El Amarna

Colección de artículos sobre filosofía primordial, sophia perennis, ocultismo, esoterismo, geometría sagrada, mitología, historia oculta y misticismo.

Archive for 25/03/05

Hermes Trismegisto

Posted by cosmoxenus en 25 marzo 2005

Por M. ENCARNACION

La palabra hermético que se interpreta como cerrado u oculto, entre los grandes alquimistas se usaba para calificar a todo lo que tenía relación con la ciencia de la grande obra o sea, con las investigaciones y estudio de la transmutación de los metales y de la medicina universal.

En las dos interpretaciones se encuentra el origen directo en el Venerable Maestro Hermes Trismegisto, Iniciado en los conocimientos secretos de la India, Egipto, Persia y Etiopía. Un hombre que por su estatura (tres veces el promedio de los egipcios) y por su sabiduría se decía que “la Naturaleza parecía haberlo elegido para ser su favorito, prodigándole todas las cualidades necesarias para estudiarla y conocerla perfectamente. Dios, por decirlo así, le había infundido las ciencias y las artes, a fin de que instruyese al mundo entero”.

Hermes, que significa Intérprete, es considerado el inventor de herramientas que aligeraran las tareas de los hombres y les enseñó a coordinar y expresar sus pensamientos por escrito. Instituyó los jeroglíficos en Egipto y el arte de la interpretación a los griegos.

Los egipcios le atribuían la autoría de 36 mil 525 libros de Enseñanza Sagrada mientras que el filósofo Jámbico aseguró haber visto 12 mil de los 20 mil que piensa, escribió el Venerable Maestro.

Queriendo propagar su sabiduría, eligió a nueve hombres que juzgó aptos y dignos para hacerlos depositarios de sus secretos y los estableció como sacerdotes del Dios Vivo.

Sin embargo, la ambición que cegó a Seti I, llevó a la persecución secreta del Venerable Maestro Hermes y sus discípulos mientras que sembró el fanatismo en la población al convertirlo en el Dios Thot que pasó a los latinos con el nombre de Mercurio y Taut entre los fenicios.

La belleza y profundidad de su conocimiento puede observarse en el siguiente fragmento: “Un día que estaba meditando sobre los astros y que mi pensamiento se elevaba hasta las más altas regiones, mis sentidos corporales se poseyeron fuertemente, como sucede a los hombres que caen en un profundo sueño, después de un exceso de comida o de trabajo, y ví un ser de enormes dimensiones que me llamaba por mi nombre y me decía: ‘Yo soy Paemandres, el espíritu de la verdad: yo sé que estás en mí y yo estaré siempre contigo en todas partes”.

También decía: “¡Oh, Dios! ¡Con qué gozo vengo a ti! ¡Yo me he regocijado al ver tu grandeza! Concédeme esplendor y perfección para la vida de la Eternidad”.

Algunos estudiosos sostienen que “es tan indubitable que los Iniciados Herméticos poseían el arte de hacer oro, ya sacándolo de toda clase de materias, ya transmutando los metales, que el que lo dudadse o quisiera negarlo, se mostraría ignorante de la historia. Los sacerdotes, los reyes y los jefes de familia, eran los únicos instruidos. Este arte fue conservado siempre en gran secreto, guardando los que lo poseían el más profundo silencio, por temor de que si el pueblo ignorante llegase a conocer los laboratorios ocultos de la Naturaleza, redundase en esto detrimento y ruina de la república”.

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LOS 72 ANGELES DE LA KABBALA

Posted by cosmoxenus en 25 marzo 2005

El fruto de la Obra Creadora de Elohim -El, los Dioses-, el Ser de Seres, podemos describirlo como las 4 Oleadas de Vida presentes en el universo material: minerales, vegetales, animales y hombres.

Estas cuatro manifestaciones de vida evolucionan conjuntamente con diferentes grados de conciencia y valiéndose de los distintos vehículos-cuerpos con los que cuentan.

El mineral lo hace en su cuerpo físico; el vegetal, con el físico y el vital; el animal, con el físico, el vital y el emocional, y por ultimo el hombre, que cuenta con un cuerpo físico, un cuerpo vital, un cuerpo emocional y un cuerpo mental.

Una visión basada tan solo en la percepción de lo material determinara que no existe mas vida que la que se expresa en su cuerpo físico. Sin embargo, esto no es asi, ya que, Oleadas de Vida de un proceso creador anterior al nuestro evolucionan en mundos sutiles, como el Astral y el Mental. Estas Entidades son conocidas como Ángeles y Arcángeles, y se encuentran tan organizados como el hombre lo esta en la tierra donde habita.

Según la Tradición Cabalística, estas Entidades Espirituales sirven a Elohim y a su Obra Creadora el hombre, ayudándoles a evolucionar y crecer espiritualmente. Están constituidos en 9 Coros, formados cada uno de ellos por 8 Rostros, lo que constituye un numero de 72 Ángeles.

Cada uno de ellos, ocupa un grado del Zodiaco y nos suministran las energías cósmicas que le demandamos. Cada día, un Rostro de los 72 se pone activo, promocionándonos el Programa Divino que debemos asimilar con nuestra conciencia.

Son conocidos en el argot kabalistico como los 72 Genios de la Kábala y en la enseñanza cristiana como los Coros Angélicos (Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Potencias, Virtudes, Principados, Arcángeles y Ángeles).

Todos tenemos un ángel que rige sobre las características de nuestra personalidad, no es el ángel de la guarda personal, es uno de los 72 ángeles que rodean el Trono de Dios.

1 Vehuiah
2 Jeliel
3 Sitael
4 Elemiah
5 Mahasiah
6 Lelahel
7 Achaiah
8 Cahetel
9 Haziel
10 Aladiah
11 Lauviah
12 Hahaiah
13 iezalel
14 Mebael
15 Hariel
16 Hekamiah
17 Lauviah
18 Caliel
19 Leuviah
20 Pahaliah
21 Nelkhael
22 Yeiaiel
23 Melahel
24 Haheuiah
25 Nith-Haiah
26 Haaiah
27 Yerathel
28 Seheiah
29 Reiyel
30 Omael
31 Lecabel
32 Vasariah
33 Yehuiah
34 Lehahiah
35 Chavakiah
36 Menadel
37 Aniel
38 Haamiah
39 Rehael
40 ieiazel
41 Hahahel
42 Mikael
43 Veuliah
44 Ylahiah
45 Sealiah
46 Arial
47 Asaliah
48 Mihael
49 Vehuel
50 Daniel
51 Hahasiah
52 Imamiah
53 Nanael
54 Nithael
55 Mebahiah
56 Poyel
57 Nemamiah
58 Yeialel
59 Harahel
60 Mitzrael
61 Umabel
62 Iah-Hel
63 Anauel
64 Mehiel
65 Damabiah
66 Manakel
67 Eyael
68 Habuhiah
69 Rochel
70 Jabamiah
71 Haiayel
72 Mumiah

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LOS ENIGMÁTICOS CÓDICES

Posted by cosmoxenus en 25 marzo 2005

Valiéndose de ideogramas, los mayas elaboraron una cantidad incalculable de libros, o códices. Sólo tres han llegado hasta nosotros. Su historia conocida empieza con un acto de barbarie, prosigue en circunstancias azarosas, incluye el esfuerzo por descrifrarlos y aún no termina.

