación, reemplazando únicamente la palabra “religión” por “iniciación”; toda la diferencia recaerá sobre la naturaleza de las influencias espirituales que entran en juego (pues hay aún muchas distinciones que hacer en este dominio, en el cual incluimos en suma todo lo que se refiere a las posibilidades de orden supra-individual), y especialmente sobre las respectivas finalidades de la acción que éstas ejercen en uno y otro caso.

Si, para mejor hacernos entender, nos referimos más particularmente al caso del Cristianismo en el orden religioso, podríamos añadir que los ritos de iniciación, teniendo como objetivo inmediato la transmisión de la influencia espiritual de un individuo a otro, que, en principio al menos, podrá por consiguiente transmitirla a su vez, son exactamente comparables a este respecto con los ritos de ordenación (5); y se puede incluso indicar que unos y otros son similarmente susceptibles de comportar numerosos grados, no siendo la plenitud de la influencia espiritual forzosamente comunicada de una sola vez con todas las prerrogativas que implica, especialmente en lo que concierne a la aptitud actual para ejercer tales o cuales funciones en la organización tradicional (6). Ahora bien, se sabe la importancia que tiene, para las Iglesias cristianas, la cuestión de la “sucesión apostólica” , y esto se comprende sin dificultad, ya que, si esta sucesión se interrumpiera, ninguna ordenación podría ser válida, y, por consiguiente, la mayor parte de los ritos no sería mas que una vana formalidad sin alcance efectivo (7).

Quienes admiten a justo título la necesidad de tal condición en el orden religioso no deberían tener la menor dificultad en comprender que no se impone menos rigurosamente en el orden iniciático, o, en otras palabras, una transmisión regular, constituyendo la “cadena” de la que hablábamos, es también estrictamente indispensable. Dijimos hace un momento que la iniciación debe tener un origen “no humano”, pues, sin ello, no podría de ningún modo alcanzar su meta final, que sobrepasa el dominio de las posibilidades individuales; esta es la razón por la cual los verdaderos ritos iniciáticos, como indicábamos anteriormente, no pueden estar relacionados con autores humanos, y, de hecho, no se conocen nunca tales autores (8), al igual que no se conocen los inventores de los símbolos tradicionales, y ello por la misma razón, ya que estos símbolos son igualmente “no humanos” en su origen y en su esencia (9); y, por otra parte, existen, entre los ritos y los símbolos, unos vínculos muy estrechos que más tarde examinaremos. Se puede decir con todo rigor que, en casos como éstos, no hay un origen “histórico”, ya que el origen real se sitúa en un mundo en el cual no se aplican las condiciones de tiempo y lugar que definen a los hechos históricos como tales; y ésta es la razón por la cual estas cosas escapan siempre inevitablemente a los métodos profanos de investigación, que, en cualquier caso y por definición, no pueden ofrecer resultados relativamente válidos sino en el orden puramente humano (10).

