El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Isis y Osiris ( Los Misterios de la iniciación )

Posted by cosmoxenus en 28 marzo 2005

” … La divinidad desea el descubrimiento de la verdad “
PLUTARCO
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En lo concerniente al nombre de Osiris, se origina en la asociación de dos palabras: «ósios», santo y «hierós», sagrado. En efecto, existe una relación directa entre las cosas que se hallan en el cielo y las que se encuentran en el Hadés, y los antiguos acostumbraban a llamar santas a las primeras y sagradas a las segundas. Ahora bien, el dios que nos revela las cosas celestes, que es la razón de aquellas que se dirigen hacia las regiones superiores, es Anubis. Algunas veces se le llama también Hermanubis. El primero de estos nombres aplicado a este dios expresa las relaciones con el mundo superior; el segundo, sus relaciones con el mundo inferior. Por eso, los egipcios le sacrifican un gallo blanco unas veces, otras amarillo, por que creen que las cosas celestes son puras y luminosas y las de este mundo mezcladas y abigarradas.

No hay que extrañarse ante estos nombres formados a la manera de los griegos. Hay muchos miles de ellos que salieron de Grecia con los emigrantes que, al propagarse en el extranjero, han tomado carta de naturaleza y se conservan hasta nuestros días. Algunos de ellos han sido adoptados nuevamente por los poetas, pero aquellos que designan dichos vocablos con el nombre de glosas o locuciones extranjeras les acusan de haber introducido barbarismos. Según se dice, en las obras tituladas Libros de Hermes, al tratar de los nombres sagrados se afirma que el poder que regula la circunvolución del Sol es llamado Horus por los egipcios, y designado por los griegos con el nombre de Apolo; que el que preside la actividad del aire es Osiris para unos y Serapis para los otros, mientras un tercer grupo le denomina Sothis, vocablo egipcio. Pero esta última palabra significa embarazo o estar embarazada, siendo su equivalente griego «Kúesis», embarazo, y la lengua griega, apartando de dicha palabra su aceptación habitual, ha dado el nombre de «Kúon», perro, a la estrella principal de la constelación que los egipcios consideran especialmente consagrada a Isis. Pero, en materia de nombres, no hay que empeñarse en hacer prevalecer una opinión. Sin embargo, por mi parte concedería a la lengua egipcia el nombre de Sarapis antes que le de Osiris. El primero de ellos es extranjero y el segundo griego; pero creo que tanto el uno como el otro designan la misma potencia o poder.

Por otra parte, los nombres egipcios parecen confirmar la doctrina que exponen los nombre griegos, puesto que con frecuencia se llama a Isis «Athéna» significando este vocablo en egipcio «me he originado en mí misma», e indica que dicha Diosa obtiene su impulso en sí misma. Ya hemos manifestado que Tifón recibe los nombres de Set, Bebón, Smu, palabras que significan: impedimento violento, obstáculo, oposición. También llaman a la piedra imán hueso de Horus, mientras el hierro recibe el nombre de Hueso de Tifón, como afirma Manethon. Ahora bien, como el hierro es unas veces atraído y arrastrado por el imán y rechazado, repudiado otras en dirección opuesta, el movimiento del mundo, movimiento bienhechor, saludable, conducido y ordenado por la razón, se vuelve hacia Tifón, le atrae y le suaviza, aquietándole, haciendo más dócil su inflexible y violenta rudeza; luego, irguiéndose de nuevo, Tifón se repliega sobre sí volviendo a caer sin interrupción en la disolución.

Nos dice Eudoxio, a propósito de Zeus, que los mitólogos egipcios cuentan que este dios nació con las piernas adheridas una a la otra, que no podía andar, y que, avergonzado, vivía en solitario. Pero Isis hendió y separó entre sí partes de su cuerpo, facultándole para que pudiera andar ágil y regularmente. Este mito nos da a entender también que la inteligencia y la razón de este dios reposaban primitivamente en sí mismas en lo invisible e impenetrable, manifestándose después en la generación por medio del movimiento.

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1. Plutarco interpreta a la manera griega el nombre de Anoubis o Anubis, en el cual halla la palabra «áno» que significa alto. Hermananoubis o Hermes-Anubis se confunde aquí con Hermes psicopompo o conductor de las almas, de los griegos. Anubis, el dios de los horizontes, es quien abre a los difuntos el camino del otro mundo, y el que, como Hermes, guía y conduce a las almas hasta el más allá. Como conoce lo alto y lo bajo, es el «dueño de los secretos». Cf. E. Lefébure, «El Vaso adivinatorio», en Sphinx, VI, págs. 62-65.

2. Herodoto sostiene opinión completamente opuesta a Plutarco en cuanto a los nombres de los dioses. «Casi todos los nombres de los dioses», dice, II, 50 «se introdujeron en Grecia tomándolos de los egipcios. Mis investigaciones me prueban que los debemos a los países bárbaros y creo provienen de Egipto más que de otro país.»