Por Beatriz Martí

La temática de un libro maya podía estar vinculada con la religión, la astronomía, los ciclos agrícolas, la historia o las profecías. Pero en todos los casos, tanto el contenido como la elaboración del códice y el valor de éste por sí mismo, estaban relacionados con el mundo superior. Puesto que para escribir era necesario hallarse en contacto con los dioses, los productos de esa escritura debían ser considerados como objetos sacros y conservados en habitaciones específicas dentro de los templos y de los principales edificios civiles.

Durante las fiestas y ceremonias especiales, los códices se leían en público, después de someterlos a ritos purificatorios y de renovación. La lectura la realizaban varios sacerdotes, cada uno de acuerdo a su especialidad, por lo que es posible que los ideogramas hayan tenido no una, sino varias interpretaciones.

¿CÓMO ES UN CÓDICE?

Igual que para nuestros libros, la materia prima para elaborar los códices era el papel. Los mayas lo llamaban kopó—ahora conocido como papel amate—y lo hacían con la corteza del árbol de la higuera (Ficus); aunque también solían usarse piel de venado, tela de algodón y papel de maguey, aparentemente ningún material fue más usado que el kopó.

El proceso de fabricación del amate, tanto en el Mundo Maya como en las demás regiones indígenas, era básicamente el mismo. A las ramas se les arrancaba la corteza, de cuyo interior eran obtenidas capas de suave fibra. Con ésta se producía una pasta, reiteradamente aplanada hasta convertirla en hoja, puesta a secar al sol. El resultado eran largas tiras de papel de entre 15 y 25 cm de ancho, que se doblaban a manera de biombo en porciones iguales y que formaban las páginas del códice. Las páginas se cubrían con una capa de almidón y, finalmente, con una preparación blanca de carbonato de calcio.

A cada página se le pintaba un grueso marco de color rojo y algunas líneas horizontales y verticales; entonces, quedaba dividida en varios cuadros, dentro de los cuales se dibujaría un ideograma diferente aunque relacionado con los demás. Los temas tratados podían ocupar una o varias páginas.

El sistema que empleaban los sacerdotes para hacer las adivinaciones se basaba en el tzolkín (calendario maya de 260 días). Cada uno de los días contenía diversas cargas de energía, que se manifestaban de manera distinta según el individuo o la comunidad que consultasen el códice; esas cargas, además, cambiaban de acuerdo al momento.

Consultando este calendario, el sacerdote reconocía ciertas fechas que eran significativas para cada hombre, cada periodo y cada momento. Por eso, en los códices mayas que hoy conocemos la unidad adivinatoria es el almanaque, que se puede referir a predicciones sobre hechos cotidianos, astronómicos y ciclos de veinte años.

DESTRUCCIÓN Y SALVACIÓN

Los conquistadores españoles llegaron a la península de Yucatán, México, a principios del siglo XVI, cuando los más importantes centros ceremoniales mayas estaban ya abandonados y el esplendor de la antigua civilización había llegado a su fin. Pero más allá de tal decadencia, las comunidades indígenas conservaban organización social, idiomas, tradiciones y religión. También seguían elaborando y leyendo códices.

Los ideogramas de esos documentos provocaron tanto curiosidad como temor entre los misioneros europeos que trajeron el catolicismo. Movidos por la curiosidad, se dieron a la tarea de recopilar todos los códices que hallaban y a descifrarlos mediante la ayuda de intérpretes; impulsados por el temor, emprendieron la sistemática quema de estos documentos.

Uno de los artífices de esa obra destructora fue el obispo de Yucatán, fray Diego de Landa (1524-1579). Es incalculable la cantidad de códices que mandó a la hoguera, pues los vio como productos diabólicos: “Hallámosles grande número de libros destas sus letras—escribió—; y porque no tenían cosa en la que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual a maravilla sentían y les daba pena”.

Para salvar cuantos códices fuera posible, los mayas enterraron algunos y otros los escondieron en cuevas; así, varios manuscritos fueron salvados de la destrucción, al menos durante un tiempo. Años después, cuando los mayas de Yucatán ya conocían el alfabeto español, copiaron algunos de esos códices que tenían escondidos, manteniendo en la transcripción la lengua maya original pero empleando la escritura hispana.

Con el uso del alfabeto surgió lo que hoy se denomina literatura maya. Uno de sus ejemplos más representativos son antiguos documentos transcritos, cuyos originales jamás se han encontrado.

Los más importantes provienen del norte de Yucatán y se conocen con el nombre de Libros del Chilam Balam, lo cual puede traducirse como Libros del Adivino de las Cosas Ocultas. Se trata de fragmentos de una docena de manuscritos que datan de los siglos XVI y XVII y que fueron realizados en diferentes pueblos de la zona: Maní, Tizimín, Chumayel, Kaua, Ixil y Tusik, entre otros. Contienen sobre todo crónicas indígenas que registran diversos acontecimientos de la historia maya. Referencias fundamentales, si se toma en cuenta que ninguno de los códices mayas precolombinos que se conocen trata de historia propiamente dicha.

Con el tiempo, fueron encontrándose varios documentos originales pero la humedad del subsuelo, tanto en la zona calcárea de la península de Yucatán como en el área selvática del resto del Mundo Maya, no ayudó a su conservación: hoy, la mayoría son apenas trozos cuyos ideogramas están totalmente borrados.

Tres códices, sin embargo, sobrevivieron casi completos al fuego y al agua gracias a que, por vías aún desconocidas, en algún momento llegaron al continente europeo. Allí permanecieron olvidados durante doscientos cincuenta años; luego, debido a circunstancias muchas veces azarosas, irían saliendo a la luz en Dresde (Alemania), París (Francia) y Madrid (España).

CÓDICE DRESDE

Es el primero del que se tuvo noticia, y está considerado como el más importante, el más bello y el de mejor factura de los tres. En 1739, el director de la Biblioteca Real de Dresde lo adquirió de manos de un particular en Viena, Austria. Se desconocen tanto la fecha como el modo en que el códice llegó a Viena, pero puede suponerse que fue enviado al rey español durante la conquista de América (primera mitad del siglo XVI), época en que España y Austria tenían el mismo soberano.

Una vez que salió de Viena, el documento pasó a formar parte del acervo de la Biblioteca de Dresde, aunque aparentemente no fue estudiado ni analizado durante setenta años. Alexander von Humboldt lo dio a conocer en 1810, cuando publicó su obra Vues des cordilléres et monuments des peuples indigènes de l’Amérique y reprodujo en ella las páginas 47 a 52 del códice. El documento fue sometido a diversos estudios para identificar su origen; finalmente, se concluyó que era maya.

Durante la segunda guerra mundial, Dresde fue severamente bombardeada y su biblioteca sufrió serios daños. Doce páginas del códice resultaron muy deterioradas, probablemente debido al agua, perdiéndose toda la información de la esquina superior izquierda. Aun así, muestra un bello estilo en sus pinturas, y es “fiel representante del preciosismo y la elegancia de los viejos mayas”, según Salvador Toscano (1912-1949), historiador, arqueólogo y crítico de arte mexicano.