En tales condiciones, es fácil comprender que el papel del individuo que confiere la iniciación a otro es verdaderamente un papel de “transmisor”, en el más exacto sentido de la palabra; no actúa en tanto que individuo, sino en tanto que soporte de una influencia que no pertenece al orden individual; es únicamente un eslabón de la “cadena” cuyo punto de partida está fuera y más allá de la humanidad. Es esta la razón por la cual no puede actuar en su propio nombre, sino en nombre de la organización a la que está vinculado y de la cual le provienen sus poderes, o, más exactamente todavía, en nombre del principio que esta organización representa visiblemente. Esto explica, por otra parte, que la eficacia del rito cumplido por un individuo sea independiente del valor propio de ese individuo como tal, lo que es igualmente cierto para los ritos religiosos; y no entendemos esto en sentido “moral”, lo que evidentemente no tendría importancia en una cuestión que en realidad es de orden exclusivamente “técnico”, sino en el sentido en que, incluso si el individuo considerado no posee el necesario grado de conocimiento para comprender el sentido profundo del rito y la razón esencial de sus diversos elementos, dicho rito no dejará de tener pleno efecto si, estando regularmente investido de la función de “transmisor”, lo cumpliera observando todas las reglas prescritas, y con una intención que sea suficiente para determinar la conciencia de su vinculación a la organiza¬ción tradicional. De ello deriva inmediatamente la consecuencia de que, incluso una organización en donde no se encontraran en un cierto momento mas que lo que hemos denominado iniciados “virtuales” (y volveremos todavía sobre esto más adelante), no sería por ello menos capaz de continuar transmitiendo realmente la influencia espiritual de la cual es depositaria; es suficiente para ello que la “cadena” no sea interrumpida; y, a este respecto, la conocida fábula del “asno transportando las reliquias” es susceptible de un significado iniciático digno de ser meditado (11). Por el contrario, el conocimiento completo de un rito, si ha sido obtenido fuera de las condiciones regulares, está por completo desprovisto de todo valor efectivo; tal es así, por tomar un ejemplo simple (ya que el rito se reduce esencialmente a la pronunciación de una palabra o una fórmula), que, en la tradición hindú, el mantra que no ha sido obtenido de la boca de un gurú autorizado no tiene ningún efecto, pues no está “vivificado” por la presencia de la influencia espiritual de la cual únicamente está destinado a ser el vehículo (12). Esto se extiende, por otra parte, en un grado u otro, a todo lo que está vinculado a una influencia espiritual: así, el estudio de los textos sagrados de una tradición, realizado mediante libros, no podría jamás suplir a su comunicación directa; y esta es la razón de que, incluso allí donde las enseñanzas tradicionales han sido más o menos completamente puestas por escrito, éstas no dejan de ser regularmente objeto de una transmisión oral, que, al mismo tiempo que es indispensable para obtener su pleno efecto (desde el momento en que no se trata de atenerse a un conocimiento simplemente teórico), asegura la perpetuación de la “cadena” a la cual está unida la vida misma de la tradición. De otro modo, no se trataría sino de una tradición muerta, con la cual ninguna vinculación efectiva es posible; y, si el conocimiento de lo que resta de una tradición puede tener todavía un cierto interés teórico (fuera, por supuesto, del punto de vista de la simple erudición profana, cuyo valor es nulo, y en tanto sea susceptible de ayudar a la comprensión de ciertas verdades doctrinales) no podría ofrecer ningún beneficio directo con vistas a una “realización” cualquiera (13). Se trata también, en todo esto, de la comunicación de algo “vital”; en la India, ningún discípulo puede sentarse jamás frente al gurú, con el fin de evitar que la acción del prâna, que está unido al aliento y a la voz, ejerciéndose demasiado directamente, produzca un choque violento que, por consiguiente, podría ser psíquica e incluso físicamente peligroso (14). Esta acción es tanto más poderosa, en efecto, en cuanto que el prâna mismo, en este caso, no es sino el vehículo o el soporte sutil de la influencia espiritual que se transmite de gurú a discípulo; y el gurú, en su función propia, no debe ser considerado como una individualidad (desapareciendo ésta entonces verdaderamente, salvo en tanto como simple soporte), sino únicamente como el representante de la tradición que él encarna en cualquier caso en relación con su discípulo, lo que constituye exactamente el papel de “transmisor” del que hemos hablado.

NOTAS:

( * ) Publicado originalmente en “Le Voile d´Isis”, diciembre de 1932.

(1). La palabra “cadena” es lo que traduce el hebreo shelsheleth, el árabe silsilah, y también el sánscrito paramparâ, que expresa esencialmente la idea de una sucesión regular e ininterrumpida.

(2). Formulamos expresamente esta condición de la intención para precisar que los ritos no podrían ser objeto de “experiencias” en el sentido profano de la palabra; quien quisiera cumplir un rito, del orden que sea, por simple curiosidad o por experimentar su efecto, podría estar bien seguro de antemano de que dicho efecto será nulo.

(3). Los propios ritos que no requieren especialmente tal ordenación tampoco pueden ser cumplidos indistintamente por todo el mundo, pues la adhesión expresa a la forma tradicional a la cual pertenecen es, en todos los casos, una condición indispensable para su eficacia.

(4). Esta condición de la transmisión se encuentra entonces hasta en las desviaciones de la tradición o en sus vestigios degenerados, e incluso también, debemos añadirlo, en la subversión propiamente dicha que constituye el hecho de lo que hemos denominado la “contra-iniciación”. -Cf., a este propósito, Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, caps. XXXIV y XXXVIII.