3. Los libros de Hermes, o Libros herméticos, consistían en una larga serie de obras (según Jámblico unas veinte mil) sobre las artes, astrología, religión, medicina, moral, etcétera. Ningún autor anterior a la era cristiana menciona estas obras. No obstante, se las considera como las últimas producciones de la filosofía griega, admitiéndose correctamente que entre las ideas alejandrinas que forman su fondo, existen rasgos reales de los dogmas religiosos del antiguo Egipto. Cf. L. Ménard, Hermes Trismegisto. Introducción. Champolion-Figeac, en Egipto antiguo, pág. 169, llega aún más lejos y no treme afirmar que estas obras contienen «una masa de tradiciones puramente egipcias, y constantemente de acuerdo con los monumentos más auténticos de Egipto». Nos quedan algunos fragmentos importantes que fueron traducidos por vez primera al francés por Francisco de Foie, 1574, y más recientemente por Luis Ménard, 1887. Cf. Reitzenstein, Poimandrés, 1904. Para nosotros, los libros de Hermes figuran entre los más preciados documentos de que disponemos en cuanto a la teología y mística greco-egipcia. Para la literatura filosófico-religiosa son de lo más interesante que existe, porque constituyen una etapa de desarrollo del espíritu griego que aparte de las religiones de misterios para llegar hasta la vasta síntesis del Neoplatonismo, debido a la parte aportada por Egipto.

4. La aparición de Sothis o de la estrella de Isis coincidía exactamente con las primeras crecidas del Nilo. Esta estrella era para los egipcios, según Porfirio, De Ant. Nymp, 24, principio de la generación en el mundo. En efecto, marcaba o indicaba el momento en que Isis (Egipto) es fecundada por Osiris (el Nilo).

5. El nombre de Atenía es el que los griegos daban a Neit de Sais, Según Mallet, El Culto de Neit en Sais, págs. 188-197, el nombre de Neit quiere decir lo que existe; lo que es por sí, es decir, lo eterno. Para Procio, In Plat. Tim., 30, Neit o Atenía es la potencia que lo pone todo en movimiento.

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El mito de Osiris en la versión de Plutarco

Plutarco, un pensador griego del s. II, ofrece una narración coherente de varios episodios del ciclo mítico, aunque es difícil determinar cuántos reflejan un desarrollo tardío de la leyenda o hasta qué punto la secuencia responde a la convención de la mitología griega.
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Osiris gobernaba sobre Egipto como un rey beneficioso que trajo a su pueblo la civilización, pues le enseñó el cultivo de cereales y estableció las leyes y el culto a los dioses, mientras su esposa Isis les enseñaba la música. Pero esta situación idílica provocó la envidia de su hermano Tifón (Seth), que reinaba sobre el desierto, quien comenzó a conspirar contra él con un grupo de sus adictos. Al regreso de un viaje civilizador fuera de su país, en el curso de una cena de bienvenida, Osiris fue invitado a introducirse en un cofre de madera de cedro que su hermano había traído a la sala, tras haber prometido que lo regalaría a quien mejor le encajase. Naturalmente, había sido realizado para que sus medidas coincidieran con las del monarca. Cerrada la tapa, el ataúd fue tirado al Nilo, donde el rey muere ahogado, y es arrastrado hasta el mar.

Isis, inconsolable, buscó a su marido muerto hasta encontrarlo en el palacio de Biblos. Allí tuvo que introducirse con estratagemas hasta obtener del soberano local la autorización para repatriar a Osiris. Tan pronto como llegó al Delta, mientras ella se encontraba alejada un momento, el cadáver fue encontrado por Seth durante una cacería. Colérico, éste descuartizó a su hermano muerto en catorce partes, que él mismo se encargó de desperdigar por todo el país. De nuevo, la esposa fiel salió en búsqueda de su marido por segunda vez. En cada lugar donde localizaba un fragmento, fabricaba una imagen que enterraba, lo que explica el gran número de ciudades que cobijaba una de estas reliquias en su santuario. La única parte que no consiguió encontrar fue el pene, pues Seth lo había tirado al río y se lo habían comido unos peces. Isis lo solucionó con sus habilidades mágicas y creó uno artificial. Éste permitió que llegaran a tener relaciones sexuales y que engendraran un hijo, en el que se transmitiera el principio vital paterno.

Tras la concepción, Osiris pasó a gobernar el mundo inferior, donde se encuentran las semillas de la vida, mientras Isis, por consejo de Thot, se escondía en Jemis, una isla pantanosa del Delta. En ella, Horus se mantuvo oculto hasta que creció y pudo combatir contra su tío Seth para recuperar la herencia de su padre, el trono de Egipto.

Aunque la mayoría de los episodios se encuentran en textos egipcios, hay algunos arreglos para hacer comprensible la historia a lectores griegos. El engaño del ataúd, no documentado en Egipto, sería una explicación destinada a que se comprendiera la momificación y el gasto en el ajuar. Los dos asesinatos y sus correspondientes procesos de resurrección, son claramente un medio para encajar las versiones antiguas, muy dispares, pues los egipcios no escriben sobre el tema, sólo hacen alusiones que quedan muy vagas y abiertas a la interpretación. El desmembramiento subraya el horror del acto, pero también el extraordinario poder de Isis, que es capaz de devolver la vida a su esposo. La pérdida del pene, tragado por una carpa, un oxirrinco y un mújol, es un episodio que no encaja bien en la tradición autóctona. Los textos egipcios no lo mencionan, al tiempo que las imágenes lo representan en el dios, por lo que este episodio debe proceder de un incidente mítico helénico. Sin embargo sirve para resaltar la capacidad de Isis que aún así queda embarazada. En el conflicto entre Horus y Seth, Plutarco no tuvo que inventar nada, pues es un episodio en el que la fuentes egipcias se extienden con un sentido de la narración muy didáctico -y muy alejado de su concepción elitista de la literatura-.

M.Á Molinero Polo (2000): s.u. Osiris; versión de Plutarco, en J. Alvar (dir.): Diccionario de Mitología universal. Espasa Calpe, Madrid, 693-694.

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