El códice Dresde, escrito en papel kopó, es un documento con forma de biombo, dividido en treinta y nueve hojas de 9 cm de ancho por 20.4 de alto, pintadas en ambos lados, con excepción de cuatro, que tienen blanco el anverso. Extendido, el documento mide 3.50 m de largo y tiene setenta y cuatro páginas; ciertamente, fueron pintadas con extraordinario cuidado y nitidez. Para escribirlo se utilizaron un pincel muy fino, así como los colores rojo, negro y el denominado azul maya. Debido a los diferentes estilos de su escritura se sabe que fue realizado por ocho personas; y en razón de su temática y del tipo de ideogramas que contiene, se supone que es originario de Chichén Itzá, la extraordinaria ciudad situada en el norte de la península de Yucatán.

La fecha aproximada en que fue realizado este códice se sitúa entre los años 1000 y 1200, y posiblemente aún estaba en uso entre los mayas cuando llegaron los conquistadores españoles.

El Dresde trata básicamente de astronomía: almanaques y cuentas de días de culto y adivinación; material astronómico-astrológico en dos tablas: la de los eclipses y la de Venus; y profecías para un periodo de veinte años. Contiene referencias al tiempo, a la agricultura y a los días propicios para las artes adivinatorias, así como textos sobre enfermedad y medicina; aparentemente, incluye asimismo datos acerca de la conjunción de varias constelaciones y de varios planetas con la Luna. Tiene también una página sobre alguna inundación o diluvio, que puede ser reseña o profecía, o simplemente referirse al retorno cíclico de la temporada de lluvias, tan benéfica para los mayas.

CÓDICE PARÍS

Fue hallado por el estudioso francés Léon de Rosny en 1859, dentro de un basurero de la Biblioteca Imperial de París. El códice apareció envuelto con un papel donde había dos palabras: la española “Peres” y la náhuatl “Tzeltal”. Por el número de clasificación que contenía se dedujo que pertenecía a dicha biblioteca desde 1832, o quizás desde antes.

Tras haberlo rescatado del basurero, Rosny identificó al códice como manuscrito jeroglífico maya y le impuso el nombre de Peresiano. Este manuscrito, sólo una parte del original, se halla en peor estado que los otros dos. Su calidad artística es igualmente inferior.

Se trata de un documento en forma de biombo, escrito en papel kopó, que desplegado mide un metro 45 cm de largo. Doblado tiene once hojas de 24 x 13 cm pintadas por ambos lados. En dos de ellas los motivos desaparecieron totalmente y en el resto se han perdido los jeroglíficos de los cuatro extremos de la página, por lo que sólo subsiste la porción central de cada una.

El códice Peresiano (o París) se refiere básicamente a cuestiones rituales. Una de sus caras está dedicada por entero a la sucesión de los katunes (periodos de veinte años) comprendidos entre los años 1224 y 1441, con sus correspondientes deidades y ceremonias. En cada página hay la representación de un katún, y el texto jeroglífico que lo rodea se relaciona con ritos y profecías. El reverso está formado por almanaques adivinatorios, ceremonias de año nuevo y un probable zodiaco con divisiones de 364 días.

Muchas son las dudas con respecto al origen de este códice y al periodo en que fue escrito. Tentativamente, se lo ubica en el área de Palenque, México, y se lo considera posterior al Dresde, estimándose que data del siglo XIII.

CÓDICE MADRID

Al abate francés Brasseur de Bourbourg (1814-1874), gran americanista, se debe el descubrimiento de una parte del tercer códice maya. El documento apareció en España alrededor de 1860 en poder de Juan de Tro y Ortolano, quien permitió al abate estudiar el manuscrito y, más tarde, publicarlo. De los resultados de dichos estudios el abate pudo concluir que el documento era de origen maya, y en agradecimiento a la colaboración de Tro y Ortolano, bautizó al códice como Troano.

Unos años más tarde, el español Juan Palacios ofreció en venta a dos instituciones culturales lo que se suponía era un cuarto códice maya. Sin embargo, ni el Museo Británico de Londres ni la Biblioteca Imperial de París mostraron interés en el documento. Con el tiempo pasó a manos de otro particular, José Ignacio Miró, y en 1875 fue adquirido por el Museo Arqueológico de Madrid. Por relacionárselo de alguna manera con Hernán Cortés, este códice recibió el nombre de Cortesiano.

En realidad no era un manuscrito nuevo, sino una parte del Códice Troano. Esto salió a la luz en 1880, cuando Léon de Rosny tuvo la oportunidad de examinarlo. Unificó entonces el contenido de ambos documentos y les dio el nombre de Códice Tro-Cortesiano. En 1888 el hijo de Tro y Ortolano vendió su parte al Museo Arqueológico de Madrid; a partir de ese año, ambas partes permanecen juntas y se denominan Madrid.

El documento, que mide 6.70 m, es el más largo de los manuscritos mayas conocidos. Sus cincuenta y seis hojas están dobladas en forma de biombo, lo que hace una pieza con ciento doce páginas, de 12 cm de ancho x 24 de alto. Es también el códice mejor conservado.

Se trata de un texto de adivinación, que ayudaba a los sacerdotes a predecir la suerte. Tiene once secciones: la primera incluye ritos dedicados a los dioses Kukulcán e Itzamná; la segunda se refiere a las influencias malignas sobre los cultivos, y a los ritos y ofrendas que deben realizarse para regularizar las lluvias; la tercera sección está dedicada a un periodo de 52 años rituales. Las ocho partes restantes aluden, entre otros temas, a la cacería y las trampas, los calendarios, la muerte y la purificación.

Tentativamente, el origen del códice Madrid se sitúa en la parte occidental de la península de Yucatán. Su fecha aproximada de factura puede hallarse entre los siglos XIII y XV, por lo cual resultaría contemporáneo del códice París.

LOS ESCRIBAS PINTORES

Escribir un códice era entre los mayas un acto ritual que sólo podían llevar a cabo personas muy especializadas. Éstas recibían los títulos de ah ts’ib y ah woh, términos cuyo significado es, en castellano, escribas y pintores, respectivamente.

No cualquiera podía ser merecedor de alguno de estos títulos. Para obtenerlo, era fundamental poseer una cualidad básica: talento de pintor o dibujante. Siempre que los sacerdotes, clase dominante maya, descubrían entre los jóvenes a alguno que tuviera dicho talento, lo seleccionaban a fin de destinarlo al oficio de escriba.

Daba inicio entonces su preparación, que tenía como punto de partida la transmisión de conocimientos profundos sobre la lengua maya y la cultura general de la época. Más tarde se lo especializaba en algún tema específico: historia, astronomía, medicina, etcétera. Después de un arduo aprendizaje de varios años, el escriba dibujante estaba en condiciones de pertenecer a una clase superior, poseedora de grandes conocimientos. Entonces, y de acuerdo a la especialidad adquirida, el escriba pasaba a residir en alguno de los centros religiosos, económicos o civiles que requerían de sus servicios: templos, tribunales, palacios, mercados, entre otros.

Desde ese momento, el escriba tendría que dedicarse tiempo completo a sus actividades. En forma anónima realizaba los códices, siendo el suyo un oficio cuya producción se destinaba al patrimonio de la colectividad.