(5). Decimos “a este respecto”, pues, desde otro punto de vista, la primera iniciación, en tanto que “segundo nacimiento”, sería comparable al rito del bautismo; está claro que las correspondencias que pueden observarse entre cosas pertenecientes a órdenes tan diferentes deben ser forzosamente complejas y no se dejan reducir a una especie de esquema unilineal.

(6). Decimos “aptitud actual” para precisar que se trata de algo más que la “cualificación” previa, que puede ser designada también como una aptitud; así, podrá decirse que un individuo es apto para el ejercicio de las funciones sacerdotales si no tiene ninguno de los impedimentos que obstaculizan su acceso, pero no será actualmente apto mas que si ha recibido efectivamente la ordenación. Señalemos también a este propósito que éste es el único sacramento para el cual se exigen “cualificaciones” particulares, por lo que es comparable a la iniciación, a condición, claro está, de tener siempre en cuenta la diferencia esencial entre los dominios exotérico y esotérico.

(7). De hecho, las Iglesias protestantes que no admiten las funciones sacerdotales han suprimido casi todos los ritos, o no los han guardado sino a título de simples simulacros “conmemorativos”; y, dada la constitución propia de la tradición cristiana, no pueden en efecto ser nada más en semejante caso. Se sabe por otra parte a qué tipo de discusiones da lugar la cuestión de la “sucesión apostólica” en lo que concierne a la legitimidad de la Iglesia anglicana; y es curioso comprobar que los teosofistas mismos, cuando quisieron constituir la Iglesia “Libre-Católica”, pretendieron ante todo asegurarse el beneficio de una “sucesión apostólica” regular. (8). Ciertas atribuciones a personajes legendarios, o más exactamente simbólicos, no podrían en ningún modo ser consideradas como teniendo un carácter “histórico”, sino que, por el contrario, confirman plenamente lo que estamos diciendo.

(9). Las organizaciones esotéricas islámicas se transmiten un signo de reconocimiento que, según la tradición, fue comunicado al Profeta por el propio arcángel Gabriel; no podría indicarse más claramente el origen “no humano” de la Tradición.

(10). Indiquemos a propósito de lo dicho que quienes, con intenciones “apologéticas”, insisten sobre lo que ellos llaman, con un término por otra parte demasiado bárbaro, la “historicidad” de una religión, hasta el punto de ver en ello algo por completo esencial e incluso de subordinarle a menudo las consideraciones doctrinales (cuando, por el contrario, los hechos históricos en sí mismos no sirven realmente sino en tanto que puedan ser comprendidos como símbolos de realidades espirituales), cometen un grave error en detrimento de la “trascendencia” de esa religión. Un error semejante, que manifiesta por otra parte una concepción demasiado “materializada” y la incapacidad de elevarse a un orden superior, puede ser considerado como una molesta concesión al punto de vista “humanista”, es decir, individualista y antitradicional, que caracteriza propiamente al espíritu occidental moderno.

(11). Es incluso importante señalar, a este propósito, que las reliquias son precisamente un vehículo de influencias espirituales; ésta es la verdadera razón del culto del cual son objeto, a pesar de que dicha razón no siempre sea consciente entre los representantes de las religiones exotéricas, que parecen frecuentemente no tomar en cuenta el carácter “positivo” de las fuerzas que manejan, lo que por otra parte no impide a estas fuerzas obrar efectivamente, incluso a pesar de su ignorancia, aunque quizás con menor amplitud de la que tendrían si estuvieran “técnicamente” mejor dirigidas.

(12). Señalemos de paso, a propósito de esta “vivificación”, si uno puede expresarse así, que la consagración de los templos, de las imágenes y de los objetos rituales tiene como objetivo esencial el convertirlos en el receptáculo efectivo de las influencias espirituales sin cuya presencia los ritos a los cuales deben servir estarían desprovistos de eficacia.

(13). Esto completa y precisa todavía lo que dijimos acerca de la vanidad de una pretendida vinculación “ideal” a las formas de una tradición desaparecida.

(14). Es ésta también la explicación de la especial disposición de los asientos en una Logia masónica, lo cual están con seguridad lejos de sospechar la mayor parte de los Masones actuales.

Posted in Uncategorized | Leave a Comment »

Calendario Hebreo

Posted by cosmoxenus en 16 abril 2005

Se basa en el calendario lunar. El mes lunar, es de aproximadamente 29 1/2 días. Doce meses lunares tienen 354 días.

El ciclo lunar es 11 días y un cuarto más corto que el año solar, esa diferencia genera en tres años un incremento de un mes, por ese motivo cada dos o tres años se añade un mes al calendario. Ese año tiene dos meses llamados Adar.

Festividades en el Calendario Judío

Rosh Hashaná : 1 y 2 de Tishrei
Yom Kipur: 10 de Tishrei
Sucot: 15 de Tishrei
Sheminí Atzeret: 22 de Tishrei
Simjat Torá: 23 de Tishrei
Janucá: 25 de kislev
Tu Bi-Shevat: 15 de Shevat
Purim: 14 de Adar
Pésaj: 15 de Nisán
Yom Hashoah: 27 de Nisán
Yom Haatzmaut: 5 de Iyar
Lag Baomer: 18 de Iyar
Shavuot: 6 y 7 de Siván
Tishá Be Av: 9 de Av

EL CALENDARlO HEBREO

Ya el primer capítulo de la Biblia nos cuenta que cuando Dios creó las diversas luminarias del cielo – el sol, la luna, las estrellas su intención era que estos astros sirvieran para indicar la marcha del tiempo: “Para distinguir entre el día y la noche, y que sean por señales y fechas, para días y años” (Bereshit – Génesis 1.14).

Más tarde fue creado el hombre, y desde aquella lejana época hasta el presente, se cumple al pie de la letra ese propósito divino: la medida del tiempo y la división del mismo, es calculada por el hombre a partir de los diversos fenómenos celestes (la salida y puesta del sol; la luna y sus fases, la tierra y sus órbitas, etc.).

Los grandes astrónomos del antiguo Medio Oriente fueron los babilonios, y de ellos adoptó el pueblo judío buena parte de los elementos que integran hoy el calendario hebreo. Este aprendizaje se inició con el exilio que, por la fuerza, llevó a muchos miles de judíos como prisioneros de guerra hacia Babilonia, después que Nabucodonosor, el rey de ese país, destruyera el Templo de Jerusalén en 586 a.C. (antes de la era común).

En la época bíblica previa a ese funesto acontecimiento, los antiguos hebreos tenían un calendario diferente. Los nombres de los meses no eran los que usamos hoy, y sólo esporádicamente hay esparcidas a lo largo del texto algunas referencias al mismo, insuficientes para poder reconstruirlo con exactitud: Además, las edades que algunos libros de la Biblia atribuyen a diversos personajes (por ejemplo, al famoso Metushélaj o Matusalén, que vivió 969 años, según Bereshit – Génesis 5.27) nos llevan a sospechar que la unidad “año” con que se midió su edad, fue diferente – mucho más corta – de la que usamos hoy.

Tal como quedó establecido hasta el presente, la unidad básica del lúaj, el calendario judío, es la semana que culmina con el día Shabat o sábado, y el mes lunar que comienza a contarse a partir de cada novilunio. Ya la misma etimología de los dos vocablos hebreos que usamos para expresar la idea de “mes” nos señala ese vínculo con la luna nueva: jódesh (de jadash, “nuevo”) o iéraj (de iaréaj, “luna”).

El mes lunar – este tiempo que media entre una luna nueva y la que le sigue – es de 29 días y medio, aproximadamente, y el inconveniente de la fracción se supera fijando en el calendario hebreo 30 días para algunos meses, y 29 para otros. El día en que comienza un nuevo mes se llama Rosh Jódesh, “cabeza de mes”. Cuando el mes precedente tuvo 30 días, se celebran como Rosh Jódesh este último día 30 y el día 1′ del mes que sigue, vale decir, dos días. En tiempos antiguos, Rosh Jódesh daba lugar a festejos especiales en el pueblo de Israel; hoy día se lo rememora más modestamente, sólo con ciertas oraciones especiales que se recitan en la sinagoga.

El total de 12 meses lunares suma 354 días y medio, vale decir que el año lunar es unos 11 días más corto que el año solar de 365 días y fracción que contamos en el calendario gregoriano o común.

Las cuatro estaciones del año, y su repercusión en la Naturaleza y en la agricultura (primavera, verano, siembra, cosecha, etc.) se rigen por el calendario solar.