Es de suponerse que escribir un códice requería varios días. Cada figura se delineaba con tinta negra, fabricada a base de carbón. Para ese trazo inicial, como instrumentos se usaban espinas de maguey o astillas de huesos de pequeños animales, sobre todo aves. Posteriormente se coloreaba el interior de la figura con un pincel más grueso, de pelo de animal.

Darle color a las imágenes no tenía propósitos decorativos; por el contrario, tonos y matices eran totalmente simbólicos, ya que los mayas le conferían a cada color un significado especial, relacionado con diversas deidades, naturaleza y cosmos.

Una vez concluida la elaboración de un códice (pik hu’un, en maya), éste se guardaba en habitaciones especiales dentro de los mismos edificios civiles o religiosos. De allí saldría sólo en determinadas ocasiones, cuando se requiriera estudiar, interpretar o transmitir su contenido.

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EL DEDO DE GALILEO GALILEI

Posted by cosmoxenus en 25 marzo 2005

Del cuerpo de Galileo solo se conserva un dedo. Pero todavía hoy, los descendientes de sus técnicas siguen aprendiendo, creciendo y desarrollándose ya que el dedo de Galileo apunta a la salida de la ignorancia medieval y aun posmoderna, por lo que Galileo sigue metiendo su dedo en el betún de todos los pasteles científicos de nuestro tiempo. ¡Feliz Cumpleaños, Galileo!

GALILEO ESCRIBE EN SU CUMPLEAÑOS

Hola, soy el dedo de Galileo. (1564-1643)

Ustedes perdonarán la pobreza de elegancia en la redacción de esta carta, acostumbrados como los tenía a mi prosa casi poética, pero, ¿qué esperaban con un sólo dedo?

El dedo medio de mi mano derecha, seccionado de mi cuerpo por un anticuario llamado Anton Francesco Gori el 12 de marzo de 1737 cuando se trasladaban mis restos desde la capilla de San Cosme a la iglesia de Santa Croce, en Florencia, actualmente se expone en el Museo de Storia della Ciencia. El vaso en que se conserva mi dedo tiene una base cilíndrica de alabastro con la siguiente inscripción.

No desprecies los restos de este dedo, mediante el cual una mano derecha medía senderos en los cielos, revelaba a los mortales cuerpos celestes nunca vistos y, al preparar un pequeño trozo de frágil vidrio, fue el primero en atreverse a realizar un acto que mucho tiempo atrás estaba incluso fuera del poder de los jóvenes Titanes, que crearon altas montañas en un vano intento por ascender a ciudades elevadas.

Mi historia

No lo puedo creer. Este 15 de febrero de 2005 se cumplieron ya 441 años de mi nacimiento. Fui de familia florentina e hijo de un hombre de rara mixtura de músico, bohemio y comerciante de telas, que se ocupaba más tratando de crear un nuevo estilo de música vanguardista que de los deberes del hogar. Desde muy pequeño, mi padre colocó en mis manos un laúd que me enseñó a tocar para que lo acompañara en la ejecución de sus canciones, que por cierto eran muy solicitadas, conocidas y reconocidas tanto por el vulgo, como por la nobleza de entonces. Cosa curiosa: Entre más mi padre me enseñaba las artes musicales, más mi interés por las matemáticas crecía.

Mi papá era culto y deseaba que yo también lo fuera; Me enseñó latín y griego y considerando que debía de perfeccionar estas lenguas, me llevó con unos monjes a un monasterio. Se llamaba la abadía de Vallenbrosa y estaba ubicada en medio de un hermoso valle —por eso se llamaba así— rodeado de montañas con perfumados pinos y el encanto de las aves. Al principio yo no quería ir, pero papá era realmente voluntarioso.

Fui muy bien recibido por estos amables monjes Jesuitas que aunque serios algunos, encantadores eran otros. Uno de ellos era un magnífico matemático que me enseñó la geometría de tal manera que me cautivó dejándome marcado para toda mi vida; Aprendí que el Universo tiene un lenguaje y que ese lenguaje eran las matemáticas.

Aunque era muy joven, decidí que mi futuro era hacerme monje; Estaba rodeado de la belleza del medio ambiente, recibía la calidez del trato de mis maestros, comida, abrigo y ¡tiempo para estudiar! La combinación perfecta. Si no eras multimillonario, quiénes podían incursionar en las ciencias eran los militares y los clérigos. De modo que le escribí a papá para expresarle mi deseo de tomar la carrera de monje. En mi carta también le decía que me había dado una pequeña infección en los ojos, cosa que nunca hubiera hecho. Mi padre se apersonó en la abadía, encolerizado.

—¡Mi bambino está enfermo de los ojos!— les gritó papá a los asombrados monjes y al tiempo que los tachaba de irresponsables, me sacaba de las instalaciones del monasterio, diciéndome:

—Mijito, tú no naciste para cura. Serás médico, pero también músico y culto como tu padre, nomás eso me faltaba.—

En 1581 asistí a la escuela de medicina, en Pisa, donde me enseñaban curación, filosofía, fisiología, latín, griego y hebreo. Pisa había sido una ciudad horrible, pero la habían mejorado bastante. Los Médici, estos personajes florentinos, cuya familia era paradigma del mecenazgo, habían convertido a una ciudad pantanosa y maloliente en un vergel, en un verdadero jardín botánico que llegaría a ser la envidia de las ciudades europeas.

Las clases en la escuela de medicina eran para mí un monumento al aburrimiento; Contrario a lo que les sucede a la mayoría de los jóvenes, que abominan las matemáticas, yo era infeliz sin ellas. Mi capacidad de abstracción era muy alta y mi inteligencia espacial me permitía tomar una ventaja infinitamente superior sobre mis compañeros y profesores.

Mi actitud, debo reconocer, no me hacía ganar amigos. No era muy simpático, vamos; Me apodaban merecidamente El Discutidor y estaba claro que no pasaría a la historia como el más simpático de la cuadra, pero a ver, díganme: ¿Cuándo han conocido a un virtuoso que no sea chocante? —¿Verdad, Newton?, quién por cierto nació el día en que morí—. Es más, si un escultor de entonces hubiese querido hacer un monumento a la aun no inventada penicilina, me habría tomado de modelo, por aquello de que a todo le daba la contra.

Sin que mi papá lo supiera, dejé de asistir a las clases de medicina para colarme a las clases de matemáticas que impartía en aquel entonces matemático de la corte, Ostilio Ricci. Fui prácticamente disfrazado ya que Ricci sólo le daba clases a los nobles y pudientes, pero valía la pena ya que Ostilio Ricci no tenía parangón como maestro.

Impartía la clase casi de manera poética. Declamaba los enunciados de Arquímedes y se sublimaba explicando las ecuaciones. Ricci me guió de la geometría pura a las teorías de la perspectiva y las técnicas de la medición abstracta. Descubrí la utilización de las matemáticas en el campo de la ingeniería militar, que más tarde me servirían para hacerme rico, ¿se acuerdan cuando invente aquél compás geométrico militar?

Se me considera como el verdadero fundador del método experimental.