Por otra parte, la Biblia establece que por ejemplo Pésaj, la fiesta que evoca el éxodo de los hijos de Israel de Egipto, debe celebrarse en el “mes de la primavera” (Shemot – Exodo 23.15).

Si se dejara acumular varios años seguidos esa diferencia de 11 días y fracción entre el año lunar y el solar, nos encontraríamos un buen día con que al cabo de cinco o seis años, por ejemplo, Pésaj estaría alejado 55 0 66 días de la primavera del año solar, es decir que se lo celebraría en pleno invierno.

Para evitar semejantes distorsiones, nuestros sabios han ideado un sistema por el cual, con los once días “superfluos” del año lunar con respecto al solar, cada tanto se integra un nuevo mes, Adar Bet o Adar Shení (el segundo mes de Adar), que se añade a los otros doce del calendario judío.

De tal modo, resulta que algunos años hebreos son embolismales (mal llamados “bisiestos” por algunos), o sea que cuentan con 13 meses en vez de 12. El sistema completo de coordinación entre los dos calendarios está organizado en ciclos de 19 años solares o gregorianos, durante los cuales 7 años lunares o judíos llevan ese agregado de un mes más. Y al cabo de cada 19 años, vuelven a coincidir – a veces, con la diferencia de un solo día – una fecha gregoriana con su correspondiente fecha hebrea, tal como en 1986 coincidió el 5 de Iyar, Día de la Independencia del Estado de Israel o Iom Ha-Atzmaut, con el 14 de mayo en que esta independencia fue proclamada en 1948, vale decir, 38 años atrás, dos veces el ciclo de 19.

Para la iniciación del año hebreo hay dos criterios: según la Biblia, “este mes (el de la salida de Egipto: Nisán, por marzo – abril) os será principio de meses, el primero de los meses del año” (ShemotExodo 12.2). Pero posteriormente la tradición judía ha establecido el comienzo del año en Tishrí (por setiembre – octubre), como se verá al hablar de la fiesta de Rosh Hashaná, por considerárselo el mes en que Dios creó el mundo. El criterio universalista se impuso al criterio meramente nacionalista…

Los nombres Tishrí, Nisán y todos los demás que se verán a continuación en la enumeración de los meses del calendario hebreo, son de origen babilonio. La nómina completa es la siguiente:

TISHRI (30 días) MARJESHVAN o JESHVAN (29 0 30 días) KISLEV (29 0 30 días) TEVET ‘ (29 días) SHEVAT (30 días)

ADAR (29 días) (Pero 30 días cuando le sigue:) ADAR

SHENI, ADAR BET o VE-ADAR (29 días), el mes agregado del año embolismal.

NISAN (30 días) IYAR (29 días) SIVAN `. (30 días) TAMUZ (29 días) ~ AV (30 días) ELUL (29 días)

Antiguamente era el Sanedrín quien anunciaba el comienzo del nuevo mes, cada vez que, próxima la época del novilunio, se presentaban ante sus jueces un mínimo de dos testigos fidedignos que afirmaban haber visto en el cielo la luna nueva.

En tiempos del segundo Templo, cuando parte del pueblo judío ya vivía en la Diáspora de Babilonia, el Sanedrín les comunicaba la noticia del comienzo del nuevo mes mediante el encendido de hogueras en la cúspide de una serie de montañas que se extendían desde Judea hasta la Mesopotamia. Las maderas y los hombres ya estaban preparados desde antes, y apenas se elevaba el primer fuego en un monte cercano a Jerusalén, como en cadena se encendían las otras hogueras y la noticia llegaba bien pronto a los judíos del extranjero.

Más adelante surgieron dificultades en este sistema de transmisión, y entonces se comunicó la noticia enviando mensajeros a los judíos de la Diáspora. °

Y a mediados del siglo IV e.c (era común), cuando el surgimiento del incipiente Cristianismo repercutió en trabas y represalias cada vez más enérgicas contra los judíos por parte de los emperadores romanos, finalmente el Presidente del Sanedrín de aquellos días, Hilel el Segundo reveló en público las normas que rigen el calendario hebreo (y que hasta entonces habían sido guardadas en secreto, de modo que todos los judíos, tanto los de Tierra Santa cuanto los de la diáspora, supieran en el futuro establecer por sí solos el calendario con sus fiestas, sin estar pendientes de comunicaciones del Sanedrín, que a veces no alcanzaba a llegar a tiempo.