Lo demás es historia, ya lo saben: Además de músico me convertí en físico, matemático y astrónomo. En 1597 construí un termoscopio, en 1617 inventé el anteojo binocular, después descubrí en 1583 la ley del isocronismo del péndulo, indicando su posible aplicación para medir el tiempo. En 1586 construí la balanza hidrostática. En 1610 publiqué las irregularidades de la superficie lunar, descubrí los satélites de Júpiter y la composición de la Vía Láctea. En 1615 la Santa Inquisición me condenó y todos mis libros fueron prohibidos y fui obligado de no divulgar ni enseñar mis teorías, viviendo mis últimos días en arresto domiciliario. Pero sobre todo, de lo que me enorgullezco es de qué manera perfeccioné el telescopio.

PASAJES DE MI VIDA QUE ME MARCARON.

Mi experimento de Pisa.

¿Cuál sería mi mayor contribución a la ciencia? La historia tiene la palabra, pero algo que quiero subrayar es que en mi tiempo reinaban los conceptos de Aristóteles, portento intelectual que hacía más de mil ochocientos años había muerto pero que sus seguidores se negaban a enterrar. Sus discípulos eran más Aristotélicos que el propio Aristóteles, que reverenciaban su nombre, pero olvidaban su método; Pero como lo expresé en su momento En lo tocante a la ciencia, la autoridad de un millón no es superior al humilde razonamiento de una sola persona.

Aristóteles salía al patio de su casa, volteaba al cielo y decía: “He ahí las estrellas, siempre; La tierra es el centro mismo del Universo” ¿Quién era el macho que iba a contradecirlo?

Alguien se atrevió y yo lo abracé: Copérnico. Este hombre sabio era médico, matemático, astrónomo, clérigo y el sobrino rico y protegido del obispo príncipe de Polonia.

Nicolás Copérnico dijo que el maestro Aristóteles, vaca sagrada del pensamiento universal estaba, en esta ocasión, tirando para el monte y yo, seducido, le creí.

También me atreví a desmentir al maestro Aristóteles en la cuestión de la velocidad de los cuerpos: Aristóteles decía que si dos cuerpos de diferente peso, se dejaban caer de por ejemplo, cincuenta metros, el que pesaba más caería infinitamente más rápido que el de peso menor. Mi posición contraria era acompañada de burlonas carcajadas que se oían en toda la ciudad.

Para demostrar que el maestro Aristóteles estaba equivocado subí a la Torre de Pisa, que medía cincuenta cuatro metros aproximadamente. Escogí la hora en que maestros y alumnos, enemigos y seguidores debían de pasar frente a la torre para ir a la universidad, a modo de conseguirme el suficiente público que fuera testigo de mi grandeza.

La plaza estaba repleta y las apuestas crecían a favor y en contra. Los aristotélicos me gritaban burlas, ya que se habían congregado mis amigos, mis enemigos y todos los demás.

Llegué vestido con mis mejores galas. Mi figura imponente sobresalía de los demás y el aire enmarañaba mis pelirrojos cabellos. Llevaba varias pelotas, de diferentes pesos y materiales como el plomo, cobre, ébano y oro. Subí con donaire los casi trescientos escalones de la torre.

Mi experimento, aunque parecía una obviedad del tamaño de la torre misma, a nadie se le había ocurrido o nadie se había atrevido, pero la torre de Pisa estaba que ni mandada a hacer para mi ejercicio de prueba, ya que parecía simbolizar por su chuecura, las imperfecciones humanas y yo estaba dispuesto a enderezar un pensamiento erróneo respecto a la velocidad de los cuerpos en caída libre, aun y cuándo en medio estuviera la figura agigantada y monstruosa de Aristóteles, tótem del pensamiento.

Aparecí en lo alto entre pilares y arcos. Alcé los brazos y saludé a la multitud, qué me respondió con clamor. Algunos con gritos y enardecidos abucheos. Es imposible dejar de reconocer que me sentí halagado. Estaba allí para demostrar a mis enemigos, quién era superior. Perdóname modestia, pero siento un profundo desprecio por los seres pedestres.

Me preparé con una bola en cada mano. Desde abajo la multitud notó la diferencia en tamaño de los objetos que mostraban mis manos. Los dos diferentes objetos cayeron exactamente a la misma velocidad. Mi experimento probó que las fuerzas que influyen sobre un objeto son independientes del peso del mismo. ¿Por qué? Me estaba anticipando a lo que habría de descubrir Isaac Newton décadas más tarde de que la fuerza de la gravedad era constante. A pesar de sus pesos diferentes, dos objetos caerán (en realidad los objetos son jalados) al suelo exactamente a la misma velocidad.

Hay quiénes aseguran que esta historia nunca sucedió realmente, pero estoy convencido que las ilustraciones no tienen que ser ciertas, basta con que sean ejemplares.

Mis amigos y el telescopio. (1609)

Tuve cantidad de amigos, pero al que le debo mucho es, sin duda, a mi entrañable compañero Paolo Sarpi, <>. Este piadoso y enigmático hombre que era historiador, filósofo, sacerdote, diplomático, médico descubridor de las válvulas de las venas, las oscilaciones de las pupilas, la desviación polar de los imanes; Amante de la óptica, de la química y de la metalurgia, me hizo uno de los más grandes favores que se le pueden hacer a un amigo: Me dio información.

Sarpi tenía un trabajo privilegiado y fascinante. Era algo así como una especie de cronista histórico de la iglesia. Tenía acceso a información clasificada como secreta, esa que cuando se posee se adquiere poder, pero también cercanía al peligro, tanto así que se sospechaba de él como espía y le apodaban justamente El Maquiavelo de Venecia. Siempre que yo iniciaba una plática a mi modo, es decir sarcástica, soez y vulgar, el me miraba y decía <>

Una vez llegó a la ciudad el fuerte rumor de que un artesano holandés fabricante de lentes había inventado unas lentes capaces de hacer que las cosas lejanas se vieran cercanas y que las presentaba en algo así como una especie de “tubo mágico”. El holandés se llamaba Hans Lippershey. El artilugio tan novedoso llamó muchísimo la atención de los militares holandeses y le dicen al rey que tamaño invento no puede ser del dominio público, de manera que exigen se prohíba que Lippershey lo patente.

Hans le había puesto a su aparatito el nombre de “kijker”, que significa “Buscador”. Aunque Hans no lo pudo patentar ya que el rey de Holanda lo consideró arma secreta y prohibió su comercialización, la piratería ya hacia de las suyas. Pero además, no le puedes callar la boca a un inventor, aunque un rey se lo pida.

Una copia ranchera ya andaba cerca de mi. Hans Lippershey había planeado un viaje a Venecia, con el fin de enseñarles a las altas autoridades su invento. En cuanto me llegó la noticia de la visita del holandés fui a buscar a mi amigo Paolo Sarpi. Le comenté que tenía que hacer algo con su poderosa influencia para detener la visita de Lippershey, hasta que yo encontrara la manera de fabricar mi propio “tubo mágico”. Muy tarde era ya. ¡Lippershey ya estaba en la ciudad!

—Mira Paolo, le dije: Vamos a ver que tan influyente eres. Lippershey no debe, entiendes, no debe de entrevistarse con las autoridades de Venecia. No antes que yo.

—Sarpi, en esos días estaba muy ocupado y preocupado, ya que era objeto del escrutinio de la Santa Inquisición por estar bajo sospecha de crítica a los procedimientos de la misma; Al poseer información privilegiada y acceso a documentos comprometedores que evidenciaban abusos, torturas y asesinatos por parte de la Inquisición, Sarpi se había indignado atreviéndose a expresarse en contra de las prácticas de los dominicos que estaban al frente de la institución.

Por su posición crítica, Sarpi había sido atacado al llegar a sus oficinas y dejado por muerto después de recibir varias puñaladas en la oreja, en la sien derecha, en la mandíbula y otras partes del cuerpo, mismas que Acquapendente, mi médico particular atendió oportunamente, salvándole la vida.—

Paolo escucha entre nubes mi petición acerca de retrasar la audiencia de Lippershey, se me queda viendo y dice:

—Tengo información y hasta dibujos de ese juguetito. Me llegaron hace como ocho meses, pero se me había olvidado comentártelo ante tantas preocupaciones que me aquejan.—

Me quedé perplejo y me quise morir. Miren, me acuerdo y me tiembla el dedo.

Le arrebaté a Sarpi las notas y dibujos que me mostraba y corrí a mi taller. Esa noche no dormí. Ni la siguiente. Me la pasé soplando vidrio. Estaba emocionadísimo con mis descubrimientos. Hice muchas, muchas lentes cóncavas y convexas, de diferentes espesores y tamaños, hasta que por fin un par de ellas me convenció. Había logrado treinta aumentos. Mi artesano me preparó un tubo de plomo de cinco centímetros de diámetro y coloqué en él las lentes.

Sarpi me visita en el taller y me dice que tengo como máximo quince días antes de que Lippershey sea recibido. El Maquiavelo de Venecia sabía hacer su trabajo. Quince días era más de lo que mi disciplina, entusiasmo e inteligencia necesitaban.

Antes que inmediatamente, les mande unas cartas a los principales de la ciudad invitándoles a ser testigos del más grande invento de los últimos tiempos. No les desilusioné.

Me esperaba un nutrido grupo de importantes de Venecia. El principal, el dux Leonardo Donà, jefes militares, magistrados, consejeros y sabios.

Salimos del palacio y nos encaminamos a la Torre de San Marcos, y una vez allí apunté mi instrumento hacia Padua, a cincuenta y seis kilómetros de distancia. ¡Wow! La torre de Santa Giustina se vio de forma brillante. Todos los importantes personajes que se encontraban en la azotea de la torre parecían chiquillos queriéndose arrebatar mi tubo mágico.

Después apunté hacia los pueblos más lejanos, a ochenta kilómetros; Apunté también hacia el mar Adriático y vimos en el horizonte galeras que hubieran tenido que navegar dos horas a toda vela para poder ser notadas a simple vista. ¿Se imaginan este invento en manos de despiadados piratas? El jefe militar veneciano comprendió inmediatamente la importancia de este asombroso artilugio, que al final se le quedó el nombre de telescopio, a sugerencia de mi amigo del grupo de Los Linces, Guillermo de la Porta.

En un momento dado, entusiasmados como estaban, ya querían gritar para preguntarme el precio de mi telescopio. Pero mis planes eran otros. Yo lo que quería era trabajar en Venecia, lejos del brazo poderoso de la iglesia, ya que me andaba rascando la espalda la intolerancia.

Mis copernicanas ideas y mi alzheimer selectivo, —ya que solo recordaba lo que me convenía cuando me llamaban a cuentas, recomendándome que me retractara de mis ideas extravagantes — ya me estaban colocando en zona de peligro. De manera que ya había preparado un paquete para el dux. Le regalé el mejor telescopio que había fabricado. Lo impresioné y le aventé un discurso mareador, que casi me deja con la lengua enyesada, ustedes dirán si no:

Me arrodillé ante el dux y le declaré:

<>

¿Qué tal? Antes de bajar de la azotea ya tenía una propuesta económica de Su Alteza. Me ofreció mil ochocientas coronas de sueldo anual —Que nadie ganaba entonces—, el nombramiento de profesor ad vitam —Vitalicio— y una prima de cuatrocientas coronas (La prima que me dio, no era su pariente, sino un estímulo económico). Y lo mejor: Protección contra el Papa. Venecia era prácticamente autónoma. Poseía el imperio naval, con astilleros capaces de construir con más de cinco mil obreros un barco en una noche. Ahí me convenía estar, según consejo de mi amigo Paolo Sarpi.

—Lo que Su Alteza disponga es lo mejor para mi, repliqué modestamente al tiempo que me inclinaba respetuosamente—

Me fui a un oscuro rincón y grité ¡Yes!

Nunca un regalo me regresó tanto. Si, ya se que algunos me han criticado que jamás le quise regalar uno de mis aparatitos a Kepler, pero en aquellos tiempos era muy difícil enviar un paquete tan lejos, y Fedex todavía no existía.

Mi relación con la iglesia

Realmente yo era un devoto de la iglesia y un creyente sincero. Lo que pasaba es que no podía soportar la orfandad neuronal de algunos “pichones” que sintiéndose sabios, rebuznaban a la menor provocación. Desde mis tiempos de estudiante y joven profesor me mostré rebelde ante la disciplina que se aplicaba en las aulas; Me resistía a usar la obligatoria toga y hasta componía canciones satíricas acompañado de mi laúd, muy al estilo de mi padre.

Infinidad de ocasiones fui requerido por la rectoría de las instituciones donde trabajé para solicitarme que le bajara al estilo irónico y burlón de mis comentarios en contra de las autoridades educativas. Recuerden que las autoridades eran clérigos.

Pero debo de reconocer que hasta yo fui comedido frente a la Santa Inquisición; Yo no le tenía miedo, le tenía más bien, pánico. Ustedes sabrán ahora que murieron más personas perseguidas por esta organización que por las dos guerras mundiales juntas. Estamos hablando de miles y miles.

Cuando me llamaron para ser enjuiciado por afirmar en mis libros que el centro del Universo no era la Tierra, sino el Sol, no crean ustedes que dije “E pour si move”, y sin embargo se mueve; Lo pensé, lo pensé. Con el cardenal Bellarmino El Inquisidor enfrente no se podían hacer ese tipo de comentarios. Ipso Facto hubiese sido condenado y ejecutado.

Además, el recuerdo de la figura de Giordano Bruno me perseguía. Aunque nunca lo conocí personalmente, si sabía de sus declaraciones y de su postura; Alguna vez consideré pronunciarme a su favor, pero me contuve. Supe como Giordano fue tratado cuando lo condenaron. Él también era un ferviente creyente de las teorías de Copérnico, pero tenía más que nada una concepción radical y mística del Universo. Bruno más que certeza científica tenía una percepción espiritual que parecía que rayaba en la locura; Pienso ahora que era una especie de esquizofrenia mística. Tenía frases y conceptos tan revolucionarios sobre el cosmos que aún en el futuro sorprenderían.