Pero una costumbre de aquellas lejanas épocas quedó en pie hasta el día de hoy, y es la del Iom Tov Shení shel Galuiot, el “Segundo día de fiesta de la Diáspora”.

Porque en esencia, el problema fundamental de cada nuevo mes judío radicaba en saber si el mes que le precedía había sido de 29 días o de 30, vale decir, si al día 29 le seguía el día 30 del mismo mes, o ya el 1′ del mes siguiente. Para cubrir las dos eventualidades, se acostumbraba observar en la Diáspora cada fiesta judía dos días en vez de uno, pues así se tenía la seguridad de que uno de los dos días celebrados, por fuerza tenía que ser el correcto. De ahí la doble celebración de las fiestas en la Diáspora, que veremos al hablar de ellas más adelante. Excepción a esta norma era Iom Kipur, día de ayuno completo: no se podía exigir de los fieles un ayuno de 48 horas.

Y a pesar de que después de la revelación de Hilel ya no quedaban más dudas acerca de la fecha exacta de las fiestas tampoco en la Diáspora, la costumbre del doble feriado en las colectividades fuera de Israel sigue observándose, por tradición, hasta el presente.

Aunque algunas comunidades judías de ideas más avanzadas, consideran, no sin fundamento, que a esta altura del siglo veinte, con sus satélites artificiales y cohetes interplanetarios – y por supuesto, con tablas astronómicas modernas que señalan con precisión de fracción de segundos el instante exacto de la luna nueva de cada mes no hace falta perpetuar las dudas de otrora acerca de nuestro calendario, y su consecuencia: el doble día de fiesta diaspórico. Y por lo tanto, allí se celebran las fiestas judías como en Israel, en los días indicados por la Torá, sin extenderlos a festejos de días dobles.

Otro detalle importante que deben tomar en cuenta quienes establecen, año tras año, nuestro calendario (y los hay ya preparados de antemano hasta bien entrado el siglo XXI) es que cierto tipo de fechas no pueden darse determinado día de la semana. Así, por ejemplo, Iom Kipur, el Día del Perdón, no debe caer nunca en proximidad inmediata de un sábado, es decir, un viernes o un domingo (porque habría que profanar una de las dos fechas para preparar comida en el hogar). Y como consecuencia del 10 de Tishrí (la fecha de Iom Kipur) que no puede darse nunca en viernes ni en domingo, también hay muchas otras fiestas y fechas que tampoco caen en ciertos días de la semana.

Estos últimos, dicho sea de paso, se enumeran en hebreo en coincidencia con los días de la Creación relatados en el primer capítulo de Bereshit-Génesis: lom Rishón, Shem; Shelishí etc. (“Día primero – domingo -, segundo – lunes -, tercero – martes -” etc.) hasta llegar al Shabat o sábado. El viernes (Iom Shishí;”día sexto”) también suele denominarse Erev Shabat, “víspera del sábado”.

La tradición judía ha rechazado enérgicamente cualquiera otra nomenclatura para los días de la semana, porque todas ellas, en los diferentes idiomas europeos, están vinculadas con el nombre de ciertos astros reverenciados como dioses por los paganos, o con el nombre de ídolos paganos directamente: sunday, Sonntag (el sol)~ monday, lunes, Montag (la luna); martes (Marte); miércoles (Mercurio) etc.

La cuenta de los años es iniciada por la tradición judía con la Creación del mundo relatada en la Biblia. Ha fijado para ello una cronología según la cual al año de publicación del presente libro – entre setiembre de 1986 y setiembre de 1987 – le toca el número 5747. Al año uno de la era común le tocaría el 3760, de modo que cualquier año judío posterior a la era cristiana se obtiene sumando esta cifra con la del año gregoriano (así, p.e., 3760 más 1987 nos da el mencionado 5747); y si es anterior a esa era, hay que restarlo de 3760. Los tres o cuatro meses que van desde Rosh’Hashaná hasta la finalización del año civil el 31 de diciembre, ya hay que contarlos como pertenecientes al año gregoriano siguiente).

Posted in Uncategorized | Leave a Comment »