Hay que entender que el Vaticano controlaba la ciencia, las artes, la política y la música. No era poco. Además, la iglesia estaba sumamente sensible por la reciente reforma protestante. Cualquier cosa, animal, hombre, mujer, concepto, suspiro, teoría, idea, que emitiera un sonido diferente a la tradición de la iglesia, era inmediatamente rechazado y en su caso, perseguido y aplastado. Y Giordano Bruno era candidato plurinominal a eso. Lean si no:

“Dios es omnipotente y perfecto y el universo es infinito, si Dios lo conoce todo entonces es capaz de pensar en todo, incluido lo que yo pienso, Debido a que Dios es perfecto y conoce todo, debe crear lo que yo pienso. Yo puedo imaginar un infinito número de mundos parecidos a la tierra, con un jardín del edén en cada uno. En todos esos jardines la mitad de los Adanes y Evas no comerán del fruto del conocimiento y la otra mitad lo hará, de esta manera un infinito número de mundos caerá en desgracia y habrá un infinito número de crucifixiones. De aquí puede haber un único Jesús que irá de mundo en mundo o un infinito numero de Jesuses. Si hay un solo Jesús, la visita a un número infinito de mundos tomara una infinita cantidad de tiempo, de este modo debe haber un infinito número de Jesuses creados por Dios”.

Es decir, si Dios era infinito, poderoso y creativo no podía dejar de crear mundos iguales a éste. Había millones de mundos habitados, según Bruno.

Ya comprenderán que el Cardenal Bellarmino El Inquisidor, al terminar de leer lo anterior, inmediatamente empezó a convulsionar y a punto de una parálisis facial, manda encarcelar a Bruno en el castillo de Sant Angelo en Roma, donde encadenado, fue sometido a una amplia variedad y estilos de tortura, prefigura de lo que sería el manual práctico de la policía mexicana en su más oscurantista periodo.

¿Se imaginan cómo me encontraba yo con estas noticias?

—Galileo, me decían ¿No vas a poyar a Bruno? Este…

Se comentaba en los pasillos y en los baños que Sarpi, junto con Giordano Bruno y otros sabios habían tenido reuniones secretas dónde se dedicaban a hablar de temas prohibidos como las teorías de Copérnico, y a criticar a la iglesia. ¡En la torre! Y yo tan cerca de Sarpi. Qué miedo.

Cuando Bruno fue condenado, exclamó frente al Cardenal Bellarmino: “No podría retractarme ni lo haré. No hay nada de lo que tenga que retractarme, ni se de qué debería hacerlo” y agregó “Es más grande vuestro miedo a pronunciar mi sentencia que el mío a oírla”

Una fresca mañana, un 19 de febrero de 1600, cuatro días después de mi cumpleaños, Bruno fue sacado del castillo para ser llevado a la prisión secular situada a la otra orilla del Tíber. Frailes encapuchados, pertenecientes al grupo conocido como La Compañía de la Misericordia y de la Piedad, llevarían a Bruno al Campo dei Fiore. Le habían colocado un clavo en la lengua que atravesaba su garganta para que ya no pudiese expresar sus herejías. Durante el trayecto los encapuchados le instaban a arrepentirse, mostrándole imágenes de la virgen, de Cristo y del mismo Papa.

Pero Bruno parecía que no era de este mundo, sino de uno de los que su imaginación concebía. Era inflexible y mostraba un coraje, determinación y valentía que sus opresores no sabían de estaba hecho. Asumían que era el mismo poder del demonio lo que le daba la fuerza para no vencerse.

Ocho años habían mantenido a este monje dominico en prisión con la esperanza de que se arrepintiera. Era la vergüenza de la orden.

Bruno creía fervientemente en la infinitud del cosmos, y que la Tierra se movía alrededor del Sol. Fue fiel a sus brillantes, místicas y alocadas (?) convicciones.

Ya que la Inquisición era piadosa, el condenado tenía que morir con la mayor misericordia posible y sin derramamiento de sangre, por eso era que los condenados eran consumidos en la hoguera, eso sí, acompañado de fervientes plegarias por parte de los encapuchados.

Piensen ustedes que no me quedaban muchos ánimos de hacerme el héroe. Realmente la Inquisición nunca me maltrató físicamente, gracias a que, estoy seguro, muchos jerarcas de la iglesia me respetaban y me admiraban. También mi influencia era muy grande. Yo tenía amigos venecianos y toscanos muy poderosos, entre ellos el grupo de Los Linces. Además, mi popularidad de sabio me protegía de alguna manera. Sin embargo, déjenme que les platique que en una ocasión, Bellarmino me invitó a un paseíto por las instalaciones de tortura de la Santa Inquisición.

Como si estuviéramos en una moderna tienda departamental, escuchando cantos gregorianos de fondo, fuimos recorriendo uno a uno los aparatitos, al tiempo que recibía una breve pero sustanciosa explicación del funcionamiento de los juguetitos preferidos del Cardenal. Con eso tuve. ¿En que estaba yo pensando cuando dije que el Sol era el centro del Universo y no la Tierra?

Mi familia

No me casé nunca, pero tuve tres hijos. Dos niñas y un niño. Tenía yo muy poca tendencia al deseo de formar un hogar tradicional. Cuando murió mi padre tuve que tomar la figura patriarcal de la familia; Mis hermanas menores se casaron y ¿quién cree que debía de aportar la dote? ¡Claro que yo! Viví siempre tensionado y prácticamente huyendo de mis cuñados que se la pasaban en los tribunales demandándome la exigencia del pago correspondiente.

Viví muchos años pidiendo prestado aquí y allá; Solicité adelantos por trabajos que los ricos me pedían y mis honorarios de clases particulares se desaparecían en los bolsillos de mis queridos hermanos políticos. Además, mi hermano menor era vago, extravagante, fatuo, y por si fuera poco, desobligado. Mi hermanito había llegado a adquirir la asombrosa habilidad de conseguir que le prestara dinero con el fin de iniciar un jugoso negocio, que ahora si, lo sacaría de pobre.

Ahora entienden que cuando me llegó la edad de merecer, estaba muy escamado en esta cuestión del matrimonio. Por lo tanto, lo pensé mejor y me busqué una agraciada dama, cariñosa y amable, que si bien su reputación en la acartonada sociedad de mi tiempo no era la mejor, me garantizaba una sana distancia y una libertad que yo sabría corresponder.

A mis hijas, cuando crecieron, pude gracias a los contactos que tenía con los poderosos, conseguir que las admitieran en un convento para que tomaran los hábitos y los votos de castidad como religiosas y que así se comprometieran en matrimonio con el Señor. Me quería asegurar que nadie me pidiese dote alguna. Bastante tuve que sufrir con las dotes de mis hermanas. Mucho se me ha criticado la relación fría y distante con mis hijas, pero las quise a mi modo. ¿A ver, alguno de ustedes sí sabe querer?

Pendientes en el tintero

He escuchado decir que mi nombre ya se puede pronunciar en voz alta; Que la iglesia públicamente me ha pedido perdón, aunque algunos no creían necesario que el Papa de turno se expresara en ese sentido, ya que no fui quemado en la hoguera, ni lastimado en tortura. No sé que pensará de esto, cuando le cuente, Giordano Bruno.

Aunque no haya yo pronunciado “Y sin embargo se mueve”, no importa que así fuera: la voz del género humano, al pronunciarla por mí, me vengará eternamente de mis perseguidores.

Bien, me despido. Esta carta se ha alargado demasiado y mi dedo ha comenzado a protestar. Quedan en el tintero varios temas para la próxima: Mi juicio en el tribunal de la Inquisición; Mis amigos los Linces; Mis principales libros científicos; Mis disertaciones teológicas sobre algunos pasajes bíblicos; La obra de teatro donde explico la postura tolemaica y la copernicana, y que a raíz de este escrito el Papa Urbano VIII, es convencido por sus asesores de qué él es el personaje de Simplicio, el tontuelo de mi cuento. —Una maravilla que no puedo dejar de contar. — Además, les platicaré del poema que el Papa Urbano me escribió, Oh, my God—

Arrivederci

Galileo Galilei

Bibliografía
Atkins, Peters, El Dedo de Galileo, Espasa Calpe, Madrid-España, 2003
Cuadrado, Sara, Galileo, Edimat Libros, Madrid-España, 1998
Reston, James, Galileo, El Genio y el Hombre, Ediciones BSA, Barcelona-España, 1994
The Galileo Project http://galileo.rice.edu/
Viniegra, Fermín, Una Mecánica sin talachas, Fondo de Cultura Económica, 1986
http://eureka.ya.com/geoquimica/inventos/galileogalilei.html

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HERMETISMO

Posted by cosmoxenus en 25 marzo 2005

Hermes Trismegisto, el tres veces grande. considerado el primer alquimista, a través de la tabla esmeralda y los siete principios herméticos universales, nos explica como funciona nuestro universo.

La tradición del Hermetismo es milenaria. Se originó, hace unos cinco mil años, en el antiguo Egipto. Se la atribuye a Thoth, que los griegos conocieron con el nombre de Hermes y los romanos como Mercurio. A esta tradición se han sumado los aportes de muchos filósofos Hermetistas durante estos cinco mil años.

El Hermetismo no debe ser confundido con el movimiento de la Nueva Era, Cienciología, Metafísica, Cibernética, Parapsicología, Espiritismo, ni con grupos de Psicoterapia o que busquen el desarrollo de fenómenos paranormales. Tampoco es un grupo con fines económicos o comerciales, ni está dirigido hacia personas con prejuicios religiosos, raciales, sociales o culturales, ni hacia los que deseen adquirir “poderes” sobre los demás.

Se dice que el Hermetismo tuvo su origen en la antigua cultura egipcia en los tiempos de Hermes Trismegisto. Independientemente del verdadero origen histórico de la filosofía, ésta se renueva milenio a milenio: es un movimiento en constante actualización. El Corpus Hermeticum se nutre, entre otras fuentes, de diversos textos tradicionales como lo son el Kybalión (y sus 7 principios), la Hermética (textos antiguos atribuidos a Hermes Trismegisto) o el libro Egipcio de los Muertos. Sin embargo, la mayor parte de la enseñanza se lleva a cabo en los grupos organizados (Montes o Capítulos) a manera de instrucción de “boca a oído”.

Para el Hermetismo Dios es incognoscible. De ahí que, con frecuencia, se le llama “La Ley” o “El Gran Desconocido”. La literatura clásica de Hermes le llama Nous, que quiere decir mente. Así, el problema se resuelve igualando a Dios a la Mente Universal que, de acuerdo con el Primer Principio Hermético, es la fuente de todo: “Todo es mente, el universo es mental.”

Esos dos aspectos: el hecho de que Dios sea dado por sentado y que el esfuerzo del Hermetismo se centre en la evolución del hombre, como un proceso personal, hacen que el Hermetismo sea una Escuela de Misterio laica, dirigida al despertar de la conciencia.

Las escuelas de la antigüedad basaban sus enseñanzas en la Lógica, Retórica y Gramática, llamado el Trivium. De alguna manera, todos los aspectos de la cultura calzaban dentro de esa concepción tripartita. Hoy día, el Hermetismo moderno se mueve dentro de la Ciencia y el Esoterismo, como factores opuestos y complementarios. Se sabe que la ciencia se ocupa de todo lo que se cuenta, se pesa y se mide dentro de una tendencia cartesiana. Pero los Hermetistas creen que las cosas más importantes de la vida son aquellas que no se cuentan, no se pesan, ni se miden: como el amor, la autenticidad, la serenidad, la compasión y la alegría. De ahí que, en la mente del Hermetista, las ciencias de la materia y del espíritu, sean opuestas y complementarias. Por eso el Hermetista se ocupará de ambas.

Uno de los aspectos que ha caracterizado al Hermetismo a través de las edades ha sido su interés porque cada hombre le encuentre sentido a la vida. No se trata solamente de conocer las cosas en el aspecto intelectual. No se trata solamente de saber cómo, cuándo y dónde sino, más bien, por qué. El manejo de conocimientos útiles, permite el discernimiento para superar la mera indoctrinación de conceptos obsoletos y prejuiciados. Hablamos de la enseñanza que distingue entre información y valores, entre qué y por qué.

Aún otro aspecto que caracteriza la enseñanza Hermética y que debe haber calado hondo en el Renacimiento es la idea de las polaridades manifiestas en este mundo dual. La concepción del triunfo del hombre como algo formado de dos partes: los contenidos interiores del espíritu y la psique y los del mundo exterior, como partes necesariamente complementarias. Esto le permitía a los espíritus inquietos del Renacimiento, volcados hacia la gloria viva de lo griego, aunar los poderes de lo espiritual y lo interno con un mundo externo vital y placentero. Esa dualidad operacional, fue desarrollada por Descartes de una manera muy diferente. En Descartes el énfasis de la dualidad es la diferenciación. En el Hermetismo es la integración. Para Descartes la totalidad es igual a la suma de las partes. Para el Hermetismo la totalidad es producto de la interacción de las partes.

Tal vez una de las razones por las cuales los textos Herméticos han conservado su actualidad, a través de las edades, es porque giran en torno al hombre, su naturaleza, sus inquietudes, su poder y su gloria. Temas como la destrucción del planeta por el hombre, su torpeza en el manejo de la tecnología, su necesidad de afecto y trascendencia, los nexos entre todos los niveles de la realidad, los conceptos de universalidad e interconexión de las leyes físicas y espirituales, el énfasis en la meditación como el nexo ideal entre el hombre y la Totalidad.

Otro aspecto cimero del Hermetismo, desde la antigüedad, lo constituye el uso inteligente de la mente. Ideas como el optimismo y la positividad. La confianza en uno mismo, la entrega, la perseverancia, el uso de programaciones mentales para establecer nuevos estados de conciencia, siempre constituyeron aspectos medulares de la enseñanza del Hermetismo dirigida al crecimiento total del hombre. En el Hermetismo el hombre se siente henchido de la fuerza que la divinidad ha insuflado en él y que lo capacita para abarcar, con el poder de su mente y de su espíritu, todos los niveles de conciencia. “Me represento las cosas no por la visión de los ojos, sino por la energía espiritual que derraman sobre mi las Potencias divinas…”(Corpus Hermeticum). Será preciso que el hombre aprenda a manejar esa fuerza. El Hermetismo es una reafirmación de la condición espiritual del hombre y de su capacidad para regresar a la Fuente. “Considérate inmortal… si abrazas con tu mente todas las cosas…. Habrás llegado a la mayor semejanza con Dios y entonces lo conocerás mejor.” (Corpus Hermeticum).

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